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Los
estragos de los cuchillos fueron apenas un principio de la autopsia
inclemente que el padre Carmen Amador se vio obligado a hacer por
ausencia del doctor Dionisio Iguarán. «Fue como si hubiéramos vuelto a
matarlo después de muerto -me dijo el antiguo párroco en su retiro de
Calafell-. Pero era una orden del alcalde, y las órdenes de aquel
bárbaro, por estúpidas que fueran, había que cumplirlas.» No era del
todo justo. En la confusión de aquel lunes absurdo, el coronel Aponte
había sostenido una conversación telegráfica urgente con el gobernador
de la provincia, y éste lo autorizó para que hiciera las diligencias
preliminares mientras mandaban un juez instructor. El alcalde había sido
antes oficial de tropa sin ninguna experiencia en asuntos de justicia, y
era demasiado fatuo para preguntarle a alguien que lo supiera por dónde
tenía que empezar. Lo primero que lo inquietó fue la autopsia. Cristo
Bedoya, que era estudiante de medicina, logró la dispensa por su amistad
íntima con Santiago Nasar. El alcalde pensó que el cuerpo podía
mantenerse refrigerado hasta que regresara el doctor Dionisio Iguarán,
pero no encontró nevera de tamaño humano, y la única apropiada en el
mercado estaba fuera de servicio. El cuerpo había sido expuesto a la
contemplación pública. en el centro de la sala, tendido sobre un angosto
catre de hierro mientras le fabricaban un ataúd de rico. Habían llevado
los ventiladores de los dormitorios, y algunos de las casas vecinas,
pero había tanta gente ansiosa de verlo. que fue preciso apartar los
muebles y descolgar las jaulas y las macetas de helechos, y aun así era
insoportable el calor. Además, los perros alborotados por el olor de la
muerte aumentaban la zozobra. No habían dejado de aullar desde que yo
entré en la casa, cuando Santiago Nasar agonizaba todavía en la cocina,
y encontré a Divina Flor llorando a gritos y manteniéndolos a raya con
una tranca.
-Ayúdame -me gritó-, que lo que quieren es comerse las tripas.
Los
encerramos con candado en las pesebreras. Plácida Linero ordenó más
tarde que los llevaran a algún lugar apartado hasta después del
entierro. Pero hacia el medio día, nadie supo cómo, se escaparon de
donde estaban e irrumpieron enloquecidos en la casa. Plácida Linero,
por una vez, perdió los estribos.
-¡Estos perros de mierda! -gritó-. ¡Que los maten!
La
orden se cumplió de inmediato, y la casa volvió a quedar en silencio.
Hasta entonces no había temor alguno por el estado del cuerpo. La cara
había quedado intacta, con la misma
expresión
que tenía cuando cantaba, y Cristo Bedoya le había vuelto a colocar las
vísceras en su lugar y lo había fajado con una banda de lienzo. Sin
embargo, en la tarde empezaron a manar de las heridas unas aguas color
de almíbar que atrajeron a las moscas, y una mancha morada
le
apareció en el bozo y se extendió muy despacio como la sombra de una
nube en el agua hasta la raíz del cabello. La cara que siempre fue
indulgente adquirió una expresión de enemigo, y su madre se la cubrió
con un pañuelo. El coronel Aponte comprendió entonces que ya no era
posible esperar, y le ordenó al padre Amador que practicara la autopsia.
«Habría sido peor desenterrarlo después de una semana», dijo. El párroco
había hecho la carrera de medicina y cirugía en Salamanca, pero ingresó
en el seminario sin graduarse, y hasta el alcalde sabía que su autopsia
carecía de valor legal. Sin embargo, hizo cumplir la orden. Fue una
masacre, consumada en el local de la escuela pública con la ayuda del
boticario que tomó las notas, y un estudiante de primer año de medicina
que estaba aquí de vacaciones. Sólo dispusieron de algunos instrumentos
de cirugía menor, y el resto fueron hierros de artesanos. Pero al margen
de los destrozos en el cuerpo, el informe del padre Amador parecía
correcto, y el instructor lo incorporó al sumario como una pieza útil.
