| |
Venía
presuroso de la oficina hacia mi apartamento, con la intención precisa de correr
a la habitación para cerciorarme de que mi cama estuviera realmente en su lugar.
Ese día en el trabajo, después del almuerzo,
cuando la pesadez de la tarde, el calor de las oficinas y la necesidad física de
tener una siesta se hizo presente, produciéndome un sueño imposible de evitar,
en el que los párpados se me cerraban pesados e involuntariamente, deseé con
profundo regocijo acostarme en mi cama. Cuando ya me abandonaba a esa plácida
idea y me recostaba en sus cálidos brazos, de pronto presentí con pasmosa
clarividencia que nunca más la vería. Que esa noche al volver no la encontraría.
Que en su lugar habría un vacío extraño e inexplicable. Cerré los ojos con la
intención de visualizarla y me fue imposible. Vi el cuarto completo: los
cuadros, el ropero, la mesita de noche, el televisor, la biblioteca..., pero la
cama no apareció, se había marchado o se la habían robado -pensé con
preocupación-. A partir de ese momento, el resto de la jornada fue tormentosa.
Traté de pedir permiso para irme más temprano a casa; a cambio, mi jefe me dio
más trabajo. Así que tuve que laborar horas extras. Tras pedir un taxi, salí
finalmente a las diez y media de la noche.
Llegué tan pronto como pude. Al taxista le pagué
una bonificación por apurarle un poco más. De hecho, casi atropellamos a una
anciana que lentamente cruzaba la calle y, por poco, chocamos contra un auto
estacionado que no tenía encendidas las luces de parqueo. A pesar de todo,
llegué a la casa. Una muchedumbre se agolpaba a la entrada del edificio, pero no
tuve tiempo de averiguar qué pasaba. Entré corriendo y subí a mi apartamento.
Busqué con afán las llaves y abrí. Antes de pasar pensé: “¿Y si no la encuentro?
¿Y si me abandonó? ¡Qué haré, por Dios!, ¿qué haré?” -repetí angustiado.
La idea de dormir en el suelo me parecía odiosa.
El piso es frío y demasiado duro. ¿Y en el sofá? -me pregunté-. Es pequeño . Al
rato me cansaría y la incomodidad no me permitiría dormir bien. ¿Y sobre las
sillas del comedor? -me dije, buscando otra alternativa-. No. Imposible.
Allí tampoco lograría dormir a gusto. ¿Y de píe?
-imaginé-. ¡Una locura! ¿Quién es capaz de dormir así?. Habrá que conseguir otra
cama -en últimas pensé-. ¡Jamás! -respondí-. En definitiva mi cama era el único
puerto seguro y tenía la confianza de encontrarla en su lugar o tal vez,
escondida por ahí, gastándome alguna broma de las que a veces me sabe jugar.
Observé con detenimiento la puerta. Por suerte no
había sido forzada. ¿Quizás alguna ventana abierta? -dudé-. Pero, no. Vivo en un
sexto piso. Difícil descolgar una cama sin que nadie lo note. Y el portero al
entrar no me dijo nada. No comentó nada en particular. Aunque -ahora lo
recuerdo-, trató de señalarme algo, pero no le di tiempo ni de saludar. Entré
presuroso y subí las escaleras hasta llegar aquí, adonde ahora me encuentro,
vacilante y temeroso de entrar. Finalmente pasé y cerré la puerta. Encendí la
luz del comedor y me senté un instante antes de continuar al dormitorio. Estaba
acezante y el corazón me latía acelerado. Desde esa nueva posición apenas
divisaba la puerta de la alcoba, ligeramente cerrada. No podía ver si la cama
estaba. Pero supuse -para mi tranquilidad- que ésta me esperaba, que estaba allí
como siempre en medio de la alcoba mirando hacia la puerta e invitándome coqueta
a descansar, a leer, a comer o, simplemente, a ver televisión en su agradable
compañía.
