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“Y si tu mano derecha te es ocasión de caer,
córtala, y échala de ti; pues mejor te es
que se pierda uno de tus miembros,
y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno”
Mateo 5:30 |
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El
hombre lucía terriblemente exhausto. La lucha había sido sin cuartel y sus
fuerzas parecían haberlo abandonado hacia mucho rato; no obstante, un espíritu
misterioso lo empujaba a seguir trabajando a pesar de sus fallidos intentos por
detenerse. Cientos de hojas se hallaban desparramadas sobre el escritorio y
otras por el suelo en un desorden cercano al caos. Algunas otras aparecían
manchadas con sangre, otras con café trasnochado y unas más con quemaduras de
colilla de cigarrillo. Su mano izquierda no lograba escribir con claridad. El
agotamiento extremo y su poca habilidad la hacían torpe y del todo descuidada.
Mas nada ni nadie se oponían a su tenaz y decidido empeño.
Durante unos segundos de incertidumbre ante uno de
los párrafos, el hombre pensó en que la única manera de contener esa locura era
la de amputar esa mano voluntariosa que seguía los dictados de un poder
subyugante y maléfico que la constreñía afanosamente como a una esclava en su
labor. Por alguna razón que el hombre no recordó bien, a poca distancia de su
mano descubrió un cuchillo de cocina, sucio y ensangrentado. Sin esperar un
momento de vacilación soltó el bolígrafo y cogió con ansia el filoso utensilio
(su verdugo y liberador); pero, se sorprendió al descubrir que la mano que
quería amputar era precisamente aquella que lo empuñaba... “¿Y la otra mano, la
diestra?” –se preguntó. Ésa –ahora lo supo- él mismo la había cercenado un par
de días antes tratando de vencer la locura extraña y misteriosa de tener que
escribir por obligación, sin medida ni descanso... |
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