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El
abogado sustentó la tesis del homicidio en legítima defensa del honor,
que fue admitida por el tribunal de conciencia, y los gemelos declararon
al final del juicio que hubieran vuelto a hacerlo mil veces por los
mismos motivos. Fueron ellos quienes vislumbraron el recurso de la
defensa desde que se rindieron ante su iglesia pocos minutos después del
crimen. Irrumpieron jadeando en la Casa Cural, perseguidos de cerca por
un grupo de árabes enardecidos, y pusieron los cuchillos con el acero
limpio en la mesa del padre Amador. Ambos estaban exhaustos por el
trabajo bárbaro de la muerte, y tenían la ropa y los brazos empapados y
la cara embadurnada de sudor y de sangre todavía viva, pero él párroco
recordaba la rendición como un acto de una gran dignidad.
-Lo
matamos a conciencia -dijo Pedro Vicario-, pero somos inocentes.
-Tal
vez ante Dios -dijo el padre Amador.
-Ante
Dios y ante los hombres -dijo Pablo Vicario-. Fue un asunto de honor.
Más
aún: en la reconstrucción de los hechos fingieron un encarnizamiento
mucho más inclemente que el de la realidad, hasta el extremo de que fue
necesario reparar con fondos públicos la puerta principal de la casa de
Plácida Linero, que quedó desportillada a punta de cuchillo. En el
panóptico de Riohacha, donde estuvieron tres años en espera del juicio
porque no tenían con que pagar la fianza para la libertad condicional,
los reclusos más antiguos los recordaban por su buen carácter y su
espíritu social, pero nunca advirtieron en ellos ningún indicio de
arrepentimiento. Sin embargo, la realidad parecía ser que los hermanos
Vicario no hicieron nada de lo que convenía para matar a Santiago Nasar
de inmediato y sin espectáculo público, sino que hicieron mucho más de
lo que era imaginable para que alguien les impidiera matarlo, y no lo
consiguieron. Según me dijeron años después, habían empezado por
buscarlo en la casa de María Alejandrina Cervantes, donde estuvieron con
él hasta las dos. Este dato, como muchos otros, no fue registrado en el
sumario. En realidad, Santiago Nasar ya no estaba ahí a la hora en que
los gemelos dicen que fueron a buscarlo, pues habíamos salido a hacer
una ronda de serenatas, pero en todo caso no era cierto que hubieran
ido. «Jamás habrían vuelto a salir de aquí», me dijo María Alejandrina
Cervantes, y conociéndola tan bien, nunca lo puse en duda. En cambio, lo
fueron a esperar en la casa de Clotilde Armenta, por donde sabían que
iba a pasar medio mundo menos Santiago Nasar. «Era el único lugar
abierto», declararon al instructor. «Tarde o temprano tenía que salir
por ahí», me dijeron a mí, después de que fueron absueltos. Sin embargo,
cualquiera sabía que la puerta principal de la casa de Plácida Linero
permanecía trancada por dentro, inclusive durante el día, y que Santiago
Nasar llevaba siempre consigo las llaves de la entrada posterior. Por
allí entró de regreso a su casa, en efecto, cuando hacía más de una hora
que los gemelos Vicario lo esperaban por el otro lado, y si después
salió por la puerta de la plaza cuando iba a recibir al obispo fue por
una. razón tan imprevista que el mismo instructor del sumario no acabó
de entenderla.
Nunca
hubo una muerte más anunciada. Después de que la hermana les reveló el
nombre, los gemelos Vicario pasaron por el depósito de la pocilga, donde
guardaban los útiles de sacrificio, y escogieron los dos cuchillos
mejores: uno de descuartizar, de diez pulgadas de largo por dos y media
de ancho, y otro de limpiar, de siete pulgadas de largo por una y media
de ancho. Los envolvieron en un trapo, y se fueron a afilarlos en el
mercado de carnes, donde apenas empezaban a abrir algunos expendios. Los
primeros clientes eran escasos, pero veintidós personas declararon haber
oído cuanto dijeron, y todas coincidían en la impresión de que lo habían
dicho con el único propósito de que los oyeran. Faustino Santos, un
carnicero amigo, los vio entrar a las 3.20 cuando acababa de abrir su
mesa de vísceras, y no entendió por qué llegaban el lunes y tan
temprano, y todavía con los vestidos de paño oscuro de la boda. Estaba
acostumbrado a verlos los viernes, pero un poco más tarde, y con los
delantales de cuero que se ponían para la matanza. «Pensé que estaban
tan borrachos -me dijo Faustino Santos-, que no sólo se habían
equivocado de hora sino también de fecha.» Les recordó que era lunes.
