LIBRO DEL MES

El Libro De Marco Polo - Primera Parte

Marco Polo

 
LIBRO DEL MES   ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 

 

Capítulo quincuagésimo segundo

Del primer rey de los tártaros y de la rencilla con su rey.

 

Al cabo de pocos años todos, de común acuerdo, eligieron rey a un varón de los suyos esforzado y prudente, que se llamaba Chinchis; ello sucedió en el año del Señor de MCLXXXVII. Tras su coronación, todos los tártaros, que andaban dispersos en otras regiones, acudieron a él y se sometieron de buena gana a su dominio. El gobernó a sus súbditos con gran sabiduría y en breve tiempo ganó ocho provincias. Cuando capturaba una ciudad o una aldea por la fuerza, después de la victoria no permitía que sufriese saqueo quien quería plegarse de grado a su mandato e ir con él a asaltar otras ciudades, por lo que todos lo amaban a maravilla. Al verse enaltecido a tanta gloria, envió mensajeros a su rey, solicitando a su hija por esposa. Ocurrió esto en el año del Señor de MCC. El recibió su petición como una gravísima afrenta y respondió con dureza, pues dijo que antes arrojaría a su hija al fuego que entregarla como mujer a un esclavo suyo, y expulsó de su vista de manera ultrajante a los enviados de Chinchis, diciéndoles: «Decid a vuestro señor que, ya que se ha atrevido a alzarse a tanta soberbia como para pedir en matrimonio a la hija de su amo, le haré morir muerte amarga».

 

Capítulo quincuagésimo tercero

De la batalla de los tártaros con aquel rey y su victoria.

 

Al oír esto, Chinchis reventó de cólera y reuniendo un gran ejército se dirigió a las tierras del rey Onchan, que es nombrado Preste Juan, y acampando en una planicie inmensa llamada Canduth, envió a decir al rey que se aprestase a defenderse. Este descendió con un gran ejército al llano, a XX millas de la hueste de los tártaros. Entonces el rey de los tártaros Chinchis ordenó a los magos y astrólogos que le predijesen qué resultado tendría la futura batalla. Los astrólogos, hendiendo en dos a lo largo una caña, pusieron en tierra las dos partes, y a una la llamaron de Chinchis y a la otra de Onchan, y dijeron al rey: «Cuando nosotros profiramos los ensalmos, por voluntad de los dioses lucharán entre sí las dos partes de la caña. Obtendrá la victoria en el combate aquel rey cuya parte monte sobre la del otro». Apiñada la muchedumbre para el espectáculo, los astrólogos leyeron en su libro de encantamientos y las dos partes de la caña se movieron y parecía que se alzaba una sobre otra; por fin la parte de Chinchis quedó por encima de la parte de Onchan. Los tártaros, con esta visión, recibieron gran aliento, seguros ya de su futura victoria. Por último, al tercer día se entabló combate y cayeron muchos del ejército de uno y otro bando. Chinchis, no obstante, resultó vencedor y el rey Onchan fue muerto, y los tártaros sojuzgaron por completo su tierra. Después de la muerte de Onchan reinó Chinchis seis años, en los cuales conquistó muchas provincias. Al cabo de los seis años, al sitiar los suyos un castillo, se acercó en persona a pelear ante la plaza y fue herido en la rodilla con una saeta, herida de la cual falleció a los pocos días. Fue enterrado en la gran montaña de Alchay, donde desde entonces reciben sepultura todos los supremos monarcas del reino de los tártaros que descienden de su estirpe; y si el Gran Kan muriera a cien jornadas de distancia del monte de Alchay, sería llevado allí a sepultar su cuerpo.

 

Capítulo quincuagésimo cuarto

Del catálogo de los reyes de los tártaros y de cómo son enterrados sus cuerpos.

