LIBRO DEL MES

El Libro De Marco Polo - Segunda Parte

Marco Polo

 
LIBRO DEL MES   ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 

 

Capítulo décimo octavo

De la magnífica cacería del Gran Kan

 

Dos barones del Gran Kan que son hermanos, uno de los cuales se llama Bayan y el otro Mugan, dirigen la cacería del rey de la manera siguiente.  Cada uno de ellos está al frente de diez mil hombres, que crían grandes perros que llamamos «mastines», por lo que se dicen en lengua tártara cimei, es decir, «encargados de perros grandes». Cuando el Gran Kan quiere recrearse con gran aparato en una cacería, los dos barones susodichos llevan consigo a XX mil cazadores con una jauría que suma un total de v mil perros.  Una vez llegados a la campiña donde se va a celebrar la montería, el gran rey se coloca en el centro con sus barones; uno de los capitanes marcha a la derecha del soberano con sus x mil hombres, el otro con sus otros x mil a la izquierda. Los cazadores se distinguen todos entre sí porque diez mil van vestidos de rojo y los otros diez mil de color del cielo, que en romance decimos «celeste». Forman un haz larga, situándose uno junto a otro a lo largo del campo, y abarcan de uno a otro cabo un compás de tierra que mide casi una jornada; y cada uno va con sus perros. Cuando están desplegados en el lugar susodicho y avanzan ojeando, sueltan los canes que llevan contra las fieras salvajes, de las que hay allí grandísima abundancia. Por tanto, pocas bestias pueden escapar de sus manos debido al número de la jauría y a la diligencia de los cazadores. Resulta un espectáculo muy placentero de ver a los que gustan de semejantes monterías.

 

Capítulo décimo noveno

De su cetrería

 

En el mes de marzo el Gran Kan, partiendo de la ciudad de Cambalú, avanza por la campiña hasta el mar Océano con sus halconeros. Se sigue tal protocolo en semejante cetrería. Salen con él halconeros en número de XX mil, llevando un sinfín de halcones peregrinos y sacres, muchos azores y alrededor de quinientos gerifaltes. Todos ellos se derraman acá y acullá por el campo, y cuando ven aves, que se crían allí en gran abundancia, sueltan los gerifaltes, azores y halcones para su captura; las piezas cobradas se llevan en su mayor parte al rey. A su vez, el monarca en persona va con ellos, sentado en un bellísimo pabellón muy bien construido de madera, que va armado con mucho artificio sobre cuatro elefantes; por fuera está recubierto de pieles de león, y por dentro se halla totalmente decorado y dorado; en él tiene para su recreo a algunos barones y XII gerifaltes escogidos; el pabellón está forrado de paños de oro y seda. Junto a los elefantes que cargan el pabellón cabalgan muchos barones y caballeros, que no se separan del rey y que, cuando ven pasar faisanes, grullas u otras especies, se lo indican a los halconeros que acompañan al monarca, los cuales a su vez lo notifican inmediatamente al rey. Este, haciendo abrir el pabellón, ordena soltar los gerifaltes que le place, y así, sentado en su sitial, contempla el juego de las aves. Tiene además consigo diez mil hombres que en esta cacería se esparcen de dos en dos por el campo, cuyo cometido es atender a los halcones, azores y gerifaltes en vuelo y, si fuere necesario, prestarles socorro; son llamados en lengua tártara restaor, es decir, «guardianes». Cada uno de ellos tiene su reclamo y capirote para poder llamar y sujetar las aves de presa; y no es menester que el que ha soltado el ave la siga, ya que éstos están atentos y cuidadosos a que las rapaces no sufran daño ni se pierdan; en efecto, los que se encuentran más cerca están obligados, si fuere preciso, a socorrerlas. Toda ave, sea de quien fuere, tiene una tablilla diminuta en sus patas con la marca de su dueño o del halconero, para que, una vez suelta, pueda ser devuelta a su amo. Cuando no se reconoce la señal, entonces se lleva a un barón que está a cargo de este menester, que se llama lingargue, esto es, «guardián de las cosas perdidas», el cual conserva fielmente las aves que le traen hasta que las reclame su propietario. Lo mismo se hace con los caballos. Por tanto, quien ha perdido un ave en esta cacería acude a este barón, así que no se puede extraviar allí nada. Mientras aquél tiene algo bajo su custodia, hace que se le preste cuidado exquisito. El que no restituye en el acto la cosa entregada a su dueño o al oficial susodicho es considerado como un ladrón. El guardián elige para colocarse el lugar más elevado y clava su estandarte en alto, para que lo encuentren con más facilidad los que quieren entregar o pedir una cosa hallada o perdida.