-Quién
no lo sabe, pendejo -le contestó de buen modo Pablo Vicario-. Sólo
venimos a afilar los cuchillos.
Los
afilaron en la piedra giratoria, y como lo hacían siempre: Pedro
sosteniendo los dos cuchillos y alternándolos en la piedra, y Pablo
dándole vuelta a la manivela. Al mismo tiempo hablaban del esplendor de
la boda con los otros carniceros. Algunos se quejaron de no haber
recibido su ración de pastel, a pesar de ser compañeros de oficio, y
ellos les prometieron que las harían mandar más tarde. Al final,
hicieron cantar los cuchillos en la piedra, y Pablo puso el suyo junto a
la lámpara para que destellara el acero:
-Vamos
a matar a Santiago Nasar -dijo.
Tenían
tan bien fundada su reputación de gente buena, que nadie les hizo caso.
«Pensamos que eran vainas de borrachos», declararon varios carniceros,
lo mismo que Victoria Guzmán y tantos otros que los vieron después. Yo
había de preguntarles alguna vez a los carniceros si el oficio de
matarife no revelaba un alma predispuesta para matar un ser humano.
Protestaron: «Cuando uno sacrifica una res no se atreve a mirarle los
ojos». Uno de ellos me dijo que no podía comer la carne del animal que
degollaba. Otro me dijo que no sería capaz de sacrificar una vaca que
hubiera conocido antes, y menos si había tomado su leche. Les recordé
que los hermanos Vicario sacrificaban los mismos cerdos que criaban, y
les eran tan familiares que los distinguían por sus nombres. «Es cierto
-me replicó uno-, pero fíjese que no les ponían nombres de gente sino de
flores.» Faustino Santos fue el único que percibió una lumbre de verdad
en la amenaza de Pablo Vicario, y le preguntó en broma por qué tenían
que matar a Santiago Nasar habiendo tantos ricos que merecían morir
primero.
-Santiago Nasar sabe por qué -le contestó Pedro Vicario.
Faustino Santos me contó que se había quedado con la duda, y se la
comunicó a un agente de la policía que pasó poco más tarde a comprar una
libra de hígado para el desayuno del alcalde. El agente, de acuerdo con
el sumario, se llamaba Leandro Pornoy, y murió el año siguiente por una
cornada de toro en la yugular durante las fiestas patronales. De modo
que nunca pude hablar con él, pero Clotilde Armenta me confirmó que fue
la primera persona que estuvo en su tienda cuando ya los gemelos Vicario
se habían sentado a esperar.
Clotilde Armenta acababa de reemplazar a su marido en el mostrador. Era
el sistema habitual. La tienda vendía leche al amanecer y víveres
durante el día, y se transformaba en cantina desde las seis de la tarde.
Clotilde Armenta la abría a las 3.30 de la madrugada. Su marido, el buen
don Rogelio de la Flor, se hacía cargo de la cantina hasta la hora de
cerrar. Pero aquella noche hubo tantos clientes descarriados de la boda,
que se acostó pasadas las tres sin haber cerrado, y ya Clotilde Armenta
estaba levantada más temprano que de costumbre, porque quería terminar
antes de que llegara el obispo.
Los
hermanos Vicario entraron a las 4.10. A esa hora sólo se vendían cosas
de comer, pero Clotilde Armenta les vendió una botella de aguardiente de
caña, no sólo por el aprecio que les tenía, sino también porque estaba
muy agradecida por la porción de pastel de boda que le habían mandado.
