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Libro Segundo
Capítulo primero
Del poder de Cublay, el muy gran rey de los tártaros
En el contenido de este libro segundo
trataré de mostrar la grandeza de Cublay, el muy gran rey de los
tártaros, que consta que vive hasta el tiempo de redactarse este libro.
Su pujanza en riquezas, en dominio de tierras y en señorío de multitud
de pueblos es evidente que excede a lo que se pueda contar de cualquier
otro rey o príncipe de todo el tiempo pasado, como se verá de manera
paladina en los capítulos siguientes. Desciende este Cublay Kan, es
decir, «señor de señores», del linaje del rey Chinchis, y es el sexto
Kan, como se desprende de lo dicho arriba. Comenzó a reinar en el año de
nuestro Señor Jesucristo de mcclvi y alcanzó el reino por su sabiduría y
valor, pues algunos de sus hermanos y parientes trataron de impedir que
reinara, aunque por derecho le correspondía el trono. Es varón esforzado
en las armas, robusto en virtud, aventajado en consejo y avisado y
prudente en el gobierno del ejército y del pueblo. Antes de recibir la
corona del reino salía a menudo a la guerra y en todo se portaba como
bueno; sin embargo, desde que la ciñó, no ha marchado sino una vez en
campaña, pero envía a la lucha a sus hijos y barones.
Capítulo segundo
De cómo Nayam se atrevió a alzarse contra Cublay
La causa por la que salió sólo una vez a
combate desde su coronación es ésta. En el año del Señor de MCCLXXVI un
tío paterno suyo, de nombre Nayam, de treinta anos de edad, que
gobernaba muchas regiones y pueblos, pensó, trastornado por su mocedad,
en levantarse de repente contra Cublay con un gran ejército. Para ello
requirió a un rey llamado Caidú, que era sobrino de Cublay, pero que le
tenía gran aborrecimiento; éste, dando su consentimiento a la rebelión,
prometió que marcharía en persona con él al frente de cien mil soldados.
Acordaron reunirse con sus ejércitos en una llanura para invadir después
a una y de improviso las tierras del Kan. Nayam, congregados
cuatrocientos mil soldados, llegó al lugar convenido, donde esperó la
llegada del rey Caidú.
Capítulo tercero
De cómo el rey Cublay se preparó para hacerles frente
Entretanto, el rey Cublay se enteró de
cuanto habían tramado, y, sin dejarse intimidar en lo más mínimo por
semejante conspiración, juró que nunca más llevaría la corona si no se
vengaba de aquella traición y felonía. En veintidós días reunió CCCLX
mil jinetes y cien mil peones de las tropas próximas a la ciudad de
Cambalú. La razón por la que no juntó un mayor ejército fue que quiso
atacar de repente por sorpresa, pues si se hubiese detenido más tiempo
en alistar un ejército más numeroso, hubiese llegado la nueva a Nayam, y
quizá por ello hubiesen retrocedido o hubiesen trasladado su campo a un
lugar más seguro. Por este motivo no quiso avisar a los ejércitos que
había enviado a conquistar diversas ciudades y provincias, ya que
hubiese podido congregar en pocos meses tan gran muchedumbre de jinetes
y de infantes que, por el pasmo que produciría esa hueste innumerable,
parecería cosa increíble. Mientras, el rey ordenó que se tomasen todos
los caminos con toda diligencia, de suerte que Nayam no pudiese saber de
antemano sus preparativos y su llegada; así, pues, los que iban y venían
eran retenidos por los centinelas del rey, por lo que Nayam no pudo
enterarse previamente de su ataque. Consultó el rey Cublay a los
astrólogos sobre el resultado de su expedición, y ellos a una le
respondieron que triunfaría con honra sobre sus enemigos.