Capítulo vigésimo
De sus maravillosas tiendas

Después, yendo solazándose así con las aves, llegan a la gran llanura de Ciamordium, donde están montadas las tiendas del rey y de la corte, que son más de x mil y muy hermosas. Las tiendas del Gran Kan son de la siguiente traza. En primer lugar hay una tienda grande, en la que pueden caber alrededor de mil caballeros, provista de una puerta que se abre al mediodía, donde residen los caballeros y los barones. Cabe ella, al occidente, se alza otra tienda en la que se encuentra la gran sala del rey, donde celebra un consistorio cuando quiere hablar con alguien. A esta sala está unida una habitación por el otro lado, donde duerme, y a éstas se hallan contiguas otras salas y estancias. Las dos salas susodichas, es decir, la sala de los caballeros y el consistorio real, así como su cámara, son del siguiente porte.  Cada una de las tres se asienta sobre tres columnas de madera aromática, que están esculpidas con bellísimos relieves muy bien labrados. Por fuera las cubren por todas partes pieles de león de diversos colores, blanco, negro y rojo, que son colores naturales, pues hay en aquella región muchos leones así coloreados; a las tiendas, por estar revestidas de un cuero tan resistente, no les puede causar daño ni el viento ni la lluvia. Por dentro, el escaño de las salas y de la habitación está forrado de pieles de armiño y de cibelinas, que son las pieles más nobles; y hay tan gran cantidad de pieles de cibelinas que bastarían para confeccionar un vestido completo a un caballero; y monta dos mil besantes de oro un vestido hecho de piel fina, y si es de piel común, vale mil besantes. Los animales de los que se obtienen estas pieles se llaman rondes, y son del tamaño de una garduña. Aquellas pieles están colocadas con tal arte y dispuestas con tal orden, que es cosa maravillosa y deleitable de ver. Las cuerdas que sujetan estas tres tiendas son de seda.  Junto a ellas se alzan las tiendas de las mujeres, los hijos y las criadas del rey, también muy hermosas * * *. Y es tan grande la multitud de pabellones que semeja una enorme ciudad, pues a este recreo concurre de todas partes muchedumbre sin cuento. Los médicos del rey, sus astrólogos, halconeros y demás oficiales están allí dispuestos, colocados y ordenados como en la gran ciudad de Cambalú. En esta llanura reside el rey todo el mes de marzo, entregándose a las diversiones mencionadas. En tales cacerías se apresan numerosos animales y aves infinitas, ya que por orden del rey en cuantas provincias lindan con Cathay ningún mercader o artesano, morador de la ciudad o del campo, tiene licencia para poseer perros de caza y aves de presa en veinte jornadas a la redonda. Además, a nadie, grande o pequeño, le está permitido cazar desde principio de marzo hasta el mes de octubre, ni le es lícito capturar de alguna manera o con trampa cabras, gamos, ciervos, liebres u otros animales salvajes. Quien osa hacer lo contrario sufre castigo, por lo que a menudo las liebres, gamos y otros animales semejantes pasan a la vera de los hombres y nadie se atreve a cogerlos.  Después retorna el rey con todo su séquito a la ciudad de Cambalú por el mismo camino por el que había ido a la llanura, cazando aves y animales.  Cuando llega a la ciudad, celebra una corte muy grande y jubilosa en el palacio real. A continuación, regresan a sus hogares los que habían sido llamados a este efecto.

Capítulo vigésimo primero
De la moneda del Gran Kan y su incontable abundancia de tesoros

