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Después de tanto escribir para los demás, permitidme que un
día escriba para mí.
En el discurso de mi vida me
han pasado una multitud de cosas sin importancia que, sin que yo sepa el
porqué, las tengo siempre en la memoria.
Yo, que olvido con la
facilidad del mundo las fechas más memorables, y apenas si guardo un
recuerdo confuso y semejante al de un sueño desvanecido de los
acontecimientos que, por decirlo así, han cambiado mi suerte, puedo referir
con los detalles más minuciosos lo que me sucedió tal o cual día, paseándome
por esta o la otra parte, cuanto se dijo en una conversación sin interés
ninguno tenida hace seis o siete años, o el traje, las señas y la fisonomía
de una persona desconocida que mientras yo hacía esto o lo de más allá, se
puso a mi lado, o me miró o le dirigí la palabra. En algunas ocasiones, y
por lo regular cuando quisiera tener el pensamiento más distante de tales
majaderías, porque una ocupación seria reclama mi atención y el empleo de
todas mis facultades, acontece que comienzan a agolparse a mi memoria estos
recuerdos importunos y la imaginación, saltando de idea en idea, se
entretiene en reunirlas como en un mosaico disparatado y extravagante.
A veces creo que entre tal
mujer que vi en un sitio cualquiera, entre otras ciento que he olvidado, y
tal canción que oí mucho tiempo después y recuerdo mejor que otras canciones
que no he podido recordar nunca, hay alguna afinidad secreta, porque a mi
imaginación se ofrecen al par y siempre van unidas en mi memoria, sin que en
apariencia halle entre las dos ningún punto de contacto.
También me sucede dar por
seguro que un hombre determinado, a quien apenas conozco, y que sin saber
por qué, lo tengo a todas horas presente, ha de ejercer algún influjo en mi
porvenir, y me espera en el camino de mi vida para salirme al encuentro.
De estas fútiles preocupaciones, de estos hechos aislados y sin importancia,
me esfuerzo en vano cuando asaltan mi memoria en sacar alguna deducción
positiva; y digo en vano, porque si bien en ciertos momentos se me figura
hallar su escondida relación, y como oculto tras la forma de mi vida
prosaica y material, me parece que he sorprendido algo misterioso que se
encadena entre sí y con apariencias extrañas, o reproduce lo pasado o
previene lo futuro, otros, y éstos son los más frecuentes, después de
algunas horas de atonía de la inteligencia práctica, vuelvo al mundo de los
hechos materiales y me convenzo de que, cuando menos en ocasiones, soy un
completísimo mentecato.
No obstante, como tengo en la
cabeza una multitud de ideas absurdas que siempre me andan dando tormento
mezclándose y sobreponiéndose a las pocas negociables en el mercado del
sentido común, y como he observado que una vez escrita una y arrojada al
público, la olvido por completo y nunca más torna a fatigarme, voy a ir poco
a poco deshaciéndome de las más rebeldes.
Yo prometo solemnemente que si
a mi enferma imaginación le aprovechan estas sangrías y
mañana o pasado puedo disponer de mí mismo, he de aplicar todas mis
facultades a algo más que enjaretar majaderías, y tal vez mi nombre pase a
las futuras generaciones, unido al de un nuevo betún, unos polvos
dentífricos o algún otro descubrimiento o invención útil a la humanidad.
Entre tanto, sufrid como
tantas otras impertinencias se sufren en este mundo, el relato de dos
recuerdos insignificantes: la doliente historia de una mariposa blanca y una
araña negra.
Un día de primavera, un día
rico de luz y de colores, de esos en que, viéndolo todo envejecerse a
nuestro alrededor, nos admira que nunca se envejezca el mundo, estaba yo
sentado en una piedra a la entrada de un pueblecito. Me ocupaba, al parecer,
en copiar una fuente muy pintoresca, a la que daban sombra algunos álamos;
pero, en realidad, lo que hacía era tomar el sol con este pretexto, pues en
más de tres horas que estuve allí, embobado con el ruidito del agua y de las
hojas de los árboles, apenas si tracé cuatro rayas en el papel del dibujo.
Sentado estaba, como digo,
pensando, según vulgarmente se dice, en las musarañas, cuando pasaron por
delante de mis ojos dos mariposas blancas como la nieve. Las dos iban
revoloteando, tan juntas, que al verlas me pareció una sola. Tal vez habían
roto ambas a un mismo tiempo la momia de larva que las contenía y,
animándose con un templado rayo de sol, se habían lanzado a la vez, en su
segunda y misteriosa vida, a vagar por el espacio.
Esto pensaba yo, cuando las
mariposas volvieron a pasar delante de mí y fueron a posarse en una mata de
campanillas azules, entre las que se detuvieron algunos segundos, sin que
dejasen de palpitar sus alas. Después tornaron a levantar el vuelo y a dar
vueltas a mi alrededor. Yo no sé qué querían de mí. Sin duda en el instinto
de las mariposas hay algo de fatal que las lleva a la muerte.