Capítulo cuarto
De cómo trabaron combate y fue vencido Nayam
Reunido su ejército, Cublay levantó el
campo y en veinte días llegó a la llanura donde Nayam esperaba los
ejércitos del rey Caidú. Durante la noche descansó su hueste junto a un
alcor; en cambio, los soldados de Nayam andaban esparcidos por la
planicie, desarmados, entregados a los placeres y sin precaverse del
peligro. Al despuntar el alba el rey Cublay subió al otero y ordenó a
todos los soldados de su ejército en XII haces, de suerte que cada haz
se componía de treinta mil hombres. Colocó a los peones junto a los
jinetes de manera que en todas las haces a cada jinete lo flanquearan
dos infantes con lanzas, hasta completar el número de peones. El rey iba
en un maravilloso pabellón de madera que arrastraban cuatro elefantes,
donde se encontraba el estandarte real. El ejército de Nayam, al ver las
enseñas y la hueste de Cublay, cayó presa de un gran pánico, pues aún no
había venido el ejército de Caidú. Nayam, por su parte, dormía en su
tienda con una barragana que había traído consigo; despertado por los
suyos desmayó un momento. No obstante, mientras descendía el enemigo,
ordenó él sus haces lo más aprisa que pudo. Cublay dispuso los cuerpos
de su ejército en círculo. Es costumbre de todos los tártaros tocar
primero las trompetas y tañer todos los instrumentos y dar alaridos, y
después iniciar el combate al son de los atabales del príncipe. Así, al
fin de los cánticos de uno y otro ejército, redoblaron los tambores del
rey Cublay y entonces, al precipitarse a la lucha una y otra parte, se
llenó el aire de una tan innumerable cantidad de saetas que antes
parecía lluvia que rociada de flechas. Descargados los carcajes,
comenzaron a luchar con espadas, lanzas y mazas. Era Nayam cristiano de
religión, pero no seguidor de las obras de la fe; en su pendón principal
llevaba la señal de la Cruz, y traía consigo a muchos cristianos. Se
combatió desde la mañana hasta el mediodía y cayeron muchos de uno y
otro bando. Por fin, al desfallecer y volver la espalda la gente de
Nayam, quedó vencedor Cublay. En la propia huida se dio muerte a una
asombrosa multitud de hombres; a su vez, Nayam fue hecho prisionero y
entregado al rey.
Capítulo quinto
De la muerte de Nayam
El rey Cublay ordenó que se ajusticiase
inmediatamente a Nayam, por traidor a su señor y rebelde. Pero como era
de su linaje, no quiso que se derramase sangre de estirpe real, para que
la tierra no bebiese sangre regla ni el sol o el aire viesen la muerte
de alguien de prosapia de reyes; hizo, pues, que se le envolviera en una
alfombra y que se le atara una vez envuelto y que, después de atado,
fuera zarandeado de acá para allá y sacudido una y otra vez hasta morir
sofocado. A la muerte de Nayam, todos sus barones, capitanes y soldados
que pudieron escapar con vida, entre los cuales se encontraban muchos
cristianos, se entregaron sin condiciones al dominio del rey Cublay, Por
tanto, el rey Cublay conquistó entonces cuatro provincias, cuyos nombres
son los siguientes, a saber, Futorcia, Cauli, Rascol y Sinchintra.
Capítulo sexto
De cómo el rey Cublay impuso silencio a los sarracenos y judíos que se
atrevieron a insultar la señal de la Cruz de salvación
Los judíos y los sarracenos que habían
formado parte del ejército de Cublay comenzaron a insultar a los
cristianos que habían venido con Nayam, porque su Cristo, cuya Cruz
Nayam enarbolaba en su bandera, no le había podido socorrer ni a él ni a
los suyos; y así, sin temor a escarnecer todos los días el poder de
Cristo, inferían agravio a los cristianos. Los cristianos que habían
dado obediencia al rey le presentaron queja acerca de esta afrenta.
Este, convocando a los judíos y a los sarracenos junto con los
cristianos, dijo lo siguiente a los cristianos: «No os sonrojéis si
vuestro Dios y su Cruz no quiso prestar ayuda a Nayam, ya que un Dios
bueno no debe patrocinar la injusticia y la iniquidad. Nayam, que fue
traidor a su señor y rebelde contra la justicia, imploraba la ayuda de
vuestro Dios en su maldad, pero vuestro dios, que es bueno, no quiso
favorecer sus crímenes. Por tanto, ordeno a todos los judíos y
sarracenos que ninguno de ellos por esta razón se atreva a blasfemar de
la Cruz del Señor y vuestro Dios». Así fue como aquéllos cesaron de
insultarlo en adelante. El rey Cublay, victorioso, regresó a su ciudad
de Cambalú, y no ha salido más con su ejército contra los enemigos, sino
que envía a sus hijos y barones al frente de sus tropas adonde sea
necesario.
