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Bayardo San Román, el hombre que devolvió a la esposa, había venido por
primera vez en agosto del año anterior: seis meses antes de la boda.
Llegó en el buque semanal con unas alforjas guarnecidas de plata que
hacían juego con las hebillas de la correa y las argollas de los
botines. Andaba por los treinta años, pero muy bien escondidos, pues
tenía una cintura angosta de novillero, los ojos dorados, y la piel
cocinada a fuego lento por el salitre. Llegó con una chaqueta corta y un
pantalón muy estrecho, ambos de becerro natural, y unos guantes de
cabritilla del mismo color. Magdalena Oliver había venido con él en el
buque y no pudo quitarle la vista de encima durante el viaje. «Parecía
marica -me dijo-. Y era una lástima, porque estaba como para
embadurnarlo de mantequilla y comérselo vivo.» No fue la única que lo
pensó, ni tampoco la última en darse cuenta de que Bayardo San Román no
era un hombre de conocer a primera vista. Mi madre me escribió al
colegio a fines de agosto y me decía en una nota casual: «Ha venido un
hombre muy raro». En la carta siguiente me decía: «El hombre raro se
llama Bayardo San Román, y todo el inundo dice que es encantador, pero
yo no lo he visto». Nadie supo nunca a qué vino. A alguien que no
resistió la tentación de preguntárselo, un poco antes de la boda, le
contestó: «Andaba de pueblo en pueblo buscando con quien casarme». Podía
haber sido verdad, pero lo mismo hubiera contestado cualquier otra cosa,
pues tenía una manera de hablar que más bien le servía para ocultar que
para decir.
La
noche en que llegó dio a entender en el cine que era ingeniero de
trenes, y habló de la urgencia de construir un ferrocarril hasta el
interior para anticiparnos a las veleidades del río. Al día siguiente
tuvo que mandar un telegrama, y él mismo lo transmitió con el
manipulador, y además le enseñó al telegrafista una fórmula suya para
seguir usando las pilas agotadas. Con la misma propiedad había hablado
de enfermedades fronterizas con un médico militar que pasó por aquellos
meses haciendo la leva. Le gustaban las fiestas ruidosas y largas, pero
era de buen beber, separador de pleitos y enemigo de juegos de manos. Un
domingo después de misa desafió a los nadadores más diestros, que eran
muchos, y dejó rezagados a los mejores con veinte brazadas de ida y
vuelta a través del río. Mi madre me lo contó en una carta, y al final
me hizo un comentario muy suyo: «Parece que también está nadando en
oro». Esto respondía a la leyenda prematura de que Bayardo San Román no
sólo era capaz de hacer todo, y de hacerlo muy bien, sino que además
disponía de recursos interminables. Mi madre le dio la bendición final
en una carta de octubre. «La gente lo quiere mucho -me decía-, porque es
honrado y de buen corazón, y el domingo pasado comulgó de rodillas y
ayudó a la misa en latín.» En ese tiempo no estaba permitido comulgar de
pie y sólo se oficiaba en latín, pero mi madre suele hacer esa clase de
precisiones superfluas cuando quiere llegar al fondo de las cosas. Sin
embargo, después de ese veredicto consagratorio me escribió dos cartas
más en las que nada me decía sobre Bayardo San Román, ni siquiera cuando
fue demasiado sabido que quería casarse con Ángela Vicario. Sólo mucho
después de la boda desgraciada me confesó que lo había conocido cuando
ya era muy tarde para corregir la carta de octubre, y que sus ojos de
oro le habían causado un estremecimiento de espanto.
-Se
me pareció al diablo -me dijo-, pero tú mismo me habías dicho que esas
cosas no se deben decir por escrito.
Lo
conocí poco después que ella, cuando vine a las vacaciones de Navidad, y
no lo encontré tan raro como decían. Me pareció atractivo, en efecto,
pero muy lejos de la visión idílica de Magdalena Oliver. Me pareció más
serio de lo que hacían creer sus travesuras, y de una tensión recóndita
apenas disimulada por sus gracias excesivas. Pero sobre todo, me
pareció un hombre muy triste. Ya para entonces había formalizado su
compromiso de amores con Ángela Vicario.
