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Recibimos
muchos mensajes hablando del perdón que hay que otorgar a cualquier
precio...
Pero ¿cuál es el límite para sufrir por alguien?
¿Qué tan dispuestos estamos a sufrir por alguien?
¿Cuál es el límite?
La respuesta es personal e intransferible.
La egoísta sensación de merecer que surge por el hecho de dar, no es
siempre egoísmo o utilitaria generosidad, sino auténtica dignidad.
Cuando damos lo mejor de nosotros mismos, cuando decidimos compartir
nuestra vida en intimidad, cuando abrimos nuestro corazón de par en par
y desnudamos nuestra alma hasta el último rincón, cuando perdemos toda
vergüenza, cuando los secretos dejan de serlo, al menos merecemos
comprensión, existe merecimiento.
Por supuesto que merecemos en virtud de honesta y franca dignidad.
Que se menosprecie, ignore, olvide o desconozca fríamente el amor que
regalamos a manos llenas es desconsideración, vileza del ser, o, en el
mejor de los casos, ligereza.
Cuando amamos a alguien que, además de no correspondernos, desprecia
nuestro amor, estamos en el lugar equivocado.
Definitivamente, esa persona no se hace merecedora del afecto que le
prodigamos.
Con una nueva conciencia la disyuntiva empieza a dejar de
serlo, la cuestión empieza a hacerse clara y transparente, obvia: si no
me siento bien recibido en algún lugar, empaco y me voy.
Nadie de corazón sensato se quedaría tratando de agradar o disculpándose
por no ser como les gustaría a los otros que fuera.
En cualquier tipo de relación que tengas, no te merece quien no te ame,
y menos aún, quien te lastime.
¡Haz surgir una nueva conciencia en ti!
Incluso, si alguien te hiere reiteradamente sin "mala intención" - este
absurdo existe - es posible que te merezca, pero en verdad no te
conviene.
Definir tus límites, basados en tu dignidad, es el mejor modo de
conservar tu corazón.... |
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