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Durante años no pudimos hablar de otra cosa. Nuestra conducta diaria,
dominada hasta entonces por tantos hábitos lineales, había empezado a
girar de golpe en torno de una misma ansiedad común. Nos sorprendían los
gallos del amanecer tratando de ordenar las numerosas casualidades
encadenadas que habían hecho posible el absurdo, y era evidente que no
lo hacíamos por un anhelo de esclarecer misterios, sino porque ninguno
de nosotros podía seguir viviendo sin saber con exactitud cuál era el
sitio y la misión que le había asignado la fatalidad.
Muchos
se quedaron sin saberlo. Cristo Bedoya, que llegó a ser un cirujano
notable, no pudo explicarse nunca por qué cedió al impulso de esperar
dos horas donde sus abuelos hasta que llegara el obispo, en vez de irse
a descansar en la casa de sus padres, que lo estuvieron esperando hasta
el amanecer para alertarlo. Pero la mayoría de quienes pudieron hacer
algo por impedir el crimen y sin embargo no lo hicieron, se consolaron
con el pretexto de que los asuntos de honor son estancos sagrados a los
cuales sólo tienen acceso los dueños del drama. «La honra es el amor»,
le oía decir a mi madre. Hortensia Baute, cuya única participación fue
haber visto ensangrentados dos cuchillos que todavía no lo estaban, se
sintió tan afectada por la alucinación que cayó en una crisis de
penitencia, y un día no pudo soportarla más y se echó desnuda a las
calles. Flora Miguel, la novia de Santiago Nasar, se fugó por despecho
con un teniente de fronteras que la prostituyó entre los caucheros de
Vichada. Aura Villeros, la comadrona que había ayudado a nacer a tres
generaciones, sufrió un espasmo de la vejiga cuando conoció la noticia,
y hasta el día de su muerte necesitó una sonda para orinar. Don Rogelio
de la Flor, el buen marido de Clotilde Armenta, que era un prodigio de
vitalidad a los 86 años, se levantó por última vez para ver cómo
desguazaban a Santiago Nasar contra la puerta cerrada de su propia casa,
y no sobrevivió a la conmoción. Plácida Linero había cerrado esa puerta
en el último instante, pero se liberó a tiempo de la culpa. «La cerré
porque Divina Flor me juró que había visto entrar a mi hijo -me contó-,
y no era cierto.» Por el contrario, nunca se perdonó el haber confundido
el augurio magnífico de los árboles con el infausto de los pájaros, y
sucumbió a la perniciosa costumbre de su tiempo de masticar semillas de
cardamina.
Doce
días después del crimen, el instructor del sumario se encontró con un
pueblo en carne viva. En la sórdida oficina de tablas del Palacio
Municipal, bebiendo café de olla con ron de caña contra los espejismos
del calor, tuvo que pedir tropas de refuerzo para encauzar a la
muchedumbre que se precipitaba a declarar sin ser llamada, ansiosa de
exhibir su propia importancia en el drama. Acababa de graduarse, y
llevaba todavía el vestido de paño negro de la Escuela de Leyes, y el
anillo de oro con el emblema de su promoción, y las ínfulas y el lirismo
del primíparo feliz. Pero nunca supe su nombre. Todo lo que sabemos de
su carácter es aprendido en el sumario, que numerosas personas me
ayudaron a buscar veinte años después del crimen en el Palacio de
justicia de Riohacha. No existía clasificación alguna en los archivos, y
más de un siglo de expedientes estaban amontonados en el suelo del
decrépito edificio colonial que fuera por dos días el cuartel general de
Francis Drake. La planta baja se inundaba con el mar de leva, y los
volúmenes descosidos flotaban en las oficinas desiertas. Yo mismo
exploré muchas veces con las aguas hasta los tobillos aquel estanque de
causas perdidas, y sólo una casualidad me permitió rescatar al cabo de
cinco años de búsqueda unos 322 pliegos salteados de los más de 500 que
debió de tener el sumario. El nombre del juez no apareció en ninguno,
pero es evidente que era un hombre abrasado por la fiebre de la
literatura. Sin duda había leído a los clásicos españoles, y algunos
latinos, y conocía muy bien a Nietzsche, que era el autor de moda entre
los magistrados de su tiempo. Las notas marginales, y no sólo por el
color de la tinta, parecían escritas con sangre. Estaba tan perplejo con
el enigma que le había tocado en suerte, que muchas veces incurrió en
distracciones líricas contrarias al rigor de su ciencia. Sobre todo,
nunca le pareció legítimo que la vida se sirviera de tantas casualidades
prohibidas a la literatura, para que se cumpliera sin tropiezos una
muerte tan anunciada.