Nunca se estableció muy bien cómo se conocieron. La propietaria de la
pensión de hombres solos donde vivía Bayardo San Román, contaba que éste
estaba haciendo la siesta en un mecedor de la sala, a fines de
setiembre, cuando Ángela Vicario y su madre, atravesaron la plaza con
dos canastas de flores artificiales. Bayardo San Román despertó a
medias, vio las dos mujeres vestidas de negro inclemente que parecían
los únicos seres vivos en el marasmo de las dos de la tarde, y preguntó
quién era la joven. La propietaria le contestó que era la hija menor de
la mujer que la acompañaba, y que se llamaba Ángela Vicario. Bayardo San
Román las siguió con la mirada hasta el otro extremo de la plaza.
-Tiene el nombre bien puesto -dijo.
Luego recostó la cabeza en el espaldar del mecedor, y volvió a cerrar
los ojos.
-Cuando despierte -dijo-, recuérdame que me voy a casar con ella.
Ángela Vicario me contó que la propietaria de la pensión le había
hablado de este episodio desde antes de que Bayardo San Román la
requiriera en amores. «Me asusté mucho», me dijo. Tres personas que
estaban en la pensión confirmaron que el episodio había ocurrido, pero
otras cuatro no lo creyeron cierto. En cambio, todas las versiones
coincidían en que Ángela Vicario y Bayardo San Román se habían visto por
primera vez en las fiestas patrias de octubre, durante una verbena de
caridad en la que ella estuvo encargada de cantar las rifas. Bayardo San
Román llegó a la verbena y fue derecho al mostrador atendido por la
rifera lánguida cerrada de luto hasta la empuñadura, y le preguntó
cuánto costaba la ortofónica con incrustaciones de nácar que había de
ser el atractivo mayor de la feria. Ella le contestó que no estaba para
la venta sino para rifar.
-Mejor -dijo él-, así será más fácil, y además, más barata.
Ella me confesó que había logrado impresionarla, pero por razones
contrarias del amor. «Yo detestaba a los hombres altaneros, y nunca
había visto uno con tantas ínfulas -me dijo, evocando aquel día-.
Además, pensé que era un polaco.» Su contrariedad fue mayor cuando cantó
la rifa de la ortofónica, en medio de la ansiedad de todos, y en efecto
se la ganó Bayardo San Román. No podía imaginarse que él, sólo por
impresionarla, había comprado todo los números de la rifa.
Esa
noche, cuando volvió a su casa, Ángela Vicario encontró allí la
ortofónica envuelta en papel de regalo y adornada con un lazo de
organza. «Nunca pude saber cómo supo que era mi cumpleaños», me dijo. Le
costó trabajo convencer a sus padres de que no le había dado ningún
motivo a Bayardo San Román para que le mandara semejante regalo, y menos
de una manera tan visible que no pasó inadvertido para nadie. De modo
que sus hermanos mayores, Pedro y Pablo, llevaron la ortofónica al hotel
para devolvérsela a su dueño, y lo hicieron con tanto revuelo que no
hubo nadie que la viera venir y no la viera regresar. Con lo único que
no contó la familia fue con los encantos irresistibles de Bayardo San
Román. Los gemelos no reaparecieron hasta el amanecer del día siguiente,
turbios de la borrachera, llevando otra vez la ortofónica y llevando
además a Bayardo San Román para seguir la parranda en la casa.
Ángela Vicario era la hija menor de una familia de recursos escasos. Su
padre, Poncio Vicario, era orfebre de pobres, y la vista se le acabó de
tanto hacer primores de oro para mantener el honor de la casa. Purísima
del Carmen, su madre, había sido maestra de escuela hasta que se casó
para siempre. Su aspecto manso y un tanto afligido disimulaba muy bien
el rigor de su carácter. «Parecía una monja», recuerda Mercedes. Se
consagró con tal espíritu de sacrificio a la atención del esposo y a la
crianza de los hijos, que a uno se le olvidaba a veces que seguía
existiendo. Las dos hijas mayores se habían .casado muy tarde. Además de
los gemelos, tuvieron una hija intermedia que había muerto de fiebres
crepusculares, y dos años después seguían guardándole un luto aliviado
dentro de la casa, pero riguroso en la calle. Los hermanos fueron
criados para ser hombres. Ellas habían sido educadas para casarse.
