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El Juego De Los Números Naturales
Por Adrián Paenza
Ahora
que se ha puesto de moda hablar sobre La Teoría de Juegos, vale la pena
plantear alguno de los problemas más característicos y atractivos que
hay. El que sigue, justamente, es un desafío precioso y sutil. Es,
además, muy interesante para pensar.
Supongamos que hay dos personas que van a jugar al siguiente juego. A
cada uno de ellos se le va a colocar en la frente un número natural (es
decir, se llaman naturales los números 1, 2, 3, 4, 5... etcétera). Sin
embargo, la particularidad es que los números van a ser consecutivos.
Por ejemplo, el 14 y el 15, o el 173 y el 174, o el 399 y el 400.
Obviamente, no se les dice qué número tiene cada uno, pero cada uno, a
su vez, puede ver el número del otro. Gana el juego aquel que es capaz
de decir qué número tiene escrito en la frente, pero dando una
explicación de por qué dice lo que dice.
Se supone que ambos jugadores razonan perfectamente y sin errores, y
esto es un dato no menor: saber que los dos jugadores tienen la misma
capacidad de razonamiento y que no cometen errores es crucial para el
juego (aunque no lo parezca).
La pregunta es: ¿es posible que alguno de los dos competidores pueda
ganar el juego? Es decir, ¿podrá en algún momento uno de ellos decir “yo
sé que mi número es ‘n’”?
Por ejemplo: si usted jugara contra otra persona, y usted viera que en
la frente de su rival hay pintado un número “1”, su reacción debería ser
inmediata. Ya ganó, porque usted podría decir: “Tengo el ‘2’”. Usted
puede afirmar con certeza que su número es el “2”, porque como no hay
números más chicos que 1 y ése es justo el que tiene el otro competidor,
usted, inexorablemente tiene el “2”.
Este sería el ejemplo más sencillo. Ahora, planteemos uno un poco más
complicado. Supongamos que usted ve que la otra persona tiene pintado el
“2”. Si usted se dejara llevar por las reglas que le fueron explicadas,
en principio, lo escribo otra vez, en principio, usted no podría decir
nada con certeza. Porque, en principio, usted podría tener o bien el
“1”, o bien el “3”.
Sin embargo, aquí interviene otro argumento: si su rival, que es tan
perfecto como usted, que razona tan rápido como usted, que puede
elaborar ideas exactamente igual que usted, no dijo nada hasta ahí, es
porque él no está viendo que usted tiene el “1”. Si no, él ya hubiera
gritado que tiene el “2”. Pero como no dijo nada, esto significa que
usted no tiene el “1”. Por lo tanto, aprovechando que él no dice nada,
es usted el que habla y dice: “Yo tengo el ‘3’”.
Y cuando le pregunten, “¿y usted cómo sabe, si usted está viendo que él
tiene el ‘2’?, ¿qué otros argumentos usó?”, usted contestará: “Vea, yo
vi que él tenía el ‘2’, pero como él no dijo nada, esto significa que yo
no tenía el ‘1’ porque, si no, él hubiera sabido inmediatamente qué
número tenía”. Y punto.
Es decir, en la Teoría de Juegos, no importa solamente lo que hace
usted, o lo que usted ve, sino también importa (y mucho) lo que hace el
otro. Aprovechando lo que hace (o, en este caso, lo que no hizo el otro,
que es también una manera de hacer), es que usted pudo concluir qué
número tenía.
Ahora, podríamos seguir.
Hagamos un paso más. Si usted viera que el otro tiene un “3” en la
frente, entonces eso significaría que usted tiene el “2” o el “4”. Pero
si usted tuviera el “2”, y su contrincante está viendo que usted lo
tiene (al “2”) pero usted no habla, no dice nada rápido, entonces esto
le está indicando a él que él no tiene el “1”. Si así fuera, su rival
diría, “Yo tengo el ‘3’”.Y aquí está el punto. Como él no dijo nada (su
rival), eso significa que usted no tiene el “2” sino que tiene el “4”. Y
usted se apura y grita: “Yo tengo el ‘4’”. Y gana.
Con esta misma idea, uno podría avanzar aún más y usar números cada vez
más grandes. ¿Podrá ganar alguno entonces? La pregunta queda abierta.
Este tipo de argumentos (llamados inductivos) requieren –como se ve– de
razonamientos hilvanados, finos y sutiles, pero todos comprensibles si
uno no se pierde en la maraña de las letras. Le propongo, por lo tanto,
que se entretenga un rato pensándolo solo.
Aunque no parezca, todo esto también es hacer matemática. La discusión
queda centrada entonces en cuán rápido razonan los jugadores y cuánto
tiempo debería esperar para gritar su número o hacer una declaración que
se basa en lo que el otro no dijo o no declaró.
Uno podría suponer que lo que quedó aquí descripto es una paradoja,
porque aparece como posible que sólo sabiendo el número del otro y con
la regla de que ambos participantes tienen números consecutivos, uno
pueda deducir el número propio. Lo interesante es que los datos con los
que se cuenta son más de los que uno advierte en principio. Los
silencios del otro, o el tiempo que tarda en no decir lo que debiera si
él viera lo que usted podría tener, le están dando una información
adicional a usted.
Y en algún sentido, es singular también cómo el conocimiento va
cambiando con el paso del tiempo. En la vida real, uno debería aplicar
también este tipo de razonamientos, que se basan no sólo en lo que uno
percibe sino también en lo que hace (o no hace) el otro.
* Los ganadores del Premio Nobel de Economía 2005, el israelí Robert J.
Aumann y el norteamericano Thomas C. Shelling, lo consiguieron gracias a
sus aportes a la Teoría de Juegos. La propia Academia Sueca, encargada
de decidir a quiénes condecora, subrayó: “¿Por qué algunos grupos de
individuos, organizaciones o países tienen éxito en promover
cooperaciones y otros sufren y entran en conflicto?”. Tanto Aumann como
Schilling han usado en sus trabajos la Teoría de Juegos para explicar
conflictos económicos como la batalla de precios y situaciones
conflictivas que llevan –a algunos de ellos– a la guerra.
Schelling dijo que no conocía personalmente al coganador, pero que
mientras “él se dedica a producir avances en la Teoría de Juegos, yo soy
quien aprovecha lo que él hace para aplicarlo en mi trabajo. Es decir:
él produce, yo uso lo que él hace”. |
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