Se bebieron la botella entera con dos largas tragantadas, pero siguieron
impávidos. «Estaban pasmados -me dijo Clotilde Armenta-, y ya no podían
levantar presión ni con petróleo de lámpara.» Luego se quitaron las
chaquetas de paño, las colgaron con mucho cuidado en el espaldar de las
sillas, y pidieron otra botella. Tenían la camisa sucia de sudor seco y
una barba del día anterior que les daba un aspecto montuno. La segunda
botella se la tomaron más despacio, sentados, mirando con insistencia
hacia la casa de Plácida Linero, en la acera de enfrente, cuyas ventanas
estaban apagadas. La más grande del balcón era la del dormitorio de
Santiago Nasar. Pedro Vicario le preguntó a Clotilde Armenta si había
visto luz en esa ventana, y ella le contestó que no, pero le pareció un
interés extraño.
-¿Le
pasó algo? -preguntó.
-Nada
-le contestó Pedro Vicario-. No más que lo andamos buscando para
matarlo.
Fue
una respuesta tan espontánea que ella no pudo creer que fuera cierta.
Pero se fijó en que los gemelos llevaban dos cuchillos de matarife
envueltos en trapos de cocina.
-¿Y se
puede saber por qué quieren matarlo tan temprano? -preguntó.
-Él
sabe por qué -contestó Pedro Vicario.
Clotilde Armenta los examinó en serio. Los conocía tan bien que podía
distinguirlos, sobre todo después de que Pedro Vicario regresó del
cuartel. «Parecían dos niños», me dijo. Y esa reflexión la asustó, pues
siempre había pensado que sólo los niños son capaces de todo. Así que
acabó de preparar los trastos de la leche, y se fue a despertar a su
marido para contarle lo que estaba pasando en la tienda. Don Rogelio de
la Flor la escuchó medio dormido.
-No
seas pendeja -le dijo-, ésos no matan a nadie, y menos a un rico.
Cuando
Clotilde Armenta volvió a la tienda los gemelos estaban conversando con
el agente Leandro Pornoy, que iba por la leche del alcalde. No oyó lo
que hablaron, pero supuso que algo le habían dicho de sus propósitos,
por la forma en que observó los cuchillos al salir.
El
coronel Lázaro Aponte se había levantado un poco antes de las cuatro.
Acababa de afeitarse cuando el agente Leandro Pornoy le reveló las
intenciones de los hermanos Vicario. Había resuelto tantos pleitos de
amigos la noche anterior, que no se dio ninguna prisa por uno más. Se
vistió con calma, se hizo varias veces hasta que le quedó perfecto el
corbatín de mariposa, y se colgó en el cuello el escapulario de la
Congregación de María para recibir al obispo. Mientras desayunaba con un
guiso de hígado cubierto de anillos de cebolla, su esposa le’contó muy
excitada que Bayardo San Román había devuelto a Ángela Vicario, pero él
no lo tomó con igual dramatismo.
-¡Dios
mío! -se burló-, ¿qué va a pensar el obispo?
Sin
embargo, antes de terminar el desayuno recordó lo que acababa de decirle
el ordenanza, juntó las dos noticias y descubrió de inmediato que
casaban exactas como dos piezas de un acertijo. Entonces fue a la plaza
por la calle del puerto nuevo, cuyas casas empezaban a revivir por la
llegada del obispo. «Recuerdo con seguridad que eran casi las cinco y
empezaba a llover», me dijo el coronel Lázaro Aponte. En el trayecto,
tres personas lo detuvieron para contarle en secreto que los hermanos
Vicario estaban esperando a Santiago Nasar para matarlo, pero sólo uno
supo decirle dónde. Los encontró en la tienda de Clotilde Armenta.
«Cuando los vi pensé que eran puras bravuconadas -me dijo con su lógica
personal-, porque no estaban tan borrachos como yo creía.» Ni siquiera
los interrogó sobre sus intenciones, sino que les quitó los cuchillos y
los mandó a dormir. Los trataba con la misma complacencia de sí mismo
con que había sorteado la alarma de la esposa.
-¡Imagínense -les dijo-: qué va a decir el obispo si los encuentra en
ese estado!
Ellos
se fueron. Clotilde Armenta sufrió una desilusión más con la ligereza
del alcalde, pues pensaba que debía arrestar a los gemelos hasta
esclarecer la verdad. El coronel Aponte le mostró los cuchillos como un
argumento final.