Sin
embargo, lo que más le había alarmado al final de su diligencia excesiva
fue no haber encontrado un solo indicio, ni siquiera el menos verosímil,
de que Santiago Nasar hubiera sido en realidad el causante del agravio.
Las amigas de Ángela Vicario que habían sido sus cómplices en el engaño
siguieron contando durante mucho tiempo que ella las había hecho
partícipes de su secreto desde antes de la boda, pero no les había
revelado ningún nombre. En el sumario declararon: «Nos dijo el milagro
pero no el santo». Ángela Vicario, por su parte, se mantuvo en su sitio.
Cuando el juez instructor le preguntó con su estilo lateral si sabía
quién era el difunto Santiago Nasar, ella le contestó impasible:
-Fue
mi autor.
Así
consta en el sumario, pero sin ninguna otra precisión de modo ni de
lugar. Durante el juicio, que sólo duró tres días, el representante de
la parte civil puso su mayor empeño en la debilidad de ese cargo. Era
tal la perplejidad del juez instructor ante la falta de pruebas contra
Santiago Nasar, que su buena labor parece por momentos desvirtuada por
la desilusión. En el folio 416, de su puño y letra y con la tinta roja
del boticario, escribió una nota marginal:
Dadme
un prejuicio y moveré el mundo.
Debajo
de esa paráfrasis de desaliento, con un trazo feliz de la misma tinta de
sangre, dibujó un corazón atravesado por una flecha. Para él, como para
los amigos más cercanos de Santiago Nasar, el propio comportamiento de
éste en las últimas horas fue una prueba terminante de su inocencia.
La
mañana de su muerte, en efecto, Santiago Nasar no había tenido un
instante de duda, a pesar de que sabía muy bien cuál hubiera sido el
precio de la injuria que le imputaban. Conocía la índole mojigata de su
mundo, y debía saber que la naturaleza simple de los gemelos no era
capaz de resistir al escarnio. Nadie conocía muy bien a Bayardo San
Román, pero Santiago Nasar lo conocía bastante para saber que debajo de
sus ínfulas mundanas estaba tan subordinado como cualquier otro a sus
prejuicios de origen. De manera que su despreocupación consciente
hubiera sido suicida. Además, cuando supo por fin en el último instante
que los hermanos Vicario lo estaban esperando para matarlo, su reacción
no fue de pánico, como tanto se ha dicho, sino que fue más bien el
desconcierto de la inocencia.
Mi
impresión personal es que murió sin entender su muerte. Después de que
le prometió a mi hermana Margot que iría a desayunar a nuestra casa,
Cristo Bedoya se lo llevó del brazo por el muelle, y ambos parecían tan
desprevenidos que suscitaron ilusiones falsas. «Iban tan contentos -me
dijo Meme Loaiza-, que le di gracias a Dios, porque pensé que el asunto
se había arreglado.» No todos querían tanto a Santiago Nasar, por
supuesto. Polo Carrillo, el dueño de la planta eléctrica, pensaba que su
serenidad no era inocencia sino cinismo. «Creía que su plata lo hacía
intocable», me dijo. Fausta López, su mujer, comentó: «Como todos los
turcos». Indalecio Pardo acababa de pasar por la tienda de Clotilde
Armenta, y los gemelos le habían dicho que tan pronto como se fuera el
obispo matarían a Santiago Nasar. Pensó, como tantos otros, que eran
fantasías de amanecidos, pero Clotilde Armenta le hizo ver que era
cierto, y le pidió que alcanzara a Santiago Nasar para prevenirlo.
-Ni te
moleste -le dijo Pedro Vicario-: de todos modos es como si ya estuviera
muerto.
Era un
desafío demasiado evidente. Los gemelos conocían los vínculos de
Indalecio Pardo y Santiago Nasar, y debieron pensar que era la persona
adecuada para impedir el crimen sin que ellos quedaran en vergüenza.
Pero Indalecio Pardo encontró a Santiago Nasar llevado del brazo por
Cristo Bedoya entre los grupos que abandonaban el puerto, y no se
atrevió a prevenirlo. «Se me aflojó la pasta», me dijo. Le dio una
palmada en el hombro a cada uno, y los dejó seguir. Ellos apenas lo
advirtieron, pues continuaban abismados en las cuentas de la boda.