Capítulo séptimo
De cómo el Kan, gran rey, recompensa a sus caballeros cuando obtiene una
victoria
A los capitanes de sus ejércitos, cuando
logran la victoria en la guerra, los honra de la manera siguiente: al
que manda a cien soldados lo pone al frente de mil, y así
correlativamente asciende a los demás y les hace regalos de copas de oro
y de plata y diplomas de privilegios y mercedes de oro y plata, que
contienen en la inscripción grabada en la chapa el galardón conferido;
por una cara el letrero es de este tenor: «Por el poder del gran dios y
por la gran gracia que ha conferido a nuestro emperador, loado sea el
nombre del Gran Kan»; por la otra cara está esculpida la imagen de un
león con el sol y la luna o la imagen de un gerifalte o de otros
animales. Cuando sale en público el que tiene en la chapa la imagen del
león con el sol y la luna, se lleva sobre él un quitasol en señal de
gran autoridad; el que tiene la imagen de un gerifalte, puede llevar
consigo como comitiva de un lugar a otro la caballería hasta de un
príncipe; y así está muy bien dispuesto todo en lo que se debe obedecer
a los que tengan las chapas. Quien no presta cumplida obediencia a
satisfacción del poseedor, tal y como requiere su autoridad, será
condenado a muerte por rebelde al Gran Kan.
Capítulo octavo
Del aspecto del rey Cublay y de sus mujeres, hijos y criadas.
El gran rey Cublay es muy apuesto, de
estatura mediana, ni muy grueso ni muy flaco; tiene la cara redonda y
blanca, los ojos negros, la nariz muy hermosa, y en toda la complexión
de su cuerpo está muy bien proporcionado. Tiene cuatro mujeres a las
que da el nombre de legítimas. El primogénito de la primera le debe
suceder en el trono. Cada una de estas cuatro dispone para sí de una
corte real en su propio palacio, pues posee trescientas doncellas
escogidas y muchos criados eunucos y otros servidores sin cuento, de
suerte que el séquito de cada una de ellas se compone de cerca de diez
mil hombres y mujeres. Además tiene el rey muchas concubinas; en efecto,
hay un pueblo entre los tártaros que se llama Unctas, en el que nacen
mujeres bellísimas y adornadas de excelentes costumbres; de éstas tiene
en palacio un número de cien, que están a cargo de nobles matronas, las
cuales ponen en su custodia diligente celo y es preciso que vean si las
afea alguna enfermedad o defecto; las que carecen de toda mácula
corporal se reservan para el rey. Seis de ellas tienen durante tres días
y tres noches el cuidado de la cámara regia, y cuando el monarca entra a
descansar y cuando se levanta le asisten y duermen en su aposento; el
cuarto día otras seis relevan a las primeras y durante tres días y tres
noches se ocupan del mismo menester; así, por turno, cada día reemplazan
otras seis a las precedentes, y de esta manera se suceden unas a otras
hasta que se llega al número de cien. De las cuatro esposas susodichas
tiene el rey XXII hijos. El primogénito de la primera mujer se llamaba
Chinchis y hubiese debido sucederle en el trono; pero como ha muerto
antes que su padre, la sucesión recae en su hijo Themur, porque es el
hijo del primogénito. Thernur es hombre valiente y esforzado y muy
prudente, y ya ha conseguido muchas victorias. De las criadas tiene el
rey Cublay XXV hijos muy valerosos, que todos son grandes señores.
Capítulo noveno
Del palacio maravilloso que hay en Cambalú y de la asombrosa hermosura
de aquel lugar
Durante tres meses, a saber, diciembre,
enero y febrero, el rey Cublay reside sin interrupción en la ciudad
regia, en la cual se alza el palacio real, que es de esta traza. En
primer lugar su circunferencia abarca cuatro millas, de suerte que cada
uno de sus cuatro lados mide una milla. La muralla del palacio es de
gran grosor, y de diez pasos de altura; su fachada exterior está pintada
por todas partes de blanco y rojo. En cada esquina de la muralla se
levanta un palacio grande y hermoso; igualmente hay otro palacio en el
centro de cada fachada de las murallas principales, de manera que hay en
todo el contorno ocho palacios. En éstos se guarda el aparato y las
armas de guerra, a saber, arcos, flechas, aljabas, espuelas, sillas,
frenos, cuerdas de arco y demás pertrechos pertinentes al combate; en
cada palacio se conservan sólo armas de una clase. La fachada del
palacio que mira al mediodía tiene cinco puertas, de las cuales la
central es mayor que las demás y no se abre jamás, salvo para la entrada
o la salida del soberano, pues nadie puede cruzar por ella excepto el
rey; pero tiene dos puertas menores laterales por las que pasan los que
acompañan al monarca. Las tres restantes fachadas están provistas de una
única puerta en su centro, por la que puede entrar libremente
quienquiera. Detrás de los palacios susodichos situados en la fachada,
corre a la distancia oportuna otro muro a la manera del anterior que
contiene igualmente ocho palacios, en los que se guardan otros aprestos
y enseres preciosos y joyas del gran rey. En el centro del espacio
interior se encuentra el palacio real; carece de terraza, pero su
pavimento sobresale diez palmos del suelo del exterior. Su techo es muy
alto y está primorosamente pintado. Las paredes de las salas y de las
habitaciones están todas recubiertas de oro y de plata y en ellas se
encuentran hermosas pinturas y cuadros con historias de batallas.
