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El día en que Amalia
Lugonotes sintió el peso de sus amores casi ni se levanta del catre. La noche
anterior se despertó en varias ocasiones con las voces mezcladas y revueltas de
sus amantes que le reclamaban una nueva cita o la explicación a su indiferencia
o a su injusto olvido. Tras un penoso esfuerzo, logró ponerse en pie y caminó
apoyada en las paredes hasta llegar al baño. Tomó una ducha larga y se enjabonó
varias veces con la idea no sólo de limpiar bien su cuerpo sino su alma, llena
de fogosos amoríos pasajeros que la quemaban por dentro.
Ella comenzó a cosechar amores desde el mismo
momento en que aprendió a sembrar rábanos y hortalizas al lado de sus siete
hermanos menores, todos ellos varones. Tenía doce años recién cumplidos cuando
los calores y urgencias de su bajo vientre comenzaron a desvelarla llenándola de
inquietudes por descifrar. Fue Esteban Roldanillo, el hijo mayor del compadre
Ramón R., un hombrecito de unos catorce años, de cutis moreno curtido en los
asuntos del campo, quien le mostró cómo se calmaban esas fiebres de amor y le
enseñó los primeros deleites de la piel con piel bajo los árboles.
Ahora, tras veinte años del albor de sus ardientes
primaveras, la memoria de estos amores parecía confusa e incierta y Amalia no
recordaba con claridad ni las fechas, ni los nombres, ni los lugares de aquellos
sucesos. Esteban era el único hombre que aún le seguía pegado al cuerpo como el
olor del campo terminado el invierno. Ni los Juanchos, ni los Pedros le
evocaban algo en particular. Los besos del uno, las caricias del otro o las
palabras de los que vinieron después, se parecían entre sí y no distinguía cuál
fue mejor, ni por qué. En últimas, desconocía la causa de ese inaguantable
espasmo que la sacudía como un torbellino estacional enroscado en su dermis
llevándola al desenfreno por el amor oportuno que la supiera liberar.
Amalia, bella campesina de la región, lucía siempre
fresca y natural como la tierra misma que todos los días pisaba camino al río o
al abrevadero. Poseía una recia personalidad y la altivez de un cóndor. Su padre
siempre creyó que esto se debió a que fue la mayor de sus hijos y a que no contó
con hermanas para jugar a las muñecas de barro o a las casitas de paja. Ella
desde pequeña aprendió todos y cada uno de los oficios del campo, desempeñándose
a la par de los jornaleros del rancho con quienes se enfrentaba, peleaba y
competía ardorosamente. Sin embargo, fueron cosas por las que su madre, a todo
momento preocupada, le recriminó con reparos constantes:
- Así no debe comportarse una señorita todita bien- le
decía con firmeza.
A pesar de ello, Amalia no daba reales muestras de
una feminidad acorde con su figura de hembra bien formada por los aires puros y
silvestres de la campiña; por el contrario, se sentía orgullosa de su naturaleza
agreste e indómita y la defendía a muerte. Ella, como nadie, conocía su secreta
condición verdaderamente femenina que asombraba a los hombres que conquistaba,
pues se comportaba como la más de las mujeres en lo que a ellos les concernía y
complacía. Empero, Amalia nunca fue seducida por ningún campesino de la región,
excepción hecha de Esteban, su primer y, tal vez, único amor. Ella los elegía
llegada la hora del despertar de su sensual naturaleza, y que ella misma bien
explicaba dada su clara convicción sobre el asunto. Amalia decía que si era ella
quien conquistaba podría permanecer segura y que, sólo así, dueña de la
situación, jamás sería manejada ni arrastrada por las circunstancias como arroyo
en creciente.
El único hombre que verdaderamente resolvió
conquistarla fue un joven cetrino y bien vestido que por esos días llegó de la
ciudad a visitar a unos parientes vecinos de los Lugonotes. Se conocieron
gracias a la entrañable amistad de don Hortensio, padre de Amalia, y de don
Jacinto, tío abuelo de Joaquín Campoamor, el joven forastero.
Por aquella época Amalia contaba con veintitrés años
y se erguía orgullosa semejante a una flor de girasol: radiante, imponente,
perfumada...; pero igualmente reservada y enigmática. Joaquín, al parecer, tuvo
la mala fortuna de aparecer comenzando un crudo invierno: inhóspito y
destemplado, en donde el alma ni el corazón de Amalia estaban dispuestos para
cortejos ni amoríos de ninguna especie.
