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Capítulo décimo octavo
De
la magnífica cacería del Gran Kan
Dos
barones del Gran Kan que son hermanos, uno de los cuales se llama Bayan
y el otro Mugan, dirigen la cacería del rey de la manera siguiente.
Cada uno de ellos está al frente de diez mil hombres, que crían grandes
perros que llamamos «mastines», por lo que se dicen en lengua tártara
cimei, es decir, «encargados de perros grandes». Cuando el Gran Kan
quiere recrearse con gran aparato en una cacería, los dos barones
susodichos llevan consigo a XX mil cazadores con una jauría que suma un
total de v mil perros. Una vez llegados a la campiña donde se va a
celebrar la montería, el gran rey se coloca en el centro con sus
barones; uno de los capitanes marcha a la derecha del soberano con sus x
mil hombres, el otro con sus otros x mil a la izquierda. Los cazadores
se distinguen todos entre sí porque diez mil van vestidos de rojo y los
otros diez mil de color del cielo, que en romance decimos «celeste».
Forman un haz larga, situándose uno junto a otro a lo largo del campo, y
abarcan de uno a otro cabo un compás de tierra que mide casi una
jornada; y cada uno va con sus perros. Cuando están desplegados en el
lugar susodicho y avanzan ojeando, sueltan los canes que llevan contra
las fieras salvajes, de las que hay allí grandísima abundancia. Por
tanto, pocas bestias pueden escapar de sus manos debido al número de la
jauría y a la diligencia de los cazadores. Resulta un espectáculo muy
placentero de ver a los que gustan de semejantes monterías.
Capítulo décimo noveno
De
su cetrería
En el
mes de marzo el Gran Kan, partiendo de la ciudad de Cambalú, avanza por
la campiña hasta el mar Océano con sus halconeros. Se sigue tal
protocolo en semejante cetrería. Salen con él halconeros en número de XX
mil, llevando un sinfín de halcones peregrinos y sacres, muchos azores y
alrededor de quinientos gerifaltes. Todos ellos se derraman acá y acullá
por el campo, y cuando ven aves, que se crían allí en gran abundancia,
sueltan los gerifaltes, azores y halcones para su captura; las piezas
cobradas se llevan en su mayor parte al rey. A su vez, el monarca en
persona va con ellos, sentado en un bellísimo pabellón muy bien
construido de madera, que va armado con mucho artificio sobre cuatro
elefantes; por fuera está recubierto de pieles de león, y por dentro se
halla totalmente decorado y dorado; en él tiene para su recreo a algunos
barones y XII gerifaltes escogidos; el pabellón está forrado de paños de
oro y seda. Junto a los elefantes que cargan el pabellón cabalgan muchos
barones y caballeros, que no se separan del rey y que, cuando ven pasar
faisanes, grullas u otras especies, se lo indican a los halconeros que
acompañan al monarca, los cuales a su vez lo notifican inmediatamente al
rey. Este, haciendo abrir el pabellón, ordena soltar los gerifaltes que
le place, y así, sentado en su sitial, contempla el juego de las aves.
Tiene además consigo diez mil hombres que en esta cacería se esparcen de
dos en dos por el campo, cuyo cometido es atender a los halcones, azores
y gerifaltes en vuelo y, si fuere necesario, prestarles socorro; son
llamados en lengua tártara restaor, es decir, «guardianes». Cada uno de
ellos tiene su reclamo y capirote para poder llamar y sujetar las aves
de presa; y no es menester que el que ha soltado el ave la siga, ya que
éstos están atentos y cuidadosos a que las rapaces no sufran daño ni se
pierdan; en efecto, los que se encuentran más cerca están obligados, si
fuere preciso, a socorrerlas. Toda ave, sea de quien fuere, tiene una
tablilla diminuta en sus patas con la marca de su dueño o del halconero,
para que, una vez suelta, pueda ser devuelta a su amo. Cuando no se
reconoce la señal, entonces se lleva a un barón que está a cargo de este
menester, que se llama lingargue, esto es, «guardián de las cosas
perdidas», el cual conserva fielmente las aves que le traen hasta que
las reclame su propietario. Lo mismo se hace con los caballos. Por
tanto, quien ha perdido un ave en esta cacería acude a este barón, así
que no se puede extraviar allí nada. Mientras aquél tiene algo bajo su
custodia, hace que se le preste cuidado exquisito. El que no restituye
en el acto la cosa entregada a su dueño o al oficial susodicho es
considerado como un ladrón. El guardián elige para colocarse el lugar
más elevado y clava su estandarte en alto, para que lo encuentren con
más facilidad los que quieren entregar o pedir una cosa hallada o
perdida.