Sabían bordar con bastidor, coser a máquina, tejer encaje de bolillo,
lavar y planchar, hacer flores artificiales y dulces de fantasía, y
redactar esquelas de compromiso. A diferencia de las muchachas de la
época, que habían descuidado el culto de la muerte, las cuatro eran
maestras en la ciencia antigua de velar a los enfermos, confortar a los
moribundos y amortajar a los muertos. Lo único que mi madre les
reprochaba era la costumbre de peinarse antes de dormir. «Muchachas
-les decía-: no se peinen de noche que se retrasan los navegantes.»
Salvo por eso, pensaba que no había hijas mejor educadas. «Son perfectas
-le oía decir con frecuencia-. Cualquier hombre será feliz con ellas,
porque han sido criadas para sufrir.» Sin embargo, a los que se casaron
con las dos mayores les fue difícil romper el cerco, porque siempre iban
juntas a todas partes, y organizaban bailes de mujeres solas y estaban
predispuestas a encontrar segundas intenciones en los designios de los
hombres.
Ángela Vicario era la más bella de las cuatro, y mi madre decía que
había nacido como las grandes reinas de la historia con el cordón
umbilical enrollado en el cuello. Pero tenía un aire desamparado y una
pobreza de espíritu que le auguraban un porvenir incierto. Yo volvía a
verla año tras año, durante mis vacaciones de Navidad, y cada vez
parecía más desvalida en la ventana de su casa, donde se sentaba por la
tarde a hacer flores de trapo y a cantar valses de solteras con sus
vecinas. «Ya está de colgar en un alambre -me decía Santiago Nasar-: tu
prima la boba.» De pronto, poco antes del luto de la hermana, la
encontré en la calle por primera vez, vestida de mujer y con el cabello
rizado, y apenas si pude creer que fuera la misma. Pero fue una visión
momentánea: su penuria de espíritu se agravaba con los años. Tanto, que
cuando se supo que Bayardo San Román quería casarse con ella, muchos
pensaron que era una perfidia de forastero. La familia no sólo lo tomó
en serió, sino con un grande alborozo. Salvo Pura Vicario, quien puso
como condición que Bayardo San Román acreditara su identidad. Hasta
entonces nadie sabía quién era. Su pasado no iba más allá de la tarde en
que desembarcó con su atuendo de artista, y era tan reservado sobre su
origen que hasta el engendro más demente podía ser cierto. Se llegó a
decir que había arrasado pueblos y sembrado el terror en Casanare como
comandante de tropa, que era prófugo de Cayena, que lo habían visto en
Pernambuco tratando de medrar con una pareja de osos amaestrados, y que
había rescatado los restos de un galeón español cargado de oro en el
canal de los Vientos. Bayardo San Román le puso término a tantas
conjeturas con un recurso simple: trajo a su familia en pleno.
Eran cuatro: el padre, la madre y dos hermanas perturbadoras. Llegaron
en un Ford T con placas oficiales cuya bocina de pato alborotó las
calles a las once de la mañana. La madre, Alberta Simonds, una mulata
grande de Curazao que hablaba el castellano todavía atravesado de
papiamento, había sido proclamada en su juventud como la más bella entre
las 200 más bellas de las Antillas. Las hermanas, acabadas de florecer,
parecían dos potrancas sin sosiego. Pero la carta grande era el padre:
el general Petronio San Román, héroe de las guerras civiles del siglo
anterior, y una de las glorias mayores del .régimen conservador por
haber puesto en fuga al coronel Aureliano Buendía en el desastre de
Tucurinca. Mi madre fue la única que no fue a saludarlo cuando supo
quién era. «Me parecía muy bien que se casaran -me dijo-. Pero una cosa
era eso, y otra muy distinta era darle la mano a un hombre que ordenó
dispararle por ,la espalda a Gerineldo Márquez.» Desde que asomó por la
ventana del automóvil saludando con el sombrero blanco, todos lo
reconocieron por la fama de sus retratos. Llevaba un traje de lienzo
color de trigo, botines de cordobán con los cordones cruzados, y unos
espejuelos de oro prendidos con pinzas en la cruz de la nariz y
sostenidos con una leontina en el ojal del chaleco. Llevaba la medalla
del valor en la solapa y un bastón con el escudo nacional esculpido en
el pomo. Fue el primero que se bajó del automóvil, cubierto por completo
por el polvo ardiente de nuestros malos caminos, y no tuvo más que
aparecer en el pescante para que todo el mundo se diera cuenta de que
Bayardo San Román se iba a casar con quien quisiera.