 

Por tanto, el primer rey de los tártaros fue Chinchis; el segundo, Eni; el tercero, Bacni; el cuarto, Esu; el quinto, Monghu; el sexto, Cublay, que reina todavía, cuyo poderío es mayor que el de los cinco predecesores susodichos.  Es mayor el imperio de él solo que todos los reinos y señoríos juntos de cristianos y sarracenos, como se demostrará de manera paladina en su lugar en este volumen. Cuando se lleva el cadáver del Gran Kan a enterrar al monte, la comitiva que lo acompaña al sepulcro pasa a cuchillo a todos los hombres con los que topa en el camino diciendo: «Id y servid al rey vuestro señor en la otra vida». Están, en efecto, ofuscados por tan gran extravío, que creen que los muertos en aquella ocasión se consagrarán a su servicio en el más allá. Igualmente degüellan todos los caballos que encuentran y corceles elegidos del rey difunto, para que él los reciba vivos en el otro mundo. Cuando se llevó el cuerpo de Monghu Kan al monte, los soldados que escoltaban su cadáver mataron por el motivo antedicho más de XX mil hombres.

 

Capítulo quincuagésimo quinto

De las costumbres comunes de los tártaros.

 

Los tártaros por lo general crían rebaños de bueyes, acémilas y ovejas, por lo que residen con la manada en los pastizales. Durante el verano habitan en las montañas y en los lugares fríos, donde hay pasto y leña, y durante el invierno trashuman a las regiones calientes, donde puedan encontrar alimento para el ganado. Tienen cabañas al modo de tiendas, muy bien tapadas con fieltro, que llevan consigo a donde vayan; están compuestas con tal arte, que las pueden doblar y extender, alzar y posar y transportar con facilidad. Su puerta, cuando montan la cabaña, la orientan al mediodía.  Tienen también carromatos arrastrados por camellos y que están forrados de fieltro con tanta industria que, aunque llueva todo el día sobre ellos, es imposible que se moje nada en el interior. Transportan en ellos a sus mujeres e hijos y todos los enseres necesarios. Las esposas de los tártaros son muy fieles a sus maridos; entre ellos se mira mucho que nadie se atreva a cortejar a la mujer de su prójimo, y se cuidan sobremanera de no hacerse o inferirse agravio al respecto. Cada uno de ellos puede tener, según su costumbre, tantas mujeres como pueda alimentar; sin embargo, la primera es considerada más principal y más noble que las demás; excepto las hermanas, toman como esposas a todas la mujeres consanguíneas por línea transversal. Al fallecer el padre, el hijo puede casarse con su madrastra, y un hermano, a la muerte de otro, con su cuñada, y celebran bodas solemnes cuando las toman por mujeres. Los hombres no reciben dote, sino que, por el contrario, ellos se la dan a su esposa y a su madre. Debido a la multitud de esposas tienen hijos sin cuento. Las mujeres de los tártaros resultan poco gravosas en gastos a sus maridos, porque ganan mucho con sus labores.  Son prudentes en el gobierno de la familia, solícitas en la preparación de la comida, cumplen con diligencia todas las tareas del hogar y compran y venden muy bien cuanto hay que vender y comprar. Los maridos, dejando en sus manos los cuidados domésticos, se entregan a la caza, a la cetrería y al ejercicio de armas y batallas.

 

Capítulo quincuagésimo sexto

De sus armas y vestidos.

 

La armadura que se ponen los tártaros es de fuerte y resistente cuero cocido de búfalo o de otro animal que tenga piel dura. Llevan mazas y espadas, pero se sirven preferentemente de arcos y flechas. Son excelentes arqueros, enseñados y entrenados a este ejercicio desde niños usan trajes recamados en oro y sobre los vestidos llevan pieles finas de raposas, veros y también de armiños; asimismo se cubren de pieles de los animales llamados cibelinas, que son muy finas y apreciadas.

 

Capítulo quincuagésimo séptimo

De la comida común de los tártaros.

 

El mantenimiento ordinario de los tártaros es carne y leche, y aquélla de animales puros e impuros, pues comen carne de caballo y perro, y asimismo de algunos reptiles denominados en romance «ratas del Faraón», que se encuentran en suma abundancia en las llanuras. Beben leche de yegua, que saben preparar de modo que parece vino blanco, que es también muy sabrosa y se llama en su lengua chemius.

 

Capítulo quincuagésimo octavo

De su idolatría y plegarias.