Capítulo vigésimo
De sus maravillosas tiendas
Después, yendo solazándose así con las
aves, llegan a la gran llanura de Ciamordium, donde están montadas las
tiendas del rey y de la corte, que son más de x mil y muy hermosas. Las
tiendas del Gran Kan son de la siguiente traza. En primer lugar hay una
tienda grande, en la que pueden caber alrededor de mil caballeros,
provista de una puerta que se abre al mediodía, donde residen los
caballeros y los barones. Cabe ella, al occidente, se alza otra tienda
en la que se encuentra la gran sala del rey, donde celebra un
consistorio cuando quiere hablar con alguien. A esta sala está unida una
habitación por el otro lado, donde duerme, y a éstas se hallan contiguas
otras salas y estancias. Las dos salas susodichas, es decir, la sala de
los caballeros y el consistorio real, así como su cámara, son del
siguiente porte. Cada una de las tres se asienta sobre tres columnas de
madera aromática, que están esculpidas con bellísimos relieves muy bien
labrados. Por fuera las cubren por todas partes pieles de león de
diversos colores, blanco, negro y rojo, que son colores naturales, pues
hay en aquella región muchos leones así coloreados; a las tiendas, por
estar revestidas de un cuero tan resistente, no les puede causar daño ni
el viento ni la lluvia. Por dentro, el escaño de las salas y de la
habitación está forrado de pieles de armiño y de cibelinas, que son las
pieles más nobles; y hay tan gran cantidad de pieles de cibelinas que
bastarían para confeccionar un vestido completo a un caballero; y monta
dos mil besantes de oro un vestido hecho de piel fina, y si es de piel
común, vale mil besantes. Los animales de los que se obtienen estas
pieles se llaman rondes, y son del tamaño de una garduña. Aquellas
pieles están colocadas con tal arte y dispuestas con tal orden, que es
cosa maravillosa y deleitable de ver. Las cuerdas que sujetan estas tres
tiendas son de seda. Junto a ellas se alzan las tiendas de las mujeres,
los hijos y las criadas del rey, también muy hermosas * * *. Y es tan
grande la multitud de pabellones que semeja una enorme ciudad, pues a
este recreo concurre de todas partes muchedumbre sin cuento. Los médicos
del rey, sus astrólogos, halconeros y demás oficiales están allí
dispuestos, colocados y ordenados como en la gran ciudad de Cambalú. En
esta llanura reside el rey todo el mes de marzo, entregándose a las
diversiones mencionadas. En tales cacerías se apresan numerosos animales
y aves infinitas, ya que por orden del rey en cuantas provincias lindan
con Cathay ningún mercader o artesano, morador de la ciudad o del campo,
tiene licencia para poseer perros de caza y aves de presa en veinte
jornadas a la redonda. Además, a nadie, grande o pequeño, le está
permitido cazar desde principio de marzo hasta el mes de octubre, ni le
es lícito capturar de alguna manera o con trampa cabras, gamos, ciervos,
liebres u otros animales salvajes. Quien osa hacer lo contrario sufre
castigo, por lo que a menudo las liebres, gamos y otros animales
semejantes pasan a la vera de los hombres y nadie se atreve a cogerlos.