La moneda del Gran Kan se hace así: de la corteza de morera extraen la pulpa y la trituran y apelmazan como hojas de papel. Después la cortan en pedazos grandes y pequeños a modo de dineros y marcan en ellos diversas señales, según lo que ha de valer tal moneda. El dinero más bajo vale un tornés pequeño; el segundo en precio vale un medio grueso veneciano; el tercero monta dos gruesos venecianos, el siguiente cinco, el otro diez.  De este dinero ordena el rey que se haga gran cantidad en la ciudad de Cambalú; a nadie, bajo pena de muerte, le está permitido acuñar o pagar con otra moneda o rehusar ésta en casi todos los reinos sometidos a su señorío, y ninguno, aunque sea de otros dominios, puede servirse de otra moneda dentro de las tierras del Gran Kan, y sólo los oficiales del rey la fabrican por orden del monarca. Muy a menudo sucede que los mercaderes que vienen a Cambalú de diversas partes traigan oro, plata, perlas y piedras preciosas, y todo ello lo hace comprar el rey por medio de sus oficiales y ordena que el pago se efectúe en su dinero. Si los mercaderes son de tierras extrañas, donde no tiene curso aquel dinero, lo truecan a toda prisa por otras mercancías que llevan a su patria, de suerte que nadie lo rechaza.  Además, el propio Kan manda a menudo en Cambalú que el que tenga oro, plata y piedras preciosas lo presente sin más tardar a sus oficiales, y se le cambia según la tasación justa en dinero; el libramiento se realiza al momento, sin perjuicio para el propietario, y así se vela por su seguridad y el rey puede allegar por este medio tesoros infinitos y maravillosos. Con este dinero paga el sueldo de sus oficiales y se compra todo lo necesario para la corte. En consecuencia, considera en nada infinita moneda. Así se prueba de manera paladina que el Gran Kan puede superar a todos los príncipes del mundo en gastos, riquezas y tesoros, pues es preciso que todos compren dinero de su corte, dinero que se fabrica de manera tan continua, que llega sin falta en abundancia suma a cuantos quieren adquirirlo.

Capítulo vigésimo segundo
De los XII gobernadores de las provincias, de su deber y de su palacio

Tiene el Gran Kan XII barones que gobiernan a XXIV provincias, a cuyo cargo está la elección de los señores gobernadores y oficiales en las provincias susodichas y en sus ciudades. Tiene también reyes que, proveyendo a los ejércitos de los cuarteles en donde han de acampar todo el año, deben dar cuenta al Kan de cuanto disponen, y éste ratifica con su autoridad sus decisiones. Se llaman seicug, es decir «oficiales de la corte mayor». Estos pueden dispensar muchas mercedes y multitud de favores, por lo que el pueblo les rinde grandes honores. Su morada se encuentra en la ciudad de Cambalú en un gran palacio consagrado a este menester, donde hay para ellos, sus oficiales y sus servidores las salas, habitaciones y demás cosas que requieren su comodidad y su cargo. Tienen también asesores, jueces y escribanos, que con sus consejos y escrituras los ayudan en sus mandados y oficio.

Capítulo vigésimo tercero
De los correos del Gran Kan y de la multitud y el orden de las posadas que los hospedan

A la salida de la ciudad de Cambalú parten muchos caminos por los que se va a las provincias comarcanas. En todos los caminos reales a cada XXV millas se encuentra una posada provista de muchas estancias, donde se alojan los correos del Gran Kan a su pasa por allí; estos mesones se llaman laubi, esto es, «cuadras de caballos». Tales hospederías cuentan con lechos y todo lo preciso para recibir a un viajero; hay también en ellas trescientos o cuatrocientos caballos del monarca, preparados para los mensajeros regios.  Lo mismo sucede en todos los caminos reales hasta los últimos confines de las provincias colindantes, así que en total hay alrededor de x mil estancias y hospederías semejantes, y más de CC mil caballos dedicados a la posta. Incluso muchos lugares salvajes, donde no existe poblado de hombres, disponen de tales mesones, que están a distancia de XXXV o cuarenta millas el uno del otro, con todos los caballos y guardianes consagrados a este menester. Su manutención y todos sus gastos corren por completo a cuenta de las ciudades y aldeas en cuyo distrito se encuentran; la corte real provee al mantenimiento de los que habitan en las posadas de un despoblado.  Así, pues, los correos que van a caballo por orden del rey a llevar algún mensaje cubren al día doscientas o trescientas millas de la siguiente manera. Cabalgan al tiempo dos jinetes que se ciñen muy prieto el vientre y la cabeza, y prolongan su carrera cuanto pueden aguantar sus monturas.  Cuando llegan a una de las posadas susodichas, reciben otras cabalgaduras y dejan las suyas agotadas; y al punto galopan velozmente con caballos de repuesto; y mudando así de corcel en cada posta continúan su carrera durante todo el día. De esta suerte llegan las nuevas de partes muy remotas al Gran Kan con suma prontitud, y sus órdenes son llevadas con gran rapidez a comarcas recónditas. Entre los mesones predichos hay otros puestos que distan entre sí un espacio de tres millas, donde hay unas cuantas casas en las que descansan los correos de a pie; cada uno de ellos lleva un cinturón lleno de gruesas bullae, es decir, cascabeles, que suenan mucho; a las bullae, en efecto, las llamamos cascabeles. Por tanto, cuando quiere enviar una carta por medio de corredores, entrega la misiva a uno de éstos, que emprende veloz carrera hasta la primera posada, donde están listos otros corredores.  Al oír los que están en el puesto próximo el ruido del que viene, sin tardanza se prepara uno de ellos y, recibiendo la carta de manos del que llega y un sello de fe en el sobre por parte del escribano del lugar, corre como el anterior hasta la segunda posada; y así se relevan los corredores en cada parada hasta llegar a donde hay que llevar la carta del rey. De esta manera en breve tiempo se salva gran trecho de camino. Algunas veces el rey recibe en el plazo de un día y una noche nuevas y frutos frescos de un lugar situado a diez días de distancia. Todos los correos susodichos están exentos por el rey del pago de cualquier tributo y encima reciben de la corte real un excelente salario.