Gracias a estos adornos y pinturas el palacio resplandece sobremanera.
En la sala mayor se sientan a la mesa al mismo tiempo alrededor de seis
mil hombres. Detrás de las murallas susodichas y entre los mencionados
palacios se extienden amenos jardines, cubiertos de praderas y arbustos
silvestres de sabrosísimos frutos. Pueblan los vergeles muchos animales
salvajes, a saber, ciervos blancos, los bichos en los que se encuentra
el almizcle, de los cuales se ha hablado en el libro primero, cabras,
gamos, veros y otros muchos animales a maravilla. En la parte de la
sala que da al aquilón se extiende junto al palacio un es-tanque en el
que se crían muchos y exquisitos peces, que se llevan allí de otras
partes; de éstos puede elegir el rey según le plazca. Al estanque lo
atraviesa un río, a cuya entrada y salida están puestas rejas de hierro,
para que los peces no puedan escapar. Fuera del palacio y a una legua se
eleva un montecillo de cien pasos de altura y de una milla de
circunferencia, sembrado de árboles cuya hoja siempre verdea.
Dondequiera que sepa el rey que hay un árbol hermoso, hace que se le
traslade allí con sus raíces a lomo de elefantes, incluso desde regiones
remotas, y ordena que se plante en el jardín; por tanto, crecen en él
árboles hermosos sobremanera. Todo el monte es ameno y cubierto de
hierba verde; y como todas las cosas son allí verdes, por eso se llama
Monte Verde. Remata su cumbre un palacio pintado de verde. En ese
montecillo se recrea a menudo el Gran Kan en sus ratos de holganza junto
al palacio susodicho construyó el rey Cublay otro palacio semejante a él
en todo, en el que habita Themur, el que ha de reinar a su muerte, que
dispone de una corte regia muy magnífica; y tiene bulas imperiales y
sello imperial, pero no con tanta plenitud de poderes como el Gran Kan.
Capítulo décimo
Descripción de la ciudad de Cambalú
La ciudad de Cambalú se encuentra a la
orilla de un gran río en la provincia de Cathay, y antaño fue famosa y
sede regia: en efecto, Cambalú quiere decir en nuestra lengua «ciudad
del señor». El Gran Kan la trasladó a la otra banda del río, ya que se
había enterado por los astrólogos que en el futuro sería rebelde a su
imperio. La ciudad es cuadrada y se extiende por XX millas. La fachada
de cada lado tiene muros de adobe de seis millas de longitud,
enjalbegados por fuera, de veinte pasos de altura y de anchura, por la
parte inferior, de diez pasos; conforme se elevan se van adelgazando, de
modo que su cima sólo mide tres pasos de anchura. Tiene también XII
puertas principales, a saber, tres a cada lado, y sobre cada puerta se
eleva un palacio. En todas las esquinas de los muros hay igualmente
palacios que contienen gran número de cámaras, donde se guardan las
armas de la guarnición de la ciudad. Cruzan además el recinto calles
anchas y tiradas a cordel con tal precisión que desde una puerta, a
causa de la rectitud de la vía, se ve en derechura la puerta de
enfrente. En su interior hay muchos y muy hermosos palacios. En el
centro se alza un palacio muy grande donde hay una campana enorme, con
la que se dan cada tarde tres toques, después de los cuales no le está
permitido a nadie salir de casa salvo por enfermedad o a causa de un
parto. Es preciso que cuantos circulan de noche por las calles lleven
una antorcha. Cada una de las puertas de la ciudad es vigilada todas las
noches por mil hombres, y no por temor a los enemigos, sino a los
bandidos, ya que el rey procura con sumo celo tener a raya a los
ladrones.
