|
Capítulo trigésimo quinto
De
la provincia de Sindifu
Al
cabo de las XX jornadas susodichas de camino se extiende en una llanura
la provincia de Sindifu, que está también en la frontera de Mangii; su
capital se llama Sindifu. Esta ciudad fue antaño grande y opulentísima;
su circunferencia abarcaba XX millas; gobernó en ella un monarca
poderoso y riquísimo, que tenía tres hijos, los cuales, al suceder a su
padre, partieron el reino en tres, y tras dividir asimismo la ciudad en
tres partes cercaron cada una de ellas con una muralla, que corría por
dentro de la anterior. No obstante, el Gran Kan conquistó la ciudad y el
reino. Por medio de esta ciudad pasa el río Quinanfu, que tiene de ancho
como media milla; es también muy profundo y se pescan en él muchos
peces. A sus márgenes se elevan muchas ciudades y villas, pues fluye
hasta el mar Océano a lo largo de XXX jornadas. Discurre por él cantidad
innumerable de naves y mercaderías, de suerte que apenas se puede dar
crédito a quien lo narra a no ser que se haya visto con los propios
ojos. En la ciudad de Sindifu cruza el río un puente de piedra, cuya
longitud es de media milla y su anchura de ocho pasos. Está todo él
cubierto de una techumbre de madera muy primorosamente pintada, que se
sostiene sobre columnas de mármol. Sobre el puente hay muchas casetas o
tiendas de madera para los maestros de las diferentes artes, que se
montan por la mañana y a la tarde se quitan o se desarman; hay también
otra casa mayor donde se instalan los oficiales del rey que cobran el
peaje y los tributos impuestos por el monarca, que ascienden todos los
días, según se dice, a la suma de mil besantes de oro. Los hombres de
esta región son idólatras. Prosiguiendo el camino durante cinco jornadas
a través de una llanura se encuentran fortalezas y muchos caseríos,
donde hay lienzos en grandísima abundancia. Hay también allí multitud de
animales salvajes.
Capítulo trigésimo sexto
De
la provincia de Thebeth
Pasadas las cinco jornadas susodichas se entra en la provincia de
Thebeth, que devastó el Gran Kan al combatirla y conquistarla. En
efecto, muchas ciudades fueron allí destruidas y aldeas asoladas. La
provincia se extiende en longitud durante XX jornadas, y como está
convertida en un desierto, es preciso que durante las XX jornadas los
viajeros lleven consigo todas las vituallas. Además, al carecer de
habitantes, se han multiplicado en ella sobremanera las fieras salvajes,
por lo que es muy peligroso pasar por allí y sobre todo de noche. Sin
embargo, los mercaderes y los viandantes recurren a esta argucia.
Aquella región tiene muchas cañas, cuya longitud suele ser de cinco
pasos y su grosor de tres palmos de circunferencia; entre cada nudo de
la caña hay una distancia de tres palmos. Por lo tanto, cuando los
viandantes quieren acampar al caer el sol, hacen grandes manojos de
cañas verdes, a las que prenden fuego para que ardan durante toda la
noche; cuando se han calentado un poco, saltan con gran fuerza acá y
acullá y se hienden y crepitan con tanto estruendo, que se escucha su
fragor y estrépito a muchas millas a la redonda. Cuando las fieras
salvajes oyen aquel ruido terrible, se espantan con tal sobresalto y
pavor, que sin más se dan a la fuga hasta llegar a un lugar donde deje
de escucharse aquel estruendo horrísono. De esta manera, pues, se
libran de noche los mercaderes de las alimañas, ya que, de no precaverse
con tal añagaza, no podría escapar ninguno con vida por la multitud de
fieras salvajes. También los hombres, cuando oyen este estrépito,
experimentan gran susto; a su vez, antes de que los caballos y los
animales de los viajeros se acostumbren a él, sienten tal pánico, que al
punto emprenden la huida, y de esta manera muchos mercaderes poco
avisados han perdido ya muchos animales. Por tanto, es preciso que antes
se aten con lazos las patas de los caballos una por una con suma
diligencia, y a veces rompen las ligaduras y escapan al escuchar el
crujir de las cañas si previamente no están trabados con gran cuidado.
