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Creo
que va a llover. El cielo está gris y una cierta humedad gravita en el ambiente.
A mí, por lo general, me gusta que llueva. Esos días así me resultan gratos y
los paso tranquilo, reposando. Es un poco el premio a una vida honesta y el
merecido derecho al ocio después de muchos años de fidelidad al trabajo. Están
cayendo las primeras gotas. No hay duda que lloverá, y al parecer muy duro.
Afortunadamente estoy en casa y me complace mirar la lluvia. El golpeteo de las
gotas sobre el techo me produce somnolencia y muchas veces me duermo arrullado
por ese tintineo monótono pero a un mismo tiempo rítmico y musical.
Definitivamente lloverá duro. Las gotas son ahora granitos de hielo que chocan
con fuerza provocándome temor como si su poder fuera –de pronto- capaz de
romperlo todo. Lo bonito del granizo es cómo todo se va pintando de blanco,
semejando un tapete de nieve que por estas latitudes no se presenta nunca.
Anoche en la televisión escuchamos que entraría un fuerte invierno. Admiro a
esas personas que vaticinan el tiempo y predicen lluvias, tormentas, tornados y
tempestades, aunque también cuando anuncian largos veranos y periodos de sequía
generalizada para el país. Esas noticias ayudan a la comunidad y permiten
prevenir problemas y planear asuntos. Frente a mi casa acaba de asomarse don
Alonso, somos casi de la misma edad, unos viejos jubilados que sólo nos
levantamos a respirar y ver pasar los días sin mayores expectativas. En la vejez
la vida se va tornando simple y son pocas las cosas que conservan un verdadero
valor como una buena relación. Por ello compartimos mucho y solemos hacer varias
cosas juntos. Casi siempre es él quien me llama para que lo acompañe a alguna
diligencia, para lo cual escogemos días soleados y vamos a caminar y hablamos
muchísimo. -Claro-, él más elocuentemente que yo. Intuyo que mi amistad le es
preciada porque lo escucho con paciencia sin llegar casi nunca a interrumpirlo.
(Una de mis mayores cualidades). Don Alonso es también condescendiente. Ha
sabido ganarse mi confianza y mi cariño leal, y podría decirse que únicamente
nos tenemos el uno al otro. Ambos somos viudos y nuestros hijos han cogido
camino por la vida y no sabemos mucho de ellos, en especial yo, pues mis hijos
sí que son ingratos. Por la cara que le observo a través del vidrio empañado de
su ventana y por lo agitado de su respiración sé que está de muy mal humor. Hoy
tenía que ir al banco a cobrar la pensión. Han escaseado los víveres y ya no hay
mucho que comer. Además necesitamos drogas: él para su asma y yo para mi
reumatismo. Sé que está refunfuñando y hasta maldiciendo. No le gusta que nada
altere sus planes. (Es muy estricto). Tardes como esta dice él, son tardes de
perros. Yo, en cambio, pienso que son las tardes más felices, pues no estoy
obligado a salir ni a hacer nada en particular. Por mí que llueva toda la semana
y toda la vida mientras esté en mi casa y tenga un hueso carnudo para roer. |
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Gerardo Cardona Velasco
Noviembre 29 de 2001 |
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