Era
Ángela Vicario quien no quería casarse con él. «Me parecía demasiado
hombre para mí», me dijo. Además, Bayardo San Román no había intentado
siquiera seducirla a ella, sino que hechizó a la familia con sus
encantos. Ángela Vicario no olvidó nunca el horror de la noche en que
sus padres y sus hermanas mayores con sus maridos, reunidos en la sala
de la casa, le impusieron la obligación de casarse con un hombre que
apenas había visto. Los gemelos se mantuvieron al margen. «Nos pareció
que eran vainas de mujeres», me dijo Pablo Vicario. El argumento
decisivo de los padres fue que una familia dignifica da por la modestia
no tenía derecho a despreciar aquel premio del destino. Angela Vicario
se atrevió apenas a insinuar el inconveniente de la falta de amor, pero
su madre lo demolió con una sola frase:
-También el amor se aprende.
A
diferencia de los noviazgos de la época, que eran largos y vigilados, el
de ellos fue de sólo cuatro meses por las urgencias de Bayardo San
Román. No fue más corto porque Pura Vicario exigió esperar a que
terminara el luto de la familia. Pero el tiempo alcanzó sin angustias
por la manera irresistible con que Bayardo San Román arreglaba las
cosas. «Una noche me preguntó cuál era la casa que más me gustaba -me
contó Ángela Vicario-. Y yo le contesté, sin saber para qué era, que la
más bonita del pueblo era la quinta del viudo de Xius.» Yo hubiera dicho
lo mismo. Estaba en una colina barrida por los vientos, y desde la
terraza se veía el paraíso sin limite de las ciénagas cubiertas de
anémonas moradas, y en los días claros del verano se alcanzaba a ver el
horizonte nítido del Caribe, y los trasatlánticos de turistas de
Cartagena de Indias. Bayardo San Román fue esa misma noche al Club
Social y se sentó a la mesa del viudo de Xius a jugar una partida de
dominó.
-Viudo -le dijo-: le compro su casa.
-No
está a la venta -dijo el viudo.
-Se
la compro con todo lo que tiene dentro.
El
viudo de Xius le explicó con una buena educación a la antigua que los
objetos de la casa habían sido comprados por la esposa en toda una vida
de sacrificios, y que para él seguían siendo como parte de ella.
«Hablaba con el alma en la mano -me dijo el doctor Dionisio Iguarán, que
estaba jugando con ellos-. Yo estaba seguro que prefería morirse antes
que vender una casa donde había sido feliz durante más de treinta años.»
También Bayardo San Román comprendió sus razones.
-De
acuerdo -dijo-. Entonces véndame la casa vacía.
Pero el viudo se defendió hasta el final de la partida. Al cabo de tres
noches, ya mejor preparado, Bayardo San Román ,Volvió a la mesa de
dominó.
-Viudo -empezó de nuevo-: ¿Cuánto cuesta la casa?
-No
tiene precio.
-Diga uno cualquiera.
-Lo
siento, Bayardo -dijo el viudo-, pero ustedes los jóvenes no entienden
los motivos del corazón. Bayardo San Román no hizo una pausa para
pensar.
-Digamos cinco mil pesos -dijo.
Juega limpio -le replicó el viudo con la dignidad alerta-. Esa casa no
vale tanto.
-Diez mil -dijo Bayardo San Román-. Ahora mismo, y con un billete encima
del otro.
