LIBRO DEL MES

El retrato de Dorian Gray  

Oscar Wilde

 
LIBRO DEL MES  ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 

    

Empezó a caer una lluvia fría, y los faroles desdibujados no lanzaban ya, entre la niebla, más que un resplandor descolorido. Era el momento en que cerraban los establecimientos públicos, y hombres y mujeres todavía reunidos delante de sus puertas empezaban a desperdigarse. Del interior de algunas de las tabernas brotaban aún horribles carcajadas. En otras, los borrachos discutían y gritaban.  Casi tumbado en el coche de punto, el sombrero calado sobre la frente, Dorian Gray contemplaba con indiferencia la sórdida abyección de la gran ciudad, y de cuando en cuando se repetía las palabras que lord Henry le había dicho el día que se conocieron: «Curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos por medio del alma». Sí, ése era el secreto. Dorian Gray lo había probado con frecuencia y se disponía a VOLVER a hacerlo. Había fumaderos de opio donde se podía comprar el olvido, antros espantables donde se podía destruir el recuerdo de los antiguos pecados con el frenesí de los recién cometidos.

La luna, cerca del horizonte, parecía un cráneo amarillo. De cuando en cuando una enorme nube deforme extendía un largo brazo y la ocultaba por completo. Los faroles de gas se fueron distanciando, y las calles se hicieron más estrechas y sombrías. En una ocasión el cochero se equivocó de camino, y tuvo que VOLVER sobre sus pasos casi un kilómetro. El caballo quedaba envuelto en nubes de vapor cuando pisoteaba los charcos. Las ventanas del coche de punto se fueron cubriendo de una película de cieno semejante a franela gris.

«¡Curar el alma por medio de los sentidos y los sentidos por medio del alma!» ¡Cómo resonaban aquellas palabras en sus oídos! Su alma, desde luego, tenía una enfermedad mortal. ¿Sería verdad que los sentidos podían curarla? Se había derramado sangre inocente. ¿Cómo expiarlo? No; no había expiación posible; pero aunque el perdón fuera imposible, el olvido no lo era, y Dorian Gray estaba decidido a olvidar, a pisotear aquel recuerdo, a aplastarlo como aplastamos a la víbora que nos ha inyectado su ponzoña. Después de todo, ¿qué derecho tenía Basil a hablarle como lo había hecho? ¿Quién le había otorgado la potestad de juzgar a otros? Había dicho cosas espantosas, horribles, insoportables.  El coche de punto avanzaba laboriosamente, disminuyendo la velocidad, le parecía a Dorian Gray, con cada paso. Abrió con violencia la trampilla del techo y ordenó al cochero que acelerase la marcha. La terrible ansia del opio empezaba a devorarlo. Le ardía la garganta y sus delicadas manos se habían contagiado de un temblor nervioso. Sacando un brazo por la ventanilla golpeó ferozmente al caballo con su bastón. El cochero se echó a reír y también él utilizó su látigo. Dorian Gray respondió riendo a su vez y el otro guardó silencio.

El trayecto parecía interminable, y las calles se asemejaban a los negros hilos de una inmensa telaraña.

La monotonía se hizo insoportable y, al espesarse la niebla, Dorian Gray sintió miedo.  Luego pasaron junto a las solitarias fábricas de ladrillos. La niebla era allí menos densa, y pudo ver los extraños hornos con forma de botella y sus lenguas de fuego anaranjado que se extendían como abanicos.  Un perro ladró cuando pasaban y a lo lejos, en la oscuridad, chilló una gaviota vagabunda. El caballo tropezó en un bache del camino, dio un bandazo y empezó a galopar.  Después de algún tiempo dejaron el camino de tierra y volvieron a traquetear por calles mal pavimentadas. La mayoría de las ventanas estaba a oscuras pero, a veces, sombras fantásticas se dibujaban sobre los estores iluminados por alguna lámpara. Dorian Gray las contemplaba con curiosidad.  Se movían como marionetas monstruosas y hacían gestos de criaturas vivas. Sintió que las aborrecía.  Tenía el corazón dominado por una rabia sorda. Al torcer una esquina, una mujer les gritó algo desde una puerta abierta, y dos hombres corrieron tras el coche de punto por espacio de unos cien metros. El cochero los golpeó con el látigo.

Se dice que la pasión hace que se piense en círculos. Y, ciertamente, los labios que Dorian Gray no cesaba de morderse formaban y volvían a formar, en espantosa repetición, las sutiles palabras que se ocupaban del alma y de los sentidos, hasta encontrar en ellas la plena expresión, por así decirlo, de su estado de ánimo, y justificar así, aprobándolas intelectualmente, pasiones que sin esa justificación habrían dominado su voluntad. De célula en célula aquella idea única se apoderaba de su cerebro; y el arrebatado deseo de vivir, el más terrible de los apetitos humanos, redoblaba el vigor de cada nervio y músculo temblorosos. La fealdad que en otro tiempo le había parecido odiosa porque hacía las cosas reales, le resultaba ahora amable por esa misma razón. La fealdad era la única realidad. La trifulca vulgar, el antro repugnante, la violencia brutal de una vida desordenada, la vileza misma del ladrón y del fuera de la ley, tenían más vida, creaban una impresión de realidad más intensa que todas las elegantes formas del Arte, que las sombras soñadoras de la Canción. Eran lo que necesitaba para alcanzar el olvido.  En el espacio de tres días quedaría libre.

De repente, el cochero se detuvo con un movimiento brusco al comienzo de una callejuela en sombras.  Sobre los bajos tejados, erizados de chimeneas, se alzaban las negras arboladuras de los barcos. Espirales de niebla blanca se aferraban a las vergas como velas fantasmales.

-Está en algún sitio por estos alrededores, ¿no es cierto, señor? -preguntó el cochero con voz ronca a

través de la trampilla.

Dorian, sobresaltado, miró a su alrededor.

-Déjeme aquí -respondió y, después de apearse precipitadamente y de entregar el dinero prometido, se alejó a toda prisa en dirección al muelle. Aquí y allá una linterna brillaba en la proa de algún gigantesco barco mercante. La luz temblaba y se descomponía en los charcos. De un vapor a punto de partir que avivaba el fuego para aumentar la presión de la caldera salía un resplandor rojo. El suelo resbaladizo parecía un impermeable húmedo.

Dorian Gray apresuró el paso hacia la izquierda, volviendo la cabeza de cuando en cuando para comprobar si alguien lo seguía. Siete u ocho minutos después llegó a una casita destartalada, encajonada entre dos lúgubres fábricas. En una de las ventanas del piso superior brillaba una luz. Se detuvo ante la puerta y llamó de una manera peculiar.

