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Durante años, Dorian Gray no pudo librarse de la influencia de aquel
libro. O quizá sea más exacto decir que nunca trató de hacerlo. Encargó
que le trajeran de París al menos nueve ejemplares de la primera edición
en papel de gran tamaño, con márgenes muy amplios, y los hizo
encuadernar en colores diferentes, de manera que se acomodaran a sus
distintos estados de ánimo y a los cambiantes caprichos de una
sensibilidad sobre la que, a veces, parecía haber perdido casi por
completo el control. El protagonista, el asombroso joven parisino cuyos
temperamentos romántico y científico estaban tan extrañamente
combinados, se convirtió en prefiguración de sí mismo. Y, de hecho, el
libro entero le parecía contener la historia de su vida, escrita antes
de que él la hubiera vivido. Había, sin embargo, un punto en el que era
más afortunado que el fantástico protagonista de la novela. Nunca
padeció el terror, un tanto grotesco -nunca, de hecho, tuvo razón alguna
para ello-, que inspiraban los espejos, las brillantes superficies de
los metales y el agua inmóvil al joven parisino desde una temprana edad,
terror ocasionado por la repentina desaparición de una belleza que en
otro tiempo, al parecer, había sido extraordinariamente llamativa.
Dorian Gray solía leer, con un júbilo casi cruel -y quizá en casi todas
las alegrías, como sin duda en todos los placeres, la crueldad tiene su
lugar- la última parte del libro, con su relato verdaderamente trágico,
aunque hasta cierto punto demasiado subrayado, del dolor y la
desesperación de alguien que había perdido lo que apreciaba, por encima
de todo, en otras personas y en el mundo.
Porque
la singular belleza que tanto había fascinado a Basil Hallward y a otros
muchos nunca parecía abandonarlo. Incluso quienes habían oído de él las
mayores vilezas -y periódicamente extraños rumores sobre su manera de
vivir corrían por Londres y se convertían en la comidilla de los clubs-,
no les daban crédito si llegaban a conocerlo personalmente. Dorian Gray
conservaba el aspecto de alguien que se ha mantenido lejos de la vileza
del mundo. Las conversaciones groseras se interrumpían cuando entraba en
una habitación. Había una pureza en su rostro que tenía todo el valor de
un reproche. Su mera presencia parecía despertar el recuerdo de una
inocencia mancillada. Todo el mundo se preguntaba cómo alguien tan
atractivo y puro había escapado a la corrupción de una época sórdida a
la vez que sensual. Con frecuencia, al regresar a su casa de una de
aquellas misteriosas y prolongadas ausencias que daban pie a tan
extrañas conjeturas entre quienes eran, o creían ser, sus amigos, Dorian
Gray se deslizaba escaleras arriba hasta la habitación cerrada del
ático, abría la puerta con la llave que nunca se separaba de su persona,
y se colocaba, con un espejo, delante del retrato pintado por Basil
Hallward, mirando unas veces al rostro malvado y envejecido del lienzo y
otras las facciones siempre jóvenes y bien parecidas que se reían de él
desde la brillante superficie de cristal. La nitidez misma del contraste
aumentaba su placer. Se fue enamorando cada vez más de la belleza de su
cuerpo e interesándose más y más por la corrupción de su alma. Examinaba
con minucioso cuidado, y a veces con un júbilo monstruoso y terrible,
los espantosos surcos que cortaban su arrugada frente y que se
arrastraban en torno ala boca sensual, perdido todo su encanto,
preguntándose a veces qué era lo más horrible, si las huellas del pecado
o las de la edad. También colocaba las manos, nacaradas, junto a las
manos rugosas e hinchadas del cuadro, y sonreía. Se burlaba del cuerpo
deforme y de las extremidades claudicantes. De noche, insomne en su
dormitorio, siempre perfumado por delicados aromas, o en la sórdida
habitación de una taberna de pésima reputación cerca de los muelles, que
tenía por costumbre frecuentar disfrazado y con nombre falso, había
momentos, efectivamente, en los que pensaba en la destrucción de su alma
con una compasión que era especialmente patética por puramente egoísta.
Pero aquellos momentos no se prodigaban. La curiosidad acerca de la
vida, que lord Henry despertara por vez primera en él cuando estaban en
el jardín de su amigo Basil, parecía crecer a medida que se satisfacía.
Cuanto más sabía, más quería saber. Padecía hambres locas que se hacían
más devoradoras cuanto mejor las alimentaba.
No se
dejaba ir por completo, sin embargo, al menos en sus relaciones con la
buena sociedad. Una o dos veces al mes durante el invierno, y los
miércoles por la tarde durante la temporada, abría al mundo las puertas
de su magnífica casa y contrataba a los músicos más celebrados del
momento para que deleitaran a sus invitados con las maravillas de su
arte. Sus cenas íntimas, en cuya organización siempre colaboraba lord
Henry, eran famosas por la cuidadosa selección y distribución de los
invitados, así como por el gusto exquisito en la decoración de la mesa,
con su sutil arreglo sinfónico de flores exóticas, manteles bordados y
antigua vajilla de oro y plata. Abundaban de hecho, especialmente entre
los más jóvenes, quienes veían, o imaginaban ver, en Dorian Gray, la
verdadera encarnación de un modelo con el que habían soñado a menudo en
sus días de Eton y de Oxford, una persona que conjugaba en cierto modo
la cultura del erudito con el encanto, la distinción y los perfectos
modales de un ciudadano del mundo. Les parecía que formaba parte del
grupo de aquellos a los que Dante describe porque tratan de «hacerse
perfectos mediante el culto rendido a la belleza». Como Gautier, era
alguien para quien «existía el mundo visible».
Para
él, ciertamente, la Vida era la primera y la más grande de las artes, y
todas las demás no eran más que una preparación para ella. La moda, por
medio de la cual lo puramente fantástico se hace por un momento
universal, y el dandismo que, a su manera, trata de afirmar la
modernidad absoluta de la belleza, le fascinaban. Su manera de vestir y
los estilos peculiares, que de cuando en cuando propugnaba, tenían una
marcada influencia en los jóvenes elegantes que se dejaban ver en los
bailes de Mayfair o detrás de los ventanales de los clubs de Pall Mall,
y que copiaban todo lo que Dorian Gray hacía, esforzándose por
reproducir el encanto pasajero de sus graciosas coqueterías, que, para
él, nunca llegaban a ser del todo serias.
Porque, si bien estaba totalmente dispuesto a aceptar la posición
privilegiada que se le ofreció casi de inmediato al alcanzar la mayoría
de edad, y hallaba un placer sutil en la idea de que podía
verdaderamente convertirse para el Londres de su época en lo que el
autor del Satiricón había sido en otro tiempo para la Roma
imperial de Nerón, en lo más íntimo de su alma deseaba ser algo más que
un simple arbiter elegantiarum, a quien se consulta sobre la
manera de llevar una joya, de cómo anudar una corbata o sobre cómo
manejar un bastón. Dorian Gray trataba de inventar una nueva manera de
vivir que descansara en una filosofía razonada y en unos principios bien
organizados, y que hallara en la espiritualización de los sentidos su
meta más elevada.
El
culto de los sentidos ha sido censurado con frecuencia y con mucha
justicia, porque al ser humano su naturaleza le hace sentir un terror
instintivo ante pasiones y sensaciones que le parecen más fuertes que
él, y que es consciente de compartir con formas inferiores del mundo
orgánico. Pero Dorian Gray consideraba que nunca se había entendido bien
la verdadera naturaleza de los sentidos, que habían permanecido en un
estado salvaje y animal sencillamente porque el mundo había tratado de
someterlos por el hambre y matarlos por el dolor, en lugar de proponerse
convertirlos en elementos de una nueva espiritualidad, en la que el
rasgo dominante sería un admirable instinto para captar la belleza. Al
contemplar el camino recorrido por el ser humano desde los albores de la
historia, le dominaba un sentimiento de pesar. ¡Eran tantas las
capitulaciones! ¡Y con tan escasos resultados! Se habían producido
rechazos insensatos, formas monstruosas de mortificación, de
autotortura, cuyo origen era el miedo y su resultado una degradación
infinitamente más terrible que la degradación imaginaria de la que el
ser humano, en su ignorancia, había tratado de escapar. La naturaleza,
utilizando su maravillosa ironía, empujaba al anacoreta a alimentarse
con los animales salvajes del desierto y al ermitaño le daba por
compañeros a las bestias del campo.
Sí;
tenía que haber, como lord Henry había profetizado, un nuevo hedonismo
que re creara la vida, que la salvara de ese puritanismo tosco y
violento que está teniendo en nuestra época un extraño renacimiento. Un
hedonismo que utilizaría sin duda los servicios de la inteligencia, pero
sin aceptar teoría o sistema alguno que implicara el sacrificio de
cualquier modalidad de experiencia apasionada. Su objetivo,
efectivamente, era la experiencia misma y no los frutos de la
experiencia, tanto dulces como amargos. Prescindiría del ascetismo que
sofoca los sentidos y de la vulgar desvergüenza que los embota. Pero
enseñaría al ser humano a concentrarse en los instantes singulares de
una vida que no es en sí misma más que un instante.
Son
muy pocos aquellos de entre nosotros que no se han despertado a veces
antes del alba, o después de una de esas noches sin sueños que casi nos
hacen amar la muerte, o de una de esas noches de horror y de alegría
monstruosa, cuando se agitan en las cámaras del cerebro fantasmas más
terribles que la misma realidad, rebosantes de esa vida intensa,
inseparable de todo lo grotesco, que da al arte gótico su imperecedera
vitalidad, puesto que ese arte bien parece pertenecer sobre todo a los
espíritus atormentados por la enfermedad del ensueño. Poco a poco, dedos
exangües surgen de detrás de las cortinas y parecen temblar. Adoptando
fantásticas formas oscuras, sombras silenciosas se apoderan, reptando,
de los rincones de la habitación para agazaparse allí. Fuera, se oye el
agitarse de pájaros entre las Páginas, o los ruidos que hacen los hombres
al dirigirse al trabajo, o los suspiros y sollozos del viento que
desciende de las montañas y vaga alrededor de la casa silenciosa, como
si temiera despertar a los que duermen, aunque está obligado a sacar a
toda costa al sueño de su cueva de color morado. Uno tras otro se alzan
los velos de delicada gasa negra, las cosas recuperan poco a poco forma
y color y vemos cómo la aurora vuelve a dar al mundo su prístino
aspecto. Los lívidos espejos recuperan su imitación de la vida. Las
velas apagadas siguen estando donde las dejamos, y a su lado descansa el
libro a medio abrir que nos proponíamos estudiar, o la flor preparada
que hemos lucido en el baile, o la carta que no nos hemos atrevido a
leer o que hemos leído demasiadas veces. Nada nos parece que haya
cambiado. De las sombras irreales de la noche renace la vida real que
conocíamos. Hemos de continuar allí donde nos habíamos visto
interrumpidos, y en ese momento nos domina una terrible sensación, la de
la necesidad de continuar, enérgicamente, el mismo ciclo agotador de
costumbres estereotipadas, o quizá, a veces, el loco deseo de que
nuestras pupilas se abran una mañana a un mundo remodelado durante la
noche para agradarnos, un mundo en el que las cosas poseerían formas y
colores recién inventados, y serían distintas, o esconderían otros
secretos, un mundo en el que el pasado tendría muy poco o ningún valor,
o sobreviviría, en cualquier caso, sin forma consciente de obligación o
de remordimiento, dado que incluso el recuerdo de una alegría tiene su
amargura, y la memoria de un placer, su dolor. A Dorian Gray le parecía
que la creación de mundos como aquéllos era la verdadera meta o, al
menos, una de las verdaderas metas de la vida; y en su búsqueda de
sensaciones que fuesen al mismo tiempo nuevas y placenteras, y poseyeran
ese componente de lo desconocido que es tan esencial para el ensueño,
adoptaba con frecuencia ciertos modos de pensamiento que sabía eran
realmente ajenos a su naturaleza, abandonándose a su sutil influencia, y
luego, después de impregnarse, por así decirlo, de su color, y una vez
satisfecha su natural curiosidad, los abandonaba con esa curiosa
indiferencia que no es incompatible con un temperamento verdaderamente
ardiente, y que, de hecho, según ciertos psicólogos modernos, es
frecuentemente su condición indispensable.