 

Los tártaros veneran a un dios que se llama Nacigoy, que consideran señor de la tierra y que vela por ellos, los frutos de la tierra, sus hijos y sus ganados. A este falso dios lo adoran con muy honda devoción. En sus casas tienen una imagen suya de fieltro o de otro paño, y la colocan en el lugar de honor. Creen que tiene mujer e hijos, a los que hacen también fetiches de fieltro; el ídolo de la mujer de Nacigay lo ponen a la izquierda, el de su hijo ante él. Profesan reverencia suma a estos ídolos; cuando van a comer o a cenar, untan antes la boca de los dioses con grasa de la carne cocida; una parte del caldo, es decir, del agua en la que se ha cocido la carne, la derraman fuera de la casa, para que los dioses susodichos reciban su parte.  Acabado este ritual se sientan a la mesa. Si fallece soltero el hijo de un tártaro y muere doncella la hija de otro, el padre del mozo difunto pide para su hijo muerto la mano de la muchacha muerta, y cuando el padre de la doncella da su consentimiento, hacen que se extienda un contrato por escrito y dibujan en papel al joven y a la doncella, así como vestidos, dineros, multitud de enseres y ajuar diverso; después prenden fuego al documento y las pinturas y creen, engañados por ceguera diabólica, que aquellos muertos contraen matrimonio entre sí en la otra vida cuando el humo de los papeles quemados sube por el aire. Y con tal motivo celebran solemnes banquetes nupciales, de los que esparcen trozos acá y acullá, para que el novio y la novia tengan su porción del festín de bodas. Desde entonces los padres y la familia de los difuntos se consideran tan emparentados como si aquel matrimonio fantasmagórico se hubiera efectuado de verdad.

 

Capítulo quincuagésimo noveno

Del valor, la industria y la fortaleza de los tártaros.

 

Son los tártaros arrojados en las armas y victoriosos en las lides, pues no son hombres de melindres, sino de mucho brío; cuando lo exige una guerra o alguna necesidad del ejército, son más duros y dispuestos a soportar penalidades que los demás pueblos del mundo; durante un mes entero, si fuere necesario, no comen otra cosa que leche de las acémilas y carne de los animales que cazan; también sus caballos se contentan sólo con la hierba que hallan en las praderas y no es preciso que se les prepare grano u otro pienso. En ocasiones los tártaros aguantan toda la noche armados sobre sus monturas, y sus caballos entretanto pacen donde encuentran alguna hierba. Son hombres de muchísimo esfuerzo y se conforman con poco; saben mejor que nadie tomar fortalezas y ciudades. Cuando a causa de una campaña es necesario que emprendan largos viajes, de sus cosas no llevan consigo nada salvo las armas, así como una cabaña pequeña en la que se cobijan cuando llueve; cada cual va con dos botas de cuero, en las que guarda la leche que bebe, y una olla pequeña para cocer la carne, que llamamos en nuestro romance «pinguatella». Si alguna vez urge llegar con presteza a un lugar remoto, se abstienen durante diez días de todo alimento cocido, si resulta que por la cocción de la comida se retrasa la marcha.  Traen leche consigo a modo de pasta sólida, que ponen en agua en una vasija, y la agitan con un palo hasta que se disuelve, y después se la beben. A menudo en lugar de vino o a falta de vino o de agua cortan una vena a sus caballos y chupan su sangre.

 

Capitulo sexagésimo

De la disciplina de su ejército y su astucia para pelear.