Siete
de las numerosas heridas eran mortales. El hígado estaba casi seccionado
por dos perforaciones profundas en la cara anterior. Tenía cuatro
incisiones en el estómago, y una de ellas tan profunda que lo atravesó
por completo y le destruyó el páncreas. Tenía otras seis perforaciones
menores en el colon trasverso, y múltiples heridas en el intestino
delgado. La única que tenía en el dorso, a la altura de la tercera
vértebra lumbar, le había perforado el riñón derecho. La cavidad
abdominal estaba ocupada por grandes témpanos de sangre, y entre el
lodazal de contenido gástrico apareció una medalla de oro de la Virgen
del Carmen que Santiago Nasar se había tragado a la edad de cuatro años.
La cavidad torácica mostraba dos perforaciones: una en el segundo
espacio intercostal derecho que le alcanzó a interesar el pulmón, y otra
muy cerca de la axila izquierda. Tenía además seis heridas menores en
los brazos y las manos, y dos tajos horizontales: uno en el muslo
derecho y otro en los músculos del abdomen. Unía una punzada profunda en
la palma de la mano derecha. El informe dice: «Parecía un estigma del
Crucificado». La masa encefálica pesaba sesenta gramos más que 1ª de un
inglés normal, y el padre Amador consignó en el informe que Santiago
Nasar tenía una inteligencia superior y un porvenir brillante. Sin
embargo, en la nota final señalaba una hipertrofia del hígado que
atribuyó a una hepatitis mal curada. «Es decir -me dijo-, que de todos
modos le quedaban muy pocos años de vida.» El doctor Dionisio Iguarán,
que en efecto le había tratado una hepatitis a Santiago Nasar a los doce
años, recordaba indignado aquella autopsia. «Tenía que ser cura para ser
tan bruto -me dijo-. No hubo manera de hacerle entender nunca que la
gente del trópico tenemos el hígado más grande que los gallegos.» El
informe concluía que la causa de la muerte fue una hemorragia masiva
ocasionada por cualquiera de las siete heridas mayores. Nos devolvieron
un cuerpo distinto. La mitad del cráneo había sido destrozado con la
trepanación, y el rostro de galán que la muerte había preservado acabó
de perder su identidad. Además, el párroco había arrancado de cuajo las
vísceras destazadas, pero al final no supo qué hacer con ellas, y les
impartió una bendición de rabia y las tiró en el balde de la basura. A
los últimos curiosos asomados a las ventanas de la escuela pública se
les acabó la curiosidad, el ayudante se desvaneció, y el coronel Lázaro
Aponte, que había visto y causado tantas masacres de represión, terminó
por ser vegetariano además de espiritista. El cascarón vacío, embutido
de trapos y cal viva, y cosido a la machota con bramante basto y agujas
de enfardelar, estaba a punto de desbaratarse cuando lo pusimos en el
ataúd nuevo de seda capitonada. «Pensé que así se conservaría por más
tiempo», me dijo el padre Amador. Sucedió lo contrario: tuvimos que
enterrarlo de prisa al amanecer, porque estaba en tan mal estado que ya
no era soportable dentro de la casa.
Despuntaba un martes turbio. No tuve valor para dormir solo al término
de la jornada opresiva, y empujé la puerta de la casa de María
Alejandrina Cervantes por si no había pasado el cerrojo. Los calabazos
de luz estaban encendidos en los árboles, y en el patio de baile había
varios fogones de leña con enormes ollas humeantes, donde las mulatas
estaban tiñendo de luto sus ropas de parranda. Encontré a María
Alejandrina Cervantes despierta como siempre al amanecer, y desnuda por
completo como siempre que no había extraños en la casa. Estaba sentada a
la turca sobre la cama de reina frente a un platón babilónico de cosas
de comer: costillas de ternera, una gallina hervida, lomo de cerdo, y
una guarnición de plátanos y legumbres que hubieran alcanzado para
cinco. Comer sin medida fue siempre su único modo de llorar, y nunca la
había visto hacerlo con semejante pesadumbre. Me acosté a su lado,
vestido, sin hablar apenas, y llorando yo también a mi modo. Pensaba en
la ferocidad del destino de Santiago Nasar, que le había cobrado 20 años
de dicha no sólo con la muerte, sino además con el descuartizamiento del
cuerpo, y con su dispersión y exterminio. Soñé que una mujer entraba en
el cuarto con una niña en brazos, y que ésta ronzaba sin tomar aliento y
los granos de maíz a medio mascar le caían en el corpiño. La mujer me
dijo: «Ella mastica a la topa tolondra, un poco al desgaire, un poco al
desgarriate». De pronto sentí los dedos ansiosos que me soltaban los
botones de la camisa, y sentí el olor peligroso de la bestia de amor
acostada a mis espaldas, y sentí que me hundía en las delicias de las
arenas movedizas de su ternura. Pero se detuvo de golpe, tosió desde muy
lejos y se escurrió de mi vida.