El
viudo lo miró con los ojos llenos de lágrimas. «Lloraba de rabia -me
dijo el doctor Dionisio Iguarán, que además de médico era hombre de
letras-. Imagínate: semejante cantidad al alcance de la mano, y tener
que decir que no por una simple flaqueza del espíritu.» Al viudo de Xius
no le salió la voz, pero negó sin vacilación con la cabeza.
-Entonces hágame un último favor -dijo Bayardo San Román-. Espéreme aquí
cinco minutos.
Cinco minutos después, en efecto, volvió al Club Social con las alforjas
enchapadas de plata, y puso sobre la mesa diez gavillas de billetes de a
mil todavía con las bandas impresas del Banco del Estado. El viudo de
Xius murió dos años después. «Se murió de eso -decía el doctor Dionisio
Iguarán-. Estaba más sano que nosotros, pero cuando uno lo auscultaba se
le sentían borboritar las lágrimas dentro del corazón.» Pues no sólo
había vendido la casa con todo lo que tenía dentro, sino que le pidió a
Bayardo San Román que le fuera pagando poco a poco porque no le quedaba
ni un baúl de consolación para guardar tanto dinero.
Nadie hubiera pensado, ni lo dijo nadie, que Ángela Vicario no fuera
virgen. No se le había conocido ningún novio anterior y había crecido
junto con sus hermanas bajo el rigor de una madre de hierro. Aun cuando
le faltaban menos de dos meses para casarse, Pura Vicario no permitió
que fuera sola con Bayardo San Román a conocer la casa en que iban a
vivir, sino que ella y el padre ciego la acompañaron para custodiarle la
honra. « Lo único que le rogaba a Dios es que me diera valor para
matarme -me dijo Ángela Vicario-. Pero no me lo dio.» Tan aturdida
estaba que había resuelto contarle la verdad a su madre para librarse de
aquel martirio, cuando sus dos únicas confidentes, que la ayudaban a
hacer flores de trapo junto a la ventana, la disuadieron de su buena
intención. «Les obedecí a ciegas -me dijo- porque me habían hecho creer
que eran expertas en chanchullos de hombres.» Le aseguraron que casi
todas las mujeres perdían la virginidad en accidentes de la infancia. Le
insistieron en que aun los maridos más difíciles se resignaban a
cualquier cosa siempre que nadie lo supiera. La convencieron, en fin, de
que la mayoría de los hombres llegaban tan asustados a la noche de
bodas, que eran incapaces de hacer nada sin la ayuda de la mujer, y a la
hora de la verdad no podían responder de sus propios actos. «Lo único
que creen es lo que vean en la sábana», le dijeron. De modo que le
enseñaron artimañas de comadronas para fingir sus prendas perdidas, y
para que pudiera exhibir en su primera mañana de recién casada, abierta
al sol en el patio de su casa, la sábana de hilo con la mancha del
honor. Se casó con esa ilusión. Bayardo San Román, por su parte, debió
casarse con la ilusión de comprar la felicidad con el peso descomunal de
su poder y su fortuna, pues cuanto más aumentaban los planes de la
fiesta, más ideas de delirio se le ocurrían para hacerla más grande.
Trató de retrasar la boda por un día cuando se anunció la visita del
obispo, para que éste los casara, pero Ángela Vicario se opuso. «La
verdad -me dijo- es que yo no quería ser bendecida por un hombre que
sólo cortaba las crestas para la sopa y botaba en la basura el resto del
gallo.» Sin embargo, aun sin la bendición del obispo, la fiesta adquirió
una fuerza propia tan difícil de amaestrar, que al mismo Bayardo San
Román se le salió de las manos y terminó por ser un acontecimiento
público. El general Petronio San Román y su familia vinieron esta vez
en el buque de ceremonias del Congreso Nacional, que permaneció atracado
en el muelle hasta el término de la fiesta, y con ellos vinieron muchas
gentes ilustres que sin embargo pasaron inadvertidas en el tumulto de
caras nuevas. Trajeron tantos regalos, que fue preciso restaurar el
local olvidado de la primera planta eléctrica para exhibir los más
admirables, y el resto los llevaron de una vez a la antigua casa del
viudo de Mus que ya estaba dispuesta para recibir a los recién casados.
