|
Capítulo trigésimo quinto
De la
provincia de Bascia.
Bascia
es una provincia que dista diez jornadas de la provincia de Balascia.
Es una región muy caliente, y la pueblan hombres negros, astutos y
malvados; tienen su propia lengua y llevan en las orejas zarcillos de
oro y de plata con perlas y piedras preciosas. Se alimentan de carne y
de arroz. Son idólatras y se entregan a los encantamientos de los
demonios.
Capítulo trigésimo sexto
De la
provincia de Chesimur.
Chesimur es una provincia que dista de Bascia siete jornadas. Los
habitantes tienen su propia lengua y son idólatras. Consultan a los
ídolos y reciben respuesta de ellos por treta del diablo. Hacen por arte
del demonio que se oscurezca el aire. Son morenos, es decir, no del todo
negros, pues la región es templada. Se alimentan de carne y arroz; sin
embargo, son muy flacos. Hay allí numerosas ciudades y muchas y grandes
villas. Tienen un rey que no es tributario de ninguno. No sienten miedo
a nadie, ya que al estar rodeados en todo su entorno de desiertos llevan
las de ganar, y el acceso a su tierra es difícil por todas partes. En
esta provincia hay unos hombres que sirven a los ídolos en monasterios y
celdas y hacen gran ayuno de comida y de bebida en honor de sus dioses.
Se cuidan muy mucho de no ofender a los dioses a los que adoran
transgrediendo sus leyes sacrílegas. El pueblo de la región muestra gran
reverencia a semejantes ermitaños.
Capítulo trigésimo séptimo
De la
provincia de Nocham y de sus montañas altísimas.
De
querer avanzar en línea recta, sería menester proseguir a la India; pero
como de ella se hablará en el libro tercero, haremos, pues, diferente
itinerario, partiendo de nuevo desde otro confín de la provincia de
Balascia. A la salida de la provincia de Balascia se va entre oriente y
aquilón durante dos jornadas a la vera de un río, donde gobierna el
hermano del rey de Balascia; allí se encuentran muchas aldeas y villas,
y los lugareños son buenos y esforzados con las armas; adoran a Mahoma.
Al cabo de las dos jornadas se halla la provincia de Nocham, que tiene
su propia lengua y está sometida al rey de Balascia. También guarda la
ley malvadísima de Mahoma. Los hombres del lugar son valientes
guerreros. Hay allí mucha caza, porque la región tiene animales salvajes
sin cuento. Finalmente, a la salida de la comarca susodicha se camina
durante tres jornadas al oriente, subiendo siempre por los montes, hasta
que se llega a una montaña inmensa, que se dice que es la más alta del
mundo; se abre entre dos sierras una amena llanura, por la que discurre
un río muy hermoso, y que tiene pastos excelentes en grado sumo. Si se
pone allí a pastar un caballo o un buey escuálido u otra res cualquiera,
en x días engorda. Hay en ella muchos animales salvajes. Se encuentran
también bueyes salvajes, que tienen cuernos muy grandes de cuatro o seis
palmos, con los que se hacen escudillas y otros vasos; los pastores,
incluso, cierran sus chozas con cuernos. Se extiende esa llanura a lo
largo de XII jornadas y se llama Pamer, pero conforme avanza el camino
está desierta y no hay allí poblado ni se encuentra hierba alguna, de
suerte que conviene que los viandantes que van de paso lleven consigo
las vituallas. Tampoco se topa con animal alguno por el gran frío y la
mucha altura, ya que no podrían hallar alimento. Aunque allí se prende
fuego, a causa de la grandísima frialdad de la tierra no brilla como
luce en los demás lugares ni tiene tanta fuerza que valga para cocer.
Después es preciso que los viajeros avancen entre oriente y aquilón diez
jornadas a través de los montes, oteros y valles; allí corren muchos
ríos. La región se llama Bellor. En aquel camino de XL jornadas no hay
poblado ni crece hierba alguna, por lo que conviene que los viandantes
lleven consigo las vituallas; pero en las montañas altísimas hay muchos
poblados de hombres idólatras crueles y muy pérfidos, que viven de la
caza y se visten de cuero.
Capítulo trigésimo octavo
De la
provincia de Cascar.
