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-¿Has oído las noticias? -preguntó lord Henry aquella
noche a Hallward cuando un camarero lo hizo entrar en el pequeño
reservado del Bristol donde estaba preparada una cena para tres.
-No
-respondió el artista, entregando sombrero y abrigo al camarero, quien
procedió a hacerle una reverencia -. ¿De qué se trata? Nada que tenga
que ver con la política, espero. No me interesa. Apenas hay una sola
persona en la Cámara de los Comunes que se merezca un retrato, aunque
muchos de ellos mejorarían blanqueándolos un poco.
-Dorian
Gray se ha prometido -dijo lord Henry, examinando atentamente a su amigo
mientras hablaba.
Hallward se sobresaltó y luego frunció el entrecejo.
-¡Dorian
prometido! -exclamó-. ¡Imposible!
-Es
absolutamente cierto.
-¿Con
quién?
-Con
una actricilla de poco más o menos.
-No me
lo puedo creer. Dorian es demasiado sensato. -Dorian es demasiado
prudente para no hacer alguna tontería de cuando en cuando, mi querido
Basil.
-Casarse es una cosa que difícilmente se puede hacer de cuando en
cuando, Harry.
-Excepto en los Estados Unidos -replicó lánguidamente lord Henry -. Pero
yo no he dicho que se haya casado. He dicho que se ha prometido. Hay una
gran diferencia. Recuerdo con mucha claridad estar casado, pero no tengo
recuerdo alguno de estar prometido. Me inclino a creer que nunca estuve
prometido.
-Pero
piensa en la cuna de Dorian, en su posición, en su riqueza. Sería
absurdo que se casara tan por debajo de sus posibilidades.
-Si de
verdad quieres que se case con la chica, dile precisamente eso. Puedes
estar seguro de que lo hará. Siempre que un hombre hace algo
perfectamente estúpido, lo hace por el más noble de los motivos.
-Espero que la chica sea buena. No quisiera ver a Dorian atado a alguna
horrenda criatura que pueda envilecer su cuerpo y destruir su
inteligencia.
-No,
no; la chica es mejor que buena..., es hermosa -murmuró lord Henry,
saboreando un vaso de vermut con zumo de naranjas amargas-. Dorian dice
que es hermosa, y no suele equivocarse en ese tipo de cuestiones. Tu
retrato ha afinado su apreciación de las personas. Ése ha sido, entre
otros, uno de sus excelentes resultados. Vamos a conocerla esta noche,
si es que ese muchacho no olvida su cita con nosotros.
-¿Hablas en serio?
-Completamente en serio. Me sentiría terriblemente mal si creyera que
alguna vez llegaré a hablar más seriamente que en este momento.
-Pero,
¿tú lo apruebas, Harry? -preguntó el pintor, paseando por el reservado y
mordiéndose los labios-. Es imposible que lo apruebes. Se trata sólo de
un capricho.
-Yo ya
no apruebo ni desapruebo nada. Es una actitud absurda ante la vida. No
se nos pone en el mundo para airear nuestros prejuicios morales. Nunca
doy la menor importancia a lo que dice la gente vulgar, y nunca
interfiero con lo que hacen las personas encantadoras. Si una
personalidad me fascina, cualquier modo de expresión que elija me
parecerá delicioso. Dorian Gray se enamora de una hermosa muchacha que
interpreta a Julieta y se propone casarse con ella. ¿Por qué no? Si
contrajera matrimonio con Mesalina no me parecería menos interesante.
Sabes perfectamente que no soy defensor del matrimonio. El verdadero
inconveniente del matrimonio es que mata el egoísmo. Y las personas sin
egoísmo son incoloras. Carecen de individualidad. De todos modos, hay
algunos temperamentos que se hacen más complejos con el matrimonio.
Conservan su egoísmo y le añaden otros muchos. Se ven forzados a vivir
más de una vida. Se convierten en personas sumamente organizadas, y
organizarse muy bien la vida, creo yo, es el objeto de la existencia
humana. Además, toda experiencia tiene valor y, se diga lo que se quiera
contra el matrimonio, no cabe duda de que es una experiencia. Espero que
Dorian Gray haga de esa muchacha su esposa, que la adore apasionadamente
por espacio de seis meses y que luego, de repente, quede fascinado por
otra persona. Será un maravilloso tema de estudio.
-No
crees ni una sola palabra de lo que dices; sabes perfectamente que no.
Si Dorian Gray echara a perder su vida, nadie lo sentiría más que tú.
Eres mucho mejor persona de lo que finges. Lord Henry se echó a reír.
-La
razón de que nos guste pensar bien de los demás es que tenemos miedo a
lo que pueda sucedernos.
La
base del optimismo es el terror. Pensamos que somos generosos porque
atribuimos a nuestro vecino las virtudes que más pueden beneficiarnos.
Alabamos al banquero para que no nos penalice por estar en números rojos
y encontramos buenas cualidades en el salteador de caminos con la
esperanza de que respete nuestra bolsa. Creo todo lo que he dicho.
Desprecio profundamente el optimismo. En cuanto a echar a perder una
vida, una vida sólo se echa a perder cuando se detiene su crecimiento.
Si quieres estropear una personalidad, basta reformarla. Por lo que hace
al matrimonio, por supuesto que sería una estupidez, pero hay otros
vínculos, mucho más interesantes, entre hombres y mujeres. Estoy desde
luego dispuesto a alentarlos. Tienen el encanto de estar de moda. Pero
aquí llega Dorian, que te lo contará todo mejor que yo.
-Basil,
Harry, ¡los dos tenéis que felicitarme! -dijo el muchacho,
desprendiéndose impaciente de la capa con forro de satén y procediendo a
estrechar la mano de sus dos amigos-. No he sido nunca tan feliz. Ya sé
que es repentino; todo lo realmente delicioso lo es. Y, sin embargo, me
parece que no he buscado otra cosa en toda mi vida -tenía la tez
encendida a causa de la alegría y la emoción, y parecía singularmente
apuesto.
-Espero que seas siempre muy feliz, Dorian -dijo Hallward-, pero no te
perdono del todo que no me hayas informado de tu compromiso. A Harry sí
se lo has dicho.
-Y yo
no te perdono que llegues tarde a cenar -intervino lord Henry, poniendo
una mano en el hombro del muchacho y sonriendo mientras hablaba-. Vamos
a sentarnos y a enterarnos de qué tal es el nuevo chef, y luego
nos explicarás cómo ha sucedido todo.
-En
realidad no hay mucho que contar -exclamó Dorian mientras los tres
ocupaban sus sitios en torno a la reducida mesa redonda-. Ayer,
sencillamente, después de dejarte; Harry, me vestí, cené en el pequeño
restaurante italiano de Rupert Street que tú me hiciste conocer, y a las
ocho estaba en el teatro. Sibyl interpretaba a Rosalinda. Por supuesto,
el decorado era horroroso y el actor que hacía de Orlando absurdo. ¡Sibyl,
en cambio! ¡Tendrías que haberla visto! Cuando apareció vestida de
muchacho estaba absolutamente maravillosa. Llevaba un jubón de
terciopelo color musgo con mangas de color canela, calzas marrones, un
precioso sombrerito verde con una pluma de halcón sujeta por una joya, y
un gabán con capucha forrado de rojo mate. Nunca me había parecido tan
exquisita. Tenía la gracia delicada de esa figurilla de Tanagra que
tienes en tu estudio, Basil. Los cabellos rodeándole la cara como
Páginas
oscuras en torno a una pálida rosa. En cuanto a su interpretación...,
bueno, vais a verla esta noche. Es, ni más ni menos, una artista nata.
Me quedé completamente embobado en mi palco cochambroso. Me olvidé de
que estaba en Londres y en el siglo XIX. Me había ido con mi amada a un
bosque que nadie había visto nunca. Cuando terminó la representación,
pasé entre bastidores y hablé con ella. Mientras estábamos sentados uno
al lado del otro, apareció de repente en sus ojos una mirada que yo no
había visto nunca. Mis labios se movieron hacia los suyos. Nos besamos.
No soy capaz de describiros lo que sentí en aquel momento. Me pareció
que la vida entera se concentraba en un punto perfecto de alegría color
rosa. Sibyl se puso a temblar de pies a cabeza, estremeciéndose como un
narciso blanco. Luego se arrodilló y me besó las manos. Comprendo que no
debería contaros todo esto, pero no puedo evitarlo. Por supuesto,
nuestro compromiso es un secreto total. Sibyl ni siquiera se lo ha dicho
a su madre. No sé lo que dirán mis tutores. Lord Radley montará sin duda
en cólera. Me da igual. Seré mayor de edad en menos de un año, y
entonces podré hacer lo que quiera. ¿No es cierto que he hecho bien
sacando a mi amor de la poesía y encontrando a mi esposa en las obras de
Shakespeare? Labios a los que Shakespeare enseñó a hablar han susurrado
su secreto en mi oído. Me han rodeado los brazos de Rosalinda y he
besado a Julieta en la boca.
-Sí,
Dorian -dijo Hallward, hablando muy despacio-; supongo que has hecho
bien.
-¿La
has visto hoy? -preguntó lord Henry.
Dorian
Gray negó con la cabeza.
-La
dejé en el bosque de Arden y hoy la encontraré en un huerto de Verona.
Lord
Henry saboreó su champán con aire meditabundo.
-¿En
qué punto mencionaste la palabra matrimonio, Dorian? ¿Y qué respondió
ella? Quizá lo hayas olvidado por completo.
-Mi
querido Harry, no me comporté como si fuera un trato comercial, y no le
hice explícitamente una propuesta de matrimonio. Le dije que la amaba y
ella respondió que no era digna de ser mi esposa. ¡Que no era digna!
¡Cuando el mundo entero no es nada para mí comparado con ella!
-Las
mujeres son maravillosamente prácticas -murmuró lord Henry-; mucho más
prácticas que nosotros. En situaciones como ésa, olvidamos con
frecuencia mencionar la palabra matrimonio, pero ellas nos lo recuerdan
siempre.
Hallward le puso una mano en el brazo.