La
gente se dispersaba hacia la plaza en el mismo sentido que ellos. Era
una multitud apretada, pero Escolástica Cisneros creyó observar que los
dos amigos caminaban en el centro sin dificultad, dentro de un círculo
vacío, porque la gente sabía que Santiago Nasar iba a morir, y no se
atrevían a tocarlo. También Cristo Bedoya recordaba una actitud distinta
hacia ellos. «Nos miraban como si lleváramos la cara pintada», me dijo.
Más aún: Sara Noriega abrió su tienda de zapatos en el momento en que
ellos pasaban, y se espantó con la palidez de Santiago Nasar. Pero él la
tranquilizó.
-¡Imagínese, niña Sara -le dijo sin detenerse-, con este guayabo!
Celeste Dangond estaba sentado en piyama en la puerta de su casa,
burlándose de los que se quedaron vestidos para saludar al obispo, e
invitó a Santiago Nasar a tomar café. «Fue para ganar tiempo mientras
pensaba», me dijo. Pero Santiago Nasar le contestó que iba de prisa a
cambiarse de ropa para desayunar con mi hermana. «Me hice bolas -me
explicó Celeste Dangond- pues de pronto me pareció que no podían matarlo
si estaba tan seguro de lo que iba a hacer.» Yamil Shaium fue el único
que hizo lo que se había propuesto. Tan pronto como conoció el rumor
salió a la puerta de su tienda de géneros y esperó a Santiago Nasar para
prevenirlo. Era uno de los últimos árabes que llegaron con Ibrahim
Nasar, fue su socio de barajas hasta la muerte, y seguía siendo el
consejero hereditario de la familia. Nadie tenía tanta autoridad como él
para hablar con Santiago Nasar. Sin embargo, pensaba que si el rumor era
infundado le iba a causar una alarma inútil, y prefirió consultarlo
primero con Cristo Bedoya por si éste estaba mejor informado. Lo llamó
al pasar. Cristo Bedoya le dio una palmadita en la espalda a Santiago
Nasar, ya en la esquina de la plaza, y acudió al llamado de Yamil
Shaium.
-Hasta
el sábado -le dijo.
Santiago Nasar no le contestó, sino que se dirigió en árabe a Yamil
Shaium y éste le replicó también en árabe, torciéndose de risa. «Era un
juego de palabras con que nos divertíamos siempre», me dijo Yamil Shaium.
Sin detenerse, Santiago Nasar les hizo a ambos su señal de adiós con la
mano y dobló la esquina de la plaza. Fue la última vez que lo vieron.
Cristo
Bedoya tuvo tiempo apenas de escuchar la información de Yamil Shaium
cuando salió corriendo de la tienda para alcanzar a Santiago Nasar. Lo
había visto doblar la esquina, pero no lo encontró entre los grupos que
empezaban a dispersarse en la plaza. Varias personas a quienes les
preguntó por él le dieron la misma respuesta:
-Acabo
de verlo contigo.
Le
pareció imposible que hubiera llegado a su casa en tan poco tiempo, pero
de todos modos entró a preguntar por él, pues encontró sin tranca y
entreabierta la puerta del frente. Entró sin ver el papel en el suelo, y
atravesó la sala en penumbra tratando de no hacer ruido, porque aún era
demasiado temprano para visitas, pero los perros se alborotaron en el
fondo de la casa y salieron a su encuentro. Los calmó con las llaves,
como lo había aprendido del dueño, y siguió acosado por ellos hasta la
cocina. En el corredor se cruzó con Divina Flor que llevaba un cubo de
agua y un trapero para pulir los pisos de la sala. Ella le aseguró que
Santiago Nasar no había vuelto. Victoria Guzmán acababa de poner en el
fogón el guiso de conejos cuando él entró en la cocina. Ella comprendió
de inmediato.
«El
corazón se le estaba saliendo por la boca», me dijo. Cristo Bedoya le
preguntó si Santiago Nasar estaba en casa, y ella le contestó con un
candor fingido que aún no había llegado a dormir. .
-Es en
serio -le dijo Cristo Bedoya-, lo están buscando para matarlo.
A
Victoria Guzmán se le olvidó el candor.
-Esos
pobres muchachos no matan a nadie -dijo.
-Están
bebiendo desde el sábado -dijo Cristo Bedoya.
-Por
lo mismo -replicó ella-: no hay borracho que se coma su propia caca.
Cristo
Bedoya volvió a la sala, donde Divina Flor acababa de abrir las
ventanas. «Por supuesto que no estaba lloviendo -me dijo Cristo Bedoya-.