Después se llega a la provincia de Cascar, que es tributaria del Gran
Kan, donde hay muchas viñas muy hermosas y numerosos jardines y huertos
de frutales. Abundan en algodón. Los hombres de aquella comarca tienen
su propia lengua. Son comerciantes y artesanos. Emprenden muchos viajes
por sus negocios; son tacaños, y por su gran avaricia llevan vida
mezquina. Observan la ley del miserable Mahoma. Con todo, viven allí
algunos cristianos nestorianos, que tienen sus propias iglesias. Toda la
región se extiende durante cinco jornadas.
Capítulo trigésimo noveno
De la
ciudad de Samarcham y del milagro de la columna acaecido en la iglesia
de San Juan Bautista.
Samarcham es ciudad famosa y grande en aquella región, que es tributaria
de un sobrino del Gran Kan. Habitan en ella juntamente los cristianos y
los que adoran a Mahoma, que se denominan sarracenos. En esta ciudad ha
acontecido en nuestro tiempo por el poder de Cristo un milagro. Un
hermano del Gran Kan, llamado Cogatay, que gobernaba en ella, convertido
y adoctrinado por los cristianos recibió el bautismo. Entonces los
cristianos, contando con el favor del príncipe, edificaron una gran
basílica en la ciudad de Samarcham en honor de San Juan Bautista, que
fue construida y fabricada por los arquitectos con el artificio de que
toda la bóveda de la basílica se erguía y se sustentaba sobre una
columna de mármol, que se hallaba en el centro. Cuando se hacía la obra,
quitaron una piedra a los sarracenos, con laque calzaron la base de la
columna susodicha. Los sarracenos, que detestaban a los cristianos, se
dolieron del hurto de la piedra, pero por temor al príncipe Cogatay no
se atrevieron a contradecirle. Acaeció que murió el príncipe, a quien
sucedió su hijo en el trono, pero no en la fe. Los sarracenos
consiguieron de él que los cristianos se viesen obligados a devolverles
su piedra. Al ofrecerles los cristianos a los sarracenos una gran suma
de dinero por ella, éstos se negaron, con el propósito de que, al quitar
la piedra, se derrumbase la iglesia privada de columna. Como los
cristianos no encontraron ningún remedio al apuro, comenzaron a invocar
a San Juan Bautista con súplicas llorosas. Así, pues, al llegar el día
en que se había de retirar la piedra de debajo de la columna, esperaban
los sarracenos que por la inmediata ruina de todo el techo se desplomase
la basílica; pero por la voluntad divina se separó la columna de su base
hasta sustentarse en el aire por espacio de tres palmos; y así perdura
hasta hoy sin apoyo de ningún sostén humano.
Capítulo cuadragésimo
De la
provincia de Carthan.
Avanzando desde allí encontramos la provincia de Carthan, que tiene de
largo cinco jornadas de camino, y que adora también la ley de Mahoma.
Está sometida al dominio de un sobrino del Gran Kan, y tiene muchas
ciudades y villas. La ciudad principal se llama Cotim. La región se
extiende a lo largo de ocho jornadas; hay algodón y vituallas en
abundancia, y muchas y muy buenas villas. Los hombres son allí apocados
y cobardes, pero son artesanos y comerciantes, y observan la muy
indecorosa ley de Mahoma.
Capítulo cuadragésimo primero
De la
provincia de Coram.
La
provincia de Coram se encuentra después de Carthan entre el oriente y el
aquilón. Está sometida al dominio del Gran Kan y tiene multitud de
ciudades y villas. La ciudad principal es Coram. Se extiende la
provincia a lo largo de ocho jornadas; tiene abundancia de algodón y de
toda suerte de vituallas. Hay allí muchas y muy buenas viñas. Los
hombres no son guerreros, pero son artesanos y comerciantes y guardan la
ley indecente de Mahoma.
Capítulo cuadragésimo segundo
De la
provincia de Pein.
Avanzando por la misma región sale al paso la provincia de Pein, que
tiene cinco jornadas de longitud; está igualmente sometida al Gran Kan y
adora a Mahoma. Tiene muchas ciudades y aldeas. La ciudad más famosa se
llama Pein, a la que baña un río en el cual se encuentran piedras
preciosas, a saber, jaspes y calcedonias. Los hombres de esta tierra son
comerciantes y artesanos. Abundan en algodón y en alimentos. Existe en
esta provincia la costumbre de que, si algún hombre casado se marcha por
algún motivo a otra parte y se ausenta más de XX días, le está permitido
a la mujer después de su partida abandonar a su marido y casarse con
otro; y también el varón que se fue puede contraer nuevo matrimonio,
conforme a los malos usos de aquella tierra.