-Ya no
tienen con qué matar a nadie -dijo.
-No es
por eso -dijo Clotilde Armenta-. Es para librar a esos pobres muchachos
del horrible compromiso que les ha caído encima.
Pues
ella lo había intuido. Tenía la certidumbre de que los hermanos Vicario
no estaban tan ansiosos por cumplir la sentencia como por encontrar a
alguien que les hiciera el favor de impedírselo. Pero el coronel Aponte
estaba en paz con su alma.
-No se
detiene a nadie por sospechas -dijo-. Ahora es cuestión de prevenir a
Santiago Nasar, y feliz año nuevo.
Clotilde Armenta recordaría siempre que el talante rechoncho del coronel
Aponte le causaba una cierta desdicha, y en cambio yo lo evocaba como un
hombre feliz; aunque un poco trastornado por la práctica solitaria del
espiritismo aprendido por correo. Su comportamiento de aquel lunes fue
la prueba terminante de su frivolidad. La verdad es que no volvió a
acordarse de Santiago Nasar hasta que lo vio en el puerto, y entonces se
felicitó por haber tomado la decisión justa.
Los
hermanos Vicario les habían contado sus propósitos a más de doce
personas que fueron a comprar leche, y éstas los habían divulgado por
todas partes antes de las seis. A Clotilde Arrnenta le parecía
imposible que no se supiera en la casa de enfrente. Pensaba que
Santiago Nasar no estaba allí, pues no había visto encenderse la luz del
dormitorio, y a todo el que pudo le pidió prevenirlo donde lo vieran. Se
lo mandó a decir, inclusive, al padre Amador, con la novicia de servicio
que fue a comprar la leche para las monjas. Después de las cuatro,
cuando vio luces en la cocina de la casa de Plácida Linero, le mandó el
último recado urgente a Victoria Guzmán con la pordiosera que iba todos
los días a pedir un poco de leche por caridad. Cuando bramó el buque del
obispo casi todo el mundo estaba despierto para recibirlo, y éramos muy
pocos quienes no sabíamos que los gemelos Vicario estaban esperando a
Santiago Nasar para matarlo, y se conocía además el motivo con sus
pormenores completos. Clotilde Armenta no había acabado de vender la
leche cuando volvieron los hermanos Vicario con otros dos cuchillos
envueltos en periódicos. Uno era de descuartizar, con una hoja oxidada y
dura de doce pulgadas de largo por tres de ancho, que había sido
fabricado por Pedro Vicario con el metal de una segueta, en una época en
que no venían cuchillos alemanes por causa de la guerra. El otro era más
corto, pero ancho y curvo. El juez instructor lo dibujó en el sumario,
tal vez porque no lo pudo describir, y se arriesgó apenas a indicar que
parecía un alfanje en miniatura. Fue con estos cuchillos que se cometió
el crimen, y ambos eran rudimentarios y muy usados. Faustino Santos no
pudo entender lo que había pasado. «Vinieron a afilar otra vez los
cuchillos -me dijo- y volvieron a gritar para que los oyeran que iban a
sacarle las tripas a Santiago Nasar, así que yo creí que estaban mamando
gallo, sobre todo porque no me fijé en los cuchillos, y pensé que eran
los mismos.» Esta vez, sin embargo, Clotilde Armenta notó desde que los
vio entrar que no llevaban la misma determinación de antes.
En
realidad, habían tenido la primera discrepancia. No sólo eran mucho más
distintos por dentro de lo que parecían por fuera, sino que en
emergencias difíciles tenían caracteres contrarios. Sus amigos lo
habíamos advertido desde la escuela primaria. Pablo Vicario era seis
minutos mayor que el hermano, y fue más imaginativo y resuelto hasta la
adolescencia. Pedro Vicario me pareció siempre más sentimental, y por lo
mismo más autoritario. Se presentaron juntos para el servicio militar a
los 20 años, y Pablo Vicario fue eximido para que se quedara al frente
de la familia. Pedro Vicario cumplió el servicio durante once meses en
patrullas de orden público. El régimen de tropa, agravado por el miedo
de la muerte, le maduró la vocación de mandar y la costumbre de decidir
por su hermano. Regresó con una blenorragia de sargento que resistió a
los métodos más brutales de la medicina militar, y a las inyecciones de
arsénico y las purgaciones de permanganato del doctor Dionisio Iguarán.