Al cabo de algún tiempo oyó pasos en el corredor y luego el deslizarse de un cerrojo. La puerta se abrió sin ruido y Dorian Gray entró sin decir una sola palabra a la deforme criatura rechoncha que se aplastó contra la pared en sombra para darle paso. Al final del vestíbulo colgaba una andrajosa cortina verde, agitada y estremecida por el golpe de viento que siguió a Dorian Gray desde la calle. Apartándola, penetró en una habitación alargada y de techo bajo que daba la impresión de haber sido en otro tiempo una sala de baile de tercera categoría. Sobre las paredes ardían, sibilantes, mecheros de gas, cuya imagen, apagada y deforme, reproducían otros tantos espejos, negros de manchas de moscas. Los reflectores grasientos de estaño ondulado, colocados detrás, los convertían en temblorosos discos de luz. El suelo estaba cubierto de serrín ocre, que, a fuerza de pisarlo, se había transformado en barro, manchado, además, por oscuros redondeles de bebidas derramadas. Algunos malayos, acurrucados junto a una pequeña estufa de carbón de leña, jugaban con fichas de hueso y enseñaban unos dientes muy blancos al hablar. En un rincón, la cabeza escondida entre los brazos, un marinero se había derrumbado sobre una mesa, y junto al bar chillonamente pintado, que ocupaba uno de los laterales de la habitación, dos mujeres ojerosas se burlaban de un anciano que se sacudía las mangas de la chaqueta con expresión de repugnancia.

-Cree que le atacan hormigas rojas -rió una de ellas cuando Dorian Gray pasó a su lado.

El anciano la miró aterrorizado y empezó a gemir.

Al fondo de la habitación, una escalerita conducía a una habitación oscura. Mientras Dorian se apresuraba a ascender los tres desvencijados escalones, el denso olor del opio le asaltó. Respiró hondo y las aletas de la nariz se le estremecieron de placer. Al entrar, un joven de lisos cabellos rubios que, inclinado sobre una lámpara, encendía una larga pipa muy fina, miró en su dirección y le saludó, titubeante, con una inclinación de cabeza.

-¿Tú aquí, Adrian? -murmuró Dorian.

-¿Dónde quieres que esté? -respondió el otro apáticamente-. Todos mis amigos me han retirado el saludo. -Creía que habías dejado Inglaterra.

-Darlington no hará nada contra mí. Mi hermano acabó por pagar la deuda. George tampoco me dirige la palabra... Me tiene sin cuidado -añadió con un suspiro-. Mientras esto no falte no se necesitan amigos.  Creo que tenía demasiados.

El rostro de Dorian Gray se crispó un instante; luego contempló las grotescas figuras que yacían sobre los mugrientos colchones en extrañas posturas. Los miembros contorsionados, las bocas abiertas, las miradas perdidas y los ojos vidriosos le fascinaban. Sabía en qué extraños paraísos se dedicaban al sufrimiento y qué tristes infiernos les enseñaban el secreto de alguna nueva alegría. Eran más afortunados que él, prisionero de sus pensamientos. La memoria, como una horrible enfermedad, le devoraba el alma.  De cuando en cuando le parecía ver los ojos de Basil Hallward que lo miraban. Comprendió, sin embargo, que no podía quedarse allí. La presencia de Adrian Singleton le perturbaba. Quería estar en un lugar donde nadie supiera quién era. Quería huir de sí mismo.

-Me voy al otro sitio -dijo, después de una pausa.

-¿En el muelle?

-Sí.

-Esa gata loca estará allí con toda seguridad. Aquí ya no la admiten.

Dorian se encogió de hombros.

-Estoy harto de mujeres que me quieren. Las mujeres que odian son mucho más interesantes. Además, la mercancía es allí mejor.

-Más o menos la misma cosa.

-Yo la prefiero. Ven a beber algo. Necesito una copa.

-No quiero nada -murmuró el joven.

-Da lo mismo.

Adrian Singleton se levantó con aire cansado y siguió a Dorian Gray hasta el bar. Un mulato, con un turbante hecho jirones y un largo abrigo mugriento, les obsequió con una mueca espantosa a manera de saludo mientras colocaba ante ellos una botella de brandy y dos vasos. Las mujeres se acercaron y empezaron a parlotear. Dorian les volvió la espalda y dijo algo en voz baja a su acompañante.  Una sonrisa tan retorcida como un cris malayo se paseó por el rostro de una de las mujeres.

-¡Qué orgullosos estamos esta noche! -fueron sus burlonas palabras.

-Por el amor de Dios, no me dirijas la palabra -exclamó Dorian, golpeando el suelo con el pie-. ¿Qué es lo que quieres? ¿Dinero? Aquí lo tienes. Pero no vuelvas a dirigirme la palabra.  En los ojos de la mujer, embrutecidos por el alcohol, aparecieron por un momento dos destellos rojos, pero volvieron a apagarse enseguida, dejándolos otra vez muertos y vidriosos. Luego sacudió la cabeza y con dedos avarientos recogió las monedas del mostrador. Su compañera la contempló con envidia.

-Es inútil -suspiró Adrian Singleton-. No tengo ganas de VOLVER. ¿Qué más da? Estoy muy bien aquí.

-Me escribirás si necesitas algo, ¿de acuerdo? -dijo Dorian después de una pausa.

-Quizá.

-Buenas noches, entonces.

-Buenas noches -respondió el joven, volviendo a subir los escalones mientras se limpiaba la boca reseca con un pañuelo.

Dorian se dirigió hacia la puerta con una expresión dolorida en el rostro. Cuando apartaba la cortina verde, una risa espantosa salió de los labios pintados de la mujer que había recogido las monedas.

-¡Ahí va el protegido del diablo! -exclamó con voz ronca entre dos ataques de hipo.

-¡Maldita seas! -respondió Dorian-, ¡no me llames eso!

La mujer chasqueó los dedos.

-Príncipe azul es lo que te gusta que te llamen, ¿no es eso? -le gritó mientras salía.

El marinero adormilado se levantó de un salto al oír a la mujer, y miró con ojos enloquecidos a su alrededor. El sonido de la puerta al cerrarse llegó hasta sus oídos, y salió precipitadamente, como en persecución de alguien.

Dorian Gray avanzaba a buen paso por el muelle sin importarle la lluvia. Su encuentro con Adrian

Singleton le había emocionado extrañamente, y se preguntaba si aquel desastre era responsabilidad suya,

tal como Basil Hallward le había dicho de manera tan insultante. Se mordió los labios y por unos

instantes sus ojos se llenaron de tristeza. Aunque, después de todo, ¿a él qué más le daba? La vida es

demasiado corta para cargar con el peso de los errores ajenos. Cada persona gastaba su propia vida y

pagaba su precio por vivirla. Lo único lamentable era que por una sola falta hubiera que pagar tantas

veces. Que hubiera, efectivamente, que pagar y VOLVER a pagar y seguir pagando. En sus tratos con los seres humanos, el Destino nunca cerraba las cuentas.

Hay momentos, nos dicen los psicólogos, en los que la pasión por el pecado, o por lo que el mundo llama pecado, domina hasta tal punto nuestro ser, que todas las fibras del cuerpo, al igual que las células del cerebro, no son más que instinto con espantosos impulsos. En tales momentos hombres y mujeres dejan de ser libres. Se dirigen hacia su terrible objetivo como autómatas. Pierden la capacidad de elección, y la conciencia queda aplastada o, si vive, lo hace para llenar de fascinación la rebeldía y dar encanto a la desobediencia. Cuando aquel espíritu poderoso, aquella perversa estrella de la mañana cayó del cielo, lo hizo como rebelde.