-No
puedo -dijo-: hueles a él.
No
sólo yo. Todo siguió oliendo a Santiago Nasar aquel día. Los hermanos
Vicario lo sintieron en el calabozo donde los encerró el alcalde
mientras se le ocurría qué hacer con ellos. «Por más que me restregaba
con jabón y estropajo no podía quitarme el olor», me dijo Pedro Vicario.
Llevaban tres noches sin dormir, pero no podían descansar, porque tan
pronto como empezaban a dormirse volvían a cometer el crimen. Ya casi
viejo, tratando de explicarme su estado de aquel día interminable, Pablo
Vicario me dijo sin ningún esfuerzo: «Era como estar despierto dos
veces». Esa frase me hizo pensar que lo más insoportable para ellos en
el calabozo debió haber sido la lucidez. El cuarto tenía tres metros de
lado, una claraboya muy alta con barras de hierro, una letrina portátil,
un aguamanil con su palangana y su jarra, y dos camas de mampostería con
colchones de estera. El coronel Aponte, bajo cuyo mandato se había
construido, decía que no hubo nunca un hotel más humano. Mi hermano Luis
Enrique estaba de acuerdo, pues una noche lo encarcelaron por una
reyerta de músicos, y el alcalde permitió por caridad que una de las
mulatas lo acompañara. Tal vez los hermanos Vicario hubieran pensado lo
mismo a las ocho de la mañana, cuando se sintieron a salvo de los
árabes. En ese momento los reconfortaba el prestigio de haber cumplido
con su ley, y su única inquietud era la persistencia del olor. Pidieron
agua abundante, jabón de monte y estropajo, y se lavaron la sangre de
los brazos y la cara, y lavaron además las camisas, pero no lograron
descansar. Pedro Vicario pidió también sus purgaciones y diuréticos, y
un rollo de gasa estéril para cambiarse la venda, y pudo orinar dos
veces durante la mañana. Sin embargo, la vida se le fue haciendo tan
difícil a medida que avanzaba el día, que el olor pasó a segundo lugar.
A las dos de la tarde, cuando hubiera podido fundirlos la modorra del
calor, Pedro Vicario estaba tan cansado que no podía permanecer tendido
en la cama, pero el mismo cansancio le impedía mantenerse de pie. El
dolor de las ingles le llegaba hasta el cuello, se le cerró la orina, y
padeció la certidumbre espantosa de que no volvería a dormir en el resto
de su vida. «Estuve despierto once meses», me dijo, y yo lo conocía
bastante bien para saber que era cierto. No pudo almorzar. Pablo
Vicario, por su parte, comió un poco de cada cosa que le llevaron, y un
cuarto de hora después se desató en una colerina pestilente. A las seis
de la tarde, mientra le hacían la autopsia al cadáver de Santiago Nasar,
el alcalde fue llamado de urgencia porque Pedro Vicario estaba
convencido de que habían envenenado a su hermano. «Me estaba yendo en
aguas -me dijo Pablo Vicario-, y no podíamos quitarnos la idea de que
eran vainas de los turcos.» Hasta entonces había desbordado dos veces la
letrina portátil, y el guardián de vista lo había llevado otras seis al
retrete de la alcaldía. Allí lo encontró el coronel Aponte, encañonado
por la guardia en el excusado sin puertas, y desaguándose con tanta
fluidez que no era absurdo pensar en el veneno. Pero lo descartaron de
inmediato, cuando se estableció que sólo había bebido el agua y comido
el almuerzo que les mandó Pura Vicario. No obstante, el alcalde quedó
tan impresionado, que se llevó a los presos para su casa con una
custodia especial, hasta que vino el juez de instrucción y los trasladó
al panóptico de Riohacha. El temor de los gemelos respondía al estado
de ánimo de la calle. No se descartaba una represalia de los árabes,
pero nadie, salvo los hermanos Vicario, habla pensado en el veneno. Se
suponía más bien que aguardaran la noche para echar gasolina por la
claraboya e incendiar a los prisioneros dentro del calabozo. Pero aun
ésa era una suposición demasiado fácil. Los árabes constituían una
comunidad de inmigrantes pacíficos que se establecieron a principios del
siglo en los pueblos del Caribe, aun en los más remotos y pobres, y allí
se quedaron vendiendo trapos de colores y baratijas de feria. Eran
unidos, laboriosos y católicos. Se casaban entre ellos, importaban su
trigo, criaban corderos en los patios y cultivaban el orégano y la
berenjena, y su única pasión tormentosa eran los juegos de barajas. Los
mayores siguieron hablando el árabe rural que trajeron de su tierra, y
lo conservaron intacto en familia hasta la segunda generación, pero los
de la tercera, con la excepción de Santiago Nasar, les oían a sus padres
en árabe y les contestaban en castellano. De modo que no era concebible
que fueran a alterar de pronto su espíritu pastoral para vengar una
muerte cuyos culpables podíamos ser todos. En cambio nadie pensó en una
represalia de la familia de Plácida Linero, que fueron gentes de poder y
de guerra hasta que se les acabó la fortuna, y que habían engendrado más
de dos matones de cantina preservados por la sal de su nombre.