Ellas se agitan, como en un
vértigo, alrededor de la llama que no las busca; ellas parece como que nos
provocan, estrechando los círculos que describen en el aire en torno a
nuestras cabezas, y las ahuyentamos, y vienen de nuevo.
Yo no sé qué querían de mí
aquellas mariposas, aquéllas precisamente, y no otras muchas que andaban
también por allí revoloteando; yo no lo sé ni me lo he podido explicar
nunca, pero lo cierto es que yo debía matar a una, y maquinalmente, no
queriendo, no esperando cogerla, tendí la mano al pasar por la centésima vez
junto a mi rostro, y la cogí y la maté. Sentí matarla, como sentiría que una
noche se me cayeran los gemelos de teatro desde el antepecho de un palco y
matasen a un infeliz de las butacas, lo cual no me ha sucedido nunca, aunque
muchas veces he pensado que podría sucederme.
Esta es la historia de la
mariposa; vamos a la de la araña.
La araña vivía en el claustro
de un monasterio ya ruinoso y casi abandonado. Allí se había hecho una casa,
tejida con un hilo oscuro, entre los huecos de un bajorrelieve.
Yo entré un día en el claustro
y desperté el eco de aquellas ruinas con el ruido de mis tacones. Y se me
ocurrió, lo primero, que los claustros se habían hecho para los religiosos
que llevaban sandalias, y comencé a pisar quedito, porque hasta mí me
escandalizaba el ruido que hacía, siendo tan pequeño, en aquel edificio tan
grande.
El cielo estaba encapotado, y
el claustro recibía la luz por unas ojivas altas y estrechas que lo dejaban
en penumbra de modo que, aunque todo me hacía ojos, no podía ver bien los
detalles del bajorrelieve que había empezado a copiar.
El bajorrelieve representaba
una procesión de monjes con el abad a la cabeza y servía de
ornamento a los capiteles de un haz de columnas que formaban uno de los
ángulos. No sé en dónde encontré una escalera que apoyé en el muro para
subir por ella y ver los detalles; el caso es que subí, y cuando estaba más
abstraído en mi ocupación, como me estorbase para examinar a mi gusto la
mitra del abad una tela oscura y polvorienta que la envolvía casi toda,
extendí la mano y la arranqué, y de debajo de aquella cosa sin nombre, que
era su habitación, salió la araña.
Una araña horrible, negra,
velluda, con las patas cortas y el cuello abultado y glutinoso.
No sé qué fue más pronto, si salir el animalucho aquel de su escondrijo, o
tirarme yo al suelo desde lo alto de la escalera, con peligro de romperme un
brazo, todo asustado, todo conmovido, como si hubiese visto animarse uno de
aquellos vestiglos de piedra que se enroscan entre las hojas de trébol de la
cornisa y abrir la boca para comerme crudo.
La pobre araña, y digo la
pobre, porque ahora que la recuerdo me causa compasión, la pobre araña,
digo, andaba aturdida, corriendo de acá para allá, por encima de aquellos
graves personajes del bajorrelieve, buscando un refugio. Yo, repuesto del
susto y queriendo vengarme en ella de mi debilidad, comencé a coger cantos
de los que había allí caídos, y tantos le arrojé que al fin le acerté con
uno.
Después que hubo muerto la
araña, dije: «¡Bien muerta está! ¿Para qué era tan fea?». Y recogí mi
cartera de dibujo, guardé mis lápices y me marché tan satisfecho.
Todo esto es una majadería, yo
lo conozco perfectamente; pero ello es que andando algún tiempo, decía yo,
apretándome la cabeza con las manos y como queriendo sujetar la razón que se
me escapaba: «¿Por qué da vueltas esa mujer alrededor de mí? Yo no soy una
llama y, sin embargo, puede abrasarse. Yo no la quiero matar y, a pesar de
todo, puedo matarla». Y después que hubo pasado todavía más tiempo, pensé y
creo que pensé bien: «Si yo no hubiera muerto la mariposa, la hubiera matado
a ella».
En cuanto a la araña..., he
aquí que comienzo a perder el hilo invisible de las misteriosas relaciones
de las cosas, y que al VOLVER a la razón empieza a faltarme la extraña
lógica del absurdo, que también la tiene para mí en ciertos momentos.
No obstante, antes de terminar
diré una cosa que se me ha ocurrido muchas veces, recordando este episodio
de mi vida. ¿Por qué han de ser tan feas las arañas y bonitas las mariposas?
¿Por qué nos ha de remorder el llanto de unos ojos hermosos, mientras
decimos de otros: «Que lloren, que para llorar se han hecho»?
Cuando pienso en todas estas
cosas, me dan ganas de creer en la metempsicosis.
Todo sería creer en una
simpleza más de las muchas que creo en este mundo.
El Contemporáneo
28 de enero, 1863
Gustavo Adolfo Bécquer |
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