 

La disciplina de su ejército y su manera de luchar es la siguiente. Cuando un general recibe el mando de un ejército de c mil soldados, elige a los que quiere como camaradas, y a los tribunos, que mandan a mil jinetes, y a los centuriones y a los decuriones, de suerte que todo su ejército se ordena por mil, cien y diez hombres. Igualmente hay uno que manda a diez mil. Los tribunos son consejeros del capitán de diez mil, los centuriones son consejeros del tribuno y los decuriones son consejeros del centurión, y así sucesivamente, de suerte que ningún oficial tiene más de diez consejeros. Se observa esta norma en un ejército grande y pequeño. Cuando el que manda a cien mil hombres quiere enviar tropas a algún lugar, ordena al que capitanea a diez mil que elija a mil de los suyos; él a su vez manda al tribuno que elija cien, y éste a su vez al centurión que elija diez, y el decurión elige uno: así se escogen mil de diez mil soldados. Cumplen esto con tanta disciplina que todos se relevan por turno, y cada uno sabe cuándo le toca su vez.  Todos, cuando son elegidos, obedecen al instante, pues no se encuentra en el mundo entero hombres de tanto acatamiento a sus señores como lo son los tártaros. Cuando avanza la hueste de un lugar a otro, siempre guardan los cuatro flancos doscientos o más centinelas apostados a distancia oportuna, para que no puedan atacar los enemigos de improviso. Cuando luchan en batalla campal con el adversario, a menudo simulan la huida con engaño sin dejar de lanzar flechas, hasta que atraen a sus perseguidores a donde quieren; entonces a una vuelven grupas y obtienen con gran frecuencia la victoria sobre el enemigo, que sufre un descalabro cuando piensa haber vencido. Sus caballos están tan adiestrados, que a voluntad de sus jinetes se revuelven con gran facilidad acá o acullá.

 

Capítulo sexagésimo primero

De los jueces y su justicia.

 

En los malhechores hacen justicia de la siguiente manera. Si alguien ha hurtado una cosa de poco valor y precio, por la que no merece la muerte, es azotado con una vara siete veces, o diecisiete, o XXVII, o XXXVII o XLVII, pues a la magnitud del delito corresponde el número de azotes, que llegan hasta cien, añadiendo siempre diez; no obstante, hay quien perece de la zurra. Si alguien roba un caballo u otra cosa por la que merezca la pena capital, es desbarrigado a filo de la espada y muere. Si el ladrón es descubierto y quiere pagar nueve veces el valor de lo robado, se libra de la muerte. Los que poseen caballos, bueyes y camellos marcan su hierro en la piel y después los sueltan a pastar sin guardianes. Cuando vuelven, si entre los suyos encuentra un animal de otro, se apresura a buscar a su amo para devolverle en el acto lo que es suyo. El ganado menor se confía al cuidado de pastores, pues tienen rebaños hermosos sobremanera. Estas son todas las costumbres comunes de los tártaros; pero como ahora están mezclados entre diversos pueblos, en muchas comarcas pierden muchas de sus costumbres y se acoplan a la manera de vivir de otros.

 

Capítulo sexagésimo segundo

De las campiñas de Bargi y las últimas islas del aquilón.

 

Habiendo expuesto en parte las costumbres de los tártaros, pasaré ahora a describir otras regiones. Después de salir de la ciudad de Carocoram y del monte Alchay, se avanza al aquilón a través de la campiña de Bargi, que tiene longitud XL jornadas. Los habitantes del lugar se llaman «metrich», están sometidos al Gran Kan y siguen las costumbres de los tártaros; son hombres salvajes y se sustentan de la carne de los animales que apresan en la caza, y sobre todo de ciervos, de los que tienen gran cantidad, y que también domestican y en los que cabalgan una vez amaestrados. Carecen de grano y vino. En el verano tienen mucha caza de aves y de fieras salvajes; durante el invierno todos los animales y los pájaros emigran de allí por el frío rigurosísimo de aquella región. Al cabo de aquellas XL jornadas se llega al mar Océano, junto al cual se yerguen unos montes donde anidan herodii o halcones peregrinos que son llevados de allí a la corte del Gran Kan. En aquellas sierras no se encuentran más pájaros que los susodichos halcones y otra especie de aves que se dicen bardelach, de las que se alimentan los herodii; esas aves son grandes como perdices y tienen las patas como papagayos y la cola de golondrina; son largas y de raudo vuelo. En las islas de aquel mar nacen gerifaltes en gran número, que son llevados al Gran Kan; los gerifaltes que se traen a los tártaros desde tierras de cristianos no se ofrecen al Gran Kan, porque tiene muchísimos, sino que se llevan a otros tártaros que confinan con los armenios y los comanos. En aquellas islas que están situadas tan al aquilón la estrella polar ártica, que se dice en romance «tramontana», queda al mediodía.

