|
Desde
hacía días venía con la extraña sensación de ser observado. No era claro para mí
pero sentía sobre mí unos ojos que me escrutaban constantemente. De vez en
cuando me sorprendía mirando para todo lado en busca de esa acechanza incómoda y
furtiva. Hasta los sitios de absoluta privacidad como mi alcoba o el baño me
causaban desconfianza. Antes de cerrar las respectivas puertas buscaba al
inaudito ojo que a todas partes me seguía. Pero, nada, no lo descubría; hasta
que cierta noche tuve una inobjetable revelación: ¡Es el ojo de DIOS! Ese sueño
me produjo calosfríos porque no es lo mismo ser espiado por alguien que busca
saber algo secreto de uno, que ser escudriñado a todo momento por Dios. ¿Quién
puede –acaso- esconderse de la mirada implacable de Dios? –me preguntaba.
A partir de ese día me esmeré en mis actos, pues
Dios me vigila por doquier. Dejé de asistir a tomatas con mis amigos. Dejé de
mirar películas para adultos. Dejé de frecuentar algunas amiguitas. Dejé de
cruzar las calles con la luz del semáforo en rojo. Dejé de fumar en los sitios
prohibidos (y hasta mejor será abandonarlo de una buena vez). Dejé de llegar
tarde al trabajo. Dejé de consultar horóscopos y agoreros (a Dios no le agrada
eso). Dejé de hablar de los demás, en especial de los políticos (ya Dios se
encargará de ellos). Dejé de comerme las uñas. Dejé muchas cosas; en esencia,
aquellas en las que mi conciencia me acusaba…
Pero lo peor y lo más grave fue cuando me
sobrevino la idea incontestable y rotunda de que Dios conoce lo que yo pienso a
cada instante… |