Capítulo trigésimo séptimo
De
otra región de la provincia de Thebeth y de una costumbre vergonzosa
Al
cabo de las XX jornadas de la provincia de Thebeth se encuentran muchas
aldeas y caseríos, en los que se observa una absurda y muy detestable
perversión causada por la ceguera de la idolatría. En efecto, en aquella
región no quiere ningún hombre recibir una muchacha virgen en
matrimonio, sino que todos exigen de la que pretenden por esposa que
haya sido conocida antes por muchos hombres, de otra suerte dicen que la
mujer no está madura para el matrimonio. Por tanto, cuando los
mercaderes u otros cualesquier viandantes, al pasar por aquella región,
arman su tienda al lado de las villas o caseríos susodichos, las mujeres
que tienen hijas casaderas las conducen en grupos de XX o XXX o XL,
según que el número de comerciantes sea mayor o menor, rogándoles que
cada uno de ellos escoja a una de sus hijas y la tenga como compañera
mientras vaya a permanecer en su tierra. Ellos eligen para sí las que
quieren y las retienen consigo el tiempo que residen allí. Cuando se
marchan, no dejan a ninguna partir en su compañía, sino que es forzoso
que las devuelvan a sus padres. Cada uno de ellos está obligado a dar a
la muchacha que tuvo una joya, para que la joven, gracias a estas
alhajas, posea una prueba evidente de haber complacido a muchos hombres,
y así pueda casarse con mayor facilidad y tener mejor partido. Cuando
las zagalas antedichas quieren presentarse con todas sus galas y arreos,
se ponen al cuello todos los aderezos que les han dado los viandantes y
muestran que les han servido con aceptación; y las que llevan más
preseas semejantes al cuello son las más preciadas y se casan con mayor
facilidad. Una vez que han contraído matrimonio son muy amadas por sus
esposos, y no les está permitido volver a cohabitar con extranjeros o
lugareños, y se cuidan muy mucho los hombres de esta región de no
ofenderse unos a otros por este motivo. Los habitantes de la comarca son
idólatras y no consideran pecaminoso ni saquear ni dedicarse a la
rapiña. Viven de los frutos del campo y de las mercaderías. En esta
tierra menudean los animales que producen almizcle, llamados gudderi.
Los moradores de la región tienen muchos perros de caza que los
capturan, por lo que abundan en almizcle. Se visten de cuero y de pieles
de animales o de bocarán o cañamazo basto. Tienen tanto lengua como
moneda propia. Pertenecen a la provincia de Thebeth y lindan con la gran
región de Mangi, pues la provincia de Thebeth es anchurosísima y se
divide en ocho reinos.
Cuenta
con muchas ciudades y villas; es muy montuosa y tiene lagos y ríos en
los que se encuentra el oro que se llama «de payollo». Hay allí coral,
que usan como moneda, que se compra a subidos precios, porque todas las
mujeres de aquella región llevan coral al cuello y cuelgan igualmente
coral al cuello de sus ídolos, pues esto lo tienen a mucha gloria. En la
región de Thebeth hay perros grandes como asnos, que cazan las fieras
salvajes; poseen también otros perros de caza de diversas clases. Hay
allí muchos y excelentes halcones laneros o herodii. Hay asimismo en
esta provincia canela, áloe y otras especias aromáticas en abundancia,
que no se traen a nosotros ni se han visto en nuestra tierra. Se hacen
muchos chamelotes y otros paños de oro y seda. Toda esta provincia está
sometida al Gran Kan.
Capítulo trigésimo octavo
De
la provincia de Caindu
Después de atravesar la provincia de Thebeth se encuentra al occidente
la provincia de Caindu, que tiene rey y está sometida al Gran Kan. Hay
allí muchas ciudades y aldeas. Hay una laguna en la que se encuentran
perlas en tanta cantidad que, si el Gran Kan permitiese su libre pesca y
exportación, su precio bajaría muchísimo por su gran abundancia; pero el
Gran Kan no tolera que sean cogidas a placer, y si alguien se atreviese
a hacer pesquería de perlas sin licencia del rey, sería ajusticiado. En
esta provincia hay gran número de gudderi, de los que se obtiene el
almizcle. Hay también peces sin cuento en el lago donde se encuentran
las perlas. Hay asimismo muchos leones, osos, ciervos, gamos, onzas y
cabras en infinita abundancia, así como un sinfín de aves de muchas
especies. Allí no se da el vino ni crecen las viñas, pero hacen un vino
excelente de trigo, arroz y diversas especias. Hay clavo en abundancia
extraordinaria, que cogen de unos pequeños arbustos que tienen ramitas
chicas; dan una flor blanca y menuda, como es el grano de clavo. Hay
también jengibre en gran cantidad, y abunda mucho asimismo la canela y
otras muchas especias aromáticas que se importan a nuestras tierras. En
los montes de esta región se encuentran en grandísima abundancia piedras
muy hermosas llamadas turquesas, que no está permitido excavar a nadie
sin licencia del Gran Kan. Los habitantes de esta comarca son idólatras.