Capítulo undécimo
De las muy grandes mercaderías de la ciudad de Cambalú
Fuera de la ciudad de Cambalú hay XII
inmensos arrabales delante de cada puerta, en los que se hospedan los
mercaderes y los viandantes, pues afluye continuamente a la ciudad un
gran gentío por la corte del rey y las mercaderías sin cuento que allí
se llevan. En aquellos arrabales habita grandísima multitud de hombres,
y hay en ellos palacios tan bellos y grandes como los de dentro, a
excepción del palacio real. En la ciudad no se da sepultura a ningún
muerto, pues todos los que son idólatras son incinerados a la salida de
los arrabales; también los cuerpos de los que no han de ser quemados
reciben sepultura en las afueras. Debido al sinfín de extranjeros que
acuden a la ciudad viven allí alrededor de veinte mil meretrices, que
moran extramuros, ya que a ninguna de ellas le está permitido residir
dentro del recinto amurallado. A Cambalú son traídas tantas y tan
grandes mercaderías, que supera en volumen de contratación a cualquier
ciudad del mundo entero: se llevan allí piedras preciosas, perlas, seda
y especias preciosas en abundancia incalculable desde la India, Mangi,
Cathay y otras regiones infinitas. Está situada en un emplazamiento
óptimo y desde las regiones comarcanas se puede ir a ella con facilidad,
pues se encuentra en el centro de muchas provincias: según el cuidadoso
cálculo hecho por los comerciantes de la tierra, en efecto, no pasa día
en todo el año en que no lleven allí los mercaderes extranjeros más de
mil carretas de seda, ya que se hacen en ella infinitos trabajos en oro
y seda.
Capítulo duodécimo
De cómo se custodia la persona del Gran Kan
El Gran Kan tiene en su corte XII mil
jinetes mercenarios que se llaman quesatanos, es decir, «fieles
caballeros del señor». A estos jinetes los mandan cuatro capitanes, cada
uno de los cuales está al frente de tres mil hombres. Su misión estriba
en custodiar la persona del Gran Kan de día y de noche, y reciben su
salario de la corte del rey. Establecen su guardia de la siguiente
manera: un capitán con sus tres mil hombres permanece durante tres días
y tres noches en el interior del palacio para velar por el monarca,
mientras los demás descansan; pasados los tres días hacen otros el
relevo, tomando su puesto y manteniéndolo, y así sucesivamente lo
custodian durante todo el año. Se monta esta guardia por honra de la
majestad real, no porque el monarca tenga miedo a nadie.
Capítulo décimo tercero
De la solemnidad de sus banquetes
El protocolo que se guarda en los
banquetes del rey es el siguiente. Cuando el soberano por una fiesta u
otra causa quiere celebrar un festín en la gran sala, la corte se sienta
a la mesa así: en primer lugar, se pone la mesa del rey más elevada que
las demás, de manera que el monarca, sentado en la parte septentrional
del salón, mire al mediodía; a su izquierda, es decir, junto a él, se
sienta la reina mayor, esto es, su primera mujer; a su derecha toman
asiento sus hijos y sobrinos y los que descienden de estirpe imperial,
pero sus mesas están puestas tan por debajo de la mesa real que sus
cabezas sólo llegan a los pies del gran rey; los restantes barones y
caballeros son colocados igualmente en mesas todavía más bajas. Según el
mismo orden se acomodan a la izquierda las demás reinas y las esposas de
los grandes barones; en efecto, el rango que tiene el príncipe o el
barón lo poseen también sus mujeres. Todos los nobles que comen en la
corte en las fiestas del rey llevan a sus esposas al banquete. Las mesas
están dispuestas de suerte que el Gran Kan, desde su sitio, contemple a
todos los comensales, pues en tales convites se congrega siempre una
gran muchedumbre. Fuera de la sala del trono hay otras cámaras
laterales, en las que comen en las fiestas del monarca a veces XL mil
hombres, sin contar los que pertenecen a la corte del rey, pues, en
estos festejos acuden a la corte muchos feudatarios de tierras y
juglares sin cuento y también los que traen joyas y varias y diversas
novedades. En mitad de la sala se pone un recipiente de oro lleno de
vino o de alguna bebida exquisita, que tiene la capacidad de un tonel o
dolium, a uno y otro lado del cual hay cuatro grandes picheles de oro
purísimo, un poco más pequeños que aquel recipiente, en las cuales fluye
el vino del recipiente mayor; de esos picheles se escancia el vino en
unas jarras de oro que se ponen entre cada dos comensales en las mesas
de los invitados al banquete real; cada una de ellas es de tal tamaño,
que contiene vino para ocho o diez hombres. Todos beben en grandes copas
provistas de pie y de asa de oro, que son todas de valor imponderable.
