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La
realidad se deshilacha ante mis ojos.
Exhalo un suspiro pesado, tan asfixiante como el sol del
verano, casi contundente. Siento que no hay salidas. Ni
puertas. Ni puentes. Ni caminos secundarios.
La rama se deshace en negro y cae. La ceniza volviendo a la
tierra es el único sonido en este campo devastado. El viento
no camina a mi lado, sólo estoy acompañada por un calor
inhumano que me atrapa el corazón en una candente garra.
Los problemas me arrastran y me duele sin cesar la cabeza.
Siento que voy a reventar.
Todo se hace grande e infinito; inabarcable. Mis gritos se
apagan en una leve llama en mi garganta, justo antes de
nacer. El llanto no me libera; todo vuelve a empezar y a
suceder.
Escribir para escapar.
Voy a jugar a que aún quedan esperanzas, a que las paredes
de este pozo es un decorado, a que esta función va a acabar
y saldré victoriosa. El público aplaudirá mi actuación y yo
iré a casa. Y todo estará bien.
Voy a soñar que tengo fuerzas y que no voy a dejar escapar,
como arena de la playa en el cuenco de mis manos, los
retales de felicidad que aún me quedan, guardados como un
tesoro fiel que no me van a dejar escapar.
Voy a jugar que creo en algo, que existe un futuro, que la
vida me depara más regalos para mí.
Voy a soñar con los besos que atraparon mis labios, voy a
recordar las noches en que despedíamos la luna con caricias
y me regalabas un ramo de estrellas de deseos. Voy a pensar
que el sol, que difuminaba nuestros gemidos y nos acunaba
cálidamente para dormir, está ahí, ahora, también para mí.
Pero entonces -juego, sueño, recuerdo y pensamiento- se
desmoronan ante el soplo frío de realidad.
Esto es lo que me queda: un puñado de palabras; una
salvación de veintisiete letras y mil combinaciones y un
sentimiento de ahogo, de devastación, donde, como lluvia,
dejarlas caer. Rebrotan en silencio los primeros tallos y
yo, callada, espero. Despuntan, también, en el cielo, los
primeros destellos.
Y yo, callada y quieta, me duermo, imaginando que aún queda,
en algún lado, un atisbo de esperanza y sueño.
PD: Y la esperanza me susurra, me acaricia y me acuna.
Sonrío, plácidamente dormida.
Anónimo |
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