Mi cama (no la he descrito) es sencilla y mide
1.90 metros de largo y 90 centímetros de ancho. Está hecha en madera de cedro y
posee unas vetas muy bellas. Su espina dorsal consta de 12 vértebras
simétricamente colocadas, y que son la base para un colchón semiortopédico (ni
blando, ni duro) que me agrada muchísimo. Realmente descanso y me levanto
aliviado, reconfortado. La cama es, sin duda, el mueble más importante de mi
casa (y creo que en general de todas las casas). Me podría faltar cualquier
mueble, menos la cama. En ella, literalmente hago de todo. Cuando estoy enfermo
ella es mi consuelo, mi soporte. Cuando me levanto es mi amante que no quiere
dejarme y trata por todos los medios de atraerme a ella nuevamente. Quizá cuando
muera deberían enterrarme con la cama y así dormiría plácidamente por toda la
eternidad. ¡Ojalá se hayan llevado todo menos la cama! -pensé suplicante-.
Esta cama tiene además un especial valor para mí.
Me la regaló mi padre cuando me separé y tuve que buscar un apartamento para
mudarme. Ese fue mi primer mueble. Luego vino el resto del mobiliario.
Adicionalmente (y eso no me lo esperaba, ya que mi
padre nunca me habló de ello -o quizá ni él lo supo-), tenía un comportamiento
extraño, casi humano. Al principio sólo noté cosas como que aparecía más corrida
hacia la ventana o hacia la puerta o que la cabecera quedara hacia los pies o
viceversa, pero fuera de ello nada inusual. Los cambios verdaderamente
impresionantes comenzaron después de que inicié la aplicación de una crema
líquida para muebles que le daba buen brillo y que (según las instrucciones) le
suavizaba “la piel” volviéndola moldeable. Esto último lo advertí cuando en
alguna oportunidad la encontré convertida en silla, formando una escuadra con la
pared y el piso. Mi sorpresa fue mayor cuando le pregunté: “¿Qué haces así?”, y,
de inmediato, frente a mis ojos, adoptó su forma normal de cama.
Me levanté más tranquilo, reconfortado por los
recuerdos. Tenía la certeza de encontrarla. La necesitaba. ¡No saben cuánto!
Ella es mi confidente. Ella conoce mis sueños y cuida mis desvelos. Yo,
francamente, nunca dependí de nadie (hasta por ello –creo- me separé de mi
esposa); sin embargo, ahora dependía de una cama, de un mueble tan común que
pasa normalmente desapercibido. La gente aprecia los cuadros, las porcelanas,
los tapizados. Casi nunca reparan en las camas, ni se les tiene como objetos de
valor a los cuales deba elogiarse de alguna manera.
Apoyado en las paredes me dirigí lentamente hacia
la alcoba. “No tienes por qué temer. Ya verás que ella estará allí, como
siempre. Ya lo verás... ” -me dije, dándome valor.
Por fin me decidí. Dos pasos más e ingresé. La
habitación estaba a oscuras. No veía nada. A tientas busqué la cama, sus
conocidos contornos y su grácil forma. Al no sentirla, encendí la luz y, de
inmediato comprobé -para mi tormento- que ella no estaba. Mi angustioso
presentimiento se había confirmado. Me sentí terriblemente culpable. Ansioso la
busqué entre el armario (allí solía esconderse para darme unos buenos sustos),
pero no la hallé; miré en el baño (una vez la encontré en la tina dándose un
refrescante baño de espuma) y tampoco apareció allí. “Me abandonó” -dije por
último-. Yo le prometí en la mañana que llegaría temprano y no le cumplí. La
semana pasada me lo había advertido: “No quiero pasar tanto tiempo sola. Me
muero de tristeza”. Y yo no le hice caso. Anduve muy ocupado y no reparé en sus
justos reclamos. Volví afanado hacia la alcoba y la busqué bajo el techo, pues
hace un mes cuando vine con una amiga, al verla entrar, se pegó furiosa del
techo y no bajó sino hasta cuando ella se marchó. Sus celos la volvían
insoportable y la estaban matando.
Me acerqué a la ventana para cerciorarme de que no
hubiera salido por ahí. La ventana apareció abierta de par en par. Miré abajo.
La multitud de gente que estaba al entrar, aún permanecía allí, observando no sé
qué. No tenía tiempo de averiguarlo, sin embargo, alcancé a ver algo familiar:
las plumas del colchón se esparcían por doquier, las tablas (las que vi) unas
estaban astilladas y las otras partidas en mil pedazos. Y la cama, mi amada
cama, yacía inerte -desbaratada toda- sobre el frío asfalto... |
|