Insensible, sin otra meta que el mal, contaminado el espíritu y el alma hambrienta de rebeldía, Dorian Gray se apresuró, acelerando el paso a medida que avanzaba. Pero en el momento en que se desviaba con el fin de penetrar por un pasaje oscuro que con frecuencia le había servido de atajo para llegar al lugar adonde se dirigía, sintió que lo sujetaban por detrás y, antes de que tuviera tiempo para defenderse, se vio arrojado contra el muro, con una mano brutal apretándole la garganta.  Luchó desesperadamente y, con un terrible esfuerzo, logró librarse de la creciente presión de los dedos.  Pero un segundo después oyó el chasquido de un revólver y vio el brillo de un cañón que le apuntaba directamente a la cabeza, así como la silueta imprecisa del individuo bajo y robusto que le hacía frente.

-¿Qué quiere? -jadeó.

-Estése quieto -dijo el otro -. Si se mueve, disparo. -Ha perdido el juicio. ¿Qué tiene contra mí?

-Usted destrozó la vida de Sibyl Vane -fue la respuesta-. Y Sibyl Vane era mi hermana. Se suicidó. Lo sé. Usted es el responsable. Juré matarlo. Llevo años buscándolo. No tenía ninguna pista ni el menor rastro. Las dos personas que podían darme una descripción suya han muerto. Sólo sabía el nombre cariñoso que Sibyl utilizaba. Hace un momento lo he oído por casualidad. Póngase a bien con Dios, porque va a morir esta noche.

Dorian Gray se sintió enfermar de miedo.

-No sé de qué me habla -tartamudeó-. Nunca he oído ese nombre. Está usted loco.

-Más le vale confesar su pecado, porque va a morir, tan cierto como que me llamo James Vane.

Durante un terrible momento, Dorian no supo qué hacer ni qué decir.

-¡De rodillas! -gruñó su agresor-. Le doy un minuto para que se arrepienta, nada más. Me embarco para la India, pero antes he de cumplir mi promesa. Un minuto. Eso es todo.  Dorian dejó caer los brazos. Paralizado por el terror, no sabía qué hacer. De repente sé le pasó por la cabeza una loca esperanza.

-Espere -exclamó-. ¿Cuánto hace que murió su hermana? ¡Deprisa, dígamelo!

-Dieciocho años -respondió el marinero-. ¿Por qué me lo pregunta? ¿Qué importancia tiene?

-Dieciocho años -rió Dorian Gray, con acento triunfal en la voz-. ¡Dieciocho años! ¡Lléveme bajo la luz y míreme la cara!

James Vane vaciló un momento, sin entender de qué se trataba. Luego sujetó a Dorian Gray para sacarlo de los soportales.

Si bien la luz, por la violencia del viento, era débil y temblorosa, le permitió de todos modos comprobar el espantoso error que, al parecer, había cometido, porque el rostro de su víctima poseía todo el frescor de la adolescencia, la pureza sin mancha de la juventud. Apenas parecía superar las veinte primaveras; la edad que tenía su hermana, si es que llegaba, cuando él se embarcó por vez primera, hacía ya tantos años. Sin duda no era aquél el hombre que había destrozado la vida de Sibyl.  James Vane aflojó la presión de la mano y dio un paso atrás.

-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Y me disponía a matarlo! Dorian Gray respiró hondamente.

-Ha estado usted a punto de cometer una terrible equivocación -dijo, mirándolo con severidad-. Que le sirva de escarmiento para no tomarse la justicia por s u mano.

-Perdóneme -murmuró el otro -. Estaba equivocado. Una palabra oída en ese maldito antro ha hecho que me confundiera.

-Será mejor que vuelva a casa y abandone esa arma. De lo contrario, tendrá problemas -dijo Dorian Gray, dándose la vuelta y alejándose lentamente calle abajo.

James Vane, horrorizado, inmóvil en mitad de la calzada, empezó a temblar de pies a cabeza. Poco después, una sombra oscura que se había ido acercando sigilosamente pegada a la pared, salió a la luz y se le acercó con pasos furtivos. El marinero sintió una mano en el brazo y se volvió a mirar sobresaltado.  Era una de las mujeres que bebían en el bar.

-¿Por qué no lo has matado? -le susurró, acercando mucho el rostro ojeroso al de James-. Me di cuenta de que lo seguías cuando saliste corriendo de casa de Daly. ¡Pobre imbécil! Tendrías que haberlo matado.  Tiene mucho dinero y es lo peor de lo peor.

-No es el hombre que busco -respondió James Vane-, y no me interesa el dinero de nadie. Quiero una vida. Quien yo busco anda cerca de los cuarenta. Ese que he dejado ir es poco más que un niño. Gracias a Dios no me he manchado las manos con su sangre.

La mujer dejó escapar una risa amarga.

-¡Poco más que un niño! -repitió con voz burlona-. Pobrecito mío, hace casi dieciocho años que el Príncipe Azul hizo de mí lo que soy.

-¡Mientes! -exclamó el marinero.

La mujer levantó los brazos al cielo.

-¡Juro ante Dios que te digo la verdad! -exclamó.

-¿Ante Dios?

-Que me quede muda si no es cierto. Es el peor de toda la canalla que viene por aquí. Dicen que vendió el alma al diablo por una cara bonita. Hace casi dieciocho años que lo conozco. No ha cambiado mucho desde entonces. Yo, en cambio, sí -añadió con una horrible mueca.

-¿Me juras que es cierto?

-Lo juro -las dos palabras salieron como un eco ronco de su boca hundida-. Pero no le digas que lo he denunciado -gimió-. Le tengo miedo. Dame algo para pagarme una cama esta noche.  James Vane se apartó de ella con una imprecación y corrió hasta la esquina de la calle, pero Dorian Gray había desaparecido. Cuando volvió la vista, tampoco encontró a la mujer.



    

Una semana después, Dorian Gray, en el invernadero de Selby Royal, hablaba con la duquesa de Monmouth, una mujer muy hermosa que, junto con su marido, sexagenario de aspecto fatigado, figuraba entre sus invitados. Era la hora del té y, sobre la mesa, la suave luz de la gran lámpara cubierta de encaje iluminaba la delicada porcelana y la plata repujada del servicio. La duquesa hacía los honores: sus manos blancas se movían armoniosamente entre las tazas, y sus encendidos labios sensuales sonreían escuchando las palabras que Dorian le susurraba al oído. Lord Henry, recostado en un sillón de mimbre cubierto con un paño de seda, los contemplaba. Sentada en un diván color melocotón, lady Narborough fingía escuchar la descripción que le hacía el duque del último escarabajo brasileño que acababa de añadir a su colección. Tres jóvenes elegantemente vestidos de esmoquin ofrecían pastas para el té a algunas de las señoras. Los invitados formaban un grupo de doce personas, y se esperaba que llegaran algunos más al día siguiente.

-¿De qué estáis hablando? -preguntó lord Henry, acercándose a la mesa y dejando la taza -. Confío en que Dorian te haya hablado de mi plan para rebautizarlo todo, Gladys. Es una idea deliciosa.

-Pero yo no quiero cambiar de nombre, Harry -replicó la duquesa, obsequiándole con una maravillosa mirada de reproche-. Me gusta mucho el que tengo, y estoy seguro de que al señor Gray también le satisface el suyo.

