LIBRO DEL MES

El Libro De Marco Polo - Primera Parte

Marco Polo

 
LIBRO DEL MES   ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 


El libro de Marco Polo anotado por Cristóbal Colón

Prólogo

E
n el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo y verdadero amén. Comienza el prólogo al libro de micer Marco Polo de Venecia sobre las costumbres y cualidades de las regiones de Oriente, traducido del vulgar al latín por fray Francisco de Pepuris de Bolonia. Yo, fray Francisco de Pepuris de Bolonia, de los frailes predicadores, me veo forzado por muchos padres y señores míos a trasladar de lengua vulgar  al latín en verídica y fiel traducción el libro del prudente, honorable y muy fiel micer Marco Polo de Venecia sobre las costumbres y cualidades de las regiones de Oriente, publicado y escrito por él en nuestro vulgar, a fin de que tanto los que gustan más del latín que del romance como los que no pueden entender en absoluto o difícilmente la propiedad de otra lengua, por la total diferencia del idioma o por la diversidad de giros, lo lean ahora con mayor deleite o lo comprendan con más presteza. Además, los que me obligaron a tomar este trabajo no podían hacerlo del todo por sí mismos, ya que, entregados a más alta contemplación y prefiriendo lo sublime a lo ínfimo, rehusaban tanto entender como escribir de cosas terrenas. En consecuencia, por acatar sus mandados, vertí el contenido de esa obra fiel e íntegramente en un latín llano y paladino, pues ese estilo requería la materia del presente libro. Y para que no parezca tal labor huera e inútil, pensé que de la lectura de este volumen los hombres fieles podrían obtener de Dios el merecimiento de muchas gracias, ya que, al contemplar las obras del Señor, maravillosas por la variedad, hermosura y grandeza de sus criaturas, admirarán con devoción su poder y su sabiduría; o al ver a los pueblos gentiles envueltos en tan densas sombras de ceguera y en tan grandes indecencias darán gracias a Dios, que, alumbrando a sus fieles con el resplandor de la verdad, se dignó llamarlos de tan peligrosas tinieblas a su admirable luz; o condoliéndose de su ignorancia rogarán al Señor por la iluminación de sus corazones; o se confundirá la desidia de los cristianos no devotos, ya que los pueblos infieles están más dispuestos a venerar a sus ídolos que muchos de los que han sido sellados con el hierro de Cristo a honrar el verdadero culto de Dios; también podrán ser incitados los corazones de algunos religiosos al acrecentamiento de la fe cristiana, y llevarán con la ayuda propicia de Dios el nombre de nuestro Señor Jesucristo, entregado al olvido en tan grande multitud de pueblos, a las naciones ciegas de los infieles, donde la mies es mucha y pocos los obreros. Por otra parte, para que muchas cosas nunca oídas e insólitas Para nosotros, que se cuentan en este libro en multitud de pasajes, no parezcan increíbles a un lector poco avisado, han de saber cuantos lo leyeren que micer Marco, el que las relata, es un hombre discreto, fiel y devoto y adornado de honestas costumbres y que goza de buen crédito ante todos sus amigos, de modo que su relación, por el refrendo de tantas virtudes, es digna de fe. Su padre, micer Nicolás, varón de prudencia suma, refería igualmente punto por punto las mismas cosas; también su tío micer Mateo, del que hace mención este libro, hombre maduro, devoto y sabio, hallándose en trance de muerte aseguró con firmeza constante a su confesor, en una conversación íntima, que este libro contenía en todo la verdad. Por esta razón tomé el trabajo de traducirlo con la conciencia más tranquila, para consuelo de los que lo lean y loor de nuestro Señor Jesucristo, creador de todas las cosas visibles e invisibles.
 


Libro primero
Empieza el libro primero de micer Marco de Venecia.