Los hombres tienen el seso tan completamente trastornado por sus ídolos,
que creen que se propician su favor si entregan sus propias mujeres e
hijas a los viandantes. En efecto, cuando un viajero pasa por sus
tierras y se hospeda en la morada de uno de ellos, al punto el dueño de
la casa convoca a su esposa, sus hijas y a las demás mujeres que tiene
en el hogar y les manda que obedezcan en todo al huésped y a sus
acompañantes: tras dar esta orden se va y deja al extranjero con su
séquito en su casa como señor de la misma y no se atreve a regresar
mientras quiera aquél permanecer en ella. A su vez, el extranjero cuelga
su sombrero u otra señal en la puerta de la mansión; cuando el dueño de
la casa decide retornar, pensando que quizá aquél haya partido, si ve la
señal en la puerta retrocede de inmediato, por lo que el forastero puede
quedarse allí dos o tres días. Esta ciega y detestable perversión la
guardan todos en la provincia de Caindu y nadie la considera un
vituperio, ya que obran así en honor de sus dioses, y creen que por el
buen trato que dispensan a los viandantes merecen que sus dioses les
otorguen abundancia de frutos terrenales. Tienen moneda de esta suerte.
Hacen barritas de oro de un determinado peso que emplean como dinero, y
según el peso de la barrita varía su valor; ésta es la moneda mayor. La
menor es la siguiente: cuecen sal en un caldero que después vierten en
moldes, donde se cuaja, y se sirven de esa moneda; en efecto, ochenta de
estos dineros tienen el valor de una barrita de oro. Después se avanza
diez jornadas y se encuentran en el camino muchas aldeas y caseríos, que
siguen las mismas costumbres que la provincia de Caindu. En este río se
halla gran abundancia de oro que se dice «de payolo». A su orilla crece
canela en cantidad infinita; desemboca en el mar Océano.
Capítulo trigésimo noveno
De
la provincia de Carayam
Después de franquear el río susodicho se penetra inmediatamente en la
provincia de Carayam, que comprende siete reinos. Está sometida al
dominio del Gran Kan. Reina en ella un hijo de Cublay llamado Esencenir,
hombre prudente y esforzado, poderoso y riquísimo que guarda justicia en
su reino de manera excelente. Los habitantes de la región son idólatras.
Avanzando más allá del río se encuentran en cinco jornadas muchas
ciudades y aldeas. En esa región nacen caballos muy buenos. Allí se
habla lengua propia, pesada y muy difícil. Después de las cinco jornadas
susodichas se avista la ciudad principal del reino llamada Xacii, noble
y grande, donde se hacen grandes y muchísimos tratos. Viven en ella
cristianos nestorianos, pero pocos; son muchos, en cambio, los que
adoran a Mahoma. Se da allí en gran abundancia trigo y arroz, pero no
comen pan de trigo porque no es saludable; el pan lo hacen de arroz.
Elaboran también de diversas especias una bebida que emborracha con más
facilidad que el vino. En lugar de moneda usan porcelanas blancas que
encuentran. Se dan ochenta de ellas por un sagio de plata, que tiene el
valor de dos venecianos, y ocho sagios de plata equivalen a un sagio de
oro. En esta ciudad se obtiene de agua de pozo sal en grandísima
cantidad, de la que el rey saca pingües ganancias * * *. En la comarca
hay un lago que tiene cien millas de circunferencia en la que se pescan
grandes y sabrosísimos peces, que los hombres de la región comen de la
siguiente manera: en primer lugar, los desmenuzan, después los ponen muy
bien adobados en un condimento de muchos ajos y buenísimas especias y
acto seguido los comen como se come entre nosotros la carne cocida.