Apenas iban a ser las siete, y ya entraba un sol dorado por las
ventanas.» Le volvió a preguntar a Divina Flor si estaba segura de que
Santiago Nasar no había entrado por la puerta de la sala. Ella no estuvo
entonces tan segura como la primera vez. Le preguntó por Plácida Linero,
y ella le contestó que hacía un momento le había puesto el café en la
mesa de noche, pero no la había despertado. Así era siempre: despertaría
a las siete, se tomaría el café, y bajaría a dar las instrucciones para
el almuerzo. Cristo Bedoya miró el reloj: eran las 6.56. Entonces subió
al segundo piso para convencerse de que Santiago Nasar no había entrado.
La
puerta del dormitorio estaba cerrada por dentro, porque Santiago Nasar
había salido a través del dormitorio de su madre. Cristo Bedoya no sólo
conocía la casa tan bien como la suya, sino que tenía tanta confianza
con la familia que empujó la puerta del dormitorio de Plácida Linero
para pasar desde allí al dormitorio contiguo. Un haz de sol polvoriento
entraba por la claraboya, y la hermosa mujer dormida en la hamaca, de
costado, con la mano de novia en la mejilla, tenía un aspecto irreal.
«Fue como una aparición», me dijo Cristo Bedoya. La contempló un
instante, fascinado por su belleza, y luego atravesó el dormitorio en
silencio, pasó de largo frente al baño, y entró en el dormitorio de
Santiago Nasar. La cama seguía intacta, y en el sillón estaba el
sombrero de jinete, y en el suelo estaban las botas junto a las
espuelas. En la mesa de noche el reloj de pulsera de Santiago Nasar
marcaba las 6.58. «De pronto pensé que había vuelto a salir armado», me
dijo Cristo Bedoya. Pero encontró la magnum en la gaveta de la mesa de
noche. «Nunca había disparado un arma -me dijo Cristo Bedoya-, pero
resolví coger el revólver para llevárselo a Santiago Nasar.» Se lo
ajustó en el cinturón, por dentro de la camisa, y sólo después del
crimen se dio cuenta de que estaba descargado. Plácida Linero apareció
en la puerta con el pocillo de café en el momento en que él cerraba la
gaveta.
-¡Santo Dios -exclamó ella-, qué susto me has dado!
Cristo
Bedoya también se asustó. La vio a plena luz, con una bata de alondras
doradas y el cabello revuelto, y el encanto se había desvanecido.
Explicó un poco confuso que había entrado a buscar a Santiago Nasar.
-Se
fue a recibir al obispo -dijo Plácida Linero.
-Pasó
de largo -dijo él.
-Lo
suponía -dijo ella-. Es el hijo de la peor madre.
No
siguió, porque en ese momento se dio cuenta de que Cristo Bedoya no
sabía dónde poner el cuerpo. «Espero que Dios me haya perdonado -me dijo
Plácida Linero-, pero lo vi tan confundido que de pronto se me ocurrió
que había entrado a robar.» Le preguntó qué le pasaba. Cristo Bedoya era
consciente de estar en una situación sospechosa, pero no tuvo valor para
revelarle la verdad.
-Es
que no he dormido ni un minuto -le dijo.
Se fue
sin más explicaciones. «De todos modos -me dijo- ella siempre se
imaginaba que le estaban robando.» En la plaza se encontró con el padre
Amador que regresaba a la iglesia con los ornamentos de la misa
frustrada, pero no le pareció que pudiera hacer por Santiago Nasar nada
distinto de salvarle el alma. Iba otra vez hacia el puerto cuando sintió
que lo llamaban desde la tienda de Clotilde Armenta. Pedro Vicario
estaba en la puerta, lívido y desgreñado, con la camisa abierta y las
mangas enrolladas hasta los codos, y con el cuchillo basto que él mismo
había fabricado con una hoja de segueta. Su actitud era demasiado
insolente para ser casual, y sin embargo no fue la única ni la más
visible que intentó en los últimos minutos para que le impidieran
cometer el crimen.
-Cristóbal -gritó-: dile a Santiago Nasar que aquí lo estamos esperando
para matarlo.
Cristo
Bedoya le habría hecho el favor de impedírselo. «Si yo hubiera sabido
disparar un revólver, Santiago Nasar estaría vivo», me dijo. Pero la
sola idea lo impresionó, después de todo lo que había oído decir sobre
la potencia devastadora de una bala blindada.
-Te
advierto que está armado con una magnum capaz de atravesar un motor
-gritó.
Pedro
Vicario sabía que no era cierto. «Nunca estaba armado si no llevaba ropa
de montar», me dijo. Pero de todos modos había previsto que lo estuviera
cuando tomó la decisión de lavar la honra de la hermana.
