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Capítulo decimoctavo
Del
milagro de la traslación de un monte.
En
aquellas sierras, es decir, entre Taurisio y Baldach, hay un monte que
fue trasladado antaño de un lugar a otro por el poder de Dios. Querían
los sarracenos mostrar que el evangelio de Dios era vano, porque el
Señor dice: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza y dijerais a este
monte; ‘Vete allí’, irá y nada será imposible para vosotros»; por tanto,
dijeron a los cristianos que habitaban bajo su dominio que trasladasen
en el nombre de Cristo ese monte o se convirtiesen todos a Mahoma; si
no, perecerían todos por la espada. Entonces un hombre devoto,
confortando a los cristianos, profirió con fe una oración al señor
Jesucristo y trasladó al lugar señalado el monte aquel, ante la vista de
multitud de pueblos. Por esta causa muchos sarracenos se convirtieron a
Cristo.
Capítulo decimonono
De la
región de los persas.
Persia
es una inmensa provincia que antaño fue famosísima, y ahora está muy
asolada por los tártaros. En una región de Persia se adora como dios el
fuego. La provincia tiene ocho reinos; el primero se llama Casium, el
segundo Turdistam, el tercero Locer, el cuarto Ciesltam, el quinto
Istauiths, el sexto Zeirizi, el séptimo Sontara y el octavo, que está en
la frontera, se llama Thimochaim, donde se crían corceles grandes,
hermosos y de gran precio, pues el precio de un caballo, asciende al
valor de doscientas libras torneses. Los tratantes los llevan a las
ciudades de Chisi y Curmose, que están en la costa del mar Indico, y de
ellas los transportan a la India. Los asnos son allí igualmente
hermosísimos, y por su bella estampa se venden al precio de treinta
marcos de plata y más. Van al paso con prestancia y galopan muy bien. En
estas regiones los hombres son grandísimos bellacos, amigos de peleas,
bandoleros y homicidas. Muchos mercaderes han perecido a manos de los
salteadores, por lo que es preciso que vayan armados y viajen juntos en
grandes caravanas. Guardan la ley del miserable Mahoma. En las ciudades
hay artesanos excelentes que trabajan de modo admirable en oro, en seda
y en muchos tejidos. Hay en ellas abundancia de algodón, de trigo, de
cebada, de mijo, de panizo, de grano, de vino y de todos los frutos.
Capítulo vigésimo
De la
ciudad de Yassi.
Yassi
es una ciudad grande en aquella región, de gran trato de mercaderías.
Allí trabajan de manera primorosa los artesanos en seda. También en ella
se adora a Mahoma. Pasada Yassi, durante siete jornadas en el camino a
Crerman no hay poblados. En las llanuras se encuentran bosques en los
que se puede cabalgar a placer, donde hay mucha caza; hay asnos salvajes
y codornices en gran abundancia. Después se llega a Crerman.
Capítulo vigésimo primero
De la
ciudad de Crerman.
Crerman es una ciudad donde se encuentran en abundancia turquesas en los
montes. Tienen también gran cantidad de acero y de andánico. Hay
asimismo halcones muy reputados que vuelan raudos a maravilla; son
menores que los halcones peregrinos. En Crerman hay artesanos que labran
frenos, espuelas, sillas, espadas, arcos, carcajes y otros tipos y
géneros de armas a la usanza de la región. Las mujeres de la ciudad
trabajan también con gran primor en el tejido de cojines y hacen colchas
bellísimas y almohadas de gran precio. Desde Crerman se va durante siete
jornadas por una llanura, cuya tierra es pacífica. Hay allí ciudades y
aldeas y se hallan perdices en suma abundancia. Después de las siete
jornadas comienza una pendiente tan grande, que durante dos jornadas se
marcha siempre cuesta abajo, en la que crecen numerosos árboles de mucho
fruto; sin embargo, no hay ningún poblado salvo de pastores, y hace allí
en invierno un frío intolerable.
