| |
Desde
las copas de los árboles los pájaros sacuden su vigilia en
direcciones contrarias.
En el mar se confunde el canto de sirenas con el grito de
las bestias al parir sus desgarros.
Abajo, una pequeña casa sin patios ni jardines va acumulando
sus ropas sucias con una sed desesperante.
Rash parece enloquecer ladrando al cielo sin saber qué
ocurre, recostándose exhausto a un costado de la cama,
jadeante de cansancio.
Entonces, se abrieron los fuegos.
Los hombres gritan y las mujeres lloran. Todo es confusión y
terror.
Por un instante ya no hay mas cantos, ni sirenas, ni nada.
Rompe el estruendo. Los niños abrazan los vientres
exclamando: ¡Mamá!
Es ahora cuando las mujeres gritan y son los hombres los que
lloran. La naturaleza parece añorar su cordura.
Un olor penetrante e irreconocible ingresa por las pequeñas
ventanas de madera.
Los ojos oscuros y rasgados de una mujer improvisan un
cuento en el que los ángeles se enojan y pelean porque
alguien se portó mal.
Todas las noches se repiten idénticas. Un desquicio de una y
mil noches.
Viejas imágenes en forma de hongos se elevan hacia los
infiernos, desde lo más negro e inflamable de los
pensamientos humanos.
Por fin y con un gran esfuerzo, amanece.
Nahyra tiene siete años. Sus únicos juguetes son una muñeca
hecha de trapo y papel, además de un pequeño castillito de
arena junto a la puerta del fondo, al que cuida celosamente
porque dice que ahí vive el alma de su papá.
El día transcurre recogiendo los restos de lo que falta. La
puerta de la casa se abre y se cierra hasta el cansancio
reconociendo y reconociéndose en el rostro desesperado de
los vecinos.
Al caer la tarde Nahyra toma su muñeca y comienza a rezar
junto a su familia, en tanto Rash observa inquieto todo
aquello que se mueva un poco mas allá del techo de la casa.
Ya es tarde y los presuntos ángeles nuevamente se enojan.
Vuelven las sirenas.
En un instante, la luz lo abarca todo. Repentinamente el
brillo sobre la casa se hace cada vez más incandescente y el
ruido ensordecedor.
Aquellos ojos rasgados abrazan todo lo que pueden. Nahyra se
ciñe a su muñeca como único refugio y la palabra Dios
resuena en todos los idiomas. Rash con el rabo escondido
busca cobijo en las polleras de su dueña.
El castillo y las arenas vuelan por los aires y con todas
las almas. Ya no hay más puertas, ya no hay más fondo, ya no
hay atrás. Sólo trapo y papel emanando humo, aferrados por
un par de pequeñas manos inocentes.
Entre tanto en otro lugar de la ciudad, un olor penetrante e
irreconocible ingresa por las pequeñas ventanas de madera.
Allí vive Ahmed, que con sus escasos seis años, comienza la
noche rezando junto a los ojos oscuros y rasgados de su
madre.
Muy cerca de él hay una pelota de goma con la que mañana,
antes de partir hacia la escuela, anhela jugar por un rato
con su gatito.
Aunque el resplandor del amanecer hoy parece haberse
anticipado varias horas, más feroz y vertiginoso que nunca,
precipitándose definitiva y rabiosamente esta noche sobre su
casa.
Alejandro César Álvarez
|
|