En una
ocasión se rumoreó que se disponía a convertirse al catolicismo; y,
desde luego, el ritual romano siempre le había atraído mucho. El diario
sacrificio de la misa, más terriblemente real que todos los sacrificios
del mundo antiguo, le conmovía tanto por su supremo desprecio del
testimonio de los sentidos como por la primitiva simplicidad de sus
elementos y el eterno patetismo de la tragedia humana que trataba de
simbolizar. Le gustaba arrodillarse sobre el frío suelo de mármol, y
contemplar al sacerdote, con su tiesa casulla floreada, apartar
lentamente con sus manos marfileñas el velo del tabernáculo, y alzar la
custodia con la pálida hostia que a veces, a uno le gustaría creer, es
realmente el panis caelestis, el alimento de los ángeles; o,
revestido con los atributos de la pasión de Cristo, partir la sagrada
forma y golpearse el pecho para pedir la remisión de todos los pecados.
Los humeantes incensarios, que los serios monaguillos, con sus encajes y
sus sotanas rojo escarlata, lanzaban al aire como grandes flores
doradas, ejercían sobre Dorian Gray una sutil fascinación. Al salir de
la iglesia, miraba con asombro los negros confesionarios, y le hubiera
gustado sentarse en el interior de uno de ellos para escuchar cómo
hombres y mujeres susurraban a través de la gastada rejilla la verdadera
historia de su vida.
Pero
nunca cometió el error de detener su desarrollo intelectual aceptando de
manera oficial credo o sistema alguno, ni convirtiendo en morada
permanente una posada que sólo es conveniente para pasar un día, o unas
pocas horas de una noche sin estrellas y en la que la luna esté de
parto. El misticismo, con su maravilloso poder para convertir en
extrañas las cosas corrientes, y el sutil antinomismo que siempre parece
acompañarlo, le conmovió durante una temporada; y durante otra se
inclinó hacia las doctrinas materialistas del movimiento darwinista
alemán y encontró un curioso placer en retrotraer los pensamientos y las
pasiones de los hombres a alguna célula nacarada de su cerebro, o a
algún nervio blanquecino de su cuerpo, encantado con la idea de que el
espíritu dependiera absolutamente de ciertas condiciones físicas,
morbosas o sanas, normales o patológicas. Sin embargo, como ya se ha
dicho de él, ninguna teoría sobre la vida le parecía importante
comparada con la vida misma. Era muy consciente de la esterilidad de
toda especulación intelectual si se separa de la acción y de la
experiencia. Sabía que los sentidos, no menos que el alma, tenían
misterios espirituales que revelar.
Por
ello se entregó durante algún tiempo al estudio de los perfumes y a los
secretos de su fabricación, destilando aceites intensamente aromáticos,
y quemando gomas odoríferas del Oriente, lo que le permitió darse cuenta
de que no había estado de ánimo que no tuviera correspondencia en la
vida de los sentidos, consagrándose a descubrir sus verdaderas
relaciones, preguntándose por qué el incienso empuja a la mística, por
qué el ámbar gris desata las pasiones, por qué la violeta despierta el
recuerdo de amores muertos y por qué el almizcle perturba el cerebro y
el champac la imaginación, tratando en repetidas ocasiones de
elaborar una verdadera psicología de los perfumes, y de calcular las
diversas influencias de las raíces poseedoras de olores suaves, de las
flores cargadas de polen, o de los bálsamos aromáticos, de las maderas
oscuras y fragantes, del espicanardo que provoca la náusea, de la
hovenia que enloquece y de los áloes de los que se dice que logran
expulsar del alma la melancolía.
En
otra época se dedicó por entero a la música, y en una amplia habitación
con celosías, techo bermellón y oro y paredes lacadas en verde oliva,
daba curiosos conciertos en los que cíngaros frenéticos arrancaban
músicas salvajes de cítaras diminutas, o serios tunecinos vestidos de
amarillo pulsaban las tensas cuerdas de monstruosos laúdes, mientras
negros sonrientes golpeaban monótonamente tambores de cobre y esbeltos
indios enturbanados, cruzados de piernas sobre esteras de color
escarlata, tañían largas flautas de caña o de bronce y encantaban, o
fingían encantar, a grandes cobras y horribles víboras cornudas. Los
ritmos sincopados y las estridentes disonancias de aquellas músicas
bárbaras le conmovían en momentos en que el encanto de Schubert, los
hermosos pesares de Chopin y hasta las majestuosas armonías del mismo
Beethoven no conseguían hacer mella en su oído. Reunió, procedentes de
todas las partes del mundo, los instrumentos más extraños que pueden
encontrarse, tanto en los sepulcros de pueblos desaparecidos como entre
las escasas tribus salvajes que han sobrevivido al contacto con las
civilizaciones occidentales, y disfrutaba tocándolos y probándolos.
Poseía los misteriosos juruparis de los indios de Río Negro,
instrumentos que no se permite mirar a las mujeres y que incluso los
jóvenes sólo pueden ver después de someterse al ayuno y al cilicio; las
vasijas de barro de los peruanos de los que extraen gritos agudos como
de pájaros, y flautas fabricadas con huesos humanos, como las que
Alfonso de Ovalle escuchó en Chile, y los sonoros jaspes verdes que se
encuentran cerca de Cuzco y que producen notas de singular dulzura.
Dorian Gray poseía calabazas pintadas, llenas de guijarros, que
resonaban cuando se las agitaba; el largo clarín de los
mexicanos, en el que el intérprete no sopla, sino que a través de él
aspira el aire; el tosco ture de las tribus amazónicas, que hacen
sonar los centinelas que permanecen todo el día en árboles altísimos y a
los que se puede oír, según cuentan, a una distancia de tres leguas; el
teponaztli, compuesto de dos láminas vibrantes de madera, y que
se golpea con palillos recubiertos de la goma elástica que se obtiene de
la savia lechosa de algunas plantas; las campanas yotl de los
aztecas, que se cuelgan en racimos, como si fuesen uvas; y un enorme
tambor cilíndrico, cubierto con las pieles de grandes serpientes, como
el que Bernal Díaz del Castillo vio cuando entró con Cortés en el templo
mexicano, y de cuyo sonido quejumbroso nos ha dejado una descripción tan
gráfica.
El
carácter fantástico de aquellos instrumentos le fascinaba, y le producía
un curioso placer la idea de que el arte, como la naturaleza, tiene sus
monstruos, criaturas de forma bestial y voces odiosas. Sin embargo, al
cabo de algún tiempo se cansaba de ellos, y regresaba a su palco en la
ópera, ya fuese solo o en compañía de lord Henry, para escuchar con
profundo placer Tannháuser, viendo en el preludio de esa gran
obra una interpretación de la tragedia de su alma.
En
otra ocasión emprendió el estudio de las joyas, y se presentó en un
baile de disfraces como Anne de Joyeuse, almirante de Francia, con un
traje recubierto de quinientas sesenta perlas. Esta afición lo cautivó
durante años y puede decirse, de hecho, que nunca le abandonó. Con
frecuencia empleaba un día entero colocando y volviendo a colocar en sus
estuches las diferentes piedras que había coleccionado, como el
crisoberilo verde oliva que se enrojece a la luz de una lámpara, la
cimofana, atravesada por una línea de plata, el peridoto, de color verde
pistacho, topacios rosados o dorados como el vino, carbunclos ferozmente
escarlata con trémulas estrellas de cuatro puntas, granates de Ceilán
rojo fuego, las espinelas naranja y violeta, y las amatistas, con sus
capas alternas de rubí y zafiro. Le encantaba el rojo dorado de la
piedra solar y la blancura de perla de la piedra lunar, así como el arco
iris roto del ópalo lechoso.
Consiguió en Ámsterdam tres esmeraldas de extraordinario tamaño y
riqueza de color, y poseía una turquesa de la vieille roche que
era la envidia de todos los entendidos.
Descubrió igualmente historias maravillosas sobre joyas. En su
Disciplina Clericales, Pedro Alfonso menciona una serpiente con ojos
de auténtico jacinto, y en la vida novelada de Alejandro se dice del
conquistador de Ematia que encontró en el valle del Jordán serpientes
«en cuyas espaldas crecían collares de verdaderas esmeraldas». Existe,
nos dice Filóstrato, una piedra preciosa en el cerebro del dragón y «si
se le muestran letras doradas y una túnica escarlata» el monstruo se
sume en un sueño mágico y es posible matarlo. Según el gran alquimista
Pierre de Boniface, el diamante proporciona invisibilidad, y el ágata de
la India, elocuencia. La cornalina calma la cólera, el jacinto invita al
sueño y la amatista disipa los vapores del vino. El granate ahuyenta a
los demonios, y el hidropicus priva a la luna de su color. La
selenita crece y mengua con la luna, y al meloceo, descubridor de
ladrones, sólo le afecta la sangre del cabrito. Leonardus Camillus había
visto extraer de un sapo recién muerto una piedra blanca, antídoto
infalible contra el veneno. El bezoar, que se encuentra en el corazón
del ciervo de Arabia, es un hechizo que puede curar la peste. En los
nidos de los pájaros de Arabia se halla el aspilates que, según
Demócrito, evita a quien lo lleva todo peligro de fuego.