Capítulo vigésimo segundo
De la
ciudad de Camandu.
Después se llega a una gran llanura donde se alza la ciudad de Camandu,
que antaño fue muy floreciente y ahora está destruida por los tártaros.
La región se llama Rotbarle. Hay allí dátiles, pistachos y manzanas del
Paraíso en grandísima abundancia; crecen también muchos otros frutos que
no se dan entre nosotros. Hay aves que se llaman francolíes de color
mezclado, es decir, blanco y negro, aunque tienen las patas y el pico de
color rojo. Hay bueyes muy grandes que tienen el pelo blanquísimo,
corto y liso; sus cuernos, pequeños y gruesos, carecen de punta; sobre
el lomo tienen córcova como los camellos; son fortísimos y soportan
grandes pesos; a la hora de ser cargados se arrodillan como los
camellos, y una vez que han recibido la carga se levantan, como les han
enseñado los hombres. Hay allí carneros grandes como asnos que tienen
una cola grandísima, larga, gruesa y de muchas libras de peso; son
gordos y muy bellos y excelentes para comer. Pueblan esta llanura
muchas ciudades y villas que tienen muros de adobe muy gruesos y
fuertes, ya que en aquella región hay multitud de bandidos que se llaman
caroanas y obedecen a un rey. Son hechiceros, y cuando quieren saquear
una región hacen con arte diabólica que se entenebrezca el aire de día
en una extensión tan gran de que nadie los pueda ver, y en algunas
ocasiones mantienen esta oscuridad siete días; entonces salen al campo
aquellos bandidos, a veces en número de diez mil, y se despliegan en
largas haces, uno junto a otro, en prolongado espacio. Así rara vez
acontece que pase alguien sin caer en sus manos. Hacen prisioneros a los
hombres y las acémilas, venden a los jóvenes y matan a los viejos. Yo,
Marco, al transitar una vez por allí, caí en una de aquellas tinieblas;
pero como me encontraba cerca del castillo llamado Canosalim, me refugié
en él, si bien muchos de mis acompañantes tropezaron con ellos, de los
cuales unos fueron vendidos y otros degollados.
Capítulo vigésimo tercero
De la
campiña y la ciudad famosa de Karmos.
La
llanura susodicha se extiende al mediodía; a las cinco jornadas se llega
por fin a un camino en pendiente por el que se desciende sin cesar
durante XV millas; la senda es pésima y muy peligrosa por los bandidos.
Después se entra en una campiña bellísima de dos jornadas de longitud y
se llama aquel lugar Formosa, donde hay ríos y muchas aguas y palmeras;
abundan allí francolíes, papagayos y otras aves de diversas especies que
no existen aquende el mar. Después se llega al mar Océano, en cuyo
litoral está la ciudad de Carmosa, a cuyo puerto acuden los comerciantes
de la India portadores de especias, perlas, piedras preciosas y paños de
oro y seda, colmillos de elefante y otros tesoros. Esta ciudad es sede
regia y tiene bajo su jurisdicción otras ciudades y aldeas. La región es
caliente y malsana. Si muere en ella algún mercader extranjero, el rey
de la tierra se incauta de todos sus bienes. Se hace allí un vino de
dátiles y otras especias que es muy bueno; si alguien que no está hecho
a él lo bebe, sufre flujo de vientre; después aprovecha y hace engordar
a los hombres. Los habitantes del lugar no toman pan de trigo ni carne,
ya que no podrían vivir si comieran semejantes alimentos; se nutren de
pescado salado, dátiles y cebollas para mantener su salud; muchos se
sustentan de atún. Tienen naves peligrosas, ya que no las fijan con
clavos de hierro, sino que clavan las tablas con tarugos de madera y las
amarran con hebras hechas de corteza de nueces de la India; en efecto,
curten la corteza como cuero, y las hojas de corteza se solidifican a
modo de crin de caballo. Aquellas hebras aguantan bien el embate de las
olas del mar y duran largo tiempo; pero es mejor con mucho la clavazón
de hierro. La nave sólo tiene un mástil, una vela, un único timón y
sólo tiene una cubierta. No brean con pez los navíos, sino sólo con
aceite de pescado. Una vez colocado el cargamento en la nave, la
recubren de cueros sobre los que ponen los caballos que llevan a la
India. Muchos de estos bajeles naufragan, porque el mar es allí muy
tempestuoso y las naves no están clavadas con hierro. Los habitantes de
aquella región son negros y adoran a Mahoma. En el tiempo del estío a
causa del calor sofocante no residen en las ciudades, sino que tienen
quintas y vergeles en los arrabales y llevan el agua por caños y
acequias a sus respectivos jardines; en ellos moran durante el verano.