El
coronel Aponte, preocupado por los rumores, visitó a los árabes familia
por familia, y al menos por esa vez sacó una conclusión correcta. Los
encontró perplejos y tristes, con insignias de duelo en sus altares, y
algunos lloraban a gritos sentados en el suelo, pero ninguno abrigaba
propósitos de venganza. Las reacciones de la mañana habían surgido al
calor del crimen, y sus propios protagonistas admitieron que en ningún
caso habrían pasado de los golpes. Más aún: fue Suseme Abdala, la
matriarca centenaria, quien recomendó la infusión prodigiosa de flores
de pasionaria y ajenjo mayor que segó la colerina de Pablo Vicario y
desató a la vez el manantial florido de su gemelo. Pedro Vicario cayó
entonces en un sopor insomne, y el hermano restablecido concilió su
primer sueño sin remordimientos. Así los encontró Purísima Vicario a las
tres de la madrugada del martes, cuando el alcalde la llevó a despedirse
de ellos.
Se fue
la familia completa, hasta las hijas mayores con sus maridos, por
iniciativa del coronel Aponte. Se fueron sin que nadie se diera cuenta,
al amparo del agotamiento público, mientras los únicos sobrevivientes
despiertos de aquel día irreparable estábamos enterrando a Santiago
Nasar. Se fueron mientras se calmaban los ánimos, según la decisión del
alcalde, pero no regresaron jamás. Pura Vicario le envolvió la cara con
un trapo a la hija devuelta para que nadie le viera los golpes, y la
vistió de rojo encendido para que no se imaginaran que le iba guardando
luto al amante secreto. Antes de irse le pidió al padre Amador que
confesara a los hijos en la cárcel, pero Pedro Vicario se negó, y
convenció al hermano de que no tenían nada de que arrepentirse. Se
quedaron solos, y el día del traslado a Riohacha estaban ten repuestos y
convencidos de su razón, que no quisieron ser sacados de noche, como
hicieron con la familia, sino a pleno sol y con su propia cara. Poncio
Vicario, el padre, murió poco después. «Se lo llevó la pena moral», me
dijo Ángela Vicario. Cuando los gemelos fueron absueltos se quedaron en
Riohacha, a sólo un día de viaje de Manaure, donde vivía la familia.
Allá fue Prudencia Cotes a casarse con Pablo Vicario, que aprendió el
oficio del oro en el taller de su padre y llegó a ser un orfebre
depurado. Pedro Vicario, sin amor ni empleo, se reintegró tres años
después a las Fuerzas Armadas, mereció las insignias de sargento
primero, y una mañana espléndida su patrulla se internó en territorio de
guerrillas cantando canciones de putas, y nunca más se supo de ellos.
Para
la inmensa mayoría sólo hubo una víctima: Bayardo San Román. Suponían
que los otros protagonistas de la tragedia habían cumplido con dignidad,
y hasta con cierta grandeza, la parte de favor que la vida les tenía
señalada. Santiago Nasa, había expiado la injuria, los hermanos Vicario
habían probado su condición de hombres, y la hermana burlada estaba otra
vez en posesión de su honor. El único que lo había perdido todo era
Bayardo San Román. «El pobre Bayardo», como se le recordó durante años.