 

Capítulo sexagésimo tercero

Del reino de Ergimul y de la ciudad de Singuy.

 

Es preciso que retornemos de nuevo a la ciudad de Campion, de la que se hizo mención más arriba, para describir otras provincias comarcanas. Después de salir de la ciudad de Campion se marcha al oriente durante cinco jornadas; en aquel camino se oyen de noche muchas voces de demonios.  Después de esas cinco jornadas, se encuentra el reino de Ergimul, que está en la gran provincia de Tanguth, reino que está sometido al Gran Kan. Viven allí cristianos nestorianos, idólatras y otros que guardan la ley de Mahoma. Hay en él muchas ciudades y aldeas. Al siroco entre oriente y mediodía se va a la provincia de Talchay, pero antes se da con la ciudad de Singuay, tributaria del Gran Kan, donde moran igualmente cristianos nestorianos, idólatras y secuaces de la ley de Mahoma. Hay allí bueyes salvajes hermosísimos, grandes como elefantes; cubre por todas partes su cuerpo un pelaje blanco, salvo en el dorso, y allí, esto es, en el lomo, les nacen pelos negros de tres palmos de longitud. Muchos de estos bueyes son mansos y están domados y acostumbrados a llevar grandes cargas; otros se uncen al arado y por su maravillosa fortaleza llevan a cabo en breve tiempo mucha faena en la labranza. En esta tierra existe el mejor almizcle que hay en el mundo, que se extrae de un animal que es hermoso en extremo y tiene el tamaño de un gato, pelos gruesos como un ciervo y patas como un gato; cuenta con cuatro dientes, a saber, dos arriba y dos abajo, de tres dedos de longitud; junto al ombligo tiene, entre la carne y la piel, una vejiga llena de sangre, y aquella sangre es el almizcle, que exhala tanto aroma; y de estos bichos hay allí cantidad infinita. Los habitantes de la región son idólatras y rijosos, observantes de la ley de Mahoma y tienen cabello negro. Los hombres son barbilampiños y sólo les crece pelo en las comisuras de los labios; su nariz es pequeña y su cabello negro. Las mujeres son hermosas y muy blancas; los hombres buscan esposas antes bellas que nobles, pues un varón linajudo y poderoso se casa con una mujer pobre si es agraciada, y le da dote a la madre. Viven allí muchos comerciantes y numerosos artesanos.  Tiene esta provincia XXV jornadas de longitud, y es muy fértil. Hay allí faisanes el doble de grandes que en Italia, y tienen la cola de diez o nueve palmos de longitud y, como mínimo, de ocho o siete; hay también faisanes que se asemejan en tamaño a los nuestros, y otras muchas aves bellísimas de diversas especies, con plumas hermosas y adornadas de diversos y muy hermosos colores.

 

Capítulo sexagésimo cuarto

Sobre la provincia de Egrigaya.

 

Después de andar ocho jornadas mas allá de la provincia de Ergimul al oriente se avista la provincia de Egrigaya, en la cual hay muchas ciudades y aldeas. Es tierra de la gran provincia de Tanguth, cuya ciudad más principal es Colatia. Sus habitantes son idólatras, salvo algunos cristianos nestorianos, que tienen allí tres basílicas. Están sometidos al Gran Kan. En la ciudad de Colatia se tejen paños que se llaman chamelotes de lana blanca y de pelo de camello, los más hermosos que se hacen en el mundo, que los mercaderes llevan a las demás provincias.

 

Capítulo sexagésimo quinto

De la provincia de Tenduch y Gog y Magog y de Ciagomor.