Sólo en la cárcel lograron sanarlo. Sus amigos estábamos de acuerdo en
que Pablo Vicario desarrolló de pronto una dependencia rara de hermano
menor cuando Pedro Vicario regresó con un alma cuartelaria y con la
novedad de levantarse la camisa para mostrarle a quien quisiera verla
una cicatriz de bala de sedal en el costado izquierdo. Llegó a sentir,
inclusive, una especie de fervor ante la blenorragia de hombre grande
que su hermano exhibía como una condecoración de guerra.
Pedro
Vicario, según declaración propia, fue el que tomó la decisión de matar
a Santiago Nasar, y al principio su hermano no hizo más que seguirlo.
Pero también fue él quien pareció dar por cumplido el compromiso cuando
los desarmó el alcalde, y entonces fue Pablo Vicario quien asumió el
mando. Ninguno de los dos mencionó este desacuerdo en sus declaraciones
separadas ante el instructor. Pero Pablo Vicario me confirmó varias
veces que no le fue fácil convencer al hermano de la resolución final.
Tal vez no fuera en realidad sino una ráfaga de pánico, pero el hecho es
que Pablo Vicario entró solo en la pocilga a buscar los otros dos
cuchillos, mientras el hermano agonizaba gota a gota tratando de orinar
bajo los tamarindos. «Mi hermano no supo nunca lo que es eso -me dijo
Pedro Vicario en nuestra única entrevista-. Era como orinar vidrio
molido.» Pablo Vicario lo encontró todavía abrazado del árbol cuando
volvió con los cuchillos. «Estaba sudando frío del dolor -me dijo- y
trató de decir que me fuera yo solo porque él no estaba en condiciones
de matar a nadie.» Se sentó en uno de los mesones de carpintero que
habían puesto bajo los árboles para el almuerzo de la boda, y se bajó
los pantalones hasta las rodillas. «Estuvo como media hora cambiándose
la gasa con que llevaba envuelta la pinga», me dijo Pablo Vicario. En
realidad no se demoró más de diez minutos, pero fue algo tan difícil, y
tan enigmático para Pablo Vicario, que lo interpretó como una nueva
artimaña del hermano para perder el tiempo hasta el amanecer. De modo
que le puso el cuchillo en la mano y se lo llevó casi por la fuerza a
buscar la honra perdida de la hermana.
-Esto
no tiene remedio -le dijo-: es como si ya nos hubiera sucedido.
Salieron por el portón de la porqueriza con los cuchillos sin envolver,
perseguidos por el alboroto de los perros en los patios. Empezaba a
aclarar. «No estaba lloviendo», recordaba Pablo Vicario. «Al contrario
-recordaba Pedro-: había viento de mar y todavía las estrellas se podían
contar con el dedo.» La noticia estaba entonces tan bien repartida, que
Hortensia Baute abrió la puerta justo cuando ellos pasaban frente a su
casa, y fue la, primera que lloró por Santiago Nasar. «Pensé que ya lo
habían matado -me dijo-, porque vi los cuchillos con la luz del poste y
me pareció que iban chorreando sangre.» Una de las pocas casas que
estaban abiertas en esa calle extraviada era la de Prudencia Cotes, la
novia de Pablo Vicario. Siempre que los gemelos pasaban por ahí a esa
hora, y en especial los viernes cuando iban para el mercado, entraban a
tomar el primer café. Empujaron la puerta del patio, acosados por los
perros que los reconocieron en la penumbra del alba, y saludaron a la
madre de Prudencia Cotes en la cocina. Aún no estaba el café.
-Lo
dejamos para después -dijo Pablo Vicario-, ahora vamos de prisa.
-Me lo
imagino, hijos -dijo ella-: el honor no espera.