Sin embargo, nadie se había acordado de él hasta después del eclipse de
luna, el sábado siguiente, cuando el viudo de Mus le contó al alcalde
que había visto un pájaro fosforescente aleteando sobre su antigua casa,
y pensaba que era el ánima de su esposa que andaba reclamando lo suyo.
El alcalde se dio en la frente una palmada que no tenía nada que ver con
la visión del viudo.
-¡Carajo! -gritó-. ¡Se me había olvidado ese pobre hombre!
Subió
a la colina con una patrulla, y encontró el automóvil descubierto frente
a la quinta, y vio una luz solitaria en el dormitorio, pero nadie
respondió a sus llamados. Así que forzaron una puerta lateral y
recorrieron los cuartos iluminados por los rescoldos del eclipse. «Las
cosas parecían debajo del agua», me contó el alcalde. Bayardo San Román
estaba inconsciente en la cama, todavía como lo había visto Pura Vicario
en la madrugada del lunes con el pantalón de fantasía y la camisa de
seda, pero sin los zapatos. Había botellas vacías por el suelo, y muchas
más sin abrir junto a la cama, pero ni un rastro de comida. «Estaba en
el último grado de intoxicación etílica», me dijo el doctor Dionisio
Iguarán, que lo había atendido de emergencia. Pero se recuperó en pocas
horas, y tan pronto como recobró la razón los echó a todos de la casa
con los mejores modos de que fue capaz.
-Que
nadie me joda -dijo-. Ni mi papá con sus pelotas de veterano.
El
alcalde informó del episodio al general Petronio San Román, hasta la
última frase literal, con un telegrama alarmante.
El
general San Román debió tomar al pie de la letra la voluntad del hijo,
porque no vino a buscarlo, sino que mandó a la esposa con las hijas, y a
otras dos mujeres mayores que parecían ser sus hermanas. Vinieron en un
buque de carga, cerradas de luto hasta el cuello por la desgracia de
Bayardo San Román, y con los cabellos sueltos de dolor. Antes de pisar
tierra firme se quitaron los zapatos y atravesaron las calles hasta la
colina caminando descalzas en el polvo ardiente del medio día,
arrancándose mechones de raíz y llorando con gritos tan desgarradores
que parecían de júbilo. Yo las vi pasar desde el balcón de Magdalena
Oliver, y recuerdo haber pensado que un desconsuelo como ése sólo podía
fingirse para ocultar otras vergüenzas mayores. El coronel Lázaro
Aponte las acompañó a la casa de la colina, y luego subió el doctor
Dionisio Iguarán en su mula de urgencias. Cuando se alivió el sol, dos
hombres del municipio bajaron a Bayardo San Román en una hamaca colgada
de un palo, tapado hasta la cabeza con una manta y con el séquito de
plañideras. Magdalena Oliver creyó que estaba muerto.
-¡Collons
de déu
-exclamó-, qué desperdicio!
Estaba
otra vez postrado por el alcohol, pero costaba creer que lo llevaran
vivo, porque el brazo derecho le iba arrastrando por el suelo, y tan
pronto como la madre se lo ponía dentro de la hamaca se le volvía a
descolgar, de modo que dejó un rastro en la tierra desde la cornisa del
precipicio hasta la plataforma del buque. Eso fue lo último que nos
quedó de él: un recuerdo de víctima.
Dejaron la quinta intacta. Mis hermanos y yo subíamos a explorarla en
noches de parranda cuando volvíamos de vacaciones, y cada vez
encontrábamos menos cosas de valor en los aposentos abandonados. Una vez
rescatamos la maletita de mano que Ángela Vicario le había pedido a su
madre la noche de bodas, pero no le dimos ninguna importancia. Lo que
encontramos dentro parecían ser los afeites naturales para la higiene y
la belleza de una mujer, y sólo conocí su verdadera utilidad cuando
Ángela Vicario me contó muchos años más tarde cuáles fueron los
artificios de comadrona que le habían enseñado para engañar al esposo.
Fue el único rastro que dejó en el que fuera su hogar de casada por
cinco horas.