-Mi querida Gladys, no os cambiaría el nombre por nada del mundo a ninguno de los dos. Ambos son perfectos. Pensaba sobre todo en las flores. Ayer corté una orquídea para ponérmela en el ojal. Era una pequeña maravilla jaspeada, tan eficaz como los siete pecados capitales. En un momento de inconsciencia le pregunté a uno de los jardineros cómo se llamaba. Me dijo que era un hermoso ejemplar de Robinsoniana o algún otro espanto parecido. Es una triste verdad, pero hemos perdido la capacidad de poner nombres agradables a las cosas. Los nombres lo son todo. Nunca me quejo de las acciones, sólo de las palabras. Ése es el motivo de que aborrezca el realismo vulgar en literatura. A la persona capaz de llamar pala a una pala se la debería forzar a usarla. Es la única cosa para la que sirve.

-Y a ti, Harry, ¿cómo deberíamos llamarte? -preguntó la duquesa.

-Se llama Príncipe Paradoja -dijo Dorian.

-¡No cabe duda de que es él! -exclamó la duquesa.

-De ninguna de las maneras -rió lord Henry, dejándose caer en una silla-. ¡No hay forma de escapar a una etiqueta! Rechazo ese título.

-La realeza no debe abdicar -fue la advertencia que lanzaron unos hermosos labios.

-¿Deseas, entonces, que defienda mi trono?

-Sí.

-Ofrezco las verdades de mañana.

-Prefiero las equivocaciones de hoy -respondió ella. -Me desarmas, Gladys -exclamó lord Henry, advirtiendo lo obstinado de su actitud.

-De tu escudo, pero no de tu lanza.

-Nunca arremeto contra la belleza -dijo él, haciendo un gesto de sumisión con la mano.

-Ése es tu error, Harry, créeme. Valoras demasiado la belleza.

-¿Cómo puedes decir eso? Reconozco que, en mi opinión, es mejor ser hermoso que bueno. Pero, por otra parte, nadie está más dispuesto que yo a admitir que es mejor ser bueno que feo.

-En ese caso, ¿la fealdad es uno de los siete pecados capitales? -exclamó la duquesa-. ¿Y qué sucede con tu metáfora sobre la orquídea?

-La fealdad es una de las siete virtudes capitales, Gladys. Tú, como buena tory, no debes subestimarlas.

La cerveza, la Biblia y las siete virtudes capitales han hecho de nuestra Inglaterra lo que es.

-¿Quiere eso decir que no te gusta tu país? -preguntó la duquesa.

-Vivo en él.

-Para poder censurarlo mejor.

-¿Prefieres que acepte el veredicto de Europa? -quiso saber lord Henry.

-¿Qué dicen de nosotros?

-Que Tartufo ha emigrado a Inglaterra y ha abierto una tienda.

-¿Es eso de tu cosecha, Harry?

-Te lo regalo.

-No podría utilizarlo. Es demasiado cierto.

-No tienes por qué asustarte. Nuestros compatriotas nunca reconocen una descripción.

-Son gente práctica.

-Son más astutos que prácticos. A la hora de la contabilidad, compensan estupidez con riqueza y vicio con hipocresía.

-Hemos hecho grandes cosas, de todos modos.

-Grandes cosas se nos han venido encima, Gladys.

-Hemos cargado con su peso.

-Sólo hasta el edificio de la Bolsa.

La duquesa movió la cabeza.

-Creo en la raza -exclamó.

-La raza representa el triunfo de los arribistas.

-Eso significa progreso.

-La decadencia me fascina más.

-¿Y dónde dejas el arte? -preguntó ella.

-Es una enfermedad.

-¿El amor?

-Una ilusión.

-¿La religión?

-El sucedáneo elegante de la fe.

-Eres un escéptico.

-¡Jamás! El escepticismo es el comienzo de la fe.

-¿Qué eres entonces?

-Definir es limitar.

-Dame una pista.

-Los hilos se rompen. Te perderías en el laberinto.

-Me desconciertas. Hablemos de otras personas.

-Nuestro anfitrión es un tema inmejorable. Hace años le pusieron el nombre de Príncipe Azul.

-¡Ah! No me lo recuerdes -exclamó Dorian Gray.

-Nuestro anfitrión no está hoy demasiado amable -respondió la duquesa, ruborizándose-. En mi opinión, cree que Monmouth se casó conmigo por razones puramente científicas, por ser el mejor ejemplar disponible de la mariposa moderna.

-Espero que no la retenga clavándole alfileres, duquesa -rió Dorian.

-Eso ya lo hace mi doncella, señor Gray, cuando está enfadada conmigo.

-Y, ¿qué motivos tiene para enfadarse con usted, duquesa?

-Las cosas más triviales, señor Gray, se lo aseguro. De ordinario me presento a las nueve menos diez y le digo que debo estar vestida para las ocho y media.

-¡Qué poco razonable por su parte! Debería usted despedirla.

-No me atrevo, señor Gray. Inventa sombreros para mí, sin ir más lejos. ¿Recuerda el que me puse para la fiesta al aire libre de lady Hilstone? Claro que no, pero es usted muy amable fingiendo lo contrario.  Bien: me lo hizo ella de nada. Todos los buenos sombreros están hechos de nada.

-Como todas las buenas reputaciones, Gladys -le interrumpió lord Henry-. Cada efecto que uno produce le crea un enemigo. Para conseguir la popularidad hay que ser mediocre.

-No en el caso de las mujeres -dijo la duquesa agitando la cabeza -; y las mujeres gobiernan el mundo.

Te aseguro que no soportan a los mediocres. Nosotras las mujeres, como dice alguien, amamos con los oídos, igual que vosotros, los hombres, amáis con los ojos, si es que amáis alguna vez.

-Yo diría que apenas hacemos otra cosa -murmuró Dorian.

-En ese caso, señor Gray, usted nunca ama de verdad -dijo la duquesa con fingida tristeza.

-¡Mi querida Gladys! -exclamó lord Henry -. ¿Cómo puedes decir eso? El sentimiento romántico se alimenta de la repetición, y la repetición convierte un apetito en arte. Además, cada vez que se ama es la única vez que se ha amado nunca. La diversidad del objeto no altera la unicidad de la pasión. Tan sólo la intensifica. En el mejor de los casos, sólo podemos tener una experiencia en la vida, y el secreto es reproducirla con la mayor frecuencia posible.

-¿Incluso cuando se ha quedado herido por ella, Harry? -preguntó la duquesa después de una pausa. - Sobre todo cuando uno ha quedado herido -respondió lord Henry.  La duquesa se volvió a mirar a Dorian Gray con una curiosa expresión en los ojos.

-¿Qué dice usted a eso, señor Gray? -quiso saber. Dorian vaciló un momento. Luego echó la cabeza hacia atrás y rió.

-Siempre estoy de acuerdo con Harry, duquesa. -¿Incluso cuando se equivoca?

-Harry nunca se equivoca, duquesa.

-Y, ¿le hace feliz su filosofía?

-La felicidad no ha sido nunca mi objetivo. ¿Quién quiere felicidad? Siempre he buscado el placer.

-¿Y lo ha encontrado, señor Gray?

-Con frecuencia. Con demasiada frecuencia.

La duquesa suspiró.

-Mi objetivo es la paz -dijo-. Y si no me marcho y me visto no tendré ninguna esta noche.

-Permítame traerle unas orquídeas, duquesa -exclamó Dorian, poniéndose en pie y alejándose hacia el fondo del invernadero.

-Coqueteas desaforadamente con él -le dijo lord Henry a su prima -. Te aconsejo prudencia. Es una criatura fascinante.

-Si no lo fuera, no habría lucha.

-¿Se trata entonces de un griego contra otro?