De la parte de un desierto, donde no hay sino arena, sopla a menudo un
viento muy recio, que mataría a los hombres si no huyeran; en efecto,
cuando sienten su primera bocanada, corren todos al punto al agua, y
metiéndose en ella permanecen a remojo hasta que cesa. A causa del gran
calor siembran el grano en noviembre y lo siegan en marzo, mes en el que
maduran también todos sus frutos; después de marzo todas las hojas y las
hierbas quedan tan mustias, que no se puede encontrar ni una hoja. En
esta región, cuando fallece un hombre casado, la mujer llora la muerte
del marido una vez al día todos los días durante cuatro años; también
acuden al hogar del difunto los deudos y vecinos y hacen amargo duelo y
en su llanto profieren muy duras quejas contra la muerte.
Capítulo vigésimo cuarto
De la
región medianera entre la ciudad de Curmosa y la ciudad de Crermam.
Ahora,
a punto de hablar de otras regiones, volveré primero a Crermam para
seguir desde allí a las regiones de las que quiero escribir; en otro
lugar de este libro se describirá la India. Al volver desde Curmosa a la
ciudad de Crermam por otro camino, se encuentra una hermosa y gran
llanura, donde hay abundancia de víveres. Tienen trigo en cantidad, pero
el pan de aquella región resulta incomestible a los que no están
acostumbrados a él durante largo tiempo, ya que a causa de la acidez del
agua es amargo. Hay allí perdices y dátiles y otros frutos en gran
abundancia... Hay baños calientes muy buenos, que valen para curar la
sarna y otras muchas enfermedades.
Capítulo vigésimo quinto
De la
región que media entre Crermam y la ciudad de Cobina.
Los
que van de Crermam a Cobina topan con un camino pésimo que tiene VII
jornadas de longitud, durante las cuales no se puede conseguir agua en
absoluto sino en determinados sitios y en escasa cantidad; además es
salobre, amarga y de color verduzco, así que antes parece jugo de
hierbas que agua, por lo que nadie puede beber de ella. Quien toma un
sorbo, de inmediato sufre flujo de vientre y casi por cada trago se ve
obligado a hacer diez deposiciones; lo mismo le ocurre al que come una
pizca de la sal que se obtiene de ella. Por esta razón es preciso que
los viandantes lleven consigo agua potable; los jumentos beben muy
contra su voluntad aquel agua amarguísima, y cuando por el apremio de la
sed se ven forzados a hacerlo, sufren igualmente flujo de vientre. No se
encuentra en el desierto ningún lugar poblado ni de hombres ni de
animales, salvo de asnos salvajes, por la falta de agua y de alimento.
Capítulo vigésimo sexto
De la
ciudad de Cobina.
Cobina
es una ciudad grande, donde hay abundancia de hierro. Se hacen en ella
bellos y muy grandes espejos de acero. Se elabora allí la atutía con la
que curan los ojos y el espodio. Se obtiene de la manera siguiente;
cuando descubren una vena de tierra indicada para ello, la ponen en un
horno cubierto de una parrilla de hierro: el vapor que sube de la tierra
incandescente y se adhiere a la parrilla es la atutía, mientras que la
materia más densa que queda en el fuego se llama espodio. Los habitantes
observan la ley del abominable Mahoma.