Después retorna el rey con todo su séquito a la ciudad de Cambalú por el
mismo camino por el que había ido a la llanura, cazando aves y
animales. Cuando llega a la ciudad, celebra una corte muy grande y
jubilosa en el palacio real. A continuación, regresan a sus hogares los
que habían sido llamados a este efecto.
Capítulo vigésimo primero
De la moneda del Gran Kan y su incontable abundancia de tesoros
La moneda del Gran Kan se hace así: de la
corteza de morera extraen la pulpa y la trituran y apelmazan como hojas
de papel. Después la cortan en pedazos grandes y pequeños a modo de
dineros y marcan en ellos diversas señales, según lo que ha de valer tal
moneda. El dinero más bajo vale un tornés pequeño; el segundo en precio
vale un medio grueso veneciano; el tercero monta dos gruesos venecianos,
el siguiente cinco, el otro diez. De este dinero ordena el rey que se
haga gran cantidad en la ciudad de Cambalú; a nadie, bajo pena de
muerte, le está permitido acuñar o pagar con otra moneda o rehusar ésta
en casi todos los reinos sometidos a su señorío, y ninguno, aunque sea
de otros dominios, puede servirse de otra moneda dentro de las tierras
del Gran Kan, y sólo los oficiales del rey la fabrican por orden del
monarca. Muy a menudo sucede que los mercaderes que vienen a Cambalú de
diversas partes traigan oro, plata, perlas y piedras preciosas, y todo
ello lo hace comprar el rey por medio de sus oficiales y ordena que el
pago se efectúe en su dinero. Si los mercaderes son de tierras extrañas,
donde no tiene curso aquel dinero, lo truecan a toda prisa por otras
mercancías que llevan a su patria, de suerte que nadie lo rechaza.
Además, el propio Kan manda a menudo en Cambalú que el que tenga oro,
plata y piedras preciosas lo presente sin más tardar a sus oficiales, y
se le cambia según la tasación justa en dinero; el libramiento se
realiza al momento, sin perjuicio para el propietario, y así se vela por
su seguridad y el rey puede allegar por este medio tesoros infinitos y
maravillosos. Con este dinero paga el sueldo de sus oficiales y se
compra todo lo necesario para la corte. En consecuencia, considera en
nada infinita moneda. Así se prueba de manera paladina que el Gran Kan
puede superar a todos los príncipes del mundo en gastos, riquezas y
tesoros, pues es preciso que todos compren dinero de su corte, dinero
que se fabrica de manera tan continua, que llega sin falta en abundancia
suma a cuantos quieren adquirirlo.
Capítulo vigésimo segundo
De los XII gobernadores de las provincias, de su deber y de su palacio
Tiene el Gran Kan XII barones que
gobiernan a XXIV provincias, a cuyo cargo está la elección de los
señores gobernadores y oficiales en las provincias susodichas y en sus
ciudades. Tiene también reyes que, proveyendo a los ejércitos de los
cuarteles en donde han de acampar todo el año, deben dar cuenta al Kan
de cuanto disponen, y éste ratifica con su autoridad sus decisiones. Se
llaman seicug, es decir «oficiales de la corte mayor». Estos pueden
dispensar muchas mercedes y multitud de favores, por lo que el pueblo
les rinde grandes honores. Su morada se encuentra en la ciudad de
Cambalú en un gran palacio consagrado a este menester, donde hay para
ellos, sus oficiales y sus servidores las salas, habitaciones y demás
cosas que requieren su comodidad y su cargo. Tienen también asesores,
jueces y escribanos, que con sus consejos y escrituras los ayudan en sus
mandados y oficio.