-Los
muertos no disparan -gritó.
Pablo
Vicario apareció entonces en la puerta. Estaba tan pálido como el
hermano, y tenía puesta la chaqueta de la boda y el cuchillo envuelto en
el periódico. «Si no hubiera sido por eso -me dijo Cristo Bedoya-, nunca
hubiera sabido cuál de los dos era cuál.» Clotilde Armenta apareció
detrás de Pablo Vicario, y le gritó a Cristo Bedoya que se diera prisa,
porque en este pueblo de maricas sólo un hombre como él podía impedir la
tragedia.
Todo
lo que ocurrió a partir de entonces fue del dominio público. La gente
que regresaba del puerto, alertada por los gritos, empezó a tomar
posiciones en la plaza para presenciar el crimen. Cristo Bedoya les
preguntó a varios conocidos por Santiago Nasar, pero nadie lo había
visto. En la puerta del Club Social se encontró con el coronel Lázaro
Aponte y le contó lo que acababa de ocurrir frente a la tienda de
Clotilde Armenta.
-No
puede ser -dijo el coronel Aponte-, porque yo los mandé a dormir.
Acabo
de verlos con un cuchillo de matar puercos -dijo Cristo Bedoya.
-No
puede ser, porque yo se los quité antes de mandarlos a dormir -dijo el
alcalde-.
Debe
ser que los viste antes de eso.
-Los
vi hace dos minutos y cada uno tenía un cuchillo de matar puercos -dijo
Cristo Bedoya.
-¡Ah
carajo -dijo el alcalde-, entonces debió ser que volvieron con otros!
Prometió ocuparse de eso al instante, pero entró en el Club Social a
confirmar una cita de dominó para esa noche, y cuando volvió a salir ya
estaba consumado el crimen. Cristo Bedoya cometió entonces su único
error mortal: pensó que Santiago Nasar había resuelto a última hora
desayunar en nuestra casa antes de cambiarse de ropa, y allá se fue a
buscarlo. Se apresuró por la orilla del río, preguntándole a todo el que
encontraba si lo habían visto pasar, pero nadie le dio razón. No se
alarmó, porque había otros caminos para nuestra casa. Próspera Arango,
la cachaca, le suplicó que hiciera algo por su padre que estaba
agonizando en el sardinel de su casa, inmune a la bendición fugaz del
obispo. «Yo lo había visto al pasar -me dijo mi hermana Margot-, y ya
tenía cara de muerto.» Cristo Bedoya demoró cuatro minutos en establecer
el estado del enfermo, y prometió volver más tarde para un recurso de
urgencia, pero perdió tres minutos más ayudando a Próspera Arango a
llevarlo hasta el dormitorio. Cuando volvió a salir sintió gritos
remotos y le pareció que estaban reventando cohetes por el rumbo de la
plaza. Trató de correr, pero se lo impidió el revólver mal ajustado en
la cintura. Al doblar la última esquina reconoció de espaldas a mi madre
que llevaba casi a rastras al hijo menor.
-Luisa
Santiaga -le gritó-: dónde está su ahijado.
Mi
madre se volvió apenas con la cara bañada en lágrimas.
-¡Ay,
hijo -contestó-, dicen que lo mataron!
Así
era. Mientras Cristo Bedoya lo buscaba, Santiago Nasar había entrado en
la casa de Flora Miguel, su novia, justo a la vuelta de la esquina donde
él lo vio por última vez. «No se me ocurrió que estuviera ahí -me dijo-
porque esa gente no se levantaba nunca antes de medio día.» Era una
versión corriente que la familia entera dormía hasta las doce por orden
de Nahir Miguel, el varón sabio de la comunidad. «Por eso Flora Miguel,
que ya no se cocinaba en dos aguas, se mantenía como una rosa», dice
Mercedes. La verdad es que dejaban la casa cerrada hasta muy tarde, como
tantas otras, pero eran gentes tempraneras y laboriosas. Los padres de
Santiago Nasar y Flora Miguel se habían puesto de acuerdo para casarlos.
