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El título de este artículo no se refiere a cómo se siente uno, en el plano
estrictamente físico, tampoco lo descarta, por el contrario, lo complementa.
Los seres humanos somos: alma, mente y cuerpo. Estos componentes nos acompañan
desde que nacemos. Sin embargo, frecuentemente olvidamos el alma y nos ocupamos
casi con obsesión del cuerpo y la mente.
Nos levantamos pensando en el aseo personal, el desayuno, la vestimenta, el
trabajo. Trabajamos casi de manera automática y ansiamos llegar a la hora del
almuerzo.
Pasado el a veces, no tan agradable momento, volvemos a nuestra obligada tarea,
deseando que el reloj marque la hora de volver a casa.
De regreso en el hogar recuperamos la alegría del momento compartido con la
familia, pero el cansancio nos vence y nos vamos a dormir resignados a esperar
el fin de semana, único
consuelo de esa abrumadora rutina.
¿Qué fue de nuestra alma? ¿Qué hicimos por ella?.
Ni la bañamos, ni la nutrimos, ni la abrigamos, ni siquiera pensamos en ella.
Alguien se preguntará cómo se hace todo esto y tal vez nosotros podamos darle
unas básicas nociones sobre el tema.
Para bañar al alma necesitamos cinco minutos de meditación.
A los que no sepan de que se trata la meditación le diremos que pueden meditar
en cualquier lugar de la casa o fuera de ella. Puede meditarse en el colectivo,
el subte, el tren o el taxi. Simplemente cierre los ojos y piense en una
palabra, la que usted quiera, el nombre de alguien querido, el de un santo, o
una palabra que le parezca bella. Repítala constantemente durante esos cinco
minutos; si puede, ilumínela con una luz blanca y brillante y fluya con ella
hacia los derroteros que su pensamiento elija. De este modo su alma quedará
limpia y reluciente.
Para alimentarla, observe el paisaje sea el que sea, si no es de su agrado,
imagínelo, transfórmelo en otro y si le agrada, disfrútelo. Sólo eso le alcanza
a su alma para fortificarse.
Para abrigarla, rodéela con una oración o con un poema de su agrado, sólo una
frase suele darle calor.
Para lograr que su alma trabaje, mímela. Al recibir amor, el alma abandonará su
actitud pasiva. Si usted abraza o besa, ella le devolverá el abrazo o el beso,
si baila, bailará con usted, si lleva por la cintura o por los hombros a
alguien, su alma permanecerá entrelazada al otro.
Estos son sólo algunos de los mimos que su alma necesita para sentirse amada. El
trabajo o la profesión del alma es el amor.
No podemos estar del todo vivos, si nos limitamos a conservar vivos solamente a
nuestra mente y nuestro cuerpo.
Probablemente algunos se pregunten: ¿De qué sirve ocuparse tanto del alma si lo
mismo sobrevivimos? Y en la pregunta está la respuesta, simplemente se
sobrevive. Otros muchos pensarán que diariamente no disponen del tiempo
suficiente para meditar, observar el paisaje, rezar o recitar, abrazar o bailar.
Es probable, pero ganarán futuro si lo practican con la asiduidad que sus
ocupaciones les permitan. En el momento justo, descubrirán que sienten la
necesidad de hacerlo con regularidad. Mejoraran así su salud física, mental y
espiritual.
Sería bueno recordar que somos un todo dentro de una sociedad que cambiaremos,
en la medida en que seamos capaces de cambiar nuestros hábitos. Dejemos de ser
tristes autómatas huecos y comencemos a ser dignos de un mundo que Alguien nos
regaló, sabiendo agradecerlo.
La idea es superarnos, evolucionar, comencemos tratando de hacer más agradable
el mundo en el cual vivimos. Levantémonos agradeciendo el simple hecho de
levantarnos, nutramos nuestro cuerpo con alegría, se alegrará también nuestra
alma. Marchemos al trabajo pensando que es una felicidad tenerlo, volvamos a
casa con la satisfacción del trabajo cumplido y disfrutemos de la familia, el
techo y el lecho. De lo contrario, corremos el riesgo de que nosotros mismos
debamos renunciar al regalo obtenido. Sólo así cuando le pregunten : ¿Y usted,
cómo se siente? su respuesta será: maravillosamente bien.
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