Capítulo vigésimo tercero
De los correos del Gran Kan y de la multitud y el orden de las posadas
que los hospedan
A la salida de la ciudad de Cambalú
parten muchos caminos por los que se va a las provincias comarcanas. En
todos los caminos reales a cada XXV millas se encuentra una posada
provista de muchas estancias, donde se alojan los correos del Gran Kan a
su pasa por allí; estos mesones se llaman laubi, esto es, «cuadras de
caballos». Tales hospederías cuentan con lechos y todo lo preciso para
recibir a un viajero; hay también en ellas trescientos o cuatrocientos
caballos del monarca, preparados para los mensajeros regios. Lo mismo
sucede en todos los caminos reales hasta los últimos confines de las
provincias colindantes, así que en total hay alrededor de x mil
estancias y hospederías semejantes, y más de CC mil caballos dedicados a
la posta. Incluso muchos lugares salvajes, donde no existe poblado de
hombres, disponen de tales mesones, que están a distancia de XXXV o
cuarenta millas el uno del otro, con todos los caballos y guardianes
consagrados a este menester. Su manutención y todos sus gastos corren
por completo a cuenta de las ciudades y aldeas en cuyo distrito se
encuentran; la corte real provee al mantenimiento de los que habitan en
las posadas de un despoblado. Así, pues, los correos que van a caballo
por orden del rey a llevar algún mensaje cubren al día doscientas o
trescientas millas de la siguiente manera. Cabalgan al tiempo dos
jinetes que se ciñen muy prieto el vientre y la cabeza, y prolongan su
carrera cuanto pueden aguantar sus monturas. Cuando llegan a una de las
posadas susodichas, reciben otras cabalgaduras y dejan las suyas
agotadas; y al punto galopan velozmente con caballos de repuesto; y
mudando así de corcel en cada posta continúan su carrera durante todo el
día. De esta suerte llegan las nuevas de partes muy remotas al Gran Kan
con suma prontitud, y sus órdenes son llevadas con gran rapidez a
comarcas recónditas. Entre los mesones predichos hay otros puestos que
distan entre sí un espacio de tres millas, donde hay unas cuantas casas
en las que descansan los correos de a pie; cada uno de ellos lleva un
cinturón lleno de gruesas bullae, es decir, cascabeles, que suenan
mucho; a las bullae, en efecto, las llamamos cascabeles. Por tanto,
cuando quiere enviar una carta por medio de corredores, entrega la
misiva a uno de éstos, que emprende veloz carrera hasta la primera
posada, donde están listos otros corredores. Al oír los que están en el
puesto próximo el ruido del que viene, sin tardanza se prepara uno de
ellos y, recibiendo la carta de manos del que llega y un sello de fe en
el sobre por parte del escribano del lugar, corre como el anterior hasta
la segunda posada; y así se relevan los corredores en cada parada hasta
llegar a donde hay que llevar la carta del rey. De esta manera en breve
tiempo se salva gran trecho de camino. Algunas veces el rey recibe en el
plazo de un día y una noche nuevas y frutos frescos de un lugar situado
a diez días de distancia. Todos los correos susodichos están exentos por
el rey del pago de cualquier tributo y encima reciben de la corte real
un excelente salario.
