COLUMNA

DOLOR

 
 


Fui tan dócil como un guante

y tan sincero como pude.

Y ella usó mi cabeza como un revólver.

 

Soda Stereo

 
     
 

Llevo un dolor clavado en mí.
Es un dolor tan inmenso,

que me quedo sin  palabras para pronunciarlo.
Está teñido con la tristeza añeja

de los años en los que aún guardaba la esperanza

de que nunca se convirtiera en dolor

y por la desesperanza, impregnada de pena.
Es un dolor tan extenso que,

como una manta,

cubre la distancia que me mantiene alejada

y hace doler el corazón.
Es un dolor tan profundo, tan íntimo,

que no sé cómo dibujarlo.
Y debo cargarlo sola.

Quiero que sea así.

No es bueno esparcir esta pena.
Tan solo lo escribo aquí

porque tal vez así me duela menos.
He librado la batalla más dura de mi vida,

la que debí pelear hace muchos años,

y que demoré sabiendo de antemano

lo duro, lo cruel e insoportable

que sería acarrear por siempre este dolor.
Ya estaba vencida,

derrotada por dentro,

harta de ver cómo se iba desgarrando mi vida,

cómo se hacía pedazos la inocencia del amor incondicional,

cómo se debilitaba la fe,

convirtiendo mis vivencias

en el amargo soplo constante del viento

de la incomprensión y de la mentira.
Apenas dormía por las noches,

yo que siempre acunaba a los sueños

y los hacía protagonistas de las ilusiones de mi vida despierta...
Apenas sonreía...
Sentía cómo lentamente se apagaba el brillo de mi alma…
Por dentro el nudo era enorme

y el ahogo se alimentaba

de los desprecios,

las mentiras

y las ruindades cotidianas,

cada día una más…
Y decía no saber por qué me sentía así…
No estaba preparada para aceptar la verdad,

y no tenía el valor suficiente para decirlo en voz alta…

y enfrentar la triste realidad

de que quien debía ser mi cuna y mi sustento

era en realidad mi verdugo,

con piel de cordero,

con dientes de león,

con lágrimas de cocodrilo.
Y un buen día observé

todas las cosas que pasaban,

por primera vez,

con ojos de madre…

y no lo pude comprender…

Pero fue una liberación.
Decidí que no quería más una vida cruel para mí,

una vida que me impusieran a fuerza de mentiras y cobardías…
Tuve que apartar de mi mente

las ideas preestablecidas,

los prejuicios

y el temor al dolor...
Tuve miedo de que nadie lo entendiera,

que nadie escuchara el grito de mi alma,

que nadie me creyera...
Pero más miedo tuve a perder

la sensibilidad de mis emociones,

a perderme yo misma en el mar de mentiras

y no volverme a ver nunca más.
La batalla comenzó

cuando ya no quedó ni un solo espacio

para una mentira más,

para una ruindad más.

Cuando había tanto por decir,

pero ya las palabras no servían.

Cuando sus ojos huyeron de los míos

al notar en mi rostro que ya no creía más en sus palabras.

Fue corta la batalla, en realidad.
Los cobardes huyen rápido.
La victoria no fue de nadie,

como sucede en todas las guerras…
Todos perdimos…
La gente que está junto a mi,

la que sabe lo que pasó,

me escucha,

me comprende,

se duele por mí,

se duele conmigo

y tiene un tiempo para arroparme,

tiene la sonrisa presta

y me regala cada día un rayo de esperanza

para que lo tome entre mis manos

y me dé el calor suficiente para sanar mi corazón.
Ahora tengo una sonrisa

porque algún dios amable

decidió regalarme ilusión suficiente para no desfallecer...

y esa sonrisa es mi bandera de triunfo.
Aunque el dolor no se va…
Ayer dolió,

dentro de pocos días volverá a doler,

el dolor no pasará...
Pero ya no tengo miedo.

Ni rabia.

Ni rencor.

Ni confusión.

Sólo queda este dolor,

esta pena inmensa.
Lo bueno de este dolor

es que me hace comprender

que la vida ha decidido que sea yo

la persona valiente de este cuento.

Al fin.

 

La-arania

Columna inspirada por el cuento anónimo “Lo Que Duele”
 

 
 
 
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