-No,
Harry. Has disgustado a Dorian, que no es como otros hombres. Dorian
nunca haría desgraciada a otra persona. Tiene demasiada delicadeza para
una cosa así. Lord Henry miró por encima de la mesa.
-Dorian
no está nunca disgustado conmigo -respondió-. He hecho la pregunta por
la mejor de las razones, por la única razón, a decir verdad, que
disculpa de hacer cualquier pregunta: la simple curiosidad. Mantengo la
teoría de que son siempre las mujeres quienes nos proponen el matrimonio
y no nosotros a ellas. Excepto, por supuesto, las personas de la clase
media. Pero lo cierto es que las clases medias no son modernas.
Dorian
Gray se echó a reír y movió la cabeza.
-Eres
completamente incorregible, Harry; pero no me importa. Es imposible
enfadarse contigo.
Cuando
veas a Sibyl Vane comprenderás que el hombre que la tratara mal sería un
desalmado, un ser sin corazón. No entiendo que nadie quiera avergonzar
al ser que ama. Y yo amo a Sibyl Vane. Quiero colocarla sobre un
pedestal de oro, y ver cómo el mundo venera a la mujer que es mía. ¿Qué
es el matrimonio? Una promesa irrevocable. Por eso te burlas de él. ¡No
lo hagas! Es una promesa irrevocable la que yo quiero hacer. La
confianza de Sibyl me hace fiel, su fe me hace bueno. Cuando estoy con
ella, reniego de todo lo que me has enseñado. Me convierto en alguien
diferente del que has conocido. He cambiado y el simple hecho de tocar
la mano de Sibyl Vane hace que te olvide y que olvide tus falsas
teorías, tan fascinantes, tan emponzoñadas, tan deliciosas.
-¿Mis
teorías...? -preguntó lord Henry, sirviéndose un poco de ensalada.
-Tus
teorías sobre la vida, tus teorías sobre el amor, tus teorías sobre el
placer. Todas tus teorías, de hecho.
-El
placer es la única cosa sobre la que merece la pena elaborar una teoría
-respondió lord Henry separando bien las palabras con su voz melodiosa-.
Pero mucho me temo que no me puedo atribuir esa teoría como propia. No
me pertenece a mí, pertenece a la Naturaleza. El placer es la prueba de
fuego de la Naturaleza. Cuando somos felices siempre somos buenos, pero
cuando somos buenos no siempre somos felices.
-Sí,
pero, ¿qué quieres decir con bueno? -exclamó Basil Hallward.
-Sí
-asintió Dorian, recostándose en el asiento, y mirando a lord Henry
sobre el tupido ramo de iris morados que ocupaba el centro de la mesa-,
¿qué quieres decir con bueno?
-Ser
bueno es estar en armonía con uno mismo -replicó lord Henry, tocando el
delicado pie de la copa con dedos muy blancos y finos-. Hay disonancia
cuando uno se ve forzado a estar en armonía con otros. La propia
vida..., eso es lo importante. En cuanto a la vida de nuestros vecinos,
si uno quiere ser un hipócrita o un puritano, podemos hacer alarde de
nuestras ideas sobre moral, pero en realidad esas personas no son asunto
nuestro. Por otra parte, las metas del individualismo son las más
elevadas. La moralidad moderna consiste en aceptar las normas de la
propia época. Pero yo considero que, para un hombre culto, aceptar las
normas de su época es la peor inmoralidad.
-Pero,
por supuesto, si uno vive tan sólo para uno mismo, ha de pagar un precio
terrible por hacerlo, ¿no es cierto, Harry? -preguntó el pintor.
-Sí,
en los tiempos que corren se nos cobra excesivamente por todo. Tengo la
impresión de que la verdadera tragedia de los pobres es que no pueden
permitirse nada excepto renunciar a sí mismos. Los pecados hermosos,
como los objetos hermosos, son el privilegio de los ricos.
-Hay
que pagar de otras maneras además de con dinero.
-¿De
qué maneras, Basil?
-Imagino que con remordimientos, sufriendo..., bueno, dándose cuenta de
la degradación.
Lord
Henry se encogió de hombros.
-Amigo
mío, el arte medieval es encantador, pero las emociones medievales están
anticuadas. Se las puede utilizar en las novelas, por supuesto. Pero las
cosas que se pueden utilizar en la narrativa son las que han dejado de
usarse en la vida real. Créeme, ningún hombre civilizado se arrepiente
nunca de un placer, y los no civilizados nunca llegan a saber qué es un
placer.
-Yo sé
lo que es el placer -exclamó Dorian Gray-. Adorar a alguien.
-Sin
duda eso es mejor que ser adorado -respondió lord Henry, jugueteando con
una fruta-. Ser adorado es muy molesto. Las mujeres nos tratan como la
humanidad trata a sus dioses. Nos rinden culto y están siempre
molestándonos para que hagamos algo por ellas.
-Yo
diría que cualquier cosa que piden nos la han dado antes -murmuró el
muchacho con mucha seriedad-. Crean el amor en nuestra alma. Tienen
derecho a pedir correspondencia.
-Eso
es completamente cierto -exclamó Hallward.
-Nada
es completamente cierto -dijo lord Henry.
-Esto
sí -le interrumpió Dorian-. Has de admitir, Harry, que las mujeres
entregan a los hombres el oro mismo de sus vidas.
-Es
posible -suspiró el otro-,pero inevitablemente lo reclaman en
calderilla. Ése es el problema. Las mujeres, como dijo en cierta ocasión
un francés con mucho ingenio, despiertan en nosotros el deseo de
producir obras maestras, pero luego nos impiden siempre llevarlas a
cabo.
-¡Eres
horrible, Harry! No sé por qué te tengo tanto afecto.
-Me lo
tendrás siempre -replicó lord Henry -. ¿Tomaréis café? Camarero, traiga
café, fine champagne y cigarrillos. No, olvídese de los
cigarrillos; tengo algunos yo. Basil, no te permito que fumes puros.
Enciende un cigarrillo. El cigarrillo es el perfecto ejemplo de placer
perfecto. Es exquisito y deja insatisfecho. ¿Qué más se puede pedir? Sí,
Dorian, siempre me tendrás afecto. Represento para ti todos los pecados
que nunca has tenido el valor de cometer.
-¡Qué
cosas tan absurdas dices! -exclamó el muchacho, utilizando el encendedor
de plata con forma de dragón que el camarero había dejado sobre la mesa.
-Vámonos al teatro. Cuando Sibyl salga a escena, encontrarás un nuevo
ideal de vida. Significará para ti algo que nunca has conocido.
-Lo he
conocido todo -dijo lord Henry, en sus ojos una expresión de cansancio
-, pero siempre estoy dispuesto a experimentar una nueva emoción. Mucho
me temo, sin embargo, que, al menos para mí, eso es algo que no existe.
De todos modos, quizá tu maravillosa chica me subyugue. Me encanta el
teatro. Es mucho más real que la vida. Vamos, Dorian. Tú vendrás
conmigo. Lo siento, Basil, pero sólo hay sitio para dos en la berlina.
Tendrás que seguirnos en un coche de punto. Se levantaron para ponerse
los abrigos, tomándose el café de pie. El pintor, preocupado, había
enmudecido. Le había invadido la melancolía. Le desagradaba mucho aquel
matrimonio, aunque en realidad le parecía mejor que otras muchas cosas
que podrían haber sucedido. Muy poco después salían a la calle. Hallward
se dirigió solo hacia el teatro, como habían convenido, y estuvo
contemplando las luces parpadeantes de la berlina que le precedía. Tuvo
la extraña sensación de haber perdido algo. Sintió que Dorian Gray ya no
sería nunca para él lo que había sido en el pasado. La vida se había
interpuesto entre los dos... Los ojos se le llenaron de oscuridad y vio
las calles, abarrotadas y centelleantes, a través de una niebla. Cuando
el coche de punto se detuvo ante el teatro tuvo la sensación de haber
envejecido varios años.
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Aquella noche, por alguna razón, el teatro estaba abarrotado, y el gordo
empresario judío que los recibió en la puerta, sonriendo trémulamente de
oreja a oreja con expresión untuosa, procedió a escoltarlos hasta el
palco con pomposa humildad, agitando sus gruesas manos enjoyadas y
hablando a voz en grito. Dorian Gray sintió que le desagradaba más que
nunca. Le pareció que viniendo en busca de Miranda se había encontrado
con Calibán. A lord Henry, por el contrario, más bien le gustó. Al menos
eso fue lo que dijo, e insistió en estrecharle la mano, asegurándole que
estaba orgulloso de conocer al hombre que había descubierto a una joya
de la interpretación y que se había arruinado a causa de un poeta.
Hallward se divirtió con los rostros del patio de butacas. El calor era
insoportable, y la enorme lámpara ardía como una dalia monstruosa con
pétalos de fuego amarillo. Los jóvenes del paraíso se habían quitado
chaquetas y chalecos, colgándolos de las barandillas. Hablaban entre sí
de un lado a otro del teatro y compartían sus naranjas con las
llamativas chicas que los acompañaban. Algunas mujeres reían en el patio
de butacas, con voces chillonas y discordantes. Desde el bar llegaba el
ruido del descorchar de las botellas.
-¡Qué
lugar para encontrar a una diosa! -dijo lord Henry.
-¡Es
cierto! -respondió Dorian Gray-. Pero fue aquí donde la encontré, y
Sibyl es la encarnación de la divinidad. Cuando actúe, te olvidarás de
todo. Esas gentes vulgares y toscas, de rostros primitivos y gestos
brutales, se transforman cuando Sibyl está en el escenario. Callan y
escuchan. Lloran y ríen cuando Sibyl quiere que lo hagan. Consigue que
respondan como las cuerdas de un violín. Los espiritualiza, y se siente
que están hechos de la misma carne y sangre que nosotros.
-¡La
misma carne y sangre que nosotros! ¡Espero que no! -exclamó lord Henry,
que observaba a los ocupantes del paraíso con sus gemelos de teatro.