Capítulo cuadragésimo tercero
De la
provincia de Carchia.
Después se llega a la provincia de Carchia, que está bajo el dominio del
Gran Kan, donde hay muchas ciudades y aldeas. Su ciudad principal se
llama Carchia. Hay allí ríos en los cuales se cogen en abundancia
piedras preciosas, a saber, jaspes y calcedonias de gran valor, que
transportan los mercaderes a la provincia de Cathay. Esta región de
Carchia es toda ella arenosa y tiene muchas aguas amargas, aunque en
algunas partes el agua sea buena. Igualmente entre Cathay y Pein toda la
tierra es arenosa y estéril. Cuando algún ejército atraviesa aquella
provincia de Carchia, los hombres de la tierra con sus mujeres e hijos y
todo el ganado se trasladan durante dos o tres días a otra región donde
encuentren pastos y agua, y allí moran hasta que haya pasado la tropa; y
el viento borra de tal modo las huellas que han dejado en la arena, que
el ejército a su llegada no puede seguir su rastro. A la partida de la
hueste tornan a sus hogares. Si pasan ejércitos de los tártaros a los
que están sometidos, no huyen los hombres, pero trasladan todos los
animales a otro lugar, porque los soldados tártaros no quieren pagar
dinero por los alimentos que reciben de los habitantes por donde pasan.
A la salida de la provincia de Carchia se anda durante tres jornadas por
arena, y el agua es pésima y amarga; sin embargo, en algunos parajes
dentro de aquel término se encuentra de la buena. Así se llega a la
ciudad llamada Lop. Todas las provincias de Cascar, Cartham, Coram, Pein,
Carchia hasta la ciudad de Lop están comprendidas en las tierras del
Gran Turco.
Capítulo cuadragésimo cuarto
Sobre
la ciudad de Lop y el gran desierto.
Lop es
una gran ciudad a la entrada del gran desierto que está entre el oriente
y el aquilón. Todos sus vecinos observan la ley del miserable Mahoma. En
ella se prepara cuanto han menester los comerciantes que desean
atravesar el desierto; allí descansan muchos días los mercaderes antes
deponerse en marcha; allí cargan asnos resistentes y camellos de
vituallas y de mercancías. Así emprenden el camino a través del yermo.
Cuando han vaciado a los asnos y camellos de su carga de comida, los
matan y los dejan en el desierto, ya que no los pueden proveer de
víveres hasta el término del viaje, y se llevan consigo los cueros, si
quieren; con todo, conservan preferentemente los camellos, ya que son de
poco comer y transportan gran peso. En el desierto se encuentra agua
amarga; en tres lugares y en unas XXVIII millas se halla agua dulce; no
obstante, entre uno y otro pozo media por lo general un día de distancia
y el agua no basta para todos: unas veces da para cinco hombres, otras
para cincuenta, en ocasiones para cien. En XXX días se llega al término
del desierto, atravesándolo a lo ancho. En cuanto a su longitud,
refieren los de la región que apenas se puede llegar en un año desde su
comienzo hasta su fin. Es aquel desierto montuoso por lo general, y su
llanura arenosa; todo él está completamente pelado y no hay animales en
absoluto por la falta de alimento. Se ven y se oyen allí de día y de
noche muchos embelecos; por tanto, es preciso que los que lo cruzan se
cuiden muy mucho de no separarse de sus camaradas y de que nadie duerma
en el camino sin compañía, ya que, si dejan atrás a un compañero de
suerte que no los pueda ver a causa de los montes y los oteros, es
difícil que el que ha quedado muy a la zaga les dé alcance, pues se
escuchan allí voces de los demonios que los llaman por sus nombres e
imitan las voces de los hombres que van delante, y al seguirlas los
conducen al camino errado. De resultas de este engaño han perecido
muchos en aquel paso, ya que no acertaron a reunirse con sus compañeros.
Alguna vez se oyen en el aire sonidos o se escucha el son de
instrumentos músicos, pero sobre todo de tambores. De esta suerte su
tránsito es muy laborioso y aventurado.
Capítulo cuadragésimo quinto
De la
ciudad de Sachion y la costumbre de los paganos en la incineración de
los cadáveres.