Capítulo vigésimo cuarto
De la previsión del rey para remediar los tiempos de esterilidad y carestía y de su piedad para con sus súbditos pobres

Todos los años el Kan despacha mensajeros a las provincias que le están sometidas para indagar si alguna región perdió su cosecha aquel año a causa de la langosta, las orugas, alguna sequía o una peste. Cuando el rey tiene noticia de que alguna comarca o ciudad ha sufrido semejante catástrofe, le condona los tributos de aquel año y hace que se le lleve grano de sus trojes en cantidad suficiente para la comida y la sementera. En los tiempos de gran abundancia compra el rey grano sin tasa, que se conserva en sus silos durante tres o cuatro años con cuidado de que no se pudra. Y se provee al abastecimiento de todo el grano con tal diligencia, que siempre están llenos los alholíes reales, de modo que se pueda subvenir a los menesterosos en las épocas de indigencia. Cuando en tal contingencia se vende el grano del monarca, el comprador paga por cuatro cahíces el mismo precio que pide otro vendedor por un cahíz. Igualmente, cuando hay una epidemia de animales, condona a los que sufren esta plaga el tributo del año, más o menos, según la cuantía de la pérdida, y hace que se les venda algunos de sus rebaños y ganados. En las vías principales de la provincia de Cathay y de las comarcas adyacentes hace el rey plantar árboles a poca distancia unos de otros, para evitar que los viandantes se descarríen del camino recto, pues los guían estos mojones. Hace también otra cosa digna de no pequeña alabanza: manda registrar en la ciudad de Cambalú el número de las familias y los nombres de los que no cosechan grano ni pueden comprarlo, que son muchos, y ordena que, de sus silos, se les dé anualmente a todos ellos el grano necesario para todo el año. A nadie que lo solicite se le niega el pan en su corte, y no pasa día en todo el año en que no acudan a mendigar más de XXX mil pedigüeños entre hombres y mujeres: y como a ningún menesteroso se le niega el pan, el Gran Kan es honrado por los pobres como un dios.

Capítulo vigésimo quinto
De la bebida que se hace en la provincia de Cathay en lugar de vino

En la provincia de Cathay en lugar de vino se elabora una bebida de arroz y de diversas especias, que es muy clara y supera en suavidad al vino, y hace que los que beben de ella se embriaguen con más facilidad.

Capítulo vigésimo sexto
De las piedras que arden como leña

En toda la provincia de Cathay se encuentran unas piedras negras que se cavan en las sierras; puestas en la lumbre arden como leña y conservan el fuego largo tiempo, una vez que han prendido; si se encienden al atardecer, guardan la llama toda la noche; y aunque en esa provincia hay mucha madera, muchos sin embargo se sirven de las piedras, porque la leña es más cara.