Las tardes húmedas y granizadas de esos días les
sirvieron a los dos para sentarse a ver llover y conversar como nunca antes se
le vio hablar con alguien a Amalia. Esto dio pie para que todos en la casa
creyeran en la tan anhelada aparición del hombre capaz de domar a la fierecita.
Amalia, en cambio, no lo creía así. Por eso jamás
ofreció esperanzas al muchacho, entre otras, buen mozo y con modales refinados y
galantes de hombre cultivado en la ciudad que, pese a todo, no logró despertar
ningún instinto en ella, tan fría como la lluvia destemplada y monótona que de
un cielo gris y encapotado encima les caía.
Cuando Joaquín se despedía con gracejo y reverencias
amaneradas, doña Tarquina se quedaba hablándole a su hija de lo inteligente y
bueno del muchacho, pretendiendo quizá meterle a este hombre por los oídos hasta
hacérselo llegar al corazón. Y que si no es por la terquedad de Amalia, la madre
lo hubiera conseguido. Ella se defendía de los embates de su madre diciéndole
que ellos eran como el agua y el aceite y que tarde o temprano, tal vez mucho
antes que después, las cosas no irían por el camino soñado. Que ella no concebía
la idea de irse a la ciudad a cosechar frutas ni verduras enlatadas, ni arar
alfombras ni pisos de cemento; que amaba el fecundo suelo agreste que la parió,
y que si algún día se iba con un hombre, ese brotaría de las entrañas de la
mismísima tierra como un volcán en erupción, escupiendo lodo y sacando lombrices
de las orejas y hormigas del ombligo. Sin embargo, los padres de Amalia estaban
seguros de que ese hombre, o no existía, o nunca llegaría; además, ella nunca
había labrado la idea de un casorio o de un arrejuntamiento bien visto. Amalia
les decía que el amor cuando se siente atado por un yugo comienza en ese mismo
instante a morir. Que para que el amor perdure se requiere de mucho aire
ventilando los malos humores, los estornudos, el mal aliento y hasta el sudor de
cada uno.
Al cabo de unas pocas y estériles semanas Joaquín
Campoamor se marchó sin dejar siquiera abonada en el alma de Amalia ni una
simple semilla de sinvergüenza, de las que nacen por ahí, así nomás por nacer.
El agua que le siguió cayendo por todo el cuerpo
durante aquella seca mañana de sofocante estío, pareció refrescarle la memoria
en algunos de los asuntos pasados y secretos de su vida; mas todavía sentía el
peso oprobioso de su salvaje feminidad no domesticada ni apaciguada por la razón
ni por los años. Terminado el baño, la sensación de sentirse más ligera, la
tranquilizó. Recordó la prometida visita a su inseparable amiga de la infancia:
"La Trini". Acto seguido, caminando despacito por el corredor hacia su pieza, se
fue pensando en qué vestido ponerse.
Se vistió sin afán y con una melancolía prestada que
no le sentaba nada bien. Se hizo una trenza de cuatro nudos, se puso el traje de
pepitas rojas con fondo blanco y unos aretes dorados que conservaba de su madre.
Para terminar, adornó su cabeza con un sombrerito de paja con lazo negro que le
hacía gracia con su cara, como siempre tan bonita.
Trinidad Ríos había sido su amiga de toda la vida y
entre ellas se trataban igual que “hermanas de sangre”. Ella era su confidente y
confesora permanente. Entre ambas se guardaban un insondable cariño y se querían
de verdad. Trinidad estaba casada lo menos hacía unos diez años con un hombre
que desde el principio la quiso bien. Poseían una pequeña parcela, un rancho y
tres hijos varoncitos:
- ¡Machitos pa trabajar la tierra! - decían orgullosos los
Patarroyo, quienes vivían allí cerca de la casa de los Lugonotes.
Ya lista, Amalia atravesó la huerta para entrar por
atrás de la casa de la Trini sin llamar la atención y llegar hasta la cocina
derechito al fogón donde estaba ella, que al verla aparecer cual fantasma
conocido, ni se inmutó. Hablaron mientras Trini lavaba los trastos y preparaba
el carbón para empezar a atizar la candela que habría de cocer lo del almuerzo.