Terminada la travesía del desierto susodicho se llega a la ciudad de
Sachion, que está a la entrada de la gran provincia de Tanguth donde
viven pocos cristianos nestorianos; otros habitantes guardan la ley del
miserable Mahoma, y los restantes son idólatras. Los vecinos gentiles
tienen su propia lengua. Todos los moradores de esta ciudad no se
aplican a la contratación, sino que viven sólo de los frutos de la
tierra. En Sachion hay muchos monasterios dedicados a diversos ídolos, a
los que se hacen grandes sacrificios y a los que el pueblo muestra
grandísima devoción. Cuando a un hombre le nace un hijo, inmediatamente
lo consagra a algún ídolo, en cuyo honor tiene un camero en su casa
aquel año; cumplido el año desde el nacimiento de su hijo, en la primera
fiesta de ese dios que se celebra después del curso del año, ofrece al
ídolo el hijo y el camero con suma devoción. Después cuece la carne del
carnero y la ofrenda al ídolo, y la deja en su presencia hasta que
terminan las oraciones que se profieren ante él según la costumbre de la
ciudad. El padre le ruega suplicante que se digne conservar la vida de
su hijo, y creen que entre tanto el dios come el caldo de la carne y
conservan sus huesos con unción en un hermoso recipiente. Cuando muere
alguien, aquéllos a cuyo cargo están los cuerpos de los muertos lo hacen
quemar. En la incineración se sigue el siguiente ritual: debe ser
ofrecido a la pira su cadáver; aquéllos les preguntan el mes, el día y
la hora de su nacimiento, y una vez averiguada la constelación de su
horóscopo indican el día en que se ha de quemar. Algunas veces hacen que
se retenga el cadáver por siete días, otras por un mes, en ocasiones por
seis meses; mientras tanto lo guardan en casa de la siguiente manera:
tienen un ataúd de tablas muy gruesas y acopladas con tal maña que no
puede exhalar hedor alguno, antes bien, está pintado por fuera
primorosamente. Allí colocan el cadáver embalsamado con muchas especias
y cubren el sarcófago con un hermoso paño. Todos los días, mientras
permanece el cuerpo en casa, preparan a la hora de yantar una mesa junto
a la caja con vino y delicados manjares, que queda puesta el tiempo que
podría tardar un hombre vivo en comerlos, pues dicen que el alma del
difunto prueba las viandas que están servidas en su nombre. También se
consulta a los astrólogos susodichos por qué puerta se ha de sacar de
casa el cuerpo del difunto, pues dicen que algunas veces esta o aquella
puerta careció en su construcción de buenas obras, por lo cual no la
consideran adecuada para sacar por ella los restos mortales, y así
mandan que se lleve el cadáver a la pira por otra puerta o abriendo un
nuevo orificio en la pared. Cuando es llevado a quemar fuera de la
ciudad o de la villa, erigen por el camino cabañas de madera en muchos
lugares, cubiertas de paños de seda y oro; cuando llegan ante una de
ellas, depositan la caja con el cadáver ante la choza y esparcen en
tierra ante el ataúd vino y finos manjares, diciendo que aquel muerto va
a ser recibido en la otra vida con tal festín. A la hora de las exequias
preceden al sarcófago todos los instrumentos de los músicos de la
ciudad, cuyo sonido produce gran deleite. Al llegar al lugar de la pira,
tienen cortadas en hojas de papel figuras de hombres, mujeres, caballos,
camellos y muchos dineros, todo lo cual arde juntamente con el cadáver,
pues dicen que va a tener en la otra vida tantos siervos y criadas,
animales y dineros como imágenes se quemaron con él, y que así vivirá
con riquezas y honra. Esta superstición la observa por doquier en las
partes de oriente la ceguera de los gentiles a la hora de incinerar los
cadáveres humanos.
Capítulo cuadragésimo sexto
De la
provincia de Camul y de una muy mala costumbre de ella.