Capítulo primero

En el tiempo en que el príncipe Balduino tenía el cetro del imperio de Constantinopla, en el año de la encarnación del Señor de mccl, dos nobles y prudentes hermanos, vecinos de la ínclita ciudad de Venecia, se embarcaron de común acuerdo y concierto en el puerto de Venecia en su propia nave, cargada de diversas riquezas y mercancías, y pusieron rumbo a Constantinopla al soplo de un viento favorable bajo la guía de Dios. El mayor de edad se llamaba Nicolás, el otro Mateo, y su estirpe se decía de la casa de Polo. Después de despachar sus asuntos pronta y felizmente en la ciudad de Constantinopla, zarparon de allí en busca de mayor ganancia y arribaron al puerto de una ciudad de Armenia que se llama Soldada, de donde, hecho acopio de joyas preciosas, se dirigieron por consejo que les fue dado a la corte de un rey de los tártaros, de nombre Barka, a quien ofrecieron todos los regalos que llevaban; y el les dispensó por su parte una benigna acogida, pues, en compensación, les dio ricos y más valiosos presentes.  Cuando llevaban ya un año de estancia en su reino y querían tornar a Venecia, de pronto estalló una nueva y gran contienda entre el susodicho monarca y otro rey de los tártaros, llamado Man. Al trabar combate entre sí los ejércitos de uno y otro, resultó vencedor Man y la hueste del rey Barka sufrió un no pequeño descalabro. Por esta razón, tras ponderar los peligros, les quedó cortado el camino de volver a su patria por la vía anterior, y después de deliberar sobre la mejor manera de regresar a Constantinopla, les fue forzoso rodear el reino de Barka por la ruta opuesta. Así llegaron a la ciudad llamada Onchata, y saliendo de ella cruzaron el río Tigris, que es uno de los cuatro ríos del Paraíso, y atravesaron un desierto sin encontrar durante XVII jornadas ni ciudad ni aldea, hasta que llegaron a una ciudad muy buena que se llama Bochaya en la región de Persia, en la que gobernaba un rey por nombre Barach. Allí residieron tres años.

Capítulo segundo
De cómo fueron a la corte del gran rey de los tártaros

En aquel tiempo llegó a Bochara un varón de suma prudencia enviado por el susodicho monarca al gran rey de los tártaros, y al encontrar allí a unos hombres ya del todo versados en la lengua tártara, se alegró sobremanera, porque nunca había visto otros hombres latinos, a los que sin embargo ansiaba ver de todo corazón. Una vez que tuvo durante muchos días conversaciones y trato con ellos y comprobó sus agradables maneras, los invitó a que fuesen con él ante el gran rey de los tártaros, prometiéndoles que obtendrían muy grandes honores y muy pingües beneficios. Ellos, viendo que no podrían volver durante largo tiempo a su patria sin peligro, emprendieron con él el viaje encomendándose a la protección de Dios y llevando como compañeros a unos criados cristianos que habían traído consigo de Venecia. Al cabo de un año llegaron ante el gran rey de todos los tártaros, que se llamaba Cublay, que en su lengua se decía Gran Kan, que significa en la nuestra «gran rey de reyes». El motivo de tan gran tardanza en el viaje fue que les resultó preciso esperar en el camino, a causa de las nevadas y las crecidas de los ríos y de los torrentes, a que se deshelase la nieve que había caído en demasía y menguasen las aguas que se habían desbordado.  Su camino durante aquel año fue siguiendo el viento aquilón, que los venecianos llaman en su lengua «tramontana». Todo lo que vieron en su curso será descrito por orden en este libro.

Capítulo tercero
De cómo hallaron gracia ante el susodicho rey

Cuando fueron introducidos en presencia del Gran Kan, el rey, que era afable en extremo, los acogió con alegría, y les preguntó muchas veces sobre las cualidades de las regiones de Occidente, sobre el Emperador de romanos, sobre los reyes y los príncipes cristianos, sobre cómo se guardaba la justicia en sus reinos y de qué manera hacían la guerra. Les inquirió también con insistencia sobre las costumbres de los latinos, y ante todo les interrogó con más ahínco todavía acerca del Papa de los cristianos y el culto de la fe cristiana. Aquéllos, a fuer de hombres prudentes, dieron sabia respuesta a cada cuestión, por lo que el soberano ordenaba que fueran llevados a menudo a su presencia, y hallaron gracia ante sus ojos.