Santiago Nasar aceptó el compromiso en plena adolescencia, y estaba
resuelto a cumplirlo, tal vez porque tenía del matrimonio la misma
concepción utilitaria que su padre. Flora Miguel, por su parte, gozaba
de una cierta condición floral, pero carecía de gracia y de juicio y
había servido de madrina de bodas a toda su generación, de modo que el
convenio fue para ella una solución providencial. Tenían un noviazgo
fácil, sin visitas formales ni inquietudes del corazón. La boda varias
veces diferida estaba fijada por fin para la próxima Navidad. Flora
Miguel despertó aquel lunes con los primeros bramidos del buque del
obispo, y muy poco después se enteró de que los gemelos Vicario estaban
esperando a Santiago Nasar para matarlo. A mi hermana la monja, la única
que habló con ella después de la desgracia, le dijo que no recordaba
siquiera quién se lo había dicho. «Sólo sé que a las seis de la mañana
todo el mundo lo sabía», le dijo. Sin embargo, le pareció inconcebible
que a Santiago Nasar lo fueran a matar, y en cambio se le ocurrió que lo
iban a casar a la fuerza con Ángela Vicario para que le devolviera la
honra. Sufrió una crisis de humillación. Mientras medio pueblo esperaba
al obispo, ella estaba en su dormitorio llorando de rabia, y poniendo en
orden el cofre de las cartas que Santiago Nasar le había mandado desde
el colegio.
Siempre que pasaba por la casa de Flora Miguel, aunque no hubiera nadie,
Santiago Nasar raspaba con las llaves la tela metálica de las ventanas.
Aquel lunes, ella lo estaba esperando con el cofre de cartas en el
regazo. Santiago Nasar no podía verla desde la calle, pero en cambio
ella lo vio acercarse a través de la red metálica desde antes de que la
raspara con las llaves.
-Entra
-le dijo.
Nadie,
ni siquiera un médico, había entrado en esa casa a las 6.45 de la
mañana. Santiago Nasar acababa de dejar a Cristo Bedoya en la tienda de
Yamil Shaium, y había tanta gente pendiente de él en la plaza, que no
era comprensible que nadie lo viera entrar en casa de su novia. El juez
instructor buscó siquiera una persona que lo hubiera visto, y lo hizo
con tanta persistencia como yo, pero no fue posible encontrarla. En el
folio 382 del sumario escribió otra sentencia marginal con tinta roja:
La
fatalidad nos hace invisibles.
El
hecho es que Santiago Nasar entró por la puerta principal, a la vista de
todos, y sin hacer nada por no ser visto. Flora Miguel lo esperaba en la
sala, verde de cólera, con uno de los vestidos de arandelas infortunadas
que solía llevar en las ocasiones memorables, y le puso el cofre en las
manos.
Aquí
tienes -le dijo-. ¡Y ojalá te maten!
Santiago Nasar quedó tan perplejo, que el cofre se le cayó de las manos,
y sus cartas sin amor se regaron por el suelo. Trató de alcanzar a Flora
Miguel en el dormitorio, pero ella cerró la puerta y puso la aldaba.
Tocó varias veces, y la llamó con una voz demasiado apremiante para la
hora, así que toda la familia acudió alaranada. Entre consanguíneos y
políticos, mayores y menores de edad, eran más de catorce. El último que
salió fue Nahir Miguel, el padre, con la barba colorada y la chilaba de
beduino que trajo de su tierra, y que siempre usó dentro de la casa. Yo
lo vi muchas veces, y era inmenso y parsimonioso, pero lo que más me
impresionaba era el fulgor de su autoridad.
-Flora
-llamó en su lengua-. Abre la puerta.
Entró
en el dormitorio de la hija, mientras la familia contemplaba absorta a
Santiago Nasar. Estaba arrodillado en la sala, recogiendo las cartas del
suelo y poniéndolas en el cofre. «Parecía una penitencia», me dijeron.
Nahir Miguel salió del dormitorio al cabo de unos minutos, hizo una
señal con la mano y la familia entera desapareció. Siguió hablando en
árabe a Santiago Nasar. «Desde el primer momento comprendí que no tenía
la menor idea de lo que le estaba diciendo», me dijo. Entonces le
preguntó en concreto si sabía que los hermanos Vicario lo buscaban para
matarlo. «Se puso pálido, y perdió de tal modo el dominio, que no era
posible creer que estaba fingiendo», me dijo. Coincidió en que su
actitud no era tanto de miedo como de turbación.
-Tú
sabrás si ellos tienen razón, o no -le dijo-. Pero en todo caso, ahora
no te quedan sino dos caminos: o te escondes aquí, que es tu casa, o
sales con mi rifle.
-No
entiendo un carajo -dijo Santiago Nasar.
Fue lo
único que alcanzó a decir, y lo dijo en castellano. «Parecía un pajarito
mojado», me dijo Nahir Miguel. Tuvo que quitarle el cofre de las manos
porque él no sabía dónde dejarlo para abrir la puerta.
-Serán
dos contra uno -le dijo.