Años
después, cuando volví a buscar los últimos testimonios para esta
crónica, no quedaban tampoco ni los rescoldos de la dicha de Yolanda de
Xius. Las cosas habían ido desapareciendo poco a poco a pesar de la
vigilancia empecinada del coronel Lázaro Aponte, inclusive el escaparate
de seis lunas de cuerpo entero que los maestros cantores de Mompox
habían tenido que armar dentro de la casa, pues no cabía por las
puertas. Al principio, el viudo de Xius estaba encantado pensando que
eran recursos póstumos de la esposa para llevarse lo que era suyo. El
coronel Lázaro Aponte se burlaba de él. Pero una noche se le ocurrió
oficiar una misa de espiritismo para esclarecer el misterio, y el alma
de Yolanda de Mus le confirmó de su puño y letra que en efecto era ella
quien estaba recuperando para su casa de la muerte los cachivaches de la
felicidad. La quinta empezó a desmigajarse. El coche de bodas se fue
desbaratando en la puerta, y al final no quedó sino la carcacha podrida
por la intemperie. Durante muchos años no se volvió a saber nada de su
dueño. Hay una declaración suya en el sumario, pero es tan breve y
convencional, que parece remendada a última hora para cumplir con una
fórmula ineludible. La única vez que traté de hablar con él, 23 años más
tarde, me recibió con una cierta agresividad, y se negó a aportar el
dato más ínfimo que permitiera clarificar un poco su participación en el
drama. En todo caso, ni siquiera sus padres sabían de él mucho más que
nosotros, ni tenían la menor idea de qué vino a hacer en un pueblo
extraviado sin otro propósito aparente que el de casarse con una mujer
que no había visto nunca.
De
Ángela Vicario, en cambio, tuve siempre noticias de ráfagas que me
inspiraron una imagen idealizada. Mi hermana la monja anduvo algún
tiempo por la alta Guajira tratando de convertir a los últimos
idólatras, y solía detenerse a conversar con ella en la aldea abrasada
por la sal del Caribe donde su madre había tratado de enterrarla en
vida. «Saludos de tu prima», me decía siempre. Mi hermana Margot, que
también la visitaba en los primeros años, me contó que habían comprado
una casa de material con un patio muy grande de vientos cruzados, cuyo
único problema eran las noches de mareas altas, porque los retretes se
desbordaban y los pescados amanecían dando saltos en los dormitorios.
Todos los que la vieron en esa época coincidían en que era absorta y
diestra en la máquina de bordar, y que a través de su industria había
logrado el olvido. Mucho después, en una época incierta en que trataba
de entender algo de mí mismo vendiendo enciclopedias y libros de
medicina por los pueblos de la Guajira, me llegué por casualidad hasta
aquel moridero de indios. En la ventana de una casa frente al mar,
bordando a máquina en la hora de más calor, había una mujer de medio
luto con antiparras de alambre y canas amarillas, y sobre su cabeza
estaba colgada una jaula con un canario que no paraba de cantar. Al
verla así, dentro del marco idílico de la ventana, no quise creer que
aquella mujer fuera la que yo creía, porque me resistía a admitir que la
vida terminara por parecerse tanto a la mala literatura. Pero era ella:
Ángela Vicario 23 años después del drama.
Me
trató igual que siempre, como un primo remoto, y contestó a mis
preguntas con muy buen juicio y con sentido del humor. Era tan madura e
ingeniosa, que costaba trabajo creer que fuera la misma. Lo que más me
sorprendió fue la forma en que había terminado por entender su propia
vida. Al cabo de pocos minutos ya no me pareció tan envejecida como a
primera vista, sino casi tan joven como en el recuerdo, y no tenía nada
en común con la que habían obligado a casarse sin amor a los 20 años. Su
madre, de una vejez mal entendida, me recibió como a un fantasma
difícil. Se negó a hablar del pasado, y tuve que conformarme para esta
crónica con algunas frases sueltas de sus conversaciones con mi madre, y
otras pocas rescatadas de mis recuerdos. Había hecho más que lo posible
para que Ángela Vicario se muriera en vida, pero la misma hija le
malogró los propósitos, porque nunca hizo ningún misterio de su
desventura. Al contrario: a todo el que quiso oírla se la contaba con
sus pormenores, salvo el que nunca se había de aclarar: quién fue, y
cómo y cuándo, el verdadero causante de su perjuicio, porque nadie creyó
que en realidad hubiera sido Santiago Nasar. Pertenecían a dos mundos
divergentes. Nadie los vio nunca juntos, y mucho menos solos. Santiago
Nasar era demasiado altivo para fijarse en ella. «Tu prima la boba», me
decía, cuando tenía que mencionarla. Además, como decíamos entonces, él
era un gavilán pollero. Andaba solo, igual que su padre, cortándole el
cogollo a cuanta doncella sin rumbo empezaba a despuntar por esos
montes, pero nunca se le conoció dentro del pueblo otra relación
distinta de la convencional que mantenía con Flora Miguel, y de la
tormentosa que lo enloqueció durante catorce meses con María Alejandrina
Cervantes. La versión más corriente, tal vez por ser la más perversa,
era que Ángela Vicario estaba protegiendo a alguien a quien de veras
amaba, y había escogido el nombre de Santiago Nasar porque nunca pensó
que sus hermanos se atreverían contra él. Yo mismo traté de arrancarle
esta verdad cuando la visité por segunda vez con todos mis argumentos en
orden, pero ella apenas si levantó la vista del bordado para rebatirlos.