El rey
de Ceilán, en la ceremonia de su coronación, atravesó su capital a
caballo con un gran rubí en la mano. Las puertas del palacio del Preste
Juan «estaban hechas de sardónice, incrustado de cuernecillos de cerasta
o víbora cornuda, de manera que nadie pudiera introducir venenos en su
interior». Sobre el gablete había «dos manzanas de oro con dos
carbunclos», de manera que el oro brillara de día y los carbunclos de
noche. En la extraña novela de Lodge, A Margarite of America, se
afirma que en la cámara de la reina podía verse a «todas las damas
castas del mundo, en relicarios de plata, que miraban a quienes las
contemplaban a través de hermosos espejos de crisolitas, carbunclos,
zafiros y verdes esmeraldas». Marco Polo había visto a los habitantes de
Cipango colocar perlas rosadas en la boca de los difuntos. Un monstruo
marino estaba enamorado de la perla que el buceador llevó al rey Peroz,
por lo que mató al ladrón y guardó luto durante siete lunas en razón de
su pérdida. Cuando los hunos lograron atraer al rey a una gran fosa, el
monarca la arrojó lejos -así lo relata Procopio- y nunca se la volvió a
encontrar, pese a que el emperador Anastasio ofreció como recompensa
quinientos quintales de piezas de oro. El rey de Malabar había mostrado
a cierto veneciano un rosario de trescientas cuatro perlas, una por cada
dios al que rendía culto.
Cuando
el duque de Valentinois, hijo de Alejandro VI, visitó a Luis XII, su
caballo, nos cuenta Brantóme, iba cargado de Páginas de oro, y su gorro
estaba adornado con dos hileras de deslumbrantes rubíes. Carlos de
Inglaterra, cuando montaba a caballo, llevaba unas espuelas adornadas
con cuatrocientos veintiún diamantes. Ricardo II tenía un gabán,
valorado en treinta mil marcos, que estaba recubierto de balajes, rubíes
de color morado. Hall describía a Enrique VIII, de camino hacia la Torre
de
Londres antes de su coronación, con «una veste recamada en oro, el jubón
bordado con diamantes y otras piedras preciosas y, en torno al cuello,
un gran collar de grandes balajes». Los favoritos de Jacobo I llevaban
pendientes hechos de esmeraldas montadas en filigrana de oro. Eduardo II
dio a Piers Gaveston una armadura de oro rojo tachonada de jacintos, un
collar de rosas de oro con turquesas y un gorro parsemé de
perlas. Enrique II utilizaba guantes enjoyados que le llegaban hasta el
codo, y poseía un guante de cetrería adornado de doce rubíes y cincuenta
y dos grandes perlas de Oriente. Del sombrero ducal de Carlos el
Temerario, último duque de Borgoña de su estirpe, tachonado de zafiros,
colgaban perlas con forma de pera. ¡Cuán exquisita era la vida en otros
tiempos! ¡Qué magnificencia en la pompa y en la ornamentación!
La
simple lectura de lo que fue el lujo de antaño maravillaba. Dorian Gray
se interesó más adelante por los bordados y los tapices que hacían
oficio de frescos en las frías salas de las naciones septentrionales de
Europa. Mientras investigaba el tema -y siempre tuvo la extraordinaria
facultad de sumergirse por completo, llegado el momento, en el tema que
abordaba- casi le entristeció reflexionar sobre los destrozos que el
Tiempo causa en todo lo que es hermoso y extraordinario. Él, al menos,
había escapado a aquella condena. Los veranos se sucedían, los
junquillos dorados habían florecido y muerto muchas veces, y noches de
horror repetían la historia de su infamia, pero Dorian seguía siempre
igual. El invierno no estropeaba su tez ni marchitaba el esplendor de su
juventud. ¡Bien distinto era lo que sucedía con las cosas materiales!
¿Qué se había hecho de ellas? ¿Dónde estaba el gran manto, de color
azafrán, tejido por morenas doncellas para complacer a Atenea, por el
que los dioses habían luchado contra los gigantes? ¿Dónde estaba el
inmenso velarium que Nerón extendiera sobre el Coliseo romano,
aquella titánica vela morada en la que estaba representado el cielo
estrellado, y Apolo conduciendo un carro tirado por blancos corceles con
riendas de oro? Dorian anhelaba ver las curiosas servilletas
confeccionadas para el Sacerdote dei Sol, en las que se habían
representado todas las golosinas y viandas que pudieran desearse para un
festín; el paño mortuorio del rey Chilperico, con sus trescientas abejas
doradas; las extravagantes túnicas que despertaron la indignación del
obispo del Ponto, donde estaban representados «leones; panteras, osos,
perros, bosques, rocas, cazadores: todo lo que, de hecho, un pintor
puede copiar de la naturaleza»; y el jubón que vistiera en cierta
ocasión Carlos de Orleans, en cuyas mangas se había bordado la letra de
una canción que empezaba con «Madame, je suis tout joyeux», en
hilo de oro el acompañamiento musical de las palabras, y cada nota, de
forma cuadrada en aquellos tiempos, formada por cuatro perlas. También
supo Dorian Gray de la habitación que se preparó en el palacio de Reims
para albergar a la reina Juana de Borgoña, decorada con «mil trescientos
veintiún loros adornados con las armas reales, y quinientas sesenta y
una mariposas, cuyas alas lucían, de manera similar, las armas de la
reina, todo el conjunto trabajado en oro». Catalina de Médicis se hizo
preparar un lecho fúnebre de terciopelo negro tachonado de medias lunas
y soles. Sus cortinas eran de damasco, adornadas con frondosas coronas y
guirnaldas sobre un fondo de oro y plata, los bordes decorados con
bordados de perlas, que se colocó en una estancia de cuyo techo colgaban
hileras de divisas de la reina en terciopelo negro sobre paño de plata.
Luis XIV tenía, en sus apartamentos, cariátides bordadas en oro de
quince pies de altura. El lecho de gala de Juan III Sobieski, rey de
Polonia, estaba hecho de brocado de oro de Esmirna en el que se habían
escrito con turquesas versículos del Corán. Los apoyos eran de plata
dorada, bellamente cincelados, y profusamente adornados con medallones
esmaltados y enjoyados. Se trataba de un botín de guerra, tomado del
campamento turco durante el sitio de Viena, y el estandarte de Mahoma
había flotado al viento bajo los vibrantes dorados de su baldaquín.
Y así,
durante todo un año, Dorian se esforzó por acumular los ejemplares más
exquisitos de tejidos y bordados: delicadas muselinas de Delhi,
exquisitamente trabajadas con adornos de palmas en hilo de oro y
tachonadas con alas de escarabajos irisados; gasas de Dacca, a las que,
dada su transparencia, se conocen en Oriente como «aire tejido» y «agua
corriente», y también como «rocío nocturno»; telas de Java con extrañas
figuras; tapices amarillos muy refinados procedentes de China; libros
encuadernados en satén leonado o bellas sedas azules, y adornados con
flores de lis, pájaros e imágenes; velos de lacis tejidos con
punto de Hungría; brocados sicilianos y tiesos terciopelos españoles;
telas georgianas con sus monedas doradas, y fukusas japonesas con
sus dorados de tonos verdes y sus aves de maravilloso plumaje.
También sentía una especial pasión por las vestiduras eclesiásticas,
como de hecho por todo lo referente al servicio de la Iglesia. En los
largos baúles de cedro, dispuestos a lo largo de la galería oeste de su
casa, había almacenado gran número de ejemplares raros y soberbios de lo
que es realmente el aderezo de la Esposa de Cristo, que debe adornarse
con la púrpura, las joyas y el lino de mejor calidad para ocultar su
pálido cuerpo, mortificado, gastado por el sufrimiento que ella misma
busca y herido por los dolores que se inflige. Dorian poseía una
suntuosa capa pluvial de seda carmesí y damasco con hilo de oro, en la
que las granadas repetían un motivo estilizado de flores de seis
pétalos, a cuyos lados se reproducía en perlas finas el emblema de la
piña. Los orifrés estaban divididos en paneles representando escenas de
la vida de la Virgen, y bordada su coronación en sedas de colores sobre
la capucha. Se trataba de un trabajo italiano del siglo XV. Otra capa
pluvial era de terciopelo verde, bordado con grupos de Páginas de acanto
en forma de corazón, de los que surgían flores blancas de largo tallo,
trabajadas en hilo de plata y cristales de colores. El broche lucía una
cabeza de serafín bordada en relieve con hilo de oro. Los orifrés
estaban tejidos en un adamascado de seda roja y oro, y constelados con
medallones de muchos mártires y santos, entre los que se hallaba san
Sebastián. También se hizo con casullas de seda color ámbar, y seda azul
y brocado de oro, y de seda adamascada amarilla y paño de oro, con
representaciones de la Pasión y la Crucifixión de Cristo, y bordadas con
leones y pavos reales y otros emblemas; dalmáticas de satén blanco y de
damasco de seda rosa, decoradas con tulipanes y delfines y flores de
lis; frontales de altar de terciopelo carmesí y lino azul; y muchos
corporales, velos de cáliz y sudarios. En la utilización mística
asignada a aquellos objetos había algo que estimulaba su imaginación.
Porque aquellos tesoros y todo lo que coleccionaba en su hermosa mansión
estaba destinado a servirle de medio para el olvido, eran una manera de
escapar, durante una temporada, al miedo que a veces le parecía casi
demasiado intenso para poder soportarlo. En una pared de la solitaria
habitación, siempre cerrada con llave, donde transcurriera una parte tan
considerable de su infancia y adolescencia, había colgado con sus
propias manos el terrible retrato cuyos rasgos cambiantes le mostraban
la verdadera degradación de su vida, y delante, a modo de cortina, había
colocado el paño mortuorio de color morado y oro. Pasaba semanas sin
subir, olvidándose de aquella espantosa pintura, recuperando la ligereza
de espíritu, la maravillosa alegría de vivir, dejándose absorber
apasionadamente por la existencia misma. Luego, de repente, una noche
cualquiera, salía furtivamente de su casa, bajaba hasta alguno de los
terribles lugares próximos a Blue Gate Fields, y allí se quedaba, por
espacio de varios días, hasta que lo echaban. Al regresar a su casa, se
sentaba delante del retrato, a veces aborreciéndolo y aborreciéndose,
pero dejándose dominar, en otras ocasiones, por ese orgulloso
individualismo que supone buena parte de la fascinación del pecado, y
sonreía, secretamente complacido, a la imagen deforme, condenada a
soportar el peso que debiera haber caído sobre sus espaldas.
Al
cabo de algunos años empezó a resultarle imposible pasar mucho tiempo
fuera de Inglaterra, y renunció a la villa que había compartido en
Trouville con lord Henry, así como a la blanca casita de Argel, aislada
por un alto muro, donde ambos habían pasado más de una vez el invierno.
No podía vivir lejos del retrato que era un elemento tan imprescindible
de su vida, y temía, además, que, durante su ausencia, alguien entrara
en la habitación, a pesar de los complicados cerrojos que había hecho
instalar. Se daba cuenta, por otra parte, con toda claridad, de que el
retrato nada revelaría. Era cierto que todavía conservaba, bajo la
vileza y fealdad del rostro, un considerable parecido con el original;
pero, ¿qué consecuencias se podían extraer de ello? Dorian Gray se
reiría de cualquiera que intentase utilizarlo en su contra. No lo había
pintado él. ¿Qué le importaba lo vil y abyecto de su apariencia? Aunque
revelase la verdad, ¿quién la creería?