Al novio le regalaron un automóvil convertible con su nombre grabado en
letras góticas bajo el escudo de la fábrica. A la novia le regalaron un
estuche de cubiertos de oro puro para veinticuatro invitados. Trajeron
además un espectáculo de bailarines, y dos orquestas de valses que
desentonaron con las bandas locales, y con las muchas papayeras y grupos
de acordeones que venían alborotados por la bulla de la parranda. La
familia Vicario vivía en una casa modesta, con paredes de ladrillos y
un, techo de palma rematado por dos buhardas donde se metían a empollar
las golondrinas en enero. Tenía en el frente una terraza ocupada casi
por completo con macetas de flores, y un patio grande con gallinas
sueltas y árboles frutales. En el fondo del patio, los gemelos tenían un
criadero de cerdos, con su piedra de sacrificios y su mesa de destazar,
que fue una buena fuente de recursos domésticos desde que a Poncio
Vicario se le acabó la vista. El negocio lo había empezado Pedro
Vicario, pero cuando éste se fue al servicio militar, su hermano gemelo
aprendió también el oficio de matarife. El interior de la casa
alcanzaba apenas para vivir. Por eso las hermanas mayores trataron de
pedir una casa prestada cuando se dieron cuenta del tamaño de la
fiesta. «Imagínate -me dijo Ángela Vicario-: habían pensado en la casa
de Plácida Linero, pero por fortuna mis padres se emperraron con el tema
de siempre de que nuestras hijas se casan en nuestro chiquero, o no se
casan.» Así que pintaron la casa de su color amarillo original,
enderezaron las puertas y compusieron los pisos, y la dejaron tan digna
como fue posible para una boda de tanto estruendo. Los gemelos se
llevaron los cerdos para otra parte y sanearon la porqueriza con cal
viva, pero aun así se vio que iba a faltar espacio. Al final, por
diligencias de Bayardo San. Román, tumbaron las cercas del patio,
pidieron prestadas para bailar las casas contiguas, y pusieron mesones
de carpinteros para sentarse a comer bajo la fronda de los tamarindos.
El
único sobresalto imprevisto lo causó el novio en la mañana de la boda,
pues llegó a buscar a Ángela Vicario con dos horas de retraso, y ella se
había negado a vestirse de novia mientras no lo viera en la casa.
«Imagínate -me dijo-: hasta me hubiera alegrado de que no llegara, pero
nunca que me dejara vestida.» Su cautela pareció natural, porque no
había un percance público más vergonzoso para una mujer que quedarse
plantada con el vestido de novia. En cambio, el hecho de que Ángela
Vicario se atreviera a ponerse el velo y los azahares sin ser virgen,
había de ser interpretado después como una profanación de los símbolos
de la pureza. Mi madre fue la única que apreció como un acto de valor el
que hubiera jugado sus cartas marcadas hasta las últimas consecuencias.
«En aquel tiempo -me explicó-, Dios entendía esas cosas.» Por el
contrario, nadie ha sabido todavía con qué cartas jugó Bayardo San
Román. Desde que apareció por fin de levita y chistera, hasta que se
fugó del baile con la criatura de sus tormentos, fue la imagen perfecta
del novio feliz.
Tampoco se supo nunca con qué cartas jugó Santiago Nasar. Yo estuve con
él todo el tiempo, en la iglesia y en la fiesta, junto con Cristo Bedoya
y mi hermano Luis Enrique, y ninguno de nosotros vislumbró el menor
cambio en su modo de ser. He tenido que repetir esto muchas veces, pues
los cuatro habíamos crecido juntos en la escuela y luego en la misma
pandilla de vacaciones, y nadie podía creer que tuviéramos un secreto
sin compartir, y menos un secreto tan grande.