Tocaron desde los temas de la sequía del verano asfixiante que reinaba, de lo
magro que andaba el ganado y de la "prole" de la Trini, hasta acercarse, a
sabiendas, a temas personales y de real fondo.
- Vea, hermana- le dijo Trini, que la conocía muy bien- la
noto extraña, cansada de la vida. ¿Qué le pasa hoy?
- Ni que usté me leyera clarito el alma. Tal cual así
estoy- le contestó Amalia sin podérselo ocultar. Luego, sin esperar más, le
soltó de golpe, como chorro de aljibe, las razones de su pena y su congoja.
Al final, y tras volcar sin reservas las tripas de su
alma, Amalia quedó en silencio, muy aliviada de su carga. La Trini, entonces,
aprovechó para decirle con crudeza, manera inusual en ella, las cosas que por
prudencia todo el tiempo se guardó.
- Óigame bien, Amalita, y no me vaya a tomar a mal- le dijo
la Trini queriendo de antemano disculparse-. Sucede que a sumercé es como si se
le hubiera metido el diablo en el cuerpo. Yo no sé nada de esas cosas, pero no
me parece normal. A mí esos asuntos suyos ni me pasan por la cabeza. Fíjese que
yo, con las querencias del Pancracio, paso lo más de contenta y no me hace falta
nadita más. Sólo que usté, hermanita, parece una potra encabritada con el celo a
flor de piel- seguía diciéndole sin esperar a que Amalia respondiera cosa
alguna-. Yo creo, que por su tranquilidad, debe dejarse ver del cura pa que le
hable tantico del patroncito del cielo. Quizá él, con todo su saber, logra
sacarle esos mil demonios de una buena vez.
Amalia, sin ánimos para nada, ni se enojó. En otro
momento de su vida y con su mal carácter no se lo hubiera permitido a nadie. A
continuación vino un silencio conciliador, que aprovecharon las dos para saberse
queridas. No se miraban y no les hacía falta. Cada una sabía leer hasta en lo
oscuro los rostros de la otra. Se tomaron una taza de agua de panela y comieron
despacito una arepa de maíz molido. Al rato se despidieron sin dejar de ocultar
las tristezas disparejas de cada una.
Pasaron varios días más sin saberse nada de Amalia, de
Trini, de la vaca Hortensia ni de alguno en particular. Sólo el astro abrasador
era el personaje de todos los días desde temprano hasta muy entrada la noche.
Fue con la llegada de los primeros vientos otoñales
que se volvió a saber de Amalia. La vieron por la iglesia apareciendo a ratos
sin decidirse a hablar de frente con Dios. Ella no creía mucho en los
religiosos ni en la religión, mas debido a la moral inculcada por sus amados
padres les guardaba respeto. Tan sólo creía en su fe natural que le dejaba ver a
Dios en el agua, en los árboles y, sobre todo, en la tierra negra y fecunda de
sus ancestros. No obstante las cosas del destino llegan por más vueltas y quites
que se le hagan al camino, y Amalia lo sabía. Tomó pues la decisión desde antes
prometida a la Trini y llegó así un buen día a la iglesia. Una vez allí, sin más
rodeos, le pidió al padre la confesión.
Don Pascual Cristorrey tenía nombre de párroco maduro y
puesto en su lugar; mas con verlo sólo un poco, correspondería mejor llamarlo
don Tenorio o don Juvenal. Parecía de unos 33 años (a juzgar por el acierto de
Amalia en esos asuntos) y su vocación le venía más por apellido que por
auténtica devoción. Lo anterior se confirmaba por lo que de él hablaban en toda
la región de Miraflores, y que no era del todo bueno. Entre los chismorreos y
habladurías decían que existía una hija a quien todos apodaban "la santita".
Contaban que en el día de la primera comunión de la niña vieron cómo, don
Pascual, delante de todos y sin importarle, le zampó tres hostias de un sólo
viaje a su hija, al compás de un “por el Padre, por el Hijo y por el Espíritu
Santo”, y a fe que "la santita", quizás alimentada por esta triple ración, lucía
a partir de entonces más pura y angelical.