Pero
eso no impedía que sintiera miedo. A veces, cuando se hallaba en la gran
mansión familiar de Nottinghamshire, donde recibía a los jóvenes
elegantes de su misma posición social que eran sus compañeros
habituales, y donde asombraba a todo el condado por el lujo gratuito y
la suntuosidad desmedida de su manera de vivir, abandonaba de repente a
sus invitados para regresar precipitadamente a la capital y comprobar
que nadie había forzado la puerta y que el retrato seguía en su sitio.
¿Qué sucedería si alguien lo robara? La mera posibilidad le helaba de
horror. Sin duda el mundo llegaría entonces a conocer su secreto. Quizá
el mundo lo sospechaba ya. Porque, si bien era cierto que fascinaba a
muchos, había ya bastantes personas que desconfiaban de él. Casi
estuvieron a punto de negarle la admisión en un club del West End, pese
a que su cuna y su posición social justificaban plenamente que se le
diera una respuesta afirmativa; también se contaba que, en una ocasión,
al llevarle uno de sus amigos al salón para fumadores del Churchill, el
duque de Berwick y otro caballero se pusieron en pie de manera muy
ostensible y se retiraron. Curiosas historias acerca de su persona
empezaron a hacerse frecuentes una vez que cumplió los veinticinco años.
Se rumoreaba que se le había visto peleándose con marineros extranjeros
en un local de pésima reputación en las profundidades de Whitechapel, e
igualmente que se relacionaba con ladrones y monederos falsos y que
conocía todos los misterios de sus oficios. Sus sorprendentes ausencias
se hicieron famosas, y cuando reaparecía entre la buena sociedad, la
gente cuchicheaba en los rincones, o dejaba escapar una risa burlona al
pasar a su lado, o lo miraba con fríos ojos interrogadores, como si
estuvieran decididos a descubrir su secreto.
Dorian
Gray, por supuesto, no prestaba la menor atención a tales insolencias y
desprecios deliberados y, en opinión de la mayoría, su naturalidad y su
aire jovial, su encantadora sonrisa adolescente y la gracia infinita de
la maravillosa juventud que parecía no abandonarle nunca, eran por sí
solas respuesta suficiente a las calumnias, porque así las calificaba la
mayoría, que circulaban acerca de él. Se señalaba, de todos modos, que
algunas de las personas con las que había tenido un trato más íntimo
parecían, al cabo de algún tiempo, evitarlo. Mujeres que manifestaron
hacia él una adoración sin limites, que desafiaron por él la censuró de
la sociedad y que prescindieron de todas las convenciones, palidecían de
vergüenza y horror si Dorian Gray entraba en el salón donde se
encontraban. Aquellos escándalos susurrados sólo servían, sin embargo,
a ojos de muchos, para acrecentar su extraño y peligroso encanto. Su
gran fortuna era, indudablemente, un elemento de seguridad. La sociedad,
la sociedad civilizada al menos, nunca está muy dispuesta a creer nada
en detrimento de quienes son, al mismo tiempo, ricos y fascinantes.
Siente, de manera instintiva, que los modales tienen más importancia que
la moral y, en su opinión, la respetabilidad más acrisolada vale
muchísimo menos que la posesión de un buen chef. Y, a decir
verdad, consuela muy poco saber que la persona que te invita a una cena
execrable o que te sirve un vino de mala calidad es irreprochable en su
vida privada. Ni siquiera las virtudes cardinales justifican unas
entrées semifrías, como señaló en una ocasión lord Henry en un
debate sobre aquel tema; y existen sin duda excelentes razones para
sostener ese punto de vista. Porque los cánones de la buena sociedad
son, o deberían ser, los mismos que los cánones del arte. La forma es
absolutamente esencial. La vida social debe tener la dignidad de una
ceremonia, y también su irrealidad, y combinar la insinceridad de una
comedia romántica con el ingenio y la belleza que la dotan de encanto
para nosotros. ¿Acaso la insinceridad es una cosa tan terrible? No lo
creo. Es, sencillamente, un método que nos permite multiplicar nuestras
personalidades. Tal era, al menos, la opinión de Dorian Gray, que se
asombraba de la superficialidad de esos psicólogos para quienes el Yo es
algo sencillo, permanente, fiable y único. Para él, el hombre era un ser
dotado de innumerables vidas y sensaciones, una criatura compleja y
multiforme que albergaba curiosas herencias de pensamientos y pasiones,
y cuya carne misma estaba infectada por las monstruosas dolencias de los
muertos. Disfrutaba paseando por el frío corredor de su casa solariega
donde se almacenaban los cuadros familiares, para contemplar los
diferentes retratos de aquellos cuya sangre corría por sus venas. Allí
estaba Philip Herbert, de quien Francis Osborne, en su Memoires on
the Reigns of Queen Elizabeth and King James, nos dice que era
«mimado por la corte debido a su apostura, aunque su bello rostro no lo
acompañó durante mucho tiempo». ¿Acaso la vida que él llevaba era
semejante a la del joven Herbert? ¿Acaso algún extraño germen venenoso
había ido pasando de organismo en organismo hasta alcanzar finalmente el
suyo? ¿Era el sentimiento confuso de aquella gracia perdida lo que le
había lanzado, tan de repente y casi sin motivo, a pronunciar, en el
estudio de Basil Hallward, la plegaria insensata que había cambiado su
vida? Y allí, con su jubón rojo bordado en oro, gabán enjoyado, gorguera
y puños con bordes dorados, se hallaba sir Anthony Sherard, con la
armadura negra y plata a los pies. ¿Qué había heredado Dorian de aquel
hombre? El amante de Giovanna de Nápoles, ¿le había legado algún pecado,
alguna infamia? ¿No eran sus acciones otra cosa que los sueños que los
muertos no se habían atrevido a poner por obra? Allí, desde el lienzo de
colores apagados, sonreía lady Elizabeth Devereux, con su capucha de
gasa, peto de perlas y mangas rosas acuchilladas. Una flor en la mano
derecha, y en la izquierda un collar esmaltado de rosas blancas y
damasquinadas. Sobre una mesa, a su lado, descansaban una mandolina y
una manzana. Y grandes rosetas sobre sus puntiagudos zapatitos. Dorian
sabía de su vida, y las extrañas historias que se contaban sobre sus
amantes. ¿Había en él algo de su temperamento? Sus ojos almendrados de
pesados párpados parecían mirarlo con curiosidad. ¿Y qué decir de George
Willoughby, con su peluca empolvada y sus lunares extravagantes? ¡Qué
perverso parecía! El rostro taciturno y moreno, y los labios sensuales
en los que se dibujaba una mueca de desdén. Delicados puños de encaje
caían sobre las largas manos amarillentas demasiado cargadas de
sortijas. Había sido un pisaverde del siglo XVIII, y amigo, en su
juventud, de lord Ferrars. ¿Y del segundo lord Beckenham, compañero del
Príncipe Regente en sus años más locos, y uno de los testigos de su
matrimonio secreto con la señora Fitzherbert? ¡Qué orgulloso y apuesto,
con sus bucles de color castaño y su pose de perdonavidas! ¿Qué pasiones
le había legado? El mundo le atribuyó todas las infamias. Había
dirigido sin duda las orgías de Carlton House. Pero sobre su pecho
brillaba la estrella de la jarretera. Junto al suyo podía verse el
retrato de su esposa, una pálida mujer vestida de negro, de labios muy
finos. También aquella sangre corría por las venas de Dorian. ¡Qué
curioso parecía todo! Y su madre, con el rostro a lo lady Hamilton y los
labios frescos, humedecidos por el vino: Dorian sabía lo que había
recibido de ella. Le había transmitido su belleza, y la pasión por la
belleza de otros. Se reía de él con su holgado vestido de bacante. Había
Páginas de viña en sus cabellos. La copa que sostenía derramaba púrpura.
Los claveles del cuadro se habían marchitado, pero los ojos seguían
siendo maravillosos por su profundidad y la magia de su color. Y
parecían seguirlo dondequiera que fuese. Pero también se tienen
antepasados literarios, además de los de la propia estirpe, muchos de
ellos quizá más próximos por la constitución y el temperamento, y con
una influencia de la que se era consciente con mucha mayor claridad.
Había ocasiones en que a Dorian Gray le parecía que la totalidad de la
historia no era más que el relato de su propia vida, no como la había
vivido en sus acciones y detalles, sino como su imaginación la había
creado para él, como había existido en su cerebro y en sus pasiones.
Tenía la sensación de haberlas conocido a todas, a aquellas extrañas y
terribles figuras que habían atravesado el gran teatro del mundo,
haciendo del pecado algo tan maravilloso y del mal algo tan sutil. Le
parecía que, de algún modo misterioso, sus vidas habían sido también la
suya. El protagonista mismo de la maravillosa novela que tanto había
influido en su vida tuvo aquella curiosa impresión. En el capítulo
séptimo cuenta cómo, coronado de laurel para evitar ser herido por el
rayo, había sido Tiberio, que leía, en un jardín de Capri, las obras
escandalosas de la autora griega Elefantis, mientras enanos y pavos
reales se paseaban a su alrededor, y el flautista imitaba el ir y venir
del incensario; había sido Calígula, de francachela en los establos con
palafreneros de casaca verde antes de cenar en un pesebre de marfil
junto a un caballo con la frente cubierta de joyas; y Domiciano,
vagabundo por un corredor con espejos de mármol, buscando por todas
partes, con ojos enfebrecidos, el reflejo de una daga destinada a poner
fin a sus días, y enfermo de ese ennui, de ese terrible
taedium vitae, destino común de todos aquellos a quienes la vida no
ha negado nada; más adelante, también había presenciado, a través de una
transparente esmeralda, las sangrientas carnicerías del Circo para
luego, en una litera de perlas y púrpura, tirada por mulas con
herraduras de plata, regresar, por la calle de las Granadas, a la Casa
Dorada, mientras que, a su paso, los habitantes de Roma aclamaban al
César Nerón; había sido Heliogábalo, el rostro pintado de colores, que
trabajaba en la rueca entre las mujeres, y que trajo de Cartago a la
Luna, para dársela al Sol en matrimonio místico. Dorian leía una y otra
vez tan fantástico capítulo, y los dos siguientes, que presentaban, como
lo hacen ciertos tapices singulares o ciertos esmaltes extraños
hábilmente trabajados, las formas estremecedoras y espléndidas de
aquellos a quienes el Vicio y la Sangre y el Tedio convirtieron en
monstruos o en locos:
Filippo, duque de Milán, que asesinó a su esposa y le pintó los labios
con un veneno escarlata para que su amante
sorbiera la destrucción de la criatura muerta que acariciaba; Pietro
Barbi, el veneciano, conocido con el
nombre de Paulo II, quien, en su vanidad, quiso reclamar el título de
Fermosus, y cuya y tiara, valorada en doscientos mil florines, se compró
al precio de un pecado abominable; Gian Maria Visconti, que utilizaba
sabuesos para cazar hombres, y cuyo cuerpo, al morir asesinado, cubrió
de rosas una hetaira que lo había amado; el Borgia sobre su corcel
blanco, y el Fratricida cabalgando a su lado, con el manto manchado por
la sangre de Perotto; Pietro Riario, el joven cardenal arzobispo de
Florencia, hijo y favorito de Sixto IV, de belleza sólo igualada por su
libertinaje, que recibió a Leonor de Aragón en un pabellón de seda
blanca y carmesí, lleno de ninfas y de centauros, y que recubrió a un
jovencito de panes de oro para que hiciera las veces, con motivo de la
fiesta, de Ganímedes o de Hilas; Ezzelino, cuya melancolía sólo se
curaba con el espectáculo de la muerte y que sentía pasión por la
sangre, como otros hombres la tienen por el vino tinto; hijo del
Maligno, se decía, que había hecho trampas a su infernal padre cuando se
jugaba el alma a los dados; Giambattista Cibo, que, por burla, tomó el
nombre de Inocente, y en cuyas venas aletargadas un doctor judío inyectó
la sangre de tres jóvenes; Segismundo Malatesta, el amante de Isotta y
señor de Rímini, cuya efigie fue quemada en Roma como enemigo de Dios y
de los hombres, que estranguló a Polyssena con una servilleta, dio a
Ginebra de este veneno en una copa de esmeralda y, queriendo honrar una
pasión vergonzosa, construyó una iglesia pagana para el culto cristiano;
Carlos VI, tan terriblemente enamorado de la esposa de su hermano que un
leproso le advirtió de la locura que se le avecinaba y que, cuando su
cerebro enfermó y empezó a desvariar, sólo era posible calmarlo con
naipes sarracenos, ilustrados con imágenes del Amor, de la Muerte y de
la Locura; y, con su elegante jubón, gorro enjoyado y rizos como
Páginas
de acanto, Grifonetto Baglioni, que dio muerte a Astorre junto con su
prometida, y Simonetto con su paje, cuyo atractivo era tal que, mientras
agonizaba, tendido en la plaza amarilla de Perusa, quienes lo habían
odiado se sintieron conmovidos hasta las lágrimas, y a quien Atalanta,
que lo había maldecido, lo bendijo.