Capítulo vigésimo cuarto
De la previsión del rey para remediar los tiempos de esterilidad y
carestía y de su piedad para con sus súbditos pobres
Todos los años el Kan despacha mensajeros
a las provincias que le están sometidas para indagar si alguna región
perdió su cosecha aquel año a causa de la langosta, las orugas, alguna
sequía o una peste. Cuando el rey tiene noticia de que alguna comarca o
ciudad ha sufrido semejante catástrofe, le condona los tributos de aquel
año y hace que se le lleve grano de sus trojes en cantidad suficiente
para la comida y la sementera. En los tiempos de gran abundancia compra
el rey grano sin tasa, que se conserva en sus silos durante tres o
cuatro años con cuidado de que no se pudra. Y se provee al
abastecimiento de todo el grano con tal diligencia, que siempre están
llenos los alholíes reales, de modo que se pueda subvenir a los
menesterosos en las épocas de indigencia. Cuando en tal contingencia se
vende el grano del monarca, el comprador paga por cuatro cahíces el
mismo precio que pide otro vendedor por un cahíz. Igualmente, cuando hay
una epidemia de animales, condona a los que sufren esta plaga el tributo
del año, más o menos, según la cuantía de la pérdida, y hace que se les
venda algunos de sus rebaños y ganados. En las vías principales de la
provincia de Cathay y de las comarcas adyacentes hace el rey plantar
árboles a poca distancia unos de otros, para evitar que los viandantes
se descarríen del camino recto, pues los guían estos mojones. Hace
también otra cosa digna de no pequeña alabanza: manda registrar en la
ciudad de Cambalú el número de las familias y los nombres de los que no
cosechan grano ni pueden comprarlo, que son muchos, y ordena que, de sus
silos, se les dé anualmente a todos ellos el grano necesario para todo
el año. A nadie que lo solicite se le niega el pan en su corte, y no
pasa día en todo el año en que no acudan a mendigar más de XXX mil
pedigüeños entre hombres y mujeres: y como a ningún menesteroso se le
niega el pan, el Gran Kan es honrado por los pobres como un dios.
Capítulo vigésimo quinto
De la bebida que se hace en la provincia de Cathay en lugar de vino
En la provincia de Cathay en lugar de
vino se elabora una bebida de arroz y de diversas especias, que es muy
clara y supera en suavidad al vino, y hace que los que beben de ella se
embriaguen con más facilidad.
Capítulo vigésimo sexto
De las piedras que arden como leña
En toda la provincia de Cathay se
encuentran unas piedras negras que se cavan en las sierras; puestas en
la lumbre arden como leña y conservan el fuego largo tiempo, una vez que
han prendido; si se encienden al atardecer, guardan la llama toda la
noche; y aunque en esa provincia hay mucha madera, muchos sin embargo se
sirven de las piedras, porque la leña es más cara.
Capítulo vigésimo séptimo
Del gran río Pulchanchimet y de un puente muy hermoso
Terminado lo que por el momento decidí
contar acerca de la provincia de Cathay, la ciudad de Cambalú y la
magnificencia del Gran Kan, pasaré ahora a describir brevemente las
regiones limítrofes. Una vez el gran rey Kan me despachó a mí, Marco, a
comarcas remotas para un negocio de su imperio, y yo, partiendo de la
ciudad de Cambalú, estuve varios meses de viaje. Así, pues, referiré
todo lo que encontré al ir y volver por aquel camino. Al salir de
Cambalú se encuentra a diez millas un gran río que se llama
Pulsanchimeth, que desemboca en el mar Océano. Por su curso bajan muchas
naves con muy grandes mercaderías. Hay allí un puente de mármol muy
hermoso de CCC pasos de largo y de gran anchura, que permite que puedan
ir al tiempo diez jinetes a la par. El puente tiene XXIII arcos y otras
tantas pilastras de mármol en el agua. El pretil, es decir, su muro
costanero, es de la traza siguiente. Al comienzo del puente se alza a
cada lado una columnas de mármol que tiene por base un león de mármol;
después de esa columna, a un paso de distancia, hay otra columna que se
asienta asimismo sobre dos leones marmóreos como la primera; entre las
dos corre una baranda de mármol de color gris que continúa por los dos
lados desde su comienzo hasta su fin, de suerte que se cuentan allí en
total mil doscientos leones de mármol, por lo que este puente es bello y
suntuoso sobremanera.