Pero
de todos modos esperaron, y entonces fue Pedro Vicario quien pensó que
el hermano estaba perdiendo el tiempo a propósito. Mientras tomaban el
café, Prudencia Cotes salió a la cocina en plena adolescencia con un
rollo de periódicos viejos para animar la lumbre de la hornilla. «Yo
sabía en qué andaban -me dijo- y no sólo estaba de acuerdo, sino que
nunca me hubiera casado con él si no cumplía como hombre.» Antes de
abandonar la cocina, Pablo Vicario le quitó dos secciones de periódicos
y le dio una al hermano para envolver los cuchillos. Prudencia Cotes se
quedó esperando en la cocina hasta que los vio salir por la puerta del
patio, y siguió esperando durante tres años sin un instante de
desaliento, hasta que Pablo Vicario salió de la cárcel y fue su esposo
de toda la vida.
-Cuídense mucho -les dijo.
De
modo que a Clotilde Armenta no le faltaba razón cuando le pareció que
los gemelos no estaban tan resueltos como antes, y les sirvió una
botella de gordolobo de vaporino con la esperanza de rematarlos. «¡Ese
día me di cuenta -me dijo- de lo solas que estamos las mujeres en el
mundo!» Pedro Vicario le pidió prestado los utensilios de afeitar de su
marido, y ella le llevó la brocha, el jabón, el espejo de colgar y la
máquina con la cuchilla nueva, pero él se afeitó con el cuchillo de
destazar. Clotilde Armenta pensaba que eso fue el colmo del machismo.
«Parecía un matón de cine», me dijo. Sin embargo, él me explicó después,
y era cierto, que en el cuartel había aprendido a afeitarse con navaja
barbera, y nunca más lo pudo hacer de otro modo. Su hermano, por su
parte, se afeitó del modo más humilde con la máquina prestada de don
Rogelio de la Flor. Por último se bebieron la botella en silencio, muy
despacio, contemplando con el aire lelo de los amanecidos la ventana
apagada en la casa de enfrente, mientras pasaban clientes fingidos
comprando leche sin necesidad y preguntando por cosas de comer que no
existían, con la intención de ver si era cierto que estaban esperando a
Santiago Nasar para matarlo.
Los
hermanos Vicario no verían encenderse esa ventana. Santiago Nasar entró
en su casa a las 4.20, pero no tuvo que encender ninguna luz para llegar
al dormitorio porque el foco de la escalera permanecía encendido durante
la noche. Se tiró sobre la cama en la oscuridad y con la ropa puesta,
pues sólo le quedaba una hora para dormir, y así lo encontró Victoria
Guzmán cuando subió a despertarlo para que recibiera al obispo.
Habíamos estado juntos en la casa de María Alejandrina Cervantes hasta
pasadas las tres, cuando ella misma despachó a los músicos y apagó las
luces del patio de baile para que sus mulatas de placer se acostaran
solas a descansar. Hacía tres días con sus noches que trabajaban sin
reposo, primero atendiendo en secreto a los invitados de honor, y
después destrampadas a puertas abiertas con los que nos quedamos
incompletos con la parranda de la boda. María Alejandrina Cervantes, de
quien decíamos que sólo había de dormir una vez para morir, fue la mujer
más elegante y la más tierna que conocí jamás, y la más servicial en la
cama, pero también la más severa. Había nacido y crecido aquí, y aquí
vivía, en una casa de puertas abiertas con varios cuartos de alquiler y
un enorme patio de baile con calabazos de luz comprados en los bazares
chinos de Paramaribo. Fue ella quien arrasó con la virginidad de mi
generación. Nos enseñó mucho más de lo que debíamos aprender, pero nos
enseñó sobre todo que ningún lugar de la vida es más triste que una
canea vacía. Santiago Nasar perdió el sentido desde que la vio por
primera vez. Yo lo previne:
Halcón
que se atreve con garza guerrera, peligros espera.
Pero
él no me oyó, aturdido por los silbos quiméricos de María Alejandrina
Cervantes. Ella fue su pasión desquiciada, su maestra de lágrimas a los
15 años, hasta que Ibrahim Nasar se lo quitó de la cama a correazos y lo
encerró más de un año en
El
Divino Rostro.
Desde
entonces siguieron vinculados por un afecto serio, pero sin el desorden
del amor, y ella le tenía tanto respeto que no volvió a acostarse con
nadie si él estaba presente. En aquellas últimas vacaciones nos
despachaba temprano con el pretexto inverosímil de que estaba cansada,
pero dejaba la puerta sin tranca y una luz encendida en el corredor para
que yo volviera a entrar en secreto.