Todos
despertaban en Dorian una horrible fascinación. Los veía de noche y le
perturbaban durante el día. El Renacimiento conoció extrañas maneras de
envenenar: por medio de un casco y una antorcha encendida; de un guante
bordado y un abanico enjoyado; de una almohadilla perfumada y un collar
de ámbar. A Dorian Gray lo había envenenado un libro. En determinados
momentos veía el mal únicamente como un medio que le permitía poner por
obra su concepción de lo bello.
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Fue el
nueve de noviembre, la víspera de su trigésimo octavo cumpleaños, como
Dorian recordaría después con frecuencia.
Regresaba de casa de lord Henry, donde había cenado, a eso de las once,
bien envuelto en un abrigo de piel, porque la noche era fría y
neblinosa. En la esquina de Grosvenor Square y South Audley Street, un
individuo que caminaba muy deprisa, alzado el cuello del abrigo, se
cruzó con él entre la niebla. En la mano llevaba un maletín. Dorian lo
reconoció. Era Basil Hallward. Una extraña sensación de miedo,
inexplicable, lo dominó. No hizo gesto alguno de reconocimiento y siguió
caminando a buen paso en dirección a su casa.
Pero
Hallward lo había visto. Dorian le oyó primero detenerse y luego
apresurar el paso tras él. Al cabo de unos instantes sintió su mano en
el brazo.
-¡Dorian!
¡Qué suerte la mía! Llevo desde las nueve esperándote en la biblioteca
de tu casa.
Finalmente me he compadecido de tu criado, que parecía muy cansado, y,
mientras me acompañaba hasta la puerta, le he dicho que se fuera a la
cama. Salgo para París en el tren de medianoche, y tenía mucho interés
en verte antes. Me ha parecido que eras tú o, más bien, tu abrigo de
pieles, cuando te has cruzado conmigo. Pero no estaba seguro. ¿No me has
reconocido?
-¿Con
esta niebla, mi querido Basil? ¡Soy incapaz de reconocer Grosvenor
Square! Creo que mi casa está por aquí cerca, pero tampoco estoy
demasiado seguro. Siento que te vayas, porque llevo siglos sin verte.
Pero supongo que VOLVERás pronto.
-No;
voy a estar ausente seis meses. Me propongo alquilar un estudio en
París, y encerrarme hasta que acabe un cuadro muy importante que tengo
en la cabeza. Pero no quiero hablarte de mí. Ya estamos delante de tu
casa. Permíteme entrar un momento. Tengo algo que decirte.
-Encantado. Pero, ¿no perderás el tren? -preguntó Dorian Gray
lánguidamente, mientras subía los escalones de la entrada y abría la
puerta con su llave.
La luz
del farol más cercano se esforzaba por atravesar la niebla, y Hallward
consultó su reloj.
-Tengo
tiempo de sobra -respondió-. El tren no sale hasta las doce y cuarto y
sólo son las once. De hecho me dirigía al club, para ver si te
encontraba allí, cuando nos hemos cruzado. No tendré que esperar por el
equipaje, porque ya he facturado los baúles. Todo lo que llevo conmigo
es este maletín, y no tardaré más de veinte minutos en llegar a
Victoria.
Dorian
sonrió, mirándolo.
-¡Qué
manera de viajar para un pintor célebre! ¡Un maletín y un abrigo
cualquiera! Entra, o la niebla se nos meterá en casa. Y hazme el favor
de no hablar sobre nada serio. Nada es serio en los tiempos que corren.
Por lo menos, no debería serlo.
Hallward movió la cabeza mientras entraba, y siguió a Dorian hasta la
biblioteca. En la gran chimenea ardía un alegre fuego de leña. Las
lámparas estaban encendidas y, encima de una mesita de marquetería,
descansaba, abierto, un armarito holandés de plata para licores, con
algunos sifones y altos vasos de cristal tallado.
-Como
ves, tu criado no ha podido tratarme mejor. Me ha dado todo lo que
quería, incluidos tus mejores cigarrillos de boquilla dorada. Es una
persona muy hospitalaria. Me gusta mucho más que aquel francés que
tenías antes. Por cierto, ¿qué se ha hecho de él?
Dorian
se encogió de hombros.
-Creo
que se casó con la doncella de lady Radley, y la ha instalado en París
como modista inglesa. La anglomanie está ahora muy de moda allí,
según me dicen. Parece un poco tonto por parte de los franceses, ¿no
crees? En realidad no era en absoluto un mal criado. Nunca me gustó,
pero no tengo motivos de queja. A veces uno se imagina cosas muy
absurdas. Me tenía cariño y, según tengo entendido, sintió mucho
marcharse. ¿Quieres otro coñac? ¿O prefieres vino del Rin con agua de
Seltz? Eso es lo que yo tomo siempre. Seguramente habrá una botella en
la habitación de al lado.
-Gracias, no quiero nada más -dijo el pintor, quitándose la gorra y el
abrigo, y arrojándolos sobre el maletín que había dejado en un rincón-.
Y ahora, mi querido Dorian, tenemos que hablar seriamente. No frunzas el
ceño. Me lo pones mucho más difícil.
-¿De
qué se trata? -exclamó Dorian, sin esconder su irritación, dejándose
caer en el sofá-. Espero que no tenga nada que ver conmigo. Esta noche
estoy cansado de mí mismo. Me gustaría ser otra persona.
-Se
trata de ti -respondió Hallward con voz seria y resonante-, y no tengo
más remedio que decírtelo.
Sólo
necesito media hora.
Dorian
suspiró y encendió un cigarrillo. -¡Media hora! -murmuró.
-No es
demasiado lo que te pido, y hablo únicamente en interés tuyo. Creo que
es justo que sepas que en Londres se dicen de ti las cosas más
espantosas.
-No
quiero saber nada de eso. Me encantan los escándalos acerca de otras
personas, pero las habladurías que me conciernen no me interesan.
Carecen del encanto de la novedad.
-Deben
interesarte, Dorian. Todo caballero está interesado en su buen nombre.
No puedes querer que la gente hable de ti como de alguien vil y
depravado. Disfrutas, por supuesto, de tu posición, y de tu fortuna, y
todo lo que llevan consigo. Pero posición y fortuna no lo son todo. Yo
no doy ningún crédito a esos rumores. Al menos, no los creo cuando te
veo. El pecado es algo que los hombres llevan escrito en la cara. No se
puede ocultar. La gente habla a veces de vicios secretos. No existe tal
cosa. Si un pobre desgraciado tiene un vicio, lo denuncian las arrugas
de la boca, la caída de los párpados, incluso la forma de las manos.
Alguien, no voy a decir su nombre, pero a quien tú conoces, vino a mí el
año pasado para que pintara su retrato. Nunca lo había visto antes, ni
tampoco había oído nada acerca de él por aquel entonces, aunque después
sí he sabido muchas cosas. Me ofreció una cantidad exorbitante. Me negué
a retratarlo. Había algo en la forma de sus dedos que me pareció
detestable. Ahora sé que la impresión que me produjo no era equivocada.
Su vida es un horror. Pero tú, Dorian, con ese rostro tuyo, inocente,
luminoso, con esa maravillosa juventud tuya que permanece siempre igual,
¿cómo voy a creer nada malo de ti? Y sin embargo te veo muy pocas veces,
nunca vienes al estudio, y cuando estoy lejos de ti y oigo todas esas
cosas odiosas que la gente susurra, no sé qué decir. ¿Por qué, Dorian,
una persona como el duque de Berwick abandona el salón de un club cuando
tú entras en él? ¿Por qué hay en Londres tantos caballeros que no van a
tu casa ni te invitan a la suya? Eras muy amigo de lord Staveley.
Coincidí con él en una cena la semana pasada. Tu nombre salió en la
conversación, con motivo de las miniaturas que has prestado para la
exposición en la galería Dudley. Staveley hizo un gesto de desagrado, y
dijo que quizá tuvieras unos gustos muy artísticos, pero que no debía
permitirse que conocieras a ninguna joven pura; y que ninguna mujer
casta debía sentarse contigo en la misma habitación. Le recordé que yo
era amigo tuyo y le pedí que explicara lo que quería decir. Lo hizo. Lo
hizo delante de todo el mundo. ¡Fue horrible! ¿Por qué tu amistad es tan
desastrosa para los jóvenes? Está el caso de ese desgraciado muchacho de
la Guardia que se suicidó. Eras su amigo íntimo. Pienso en sir Henry
Ashton, que tuvo que abandonar Inglaterra, su reputación manchada para
siempre. Erais inseparables. ¿Y qué decir de Adrian Singleton, que
terminó de una manera tan terrible? ¿Y el hijo único de lord Kent y su
carrera? Ayer me tropecé con su padre en St. James Street. Parecía
deshecho por la vergüenza y la pena. ¿Y el joven duque de Perth? ¿Qué
vida lleva en la actualidad? ¿Qué caballero querrá que se le vea con él?