 

Tras abandonar la provincia de Egrigaya se llega al oriente a la provincia de Tenduch, donde hay ciudades y muchas aldeas, en la que solía residir aquel gran rey de gran nombradía en todo el mundo que llamaban los latinos Preste Juan. Aquella provincia es tributarla del Gran Kan, aunque todavía reina allí uno de la estirpe de aquel monarca que aún se titula Preste Juan, cuyo nombre es Jorge. Todos los Grandes Kanes, después de la muerte de aquel rey que mató Chinchis en combate, han entregado sus hijas como esposas a aquellos soberanos. Aunque haya allí algunos idólatras y otros que viven según la ley del miserable Mahoma, con todo la mayor parte del pueblo de la provincia observa la fe cristiana y se llaman cristianos y señorean en toda la región; entre ellos hay sin embargo un pueblo que tiene los hombres más bellos y más sagaces en los negocios que pueda haber en toda la comarca. En aquellas partes están las regiones que se llaman Gog y Magog; a Gog lo denominan en su lengua Ung, a Magog Mungul.  En estos lugares hay parajes en los que se encuentra lapislázuli, del que se hace azul finísimo. En esta provincia se hacen paños de oro y de seda de diversas maneras hermosos en extremo. Hay allí una ciudad donde se fabrican armas de todo tipo, finísimas y muy buenas para las necesidades del ejército. En las montañas de esta comarca hay grandes minas de plata. Abunda allí también la caza por la multitud de fieras salvajes; la región de la sierra se llama Edidisti. A tres jornadas de esta ciudad se halla la ciudad de Ciangomor, en la cual se alza un enorme palacio donde habita el Gran Kan cuando visita la ciudad, pues va a menudo allí porque en los lagos vecinos se encuentran cisnes, grullas, faisanes, perdices y pajarería infinita. El rey, en efecto, recibe gran placer en la captura de las aves con sus gerifaltes y sus herodii o halcones. Las grullas son allí de cinco clases. La primera especie de grullas tiene las alas grandes y son negras por completo, como cuervos; la segunda tiene las alas mayores que las demás, y hermosas; las plumas de sus alas están llenas de ojos redondos de color y resplandor dorado, tal como son entre nosotros las colas del pavo real; tienen los ojos decolores diversos, a saber, blanco, negro y azul. La tercera especie la forman grullas semejantes a las nuestras de Italia. La cuarta se compone de grullas pequeñas, provistas de plumas largas y bellísimas, entreveradas de rojo y negro. La quinta especie corresponde a grullas de color gris, que tienen los ojos rojos y negros, y son muy grandes. Junto a esta ciudad está un valle en el cual se guardan en diversas cabañas perdices en grandísimo número, que vigilan hombres dedicados a este menester, para que el rey disponga de caza abundante cuando llegue a la ciudad susodicha.

 

Capítulo sexagésimo sexto

De la ciudad de Ciandu y del bosque del rey que está junto a ella y de las fiestas de los tártaros.

 