Camul
es un a gran tierra en la provincia de Tanguth, que está sometida al
Gran Kan, poblada de ciudades y muchas villas. Está situada Camul entre
dos desiertos, a saber, el gran desierto antedicho y otro., que tiene de
longitud tres jornadas. Hay en esta comarca alimentos en abundancia,
tanto para sus habitantes como para todos los viajeros. Los hombres de
aquella región tienen su propia lengua y son muy regocijados, pues
parece que no hacen otra cosa sino divertirse y solazarse. Son
idólatras, y están tan trastornados desde antiguo por sus ídolos que,
cuando un viajero de paso por allí se hospeda en casa de alguien de
Camul, éste lo recibe con júbilo y ordena a su mujer y a toda su familia
que le obedezcan sin rechistar todo el tiempo que quiera alojarse en su
mansión. Dicho lo cual, se va el señor de la casa para no volver
mientras el huésped quiera morar en su domicilio, y la desdichada esposa
de aquel hombre debe acatarlo en todo como a su marido. Las mujeres de
aquella comarca son hermosas en extremo, pero todos sus maridos están
cegados por sus dioses con la locura de considerar un honor y un
provecho que sus cónyuges se prostituyan a los viandantes. En el tiempo
en que reinó Monghu, el Gran Kan universal de todos los tártaros, al oír
tan gran desvarío de los hombres de Camul, les ordenó que en adelante no
se atreviesen a consentir cosa tan detestable, sino que velasen más bien
por el honor de sus mujeres y proveyesen a todos los viandantes de
posadas públicas, para que en el futuro el pueblo de aquella región no
quedase mancillado por tamaña deshonra. Los hombres de la provincia de
Camul, enterados del mandato del monarca, se entristecieron sobremanera
y le enviaron embajadores de nota con dineros, pidiéndole acuciantemente
que revocase ese edicto tan grave, ya que habían recibido de sus
antepasados la tradición de que, mientras dispensasen semejantes
mercedes a sus huéspedes, obtendrían el favor de sus dioses y la tierra
produciría siempre abundosos frutos. El rey Monghu, cediendo a su
insistencia, revocó la orden diciendo: «Procuré mandaros lo que me
cumple; pero desde el momento que tan vitando y execrable oprobio lo
recibís como un honor, quedaos con esa deshonra que deseáis». Los
enviados, al regresar con la carta de revocación, devolvieron la alegría
a todo el pueblo, que se había sumido en la tristeza. Así, pues, guardan
hasta el día de hoy esa costumbre detestable.
Capítulo cuadragésimo séptimo
De la
provincia de Chinchinculas.
Después de la región de Camul se encuentra la provincia que se llama
Chinchinculas, que confina con el desierto al aquilón. Tiene dieciséis
jornadas de longitud y está bajo el dominio del Gran Kan. Hay allí
muchas ciudades y aldeas. Viven también en ella cristianos nestorianos y
algunos que adoran a Mahoma; el resto del pueblo de la región venera los
ídolos. En esta comarca se eleva un monte donde hay minas de acero, de
andánico y de salamandra, de la que se hace un paño, si se arroja al
fuego, no sufre combustión. Se hace el paño de la tierra, según aprendí
de un compañero mío turco, un hombre muy sabio que se llamaba Turficar,
que por mandato del Gran Kan dirigió en aquella provincia el laboreo de
las minas; contaba, en efecto, que en aquel monte había una vena de
tierra que tenía hilos semejantes a la lana; esos hilos se secan al sol,
después se maceran en un mortero de bronce y a continuación se lavan con
agua y se separan de la tierra gruesa; la tierra se desecha y se hilan
los hilos de lana, de los cuales después se confeccionan los paños.
Estos paños no los sacan blancos del telar, sino que los arrojan al
fuego y los dejan durante una hora en la llama: entonces se tornan
blancos como la nieve y no se chamuscan por el fuego. Otro tanto se
hace asimismo a la hora de limpiarlos, pues no se les da otro lavado
para quitarles las manchas. Sobre la serpiente salamandra no oí nada en
las partes de Oriente, pero he escrito fielmente cuanto escuché al
respecto. Se cuenta que hay en Roma un paño de salamandra en el que
está envuelto el sudario del Señor, que mandó al Sumo Pontífice un rey
de los tártaros.
Capítulo cuadragésimo octavo
De la
provincia de Succuir.
Dejando la provincia de Chinchinculas al oriente, no se encuentra
durante diez jornadas seguidas ningún poblado salvo en pocos lugares; al
cabo de ellas se halla la provincia de Succuir, que tiene muchas
ciudades y villas, la mayor de las cuales se llama Succuir. En esta
región hay algunos cristianos; los demás habitantes son idólatras y
están sometidos al Gran Kan. No son comerciantes, sino que viven de los
frutos de la tierra. En todos los montes de esta provincia se encuentra
ruibarbo en grandísima abundancia, y de allí es transportado por los
mercaderes a todas las partes del mundo.