-No le
hagas caso, Dorian -dijo el pintor-. Yo sí entiendo lo que quieres decir
y estoy convencido de que esa chica es como dices. La mujer a quien tú
ames ha de ser maravillosa, y cualquier muchacha que consigue el efecto
que describes ha de ser espléndida y noble. Espiritualizar a la propia
época..., eso es algo que merece la pena. Si Sibyl es capaz de dar un
alma a quienes han vivido sin ella, si crea un sentimiento de belleza en
personas cuyas vidas han sido sórdidas y miserables, si los libera de su
egoísmo y les presta lágrimas por sufrimientos que no son suyos, se
merece toda tu adoración, se merece la adoración del mundo entero. Tu
matrimonio con ella es un acierto. Al principio no lo creía así, pero
ahora lo veo de otra manera. Los dioses han hecho a Sibyl Vane para ti.
Sin ella hubieras quedado incompleto.
-Gracias, Basil -respondió Dorian Gray, dándole un apretón de manos-.
Sabía que me entenderías.
Harry
es tan cínico que me aterra. Pero aquí llega la orquesta. Aunque
espantosa, sólo toca unos cinco minutos aproximadamente. Luego se
levanta el telón, y veréis a la muchacha a quien voy a dar toda mi vida,
y a la que ya he dado todo lo bueno que hay en mí.
Un
cuarto de hora después, acompañada de unos aplausos estruendosos, Sibyl
Vane apareció en el escenario. Sí, no había duda de su encanto; era,
pensó lord Henry, una de las criaturas más encantadoras que había visto
nunca. Había algo de gacela en su gracia tímida y en sus ojos
sorprendidos. Un ligero arrebol, como la sombra de una rosa en un espejo
de plata, se asomó a sus mejillas cuando vio el teatro abarrotado y
entusiasta. Retrocedió unos pasos y pareció que le temblaban los labios.
Basil Hallward se puso en pie y empezó a aplaudir. Inmóvil, como en un
sueño, Dorian Gray siguió sentado, mirándola fijamente. Lord Henry la
examinó con sus gemelos y murmuró: «Encantadora, encantadora». La
acción transcurría en el vestíbulo de la casa de los Capuleto, y Romeo,
vestido de peregrino, había entrado con Mercutio y sus amigos. Los
músicos tocaron unos compases de acuerdo con sus posibilidades y comenzó
la danza. Entre la multitud de actores desangelados y pobremente
vestidos, Sibyl Vane se movía como una criatura de un mundo superior. Su
cuerpo se agitaba, al bailar, como se mueve una planta dentro del agua.
Las ondulaciones de su garganta eran las ondulaciones de un lirio
blanco. Sus manos parecían hechas de sereno marfil.
Y, sin
embargo, resultaba curiosamente apática. No manifestó signo alguno de
alegría cuando sus ojos se posaron sobre Romeo. Las pocas palabras que
tenía que decir:
Buen
peregrino, no reproches tanto
a tu
mano un fervor tan verdadero:
si
juntan manos peregrino y santo,
palma
con palma es beso de palmero...
junto
con el breve diálogo que sigue, fueron pronunciadas de manera
completamente artificial. La voz era exquisita, pero desde el punto de
vista de tono, absolutamente falsa. La coloración era equivocada.
Privaba de vida a los versos. Hacía que la pasión resultase irreal.
Dorian
Gray fue palideciendo mientras la contemplaba. Estaba desconcertado y
lleno de ansiedad. Ninguno de sus dos amigos se atrevía a decir nada.
Sibyl les parecía absolutamente incompetente. Se sentían horriblemente
decepcionados.
De
todos modos, comprendían que la verdadera prueba de cualquier Julieta es
la escena del balcón en el segundo acto. Esperarían a que llegara. Si
fallaba allí, todo habría acabado. De nuevo estaba encantadora cuando
reapareció al claro de luna. Eso no se podía negar. Pero lo forzado de
su interpretación resultaba insoportable, y fue empeorando con el paso
del tiempo. Sus gestos se hicieron absurdamente artificiales. Subrayaba
excesivamente todo lo que tenía que decir. El hermoso pasaje:
La
noche me oculta con su velo;
si no,
el rubor teñiría mis mejillas
por lo
que antes me has oído decir.
fue
declamado con la penosa precisión de una colegiala a quien ha enseñado a
recitar un profesor de elocución de tercera categoría. Y cuando se asomó
al balcón y llegó a los maravillosos versos:
Aunque
seas mi alegría,
no me
alegra nuestro acuerdo de esta noche:
demasiado brusco, imprudente, repentino,
igual
que el relámpago, que cesa
antes
de poder nombrarlo. Amor, buenas noches.
Con el
aliento del verano, este brote amoroso
puede
dar bella flor cuando volvamos a vernos...
dijo
las palabras como si carecieran por completo de sentido. No era
nerviosismo. De hecho, lejos de estar nerviosa, parecía absolutamente
dueña de sí misma. Era sencillamente una mala interpretación, y Sibyl un
completo desastre.
Incluso el público del patio de butacas y del paraíso, vulgar y sin
educación, había perdido interés por la obra. Incómodos, empezaban a
hablar en voz alta y a silbar. El empresario judío, de pie tras los
asientos del primer anfiteatro, golpeaba el suelo con los pies y
protestaba indignado. Tan sólo Sibyl permanecía indiferente.
Al
término del segundo acto se produjo una tormenta de silbidos. Lord Henry
se levantó de su asiento y se puso el gabán.
-Es
muy hermosa, Dorian -dijo-, pero incapaz de interpretar. Vámonos.
-Voy a
quedarme hasta el final -respondió el joven, con una voz crispada y
llena de amargura-. Siento mucho baberos hecho perder la velada. Os pido
disculpas a los dos.
-Mi
querido Dorian, a mí me parece que la señorita Vane está enferma
-interrumpió Hallward-.
Vendremos otra noche.
-Ojalá
estuviera enferma -replicó Dorian Gray-. Pero a mí me ha parecido
sencillamente insensible y fría. Ha cambiado por completo. Anoche era
una gran artista. Hoy es una actriz vulgar, mediocre.
-No
hables así de alguien a quien amas, Dorian. El amor es más maravilloso
que el arte.
-Los
dos son formas de imitación -señaló lord Henry -. Pero será mejor que
nos vayamos. No debes seguir aquí por más tiempo, Dorian. No es bueno
para la moral ver una mala interpretación. Además, supongo que no
querrás que tu esposa actúe en el teatro. En ese caso, ¿qué importa si
interpreta Julieta como una muñeca de madera? Es encantadora, y si sabe
tan poco de la vida como de actuar en el teatro, será una experiencia
deliciosa. Sólo hay dos clases de personas realmente fascinantes: las
que lo saben absolutamente todo y las que no saben absolutamente nada.
Santo cielo, muchacho, ¡no pongas esa expresión tan trágica! El secreto
para conservar la juventud es no permitirse ninguna emoción impropia.
Ven al club con Basil y conmigo. Fumaremos cigarrillos y beberemos para
celebrar la belleza de Sibyl Vane, que es muy hermosa. ¿Qué más puedes
querer?
-Vete,
Harry -exclamó el joven-. Quiero estar solo. Y tú también, Basil. ¿Es
que no veis que se me está rompiendo el corazón?
Lágrimas ardientes le asomaron a los ojos. Le temblaban los labios y,
dirigiéndose al fondo del palco, se apoyó contra la pared, escondiendo
la cara entre las manos.
-Vámonos, Basil -dijo lord Henry, con una extraña ternura en la voz. Un
instante después habían desaparecido.
Casi
enseguida se encendieron las candilejas y se alzó el telón para el
tercer acto. Dorian Gray volvió a su asiento. Estaba pálido, pero
orgulloso e indiferente. La obra se fue arrastrando, interminable. La
mitad del público abandonó la sala, haciendo ruido con sus pesadas botas
y riéndose. La representación había sido un fiasco total. El último acto
se interpretó ante una sala casi vacía. Una risa contenida y algunas
protestas saludaron la caída del último telón.
Nada
más terminar la obra, Dorian pasó entre bastidores, para dirigirse al
camerino de la actriz.
Encontró allí a Sibyl, con una expresión triunfal en el rostro y los
ojos llenos de fuego. Estaba radiante.
Sonreía, los labios ligeramente abiertos, a causa de un secreto muy
personal.
Al
entrar Dorian, la muchacha lo miró y apareció en su rostro una expresión
de infinita alegría.
-¡Qué
mal he actuado esta noche, Dorian! -exclamó. -¡Horriblemente mal!
-respondió él, contemplándola asombrado-. ¡Espantoso! Ha sido terrible.
¿Estás enferma? No puedes hacerte idea de lo que ha sido. No te imaginas
cómo he sufrido.
La
muchacha sonrió.
-Dorian -respondió, acariciando el nombre del amado con la prolongada
música de su voz, como si fuera más dulce que miel para los rojos
pétalos de su boca-. Dorian, deberías haberlo entendido. Pero ahora lo
entiendes ya, ¿no es cierto?
-¿Entender qué? -preguntó él, colérico.
-El
porqué de que lo haya hecho tan mal esta noche. El porqué de que de
ahora en adelante lo haga siempre mal. El porqué de que no vuelva nunca
a actuar bien. Dorian se encogió de hombros.
-Supongo que estás enferma. Cuando estés enferma no deberías actuar. Te
pones en ridículo. Mis amigos se han aburrido. Yo me he aburrido.
Sibyl
parecía no escucharlo. Estaba transfigurada por la alegría. Dominada por
un éxtasis de felicidad.