Hay también otra cantidad de copas de oro y de plata tan infinita e
inapreciable, todas ellas en la corte del rey, que cuantos lo ven quedan
pasmados y el que no lo ha visto apenas puede dar crédito a quienes se
lo cuentan. Los servidores que atienden al monarca mientras come son
grandes barones; sin excepción llevan su boca tapada con un finísimo
cendal de seda, para que el aliento del que le sirve no pueda rozar su
comida o su bebida. Cuando el rey toma la copa o bebe, todos los que
tienen instrumentos musicales, situados ante él, tocan cada uno el suyo
y cuantos barones y criados sirven en el salón se hincan de rodillas.
Excusado es referir los manjares que se llevan a la mesa, ya que cada
cual puede imaginar por sí mismo que, a tenor de tan fastuosa corte, se
prepara una comida opípara y exquisita. Al terminar el banquete se
levantan todos los tañedores de laúd y entonan dulces melodías, y los
juglares, los histriones y los nigromantes hacen grandes juegos y
solaces en presencia del rey y los demás que comen en su corte.
Capítulo décimo cuarto
De la gran fiesta de cumpleaños del rey y sobre la magnificencia de
vestimentas de los caballeros de su corte
Es costumbre de todos los tártaros
celebrar solemnemente el día del nacimiento del rey. El cumpleaños del
Gran Kan cae en el XXVIII del mes de setiembre, día en el que hace mayor
fiesta que en cualquier otro del año, exceptuando la festividad de las
calendas de febrero, que veneran como comienzo del año, pues febrero es
entre ellos el primero de los meses del año. Así, pues, en la fiesta de
su cumpleaños el rey Gran Kan se pone un indumento precioso de oro, que
es de valor infinito. Tiene en su corte a barones y caballeros en número
de XII mil, que se llaman «los fieles del rey más allegados». A todos
estos los viste consigo siempre que celebra una fiesta, que son trece al
año, y les da también en todas las fiestas susodichas cinturones de oro
de gran valor y calzados de camocán recamados en plata de manera muy
primorosa, de modo que cada uno de ellos, revestidos de este atuendo
regio, semeja un gran rey. Aunque el ropaje del Kan sea el más rico, los
trajes de los demás caballeros valen tanto, que muchos de ellos
sobrepasan la estima de diez mil besantes de oro. Así, pues, da todos
los años a sus barones y caballeros sin excepción vestidos preciosos
adornados de oro, perlas y otras piedras preciosas además de los
cinturones y los calzados susodichos por un total de CLVI mil. Las
vestiduras de los caballeros son del mismo color que el ropaje del Gran
Kan. En la fiesta del cumpleaños del Gran Kan todos los reyes, príncipes
y barones sometidos a su señorío envían presentes a su soberano y
cuantos quieren solicitar mercedes o cargos entregan sus peticiones a
XII barones que se ocupan de este menester, por los cuales se da
respuesta a todo. Es preciso también que todos los pueblos, sea cual
fuere su religión, cristianos, judíos, sarracenos y los demás paganos
invoquen a sus dioses con solemnes plegarias por la vida, la salud y la
prosperidad del Gran Kan.