Santiago Nasar se fue. La gente se había situado en la plaza como en los
días de desfiles. Todos lo vieron salir, y todos comprendieron que ya
sabía que lo iban a matar, y estaba tan azorado que no encontraba el
camino de su casa. Dicen que alguien gritó desde un balcón: «Por ahí no,
turco, por el puerto viejo». Santiago Nasar buscó la voz. Yamil Shaium
le gritó que se metiera en su tienda, y entró a buscar su escopeta de
caza, pero no recordó dónde había escondido los cartuchos. De todos
lados empezaron a gritarle, y Santiago Nasar dio varias vueltas al revés
y al derecho, deslumbrado por tantas voces a la vez. Era evidente que se
dirigía a su casa por la puerta de la cocina, pero de pronto debió darse
cuenta de que estaba abierta la puerta principal. Ahí viene -dijo Pedro
Vicario.
Ambos
lo habían visto al mismo tiempo. Pablo Vicario se quitó el saco, lo puso
en el taburete, y desenvolvió el cuchillo en forma de alfanje. Antes de
abandonar la tienda, sin ponerse de acuerdo, ambos se santiguaron.
Entonces Clotilde Armenta agarró a Pedro Vicario por la camisa y le
gritó a Santiago Nasar que corriera porque lo iban a matar. Fue un
grito tan apremiante que apagó a los otros. «Al principio se asustó -me
dijo Clotilde Armenta-, porque no sabía quién le estaba gritando, ni de
dónde.» Pero cuando la vio a ella vio también a Pedro Vicario, que la
tiró por tierra con un empellón, y alcanzó al hermano. Santiago Nasar
estaba a menos de 50 metros de su casa, y corrió hacia la puerta
principal.
Cinco
minutos antes, en la cocina, Victoria Guzmán le había contado a Plácida
Linero lo que ya todo el mundo sabía. Plácida Linero era una mujer de
nervios firmes, así que no dejó traslucir ningún signo de alarma. Le
preguntó a Victoria Guzmán si le había dicho algo a su hijo, y ella le
mintió a conciencia, pues contestó que todavía no sabía nada cuando él
bajó a tomar el café. En la sala, donde seguía trapeando los pisos,
Divina Flor vio al mismo tiempo que Santiago Nasar entró por la puerta
de la plaza y subió por las escaleras de buque de los dormitorios. «Fue
una visión nítida», me contó Divina Flor. «Llevaba el vestido blanco, y
algo en la mano que no pude ver bien, pero me pareció un ramo de rosas.»
De modo que cuando Plácida Linero le preguntó por él, Divina Flor la
tranquilizó.
-Subió
al cuarto hace un minuto -le dijo.
Plácida Linero vio entonces el papel en el suelo, pero no pensó en
recogerlo, y sólo se enteró de lo que decía cuando alguien se lo mostró
más tarde en la confusión de la tragedia. A través de la puerta vio a
los hermanos Vicario que venían corriendo hacia la casa con los
cuchillos desnudos. Desde el lugar en que ella se encontraba podía
verlos a ellos, pero no alcanzaba a ver a su hijo que corría desde otro
ángulo hacia la puerta. «Pensé que querían meterse para matarlo dentro
de la casa», me dijo. Entonces corrió hacia la puerta y la cerró de un
golpe. Estaba pasando la tranca cuando oyó los gritos de Santiago Nasar,
y oyó los puñetazos de terror en la puerta, pero creyó que él estaba
arriba, insultando a los hermanos Vicario desde el balcón de su
dormitorio. Subió a ayudarlo.
Santiago Nasar necesitaba apenas unos segundos para entrar cuando se
cerró la puerta. Alcanzó a golpear varias veces con los puños, y en
seguida se volvió para enfrentarse a manos limpias con sus enemigos. «Me
asusté cuando lo vi de frente ---me dijo Pablo Vicario-, porque me
pareció como dos veces más grande de lo que era.» Santiago Nasar levantó
la mano para parar el primer golpe de Pedro Vicario, que lo atacó por el
flanco derecho con el cuchillo recto.
-¡Hijos de puta! -gritó.
El
cuchillo le atravesó la palma de la mano derecha, y luego se le hundió
hasta el fondo en el costado. Todos oyeron su grito de dolor.
-¡Ay
mi madre!