-Ya no
le des más vueltas, primo -me dijo-. Fue él.
Todo
lo demás lo contó sin reticencias, hasta el desastre de la noche de
bodas. Contó que sus amigas la habían adiestrado para que emborrachara
al esposo en la cama hasta que perdiera el sentido, que aparentara más
vergüenza de la que sintiera para que él apagara la luz, que se hiciera
un lavado drástico de aguas de alumbre para fingir la virginidad, y que
manchara la sábana con mercurio cromo para que pudiera exhibirla al día
siguiente en su patio de recién casada. Sólo dos cosas no tuvieron en
cuenta sus coberteras: la excepcional resistencia de bebedor de Bayardo
San Román, y la decencia pura que Ángela Vicario llevaba escondida
dentro de la estolidez impuesta por su madre. «No hice nada de lo que
me dijeron -me dijo-, porque mientras más lo pensaba más me daba cuenta
de que todo aquello era una porquería que no se le podía hacer a nadie,
y menos al pobre hombre que había tenido la mala suerte de casarse
conmigo.» De modo que se dejó desnudar sin reservas en el dormitorio
iluminado, a salvo ya de todos los miedos aprendidos que le habían
malogrado la vida. «Fue muy fácil -me dijo-, porque estaba resuelta a
morir.» La verdad es que hablaba de su desventura sin ningún pudor para
disimular la otra desventura, la verdadera, que le abrasaba las
entrañas. Nadie hubiera sospechado siquiera, hasta que ella se decidió a
contármelo, que Bayardo San Román estaba en su vida para siempre desde
que la llevó de regreso a su casa. Fue un golpe de gracia. «De pronto,
cuando mamá empezó a pegarme, empecé a acordarme de él», me dijo. Los
puñetazos le dolían menos porque sabía que eran por él. Siguió pensando
en él con un cierto asombro de sí misma cuando sollozaba tumbada en el
sofá del comedor. «No lloraba por los golpes ni por nada de lo que había
pasado -me dijo-: lloraba por él.» Seguía pensando en él mientra su
madre le ponía compresas de árnica en la cara, y más aún cuando oyó la
gritería en la calle y las campanas de incendio en la torre, y su madre
entró a decirle que ahora podía dormir, pues lo peor había pasado.
Llevaba mucho tiempo pensando en él sin ninguna ilusión cuando tuvo que
acompañar a su madre a un examen de la vista en el hospital de Riohacha.
Entraron de pasada en el Hotel del Puerto, a cuyo dueño conocían, y Pura
Vicario pidió un vaso de agua en la cantina. Se lo estaba tomando, de
espaldas a la hija, cuando ésta vio su propio pensamiento reflejado en
los espejos repetidos de la sala. Ángela Vicario volvió la cabeza con el
último aliento, y lo vio pasar a su lado sin verla, y lo vio salir del
hotel. Luego miró otra vez a su madre con el corazón hecho trizas. Pura
Vicario había acabado de beber, se secó los labios con la manga y le
sonrió desde el mostrador con los lentes nuevos. En esa sonrisa, por
primera vez desde su nacimiento, Ángela Vicario la vio tal como era: una
pobre mujer, consagrada al culto de sus defectos. «Mierda», se dijo.
Estaba tan trastornada, que hizo todo el viaje de regreso cantando en
voz alta, y se tiró en la cama a llorar durante tres días.