-Ya
basta, Basil. Estás hablando de cosas de las que nada sabes -dijo Dorian
Gray mordiéndose los labios y con un tono de infinito desprecio en la
voz-. Me preguntas porqué Berwick se marcha de una habitación cuando yo
entro. Se debe a todo lo que yo sé acerca de su vida, no a lo que él
sabe acerca de la mía. Con la sangre que lleva en las venas, ¿cómo
podría ser una persona sin mancha? Me preguntas por Henry Ashton y el
joven Perth. ¿Acaso soy yo quien les ha enseñado sus vicios a uno y al
otro su libertinaje? Si el tonto del hijo de Kent va a buscar a su mujer
en el arroyo, ¿qué tiene eso que ver conmigo? Si Adrian Singleton
reconoce una deuda firmando el pagaré con el nombre de uno de sus
amigos, ¿acaso soy yo su guardián? Sé muy bien hasta qué punto les gusta
hablar a los ingleses. Las clases medias airean sus prejuicios morales
en sus vulgares comedores, y murmuran sobre lo que ellos llaman la
depravación de las clases superiores con el objeto de hacer creer que
pertenecen a la buena sociedad y son íntimos de las personas a las que
calumnian. En este país basta que un hombre sea distinguido e
inteligente para que todas las lenguas vulgares se desaten contra él.
Dime tú, ¿qué vida llevan todas esas personas que presumen de ser los
guardianes de la moralidad? Mi querido amigo, olvidas que vivimos en el
país de la hipocresía.
-Dorian
-exclamó Hallward-, no es ése el problema. Inglaterra no está libre de
pecado, lo sé, y la sociedad inglesa tiene mucho de qué arrepentirse.
Ésa es precisamente la razón de que a ti te quiera yo intachable. Pero
no lo has sido. Se puede juzgar a una persona por el efecto que tiene
sobre sus amigos. Los tuyos parecen perder por completo el sentimiento
del honor, de la bondad, de la pureza. Lo único que les transmites es
una sed desenfrenada de placer, y no, se detienen hasta llegar al fondo
del abismo. Pero eres tú quien los ha llevado hasta allí. Sí, has sido
tú, y sin embargo aún eres capaz de sonreír, como lo estás haciendo
ahora. Pero todavía hay más. Sé que Harry y tú sois inseparables. Por
esa misma razón, si no por otra, no deberías haber permitido que su
hermana se convirtiera en la comidilla de toda la ciudad.
-Cuidado, Basil. Estás yendo demasiado lejos.
-He de
hablar y tú tienes que escucharme. Cuando conociste a lady Gwendolen no
la había rozado aún ni la más leve sombra de escándalo. ¿Pero hay una
sola mujer decente en Londres que esté ahora dispuesta a pasear en coche
con ella por el parque? ¡Ni siquiera a sus hijos se les permite vivir
con ella! Y luego hay otros rumores..., rumores según los cuales se te
ha visto salir sigilosamente al amanecer de casas espantosas e
introducirte disfrazado en las madrigueras más infames de Londres. ¿Son
ciertos esos rumores? ¿Pueden ser verdad? Cuando los oí por vez primera
me eché a reír. Ahora, cuando los oigo, hacen que me estremezca. ¿Qué
decir de tu casa en el campo y de la vida que allí se hace? No sabes lo
que se cuenta de ti, Dorian. No te voy a decir que no quiero
sermonearte. Recuerdo cómo Harry afirmó en una ocasión que todo hombre
que, en un momento determinado, decide desempeñar el papel de sacerdote,
empieza diciendo eso, y acto seguido procede a faltar a su palabra.
Quiero sermonearte. Deseo que tu vida haga que el mundo te respete. Que
tengas un nombre sin tacha y una reputación por encima de toda sospecha.
Que te libres de esas terribles personas con las que te tratas. No te
encojas de hombros una vez más. No te muestres tan indiferente. Es mucha
la influencia que tienes. Que sea para el bien, no para el mal. Dicen
que corrompes a todas las personas con las que intimas, y que cuando
entras en una casa, llega, pisándote los talones, la vergüenza de una u
otra especie. No sé si es cierto o no. ¿Cómo podría saberlo? Pero eso es
lo que dicen de ti. Me han contado cosas que parece imposible poner en
duda. Lord Gloucester era uno de mis mejores amigos en Oxford. Me mostró
una carta que le escribió su esposa cuando moría, sola, en su villa de
Mentone. Tu nombre aparecía en ella, mezclado con la más terrible
confesión que he leído nunca. A él le dije que era absurdo; que te
conocía perfectamente, y que eras incapaz de nada parecido. ¿Te conozco?
Me pregunto si es verdad que te conozco. Antes de contestar tendría que
ver tu alma.
-¡Ver
mi alma! -murmuró Dorian Gray, alzándose del sofá y palideciendo de
miedo.
-Sí
-respondió Hallward con mucha seriedad y un tono profundamente
pesaroso-; ver tu alma. Pero eso sólo lo puede hacer Dios.
Una
amarga risotada de burla salió de los labios de su interlocutor.
-¡Vas
a tener ocasión de verla esta misma noche! -exclamó, tomando una lámpara
de la mesa-. Ven: es obra tuya. ¿Por qué tendría que ocultártela?
Después se lo podrás contar al mundo, si así lo decides. Nadie te
creerá. Si de verdad te creyeran, aún me tendrían en mayor aprecio.
Conozco la época en que vivimos mejor que tú, aunque perores sobre ella
tan tediosamente como lo haces. Ven, te digo. Ya has hablado bastante de
corrupción. Ahora vas a tener ocasión de verla cara a cara. La locura
del orgullo estaba presente en cada palabra. Dorian Gray golpeó el suelo
con el pie con insolencia de niño. La idea de que alguien compartiera su
secreto le producía una espantosa alegría, y más aún que el hombre que
había pintado el retrato que era el origen de toda su vergüenza cargara
para el resto de su vida con el horrible recuerdo de lo que había hecho.
-Sí
-continuó, acercándosele más, y mirando sin pestañear los ojos severos
de su amigo-. Voy a mostrarte mi alma. Voy a mostrarte esa cosa que,
según imaginas, sólo Dios puede ver. Hallward retrocedió
instintivamente.
-¡Eso
es una blasfemia, Dorian! -exclamó-. No debes decir esas cosas. Son
horribles, y no significan nada. -¿Es eso lo que crees? -le replicó
Dorian Gray, riendo de nuevo.
-Lo
sé. En cuanto a lo que te he dicho esta noche, lo he hecho por tu bien.
Sabes que he sido siempre un amigo fiel.
-No me
toques. Termina lo que tengas que decir.
El
dolor crispó por un instante las facciones del pintor. Quedó mudo,
invadido por un sentimiento de compasión infinita. Después de todo, ¿qué
derecho tenía él a inmiscuirse en la vida de Dorian? Aunque no hubiera
hecho más que una décima parte de lo que de él se contaba, ¡cuánto tenía
que haber sufrido! Pero enseguida se irguió, dirigiéndose hacia la
chimenea, y allí se quedó, contemplando los leños, que ardían con
cenizas semejantes a la escarcha y corazones palpitantes hechos de
llamas.
-Estoy
esperando, Basil -dijo el joven, con voz clara y dura.
El
pintor se volvió.
-Lo
que tengo que decir es esto -exclamó-. Has de darme alguna respuesta a
las terribles acusaciones que se hacen contra ti. Si me dices que son
absolutamente falsas de principio a fin, te creeré. ¡Niégalas, Dorian,
hazme el favor de negarlas! ¿No ves lo mucho que estoy sufriendo? ¡Dios
del cielo! No me digas que eres un malvado, un corrupto, un infame.
Dorian
Gray sonrió. Un gesto de desprecio le curvó los labios.
-Sube
conmigo, Basil -dijo con calma-. Llevo un diario de mi vida que no sale
nunca de la habitación donde se escribe. Te lo enseñaré si me acompañas.
-Subiré contigo, Dorian, si así lo deseas. Veo que ya he perdido el
tren. Da lo mismo. Saldré mañana.
Pero
no me pidas que lea nada esta noche. Todo lo que quiero es una respuesta
directa a mi pregunta.
-Te
será dada en el último piso. No te la puedo dar aquí. No será necesario
que leas mucho rato.
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Dorian
salió de la habitación y empezó a subir, seguido muy de cerca por Basil
Hallward. Caminaban sin hacer ruido, como se hace instintivamente de
noche. La lámpara arrojaba sombras fantásticas sobre la pared y la
escalera. El viento, que empezaba a levantarse, hacía tabletear algunas
ventanas. Cuando alcanzaron el descansillo del ático, Dorian dejó
la lámpara en el suelo y, sacando la llave, la introdujo en la
cerradura.
-¿De
verdad quieres saberlo, Basil? -le preguntó en voz baja.
-Sí.
-No te
imaginas cuánto me alegro -respondió, sonriendo. Luego añadió, con
cierta violencia-: eres la única persona en el mundo que tiene derecho a
saberlo todo de mí. Estás más estrechamente ligado a mi vida de lo que
crees -luego, recogiendo la lámpara, abrió la puerta y entró en la
antigua sala de juegos. Una corriente de aire frío los asaltó, y
la lámpara emitió por unos instantes una llama de turbio color naranja.
Dorian Gray se estremeció-. Cierra la puerta -le susurró a Basil,
mientras colocaba la lámpara sobre la mesa.
Hallward miró a su alrededor, desconcertado. Se diría que aquella
habitación llevaba años sin usarse. Un descolorido tapiz flamenco,
un cuadro detrás de una cortina, un antiguo cassone italiano, y
una librería casi vacía era todo lo que parecía encerrar, además de una
silla y una mesa. Mientras Dorian Gray encendía una vela medio consumida
que descansaba sobre la repisa de la chimenea, Basil advirtió que todo
estaba cubierto de polvo y que la alfombra tenía muchos agujeros. Un
ratón corrió a esconderse tras el revestimiento de madera. La habitación
entera olía a moho y a humedad.
-De
manera que, según tú, sólo Dios ve el alma, ¿no es eso? Descorre la
cortina y verás la mía.
La voz
que hablaba era fría y cruel.
-Estás
loco, Dorian, o representas un papel -murmuró Hallward, frunciendo el
ceño.
-¿No
te atreves? En ese caso lo haré yo -dijo el joven, arrancando la cortina
de la barra que la sostenía y arrojándola al suelo.
De los
labios del pintor escapó una exclamación de horror al ver, en la
penumbra, el espantoso rostro que le sonreía desde el lienzo. Había algo
en su expresión que le produjo de inmediato repugnancia y
aborrecimiento. ¡Dios del cielo! ¡Era el rostro de Dorian Gray lo que
estaba viendo! La misteriosa abominación aún no había destruido por
completo su extraordinaria belleza. Quedaban restos de oro en los
cabellos que clareaban y una sombra de color en la boca sensual. Los
ojos hinchados conservaban algo de la pureza de su azul, las nobles
curvas no habían desaparecido por completo de la cincelada nariz ni del
cuello bien modelado. Sí, se trataba de Dorian. Pero, ¿quién lo había
hecho? Le pareció reconocer sus propias pinceladas y, en cuanto al
marco, también el diseño era suyo. La idea era monstruosa, pero, de
todos modos, sintió miedo. Apoderándose de la vela encendida, se acercó
al cuadro. Abajo, a la izquierda, halló su nombre, trazado con largas
letras de brillante bermellón. Se trataba de una parodia
repugnante, de una infame e innoble caricatura. Aquel lienzo no era obra
suya. Y, sin embargo, era su retrato. No cabía la menor duda, y sintió
como si, en un momento, la sangre que le corría por las venas hubiera
pasado del fuego al hielo inerte. ¡Su cuadro! ¿Qué significaba aquello?