-Yo estoy de parte de los troyanos. Lucharon por una mujer.

-Fueron derrotados.

-Hay cosas peores que ser capturado -respondió ella.

-Te lanzas al galope y sueltas las riendas.

-La velocidad es vida -fue su respuesta.

-Lo anotaré esta noche en mi diario.

-¿Qué anotarás?

-Que a un niño con quemaduras le gusta el fuego.

-Ni siquiera me he chamuscado. Tengo las alas intactas.

-Las usas para todo menos para volar.

-El valor ha pasado de los hombres a las mujeres. Es una nueva experiencia para nosotras.

-Tienes una rival. -¿Quién?

Su primo se echó a reír.

-Lady Narborough-susurró-. Lo adora.

-Me llenas de aprensión. Las románticas no podemos competir con el atractivo de la Antigüedad.

-¡Románticas! Empleáis todos los métodos de la ciencia.

-Los hombres nos han educado.

-Pero no os han explicado.

-Describe alas mujeres -fue su desafío.

-Esfinges sin secretos.

Lo miró, sonriendo.

-¡Cuánto tarda el señor Gray! -dijo-. Vayamos a ayudarle. No le he dicho el color de mi vestido.

-¡Ah! tendrás que elegir el vestido de acuerdo con sus flores, Gladys.

-Eso sería una rendición prematura.

-El arte romántico empieza en el momento culminante.

-He de reservarme una posibilidad de retirada.

-¿A la manera de los partos?

-Encontraron la salvación en el desierto. Eso no está a mi alcance.

-A las mujeres no siempre se les permite escoger -respondió lord Henry.

Pero apenas terminada la frase, del extremo más alejado del invernadero llegó un gemido ahogado, seguido del ruido sordo de una caída. Todo el mundo se sobresaltó. La duquesa permaneció inmóvil, horrorizada. Y lord Henry, el miedo en los ojos, corrió entre palmeras agitadas hasta encontrar a Dorian Gray tumbado boca abajo sobre el suelo enlosado, víctima de un desvanecimiento semejante a la muerte.  Se le transportó al instante al salón azul, colocándolo sobre uno de los sofás. Poco después recobró el conocimiento y miró a su alrededor con aire desconcertado.

-¿Qué ha sucedido? -preguntó-. ¡Ah! Ya recuerdo. ¿Estoy a salvo aquí, Harry? -y empezó a temblar.

-Mi querido Dorian -respondió lord Henry-, no has hecho más que desmayarte. Eso ha sido todo.

Debes de haberte fatigado más de la cuenta. Será mejor que no bajes a cenar. Yo haré tus veces.

-No; bajaré -dijo, poniéndose en pie con algún esfuerzo-. Prefiero hacerlo. No debo quedarme solo.

Fue a su habitación para vestirse. Cuando se sentó a la mesa, había en su actitud una extraña alegría temeraria, aunque, de cuando en cuando, le recorría un estremecimiento al recordar que, aplastado, como un pañuelo blanco, contra el cristal del invernadero, había visto el rostro de James Vane que lo vigilaba.



Al día siguiente Dorian Gray no salió de la casa y, de hecho, pasó la mayor parte del tiempo en su habitación, presa de un loco miedo a morir y, sin embargo, indiferente a la vida. El convencimiento de ser perseguido, de que se le tendían trampas, de estar acorralado, empezaba a dominarlo. Si el viento agitaba ligeramente los tapices, se echaba a temblar. Las  Páginas secas arrojadas contra las vidrieras le parecían la imagen de sus resoluciones abandonadas y de sus vanos remordimientos. Cuando cerraba los ojos, veía de nuevo el rostro del marinero mirando a través del cristal empañado por la niebla, y creía sentir una vez más cómo el horror le oprimía el corazón.

Aunque quizás sólo su imaginación hubiera hecho surgir la venganza de la noche, colocando ante sus ojos las formas horribles del castigo. La vida real era caótica, pero la imaginación seguía una lógica terrible. La imaginación enviaba al remordimiento tras las huellas del pecado. La imaginación hacía que cada delito concibiera su monstruosa progenie. En el universo ordinario de los hechos no se castigaba a los malvados ni se recompensaba a los buenos. El éxito correspondía a los fuertes y el fracaso recaía sobre los débiles. Eso era todo. Además, si algún desconocido hubiera merodeado por los alrededores de la casa, los criados o los guardas lo hubieran visto. Si se hubieran encontrado huellas en los arriates, los jardineros habrían informado de ello. Sin duda se trataba sólo de su imaginación. El hermano de Sibyl Vane no había venido hasta Selby Royal para matarlo. Se había hecho a la mar en su barco para irse finalmente a pique en algún mar invernal. De él, al menos, nada tenía que temer. Aquel pobre desgraciado ni siquiera sabía quién era, no podía saber quién era. La máscara de la juventud lo había salvado.

Pero si sólo había sido una ilusión, ¡qué terrible pensar que la conciencia pudiera engendrar fantasmas tan temerosos, dándoles forma visible, haciendo que se movieran como seres reales! ¿Qué clase de vida sería la suya si, de día y de noche, sombras de su crimen le observaban desde rincones silenciosos, se burlaban de él desde lugares secretos, le susurraban al oído en medio de un banquete, lo despertaban con dedos helados mientras dormía? Al presentársele aquella idea en el cerebro, palideció de terror y tuvo la impresión de que el aire se había enfriado de repente. ¡En qué espantosa hora de locura había asesinado a su amigo! ¡Qué atroz el simple recuerdo de la escena! Volvía a verlo todo. Cada odioso detalle se le aparecía con renovado horror. De la negra caverna del tiempo, terrible y envuelva en escarlata, se alzaba la imagen de su pecado. Cuando lord Henry se presentó a las seis en punto, lo encontró llorando como alguien a quien está a punto de rompérsele el corazón.

Tan sólo al tercer día se aventuró a salir. Había algo en el aire límpido de aquella mañana de invierno, en la que flotaba el aroma de los pinos, que pareció deVOLVERle la alegría y el ansia de vivir. Pero no sólo las condiciones exteriores habían provocado el cambio. Su propia naturaleza se rebelaba contra el exceso de angustia que había tratado de alterar, de mutilar, su serenidad perfecta. Siempre es así con temperamentos sutiles y delicados. Sus pasiones ardientes hieren o ceden. Matan o mueren. Los sufrimientos y los amores superficiales viven largamente. A los grandes amores y sufrimientos los destruye su propia plenitud. Dorian Gray estaba convencido además de haber sido víctima de una imaginación aterrorizada, y veía ya los temores de ayer con un poco de compasión y una buena dosis de desprecio.

Después del desayuno paseó con la duquesa por el jardín durante una hora, y luego atravesó el parque en coche para reunirse con la partida de caza. La escarcha matinal recubría la hierba como un manto de sal. El cielo era una copa invertida de metal azul. Una delgada capa de hielo bordeaba el lago inmóvil donde crecían los juncos.

En el límite del pinar reconoció a sir Geoffrey Clouston, el hermano de la duquesa, que expulsaba dos cartuchos vacíos de su escopeta de caza. Apeándose del vehículo, después de decirle al palafrenero que regresara con la yegua, se abrió camino hacia su invitado entre los helechos secos y la espesa maleza.

-¿Buena caza, Geoffrey? -preguntó.