-Dorian,
Dorian -exclamó-, antes de conocerte, actuar era la única realidad de mi
vida. Sólo vivía para el teatro. Creía que todo lo que pasaba en el
teatro era verdad. Era Rosalinda una noche y Porcia otra. La alegría de
Beatriz era mi alegría, e igualmente mías las penas de Cordelia. Lo
creía todo. La gente vulgar que trabajaba conmigo me parecía tocada de
divinidad. Los decorados eran mi mundo. Sólo sabía de sombras, pero me
parecían reales. Luego llegaste tú, ¡mi maravilloso amor!, y sacaste a
mi alma de su prisión. Me enseñaste qué es la realidad. Esta noche, por
primera vez en mi vida, he visto el vacío, la impostura, la estupidez
del espectáculo sin sentido en el que participaba. Hoy, por vez primera,
me he dado cuenta de que Romeo era horroroso, viejo, y de que iba
maquillado; que la luna sobre el huerto era mentira, que los decorados
eran vulgares y que las palabras que decía eran irreales, que no eran
mías, no eran lo que yo quería decir. Tú me has traído algo más elevado,
algo de lo que todo el arte no es más que un reflejo. Me has hecho
entender lo que es de verdad el amor. ¡Amor mío! ¡Mi príncipe azul!
¡Príncipe de mi vida! Me he cansado de las sombras. Eres para mí más de
lo que pueda ser nunca el arte. ¿Qué tengo yo que ver con las marionetas
de una obra? Cuando he salido a escena esta noche, no entendía cómo era
posible que me hubiera quedado sin nada. Pensaba hacer una
interpretación maravillosa y de pronto he descubierto que era incapaz de
actuar. De repente he comprendido lo que significa amarte. Saberlo me
ha hecho feliz. He sonreído al oír protestar a los espectadores. ¿Qué
saben ellos de un amor como el nuestro? Llévame lejos, Dorian; llévame
contigo a donde podamos estar completamente solos. Aborrezco el teatro.
Sé imitar una pasión que no siento, pero no la que arde dentro de mí
como un fuego. Dorian, Dorian, ¿no entiendes lo que significa? Incluso
aunque pudiera hacerlo, sería para mí una profanación representar que
estoy enamorada. Tú me has hecho verlo. Dorian se dejó caer en el sofá
y evitó mirarla.
-Has
matado mi amor -murmuró.
Sibyl
lo miró asombrada y se echó a reír. El muchacho no respondió. Ella se
acercó, y con una mano le acarició el pelo. A continuación se arrodilló
y se apoderó de sus manos, besándoselas. Dorian las retiró, estremecido
por un escalofrío.
Luego
se puso en pie de un salto, dirigiéndose hacia la puerta.
-Sí
-exclamó-; has matado mi amor. Eras un estímulo para mi imaginación.
Ahora ni siquiera despiertas mi curiosidad. No tienes ningún efecto
sobre mí. Te amaba porque eras maravillosa, porque tenías genio e
inteligencia, porque hacías reales los sueños de los grandes poetas y
dabas forma y contenido a las sombras del arte. Has tirado todo eso por
la ventana. Eres superficial y estúpida. ¡Cielo santo! ¡Qué loco estaba
al quererte! ¡Qué imbécil he sido! Ya no significas nada para mí. Nunca
VOLVERé a verte. Nunca pensaré en ti. Nunca mencionaré tu nombre. No te
das cuenta de lo que representabas para mí. Pensarlo me resulta
intolerable. ¡Quisiera no haberte visto nunca! Has destruido la poesía
de mi vida. ¡Qué poco sabes del amor si dices que ahoga el arte! Sin el
arte no eres nada. Yo te hubiera hecho famosa, espléndida, deslumbrante.
El mundo te hubiera adorado, y habrías llevado mi nombre. Pero, ahora,
¿qué eres? Una actriz de tercera categoría con una cara bonita. Sibyl
palideció y empezó a temblar. Juntó las manos, apretándolas mucho, y
dijo, con una voz que se le perdía en la garganta:
-No
hablas en serio, ¿verdad, Dorian? -murmuró-. Estás actuando.
-¿Actuando? Eso lo dejo para ti, que lo haces tan bien -respondió él con
amargura.
Alzándose de donde se había arrodillado y, con una penosa expresión de
dolor en el rostro, la muchacha cruzó la habitación para acercarse a él.
Le puso la mano en el brazo, mirándole a los ojos. Dorian la apartó con
violencia.
-¡No
me toques! -gritó.
A
Sibyl se le escapó un gemido apenas audible mientras se arrojaba a sus
pies, quedándose allí como una flor pisoteada.
-¡No
me dejes, Dorian! -susurró-. Siento no haber interpretado bien mi papel.
Pensaba en ti todo el tiempo. Pero lo intentaré, claro que lo intentaré.
Se me presentó tan de repente..., mi amor por ti. Creo que nunca lo
habría sabido si no me hubieras besado, si no nos hubiéramos besado.
Bésame otra vez, amor mío. No te alejes de mí. No lo soportaría. No me
dejes. Mi hermano... No; es igual. No sabía lo que decía. Era una
broma... Pero tú, ¿no me puedes perdonar lo que ha pasado esta noche?
Trabajaré muchísimo y me esforzaré por mejorar. No seas cruel conmigo,
porque te amo más que a nada en el mundo. Después de todo, sólo he
dejado de complacerte en una ocasión. Pero tienes toda la razón, Dorian,
tendría que haber demostrado que soy una artista. Qué cosa tan absurda;
aunque, en realidad, no he podido evitarlo. No me dejes, por favor -un
ataque de apasionados sollozos la atenazó. Se encogió en el suelo como
una criatura herida, y los labios bellamente dibujados de Dorian Gray,
mirándola desde lo alto, se curvaron en un gesto de consumado desdén.
Las emociones de las personas que se ha dejado de amar siempre tienen
algo de ridículo. Sibyl Vane le resultaba absurdamente melodramática.
Sus lágrimas y sus sollozos le importunaban.
-Me
voy -dijo por fin, con voz clara y tranquila-. No quiero parecer
descortés, pero me será imposible VOLVER a verte. Me has decepcionado.
Sibyl
lloraba en silencio, pero no respondió; tan sólo se arrastró, para
acercarse más a Dorian. Extendió las manos ciegamente, dando la
impresión de buscarlo. El muchacho se dio la vuelta y salió de la
habitación. Unos instantes después había abandonado el teatro. Apenas
supo dónde iba. Más tarde recordó haber vagado por calles mal
iluminadas, de haber atravesado lúgubres pasadizos, poblados de sombras
negras y casas inquietantes. Mujeres de voces roncas y risas ásperas lo
habían llamado. Borrachos de paso inseguro habían pasado a su lado entre
maldiciones, charloteando consigo mismos como monstruosos antropoides.
Había visto niños grotescos apiñados en umbrales y oído chillidos y
juramentos que salían de patios melancólicos. Al rayar el alba se
encontró cerca de Covent Garden. Al alzarse el velo de la oscuridad, el
cielo, enrojecido por débiles resplandores, se vació hasta convertirse
en una perla perfecta. Grandes carros, llenos de lirios balanceantes,
recorrían lentamente la calle resplandeciente y vacía. El aire se llenó
con el perfume de las flores, y su belleza pareció proporcionarle un
analgésico para su dolor. Siguió caminando hasta el mercado, y contempló
cómo descargaban los vehículos. Un carrero de blusa blanca le ofreció
unas cerezas. Dorian le dio las gracias y, preguntándose por qué el otro
se había negado a aceptar dinero a cambio, empezó a comérselas
distraídamente. Las habían recogido a media noche, y tenían la frialdad
de la luna. Una larga hilera de muchachos que transportaban cajones de
tulipanes y de rosas amarillas y rojas desfilaron ante él, abriéndose
camino entre enormes montones, verde jade, de hortalizas. Bajo el gran
pórtico, de columnas grises desteñidas por el sol, una bandada de chicas
desarrapadas, con la cabeza descubierta, esperaban, ociosas, a que
terminara la subasta. Otras se amontonaban alrededor de las puertas
batientes del café de la Piazza. Los pesados percherones se resbalaban y
golpeaban con fuerza los ásperos adoquines, agitando sus arneses con
campanillas. Algunos de los cocheros dormían sobre montones de sacos.
Con sus cuellos metálicos y sus patas rosadas, las palomas corrían de
acá para allá picoteando semillas.
Después de algún tiempo, Dorian Gray paró un coche de punto que lo llevó
a su casa. Una vez allí, se detuvo unos instantes en el umbral,
recorriendo con la mirada la plaza silenciosa, con sus ventanas vacías,
sus contraventanas, y los estores de mirada fija. El cielo se había
convertido en un puro ópalo, y los tejados de las casas brillaban como
plata bajo él. De alguna chimenea al otro lado de la plaza empezaba a
alzarse una delgada columna de humo que pronto curvó en el aire nacarado
sus volutas moradas.
En la
enorme linterna veneciana -botín dorado de alguna góndola ducal- que
colgaba del techo del gran vestíbulo revestido de madera de roble, aún
ardían las luces de tres mecheros, semejantes a delgados pétalos azules
con un borde de fuego blanco. Los apagó y, después de arrojar capa y
sombrero sobre la mesa, cruzó la biblioteca en dirección a la puerta de
su dormitorio, una amplia habitación octogonal en el piso bajo que, dada
su reciente pasión por el lujo, acababa de hacer decorar a su gusto,
colgando de las paredes curiosas tapicerías renacentistas que habían
aparecido almacenadas en un ático olvidado de Selby Royal. Mientras
giraba la manecilla de la puerta, su mirada se posó sobre el retrato
pintado por Basil Hallward. La sorpresa le obligó a detenerse. Luego
entró en su cuarto sin perder la expresión de perplejidad. Después de
quitarse la flor que llevaba en el ojal de la chaqueta, pareció vacilar.
Finalmente regresó a la biblioteca, se acercó al cuadro y lo examinó con
detenimiento. Iluminado por la escasa luz que empezaba a atravesar los
estores de seda de color crema, le pareció que el rostro había cambiado
ligeramente. La expresión parecía distinta. Se diría que había aparecido
un toque de crueldad en la boca. Era, sin duda, algo bien extraño.
Dándose la vuelta, se dirigió hacia la ventana y alzó el estor. El
resplandor del alba inundó la habitación y barrió hacia los rincones
oscuros las sombras fantásticas, que se inmovilizaron, temblorosas.