¿Por qué había cambiado? Volviéndose, miró a Dorian Gray con ojos de
enfermo. La boca se le contrajo y la lengua, completamente seca, fue
incapaz de articular el menor sonido. Se pasó la mano por la frente,
recogiendo un sudor pegajoso.
Su
joven amigo, apoyado contra la repisa de la chimenea, lo contemplaba con
la extraña expresión que se descubre en quienes contemplan absortos una
representación teatral cuando actúa algún gran intérprete. No era ni de
verdadero dolor ni de verdadera alegría. Se trataba simplemente de la
pasión del espectador, quizá con un pasajero resplandor de triunfo en
los ojos. Dorian Gray se había quitado la flor que llevaba en el ojal, y
la estaba oliendo o fingía olerla.
-¿Qué
significa esto? -exclamó Hallward, finalmente. Su propia voz le resultó
discordante y extraña.
-Hace
años, cuando no era más que un adolescente -dijo Dorian Gray, aplastando
la flor con la mano-, me conociste, me halagaste la vanidad y me
enseñaste a sentirme orgulloso de mi belleza. Un día me presentaste a
uno de tus amigos, que me explicó la maravilla de la juventud, mientras
tú terminabas el retrato que me reveló el milagro de la belleza. En un
momento de locura del que, incluso ahora, ignoro aún si lamento o no,
formulé un deseo, aunque quizá tú lo llamaras una plegaria...
-¡Lo
recuerdo! ¡Sí, lo recuerdo perfectamente! ¡No! Eso es imposible. Esta
habitación está llena de humedad. El moho ha atacado el lienzo. Los
colores que utilicé contenían algún desafortunado veneno mineral. Te
aseguro que es imposible.
-¿Qué
es imposible? -murmuró Dorian, acercándose al balcón y apoyando la
frente contra el frío cristal empañado por la niebla.
-Me
dijiste que lo habías destruido.
-Estaba equivocado. El retrato me ha destruido a mí.
-No
creo que sea mi cuadro.
-¿No
descubres en él a tu ideal? -preguntó Dorian con amargura.
-Mi
ideal, como tú lo llamas...
-Como
tú lo llamaste.
-No
había maldad en él, no tenía nada de qué avergonzarse. Fuiste para mí el
ideal que nunca VOLVERé a encontrar. Y ése es el rostro de un sátiro.
-Es el
rostro de mi alma.
-¡Cielo santo! ¡Qué criatura elegí para adorar! Tiene los ojos de un
demonio.
-Todos
llevamos dentro el cielo y el infierno, Basil -exclamó Dorian con un
desmedido gesto de desesperación. Hallward se volvió de nuevo hacia el
retrato y lo contempló fijamente.
-¡Dios
mío! Si es cierto -exclamó-, y esto es lo que has hecho con tu vida,
¡eres todavía peor de lo que imaginan quienes te atacan! -acercó de
nuevo la vela al lienzo para examinarlo. La superficie parecía seguir
exactamente como él la dejara. La corrupción y el horror surgían, al
parecer, de las entrañas del cuadro. La vida interior del retratado se
manifestaba misteriosamente, y la lepra del pecado devoraba lentamente
el cuadro. La descomposición de un cadáver en un sepulcro lleno de
humedades no sería un espectáculo tan espantoso.
Le
tembló la mano; la vela cayó de la palmatoria al suelo y empezó a
chisporrotear. Hallward la apagó con el pie. Luego se dejó caer en la
desvencijada silla cercana a la mesa y escondió el rostro entre las
manos.
-¡Cielo santo, Dorian, qué lección! ¡Qué terrible lección! -no recibió
respuesta, pero oía sollozara su amigo junto a la ventana-. Reza,
Dorian, reza -murmuró-. ¿Qué era lo que nos enseñaban a decir cuando
éramos niños? «No nos dejes caer en la tentación. Perdona nuestros
pecados. Borra nuestras iniquidades.» Vamos a repetirlo juntos. La
plegaria de tu orgullo encontró respuesta. La plegaria de tu
arrepentimiento también será escuchada. Te admiré en exceso. Ambos hemos
sido castigados. Dorian Gray se volvió lentamente, mirándolo con
ojos enturbiados por las lágrimas.
-Es
demasiado tarde -balbució.
-Nunca
es demasiado tarde. Arrodillémonos y tratemos juntos de recordar una
oración. ¿No hay un versículo que dice: «Aunque vuestros pecados fuesen
como la grana, quedarían blancos como la nieve»?
-Esas
palabras ya nada significan para mí.
-¡Calla! No digas eso. Ya has hecho suficientes maldades en tu vida.
¡Dios bendito! ¿No ves cómo esa odiosa criatura se ríe de nosotros?
Dorian
Gray lanzó una ojeada al cuadro y, de repente, un odio incontrolable
hacia Basil Hallward se apoderó de él, como si se lo hubiera sugerido la
imagen del lienzo, como si se lo hubieran susurrado al oído aquellos
labios burlones. Las pasiones salvajes de un animal acorralado se
encendieron en su interior, y odió al hombre que estaba sentado a la
mesa más de lo que había odiado a nada ni a nadie en toda su vida. Lanzó
a su alrededor miradas extraviadas. Algo brillaba en lo alto de la
cómoda pintada que tenía enfrente. Sus ojos se detuvieron sobre aquel
objeto. Sabía de qué se trataba. Era un cuchillo que había traído unos
días antes para cortar un trozo de cuerda y luego había olvidado
llevarse. Se movió lentamente en su dirección, pasando junto a Hallward.
Cuando estuvo tras él, lo empuñó y se dio la vuelta. Hallward se movió
en la silla, como disponiéndose a levantarse. Arrojándose sobre él, le
hundió el cuchillo en la gran vena que se halla detrás del oído,
golpeándole la cabeza contra la mesa, y apuñalándolo después repetidas
veces.
Sólo
se oyó un gemido sofocado, y el horrible ruido de alguien a quien ahoga
su propia sangre. Tres veces los brazos extendidos se alzaron,
convulsos, agitando en el aire grotescas manos de dedos rígidos.
Dorian Gray aún clavó el cuchillo dos veces más, pero Basil no se movió.
Algo empezó a gotear sobre el suelo. Dorian Gray esperó un momento,
apretando todavía la cabeza contra la mesa. Luego soltó el arma y
escuchó.
Sólo
se oía el golpear de las gotas de sangre que caían sobre la raída
alfombra. Abrió la puerta y salió al descansillo. La casa estaba en
absoluto silencio. Nadie se había levantado. Durante unos segundos
permaneció inclinado sobre la barandilla, intentando penetrar con la
mirada el negro pozo de atormentada oscuridad. Luego se sacó la llave
del bolsillo y regresó a la habitación del retrato, encerrándose dentro.
El
cuerpo seguía sentado en la silla, tumbado en parte sobre la mesa, la
cabeza inclinada, la espalda doblada y los brazo caídos, extrañamente
largos. De no ser por el irregular desgarrón rojo en el cuello, y el
charco oscuro casi coagulado que se ensanchaba lentamente sobre la mesa,
se podría haber pensado que la figura recostada no hacía otra cosa que
dormir.
¡Qué
deprisa había sucedido todo! Sintió una extraña tranquilidad y,
acercándose al balcón, lo abrió para salir al exterior. El viento se
había llevado la niebla, y el cielo era como la rueda de un monstruoso
pavo real, tachonado de innumerables ojos dorados. Al mirar hacia la
calle vio al policía del barrio haciendo su ronda y dirigiendo el largo
rayo de su linterna sorda hacia puertas de casas silenciosas. La mancha
carmesí de un coche de punto brilló en la esquina para desaparecer un
instante después. Una mujer con un chal agitado por el viento avanzaba
despacio, con paso inseguro, apoyándose en las rejas de los jardines. De
cuando en cuando se detenía y volvía la vista atrás. En una ocasión
empezó a cantar con voz ronca. El policía se le acercó y le dijo algo.
La mujer se alejó a trompicones, riendo. Una ráfaga de viento muy frío
azotó la plaza. Las luces de gas parpadearon, azuleando, y los árboles
desnudos agitaron sus negras ramas de hierro. Dorian Gray se estremeció
y regresó a la habitación, cerrando el balcón. Al llegar a la
puerta hizo girar la llave y la abrió. Ni siquiera se volvió para lanzar
una ojeada al cadáver. Comprendía que el secreto del éxito consistía en
no darse cuenta de lo sucedido. El amigo que había pintado el retrato
fatal, causante de todos sus sufrimientos, había desaparecido de su
vida. Eso era suficiente.
Fue
entonces cuando se acordó de la lámpara. Era un ejemplo más bien curioso
de artesanía musulmana, labrada en plata mate con incrustaciones de
arabescos de acero bruñido, tachonada de turquesas sin pulimentar.
Quizás su criado la echara de menos e hiciera preguntas. Vaciló un
momento, pero acabó entrando de nuevo y recuperándola. Esta vez no pudo
por menos que ver el cadáver. ¡Qué inmóvil estaba! ¡Qué horriblemente
blancas y largas parecían las manos! Era como una espantosa figura de
cera.
Después de cerrar nuevamente la puerta con llave, Dorian Gray bajó en
silencio la escalera. Los crujidos de algunos escalones le parecieron
ayes de dolor. Se detuvo varias veces y esperó. No: todo estaba en
silencio. Era tan sólo el ruido de sus pasos.
Al
llegar a la biblioteca, vio en un rincón el abrigo, la gorra y el
maletín. Había que esconderlos en algún sitio. Abrió un ropero secreto,
oculto en el revestimiento de madera, donde ocultaba sus curiosos
disfraces, y los dejó allí. Podría quemarlos sin problemas más adelante.
Luego sacó el reloj. Eran las dos menos veinte.
Se
sentó y empezó a pensar. Todos los años -todos los meses casi- se
ahorcaba a alguien en Inglaterra por un crimen similar al que acababa de
cometer. Se diría que había surgido en el aire una locura asesina.
Alguna roja estrella se había acercado demasiado a la Tierra... Si bien,
¿qué pruebas había en contra suya? Basil Hallward abandonó la casa a las
once. Nadie lo había visto entrar de nuevo. La mayoría de los criados
estaban en Selby Royal. Su ayuda de cámara se había acostado... ¡París!
Sí. Basil se había marchado a París en el tren de medianoche, tal como
se proponía hacer. Habida cuenta de la curiosa reserva que lo
caracterizaba, pasarían meses antes de que surgieran las primeras
sospechas. ¡Meses! Todo podía estar destruido mucho antes.
