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Llevo
un dolor clavado en mí.
Es un dolor tan inmenso,
que me quedo sin
palabras para pronunciarlo.
Está teñido con la tristeza añeja
de los años en los que
aún guardaba la esperanza
de que nunca se
convirtiera en dolor
y por la desesperanza,
impregnada de pena.
Es un dolor tan extenso que,
como una manta,
cubre la distancia que
me mantiene alejada
y hace doler el
corazón.
Es un dolor tan profundo, tan íntimo,
que no sé cómo
dibujarlo.
Y debo cargarlo sola.
Quiero que sea así.
No es bueno esparcir
esta pena.
Tan solo lo escribo aquí
porque tal vez así me
duela menos.
He librado la batalla más dura de mi vida,
la que debí pelear
hace muchos años,
y que demoré sabiendo
de antemano
lo duro, lo cruel e
insoportable
que sería acarrear por
siempre este dolor.
Ya estaba vencida,
derrotada por dentro,
harta de ver cómo se
iba desgarrando mi vida,
cómo se hacía pedazos
la inocencia del amor incondicional,
cómo se debilitaba la
fe,
convirtiendo mis
vivencias
en el amargo soplo
constante del viento
de la incomprensión y
de la mentira.
Apenas dormía por las noches,
yo que siempre acunaba
a los sueños
y los hacía
protagonistas de las ilusiones de mi vida despierta...
Apenas sonreía...
Sentía cómo lentamente se apagaba el brillo de mi alma…
Por dentro el nudo era enorme
y el ahogo se
alimentaba
de los desprecios,
las mentiras
y las ruindades
cotidianas,
cada día una más…
Y decía no saber por qué me sentía así…
No estaba preparada para aceptar la verdad,
y no tenía el valor
suficiente para decirlo en voz alta…
y enfrentar la triste
realidad
de que quien debía ser
mi cuna y mi sustento
era en realidad mi
verdugo,
con piel de cordero,
con dientes de león,
con lágrimas de
cocodrilo.
Y un buen día observé
todas las cosas que
pasaban,
por primera vez,
con ojos de madre…
y no lo pude
comprender…
Pero fue una
liberación.
Decidí que no quería más una vida cruel para mí,
una vida que me
impusieran a fuerza de mentiras y cobardías…
Tuve que apartar de mi mente
las ideas
preestablecidas,
los prejuicios
y el temor al dolor...
Tuve miedo de que nadie lo entendiera,
que nadie escuchara el
grito de mi alma,
que nadie me
creyera...
Pero más miedo tuve a perder
la sensibilidad de mis
emociones,
a perderme yo misma en
el mar de mentiras
y no volverme a ver
nunca más.
La batalla comenzó
cuando ya no quedó ni
un solo espacio
para una mentira más,
para una ruindad más.
Cuando había tanto por
decir,
pero ya las palabras
no servían.
Cuando sus ojos
huyeron de los míos
al notar en mi rostro
que ya no creía más en sus palabras.
Fue corta la batalla,
en realidad.
Los cobardes huyen rápido.
La victoria no fue de nadie,
como sucede en todas
las guerras…
Todos perdimos…
La gente que está junto a mi,
la que sabe lo que
pasó,
me escucha,
me comprende,
se duele por mí,
se duele conmigo
y tiene un tiempo para
arroparme,
tiene la sonrisa
presta
y me regala cada día
un rayo de esperanza
para que lo tome entre
mis manos
y me dé el calor
suficiente para sanar mi corazón.
Ahora tengo una sonrisa
porque algún dios
amable
decidió regalarme
ilusión suficiente para no desfallecer...
y esa sonrisa es mi
bandera de triunfo.
Aunque el dolor no se va…
Ayer dolió,
dentro de pocos días
volverá a doler,
el dolor no pasará...
Pero ya no tengo miedo.
Ni rabia.
Ni rencor.
Ni confusión.
Sólo queda este dolor,
esta pena inmensa.
Lo bueno de este dolor
es que me hace
comprender
que la vida ha
decidido que sea yo
la persona valiente de
este cuento.
Al fin.
La-arania
Columna inspirada por el cuento
anónimo “Lo Que Duele”
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