Santiago Nasar tenía un talento casi mágico para los disfraces, y su
diversión predilecta era trastocar la identidad de las mulatas. Saqueaba
los roperos de unas para disfrazar a las otras, de modo que todas
terminaban por sentirse distintas de sí mismas e iguales a las que no
eran. En cierta ocasión, una de ellas se vio repetida en otra con tal
acierto, que sufrió una crisis de llanto. «Sentí que me había salido del
espejo», dijo. Pero aquella noche, María Alejandrina Cervantes no
permitió que Santiago Nasar se complaciera por última vez en sus
artificios de transformista, y lo hizo con pretextos tan frívolos que el
mal sabor de ese recuerdo le cambió la vida. Así que nos llevamos a los
músicos a una ronda de serenatas, y seguirnos la fiesta por nuestra
cuenta, mientras los gemelos Vicario esperaban a Santiago Nasar para
matarlo. Fue a él a quien se le ocurrió, casi a las cuatro, que
subiéramos a la colina del viudo de Xius para cantarles a los recién
casados.
No
sólo les cantamos por las ventanas, sino que tiramos cohetes y
reventamos petardos en los jardines, pero no percibimos ni una señal de
vida dentro de la quinta. No se nos ocurrió que no hubiera nadie, sobre
todo porque el automóvil nuevo estaba en la puerta, todavía con la
capota plegada y con las cintas de raso y los macizos de azahares de
parafina que les habían colgado en la fiesta. Mi hermano Luis Enrique,
que entonces tocaba la guitarra como un profesional, improvisó en honor
de los recién casados una canción de equívocos matrimoniales. Hasta
entonces no había llovido. Al contrario, la luna estaba en el centro del
cielo, y el aire era diáfano, y en el fondo del precipicio se veía el
reguero de luz de los fuegos fatuos en el cementerio. Del otro lado se
divisaban los sembrados de plátanos azules bajo la luna, las ciénagas
tristes y la línea fosforescente del Caribe en el horizonte. Santiago
Nasar señaló una lumbre intermitente en el mar, y nos dijo que era el
ánima en pena de un barco negrero que se había hundido con un cargamento
de esclavos del Senegal frente a la boca grande de Cartagena de Indias.
No era posible pensar que tuviera algún malestar de la conciencia,
aunque entonces no sabía que la efímera vida matrimonial de Ángela
Vicario había terminado dos horas antes. Bayardo San Román la había
llevado a pie a casa de sus padres para que el ruido del motor no
delatara su desgracia antes de tiempo, y estaba otra vez solo y con las
luces apagadas en la quinta feliz del viudo de Xius. Cuando bajamos la
colina, mi hermano nos invitó a desayunar con pescado frito en las
fondas del mercado, pero Santiago Nasar se opuso porque quería dormir
una hora hasta que llegara el obispo. Se fue con Cristo Bedoya por la
orilla del río bordeando los tambos de pobres que empezaban a encenderse
en el puerto antiguo, y antes de doblar la esquina nos hizo una señal de
adiós con la mano. Fue la última vez que lo vimos. Cristo Bedoya, con
quien estaba de acuerdo para encontrarse más tarde en el puerto, lo
despidió en la entrada posterior de su casa. Los perros le ladraban por
costumbre cuando lo sentían entrar, pero él los apaciguaba en la
penumbra con el campanilleo de las llaves. Victoria Guzmán estaba
vigilando la cafetera en el fogón cuando él pasó por la cocina hacia el
interior de la casa.
-Blanco -lo llamó-: ya va a estar el café.
Santiago Nasar le dijo que lo tomaría más tarde, y le pidió decirle a
Divina Flor que lo despertara a las cinco y media, y que le llevara una
muda de ropa limpia igual a la que llevaba puesta. Un instante después
de que él subió a acostarse, Victoria Guzmán recibió el recado de
Clotilde Armenta con la pordiosera de la leche. A las 5.30 cumplió la
orden de despertarlo, pero no mandó a Divina Flor sino que subió ella
misma al dormitorio con el vestido de lino, pues no perdía ninguna
ocasión de preservar a la hija contra las garras del boyardo.