 

Capítulo cuarto

De cómo el rey los envió al Romano Pontífice

 

Un día el Gran Kan, tras celebrar consejo con sus barones, rogó a los hombres susodichos que, por afecto hacia él, regresasen al Papa con uno de sus barones, que se llamaba Cogatal, para pedir de su parte al Sumo Pontífice de los cristianos que le enviase a cien letrados cristianos, que le supiesen enseñar con su doctrina de manera razonada y discreta si era verdad que la fe de los cristianos era la mejor de todas, que los dioses de los tártaros eran demonios, y que ellos y los demás orientales estaban engañados en el culto gentílico; pues deseaba escuchar de manera fundada qué fe se había de guardar con mayor motivo. Como se postraron humildemente ante él, diciendo que estaban prestos a cumplir su entera voluntad, el rey ordenó escribir una carta al Romano Pontífice en lengua de los tártaros, que les confió para que fuesen portadores de ella. También mandó que se les entregara una chapa de oro en testimonio de fe, que estaba grabada y sellada con el sello del rey, según la costumbre de su cancillería; el que la lleva debe ser acompañado con toda su comitiva sano y salvo de un lugar a otro por todos los gobernadores de las ciudades sometidas a su imperio, y se debe atender totalmente a sus gastos y necesidades todo el tiempo que quiera permanecer en una ciudad o en una villa. Además les encargó el rey que, a su vuelta, le trajesen aceite de la lámpara que pende ante el Sepulcro de Nuestro Señor Jesús en Jerusalén, pues creía que Cristo se encontraba en el número de los dioses buenos. Después de haber sido despachados con honores en la corte del rey y recibido su permiso, emprendieron el camino llevando la carta y la chapa de oro. Al fin de cabalgar durante XX jornadas, el barón Cogatal, que iba en su compañía, cayó gravemente enfermo, de forma que por la voluntad de él mismo y el consejo de muchos continuaron su ruta abandonándolo; pero en todas partes fueron recibidos con reverencia a causa de la chapa de oro que tenían. Les fue preciso retrasar el viaje por haber encontrado los ríos desbordados en muchos parajes, pues estuvieron tres años de camino antes de poder llegar al puerto de la ciudad de Armenia que se llama Glasa. Partiendo de Glasa llegaron por mar a Acon en el mes de abril del año de MCDXXII.

 

Capítulo quinto

De cómo esperaron en Venecia la elección del Sumo Pontífice
 

Cuando entraron en Acon se enteraron de que el señor Papa Clemente cuarto acababa de morir, noticia que los llenó de grandísima pesadumbre.  Estaba entonces en la ciudad de Acon un legado de la sede apostólica, el señor Teobaldo, de los Visconti de Placencia, al que narraron todas las cosas por las que habían sido enviados por el Gran Kan. Su consejo fue que aguardasen la designación de Sumo Pontífice. Así marcharon a Venecia a ver a los suyos, para esperar allí a que se crease nuevo Papa. Cuando llegaron a Venecia, halló micer Nicolás que su mujer, que estaba embarazada a su partida, había muerto, y se encontró con un hijo llamado Marco, que tenía ya XV años de edad, que había nacido de su mujer después de su marcha de Venecia. Este Marco es el que compuso este libro; cómo supo todas estas cosas se aclarará más abajo. Mientras tanto, se prolongó tanto la elección del Sumo Pontífice que permanecieron en Venecia dos años esperando todos los días su proclamación.

 

Capítulo sexto

De cómo regresaron al rey de los tártaros

 

A cabo de dos años, temiendo los mensajeros del susodicho rey que el monarca se enojase por su excesiva tardanza y pensara que no querían volver más a su presencia, tornaron a Acon, llevado consigo al susodicho Marco. Al visitar el Sepulcro el Señor, recibieron con permiso del legado apostólico aceite de la lámpara del Sepulcro, como había pedido el rey. Y llevando una carta del legado para el soberano, en la cual testificaba que habían cumplido fielmente su misión y que todavía no se había proveído ala Iglesia Romana de pastor, fueron a Glaza. Nada más salir ellos de Acon, el legado susodicho recibió emisarios de los cardenales para anunciarle que había sido él el elegido como Sumo Pontífice, y se puso por nombre Gregorio; y despachando inmediatamente mensajeros en pos suyo los hizo llamar y a su vuelta los acogió con júbilo, y les entregó otra carta para el rey de los tártaros y desde Acon envió con ellos a dos frailes de la Orden de los predicadores, hombres letrados y virtuosos, uno de los cuales se llamaba fray Nicolás de Vincencia, el otro Guillermo de Trípoli. Cuando llegaron a Glaza, el Sultán de Babilonia atacó con su ejército a los armenios. Así, los frailes, temiendo no poder llegar al rey de los tártaros por los peligros de la guerra y los azares de los caminos, se quedaron en Armenia con el Maestre del Temple, ya que muchas veces estuvieron en trance de morir. Por su parte, los enviados del rey, exponiéndose a todos los peligros, llegaron tras múltiples penalidades ante el monarca, al que encontraron en la ciudad que se llama Cleuenfu. Desde el puerto de Glaza hasta Cleuenfu estuvieron de camino tres años y medio, pues bien poco podía prosperar su viaje en invierno a causa de las nieves y las aguas torrenciales y los fríos intensísimos.  El rey Cublay, al oír de lejos su retorno, envió mensajeros a su encuentro a XI jornadas de distancia, que hicieron por mandato especial del Kan que se los proveyese durante el camino de todo lo necesario con largueza suma.