Capítulo vigésimo octavo
Descripción de parte de la provincia de Cathay
Avanzando desde el puente en XXX millas
se encuentran sin cesar muchos bellos palacios y otras bonitas casas y
fértiles campos. Al cabo de las XXX millas se da vista a la ciudad de
Gin, grande y hermosa; hay allí muchos monasterios de ídolos. Se hacen
también paños muy finos de oro y de seda y excelentes lienzos. Tiene
asimismo muchas hospederías públicas para los viandantes. Los ciudadanos
son por lo general artesanos y mercaderes. A una milla después de pasar
esta ciudad se bifurca el camino: un ramal atraviesa la provincia de
Cathay; otro, torciendo al cierzo, conduce al mar por la región de Mangu.
Por la provincia de Cathay se va en otra dirección durante diez
jornadas, y se encuentra a cada paso ciudades y aldeas. Hay allí muchos
campos muy feraces y huertas hermosas sobremanera; hay numerosos
mercaderes y artesanos. Los hombres de esta región son muy amistosos y
afables.
Capítulo vigésimo noveno
Del reino de Canfu
A diez jornadas de camino de la ciudad de
Gin se encuentra el reino de Canfu, grande y hermoso, en el que hay
muchas viñas. En toda la provincia de Cathay no se da el vino, sino que
se lleva de esta región. Crecen allí muchas moreras a causa de la seda,
de la que hay grandísima abundancia. Se hacen múltiples tratos de
mercaderías. Hay numerosos artesanos, y se fabrican muchas armas para
los ejércitos del Gran Kan. Al avanzar desde allí al occidente, se
atraviesa de forma ininterrumpida durante siete jornadas una hermosa
región, muchas aldeas y muy bellas ciudades. Se hacen en ellas muchos
tratos de mercaderías. Pasadas las siete jornadas susodichas se avista
la ciudad de Pianfu, inmensa y colmada de riquezas, donde hay gran
abundancia de seda.
Capítulo trigésimo
Del castillo de Caicuy y de cómo su rey fue hecho prisionero
traicioneramente y entregado a un enemigo suyo que se llamaba Preste
Juan
A dos jornadas de la ciudad de Pianfu se
alza el hermosísimo castillo de Caicuy, que edificó un tal Darío, que
fue enemigo de un gran rey que se llamaba Preste Juan. Por la fortaleza
del lugar aquel rey Darío no podía recibir gran daño de este monarca,
así que el Preste Juan sentía muy amarga tristeza de no poder vencerlo
por la fuerza. Sin embargo, hubo en su corte siete jóvenes que de
mancomún se obligaron a traerle prisionero al rey Darío susodicho; él
les prometió una gran recompensa si llevaban a efecto su palabra. Los
jóvenes, saliendo de su reino con una excusa fingida, se presentaron en
la corte de Darío para ofrecerse a su servicio. Darío, sin recelar su
perfidia, los recibió en su corte. Durante dos años no pudieron realizar
su maldad. Cuando el rey ya se fiaba de ellos, un día, tomándolos a
ellos con otros pocos, cabalgó fuera del castillo una milla para
distraerse.
Los traidores, viendo que había llegado la hora de perpetrar la felonía
que habían urdido, desenvainando la espada lo prendieron y lo llevaron
cautivo al Preste Juan, como le habían prometido con palabra aleve. Este
se alegró sobremanera y en prueba de su magnanimidad hizo que se le
encomendara la guardia del ganado y que se le sometiera a estrecha
vigilancia. Después de dos años de andar entre pastores, el rey mandó
que fuera conducido a su presencia con todo el boato regio y le dijo:
«Ahora has podido aprender en propia carne que tu poder no es nada, ya
que te hice prender en tu reino y durante dos años te he relegado a los
rebaños; y podría matarte, si quisiera, y ningún mortal podría librarte
de mis manos». El confesó que era verdad todo aquello. Entonces
prosiguió el rey Juan: «Dado que confiesas que, en comparación conmigo,
no eres nada, quiero ahora tenerte como amigo, y me basta como victoria
el hecho de haber podido matarte». Y le entregó caballos y escolta que
lo condujo con honor a su castillo. Aquél, mientras tuvo vida, rindió
pleito homenaje al Preste Juan y le obedeció en todo cuanto quiso.