Don Pascual se alegró mucho de verla por allí aquel
día y dejó todos sus asuntos terrenales para dedicarse el tiempo que fuera
necesario a rescatar a esa hermosa oveja perdida de su rebaño. La hizo pasar por
la parte trasera del atrio a un cuarto pequeño, sencillo y reservado, diciéndole
que allí la confesión sería más secreta. Le platicó sin afanes de disponer el
cuerpo y el alma para recibir la luz divina y de hablar con la voz de adentro
para sacar todos sus pecados y sus remordimientos para que él los pudiera medir
con sólo verlos. Amalia lo escuchó al igual que cuando a veces escuchaba llover:
sin nada de malicia, porque a pesar de que el padrecito fuera hombre, era más
todavía un enviado de Dios y eso ella lo tenía muy presente. Sin embargo, nomás
comenzó a contarle sus secretos y amoríos antes no revelados más que a la Trini,
notó cómo aquel pastor de almas descarriadas empezó a sudar y a ponerse inquieto
como un cabro acorraláo. Amalia no lo miraba fijamente, mas por entre el manto
oscuro que le tapaba la cara, veía cómo el joven vicario tornaba la mirada de
hombre de Dios a la de toro abejorriáo. Amalia, de inmediato, le olió a
distancia sus secretas intenciones, pues ella conocía muy bien esas emanaciones
de las ganas de amor, y sin permitir que el santo varón se volviera mucho más
varón que santo, y ella fuera una oveja algo más extraviada, salió
precipitadamente sin volver jamás a ver a don Pascual.
Por estas y otras circunstancias personales Amalia se
quedó sin purificar su alma y sin recibir el perdón divino a través de las manos
del único párroco conocido de la región.
Ese otoño terminó de pasar como silbido de culebra por
entre los techos de barro y paja del caserío, y pronto llegó el invierno
tropical a pintar con agua los pastizales, los caminos polvorientos y las
siembras de aquel campo noble, perennemente dispuesto a cada nueva estación.
Amalia, trabajadora incansable, pasó ese último
invierno cortando leña, cocinando, ordeñando y viendo por lo que, para esos
días, quedaba de su gran familia: sus dos hermanos menores, el Yayito y el
Tavito. Su madre hacía tres años había muerto al coger una peste del ganado; y
su padre, por esas navidades, andaba de viaje por la capital visitando a sus
otros cinco hijos, desertores del campo, que trabajaban en la ciudad para ser
unos señores de verdad. No obstante, aquel invierno pasó sin mayores novedades.
El lodazal, los desbordes de quebrada y ver la despensa poco a poco languidecer,
fueron el día a día que por lo menos no le trajo el pesado recuerdo de sus
pasiones. Por el contrario, recibió la acostumbrada alegría que le brindaba la
tarjeta perfumada con olor a lavanda, que desde hacía ocho ininterrumpidos años
le enviaba Joaquín Campoamor con su cariñoso saludo para navidad y año nuevo.
Del día de aquella ducha larga y esclarecedora al día
en que sintió los albores de la naciente primavera, pasaron dos estaciones
completas con sus jaleos y condiciones. Se avecinaban las noches parpadeantes
bajo la bóveda abierta y despejada del cielo campechano, y Amalia, consciente de
ello, sintió un frío sobrecogedor que le erizó toda la piel y alma.
Los primeros indicios lo marcaron los vientos
suspirantes que alejaron suavemente las últimas nubes de un invierno ya
esquelético que se marchaba. Pocos días después apareció una bandada de patos
salvajes y una colonia de abejas africanas que sobrevoló la finca de los
Lugonotes, saludando con una enigmática anunciación.
Esa última mañana Amalia estaba ocupada con los miles
de oficios de una buena ama de casa, y no notó ni vio nada extraño. Fue la
llegada imprevista de Trinidad Ríos lo que en verdad la asustó.
- ¡¿Qué pasa, hermana?!- le dijo muy sorprendida Amalia.
- Sumercé lo sabe y siento mucho miedo por usté-
lacónicamente le contestó la Trini.
Amalia comprendió la latente angustia de su amiga
del alma y la verdad premonitoria de su silencio. Sin inmutarse le dijo:
- No se preocupe, hermana, hace días vengo pensando en eso,
y no dejaré que me vuelva a coger así nomás. Más tarde le cuento completico.