A tres jornadas de la ciudad de Ciagamor se encuentra al aquilón la ciudad de Ciandu, que edificó el Gran Kan Cublay, en la cual hay un palacio de mármol muy grande y hermoso, cuyas salas y habitaciones están adornadas de oro y pintadas con gran variedad. Junto al palacio se extiende el bosque del rey, cercado en derredor de muros de mármol que tienen XV millas de perímetro. En ese bosque hay fuentes y ríos y muchas praderas; está poblado de ciervos, gamos y cabras, para que sirvan de alimento a los gerifaltes y los halcones del rey cuando los guardan en su muda. A veces hay al tiempo en una muda doscientos y más gerifaltes, y el monarca los visita en persona todas las semanas. A menudo caza allí el soberano, y lleva a la grupa del caballo que monta un leopardo domesticado, que azuza contra un cervatillo o un gamo; y cuando el leopardo le ha traído la presa, la entrega a los gerifaltes; de esta suerte se deleita a menudo en este pasatiempo. En medio del bosque tiene el rey una casa bellísima hecha de cañas y dorada totalmente por fuera y por dentro y adornada con pinturas diversas, que están cubiertas de barniz con tal esmero que no puede borrarlas la lluvia. Toda la casa está compuesta con tanto refinamiento del arte, que se puede levantar y posar, montar y deshacer sin que sufra menoscabo. Cuando se monta y se dispone a manera de tienda, se sustenta sobre doscientas y más cuerdas tensas. Las cañas con las que se fabrica la casa tienen XV pasos de longitud y más de tres palmos de grosor; con ellas se hacen las columnas, las viguetas y el cierre. También por encima está cubierta toda la casa de estas cañas; parten las cañas por los nudos, y ese pedazo se divide por la mitad, y de cada parte se hacen dos tejas, que dispuestas sobre la casa la protegen de la lluvia y desaguan el agua por debajo. El Gran Kan habita en aquel lugar durante tres, meses al año, a saber, junio, julio y agosto, ya que tiene allí gran templanza el aire y el verano carece de calores; durante esos meses permanece alzada la casa, que en los restantes se guarda desmontada y plegada. El día XXVIII de agosto parte el Gran Kan de la ciudad de Ciandu y se dirige a un lugar para ofrecer a los dioses un solemne sacrificio, pensando que, gracias a él, tanto él como sus mujeres y todos los animales que posee se conservarán sanos y salvos. Cuenta el rey, en efecto, con grandes manadas de caballos blancos, en las que hay más de diez mil yeguas blancas.  En el día de la fiesta se prepara leche de yeguas en gran abundancia en vasos muy preciados, y el propio monarca con sus manos vierte mucha leche aquí y allá en honor de sus dioses; y dicen los magos que los dioses beben la leche derramada y que conservan y acrecientan por tal sacrificio cuanto le pertenece al rey. Después del sacrificio diabólico bebe el soberano leche de las yeguas blancas; y no se permite a ningún otro beber en aquel día sino a los que son de su estirpe y a un pueblo de esta región que se llama Oriath, a quien le concedió Chinchis Kan tal privilegio en honor de una gran victoria que consiguió aquel pueblo. En honor de Chinchis se celebra por tanto esta fiesta para siempre jamás en el día XXVIII de agosto.  Los caballos y las yeguas blancas son tenidos en tanta reverencia por el pueblo, que ningún viandante, cuando cruza la llanura donde están sus pastos, se atreve a transitar hasta que haya pasado todo el ganado. En esta provincia comen la carne de los hombres que han sido ejecutados por la justicia pública, pero rehúsan comer la carne de los fallecidos por enfermedad.  Tiene el Gran Kan magos que con maña diabólica hacen que el aire se cubra de tinieblas, mientras que sobre el palacio del rey brilla la luz hacen también a menudo, cuando el rey se sienta a yantar, que los vasos de oro se eleven por arte del demonio de la mesa situada en medio de la sala y se posen sin la menor ayuda humana ante el monarca en su mesa; dicen que pueden hacer esto por virtud de su santidad. Cuando estos magos celebran fiestas a sus ídolos, reciben del rey carneros que tienen la testuz negra, lináloe e incienso, para ofrecer a sus dioses un sacrificio bien oliente; y ofrendan su carne cocida a los ídolos con cánticos y gran algazara y vierten ante ellos el caldo de la carne, y sostienen que así mueven a clemencia a sus dioses para que se dignen dar fertilidad a las tierras.

 

Capítulo sexagésimo séptimo

De algunos monjes idólatras.

 

En aquella región hay muchos monjes consagrados al culto de los ídolos.  Existe allí un gran monasterio, que por su tamaño parece una ciudad pequeña, en el cual viven cerca de dos mil monjes que sirven a los ídolos.  Contra la costumbre de los seglares, se pelan la cabeza y las barbas y se ponen atuendos más a tono con la religión. Estos entonan grandes cánticos en las festividades de sus dioses y encienden en su templo abominable gran cantidad de candelas. Además de éstos, hay en otros parajes de aquella región muchos y diversos monjes gentiles, de los cuales unos tienen muchas mujeres, otros por el contrario guardan castidad en honor de sus dioses y llevan una vida muy estricta y no comen sino espelta mezclada con agua; se visten de paño muy grosero y áspero de color negro y duermen sobre jergones muy duros. Hay también otros monjes paganos que observan una regla más relajada. Los que viven de forma tan austera a estos otros monjes los tildan de herejes, diciendo que no veneran a sus dioses como es debido.

 





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