Capítulo trigésimo primero
Del gran río de Caromoram
Caminando más allá del castillo de Caicuy
se encuentra a XX millas el río de Caromoram, sobre el cual no se tiende
ningún puente a causa de su gran anchura; es también muy profundo y
llega hasta el mar Océano. A orilla de este río se levantan numerosas
ciudades y aldeas, en las que se hace mucho trato de mercaderías. En la
región limítrofe al río crece por doquier jengibre en gran cantidad. Se
encuentra allí seda en suma abundancia. Hay también tal multitud de
aves, que es cosa muy de maravillar: en efecto, se venden tres faisanes
por una moneda de plata, que vale un veneciano. A dos jornadas del río
se encuentra la ciudad noble de Cian fu, donde hay seda en grandísima
abundancia. Allí se hacen paños de oro y seda. Todos los habitantes del
lugar y de la provincia de Cathay son idólatras.
Capítulo trigésimo segundo
De la ciudad de Quingianfu
De allí en ocho jornadas se pasa por
ciudades, villas, campos muy hermosos, multitud de jardines y, a causa
de la seda, moreras infinitas. Los hombres son idólatras. Hay allí mucha
caza de bestias y de aves. Después de las ocho jornadas se llega a la
gran ciudad de Quingianfu, que es la capital del reino de Quingianfu, en
otro tiempo opulento y famoso. Su monarca es un hijo del Gran Kan
llamado Mangla. Hay en ella grandísima abundancia de seda y de cuanto es
menester para la vida del hombre y se hacen muchos tratos de
mercaderías. El pueblo de la tierra es idólatra. Fuera de la ciudad, en
la llanura, está el palacio real de Mangla, que tiene en cerco largas
murallas: su circunferencia alcanza las cinco millas. Dentro de la
muralla aquella corren ríos, estanques y fuentes. En la plaza del centro
de la ciudad se alza un palacio muy hermoso, todo dorado por dentro. En
torno de la muralla acampa el ejército del rey, que se distrae en
aquella región con monterías y cacerías de aves.
Capítulo trigésimo tercero
De la provincia de Chim
Saliendo de allí, es decir, del palacio,
se marcha durante tres días por una llanura muy hermosa, donde hay
numerosas ciudades, aldeas y muchos tratos. Tienen seda en muchísima
abundancia. Al cabo de los tres días susodichos se entra en una región
montuosa; entre las cordilleras se abren grandes valles, en los que se
alzan muchas ciudades y aldeas, así como también en la sierra hay
ciudades y aldeas, que pertenecen a la provincia llamada Chim. Los
hombres de aquella tierra son idólatras y, agricultores; son también
diestros cazadores, porque en la región menudean los animales salvajes,
a saber, leones, osos, ciervos, gamos, cabras y otras diversas clases de
alimañas. Se extiende la comarca susodicha unas XX jornadas, y los
viandantes cruzan montes, valles y bosques; se encuentran muchas
ciudades y poblaciones y muy buenas hospederías.
Capítulo trigésimo cuarto
De la provincia de Achalech Mangii
Después de las XX jornadas susodichas se
avista la ciudad de Achalech Mangii que es limítrofe de la provincia de
Mangii. En las tres primeras jornadas el terreno se presenta llano; al
término de las mismas se atraviesan grandes montañas y valles inmensos y
muchos bosques. Se extiende la región unas XX jornadas, y tiene multitud
de ciudades y villas. Sus habitantes son idólatras y comerciantes,
artesanos, labradores y muy avezados cazadores; en efecto, hay allí
leones, osos, ciervos, gamos, cabras, onzas y las alimañas de las que se
obtiene el almizcle, como se ha dicho arriba. En esta provincia se da en
suma abundancia el trigo. También hay arroz en grandísima cantidad.
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