Capítulo décimo quinto
De otra gran fiesta que se celebra en las calendas de febrero
En el día primero de febrero, es decir,
en las calendas, a saber, el primero del año según el cómputo de los
tártaros, el Gran Kan y todos los tártaros, dondequiera que estén,
celebran una muy gran fiesta. El rey, los barones, los caballeros y el
resto del pueblo, hombres y mujeres, se visten si pueden en esa fecha de
blanco y llaman a la fiesta de aquel día «la fiesta blanca» y dicen que
el vestido blanco trae buena ventura y que por ello van a tener buena
suerte en aquel año. En este día todos los señores de las tierras y los
gobernadores que tienen capitanías del rey le ofrecen presentes de oro y
de plata, perlas, gemas, paños muy bellos de color blanco y caballos
blancos muy hermosos; alguna vez se le han ofrecido al rey cien mil
corceles. Igualmente en esa jornada se cruzan los demás tártaros
regalos entre sí y hacen grandes regocijos unos con otros, para así
vivir felices el resto del año. Con tal ocasión se traen a la corte
todos los elefantes del rey, que alcanzan un número de cinco mil, y van
revestidos de gualdrapas muy vistosas y de diversos colores, en las que
están bordadas en paño historias de fieras y de aves. Cada elefante
carga dos arcas enormes y espléndidas, que contienen las copas de oro y
de plata del rey y otros muchos aparejos necesarios para la fiesta
blanca; también son conducidos allí muchos camellos cubiertos de paños,
que llevan multitud de enseres precisos para la fiesta. Todos los
animales desfilan en presencia del monarca, pues contemplar este
espectáculo causa maravilla y deleite. Al alba, es decir, en el día de
la fiesta blanca, antes de estar puestas las mesas, todos los reyes,
generales, barones, caballeros, médicos, astrólogos, capitanes y
oficiales acuden a la sala del Gran Kan, y los que no tienen acomodo en
ella a causa del gentío son instalados en las salas laterales, donde
puedan ser muy bien vistos por su soberano que está sentado en su trono.
Cada uno ocupa el lugar que le corresponde según el rango de su grado y
oficio. Entonces se levanta uno en el medio que exclama a voz en cuello:
«Inclinaos y adorad». Al oír este grito se levantan todos muy presto y
se ponen de hinojos e inclinando la frente en tierra adoran al rey como
a un dios; y hacen esto cuatro veces. Terminada la adoración se
encaminan todos por orden al altar que está colocado en la sala, encima
del cual se alza una tabla pintada de rojo que lleva escrito el nombre
del Gran Kan; y toman un bellísimo incensario allí dispuesto, en el que
hay inciensos bien olientes, y en honor del Gran Kan inciensan la tabla
y vuelven a su sitio. Acabado este maldito sahumerio, cada uno en
presencia del rey ofrece presentes, de los que se ha hablado antes.
Después se preparan las mesas y se celebra un banquete de gran gala con
gran alborozo. Tras el festín los juglares hacen grandes solaces. En
semejantes fiestas se lleva ante el monarca un león domesticado, que
yace manso a sus pies como un cachorro, ya que lo reconoce como señor.
Capítulo décimo sexto
De los animales salvajes que en determinadas épocas del año envían los
cazadores a la corte
Durante los tres meses que reside el Gran
Kan en Cambalú, es decir, diciembre, enero y febrero, los cazadores de
los lugares, por orden del rey, deben dedicarse a la caza en un compás
de LX jornadas en torno a la provincia de Cathay, y presentar a sus amos
todos los venados, esto es, ciervos, osos, cabras, jabalíes, gamos y
otros tales animales; éstos están obligados, si viven a treinta jornadas
o menos de la corte del rey, a enviar las piezas al Gran Kan limpias de
entrañas en carretas o en barcos; si distan más de XXX jornadas de la
corte, a mandar sólo los cueros curtidos que son menester para las
armas.
Capítulo décimo séptimo
De los leones, leopardos, onzas y águilas acostumbradas a cazar con los
hombres
Tiene el Gran Kan para su recreo muchos
leopardos domesticados que están acostumbrados a cazar con hombres y
despuntan en este tipo de cacería y apresan muchas alimañas. También
tiene onzas enseñadas a cazar. Tiene asimismo leones excelentes y muy
hermosos, mayores que los que hay en Babilonia, rayados en el pelaje de
su piel con listas alargadas de diverso color, a saber, negro, blanco y
rojo, que están también adiestrados a cazar con hombres y a capturar con
los cazadores jabalíes, osos, ciervos, cabras, asnos y bueyes salvajes;
cuando los cazadores del rey quieren llevar consigo a una montería
leones, transportan dos de ellos en una carreta, cada uno de los cuales
tiene por compañero un perrillo pequeño. Asimismo tiene el rey muchas
águilas amaestradas, de tanta fortaleza que cazan fiebres, cabras, gamos
y zorras; muchas de ellas son de tal audacia, que con gran ímpetu se
abalanzan sobre los lobos, y éstos no pueden librarse de su ataque sin
caer en sus garras.
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