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Al segundo
timbrazo del celular, Josefa se despertó. Eran las 3:30 de la mañana y su avión
para la ciudad de Cali salía a las 6 a.m. en punto, así que se levantó
rápidamente para el baño y se duchó más corto de lo acostumbrado. Una vez afuera
se enfrentó a la eterna lucha de todos los días: ¿qué ponerse? Lo primero que
escogió fue un vestidito muy ligero que había comprado recientemente con la
idea precisa de ese viaje; pero lo descartó pues no alcanzaba a depilar sus
piernas y –así como estaba- no luciría bien. Escogió el pantalón blanco que le
ceñía bien sus formados glúteos y una blusita azul bien escotada aunque no era
mucho lo que podría mostrar. La naturaleza no fue nada generosa con ella en ese
ni otros aspectos. Sin embargo, unos collares muy bonitos podrían disimularlo.
El cabello lo dejó suelto y simplemente lo alisó con el peine. Maquilló sus ojos
y optó por realzarlos con pestañas postizas que le hacían lucir sus atractivos
ojos verdes. Se aplicó base, sombras y algo de rubor en los labios. Calzó unas
zapatillas blancas de trabilla y, por último, escogió una chaqueta beige de
cuero. Sin darse cuenta el tiempo pasó volando y eran cerca de las 5 a.m., o sea
que iba tarde. Debía estar en el aeropuerto El Dorado una hora antes del vuelo.
Afanosa terminó de arreglarse. Alcanzó sus documentos, los cosméticos de viaje,
un par de aretes que se pondría por el camino, el pasaje y lo puso todo en la
carterita vaquera que le regalara Jaime dos semanas antes. Sin desayunar, porque
materialmente no le quedaba tiempo, lavó sus dientes, se aplicó perfume y salió
del apartamento. Cogió el primer taxi que pasó y llegó al terminal aéreo a las
5:16 a.m. Visualmente ubicó la línea para el check in de su pasaje y caminó
hacia ésta para el respectivo registro.
Era la primera
vez que Josefa viajaba a esa hora del día y se sorprendió al ver tanto viajero
-la inmensa mayoría de negocios-, llenando los corredores y las salas de
embarque del aeropuerto. A medida que avanzaba en la fila empezó a notar que era
observada de manera especial por todos. Al principio esto la turbó, pero también
la hizo sentir alagada. Realmente vestía como correspondía y se sentía
verdaderamente bonita esa mañana. Su estatura de 1.80 y su cuerpo delgado la
destacaban fácilmente de las demás mujeres quienes, a su turno, cuando la veían,
desviaban su mirada y se apartaban disimuladamente de ella. Josefa conocía de
sobra esa actitud de las demás mujeres hacia ella: simple envidia.
Una vez terminó
el proceso de registro y le fue entregado su pasa-bordo se dirigió a la sala de
espera número dos. Como finalmente le quedó tiempo antes de la salida del vuelo,
buscó donde tomarse un delicioso café colombiano. Fácilmente localizó la barra
de CAFÉ JUAN VALDÉZ y se colocó en la larga hilera de viajeros que apetecían
también un aromático tinto Express. Mientras se acercaba comenzó Josefa a
impacientarse y sentirse ansiosa: Sí, sus nervios empezaban de nuevo a
traicionarla. Su timidez, en especial para hablar en público o delante de gente
desconocida, la acobardaban. Por un instante quiso abandonar la cola e irse sin
pedir nada; mas, en su interior, sabía que debía por fuerza resistir sus miedos
y afrontar la vida con decisión. No permitiría que sus propias luchas internas
fueran las que la derrotaran después de haber llegado adonde había -contra
viento y marea- llegado. A la postre alcanzó la barra y en voz muy baja, casi
inaudible pero ronca, pidió un capuchino. El dependiente que no le escuchó
atento, dijo en tono alto: ¡Perdón, no le entiendo, señor, ¿qué desea usted?...! |
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