 

Capítulo séptimo

De cómo fueron recibidos por el rey

 

Cuando llegaron a la corte del rey, entraron a su presencia y se postraron ante él con gran acatamiento. El, acogiéndolos con alegría., les mandó ponerse en pie y narrar cómo les había ido en el viaje y qué habían tratado con el Sumo Pontífice. Al contarle y referirle todo y presentarle la carta del Papa Gregorio, el monarca recibió la misiva del Sumo Pontífice con júbilo y encomió su leal diligencia; tomó el aceite de la lámpara de nuestro Señor Jesucristo con devoción y mandó que se guardara con gran honra, y preguntó acerca de Marco quién era. Al oír que era hijo de micer Nicolás lo saludó con semblante complacido y contó a los tres entre sus privados, por lo que todos los cortesanos los trataban con gran deferencia.

 

Capítulo octavo

De cómo Marco, hijo de micer Nicolás, creció en gracia del rey

 

Marco aprendió en poco tiempo las costumbres de los tártaros y también cuatro varias y diferentes lenguas, de suerte que sabía leer y escribir en cualquiera de ellas. Después, queriendo poner a prueba su prudencia, el soberano lo envió por un asunto del reino a una región lejana, a la que se tardaba en llegar seis meses. El se comportó con tal cordura en todo, que el rey recibió con general complacencia cuanto había realizado. Y como el monarca gustaba de preguntar las novedades de maneras y costumbres de los hombres y las cualidades de las tierras, Marco, por donde pasaba, procuraba informarse de tales novedades, para poder satisfacer la voluntad del soberano. Por este motivo, durante los XVII años que fue privado suyo, fue tenido en tanto aprecio por el rey, que lo despachaba de continuo a importantes negocios del reino. Así, pues, ésta es la razón por la que el susodicho micer Marco aprendió las novedades de las partes de Oriente, que serán descritas con mayor detenimiento más abajo.

 

Capítulo noveno

De cómo después de muchos años obtuvieron del rey licencia para volver a su patria.

 

Después los susodichos señores, deseando regresar a Venecia, pidieron muchas veces licencia al rey, que mal podía acceder a concederla por el gran afecto que les profesaba. Mientras tanto, llegaron a la corte del gran Kan Cublay los barones de un rey de la India llamado Argón, uno de los cuales se llamaba Oulatoy, otro Alpusta y el tercero Coila, pidiendo departe de su señor que le entregara una mujer de su estirpe, ya que había muerto recientemente su esposa, la reina Volglana. El rey Cublay los recibió con grandes honores y les ofreció una doncella de su linaje de XVII años, llamada Cogatim. Ellos, tomándola en nombre de su señor con gran agradecimiento, y sabedores de que los miceres Nicolás, Mateo y Marco anhelaban volver a su patria, suplicaron por merced al soberano que, en honor del rey de Argón, los enviase a ellos tres con la reina y que, si querían regresar de allí a su casa, les concediese permiso al efecto. El rey, vencido por el insistente ruego de los nobles, no pudo negarse a sus deseos, pero dio un triste consentimiento a su petición.

 

Capítulo décimo

De cómo volvieron a Venecia.

 