-No demasiado buena, Dorian. Me pare ce que la mayoría de las aves han salido ya a cielo abierto.

Espero que tengamos más suerte después del almuerzo, cuando iniciemos otra batida.  Dorian caminó a su lado. El aire intensamente aromático, los resplandores marrones y rojos que aparecían momentáneamente en el pinar, los gritos roncos de los ojeadores que resonaban de cuando en cuando y el ruido seco de las detonaciones que los seguían eran para él motivo de fascinación, y lo llenaban de un delicioso sentimiento de libertad. Le dominaba la despreocupación de la felicidad, la suprema indiferencia de la alegría.

De repente, de una espesa mata de hierbas amarillentas, a unos veinte metros de donde ellos se encontraban, erguidas las orejas de puntas negras, avanzando a saltos sobre sus largas patas traseras, salió una liebre, que se dirigió de inmediato hacia un grupo de alisos. Sir Geoffrey se llevó la escopeta al hombro, pero algo en los ágiles movimientos del animal cautivó extrañamente a Dorian Gray, quien gritó de inmediato:

-¡No dispares, Geoffrey! Déjala vivir.

-¡Qué absurdo, Dorian! -rió Clouston, disparando cuando la liebre entraba de un salto en la espesura.

Se, oyeron dos gritos: el de la liebre herida de muerte, que es terrible, y el de un ser humano agonizante, que es todavía peor.

-¡Cielo santo! ¡He alcanzado a un ojeador! -exclamó sir Geoffrey-. ¡Qué estupidez ponerse delante de las escopetas! ¡Dejen de disparar! -gritó con todas sus fuerzas-. Hay un herido.  El guarda mayor llegó corriendo con un bastón en la mano.

-¿Dónde, señor? ¿Dónde está? -gritó. Al mismo tiempo cesó el fuego en toda la línea.

-Ahí -respondió muy irritado sir Geoffrey, acercándose al bosquecillo-. ¿Por qué demonios no controla a sus hombres? Me han echado a perder toda una jornada de caza.  Dorian los contempló mientras penetraban en el alisal, apartando las delgadas ramas flexibles. Al verlos reaparecer a los pocos momentos, arrastrando un cuerpo sin vida que llevaron hasta el sol, se dio la vuelta horrorizado. Le pareció que las desgracias lo seguían dondequiera que iba. Oyó preguntar a sir Geoffrey si aquel hombre estaba realmente muerto, y la respuesta afirmativa del guarda mayor. Tuvo de pronto la impresión de que el bosque se había llenado de rostros. Oía los pasos de miles de pies y un murmullo confuso de voces. Un gran faisán de pecho cobrizo pasó aleteando entre las ramas más altas.  Después de unos momentos que fueron para él, dada la agitación de su espíritu, como interminables horas de dolor, sintió que una mano se posaba en su hombro. Sobresaltado, volvió la vista.

-Dorian -dijo lord Henry -. Será mejor decirles que por hoy se ha terminado la caza. No parecería bien seguir adelante.

-Me gustaría detenerla para siempre, Harry -respondió amargamente-. Todo es horrible y cruel.

¿Está...?

No pudo terminar la frase.

-Mucho me temo -replicó lord Henry -. La descarga le alcanzó de lleno en el pecho. Debe de haber muerto de manera casi instantánea. Ven; volvamos a casa.

Echaron a andar, uno al lado del otro, en dirección al paseo, y recorrieron casi cincuenta metros sin hablar. Luego Dorian miró a lord Henry y dijo, con un hondo suspiro:

-Es un mal presagio, Harry; un pésimo presagio.

-¿A qué te refieres? -preguntó lord Henry-. Ah, hablas del accidente, imagino. Pero, ¿quién podía preverlo? La culpa ha sido suya. ¿Qué hacía por delante de la línea de fuego? En cualquier caso no es asunto nuestro. Molesto para Geoffrey, sin duda. No está bien visto agujerear ojeadores. Hace pensar a la gente que uno no sabe dónde tira. Y Geoffrey lo sabe perfectamente; donde pone el ojo pone la bala.  Pero no sirve de nada hablar de este asunto.

Dorian hizo un gesto negativo con la cabeza.

-Es un mal presagio, Harry. Siento como si algo horrible nos fuese a suceder a alguno de nosotros. A mí, tal vez -añadió, pasándose las manos por los ojos, con un gesto de dolor.  Su amigo de más edad se echó a reír.

-Lo único horrible en el mundo es el ennui, Dorian. Ése es el único pecado que no tiene perdón. Pero no es probable que lo padezcamos, a no ser que nuestros amigos sigan hablando durante la cena de lo sucedido. He de decirles que es un tema tabú. En cuanto a presagios, no existe nada semejante. El destino no nos envía heraldos. Es demasiado prudente o demasiado cruel para eso. Además, ¿qué demonios podría sucederte? Tienes todo lo que un hombre puede desear. Cualquiera se cambiaría por ti.

-No hay nadie con quien yo no estaría dispuesto a cambiarme, Harry. No te rías así. Te estoy diciendo la verdad. Ese pobre campesino que acaba de morir es más afortunado que yo. No le tengo miedo a la muerte. Es su forma de llegar lo que me aterroriza. Sus alas monstruosas parecen girar en el aire plomizo a mi alrededor. ¡Dios del cielo! ¿No has visto a un hombre moviéndose detrás de aquellos árboles, un individuo que me vigila, que me está esperando?

Lord Henry miró en la dirección que señalaba la temblorosa mano enguantada.

-Sí -dijo sonriendo-; veo un jardinero que te espera. Imagino que desea preguntarte qué flores quieres esta noche en la mesa. ¡Qué increíblemente nervioso estás, mi querido amigo! Has de ir a ver a mi médico cuando vuelvas a Londres.

Dorian dejó escapar un suspiro de alivio al ver acercarse al jardinero, quien, llevándose la mano al sombrero, miró un momento a lord Henry, como dubitativo, y luego sacó una carta, que entregó a su amo.

-Su gracia me ha dicho que esperase la respuesta -murmuró.

Dorian se guardó la carta en el bolsillo.

-Dígale a su gracia que llegaré enseguida -respondió con frialdad. El mensajero se dio la vuelta, regresando rápidamente hacia la casa.

-¡Cuánto les gusta a las mujeres hacer cosas peligrosas! -rió lord Henry -. Es una de las cualidades que más admiro en ellas. Una mujer puede coquetear con cualquiera con tal de que haya otras personas mirando.

-¡Cuánto te gusta decir cosas peligrosas, Harry! En este caso te equivocas por completo. Me gusta mucho la duquesa, pero no estoy enamorado de ella.

-Y la duquesa te quiere más de lo que le gustas, de manera que estáis perfectamente emparejados.

-¡Eso es difamación, Harry, y nunca hay motivo alguno para la difamación!

-El fundamento de toda difamación es una certeza inmoral -dijo lord Henry encendiendo un cigarrillo.

-Sacrificarías a cualquiera por un epigrama.

-El mundo camina hacia el ara por decisión propia -fue la respuesta.

-Me gustaría ser capaz de amar -exclamó Dorian Gray con una nota de profundo patetismo en la voz-.

Pero se diría que he perdido la pasión y olvidado el deseo. Estoy demasiado centrado en mí mismo. Mi personalidad se ha convertido en una carga. Quiero escapar, alejarme, olvidar. Ha sido una tontería VOLVER aquí. Creo que voy a telegrafiar a Harvey para que prepare el yate. En el yate estaré a salvo.

