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-Ten cuidado
podrías caer al infierno-, me dijo aquel ángel poeta que tomaba
destellos de luz embriagándose con el sabor de las nubes.
Sin tomar en cuenta su consejo, desencadené el par de alas y me lancé al
vacío, una nube cargada de lluvia se me atoró en la garganta, al pasar
un pensamiento fatalista por mi cabeza en la estratosfera me embriagué
con la lluvia ácida que caía sobre una playa solitaria, en la caída se
me perdieron tres sueños que le dedique a Dios, una oración que le
imploré al diablo y los tres poemas que le escribí a la muerte. Desnudo
y habiendo perdido mis alas, que rotas lloraban mi decisión de vivir,
tome un par de tragos de mar, me vestí con el canto de una sirena y
emprendí mi búsqueda por ese extraño lugar que algún profeta bautizó
como Tierra.
Aun no comprendo cómo llegué a la urbe, un mago de pesadillas que
anclaba su mirada sobre el desayuno de un viejo alquimista me dio la
bienvenida.
- No eres de aquí, verdad?
- ¿Cómo lo sabes?
- Es que tus ojos demuestran demasiada confianza, tus pies no sangran y
en tus manos aun se notan los rastros de quien se suicida buscando el
tesoro...
- Así es, le robe el mapa a un ángel que dormía junto a una princesa de
la noche, pero no pude encontrar los detalles sobre tal tesoro, solo
quisiera saber si tiene forma, o si se puede tomar con migajas de pan,
endulzado con miel, y acompañado del té cura-fracasos, quizás sea solo
una figura de luz amorfa.
- En realidad no lo sé, eso tendrás que descubrirlo tú, a mi no me
interesa –me dijo, aquel mago de pesadillas.
Algo intrigado le volteé la espalda, una gárgola mirándome despótica
sobre la catedral del fracaso divino me guiñaba el ojo, un golpe seco en
la nuca me atolondró y sólo alcancé a ver un par de figuras que se
abalanzaron sobre mí y la oscuridad.
Mis ojos fueron abriéndose lentamente, en aquel cuarto sólo una lámpara
desvencijada lograba iluminar un poco esa sombría imagen de una
habitación que pareciera tener detenido el tiempo... mis ojos
agradecieron la penumbra y alcancé a ver una rata negra que paso
corriendo enfrente de mí, rodeó un trozo de madera y se coló por el
agujero de la puerta que aun por dentro tenía esos crisoles apagados por
el tiempo... mis manos estaban rojas como si hubieran estado amarradas
por un largo rato, las frotaba intentando eliminar ese ardor cuando oí
una vocecilla desde el rincón más oscuro de esa habitación,
- Con que a tí también te engañaron...
Con la voz apagada y tragando un poco de saliva para sofocar la sequedad
de mi boca que quemaba los labios, un poco confuso le pregunté quién
era.
- Eso no tiene importancia –me contestó- yo caí en este lugar buscando
el tesoro de un mapa que le robé a un ángel que dormía junto a una
princesa de la noche, pero no pude encontrar los detalles sobre tal
tesoro.
Dando pequeños pasos fue saliendo de esa penumbra, era una mujer
cubierta solo con un vestido viejo, sus ojos ennegrecidos notaban llanto
no muy añejo que se había llevado el maquillaje, que seguramente, fue lo
que provocó que su rostro estuviera tatuado con lagrimas negras, se
acerco a mí y sonriendo se sentó a mi lado, puso su cabeza sobre sus
rodillas y mientras hablaba de su vida en las nubes, jamás dejó de
mirarme fijamente a los ojos.
Yo estaba nervioso con la presencia de esa mujer, mientras me seguía
frotando las muñecas, solo podía escucharla atentamente y pocas palabras
salían de mi boca.
- La vida siempre me ha parecido aburrida, sabes? -dijo, mientras se
levantaba y daba vueltas alrededor de mí- Por eso, cuando encontré aquel
mapa, no lo pensé más y me arrojé al vacío.
- ¿Tú también caíste en la playa solitaria? -le pregunté.
- No, yo caí en
un extraño café cantante donde un demonio se embriagaba junto a la
sirena que me ayudó a cubrirme, tenían las paredes cubiertas de
fotografías con gárgolas que parecieran me miraban fijamente, solo
cuando reuní el valor suficiente para abandonar los engaños que el
cantinero te ofrece, salí de ese lugar para buscar mi tesoro. Pero ya
ves, sólo logré que me robaran mis sueños...