Santiago Nasar era un hombre de fiestas, y su gozo mayor lo tuvo la
víspera de su muerte, calculando los costos de la boda. En la iglesia
estimó que habían puesto adornos florales por un valor igual al de
catorce entierros de primera clase. Esa precisión había de perseguirme
durante muchos años, pues Santiago Nasar me había dicho a menudo que el
olor de las flores encerradas tenía para él una relación inmediata con
la muerte, y aquel día me lo repitió al entrar en el templo. «No quiero
flores en mi entierro», me dijo, sin pensar que yo había de ocuparme al
día siguiente de que no las hubiera. En el trayecto de la iglesia a la
casa de los Vicario sacó la cuenta de las guirnaldas de colores con que
adornaron las calles, calculó el precio de la música y los cohetes, y
hasta de la granizada de arroz crudo con que nos recibieron en la
fiesta. En el sopor del medio día los recién casados hicieron la ronda
del patio. Bayardo San Román se había hecho muy amigo nuestro, amigo de
tragos, como se decía entonces, y parecía muy a gusto en nuestra mesa.
Ángela Vicario, sin el velo y la corona y con el vestido de raso
ensopado de sudor, había asumido de pronto su cara de mujer casada.
Santiago Nasar calculaba, y se lo dijo a Bayardo San Román, que la boda
iba costando hasta ese momento unos nueve mil pesos. Fue evidente que
ella lo entendió como una impertinencia. « Mi madre me había enseñado
que nunca se debe hablar de plata delante de la otra gente», me dijo.
Bayardo San Román, en cambio, lo recibió de muy buen talante y hasta con
una cierta jactancia.
-Casi -dijo-, pero apenas estamos empezando. Al final será más o menos
el doble.
Santiago Nasar se propuso comprobarlo hasta el último céntimo, y la vida
le alcanzó justo. En efecto, con los datos finales que Cristo Bedoya le
dio al día siguiente en el puerto, 45 minutos antes de morir, comprobó
que el pronóstico de Bayardo San Román había sido exacto.
Yo
conservaba un recuerdo muy confuso de la fiesta antes de que hubiera
decidido rescatarla a pedazos de la memoria ajena. Durante años se
siguió hablando en mi casa de que mi padre había vuelto a tocar el
violín de su juventud en honor de los recién casados, que mi hermana la
monja bailó un merengue con su hábito de tornera, y que el doctor
Dionisio Iguarán, que era primo hermano de mi madre, consiguió que se lo
llevaran en el buque oficial para no estar aquí al día siguiente cuando
viniera el obispo. En el curso de las indagaciones para esta crónica
recobré numerosas vivencias marginales, y entre ellas el recuerdo de
gracia de las hermanas de Bayardo San Román, cuyos vestidos de
terciopelo con grandes alas de mariposas, prendidas con pinzas de oro en
la espalda, llamaron más la atención que el penacho de plumas y la
coraza de medallas de guerra de su padre. Muchos sabían que en la
inconsciencia de la parranda le propuse a Mercedes Barcha que se casara
conmigo, cuando apenas había terminado la escuela primaria, tal como
ella misma me lo recordó cuando nos casamos catorce años después. La
imagen más intensa que siempre conservé de aquel domingo indeseable fue
la del viejo Poncio Vicario sentado solo en un taburete en el centro del
patio. Lo habían puesto ahí pensando quizás que era el sitio de honor, y
los invitados tropezaban con él, lo confundían con otro, lo cambiaban de
lugar para que no estorbara, y él movía la cabeza nevada hacia todos
lados con una expresión errática de ciego demasiado reciente,
contestando preguntas que no eran para él y respondiendo saludos fugaces
que nadie le hacía, feliz en su cerco de olvido, con la camisa
acartonada de engrudo y el bastón de guayacán que le habían comprado
para la fiesta.