Cuando llegó la hora de emprender el viaje, el rey hizo aprestar XIV naves con todo lo necesario y mantenimientos para dos años. Cada una de ellas tenía cuatro mástiles con cuatro velas. Y con ellos se despidieron del rey, que recibió gran pesar de su partida y les entregó dos chapas de oro, para que se atendiera a su protección y a sus gastos en todas las provincias sometidas a su señorío. Les encomendó además una embajada para el Sumo Pontífice y algunos reyes de los cristianos. Después de navegar tres meses arribaron a la isla llamada Jana. A continuación, tras surcar el mar Índico durante un año y medio, llegaron a la corte del rey Argón, al que hallaron muerto. La doncella que llevaban para el rey Argón la tomó como esposa su hijo. Allí, haciendo balance de los compañeros que habían muerto en el camino, encontraron que, salvando a los tripulantes, había habido en su comitiva ochenta y dos bajas; en total eran sin contar los marineros seiscientos hombres. Al partir de allí adelante recibieron cuatro chapas de oro del príncipe, llamado Achatu, que regía el reino en nombre del niño, que todavía no estaba en condiciones de gobernar, para que en todo su imperio fueran honrados y acompañados sin sobresaltos. Así se hizo muy bien. Al cabo de largo tiempo y de muchas fatigas, llegaron bajo la guía de Dios a Constantinopla. De allí tornaron sanos y salvos a Venecia con muchas riquezas y un gran séquito en el año del Señor de MCCXCV, dando gracias a Dios que los había librado de tantos trabajos y peligros. Se ha escrito todo esto en el libro primero para que el que lea esta obra sepa cómo y de qué manera pudo conocer micer Marco Polo de Venecia lo que se refiere después. Estuvo el susodicho Marco en las partes de Oriente XXVI años, calculado todo este tiempo con exactitud por él mismo.

 

Capítulo undécimo

Descripción de las regiones de Oriente, y primero de Armenia la Chica.

 

Hecha la relación de nuestros viajes, pasaré a contar lo que vimos. Primero describiré brevemente Armenia la Chica. Hay dos Armenias, la Grande y la Chica. El reino de Armenia la Chica es tributario de los tártaros. Allí encontramos a un rey que guardaba justicia. Ese reino tiene muchas ciudades y villas. Es una región fértil y placentera. Hay caza abundante de animales y de aves. El aire es muy sano. Los habitantes de esta Armenia fueron en la Antigüedad guerreros arrojados; ahora se han convertido en borrachos y cobardes. Hay allí a la ribera del mar una ciudad que se llama Glaza, que tiene puerto de mar, a la que acuden numerosos mercaderes de Venecia, de Génova y de otras muchas regiones. También se llevan a ella desde el interior muchas mercancías de especias de diversas clases y otros preciosos tesoros. Asimismo van a Glaza los que quieren entrar en las tierras de Oriente.

 

Capítulo duodécimo

De la provincia de Turquía.

 

Turquía alberga una multitud abigarrada de gentes varias: griegos, armenios y turcos. Los turcos tienen su propia lengua y adoran la ley del abominable Mahoma. Son hombres zafios y rudos; habitan en las montañas y colinas donde puedan encontrar mejor pasto. Poseen grandes rebaños de jumentos y de ovejas. Alcanzan allí gran precio los caballos y los mulos.  Los armenios y griegos que pueblan la región residen en las ciudades y villas. Tejen de manera admirable la seda. Tienen muchas ciudades, entre las cuales las principales son Garno, Cassene y Sebasta. Allí recibió martirio por Cristo San Blas. Están sometidos a uno de los reyes de los tártaros.

 

Capítulo decimotercero

De Armenia la Grande.

 

Armenia la Grande, tributaria de los tártaros, es una inmensa comarca que tiene muchas ciudades y villas. La ciudad metropolitana se llama Acinga, donde se confecciona un bocarán excelente. Sale allí a borbotones agua hirviendo, con la que hacen muy excelentes baños. Las dos ciudades principales son Argiron y Argiri. Durante el verano moran allí muchos tártaros con sus rebaños y ganados, ya que hay pastos muy pingües; en el invierno bajan de la montaña, a causa de las grandes nevadas. En las sierras de esta Armenia está el arca de Noé. La región limita al oriente con la provincia de Mosul; al aquilón hay una gran fuente de la que fluye un líquido semejante al aceite, que no sirve para la comida, pero que es excelente para ungüentos y lámparas. Todos los pueblos comarcanos usan este líquido para unciones y candiles, pues de esta fuente mana en tan gran abundancia, que se cargan de él al tiempo cien naves.

 

Capítulo decimocuarto

De la provincia de Zorzania.