Apenas Trini salió con la preocupación y la duda
pegada a sus espaldas, Amalia sacó del armario de su cuarto una mochila de
cabuya, mucho antes preparada, llena con algunas de sus pertenencias más
queridas, algo de chiros y unos cuantos ahorros. Tan sólo le agregó la última
postal de Joaquín Campoamor y una foto algo envejecida de sus padres con la
"prole". Al momento comenzó, con una callada resignación y sin afán, a
despedirse muy despacio de cada rincón de la casa, de las plantas y los árboles,
de los animales de la huerta y de cada bestia de su parcela. Llegada la tarde,
le habló a su sorprendido padre y a sus entristecidos hermanos menores,
prometiéndoles volver tan pronto como resolviera algunos asuntos impostergables
de su vida. Ellos no entendían cómo ni por qué los dejaba la Amalia: la
fierecita dulce y amorosa, no sólo como hija sino también como hermana y “madre”
a la vez.
Don Hortensio, apesadumbrado, la llamó aparte y le dio,
acaso, el primer y último consejo de su vida:
- Mire, mijita, yo sé que sumercé es grande desde que era
chiquita y que es muy poco lo pueda yo decirle que mija no sepa ya. Pero no
importa donde vaya, vaya con cuidado y con la frente siempre en alto, que de
nadita se tiene que avergonzar. Ojalá se fuera unos días pa la capital, donde
sus hermanos. Allá hay cosas que sumercé aún no conoce y que es oportuno que vea
con sus propios ojos. Claro que el aire no es como el de aquí, fresquito y
saludable; por el contrario, es oxidado y huele mal, y le patea a uno los
pulmones. A pesar de todo encontrará invenciones que sus hermanos llaman "del
futuro" y que sirven pa trabajar y vivir mejor. Con eso, sumercé, en cuanto
pueda comparar, sabrá de veras lo que vale nuestra tierra y lo que en verdad nos
da. Por último, mijita, váyase con Dios y con la Virgencita, y lleve de igual
forma mi humilde bendición.
Después se abrazaron de corazón, y se desprendieron
sin decirse más palabras que las ya dichas con amor.
Amalia pasó luego a casa de la Trini a despedirse,
dejando correr, al verla, la única lágrima de su vida. La Trini también lloró, y
lloró a montón, porque la Trini si sabía llorar. No hubo ni más palabras, ni más
abrazos. Fraternalmente se miraron en silencio y con las niñas de sus ojos
tristes se dieron el consabido adiós.
Amalia partió así a caminar rumbo al norte hacia un
lugar sin estaciones donde el tiempo fuera el mismo cada día. Ella no se iba por
huir, pues no sufría de miedos ni cobardías. Únicamente quería darse una
oportunidad para entender cómo serían las cosas lejos de su tierra madre y por
ver cómo se manifestarían sus instintos de mujer, distanciada de su ámbito. Poco
antes de dar el último paso fuera de los linderos del rancho, se arrodilló y
lamió la nativa tierra de sus raíces más lejanas. Comió la hierba que pudo
arrancar de un buen puñado y la molió a mordiscos de mula embravecida, sintiendo
en sus entrañas que así llevaría vida para rato. Todavía allí arrodillada, rezó
una plegaria de las suyas por las bendiciones y las dádivas recibidas y por el
futuro ignoto que se le abría como un desierto desconocido pero esperanzador.
En ello fue interrumpida por el reconocido fragor
lejano y voluptuoso de los primeros vientos fálicos que comenzaban de nuevo a
perseguirla para encadenarla una vez más a sí misma, en otra de esas tortuosas e
interminables primaveras febriles.
Ya sin tiempo y apremiada, removió bruscamente otro
poco de hierba, de piedras y de tierra de su lar y las echó en su mochila toda
apretujada. Se persignó desde la frente hasta las rodillas y de hombro a hombro,
cerciorándose -eso sí- de quedar bien protegida por los designios de su Dios.
Levantó la mirada y vio por postrera vez los tejados rojizos y amarillentos del
que hasta ese día fuera su preciado hogar, escuchó hasta donde pudo los
lánguidos bramidos de su campo atardecido y aspiró, con profundidad, el
refrescante aliento de las nacientes brisas primaverales. Enseguida, sin
aguardar un instante más, ni permitir que un remoto pensamiento viniera a
retenerla, se irguió resuelta y valerosa en busca de los caminos que permitieran
ganarle a la vida un poco de paz y libertad para su alma. |
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