María
Alejandrina Cervantes había dejado sin tranca la puerta de la casa. Me
despedí de mi hermano, atravesé el corredor donde dormían los gatos de
las mulatas amontonados entre los tulipanes, y empujé sin tocar la
puerta del dormitorio. Las luces estaban apagadas, pero tan pronto como
entré percibí el olor de mujer tibia y vi los ojos de leoparda insomne
en la oscuridad, y después no volví a saber de mí mismo hasta que
empezaron a sonar las campanas.
De
paso para nuestra casa, mi hermano entró a comprar cigarrillos en la
tienda de Clotilde Armenta. Había bebido tanto, que sus recuerdos de
aquel encuentro fueron siempre muy confusos, pero no olvidó nunca el
trago mortal que le ofreció Pedro Vicario. «Era candela pura», me dijo.
Pablo Vicario, que había empezado a dormirse, despertó sobresaltado
cuando lo sintió entrar, y le mostró el cuchillo.
-Vamos
a matar a Santiago Nasar -le dijo.
Mi
hermano no lo recordaba. «Pero aunque lo recordara no lo hubiera creído
-me ha dicho muchas veces-. ¡A quién carajo se le podía ocurrir que los
gemelos iban a matar a nadie, y menos con un cuchillo de puercos!» Luego
le preguntaron dónde estaba Santiago Nasar, pues los habían visto juntos
a las dos, y mi hermano no recordó tampoco su propia respuesta. Pero
Clotilde Armenta y los hermanos Vicario se sorprendieron tanto al oírla,
que la dejaron establecida en el sumario con declaraciones separadas.
Según ellos, mi hermano dijo: «Santiago Nasar está muerto». Después
impartió una bendición episcopal, tropezó en el pretil de la puerta y
salió dando tumbos. En medio de la plaza se cruzó con el padre Amador.
Iba para el puerto con sus ropas de oficiar, seguido por un acólito que
tocaba la campanilla y varios ayudantes con el altar para la misa campal
del obispo. Al verlos pasar, los hermanos Vicario se santiguaron.
Clotilde Armenta me contó que habían perdido las últimas esperanzas
cuando el párroco pasó de largo frente a su casa. «Pensé que no había
recibido mi recado», dijo. Sin embargo, el padre Amador me confesó
muchos años después, retirado del mundo en la tenebrosa Casa de Salud de
Calafell, que en efecto había recibido el mensaje de Clotilde Armenta, y
otros más perentorios, mientras se preparaba para ir al puerto. «La
verdad es que no supe qué hacer -me dijo-. Lo primero que pensé fue que
no era un asunto mío sino de la autoridad civil, pero después resolví
decirle algo de pasada a Plácida Linero.» Sin embargo, cuando atravesó
la plaza lo había olvidado por completo. «Usted tiene que entenderlo
-me dijo-: aquel día desgraciado llegaba el obispo.» En el momento del
crimen se sintió tan desesperado, y tan indigno de sí mismo, que no se
le ocurrió nada más que ordenar que tocaran a fuego.
Mi
hermano Luis Enrique entró en la casa por la puerta de la cocina, que mi
madre dejaba sin cerrojo para que mi padre no nos sintiera entrar. Fue
al baño antes de acostarse, pero se durmió sentado en el retrete, y
cuando mi hermano Jaime se levantó para ir a la escuela, lo encontró
tirado boca abajo en las baldosas, y cantando dormido. Mi hermana la
monja, que no iría a esperar al obispo porque tenía una cruda de
cuarenta grados, no consiguió despertarlo. «Estaban dando las cinco
cuando fui al baño», me dijo. Más tarde, cuando mi hermana Margot entró
a bañarse para ir al puerto, logró llevarlo a duras penas al dormitorio.
Desde el otro lado del sueño, oyó sin despertar los primeros bramidos
del buque del obispo. Después se durmió a fondo, rendido por la
parranda, hasta que mi hermana la monja entró en el dormitorio tratando
de ponerse el hábito a la carrera, y lo despertó con su grito de loca:
-¡Mataron a Santiago Nasar!
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