Capítulo vigésimo séptimo
Del gran río Pulchanchimet y de un puente muy hermoso

Terminado lo que por el momento decidí contar acerca de la provincia de Cathay, la ciudad de Cambalú y la magnificencia del Gran Kan, pasaré ahora a describir brevemente las regiones limítrofes. Una vez el gran rey Kan me despachó a mí, Marco, a comarcas remotas para un negocio de su imperio, y yo, partiendo de la ciudad de Cambalú, estuve varios meses de viaje. Así, pues, referiré todo lo que encontré al ir y volver por aquel camino. Al salir de Cambalú se encuentra a diez millas un gran río que se llama Pulsanchimeth, que desemboca en el mar Océano. Por su curso bajan muchas naves con muy grandes mercaderías. Hay allí un puente de mármol muy hermoso de CCC pasos de largo y de gran anchura, que permite que puedan ir al tiempo diez jinetes a la par. El puente tiene XXIII arcos y otras tantas pilastras de mármol en el agua. El pretil, es decir, su muro costanero, es de la traza siguiente. Al comienzo del puente se alza a cada lado una columnas de mármol que tiene por base un león de mármol; después de esa columna, a un paso de distancia, hay otra columna que se asienta asimismo sobre dos leones marmóreos como la primera; entre las dos corre una baranda de mármol de color gris que continúa por los dos lados desde su comienzo hasta su fin, de suerte que se cuentan allí en total mil doscientos leones de mármol, por lo que este puente es bello y suntuoso sobremanera.

Capítulo vigésimo octavo
Descripción de parte de la provincia de Cathay

Avanzando desde el puente en XXX millas se encuentran sin cesar muchos bellos palacios y otras bonitas casas y fértiles campos. Al cabo de las XXX millas se da vista a la ciudad de Gin, grande y hermosa; hay allí muchos monasterios de ídolos. Se hacen también paños muy finos de oro y de seda y excelentes lienzos. Tiene asimismo muchas hospederías públicas para los viandantes. Los ciudadanos son por lo general artesanos y mercaderes. A una milla después de pasar esta ciudad se bifurca el camino: un ramal atraviesa la provincia de Cathay; otro, torciendo al cierzo, conduce al mar por la región de Mangu. Por la provincia de Cathay se va en otra dirección durante diez jornadas, y se encuentra a cada paso ciudades y aldeas. Hay allí muchos campos muy feraces y huertas hermosas sobremanera; hay numerosos mercaderes y artesanos. Los hombres de esta región son muy amistosos y afables.

Capítulo vigésimo noveno
Del reino de Canfu

A diez jornadas de camino de la ciudad de Gin se encuentra el reino de Canfu, grande y hermoso, en el que hay muchas viñas. En toda la provincia de Cathay no se da el vino, sino que se lleva de esta región. Crecen allí muchas moreras a causa de la seda, de la que hay grandísima abundancia. Se hacen múltiples tratos de mercaderías. Hay numerosos artesanos, y se fabrican muchas armas para los ejércitos del Gran Kan. Al avanzar desde allí al occidente, se atraviesa de forma ininterrumpida durante siete jornadas una hermosa región, muchas aldeas y muy bellas ciudades. Se hacen en ellas muchos tratos de mercaderías. Pasadas las siete jornadas susodichas se avista la ciudad de Pianfu, inmensa y colmada de riquezas, donde hay gran abundancia de seda.

Capítulo trigésimo
Del castillo de Caicuy y de cómo su rey fue hecho prisionero traicioneramente y entregado a un enemigo suyo que se llamaba Preste Juan

A dos jornadas de la ciudad de Pianfu se alza el hermosísimo castillo de Caicuy, que edificó un tal Darío, que fue enemigo de un gran rey que se llamaba Preste Juan. Por la fortaleza del lugar aquel rey Darío no podía recibir gran daño de este monarca, así que el Preste Juan sentía muy amarga tristeza de no poder vencerlo por la fuerza. Sin embargo, hubo en su corte siete jóvenes que de mancomún se obligaron a traerle prisionero al rey Darío susodicho; él les prometió una gran recompensa si llevaban a efecto su palabra. Los jóvenes, saliendo de su reino con una excusa fingida, se presentaron en la corte de Darío para ofrecerse a su servicio. Darío, sin recelar su perfidia, los recibió en su corte. Durante dos años no pudieron realizar su maldad. Cuando el rey ya se fiaba de ellos, un día, tomándolos a ellos con otros pocos, cabalgó fuera del castillo una milla para distraerse.
Los traidores, viendo que había llegado la hora de perpetrar la felonía que habían urdido, desenvainando la espada lo prendieron y lo llevaron cautivo al Preste Juan, como le habían prometido con palabra aleve. Este se alegró sobremanera y en prueba de su magnanimidad hizo que se le encomendara la guardia del ganado y que se le sometiera a estrecha vigilancia. Después de dos años de andar entre pastores, el rey mandó que fuera conducido a su presencia con todo el boato regio y le dijo: «Ahora has podido aprender en propia carne que tu poder no es nada, ya que te hice prender en tu reino y durante dos años te he relegado a los rebaños; y podría matarte, si quisiera, y ningún mortal podría librarte de mis manos». El confesó que era verdad todo aquello. Entonces prosiguió el rey Juan: «Dado que confiesas que, en comparación conmigo, no eres nada, quiero ahora tenerte como amigo, y me basta como victoria el hecho de haber podido matarte». Y le entregó caballos y escolta que lo condujo con honor a su castillo. Aquél, mientras tuvo vida, rindió pleito homenaje al Preste Juan y le obedeció en todo cuanto quiso.