 

La provincia de Zorzania es tributaria del rey de los tártaros. Se cuenta que los monarcas de los zorzanos nacían antaño con la señal de un águila sobre el hombro. Los zorzanos son hombres hermosos y muy diestros flecheros; son cristianos y guardan el rito de los griegos. Llevan el pelo corto como los clérigos. Se refiere que Alejandro Magno, al pretender pasar a los zorzanos, ya que es preciso que los que quieren entrar por la parte de oriente franqueen un camino estrecho de cuatro leguas de longitud, que por un lado cierra el mar y por otro las montañas, de suerte que un puñado de hombres impide el paso de grandes ejércitos, Alejandro, digo, al no poder pasar a su tierra quiso prohibirles la entrada en la suya, y al comienzo del camino levantó una torre fortísima que llamó «Puerta de hierro». En esta provincia hay muchas ciudades y aldeas que abundan en seda, y se hacen allí muy bellos paños de seda y de oro. Los azores son excelentes. La tierra es fértil. Los hombres de la región son mercaderes y artesanos. Está allí el cenobio de monjes de San Leonardo de oriente, junto al cual se extiende un gran lago; en él, desde el primer día de Cuaresma hasta el Sábado Santo, se pescan peces en gran abundancia, mientras que en el restante tiempo del año es imposible de todo punto encontrar pescado. Aquel lago se llama mar de Geluchelam y tiene CCVI millas de circunferencia, y dista de todos los mares XII jornadas. En estos lagos entra el río Eufrates, uno de los cuatro ríos del Paraíso, y otros muchos ríos, de todos los cuales se forman lagos, que están cercados por doquier de montañas. En esta región se da la seda que se llama en romance «ghella».

 

Capítulo decimoquinto

Del reino de Mosul.

 

El reino de Mosul se encuentra al oriente en la frontera de Armenia la Grande. En él habitan árabes que adoran a Mahoma; hay también allí muchos cristianos nestorianos y jacobitas, a los que preside el gran patriarca, que se denomina «iacolich». Se hacen paños muy galanos de oro y de seda. En las montañas de este reino moran unos hombres que se llaman Cardy, de los cuales unos son nestorianos, otros jacobitas y otros guardan la ley de Mahoma; todos ellos son redomados bandoleros.

 

Capítulo decimosexto

De la ciudad de Baldach.

 

En aquella región se encuentra la ciudad de Baldach que en las Escrituras se nombra Susis, donde habita el mayor prelado de los sarracenos, que dicen«califa». Se hacen allí paños muy bellos de oro de diversas maneras, e igualmente de seda, asimismo de diversas maneras, a saber, nassit, nac y carmesí. Baldach es la ciudad más noble de aquella región. En el año de la encarnación del Señor de mccl el gran rey de los tártaros Alau la sitió y la tomó por la fuerza, aunque en el interior había más de cien mil jinetes; pero el ejército del Kan era también numeroso a maravilla. El califa que señoreaba en ella tenía una torre repleta de oro, plata, piedras preciosas y otras maravillas de inmenso valor; pero como era un avaro y no supo aprestar un ejército suficiente ni dio galardones a los soldados que mandaba, por ello sufrió el desastre, ya que el rey Alau tomó la ciudad y prendió al califa, al que ordenó encerrar en la torre de aquel tesoro inestimable privado de bebida y alimento. Y le dijo: «De no haber guardado estas riquezas con avaricia y avidez, hubieses podido salvarte a ti mismo y librar la ciudad. ¡Que ahora te socorra ese tesoro tuyo que amaste con tanta codicia!». Al cuarto día murió de hambre. A través de la ciudad de Baldach corre un río enorme, por el que se va hasta el mar Indico, que dista de Baldach dieciocho jornadas; navegan por él mercaderes sin cuento; acaba en la ciudad de Chisi. En medio de Baldach y Chisi se halla la ciudad de Basera, que está rodeada de palmares, en los que hay grandísima abundancia de dátiles afamados.

 

Capítulo decimoséptimo

De la ciudad de Thaurisio

 

En aquella región está Taurisio, ciudad famosísima donde se hacen tratos innumerables. Hay también allí abundancia de gemas y de toda suerte de piedras preciosas. Se hacen paños de oro y de seda de valor sin ponderación.  La ciudad goza de un emplazamiento inmejorable, por lo que acuden allí los mayores mercaderes de todas partes, a saber, de la India, de Baldach, de Mosul y de Cremosar, y también de tierras de los latinos y de regiones infinitas, y en ella se enriquecen muchos comerciantes. Un pueblo numerosísimo habita el país * * *. Hay también ciudadanos persas. Los vecinos de Taurisio adoran a Mahoma. La ciudad está cercada de huertos hermosísimos, que dan frutos abundantes y excelentes.
 





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