Se volvió a sentar en el rincón oscuro en el que estaba y me pidió que
le relatara mi experiencia. Habiendo pasado el dolor de las manos, yo
solamente comencé a hablar.
Los instantes pasaban, algunos más oscuros que otros, y se perdían con
el ir y venir de la luz de esa lámpara que en ocasiones dejaba de
funcionar y otras, sin embargo, su luz podía llegar a lastimar la vista
y teníamos que refugiarnos cada cual en su esquina, lanzando comentarios
sobre nuestro paso por la Tierra. Por un momento llegué a olvidar él por
qué de mi estancia en ese lugar, las horas se quemaban con ella, y lo
que nació no puede considerarse tan simple como el amor, no es tan fugaz
como una amistad, simplemente se borraba el recuerdo de aquellas nubes
en que los pecados de soñar y relatar versos diversos sobre la distancia
que separa la realidad de mi locura, y plácidamente podía dormir cada
que mi organismo lo exigía.
En uno de esos instantes que pasaban, los crisoles apagados por el
tiempo, de aquella puerta comenzaron a girar y en medio de tanta luz
apareció el mago de las pesadillas, ella se levantó furiosa y recogiendo
el trozo de madera que aquella rata seguía esquivando para colarse por
el agujero de la puerta, se abalanzó sobre el mago, él simplemente
levantó su mano y ella se detuvo en seco. El mago se dirigió hacia ella
y en un movimiento no premeditado, de un brinco me levanté y me
interpuse en su camino. El mago solo sonrió, nos miró fijamente y dijo:
- Se pueden ir. No les devuelvo sus sueños porque ya estaban demasiado
gastados, ya no necesitan ropajes, han aprendido a vivir con esas ruinas
de trapo en este mundo y tampoco necesitarán este mapa.
Lo tomó entre sus manos y lo rompió.
De sus poesías no puedo decirles qué ha pasado; pero por un extraño
suceso, ya no me importó. Salimos de esa habitación y nos encaminamos
por el callejón, que aglutinaba cajas de cartón encimadas unas sobre
otras.
No acababa yo de digerir esa sentencia, cuando aquella mujer con
lágrimas negras tatuadas en el rostro me dio un beso en la mejilla y
salió corriendo... Confundido, me tuve que detener en una pared para no
caer al suelo, puesto que todo me daba vueltas, avancé por las calles
que, ruidosas con el ir y venir de personas cargando mapas entre sus
manos, trozos de metal móviles avanzaban rápidamente por el concreto,
luces cegadoras y anuncios luminosos, provocaban que mi mareo siguiera
aumentando. Pasé por un café cantante donde un demonio se embriagaba con
una sirena, esas personas que cargaban mapas en sus manos tropezaban
conmigo, ni siquiera volteaban a mirarme y seguían su camino. Avanzando
no sé cuantas millas aun sentía sobre mi espalda la mirada de aquella
gárgola.
Cuando por fin encontré mi playa solitaria, las alas seguían llorando y
el mar impaciente las arrullaba en sus olas, tomé un poco de arena, con
la sal del mar y un poco de saliva froté mis muñecas hasta que una gota
de sangre escurrió. Tomé las alas, las bañé con esa gota de sangre y me
las colgué a la espalda. Al principio no funcionaban, daba brincos y no
lograba subir más que un par de centímetros, escalé un arrecife, abrí
las manos y me lancé al mar. Sentía el agua salina s obre
el rastro de aquel beso en mis mejillas, cuando mis alas se abrieron,
dieron un par de zancadas en el aire y comencé a volar. Esquivé la
lluvia ácida que seguía cayendo y al pasar por una nube, mi garganta
solo sintió un refresco de aire que pudo ayudarme a seguir subiendo.
Dando vueltas por todo el cielo, buscando la abertura por donde di el
salto inicial. Cuando por fin di con él, me colé por ahí, volví a
enredar mis alas y me senté junto a aquel ángel poeta que tomaba
destellos de luz embriagándose con el sabor de las nubes.
- ¡Ah! -dijo el ángel poeta- Para haber conocido el infierno, no está
tan mal.
Sergio Iago |
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