Capítulo trigésimo primero
Del gran río de Caromoram

Caminando más allá del castillo de Caicuy se encuentra a XX millas el río de Caromoram, sobre el cual no se tiende ningún puente a causa de su gran anchura; es también muy profundo y llega hasta el mar Océano. A orilla de este río se levantan numerosas ciudades y aldeas, en las que se hace mucho trato de mercaderías. En la región limítrofe al río crece por doquier jengibre en gran cantidad. Se encuentra allí seda en suma abundancia. Hay también tal multitud de aves, que es cosa muy de maravillar: en efecto, se venden tres faisanes por una moneda de plata, que vale un veneciano. A dos jornadas del río se encuentra la ciudad noble de Cian fu, donde hay seda en grandísima abundancia. Allí se hacen paños de oro y seda. Todos los habitantes del lugar y de la provincia de Cathay son idólatras.

Capítulo trigésimo segundo
De la ciudad de Quingianfu

De allí en ocho jornadas se pasa por ciudades, villas, campos muy hermosos, multitud de jardines y, a causa de la seda, moreras infinitas. Los hombres son idólatras. Hay allí mucha caza de bestias y de aves. Después de las ocho jornadas se llega a la gran ciudad de Quingianfu, que es la capital del reino de Quingianfu, en otro tiempo opulento y famoso. Su monarca es un hijo del Gran Kan llamado Mangla. Hay en ella grandísima abundancia de seda y de cuanto es menester para la vida del hombre y se hacen muchos tratos de mercaderías. El pueblo de la tierra es idólatra. Fuera de la ciudad, en la llanura, está el palacio real de Mangla, que tiene en cerco largas murallas: su circunferencia alcanza las cinco millas. Dentro de la muralla aquella corren ríos, estanques y fuentes. En la plaza del centro de la ciudad se alza un palacio muy hermoso, todo dorado por dentro. En torno de la muralla acampa el ejército del rey, que se distrae en aquella región con monterías y cacerías de aves.

Capítulo trigésimo tercero
De la provincia de Chim

Saliendo de allí, es decir, del palacio, se marcha durante tres días por una llanura muy hermosa, donde hay numerosas ciudades, aldeas y muchos tratos. Tienen seda en muchísima abundancia. Al cabo de los tres días susodichos se entra en una región montuosa; entre las cordilleras se abren grandes valles, en los que se alzan muchas ciudades y aldeas, así como también en la sierra hay ciudades y aldeas, que pertenecen a la provincia llamada Chim. Los hombres de aquella tierra son idólatras y, agricultores; son también diestros cazadores, porque en la región menudean los animales salvajes, a saber, leones, osos, ciervos, gamos, cabras y otras diversas clases de alimañas. Se extiende la comarca susodicha unas XX jornadas, y los viandantes cruzan montes, valles y bosques; se encuentran muchas ciudades y poblaciones y muy buenas hospederías.

Capítulo trigésimo cuarto
De la provincia de Achalech Mangii

Después de las XX jornadas susodichas se avista la ciudad de Achalech Mangii que es limítrofe de la provincia de Mangii. En las tres primeras jornadas el terreno se presenta llano; al término de las mismas se atraviesan grandes montañas y valles inmensos y muchos bosques. Se extiende la región unas XX jornadas, y tiene multitud de ciudades y villas. Sus habitantes son idólatras y comerciantes, artesanos, labradores y muy avezados cazadores; en efecto, hay allí leones, osos, ciervos, gamos, cabras, onzas y las alimañas de las que se obtiene el almizcle, como se ha dicho arriba. En esta provincia se da en suma abundancia el trigo.  También hay arroz en grandísima cantidad.





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