Una
idea se le pasó de repente por la cabeza. Se puso el abrigo de piel y el
sombrero y salió al vestíbulo. Luego se detuvo, al oír en la acera los
pasos lentos y pesados del policía y ver en la ventana el reflejo de la
linterna sorda. Esperó, conteniendo la respiración. Al cabo de
unos momentos descorrió el cerrojo y salió sigilosamente, cerrando
después la puerta con gran suavidad. Luego empezó a tocar la campanilla
de la entrada. Unos cinco minutos después apareció su ayuda de cámara,
vestido a medias y con aire somnoliento.
-Siento haber tenido que despertarle, Francis -dijo Dorian Gray,
entrando en la casa-, pero me olvidé de las llaves. ¿Qué hora es?
-Las
dos y diez -respondió el criado, mirando el reloj y parpadeando.
-¿Las
dos y diez? ¡Horriblemente tarde! Despiérteme mañana a las nueve. Tengo
que hacer un trabajo urgente.
-Sí,
señor.
-¿Ha
venido alguna visita esta tarde?
-El
señor Hallward. Estuvo aquí hasta las once, y luego se marchó para tomar
el tren.
-¡Ah!
Siento no haberlo visto. ¿Dejó algún mensaje? -No, señor, excepto que le
escribiría desde París, si no lo encontraba en el club.
-Nada
más, Francis. No se olvide de llamarme mañana a las nueve.
-Sí,
señor.
El
criado se alejó por el corredor, arrastrando ligeramente las zapatillas.
Dorian Gray arrojó sombrero y abrigo sobre la mesa y entró en la
biblioteca. Durante un cuarto de hora estuvo paseando, mordiéndose los
labios y pensando. Luego tomó un anuario de una de las estanterías y
empezó a pasar páginas. «Alan Campbell, 152 Hertford Street, Mayfair».
Sí; era el hombre que necesitaba.
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A las
nueve de la mañana del día siguiente, el criado entró con una taza de
chocolate en una bandeja y abrió las contraventanas. Dorian dormía
apaciblemente, tumbado sobre el lado derecho, con una mano bajo la
mejilla. Parecía un adolescente agotado por el juego o el estudio. El
ayuda de cámara tuvo que tocarle dos veces en el hombro para
despertarlo, y mientras abría los ojos la sombra de una sonrisa cruzó
por sus labios, como si hubiera estado perdido en algún sueño
placentero. En realidad no había soñado en absoluto. Ninguna imagen, ni
agradable ni dolorosa, había turbado su descanso. Pero la juventud
sonríe sin motivo. Es uno de sus mayores encantos. Volviéndose, Dorian
Gray empezó a tomar a sorbos el chocolate, apoyándose en el codo. El
dulce sol de noviembre entraba a raudales en el cuarto. El cielo
resplandecía y había en el aire una tibieza reconfortante. Era casi como
una mañana de mayo.
Poco a
poco, los acontecimientos de la noche anterior penetraron en su cerebro,
avanzando a pasos furtivos con los pies manchados de sangre, hasta
recobrar su forma con terrible claridad. En su rostro apareció una mueca
de dolor al recordar todo lo que había sufrido y, por un momento, volvió
a apoderarse de él, llenándolo de una cólera glacial, el extraño
sentimiento de odio que le había obligado a matar a Basil Hallward. El
muerto seguía sin duda sentado en la silla, iluminado ahora por el sol.
¡Qué horrible imagen! Cosas tan espantosas como aquélla eran para la
oscuridad de la noche, no para la luz del día.
Sintió
que si meditaba sobre lo que le había sucedido se exponía a enfermar o a
VOLVERse loco. Había pecados cuya fascinación residía más en la memoria
que en su misma realización; extraños triunfos más gratificantes para el
orgullo que para las pasiones, y que daban a la inteligencia un
sentimiento de alegría más vivo, superior al gozo que procuran o podrían
jamás procurar a los sentidos. Pero este último no pertenecía a esa
categoría. Se trataba de algo que era necesario expulsar de la mente,
adormecerlo con opio, estrangularlo antes de que pudiera estrangularlo a
uno.
Cuando
el reloj dio la media, Dorian Gray se pasó la mano por la frente, se
levantó con decisión, y se vistió con más cuidado incluso del habitual,
prestando gran atención a la elección de la corbata y del alfiler, y
cambiando más de una vez de sortijas. También dedicó mucho tiempo al
desayuno, probando los diferentes platos, hablando con su ayuda de
cámara sobre las nuevas libreas que estaba pensando encargar para los
criados de Selby, y revisando la correspondencia. Algunas de las cartas
le hicieron sonreír. Tres le aburrieron. Una la leyó varias veces y
luego la rasgó con un ligero gesto de irritación en el rostro. «¡Qué
calamidad, los recuerdos de una mujer!», como lord Henry había dicho en
una ocasión. Después de beber la taza de café solo, se limpió
lentamente los labios con la servilleta, hizo un gesto a su cría-do para
que esperase y, dirigiéndose hacia su escritorio, se sentó y redactó dos
cartas. Guardó una en el bolsillo y tendió la otra al criado.
-Llévela al 152 de Hertford Street, Francis, y si el señor Campbell ha
salido de Londres, pida que le den su dirección.
Cuando
se quedó solo encendió un cigarrillo y empezó a hacer dibujos en un
trozo de papel: primero flores, luego detalles arquitectónicos y,
finalmente, rostros. De repente advirtió que todas las caras que
dibujaba parecían tener un extraño parecido con Basil Hallward. Frunció
el ceño y, poniéndose en pie, se acercó a una estantería y tomó un
volumen al azar. Estaba decidido a no pensar en lo que había sucedido
hasta que fuese absolutamente necesario hacerlo.
Después de tumbarse en el sofá miró el título del libro. Se trataba de
Émaux et Camées, la edición de Charpentier en papel japón, con un
grabado de Jacquemart. La encuadernación era de cuero verde limón, con
un enrejado en oro, salpicado de granadas. Se lo había regalado Adrian
Singleton. Al pasar las páginas, sus ojos se detuvieron en un poema
sobre la mano de Lacenaire, la helada mano amarillenta «du supplice
encore mal lavée», con su vello rojo y sus «doigts de faune».
Dorian Gray se miró los dedos, blancos como la cera, tuvo un
estremecimiento a su pesar, y siguió adelante, hasta que llegó a las
espléndidas estrofas dedicadas a Venecia:
Sur une gamme chromatique,
Le sein de perles ruisselant,
La Vénus de l’Adriatique
Sort de feau son corps rose et blanc.
Les dómes, sur I’azur des ondes
Suivant la phrase au pur contour,
S’enflentcomme des gorges rondes
Que souléve un soupir d’amour.
L’esquif aborde et me dépose
Jetantson amarre au pilfer,
Devant une fa~ade rose,
Sur le marbre d’un escalier.
¡Qué
versos exquisitos! Al leerlos se tenía la impresión de estar flotando
por los verdes canales de la ciudad de color rosa y gris perla, sentado
en una góndola negra con la proa de plata y unos cendales arrastrados
por la brisa. Los versos mismos le parecían las rectas estelas azul
turquesa que siguen al visitante cuando navega hacia el Lido. Los
repentinos estallidos de color le recordaban los destellos de las
palomas -la garganta de color ópalo e iris - que revolotean en torno al
esbelto campanile acolmenado, o que pasean, con tranquila
elegancia, entre los polvorientos arcos en penumbra. Recostándose, con
los ojos semicerrados, Dorian repitió una y otra vez los versos:
«Devant une fa~ade rose,
Sur le marbre d’un escalier».
Toda
Venecia estaba contenida allí. Recordó el otoño que había pasado en la
ciudad, y el maravilloso amor que le empujó a desenfrenadas y deliciosas
locuras. Había poesía por doquier. Porque Venecia, como Oxford,
conservaba el adecuado ambiente poético y, para el verdadero romántico,
el ambiente lo era todo, o casi todo. Basil pasó con él algún tiempo
durante aquella estancia, y se había entusiasmado con Tintoreto. ¡Pobre
Basil! ¡Qué muerte tan horrible la suya! Dorian Gray suspiró, abrió de
nuevo el libro de Gautier, y se esforzó por olvidar. Leyó los versos
dedicados al pequeño café de Esmirna donde los hayis pasan sus cuentas
de ámbar, y los mercaderes enturbantados fuman sus largas pipas
adornadas con borlas, al tiempo que conversan sobre temas profundos
mientras las golondrinas entran y salen haciendo rápidos quiebros; leyó
sobre el obelisco de la Place de la Concorde que llora lágrimas de
granito en su solitario exilio sin sol y anhela VOLVER al ardiente Nilo
cubierto de flores de loto, donde hay esfinges e ibis rosados y buitres
blancos de garras doradas y cocodrilos con ojillos de berilo que se
arrastran por el humeante cieno verde; y empezó a soñar con las estrofas
que, extrayendo música del mármol manchado de besos, hablan de la
curiosa estatua que Gautier compara con una voz de contralto, el
«monstre charmant» tumbado en el Louvre en la sala de los pórfidos.
Pero al cabo de algún tiempo el libro se le cayó de las manos. Le fue
dominando el nerviosismo, que culminó con un tremendo ataque de terror.
¿Qué sucedería si Alan Campbell no estaba en Inglaterra? Tendrían que
pasar días y días antes de que regresara. Quizás se negara a VOLVER.
¿Qué hacer entonces? Cada minuto contaba; era de importancia vital.
Habían sido grandes amigos en otro tiempo, cinco años atrás; casi
inseparables, a decir verdad. Luego su intimidad terminó bruscamente.
Cuando se encontraban en público, era Dorian Gray quien sonreía, nunca
Alan Campbell. Se trataba de un joven extraordinariamente inteligente,
aunque sin verdadero aprecio por las artes plásticas y que, si en algo
había llegado a captar la belleza de la poesía, se lo debía por completo
a Dorian. Su pasión intelectual dominante era la ciencia. En Cambridge
pasaba gran parte del tiempo trabajando en el laboratorio, y había
obtenido una buena calificación en el examen final de ciencias
naturales. De hecho, aún seguía dedicado al estudio de la química, y
tenía laboratorio propio, donde solía encerrarse el día entero, lo que
irritaba mucho a su madre, que tendía a confundir a los químicos con los
boticarios, y a quien ilusionaba sobre todo que consiguiese un escaño en
el Parlamento. Campbell era, por otra parte, un músico excelente, y
tocaba el violín y el piano mejor que la mayoría de los aficionados. La
música había sido, de hecho, el lazo de unión entre Dorian Gray y él: la
música y la indefinible capacidad de atracción que Dorian podía utilizar
a voluntad y que de hecho utilizaba con frecuencia sin. ser consciente
de ello. Se habían conocido en casa de lady Berkshire la noche en que
tocó allí Rubinstein, y después se los veía con frecuencia juntos en la
ópera y dondequiera que se interpretara buena música. Su intimidad había
durado dieciocho meses. Campbell estaba siempre en Selby Royal o en
Grosvenor Square. Para él, como para muchos otros, Dorian Gray
representaba el modelo de todo lo que la vida tiene de maravilloso y
fascinante.
Nadie
sabía si habían llegado a pelearse. Pero, de repente, otras personas se
dieron cuenta d | | |