El
acto formal terminó a las seis de la tarde cuando se despidieron los
invitados de honor. El buque se fue con las luces encendidas y dejando
un reguero de valses de pianola, y por un instante quedamos a la deriva
sobre un abismo de incertidumbre, hasta que volvimos a reconocernos unos
a otros y nos hundimos en el manglar de la parranda. Los recién casados
aparecieron poco después en el automóvil descubierto, abriéndose paso a
duras penas en el tumulto. Bayardo San Román reventó cohetes, tomó
aguardiente de las botellas que le tendía la muchedumbre, y se bajó del
coche con Ángela Vicario para meterse en la rueda de la cumbiamba. Por
último ordenó que siguiéramos bailando por cuenta suya hasta donde nos
alcanzara la vida, y se llevó a la esposa aterrorizada para la casa de
sus sueños donde el viudo de Xius había sido feliz. La parranda pública
se dispersó en fragmentos hacia la media noche, y sólo quedó abierto el
negocio de Clotilde Armenta a un costado de la plaza. Santiago Nasar y
yo, con mi hermano Luis Enrique y Cristo Bedoya, nos fuimos para la casa
de misericordias de María Alejandrina Cervantes. Por allí pasaron entre
muchos otros los hermanos Vicario, y estuvieron bebiendo con nosotros y
cantando con Santiago Nasar cinco horas antes de matarlo. Debían quedar
aún algunos rescoldos desperdigados de la fiesta original, pues de todos
lados nos llegaban ráfagas de música. y pleitos remotos, y nos siguieron
llegando, cada vez más tristes, hasta muy poco antes de que bramara el
buque del obispo.
Pura Vicario le contó a mi madre que se había acostado a las once de la
noche después de que las hijas mayores la ayudaron a poner un poco de
orden en los estragos de la boda. Como a las diez, cuando todavía
quedaban algunos borrachos cantando en el patio, Ángela Vicario había
mandado a pedir una maletita de cosas personales que estaba en el ropero
de su dormitorio, y ella quiso mandarle también una maleta con ropa de
diario, pero el recadero estaba de prisa. Se había dormido a fondo
cuando tocaron a la puerta. «Fueron tres toques muy despacio -le contó a
mi madre-, pero tenían esa cosa rara de las malas noticias.» Le contó
que había abierto la puerta sin encender la luz para no despertar a
nadie, y vio a Bayardo San Román en el resplandor del farol público, con
la camisa de seda sin abotonar y los pantalones de fantasía sostenidos
con tirantes elásticos. «Tenía ese color verde de los sueños», le dijo
Pura Vicario a mi madre. Ángela Vicario estaba en la sombra, de modo que
sólo la vio cuando Bayardo San Román la agarró por el brazo y la puso en
la luz. Llevaba el traje de raso en piltrafas y estaba envuelta con una
toalla hasta la cintura. Pura Vicario creyó que se habían desbarrancado
con el automóvil y estaban muertos en el fondo del precipicio. Ave
María Purísima -dijo aterrada-. Contesten si todavía son de este mundo.
Bayardo San Román no entró, sino que empujó con suavidad a su esposa
hacia el interior de la casa, sin decir una palabra. Después besó a Pura
Vicario en la mejilla y le habló con una voz de muy hondo desaliento
pero con mucha ternura.
-Gracias por todo, madre -le dijo-. Usted es una santa.
Sólo Pura Vicario supo lo que hizo en las dos horas siguientes, y se fue
a la muerte con su secreto. «Lo único que recuerdo es que me sostenía
por el pelo con una mano y me golpeaba con la otra con tanta rabia que
pensé que me iba a matar», me contó Ángela Vicario. Pero hasta eso lo
hizo con tanto sigilo, que su marido y sus hijas mayores, dormidos en
los otros cuartos, no se enteraron de nada hasta el amanecer cuando ya
estaba consumado el desastre.
Los
gemelos volvieron a la casa un poco antes de las tres, llamados de
urgencia por su madre. Encontraron á Ángela Vicario tumbada bocabajo en
un sofá del comedor y con la cara macerada a golpes, pero había
terminado de llorar. «Ya no estaba asustada -me dijo-. Al contrario:
sentía como si por fin me hubiera quitado de encima la conduerma de la
muerte, y lo único que quería era que todo terminara rápido para tirarme
a dormir.» Pedro Vicario, el más resuelto de los hermanos, la levantó en
vilo por la cintura y la sentó en la mesa del comedor.
-Anda, niña -le dijo temblando de rabia-: dinos quién fue.
Ella se demoró apenas el tiempo necesario para decir el nombre. Lo buscó
en las tinieblas, lo encontró a primera vista entre los tantos y tantos
nombres confundibles de este mundo y del otro, y lo dejó clavado en la
pared con su dardo certero, como a una mariposa sin albedrío cuya
sentencia estaba escrita desde siempre.
-Santiago Nasar -dijo.
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