Pedro
Vicario volvió a retirar el cuchillo con su pulso fiero de matarife, y
le asestó un
segundo golpe casi en el mismo lugar. «Lo raro es que el cuchillo volvía
a salir limpio
-declaró Pedro Vicario al instructor-. Le había dado por lo menos tres
veces y no había
una
gota de sangre.» Santiago Nasar se torció con los brazos cruzados sobre
el vientre
después de la tercera cuchillada, soltó un quejido de becerro, y trató
de darles la espalda. Pablo Vicario, que estaba a su izquierda con el
cuchillo curvo, le asestó
entonces la única cuchillada en el lomo, y un chorro de sangre a alta
presión le empapó la camisa. «Olía como él», me dijo. Tres veces herido
de muerte, Santiago Nasar les dio otra vez el frente, y se apoyó de
espaldas contra la puerta de su madre, sin la menor resistencia, como si
sólo quisiera ayudar a que acabaran de matarlo por partes iguales. «No
volvió a gritar—dijo Pedro Vicario al instructor-. Al contrario: me
pareció que se estaba riendo.» Entonces ambos siguieron acuchillándolo
contra la puerta, con golpes alternos y fáciles, flotando en el remanso
deslumbrante que encontraron del otro lado del miedo. No oyeron los
gritos del pueblo entero espantado de su propio crimen. «Me sentía como
cuando uno va corriendo en un caballo», declaró Pablo Vicario. Pero
ambos despertaron de pronto a la realidad, porque estaban exhaustos, y
sin embargo les parecía que Santiago Nasar no se iba a derrumbar nunca.
«¡Mierda, primo -me dijo Pablo Vicario-, no te imaginas lo difícil que
es matar a un hombre!» Tratando de acabar para siempre, Pedro Vicario le
buscó el corazón, pero se lo buscó casi en la axila, donde lo tienen los
cerdos. En realidad Santiago Nasar no caía porque ellos mismos lo
estaban sosteniendo a cuchilladas contra la puerta. Desesperado, Pablo
Vicario le dio un tajo horizontal en el vientre, y los intestinos
completos afloraron con una explosión. Pedro Vicario iba a hacer lo
mismo, pero el pulso se le torció de horror, y le dio un tajo extraviado
en el muslo. Santiago Nasar permaneció todavía un instante apoyado
contra la puerta, hasta que vio sus propias vísceras al sol, limpias y
azules, y cayó de rodillas. Después de buscarlo a gritos por los
dormitorios, oyendo sin saber dónde otros gritos que no eran los suyos,
Plácida Linero se asomó a la ventana de la plaza y vio a los gemelos
Vicario que corrían hacia la iglesia. Iban perseguidos de cerca por
Yamil Shaium, con su escopeta de matar tigres, y por otros árabes
desarmados y Plácida Linero pensó que había pasado el peligro. Luego
salió al balcón del dormitorio, y vio a Santiago Nasar frente a la
puerta, bocabajo en el polvo, tratando de levantarse de su propia
sangre. Se incorporó de medio lado, y se echó a andar en un estado de
alucinación, sosteniendo con las manos las vísceras colgantes. Caminó
más de cien metros para darle la vuelta completa a la casa y entrar por
la puerta de la cocina. Tuvo todavía bastante lucidez para no ir por la
calle, que era el trayecto más largo, sino que entró por la casa
contigua. Poncho Lanao, su esposa y sus cinco hijos no se habían
enterado de lo que acababa de ocurrir a 20 pasos de su puerta. «Oímos
la gritería -me dijo la esposa-, pero pensamos que era la fiesta del
obispo.» Empezaban a desayunar cuando vieron entrar a Santiago Nasar
empapado de sangre llevando en las manos el racimo de sus entrañas.
Poncho Lanao me dijo: «Lo que nunca pude olvidar fue el terrible olor a
mierda». Pero Argénida Lanao, la hija mayor, contó que Santiago Nasar
caminaba con la prestancia de siempre, midiendo bien los pasos, y que su
rostro de sarraceno con los rizos alborotados estaba más bello que
nunca. Al pasar frente a la mesa les sonrió, y siguió a través de los
dormitorios hasta la salida posterior de la casa. «Nos quedamos
paralizados de susto», me dijo Argénida Lanao. Mi tía Wenefrida Márquez
estaba desescamando un sábalo en el patio de su casa al otro lado del
río, y lo vio descender las escalinatas del muelle antiguo buscando con
paso firme el rumbo de su casa.
-¡Santiago, hijo—le gritó-, qué te pasa!
Santiago Nasar la reconoció.
-Que
me mataron, niña Wene -dijo.
Tropezó en el último escalón, pero se incorporó de inmediato. «Hasta
tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las
tripas», me dijo mi tía Wene. Después entró en su casa por la puerta
trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en
la cocina.
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