Pero la extraña expresión que Dorian Gray había advertido en el rostro
del retrato siguió presente, más intensa si cabe. La temblorosa y
ardiente luz del sol le mostró los pliegues crueles en torno a la boca
con la misma claridad que si se hubiera mirado en un espejo después de
cometer alguna acción abominable. Estremecido, tomó de la mesa un
espejo oval, encuadrado por cupidos de marfil, uno de los muchos regalos
que lord Henry le había hecho, y lanzó una mirada rápida a sus
brillantes profundidades. Ninguna arruga parecida había deformado sus
labios rojos. ¿Qué significaba aquello? Después de frotarse los ojos,
se acercó al cuadro y lo examinó de nuevo. No había ninguna señal de
cambio cuando miraba el lienzo y, sin embargo, no cabía la menor duda de
que la expresión del retrato era distinta. No se lo había inventado. Se
trataba de una realidad atrozmente visible. Dejándose caer sobre una
silla empezó a pensar. De repente, como en un relámpago, se acordó de lo
que dijera en el estudio de Basil Hallward el día en que el pintor
concluyó el retrato. Sí; lo recordaba perfectamente. Había expresado un
deseo insensato: que el retrato envejeciera y que él se conservara
joven; que la perfección de sus rasgos permaneciera intacta, y que el
rostro del lienzo cargara con el peso de sus pasiones y de sus pecados;
que en la imagen pintada aparecieran las arrugas del sufrimiento y de la
meditación, pero que él conservara todo el brillo delicado y el
atractivo de una adolescencia que acababa de tomar conciencia de sí
misma. No era posible que su deseo hubiera sido escuchado. Cosas así no
sucedían, eran imposibles. Parecía monstruoso incluso pensar en ello. Y,
sin embargo, allí estaba el retrato, con un toque de crueldad en la
boca.
¡Crueldad! ¿Había sido cruel? Sibyl era la culpable y no él. La había
soñado gran artista, y por creerla grande le había entregado su amor.
Pero Sibyl le había decepcionado, demostrando ser superficial e indigna.
Y, sin embargo, un sentimiento de infinito pesar se apoderó de él, al
recordarla acurrucada a sus pies y sollozando como una niñita. Rememoró
con cuánta indiferencia la había contemplado. ¿Por qué la naturaleza le
había hecho así? ¿Por qué se le había dado un alma como aquélla? Pero
también él había sufrido. Durante las tres terribles horas de la
representación había vivido siglos de dolor, eternidades de tortura. Su
vida bien valía la de Sibyl. Ella lo había maltratado, aunque Dorian le
hubiera infligido una herida duradera. Las mujeres, además, estaban
mejor preparadas para el dolor. Vivían de sus emociones. Sólo pensaban
en sus emociones. Cuando tomaban un amante, no tenían otro objetivo que
disponer de alguien a quien hacer escenas. Lord Henry se lo había
explicado, y lord Henry sabía cómo eran las mujeres. ¿Qué razón había
para preocuparse por Sibyl Vane? Ya no significaba nada para él. Pero,
¿y el retrato? ¿Qué iba a decir del retrato? El lienzo de Basil Hallward
contenía el secreto de su vida, narraba su historia. Le había enseñado a
amar su propia belleza. ¿Le enseñaría también a aborrecer su propia
alma? ¿VOLVERía alguna vez a mirarlo?
No; se
trataba simplemente de una ilusión que se aprovechaba de sus sentidos
desorientados. La horrible noche pasada había engendrado fantasmas. De
repente, esa minúscula mancha escarlata que vuelve locos a los hombres
se había desplomado sobre su cerebro. El cuadro no había cambiado. Era
locura pensarlo.
Sin
embargo, el retrato seguía contemplándolo, con el hermoso rostro
deformado por una cruel sonrisa. Sus cabellos resplandecían,
brillantes, bajo el sol matinal. Los ojos azules del lienzo se clavaban
en los suyos. Un indecible sentimiento de compasión le invadió, pero no
por él, sino por aquella imagen pintada. Ya había cambiado y aún
cambiaría más. El oro se marchitaría en gris. Las rosas, rojas y
blancas, morirían. Por cada pecado que cometiera, una mancha vendría a
ensuciar y a destruir su belleza. Pero no VOLVERía a pecar. El cuadro,
igual o distinto, sería el emblema visible de su conciencia. Resistiría
a la tentación. Nunca VOLVERía a ver a lord Henry: no VOLVERía a
escuchar, al menos, aquellas teorías sutilmente ponzoñosas que, en el
jardín de Basil Hallward, habían despertado en él por vez primera el
deseo de cosas imposibles. VOLVERía junto a Sibyl Vane, le pediría
perdón, se casaría con ella, se esforzaría por amarla de nuevo. Sí; era
su deber hacerlo. Sin duda había sufrido más que él. ¡Pobre chiquilla!
¡Qué cruel y egoísta había sido! La fascinación que provocara en él
renacería. Serían felices juntos. Su vida con ella sería hermosa y pura.
Se
levantó de la silla y colocó un biombo de grandes dimensiones delante
del retrato, estremeciéndose mientras lo contemplaba. «¡Qué horror!»,
murmuró, y, acercándose a la puerta que daba al jardín, la abrió. Al
pisar la hierba, respiró hondo. El frescor del aire matutino pareció
ahuyentar todas sus sombrías pasiones. Pensaba sólo en Sibyl. Un débil
eco del antiguo amor reapareció en su pecho. Repitió muchas veces su
nombre. Los pájaros que cantaban en el jardín empapado de rocío parecían
hablar de ella a las flores.
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Era
más de mediodía cuando se despertó. Su ayuda de cámara había entrado
varias veces de puntillas en la habitación, preguntándose qué hacía
dormir hasta tan tarde a su amo. Dorian tocó finalmente la campanilla, y
Víctor apareció sin hacer ruido con una taza de té y un montón de cartas
en una bandejita de porcelana de Sévres. Luego descorrió las cortinas de
satén color oliva, con forro azul irisado, que cubrían las tres altas
ventanas de la alcoba.
-El
señor ha dormido muy bien esta noche -dijo, sonriendo.
-¿Qué
hora es, Víctor? -preguntó Dorian, todavía medio despierto.
-La
una y cuarto, señor.
¡Qué
tarde ya! Se sentó en la cama y, después de tomar unos sorbos de té, se
ocupó del correo. Una de las cartas era de lord Henry, y la habían
traído a mano por la mañana. Dorian vaciló un momento y luego terminó
por apartarla. Las demás las abrió distraídamente. Contenían la usual
colección de tarjetas, invitaciones para cenar, entradas para
exposiciones privadas, programas de conciertos con fines benéficos y
otras cosas parecidas que llueven todas las mañanas sobre los jóvenes de
la buena sociedad durante la temporada. Había también una factura
considerable por un juego de utensilios de aseo Luis XV de plata
repujada, factura que Dorian no se había atrevido aún a reexpedir a sus
tutores, personas extraordinariamente chapadas a la antigua, incapaces
de comprender que vivimos en una época en la que ciertas cosas
innecesarias son nuestras únicas necesidades; también encontró varias
comunicaciones, redactadas en términos muy corteses, de los prestamistas
de Jermyn Street, ofreciéndose a adelantarle cualquier cantidad de
dinero sin molestas esperas y a unas tasas de interés sumamente
razonables. Al cabo de unos diez minutos Dorian se levantó y, echándose
por los hombros una lujosa bata de lana de Cachemira con bordados en
seda, entró en el cuarto de baño con suelo de ónice. El agua fresca lo
despejó después de las muchas horas de sueño. Parecía haber olvidado lo
sucedido el día anterior. Una vaga sensación de haber participado en
alguna extraña tragedia se le pasó por la cabeza una o dos veces, pero
con la irrealidad de un sueño.
En
cuanto se hubo vestido, entró en la biblioteca y se sentó a tomar un
ligero desayuno francés, servido sobre una mesita redonda, próxima a la
ventana abierta. Hacía un día maravilloso. El aire tibio parecía cargado
de especias. Una abeja entró por la ventana y zumbó alrededor del cuenco
color azul con motivos de dragones que, lleno de rosas amarillas, tenía
delante. Dorian se sintió perfectamente feliz. De repente, su mirada se
posó sobre el biombo situado delante del retrato y se estremeció.
-¿El
señor tiene frío? -preguntó el ayuda de cámara, colocando una tortilla
sobre la mesita-. ¿Cierro la
ventana?
Dorian
negó con un movimiento de cabeza.
-No
tengo frío -murmuró.
¿Era
cierto todo lo que recordaba? ¿Había cambiado de verdad el retrato? ¿O
le había hecho ver su imaginación una expresión malvada donde sólo había
un gesto alegre? Era imposible que un lienzo cambiara. Absurdo. Sería
una excelente historia que contarle a Basil algún día. Le haría
sonreír. Sin embargo, ¡qué preciso era el recuerdo! Primero en la
confusa penumbra y luego en el luminoso amanecer, había visto el toque
de crueldad en los labios contraídos. Casi temió que llegara el momento
en que el criado abandonase la biblioteca. Sabía que cuando se quedara
solo tendría que examinar el retrato. Le daba miedo enfrentarse con la
certeza. Cuando, después de traer el café y los cigarrillos, Víctor se
volvió para marcharse, Dorian sintió un absurdo deseo de decirle que se
quedara. Mientras la puerta se cerraba tras él, lo llamó. Víctor se
detuvo, esperando instrucciones. Dorian se lo quedó mirando unos
instantes.
-No
estoy para nadie -dijo, acompañando las palabras con un suspiro.
Víctor
hizo una inclinación de cabeza y desapareció.
Dorian
se alzó entonces de la mesa, encendió un cigarrillo y se dejó caer sobre
un diván extraordinariamente cómodo, situado delante del biombo. El
biombo era antiguo, de cuero español dorado, estampado con un dibujo
Luis XIV demasiado florido. Dorian lo examinó con curiosidad,
preguntándose si habría ocultado ya alguna vez el secreto de una vida.