-¿A salvo de qué, Dorian? Tienes algún problema. ¿Por qué no me dices de qué se trata? Sabes que te ayudaría. -No te lo puedo decir, Harry-respondió con tristeza-. Y supongo que sólo se trata de mi imaginación. Ese desgraciado accidente me ha trastornado. Tengo un horrible presentimiento de que algo parecido puede sucederme a mí.

-¡Qué absurdo!

-Espero que tengas razón, pero así es como lo siento. ¡Ah! Ahí está la duquesa, que parece Artemisa en traje sastre. Ya ve que estamos de regreso, duquesa.

-Me han informado de todo, señor Gray -respondió ella-. El pobre Geoffrey está terriblemente afectado. Y al parecer usted le había pedido que no disparase contra la liebre. ¡Qué curioso!

-Sí; muy curioso. No sé qué fue lo que me empujó a decirlo. Un impulso repentino, supongo. Me pareció una bestiecilla encantadora. Siento que le hayan hablado del ojeador. Es una cosa lamentable.

-Es un tema molesto -intervino lord Henry -. Carece de valor psicológico. En cambio, si Geoffrey lo hubiera hecho aposta, ¡qué interesante sería! Me gustaría conocer a un verdadero asesino.

-¡Qué desagradable eres, Harry! -exclamó la duquesa-. ¿No le parece, señor Gray? Harry, el señor Gray vuelve a no encontrarse bien. Me parece que se va a desmayar. Dorian hizo un esfuerzo para reponerse y sonrió.

-No es nada, duquesa -murmuró-; tan sólo que estoy muy nervioso. Nada más que eso. Me temo que he caminado demasiado esta mañana. No he oído lo que ha dicho Harry. ¿Algo muy inconveniente? Me lo tendrá que contar en otra ocasión. Creo que voy a ir a tumbarme un rato. Me disculpará usted, ¿no es cierto?

Habían llegado ya a la gran escalera que llevaba desde el invernadero hasta la terraza. Mientras la puerta de cristal se cerraba detrás de Dorian, lord Henry se volvió y miró a su prima con ojos lánguidos.

-¿Estás muy enamorada de él? -preguntó.

La duquesa tardó algún tiempo en contestar, contemplando, inmóvil, el paisaje.

-Me gustaría saberlo -dijo, finalmente.

Lord Henry movió la cabeza.

-Saberlo sería fatal. Es la incertidumbre lo que nos atrae. Un poco de niebla mejora mucho las cosas.

-Se puede perder el camino.

-Todos los caminos llevan al mismo sitio, mi querida Gladys.

-¿Que es...?

-La desilusión.

-Fue mi debut en la vida -suspiró la duquesa.

-Pero llegó con la corona ducal.

-Estoy harta de  Páginas de fresa.

-Te sientan bien.

-Sólo en público.

-Las echarías de menos -dijo lord Henry.

-No renunciaría ni a un pétalo.

-Monmouth tiene oídos.

-Los ancianos son duros de oído.

-¿No ha tenido nunca celos?

-Ojalá los hubiera tenido.

Lord Henry miró a su alrededor como si buscara algo.

-¿Qué estás buscando? -preguntó ella.

-El botón de tu florete -respondió él-. Se te acaba de caer.

La duquesa se echó a reír.

-Todavía me queda la máscara.

-Hace que tus ojos parezcan todavía más hermosos -fue su respuesta.

Su prima volvió a reír. Sus dientes brillaron como simientes blancas en un fruto escarlata.  En el piso alto, Dorian Gray estaba tumbado en un sofá de su cuarto, sintiendo vibrar de terror todas las fibras de su cuerpo. De repente la vida se había convertido en un peso insoportable. La horrible muerte del desdichado ojeador, derribado entre la maleza como un animal salvaje, le había parecido una prefiguración de su propia muerte. Casi se había desmayado al oír la broma cínica que lord Henry había lanzado al azar.

A las cinco llamó a su criado y le ordenó que le preparase una maleta para regresar a Londres en el expreso de la noche, y que la berlina estuviera delante de la puerta a las ocho y media. Había decidido no dormir una noche más en Selby Royal. Era un lugar de malos augurios. La muerte se paseaba por allí a la luz del día. La hierba del bosque se había manchado de sangre.  Luego escribió una nota para lord Henry, diciéndole que regresaba a Londres para consultar a su médico, y pidiéndole que distrajera a sus huéspedes durante su ausencia. Cuando la estaba metiendo en el sobre, oyó llamar a la puerta, y su ayuda de cámara le informó de que el guarda mayor quería verlo.  Dorian Gray frunció el ceño y se mordió los labios. -Dígale que pase -murmuró, después de una breve vacilación.

Tan pronto como entró su visitante, Dorian sacó de un cajón el talonario de cheques y lo abrió.

-Imagino, Thornton, que viene para hablarme del desafortunado accidente de esta mañana -dijo, empuñando la pluma.

-Así es, señor -respondió el guardabosque.

-¿Estaba casado ese pobre infeliz? ¿Tenía personas a su cargo? -preguntó Dorian, con aire aburrido-. Si es así, no quisiera que pasaran necesidades, y estoy dispuesto a enviarles la cantidad que usted considere necesaria.

-No sabemos quién es, señor. Eso es lo que me he tomado la libertad de venir a decirle.

-¿No saben quién es? -preguntó Dorian distraídamente-. ¿Qué quiere decir? ¿No era uno de sus hombres?

-No, señor. No lo había visto nunca. Parece un marinero, señor.

A Dorian Gray se le cayó la pluma de la mano, y tuvo la sensación de que el corazón dejaba de latirle.

-¿Un marinero? -exclamó-. ¿Ha dicho un marinero? -Sí, señor. Parece como si hubiera sido marinero o algo parecido; tatuajes en los dos brazos y otras cosas por el estilo.

-¿Llevaba algo encima? -preguntó Dorian, inclinándose hacia adelante y mirando al guardabosque con ojos llenos de sobresalto-. ¿Algo que nos permita saber su nombre?

-Algo de dinero, señor, no mucho, y un revólver de seis tiros. Nada que lo identifique. Aspecto de persona decente, sin ser un caballero. Algo así como un marinero, creemos nosotros.  Dorian se puso en pie. Una imposible esperanza le rozó con su ala y se agarró a ella con frenesí.

-¿Dónde está el cadáver? -exclamó-. ¡Deprisa! He de verlo cuanto antes.

-En un establo vacío de la granja, señor. Nadie quiere tener una cosa así en su casa. Dicen que un cadáver trae mala suerte.

-¡La granja! Vaya inmediatamente allí y espéreme. Diga a uno de los mozos de cuadra que me traiga el caballo. No. No se preocupe. Iré yo al establo. Ahorraremos tiempo.  En menos de un cuarto de hora Dorian Gray galopaba por la gran avenida. Los árboles parecían desfilar a ambos lados como un cortejo de fantasmas, y sombras extrañas se arrojaban furiosamente en su camino. En una ocasión la yegua hizo un extraño ante un poste blanco y estuvo a punto de derribarlo.  Dorian le golpeó el cuello con la fusta. El animal se adentró en la oscuridad como una flecha. Sus cascos hacían volar los guijarros.