Capítulo vigésimo séptimo
Del
reino de Thimochaim y del árbol del sol, que se llama en romance «árbol
seco».
A la
salida de Cobina se encuentra un desierto que tiene ocho jornadas de
longitud, donde la aridez es extrema, pues carece de árboles y de
frutos; sus aguas son amargas, y las acémilas las beben muy reacias. Es
preciso, en consecuencia, que los viandantes lleven consigo el agua.
Después se llega al reino de Thimochaim, donde hay muchas ciudades y
aldeas; la región se halla en los últimos confines de Persia al aquilón.
Hay allí una gran llanura en la cual se encuentra el árbol del sol, que
en romance llaman los latinos«árbol seco». Es un árbol grande y muy
copudo, que tiene hojas blancas por un lado y verdes por otro; no
produce frutos, pero da bayas como castañas, en cuyo interior no hay
fruto ninguno; la madera de este árbol es fuerte y resistente, y de
color amarillo como el boj. De un costado de este árbol en un compás de
diez millas no crece otro árbol; de los otros lados del mismo no hay
árbol en absoluto en cien millas a la redonda. Allí se cuenta que se
libró la batalla entre Alejandro y Darío. Toda la tierra del reino de
Thimochaim es habitable, fértil y abundosa; goza de un aire templado.
Tiene hombres hermosos y mujeres hermosas; no obstante, todos adoran a
Mahoma.
Capítulo vigésimo octavo
Del
tirano que se llamaba el Viejo de las Montañas y sus asesinos.
Mullete es una región en la que señoreaba un príncipe malvadísimo, que
se llamaba el Viejo de las Montañas, del que yo, Marco, voy a contar lo
que oí de boca de muchos en aquella región. Aquel príncipe con todo el
pueblo a quien gobernaba era seguidor de Mahoma. Imaginó una perfidia
inaudita: convertir a sus hombres en audaces sicarios y homicidas, que
comúnmente son llamados «asesinos», para poder matar con su temeridad a
quien quisiese y ser temido por todos. Hizo, en efecto, en un valle
amenísimo, rodeado por doquier de altísimas montañas, un inmenso y
hermosísimo vergel, donde había copia de todas las hierbas, flores y
frutos deleitosos. Había allí palacios espléndidos, pintados y decorados
con maravillosa variedad; allí corrían varios y diversos regatos de
agua, vino, miel y leche; allí se guardaban mujeres jóvenes sobremanera
bellas, diestras en danzar, tocar el laúd y cantar en todas las maneras
de los músicos, que tenían vestidos distintos y preciosos y que estaban
adornadas con maravillosa galanura, cuyo menester era criar en todos los
halagos y placeres a los jóvenes que estaban en él; allí había multitud
de vestiduras, lechos, viandas y todo lo deseable del mundo. No se hacía
allí mención de cosa triste; no estaba permitido sino entregarse
regaladamente al solaz y a la lujuria. A la entrada del vergel se alzaba
un castillo fortísimo, que era custodiado con sumo cuidado, pues por
otro camino no había ni entrada ni salida. El Viejo aquel -así se
llamaba en nuestra lengua, pero su nombre era Eleodim- tenía en su
palacio, fuera de aquel lugar, a muchos mancebos que veía dispuestos y
arrojados, y los hacía adoctrinar en la ley abominable de Mahoma; pues
el muy miserable de Mahoma promete a los seguidores de su ley que
tendrán en la otra vida muchos goces semejantes a los dichos. Por tanto,
cuando quería convertir en audacísimo asesino a alguno de aquellos
jóvenes, hacía que se le diera un bebedizo; al tomarlo, caía al punto
presa de pesado sopor; entonces era llevado al vergel, y al cabo de un
breve intervalo, cuando despertaba y se veía inmerso en tantos placeres,
pensaba que estaba disfrutando de los deleites del Paraíso, según la
promesa del abominable Mahoma. Después de algunos días ordenaba sacar
fuera a los que quería con un brebaje semejante. Ellos, al salir del
sopor, se entristecían muy mucho, viéndose despojados de tanta
consolación. El Viejo, que se proclamaba profeta de Dios, les aseguraba
que, si morían por obedecerle, inmediatamente volverían allí, por lo
cual estaban deseosos de dar su vida por acatarlo. Entonces les ordenaba
que matasen a éste o a aquél y que no temiesen arrostrar la muerte, pues
al punto serían transportados a la gloria. Los jóvenes, exponiéndose a
todos los peligros, se alborozaban si por obedecerle merecían la muerte,
y así trataban de cumplir lo que mandaba tocante a matar a los hombres *
* *. Con esta maña y engaño se burló durante largo tiempo de aquella
región. Por esta razón los poderosos y los grandes, temiendo afrontar la
muerte, se convirtieron en sus tributarios y vasallos.