¿Debía realmente apartarlo, después de todo? ¿Por qué no dejarlo donde
estaba? ¿De qué servía conocer la verdad? Si resultaba cierto, era
terrible. Si no, ¿por qué preocuparse? Pero, ¿y si, por alguna fatalidad
o una casualidad aún más terrible, otros ojos hubieran mirado detrás del
biombo, comprobando el horrible cambio? ¿Qué haría si se presentara
Basil Hallward y pidiese contemplar el cuadro? Era seguro que Basil
acabaría por hacer una cosa así. No; tenía que examinar el retrato, y
hacerlo de inmediato. Cualquier cosa mejor que aquella espantosa duda.
Se
levantó y cerró las dos puertas con llave. Al menos estaría solo
mientras contemplaba la máscara de su vergüenza. Luego apartó el biombo
y se vio cara a cara. Era totalmente cierto. El retrato había cambiado.
Como
después recordaría con frecuencia, y siempre con notable asombro, se
encontró mirando al retrato con un sentimiento que era casi de
curiosidad científica. Que aquel cambio hubiera podido producirse le
resultaba increíble. Y, sin embargo, era un hecho. ¿Existía alguna sutil
afinidad entre los átomos químicos, que se convertían en forma y color
sobre el lienzo, y el alma que habitaba en el interior de su cuerpo?
¿Podría ser que lo que el alma pensaba, lo hicieran realidad? ¿Que
dieran consistencia a lo que él soñaba? ¿O había alguna otra razón, más
terrible? Se estremeció, sintió miedo y, volviendo al diván, se tumbó en
él, contemplando el retrato sobrecogido de horror. Comprendió, sin
embargo, que el cuadro había hecho algo por él. Le había permitido
comprender lo injusto, lo cruel que había sido con Sibyl Vane. No era
demasiado tarde para reparar aquel mal. Aún podía ser su esposa. El amor
egoísta e irreal que había sentido daría paso a un sentimiento más
elevado, se transformaría en una pasión más noble, y el retrato pintado
por Basil Hallward sería su guía para toda la vida, sería para él lo que
la santidad es para algunos, la conciencia para otros y el temor de Dios
para todos. Existían narcóticos para el remordimiento, drogas que
acallaban el sentido moral y lo hacían dormir. Pero allí delante tenía
un símbolo visible de la degradación del pecado. Una prueba
incontestable de la ruina que los hombres provocan en su alma.
Sonaron las tres de la tarde, las cuatro, y la media hora dejó oír su
doble carillón, pero Dorian Gray no se movió. Trataba de reunir los
hilos escarlata de la vida y de tejerlos siguiendo un modelo; encontrar
un camino, perdido como estaba en un laberinto de pasiones desatadas. No
sabía qué hacer, ni qué pensar. Finalmente, volvió a la mesa y escribió
una carta ardiente a la muchacha a la que había amado, implorando su
perdón y acusándose de demencia. Llenó cuartilla tras cuartilla con
atormentadas palabras de pesar y otras aún más patéticas de dolor.
Existe la voluptuosidad del autorreproche. Cuando nos culpamos sentimos
que nadie más tiene derecho a hacerlo. Es la confesión, no el sacerdote,
lo que nos da la absolución. Cuando Dorian terminó la carta sintió que
había sido perdonado. De repente, llamaron a la puerta, y oyó la voz de
lord Henry en el exterior.
-Dorian,
amigo mío. He de verte. Déjame entrar ahora mismo. Es inaceptable que te
encierres de esta manera. Al principio no contestó, inmovilizado por
completo. Pero los golpes en la puerta continuaron, haciéndose más
insistentes. Sí, era mejor dejar entrar a lord Henry y explicarle la
nueva vida que había decidido llevar, reñir con él si era necesario
hacerlo, alejarse de él si la separación era inevitable. Poniéndose en
pie de un salto, se apresuró a correr el biombo para que ocultara el
cuadro, y luego procedió a abrir la puerta.
-Siento mucho todo lo que ha pasado, Dorian -dijo lord Henry al entrar-.
Pero no debes pensar demasiado en ello.
-¿Te
refieres a Sibyl Vane? -preguntó el joven.
-Sí,
por supuesto -respondió lord Henry, dejándose caer en una silla y
quitándose lentamente los guantes amarillos-. Es horrible, desde cierto
punto de vista, pero tú no tienes la culpa. Dime, ¿fuiste a verla
después de que terminara la obra?
-Sí.
-Estaba convencido de que había sido así. ¿Le hiciste una escena?
-Fui
brutal, Harry, terriblemente brutal. Pero ahora todo está resuelto. No
siento lo que ha sucedido.
Me ha
enseñado a conocerme mejor.
-¡Ah,
Dorian, cómo me alegro que te lo tomes de esa manera! Temía encontrarte
hundido en el remordimiento y mesándote esos cabellos tuyos tan
agradables.
-He
superado todo eso -dijo Dorian, moviendo la cabeza y sonriendo-. Ahora
soy totalmente feliz. Sé lo que es la conciencia, para empezar. No es lo
que me dijiste que era. Es lo más divino que hay en nosotros. No te
burles, Harry, no vuelvas a hacerlo..., al menos, delante de mí. Quiero
ser bueno. No soporto la idea de la fealdad de mi alma.
-¡Una
encantadora base artística para la ética, Dorian! Te felicito por ello.
Pero, ¿cómo te propones empezar?
-Casándome con Sibyl Vane.
-¡Casándote con Sibyl Vane! -exclamó lord Henry, poniéndose en pie y
contemplándolo con infinito asombro-. Pero, mi querido Dorian...
-Sí,
Harry, sé lo que me vas a decir. Algo terrible sobre el matrimonio. No
lo digas. No me vuelvas a decir cosas como ésas. Hace dos días le pedí a
Sibyl que se casara conmigo. No voy a faltar a mi palabra. ¡Será mi
esposa! -¿Tu esposa...? ¿No has recibido mi carta? Te he escrito esta
mañana, y te envié la nota con mi criado.
-¿Tu
carta? Ah, sí, ya recuerdo. No la he leído aún, Harry. Temía que hubiera
en ella algo que me disgustara. Cortas la vida en pedazos con tus
epigramas.
-Entonces, ¿no sabes nada?
-¿Qué
quieres decir?
Lord
Henry cruzó la habitación y, sentándose junto a Dorian Gray, le tomó las
dos manos, apretándoselas mucho.
-Dorian...
-dijo-, mi carta..., no te asustes..., era para decirte que Sibyl Vane
ha muerto.
Un
grito de dolor escapó de los labios del muchacho, que se puso en pie
bruscamente, liberando sus manos de la presión de lord Henry.
-¡Muerta! ¡Sibyl muerta! ¡No es verdad! ¡Es una mentira espantosa! ¿Cómo
te atreves a decir una cosa así?
-Es
completamente cierto, Dorian -dijo lord Henry, con gran seriedad-. Lo
encontrarás en todos los periódicos de la mañana. Te he escrito para
pedirte que no recibieras a nadie hasta que yo llegara. Habrá una
investigación, por supuesto, pero no debes verte mezclado en ella. En
París, cosas como ésa ponen de moda a un hombre. Pero en Londres la
gente tiene muchos prejuicios. Aquí es impensable debutar con un
escándalo. Eso hay que reservarlo para dar interés a la vejez. Imagino
que en el teatro no saben cómo te llamas. Si es así no hay ningún
problema. ¿Te vio alguien dirigirte hacia su camerino? Eso es
importante.
Dorian
tardó unos instantes en contestar. Estaba aturdido por el horror.
-¿Has
hablado de una investigación? -tartamudeó finalmente con voz ahogada-.
¿Qué quieres decir con eso? ¿Acaso Sibyl...? ¡Es superior a mis fuerzas,
Harry! Pero habla pronto. Cuéntamelo todo inmediatamente.
-Estoy
convencido de que no ha sido un accidente, aunque hay que conseguir qué
la opinión pública lo vea de esa manera. Parece que cuando salía del
teatro con su madre, alrededor de las doce y media más o menos, dijo que
había olvidado algo en el piso de arriba. Esperaron algún tiempo por
ella, pero no regresó. Finalmente la encontraron muerta, tumbada en el
suelo de su camerino. Había tragado algo por equivocación, alguna cosa
terrible que usan en los teatros. No sé qué era, pero tenía ácido
prúsico o carbonato de plomo. Imagino que era ácido prúsico, porque
parece haber muerto instantáneamente.
-¡Qué
cosa tan atroz, Harry! -exclamó el muchacho. -Sí, verdaderamente
trágica, desde luego, pero tú no debes verte mezclado en ello. He visto
en el Standard que tenía diecisiete años. Yo la hubiera creído
aún más joven. ¡Tenía tal aspecto de niña y parecía una actriz con tan
poca experiencia! Dorian, no debes permitir que este asunto te altere
los nervios. Cenarás conmigo y luego nos pasaremos por la ópera. Esta
noche canta la Patti y estará allí todo el mundo. Puedes venir al palco
de mi hermana. Irá con unas amigas muy elegantes.
-De
manera que he asesinado a Sibyl Vane -dijo Dorian Gray, hablando a
medias consigo mismo -; como si le hubiera cortado el cuello con un
cuchillo. Pero no por ello las rosas son menos hermosas. Ni los pájaros
cantan con menos alegría en mi jardín. Y esta noche cenaré contigo, y
luego iremos a la ópera y supongo que acabaremos la velada en algún otro
sitio. ¡Qué extraordinariamente dramática es la vida! Si todo esto lo
hubiera leído en un libro, Harry, creo que me habría hecho llorar. Sin
embargo, ahora que ha sucedido de verdad, y que me ha sucedido a mí,
parece demasiado prodigioso para derramar lágrimas. Aquí está la
primera carta de amor apasionada que he escrito en mi vida. Es bien
extraño que mi primera carta de amor esté dirigida a una muchacha
muerta. ¿Tienen sentimientos, me pregunto, esos blancos seres
silenciosos a los que llamamos los muertos? ¿Puede Sibyl sentir,
entender o escuchar? ¡Ah, Harry, cómo la amaba hace muy poco! Pero ahora
me parece que han pasado años. Lo era todo para mí. Luego llegó aquella
noche horrible, ¿ayer?, en la que actuó tan espantosamente mal y en la
que casi se me rompió el corazón. Me lo explicó todo. Era terriblemente
patético. Pero no me conmovió en lo más mínimo. Me pareció una persona
superficial. Aunque luego ha sucedido algo que me ha dado miedo. No
puedo decirte qué, pero ha sido terrible. Y decidí VOLVER con Sibyl.