Capítulo cuadragésimo noveno
De la
ciudad de Campion.
Campion es una ciudad muy grande y famosa que es la principal en la
región de Tanguth, donde moran algunos cristianos y otros que observan
la ley de Mahoma; los demás vecinos son idólatras. Hay en esta ciudad
muchos monasterios en los cuales se adora multitud de ídolos, de los
cuales unos son de piedra, otros de madera y otros de barro, pero todos
sobredorados; algunos de ellos miden diez pasos y parecen yacer en
tierra, y en torno suyo están puestos otros ídolos pequeños que semeja
que le hacen reverencia. Hay también algunos religiosos gentiles, que
viven con mayor virtud que los demás paganos; algunos de ellos guardan
castidad, y se cuidan muy mucho de no transgredir la ley de sus dioses.
Computan todo el curso del año por lunaciones, y no existen entre ellos
otros meses ni semanas. En algunas lunaciones celebran cinco días
seguidos en los que no matan ave ni bestia ni comen carne mortecina en
ese plazo; se comportan también durante cinco días con más decencia que
durante el resto del año. En esta ciudad un idólatra puede tener XXX
mujeres o más, si se lo permite su hacienda; sin embargo, la primera
esposa es tenida por más honrada y legítima. El marido no recibe dote
de la esposa, sino que él se la ajusta en animales, esclavos o dinero,
según su estado, sus posibilidades y su conveniencia. Si la mujer
resulta enojosa al marido, a éste le está permitido dejarla según le
plazca. Los hombres toman como esposas a parientes de segundo grado, e
igualmente a sus madrastras. Muchas cosas que entre nosotros son graves
pecados ellos las consideran lícitas, pues en muchos aspectos viven como
bestias. Mi padre, micer Nicolás, su hermano y yo, Marco, residimos a
causa de ciertos negocios en esta ciudad de Campion durante un año.
Capitulo quincuagésimo
De la
ciudad de Ecima y de otro gran desierto.
Avanzando más allá de la ciudad de Campion se marcha durante XII
jornadas y después se encuentra la ciudad llamada Ecima, que linda
también al aquilón con un desierto de arena. Hay en ella numerosos
camellos y muchos animales de diversas especies; hay allí herodii o
halcones laneros muy buenos y también sacres en grandísima cantidad. Los
hombres de Ecima son idólatras. No se ocupan del comercio, sino que
viven de los frutos de la tierra. En esta ciudad los viandantes y los
mercaderes preparan vituallas para XL días, si quieren ir por el
desierto que está al aquilón, que se tarda en cruzar x1 días; en efecto,
no hay allí poblado sino en las montañas y en determinados valles, donde
habitan algunos hombres durante el verano. En aquel desierto rara vez
se encuentra hierba, aunque en ciertos lugares hay muchos animales
salvajes, sobre todo onagros en gran número; abundan también en aquel
desierto los pinos. Todas las provincias y ciudades susodichas, es
decir, la ciudad de Sachion, la provincia de Camul, la provincia de
Chinchinculas, la provincia de Succuir, la ciudad de Campion y la ciudad
de Ecima pertenecen a la gran provincia de Tanguth.
Capítulo quincuagésimo primero
De la
ciudad de Carocoran y del comienzo del dominio de los tártaros.
Acabada la travesía del desierto susodicho se llega a la ciudad de
Carocoran, que está al aquilón, donde tuvo comienzo el señorío de los
tártaros, pues antes habitaban en las grandes llanuras de aquella
región, en las que no había ciudades ni aldeas, sino sólo pastos y
grandes ríos, ni tenían rey de su pueblo, sino que eran tributarios del
gran rey de nombre Onchan, que los latinos llaman Preste Juan, del cual
habla todo el mundo. Una vez que creció el pueblo de los tártaros y se
multiplicó, receló aquel monarca, que tamaña multitud le pudiera hacer
daño si quisiese alzarse en rebeldía. Por tanto, pensó dividirlos en
partes y deportarlos a diversas regiones, para mermar su poderío. Ellos,
negándose a separarse unos de otros, cruzaron todos juntos el desierto
al aquilón y llegaron a un lugar donde no podían temer ya al rey
susodicho, al que rehusaron en adelante pagar tributo.
|