Finalmente llegó a la granja y encontró a dos hombres ociosos en el patio. Dorian saltó de la silla y le arrojó a uno de ellos las riendas. En el establo más distante parpadeaba una luz. Algo le dijo que allí se hallaba el cadáver. Corrió hacia la puerta y puso la mano en el picaporte.  Luego se detuvo un momento, sintiendo que estaba a punto de hacer un descubrimiento que haría renacer su vida o la destruiría. A continuación abrió la puerta de golpe y entró.  Sobre un montón de sacos vacíos, y en el rincón más alejado de la puerta, yacía el cadáver de un hombre vestido con una camisa de tela basta y unos pantalones azules. Sobre el rostro le habían colocado un pañuelo de lunares. Una vela de mala calidad, hundida en el cuello de una botella, chisporroteaba a su lado.

Dorian Gray se estremeció. Sintió que no podía ser su mano la que retirase el pañuelo, y pidió a uno de los gañanes que se acercara.

-Quítenle eso que tiene sobre la cara. Quiero verlo -dijo, agarrándose a la jamba de la puerta para no caer.

Cuando el gañán hizo lo que le pedían, Dorian Gray se adelantó. De sus labios escapó un grito de alegría. El hombre muerto entre la maleza era James Vane.

Permaneció allí unos minutos contemplando el cadáver. Luego regresó a la casa principal con los ojos llenos de lágrimas, sabiendo que estaba, a salvo.



   

-No me digas que vas a ser bueno -exclamó lord Henry, sumergiendo los dedos en un cuenco de cobre rojo lleno de agua de rosas-. Eres absolutamente perfecto. Haz el favor de no cambiar.  Dorian Gray movió la cabeza.

-No, Harry, no. He hecho demasiadas cosas horribles en mi vida. No voy a hacer ninguna más. Ayer empecé con las buenas acciones.

-¿Dónde estuviste ayer?

-En el campo, Harry. Solo, en una humilde posada. -Mi querido muchacho -dijo lord Henry sonriendo-, cualquiera puede ser bueno en el campo, donde no existen tentaciones. Ése es el motivo de que las personas que no habitan en ciudades vivan todavía en estado de barbarie. La civilización no es algo que se consiga fácilmente. Sólo hay dos maneras. O se es culto o se está corrompido. La gente del campo carece de ocasiones para ambas cosas, de manera que sólo conocen el estancamiento. -Cultura y corrupción -repitió Dorian-. Sé algo acerca de esas dos cosas. Ahora me parece terrible que vayan alguna vez unidas. Porque tengo un nuevo ideal, Harry. Voy a cambiar. Creo que ya he cambiado.

-No me has contado cuál ha sido tu buena acción de ayer. ¿O fue más de una? -preguntó su interlocutor, mientras vertía sobre su plato una pequeña pirámide carmesí de fresas maduras, blanqueándolas luego con azúcar mediante una cuchara perforada en forma de concha.

-Te lo puedo contar a ti, Harry, aunque a nadie más. Renuncié a perjudicar a una persona. Parece pretencioso, pero ya entiendes lo que quiero decir. Era muy hermosa, y extraordinariamente parecida a Sibyl Vane. Creo que fue eso lo primero que me atrajo de ella. Te acuerdas de Sibyl, ¿no es cierto?  ¡Cuánto tiempo parece que ha pasado! Hetty, por supuesto, no es una persona de nuestra posición, tan sólo una chica de pueblo. Pero me había enamorado. Estoy completamente seguro de que la quería.  Durante todo este mes de mayo tan maravilloso que hemos disfrutado iba a verla dos o tres veces por semana. Ayer se reunió conmigo en un huerto. Las flores de los manzanos le caían sobre el pelo y se reía mucho. Íbamos a escaparnos juntos hoy por la mañana al amanecer. De repente decidí que no cambiara por mi culpa.

-Imagino que la novedad de ese sentimiento te habrá proporcionado un estremecimiento de auténtico placer -le interrumpió lord Henry -. Pero estoy en condiciones de contarte el final de tu idilio. Le diste buenos consejos y le rompiste el corazón. Ése ha sido el comienzo de tu enmienda.

-¡Qué desagradable eres, Harry! No debes decir cosas tan espantosas. A Hetty no se le ha roto el corazón. Lloró, por supuesto, y todo lo demás. Pero no ha perdido la honra. Puede vivir, como Perdita, en su jardín de menta y caléndulas.

-Y llorar por la infidelidad de Florisel -dijo lord Henry, riendo, mientras se inclinaba hacia atrás en la silla-. Mi querido Dorian, tienes curiosas ideas de adolescente. ¿De verdad crees que esa muchacha se contentará ahora con alguien de su posición? Imagino que algún día la casarán con un carretero mal hablado o con un labrador chistoso. Y el hecho de haberte conocido, y de haberte amado, le permitirá despreciar a su marido, lo que la hará perfectamente desgraciada. Desde el punto de vista de la moral, no puedo decir que tu gran renuncia me impresione demasiado. Incluso como modesto principio es muy poquita cosa. Además, ¿quién te dice que en este momento Hetty no flota en algún estanque iluminado por las estrellas y rodeada de lirios, como Ofelia?

-¡Eres insoportable, Harry! Te burlas de todo y acto seguido imaginas las tragedias más espantosas.

Siento habértelo contado. Me tiene sin cuidado lo que digas. Sé que he actuado bien. ¡Pobre Hetty!  Cuando pasé a caballo esta mañana por delante de su granja, vi su rostro en la ventana, como un ramillete de jazmines. Vamos a no hablar más de ello, y no trates de convencerme de que mi primera buena acción en muchos años, el primer intento de autosacrificio de toda mi vida es en realidad otro pecado más.  Quiero ser mejor. Voy a ser mejor. Cuéntame algo sobre ti. ¿Qué está pasando en Londres? Hace días que no voy por el club.

-La gente sigue hablando de la desaparición del pobre Basil.

-Yo pensaba que ya se habrían cansado después de tanto tiempo -exclamó Dorian, sirviéndose un poco más de vino y frunciendo ligeramente el ceño.

-Mi querido muchacho, sólo llevan seis semanas hablando de ello, y el público británico necesita tres meses para soportar la tensión mental que requiere un cambio de tema. De todos modos, ha tenido bastante suerte en estos últimos tiempos. Primero fue el caso de mi divorcio y el suicidio de Alan Campbell. Ahora se les ofrece la misteriosa desaparición de un artista. Scotland Yard sigue insistiendo en que la persona con un abrigo gris que el nueve de noviembre tomó el tren de medianoche camino de Francia era el pobre Basil, y la policía gala afirma que Hallward nunca llegó a París. Supongo que dentro de un par de semanas se nos dirá que lo han visto en San Francisco. Es una cosa extraña, pero de todas las personas que desaparecen acaba diciéndose que las han visto en San Francisco. Debe de ser una ciudad encantadora, y posee todos los atractivos del mundo venidero.

-¿Qué crees tú que le ha sucedido a Basil? -preguntó Dorian, colocando la copa de borgoña a contraluz, y preguntándose cómo era posible que hablara de aquel asunto con tanta calma.

-No tengo ni la más remota idea. Si Basil decide esconderse no es asunto mío. Si ha muerto, no quiero pensar en él. La muerte es la única cosa que de verdad me aterra. La aborrezco.

-¿Por qué? -p