Capítulo vigésimo noveno
De su
muerte y la destrucción de aquel lugar.
En el
año del Señor de MCCLXII Alau, rey de los tártaros, asedió aquel lugar,
queriendo extirpar de sus tierras semejante peligro. Al cabo de tres
años capturó al Viejo, Aloadin, con todos sus asesinos, y el lugar aquel
fue desmantelado por completo.
Capítulo trigésimo
De la
ciudad de Sepurga y sus tierras.
Al
partir de aquel lugar se entra en una región hermosa, que tiene oteros y
llanuras y pastos excelentes y muchos frutos y que produce todo tipo de
alimento, salvo que en algunos lugares no se encuentra agua durante L o
LX millas, por lo que conviene que la lleven consigo los viandantes; los
caballos y las demás acémilas sufren mucho por la escasez de agua, de
suerte que es necesario cruzar a toda prisa por aquel yermo o llevar
agua para los animales. La longitud de aquella región es de seis
jornadas. Además de los lugares desprovistos de agua la comarca tiene
muchas ciudades y villas; todos adoran a Mahoma. Después se llega a la
ciudad de Sepurga, donde hay abundancia de toda suerte de vituallas y
cantidad de pepinos llamados en romance «melones», que cortan al través
en tiras o correas o corno se hace con las calabazas; cuando se han
secado, los llevan a vender a las tierras aledañas en gran número; son
muy apreciados entre el pueblo como comida, ya que tienen un dulzor como
de miel. En aquella región hay mucha caza de animales y de aves.
Capítulo trigésimo primero
De la
ciudad de Baldach.
Al
partir de allí se encuentra la ciudad de Baldach, que antaño fue famosa
y enorme, y tenía muchos palacios de mármol; ahora está arrasada por los
tártaros. Relatan que en esta ciudad Alejandro tomó por esposa a la hija
del rey Darío. En ella se adora al abominable Mahoma. Aquí acaba por el
aquilón la provincia de Persia; después se camina entre el aquilón y el
oriente durante dos jornadas y no se encuentra ningún poblado, ya que
los habitantes del lugar huyeron a las montañas por los ladrones y
bandidos. Hay allí mucha agua y abundantísima caza de animales. Hay
también caza de leones. Es preciso que los viandantes lleven consigo
vituallas durante dos jornadas.
Capítulo trigésimo segundo
Del
castillo de Tartam.
