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Era
una noche de verano calurosa, húmeda y silenciosa.
Ella estaba en su casa sola, como Dios la
trajo al mundo, escuchando música mientras tomaba algo fresco. Su mente
deseaba no pensar, su cuerpo deseaba no moverse.
Estaba sola, pero no se sentía sola.
El teléfono sonó despiadado, rompiendo la atmósfera ideal y serena que
estaba disfrutando.
Estuvo a punto de no atender, pero sabía
que cualquiera de las personas que conocía no llamaría a esa hora de no
ser por algo importante.
La voz de su amiga terminó por quebrar la
atmósfera, o lo que quedaba de ella.
- Tengo algo que contarte... Es urgente, muy urgente...
Esas palabras, en boca de su amiga, sólo
significaban una cosa: salir de casa.
- Pero hace tanto calor...
- Te espero donde siempre - respondió sin escuchar, y cortó.
Lentamente se vistió con algo cómodo, se
maquilló lo mínimo imprescindible, cerró las ventanas y salió a la calle
con más ganas de volverse que de seguir.
El calor era aplastante, hacía detener al
mundo y enervar a todo lo que estaba en movimiento...
No tardó en pasar un taxi, que iba lento y
en el que hacía más calor que en la calle.
El lugar estaba poco poblado, pero sabía
que en poco tiempo no se iban a poder mover siquiera...
Su amiga, como era de esperar, aún no
había llegado.
Buscó un lugar apartado en el que pudiesen
hablar tranquilamente. Sabía que lo urgente en ella era también
obligatoriamente extenso...
Se quedó ahí sentada, disfrutando de la
música y del aire fresco del lugar...
Un perfume cautivador e inquietante se
apoderó del lugar. Se sintió invadida por esa fragancia que
prácticamente la obligaba a girar la cabeza, pero decidió resistir la
tentación.
Escuchó su voz pidiendo un café, una tos
suave al encender un cigarrillo, el tamborileo impaciente de sus dedos
sobre la mesa...
De pronto, esa misma voz dijo algo que no
alcanzó a comprender debido al volumen de la música. No sonaba muy
amistoso. Deseó que no estuviera dirigiéndose a ella e intentó
ignorarlo, pero la voz insistió:
- Estás sentada a mi mesa...
Debido a su ubicación tuvo que girar en su
asiento para comprobar si en verdad le estaba hablando a ella.
Una larga y delgada figura se interponía
entre ella y el mundo.
Lo observó por un instante, esperando a
que él diga algo más, pero se la quedó mirando unos segundos y luego le
sonrió... |