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Había
una vez una princesa, moldeada con la más fina arena de coral,
oscurecida por todos los rayos de soles caribeños y plantada en tierras
lejanas.
Cuentan también que había un mago, señor de hechizos y conjuros, que
convirtiendo a la luna en espejo, hizo que se reflejara en ella la cara
de la princesa, quedándose prendado de ella, al punto que ni comer
podía. Por ello una noche... allí en su cueva, preparó con los elementos
más finos y su sabiduría más profunda y vieja, el más grande hechizo de
amor que mortal antes hubiera conocido.
Convocó al viento del norte, convocó a la estrella del sur y estos, bajo
su hechizo hicieron llegar a la princesa el conjuro del mago; ésta,
perla caribeña morena de lunas, sintióse trastornada, empujada por una
misteriosa voz que hasta su corazón llegaba, una música mágica que
repetía... a Córdoba, a Córdoba la Llana, al lado de Granada sultana,
hasta allí debes ir a buscar el puente del río Genil, allí te esperan
girasoles, nardos y jacintos, aceites, perfumes y bálsamos por nadie
conocidos, finas perlas y esmeraldas, rubíes y zafiros y un amor que
vivirás, como nunca nadie ha vivido.
La princesa turbada, embarcóse en regio viaje ligera de equipaje, cual
el verso del español Machado y altiva y poderosa llegóse a Puente Genil
guiada en todo momento por la voz potente y hermosa. Al llegar allí
sintióse del deseo presa, pues el mago hechicero y ya su amante,
mostróle el espejo de luna y llevándola a la más alta de las almenas de
aquel castillo rodeado por los más hermoso girasoles, nardos y jacintos
y bajo la mirada de la luna y embriagados por el deseo, susurró en su
oído las más bellas palabras jamás por nadie escuchadas. Y allí, bajo la
mirada de esa luna y embriagados por ese deseo, se entregaron de forma
única.
Se confundieron sus cuerpos y se mezclaron sus almas, se perdieron sus
sexos entre sabanas alborozadas; de las carnes salía fuego, del corazón,
palabra y de las manos de ambos, caricias que nadie imaginara.
El tiempo tornose en aliado deteniendo la noche oscura, tan solo bañada
con plata de la luna redonda y alta; y allí se juraron amor eterno,
entre sudores, entre gemidos, entre todos los calores concebidos.
Y
allí, tan solo allí, entre girasoles, nardos y jacintos, lanzó el mago
su hechizo más profundo, el prohibido, el innombrable, aquel que tan
solo los libros viejos habían visto, y entonces, ya convertidos los
amantes en espuma y camino, en viento y susurro, en cielo encendido,
quedaron por siempre disueltos en un cielo oscuro encendido.
Cuentan los viejos del lugar, que jamás habían visto tal prodigio y que
desde entonces, pasada la primavera, el verano y casi el otoño florecido
de hojas rojas y amarillos caminos, al mirar al cielo se ven dos luceros
encendidos, que iluminan en la noche los destinos, de todos..., de todos
los enamorados perdidos.
Fernando García |
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