Comprendí que me había portado mal con ella. Y ahora está muerta. ¡Dios
del cielo, Harry! ¿Qué voy a hacer? No sabes en qué peligro me
encuentro, y no hay nada que pueda mantenerme en el camino recto. Sibyl
lo hubiera conseguido. No tenía derecho a quitarse la vida. Se ha
portado de una manera muy egoísta.
-Mi
querido Dorian -respondió lord Henry, sacando un cigarrillo de la
pitillera y luego un estuche para cerillas con baño de oro-, la única
manera de que una mujer reforme a un hombre es aburriéndolo tan
completamente que pierda todo interés por la vida. Si te hubieras casado
con esa chica, habrías sido muy desgraciado. Por supuesto la hubieras
tratado amablemente. Siempre se puede ser amable con las personas que no
nos importan nada. Pero habría descubierto enseguida que sólo sentías
indiferencia por ella. Y cuando una mujer descubre eso de su marido, o
empieza a vestirse muy mal o lleva sombreros muy elegantes que tiene que
pagar el marido de otra mujer. Y no hablo del faux pas social, que
habría sido lamentable, y que, por supuesto, yo no hubiera permitido,
pero te aseguro que, de todos modos, el asunto habría sido un fracaso de
principio a fin.
-Imagino que sí -murmuró el muchacho, paseando por la habitación,
horriblemente pálido-. Pero pensaba que era mi deber. No es culpa mía
que esta espantosa tragedia me impida actuar correctamente. Recuerdo
que en una ocasión dijiste que existe una fatalidad ligada a las buenas
resoluciones, y es que siempre se hacen demasiado tarde. Las mías desde
luego.
-Las
buenas resoluciones son intentos inútiles de modificar leyes
científicas. No tienen otro origen que la vanidad. Y el resultado es
absolutamente nulo. De cuando en cuando nos proporcionan algunas de esas
suntuosas emociones estériles que tienen cierto encanto para los
débiles. Eso es lo mejor que se puede decir de ellas. Son cheques que
hay que cobrar en una cuenta sin fondos.
-Harry
-exclamó Dorian Gray, acercándose y sentándose a su lado-, ¿por qué no
siento esta tragedia con la intensidad que quisiera? No creo que me
falte corazón. ¿Qué opinas tú?
-Has
hecho demasiadas tonterías durante los últimos quince días para que se
te pueda acusar de eso, Dorian -respondió lord Henry, con su dulce
sonrisa melancólica. El muchacho frunció el ceño.
-No me
gusta esa explicación, Harry -replicó-, pero me alegra que no me juzgues
sin corazón. No es verdad. Sé que lo tengo. Y sin embargo he de
reconocer que lo que ha sucedido no me afecta como debiera. Me parece
sencillamente un final estupendo para una obra maravillosa. Tiene la
belleza terrible de una tragedia griega, una tragedia en la que he
tenido un papel muy destacado, pero que no me ha dejado heridas.
-Es un
caso interesante -dijo lord Henry, que encontraba un placer sutil
enjugar con el egoísmo inconsciente de su joven amigo-; un caso
sumamente interesante. Creo que la verdadera explicación es ésta: sucede
con frecuencia que las tragedias reales de la vida ocurren de una manera
tan poco artística que nos hieren por lo crudo de su violencia, por su
absoluta incoherencia, su absurda ausencia de significado, su completa
falta de estilo. Nos afectan como lo hace la vulgaridad. Sólo nos
producen una impresión de fuerza bruta, y nos rebelamos contra eso. A
veces, sin embargo, cruza nuestras vidas una tragedia que posee
elementos de belleza artística. Si esos elementos de belleza son reales,
todo el conjunto apela a nuestro sentido del efecto dramático. De
repente descubrimos que ya no somos los actores, sino los espectadores
de la obra. O que somos más bien las dos cosas. Nos observamos, y el
mero asombro del espectáculo nos seduce. En el caso presente, ¿qué es lo
que ha sucedido en realidad? Alguien se ha matado por amor tuyo. Me
gustaría haber tenido alguna vez una experiencia semejante. Me hubiera
hecho enamorarme del amor para el resto de mi vida. Las personas que me
han adorado (no han sido muchas, pero sí algunas), siempre han insistido
en seguir viviendo después de que yo dejase de quererlas y ellas dejaran
de quererme a mí. Se han vuelto corpulentas y tediosas, y cuando me
encuentro con ellas se lanzan inmediatamente a los recuerdos. ¡Ah, esa
terrible memoria de las mujeres! ¡Qué cosa más espantosa! ¡Y qué total
estancamiento intelectual revela! Se deben absorberlos colores de la
vida, pero nunca recordar los detalles. Los detalles siempre son
vulgares.
-He de
sembrar amapolas en el jardín -suspiró Dorian.
-No
hace falta -replicó su amigo-. La vida siempre distribuye amapolas a
manos llenas. Por supuesto, de cuando en cuando las cosas se alargan. En
una ocasión no llevé más que violetas durante toda una temporada, a
manera de luto artístico por una historia de amor que no acababa de
morir. A la larga, terminó por hacerlo. No recuerdo ya qué fue lo que la
mató. Probablemente, su propuesta de sacrificar por mí el mundo entero.
Ése es siempre un momento terrible. Le llena a uno con el terror de la
eternidad. Pues bien, ¿querrás creerlo?, la semana pasada, en casa de
lady Hampshire, me encontré cenando junto a la dama de quien te hablo, e
insistió en revisar toda la historia, en desenterrar el pasado y en
remover el futuro. Yo había sepultado mi amor bajo un lecho de
asfódelos. Ella lo sacó de nuevo a la luz, asegurándome que había
destrozado su vida. Me veo obligado a señalar que procedió a devorar una
cena copiosísima, de manera que no sentí la menor ansiedad. Pero, ¡qué
falta de buen gusto la suya! El único encanto del pasado es que es el
pasado. Pero las mujeres nunca se enteran de que ha caído el telón.
Siempre quieren un sexto acto, y tan pronto como la obra pierde interés,
sugieren continuarla. Si se las dejara salirse con la suya, todas las
comedias tendrían un final trágico, y todas las tragedias culminarían en
farsa. Son encantadoramente artificiales, pero carecen de sentido
artístico. Tú has tenido más suerte que yo. Te aseguro que ninguna de
las mujeres que he conocido hubiera hecho por mí lo que Sibyl Vane ha
hecho por ti. Las mujeres ordinarias se consuelan siempre. Algunas se
lanzan a los colores sentimentales. Nunca te fíes de una mujer que se
viste de malva, cualquiera que sea su edad, o de una mujer de más de
treinta y cinco aficionada a las cintas de color rosa. Eso siempre
quiere decir que tienen un pasado. Otras se consuelan descubriendo de
repente las excelentes cualidades de sus maridos. Hacen ostentación en
tus narices de su felicidad conyugal, como si fuera el más fascinante de
los pecados. Algunas se consuelan con la religión, cuyos misterios
tienen todo el encanto de un coqueteo, según me dijo una mujer en cierta
ocasión; y lo comprendo perfectamente. Además, nada le hace a uno tan
vanidoso como que lo acusen de pecador. La conciencia nos vuelve
egoístas a todos. Sí; son innumerables los consuelos que las mujeres
encuentran en la vida moderna. Y, de hecho, no he mencionado aún el más
importante.
-¿Cuál
es, Harry? -preguntó el muchacho distraídamente.
-Oh,
el consuelo más evidente. El que consiste en apoderarse del admirador de
otra cuando se pierde al propio. En la buena sociedad eso siempre
rehabilita a una mujer. Pero, realmente, Dorian, ¡qué diferente debía de
ser Sibyl Vane de las mujeres que conocemos de ordinario! Hay algo que
me parece muy hermoso acerca de su muerte. Me alegro de vivir en un
siglo en el que ocurren tales maravillas. Le hacen creer a uno en la
realidad de cosas con las que todos jugamos, como romanticismo, pasión y
amor.
-Yo he
sido horriblemente cruel con ella. Lo estás olvidando.
-Mucho
me temo que las mujeres aprecian la crueldad, la crueldad pura y simple,
más que ninguna otra cosa. Tienen instintos maravillosamente primitivos.
Las hemos emancipado, pero siguen siendo esclavas en busca de dueño. Les
encanta que las dominen. Estoy seguro de que es tuviste espléndido. No
te he visto nunca enfadado de verdad, aunque me imagino el aspecto tan
delicioso que tenías. Y, después de todo, anteayer me dijiste algo que
me pareció entonces puramente caprichoso, pero que ahora considero
absolutamente cierto y que encierra la clave de todo lo sucedido.
-¿Qué
fue eso, Harry?
-Me
dijiste que para ti Sibyl Vane representaba a todas las heroínas
novelescas; que una noche era Desdémona y otra Julieta; que si moría
como Julieta, volvía a la vida como Imogen.
-Nunca
resucitará ya -murmuró el muchacho, escondiendo la cara entre las manos.
-No,
nunca más. Ha interpretado su último papel. Pero debes pensar en esa
muerte solitaria en un camerino de oropel como un extraño pasaje
espeluznante de una tragedia jacobea, como una maravillosa escena de
Webster, de Ford, o de Cyril Tourneur. Esa muchacha nunca ha vivido
realmente, de manera que tampoco ha muerto de verdad. Para ti, al menos,
siempre ha sido un sueño, un fantasma que revoloteaba por las obras de
Shakespeare y las hacía más encantadoras con su presencia, un caramillo
con el que la música de Shakespeare sonaba mejor y más alegre. En el
momento en que tocó la vida real, desapareció el encanto, la vida la
echó a perder, y Sibyl murió. Lleva duelo por Ofelia, si quieres.
Cúbrete la cabeza con cenizas porque Cordelia ha sido estrangulada.