Nació
de nuevo. «Me volví loca por él -me dijo-, loca de remate.» Le bastaba
cerrar los ojos para verlo, lo oía respirar en el mar, la despertaba a
media noche el fogaje de su cuerpo en la cama. A fines de esa semana,
sin haber conseguido un minuto de sosiego, le escribió la primera carta.
Fue una esquela convencional, en la cual le contaba que lo había visto
salir del hotel, y que le habría gustado que él la hubiera visto. Esperó
en vano una respuesta. Al cabo de dos meses, cansada de esperar, le
mandó otra carta en el mismo estilo sesgado de la anterior, cuyo único
propósito parecía ser reprocharle su falta de cortesía. Seis meses
después había escrito seis cartas sin respuestas, pero se conformó con
la comprobación de que él las estaba recibiendo. Dueña por primera vez
de su destino, Ángela Vicario descubrió entonces que el odio y el amor
son pasiones recíprocas. Cuantas más cartas mandaba, más encendía las
brasas de su fiebre, pero más calentaba también el rencor feliz que
sentía contra su madre. «Se me revolvían las tripas de sólo verla -me
dijo-, pero no podía verla sin acordarme de él.» Su vida de casada
devuelta seguía siendo tan simple corno la de soltera, siempre bordando
a máquina con sus amigas como antes hizo tulipanes de trapo y pájaros de
papel, pero cuando su madre se acostaba permanecía en el cuarto
escribiendo cartas sin porvenir hasta la madrugada. Se volvió lúcida,
imperiosa, maestra de su albedrío, y volvió a ser virgen sólo para él, y
no reconoció otra autoridad que la suya ni más servidumbre que la de su
obsesión.
Escribió una carta semanal durante media vida. «A veces no se me ocurría
qué decir -me dijo muerta de risa-, pero me bastaba con saber que él las
estaba recibiendo.» Al principio fueron esquelas de compromiso, después
fueron papelitos de amante furtiva, billetes perfumados de novia fugaz,
memoriales de negocios, documentos de amor, y por último fueron las
cartas indignas de una esposa abandonada que se inventaba enfermedades
crueles para obligarlo a volver. Una noche de buen humor se le derramó
el tintero sobre la carta terminada, y en vez de romperla le agregó una
posdata: «En prueba de mi amor te envío mis lágrimas». En ocasiones,
cansada de llorar, se burlaba de su propia locura. Seis veces cambiaron
la empleada del correo, y seis veces consiguió su complicidad. Lo único
que no se le ocurrió fue renunciar. Sin embargo, él parecía insensible a
su delirio: era como escribirle a nadie.
Una
madrugada de vientos, por el año décimo, la despertó la certidumbre de
que él estaba desnudo en su cama. Le escribió entonces una carta febril
de veinte pliegos en la que soltó sin pudor las verdades amargas que
llevaba podridas en el corazón desde su noche funesta. Le habló de las
lacras eternas que él había dejado en su cuerpo, de la sal de su lengua,
de la trilla de fuego de su verga africana. Se la entregó a la empleada
del correo, que iba los viernes en la tarde a bordar con ella para
llevarse las cartas, y se quedó convencida de que aquel desahogo
terminal seria el último de su agonía. Pero no hubo respuesta. A partir
de entonces ya no era consciente de lo que escribía, ni a quién le
escribía a ciencia cierta, pero siguió escribiendo sin cuartel durante
diecisiete años. Un medio día de agosto, mientras bordaba con sus
amigas, sintió que alguien llegaba a la puerta. No tuvo que mirar para
saber quién era. «Estaba gordo y se le empezaba a caer el pelo, y ya
necesitaba espejuelos para ver de cerca -me dijo-. ¡Pero era él, carajo,
era él!» Se asustó, porque sabía que él la estaba viendo tan disminuida
como ella lo estaba viendo a él, y no creía que tuviera dentro tanto
amor como ella para soportarlo. Tenía la camisa empapada de sudor, como
lo había visto la primera vez en la feria, y llevaba la misma correa y
las mismas alforjas de cuero descosido con adornos de plata.
Bayardo San
Román
dio un paso adelante, sin ocuparse de las otras bordadoras atónitas, y
puso las alforjas en la máquina de coser.
-Bueno
-dijo-, aquí estoy.
Llevaba la maleta de la ropa para quedarse, y otra maleta igual con casi
dos mil cartas que ella le había escrito. Estaban ordenadas por sus
fechas, en paquetes cosidos con cintas de colores, y todas sin abrir.
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