Al
término de las dos jornadas susodichas se encuentra el castillo de
Tartam, donde hay gran cantidad de grano. La región aquella es muy
hermosa. Al mediodía tiene montes de sal buenísima, muy altos y
grandes que, según se dice, abastecerían de sal con holgura a todo el
mundo; su dureza es tan grande que no se puede coger ni un grano si no
es con martillos de hierro. Después se anda a lo largo de tres jornadas
entre el aquilón y el oriente y se llega a la ciudad de Scassem; por el
camino se encuentran no obstante muchas villas, donde hay gran cantidad
de vino, grano y trigo. Los habitantes adoran a Mahoma, pero beben sin
embargo vino y son grandísimos borrachos, pues se entregan a la bebida
durante el día entero; tienen un vino cocido excelente. Los hombres son
muy felones, aunque buenísimos cazadores y apresan muchas alimañas
salvajes. En la cabeza no se tocan con más que con una cinta de diez
palmos de longitud, que lían en derredor de la frente. Curten las pieles
de los animales que capturan y con su cuero se visten y se calzan; y no
tienen otros trajes ni botas.
Capítulo trigésimo tercero
De la
ciudad de Scassem.
La
ciudad de Scassem está en el llano y tiene muchos castillos en las
montañas; un gran río pasa por medio de ella. En aquella región hay
muchos puerco espines. Cuando los cazadores los acosan con perros, los
puerco espines, juntados en uno, se menean con gran saña y arrojan las
púas que tienen en el dorso y sus costados contra los perros y los
hombres, y a menudo hieren a muchos. Esta gente tiene su propia lengua.
Los pastores de la comarca residen en las montañas, donde hacen sus
moradas en cavernas. Después se avanza durante otras tres jornadas
hasta la provincia de Balascia; en ese viaje de tres días no hay poblado
alguno, ni se puede obtener en el camino comida o agua. Por eso los
viandantes llevan consigo agua y comida.
Capítulo trigésimo cuarto
De la
provincia de Balascia.
Balascia es una provincia que tiene lengua propia. Tiene reyes de una
dinastía que se suceden por derecho hereditario. Se cuenta que todos
descienden de la estirpe de Alejandro. Allí se adora a Mahoma. En los
montes de esta región se encuentran piedras preciosas finas y de gran
belleza, que se llaman balajes por el nombre de la tierra. Si alguien
excava o saca fuera del reino alguna piedra de éstas sin licencia del
rey, en cualquier caso perdería la vida y se confiscarían sus bienes,
pues todas las piedras pertenecen al soberano, que envía las que quiere
a los reyes y príncipes como presente o en pago de un tributo, y trueca
también muchas por oro y plata. Hay tan gran abundancia de estas piedras
que, si el monarca permitiera que se excavasen o exportasen libremente,
bajaría de tal modo su valor que sería nula o muy escasa la ganancia. En
otro monte de esta provincia se encuentra lapislázuli, del que se hace
el mejor azul que existe en el mundo. Se halla en minas, como el hierro.
Hay allí muchos caballos excelentes, veloces y grandes y provistos de
cascos tan fuertes, duros y resistentes que no es preciso herrarlos,
pues andan y trotan por montes y roquedas y no se dañan sus pezuñas. Hay
también herodii o halcones excelentes, que entre nosotros se llaman
sacres, y también laneros. Hay caza maravillosa de animales y de aves.
La provincia de Balascia produce también trigo muy bueno en grandísima
cantidad. Abunda en cebada y asimismo en mijo y panizo. Carece de
aceite, pero se hace aceite de nueces y de ajonjolí. A los hombres de
otros reinos y de los comarcanos no les abrigan ningún miedo, ya que las
entradas a la provincia por la sierra son angostas y fragosas, de modo
que no las pueden forzar ni atravesar los enemigos, y sus ciudades y sus
castillos en las montañas son fortísimos. Son flecheros y extremados
cazadores. Se visten de cuero, pues no pueden tener vestidos de lana y
de lino, que son muy caros. Las mujeres nobles de aquella región se
ponen zaragüelles de lino o de algodón; cada una trae en sus muslos
cintas de paño de cien, ochenta o cuarenta brazas, y es reputada la más
galana de todas la que de cintura para abajo muestra mayor grosor.
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