Clama contra el cielo porque ha muerto la hija de Brabantio. Pero no
malgastes tus lágrimas por Sibyl Vane. Era menos real que todas ellas.
Hubo
un momento de silencio. La tarde se oscurecía en la biblioteca. Mudas, y
con pies de plata, las sombras del jardín entraron en la casa. Los
colores desaparecieron cansadamente de los objetos. Después de algún
tiempo Dorian Gray alzó los ojos. -Me has explicado a mí mismo, Harry
-murmuró, con algo parecido a un suspiro de alivio-. Aunque sentía lo
que has dicho, me daba miedo, y no era capaz de decírmelo. ¡Qué bien me
conoces! Pero no vamos a hablar más de lo sucedido. Ha sido una
experiencia maravillosa. Eso es todo. Me pregunto si la vida aún me
reserva alguna otra cosa tan extraordinaria.
-La
vida te lo reserva todo, Dorian. No hay nada que no seas capaz de hacer,
con tu maravillosa belleza.
-Pero
supongamos, Harry, que me volviera ojeroso y viejo y me llenara de
arrugas. ¿Qué sucedería entonces?
-Ah
-dijo lord Henry, poniéndose en pie para marcharse-, en ese caso, mi
querido Dorian, tendrías que luchar por tus victorias. De momento, se te
arrojan a los pies. No; tienes que seguir siendo como eres. Vivimos en
una época que lee demasiado para ser sabia y que piensa demasiado para
ser hermosa. No podemos pasarnos sin ti. Y ahora más vale que te vistas
y vayamos en coche al club. Ya nos hemos retrasado bastante.
-Creo
que me reuniré contigo en la ópera. Estoy demasiado cansado para comer
nada. ¿Cuál es el número del palco de tu hermana?
-Veintisiete, me parece. Está en el primer piso. Encontrarás su nombre
en la puerta. Pero lamento que no cenes conmigo.
-No me
siento capaz -dijo Dorian distraídamente-, aunque te estoy terriblemente
agradecido por todo lo que me has dicho. Eres sin duda mi mejor amigo.
Nadie me ha entendido nunca como tú.
-Sólo
estamos al comienzo de nuestra amistad -respondió lord Henry,
estrechándole la mano-. Hasta luego. Te veré antes de las nueve y media,
espero. No te olvides de que canta la Patti. Cuando se cerró la puerta
de la biblioteca, Dorian Gray tocó la campanilla y pocos minutos después
apareció Víctor con las lámparas y bajó los estores. Dorian esperó con
impaciencia a que se fuera. Tuvo la impresión de que tardaba un tiempo
infinito en cada gesto.
Tan
pronto como se hubo marchado, corrió hacia el biombo, retirándolo. No;
no se había producido ningún nuevo cambio. El retrato había recibido
antes que él la noticia de la muerte de Sibyl. Era consciente de los
sucesos de la vida a medida que se producían. La disoluta crueldad que
desfiguraba las delicadas líneas de la boca había aparecido, sin duda,
en el momento mismo en que la muchacha bebió el veneno, fuera el que
fuese. ¿O era indiferente a los resultados? ¿Simplemente se enteraba de
lo que sucedía en el interior del alma? No sabría decirlo, pero no
perdía la esperanza de que algún día pudiera ver cómo el cambio tenía
lugar delante de sus ojos, estremeciéndose al tiempo que lo deseaba.
¡Pobre Sibyl! ¡Qué romántico había sido todo! ¡Cuántas veces había
fingido en el escenario la muerte que había terminado por tocarla,
llevándosela consigo! ¿Cómo habría interpretado aquella última y
terrible escena? ¿Lo habría maldecido mientras moría? No; había muerto
de amor por él, y el amor sería su sacramento a partir de entonces.
Sibyl lo había expiado todo con el sacrificio de su vida. No pensaría
más en lo que le había hecho sufrir, en aquella horrible noche en el
teatro. Cuando pensara en ella, la vería como una maravillosa figura
trágica enviada al escenario del mundo para mostrar la suprema realidad
del amor. ¿Una maravillosa figura trágica? Los ojos se le llenaron de
lágrimas al recordar su aspecto infantil, su atractiva y fantasiosa
manera de ser y su tímida gracia palpitante. Apartó apresuradamente
aquellos recuerdos y volvió a mirar el cuadro. Comprendió que había
llegado de verdad el momento de elegir. ¿O acaso la elección ya estaba
hecha? Sí; la vida había decidido por él; la vida y su infinita
curiosidad personal sobre la vida. Eterna juventud, pasión infinita,
sutiles y secretos placeres, violentas alegrías y pecados aún más
violentos; no quería prescindir de nada. El retrato cargaría con el peso
de la vergüenza; eso era todo. Un sentimiento de dolor le invadió al
pensar en la profanación que aguardaba al hermoso rostro del retrato. En
una ocasión, en adolescente burla de Narciso, había besado, o fingido
besar, aquellos labios pintados que ahora le sonreían tan cruelmente.
Día tras día había permanecido delante del retrato, maravillándose de su
belleza, casi -le parecía a veces- enamorado de él. ¿Cambiaría ahora
cada vez que cediera a algún capricho? ¿Iba a convertirse en un objeto
monstruoso y repugnante, que habría de esconderse en una habitación
cerrada con llave, lejos de la luz del sol que con tanta frecuencia
había convertido en oro deslumbrante la ondulada maravilla de sus
cabellos? ¡Qué perspectiva tan terrible! Por un momento pensó en rezar
para que cesara la espantosa comunión que existía entre el cuadro y él.
El cambio se había producido en respuesta a una plegaria; quizás en
respuesta a otra volviese a quedar inalterable. Y, sin embargo, ¿quién,
que supiera algo sobre la Vida, renunciaría al privilegio de permanecer
siempre joven, por fantástica que esa posibilidad pudiera ser o por
fatídicas que resultaran las consecuencias? Además, ¿estaba realmente en
su mano controlarlo? ¿Había sido una oración la causa del cambio? ¿Podía
existir quizá alguna razón científica? Si el pensamiento influía sobre
un organismo vivo, ¿no cabía también que ejerciera esa influencia sobre
cosas muertas e inorgánicas? Más aún, ¿no era posible que, sin
pensamientos ni deseos conscientes, cosas externas a nosotros vibraran
en unión con nuestros estados de ánimo y pasiones, átomo llamando a
átomo en un secreto amor de extraña afinidad? Pero poco importaba la
razón. Nunca VOLVERía a tentar con una plegaria a ningún terrible poder.
Si el retrato tenía que cambiar, cambiaría. Eso era todo. ¿Qué necesidad
había de profundizar más? Porque sería un verdadero placer examinar el
retrato. Podría así penetrar hasta en los repliegues más secretos de su
alma. El retrato se convertiría en el más mágico de los espejos. De la
misma manera que le había descubierto su cuerpo, también le revelaría el
alma. Y cuando a ese alma le llegara el invierno, él permanecería aún en
donde la primavera tiembla, a punto de convertirse en verano. Cuando la
sangre desapareciera de su rostro, para dejar una pálida máscara de yeso
con ojos de plomo, él conservaría el atractivo de la adolescencia. Ni un
átomo de su belleza se marchitaría nunca. Jamás se debilitaría el ritmo
de su vida. Como los dioses de los griegos, sería siempre fuerte, veloz
y alegre. ¿Qué importaba lo que le sucediera a la imagen coloreada del
lienzo? Él estaría a salvo. Eso era lo único que importaba. Volvió a
colocar el biombo en su posición anterior, delante del retrato,
sonriendo al hacerlo, y entró en el dormitorio, donde ya le esperaba su
ayuda de cámara. Una hora después se encontraba en la ópera, y lord
Henry se inclinaba sobre su silla.
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Cuando
estaba desayunando a la mañana siguiente, el criado hizo entrar a Basil
Hallward.
-Me
alegro de haberte encontrado, Dorian -dijo el pintor con entonación
solemne-. Vine a verte anoche, y me dijeron que estabas en la ópera.
Comprendí que no era posible. Pero siento que no dijeras adónde ibas en
realidad. Pasé una velada horrible, temiendo a medias que a una primera
tragedia pudiera seguirle otra. Creo que deberías haberme telegrafiado
cuando te enteraste de lo sucedido. Lo leí casi por casualidad en la
última edición del Globe, que encontré en el club. Vine aquí de
inmediato, y sentí mucho no verte. No sé cómo explicarte cuánto lamento
lo sucedido. Me hago cargo de lo mucho que sufres. Pero, ¿dónde estabas?
¿Fuiste a ver a la madre de esa muchacha? Por un momento pensé en
seguirte hasta allí. Daban la dirección en el periódico. Un lugar en
Euston Road, ¿no es eso? Pero tuve miedo de avivar un dolor que no me
era posible aliviar. ¡Pobre mujer! ¡En qué estado debe encontrarse! ¡Y
su única hija! ¿Qué ha dicho sobre lo sucedido?
-Mi
querido Basil, ¿cómo quieres que lo sepa? -murmuró Dorian Gray, bebiendo
un sorbo de pálido vino blanco de una delicada copa de cristal
veneciano, adornada con perlas de oro, con aire de aburrirse muchísimo
-. Estaba en la ópera. Deberías haber ido allí. Conocí a lady Gwendolen,
la hermana de Harry. Estuvimos en su palco. Es absolutamente
encantadora; y la Patti cantó divinamente. No hables de cosas horribles.
Basta con no hablar de algo para que no haya sucedido nunca. Como dice
Harry, el hecho de expresarlas es lo que da realidad a las cosas. Aunque
quizá deba mencionar que no era hija única. Existe un varón, un muchacho
excelente, según creo. Pero no se dedica al teatro. Es marinero o algo
parecido. Y ahora háblame de ti y de lo que estás pintando.
-Fuiste a la ópera -exclamó Hallward, hablando muy despacio, la voz
estremecida por el dolor-.
¿Fuiste a la ópera mientras el cadáver de Sibyl Vane yacía en algún
sórdido lugar? ¿Eres capaz de hablarme de l | | |