Capítulo cuadragésimo
De
una región de Carayam en la que hay serpientes
Después de salir de la ciudad de Xacii se avanza durante x jornadas
hasta la provincia de Carayam, donde reina Cogatuy, hijo del rey
Cublay. Allí se encuentra mucho oro llamado «de payolo», que se extrae
de los ríos, pero en otras lagunas y montañas se encuentra oro más
grueso que el «de payolo»; se trueca un sagio de este oro por seis de
plata. Usan como moneda porcelana, sobre la que se ha dicho arriba, que
se trae de la India. Los hombres de la región son idólatras. En esta
tierra se encuentran grandísimas serpientes: muchas de ellas tienen diez
pasos de longitud y XIV palmos de grosor en cerco. Cada una de estas
grandes serpientes tiene junto a la cabeza dos piernas carentes de pies,
pero en su lugar tiene una garra a modo de león. Su cabeza es enorme y
sus ojos grandísimos, como hogazas. Su boca es de tal tamaño que puede
engullir con facilidad a un hombre. Tiene colmillos larguísimos. Y como
la serpiente es tan espantable que no hay persona que no tenga miedo de
acercarse a ella e incluso la temen los animales salvajes, la manera en
que la cazan los cazadores es la siguiente.
La
serpiente susodicha se guarece de día en cavernas subterráneas a causa
del calor, y sale de noche y va buscando en torno animales que devorar;
se dirige a las madrigueras donde hacen su cubil leones, osos o animales
semejantes, y se come a adultos y crías, ya que ninguna bestia puede
aguantar su ataque y su fuerza. Después de haber comido vuelve a su
gruta. Hay allí un paso arenoso. Y cuando la serpiente va a reptar por
la arena se lanza con gran fuerza en ella; y como es tan pesada y tan
gruesa, deja un surco tan grande y tan ancho con su pecho y vientre, que
parece que se han arrastrado por el arenal grandes toneles llenos de
vino. Los cazadores durante el día hincan aquí y allá debajo de la arena
muchas y fuertes estacas, en cuyo extremo están clavadas espadas de
acero muy puntiagudas que recubren después de arena para que no las
pueda ver la serpiente. Así, cuando pasa de noche, el ofidio se arroja
según su costumbre sobre el arenal y, al clavarse en su ímpetu el hierro
oculto y agudo, muere en el acto o recibe una herida gravísima. Entonces
sobrevienen los cazadores y la rematan, si es que vive todavía; en
primer lugar extraen su hiel, que venden a subido precio por su gran
valor medicinal, ya que el que sufre la mordedura de un perro rabioso y
bebe de ella el precio de un dinero pequeño sana por completo; asimismo,
la mujer que se encuentra en los dolores del parto y toma un poco de
ella queda fuera de peligro, y el que padece un apostema, si unta el
lugar enfermo con ella, se cura perfectamente en pocos días. También se
vende la carne de la serpiente, que es de gusto muy sabroso y la comen
los hombres con sumo placer. En esta región se crían asimismo muchos y
excelentes caballos, que los comerciantes llevan a la India. A todos les
quitan dos o tres nudos del hueso de la cola, para que al correr no
azoten al jinete con su cola, que menean al galopar de acá para allá,
pues esto en un caballo se considera feísimo. Los jinetes de esta tierra
usan estribos largos para la silla, como acostumbran entre nosotros los
franceses. En la guerra se sirven de corazas de cuero de búfalo;
utilizan también escudos, lanzas y ballestas y untan de ponzoña las
saetas que disparan. Antes de que Cublay Kan conquistase la provincia,
los habitantes de la región cometían esta detestable fechoría; cuando
atravesaba sus tierras un hombre extranjero de porte honorable y de
buenas costumbres, que les pareciese discreto por su trato y
conversación, si se hospedaba en su morada lo mataban de noche, pensando
que su prudencia, sus costumbres, su apostura y su alma quedaban en
adelante en aquella casa. Por esta razón muchos recibieron allí la
muerte; mas el Gran Kan, cuando sometió a su señorío aquel reino y lo
domeñó, extirpó de raíz esta impiedad y locura de la tierra.
Capítulo cuadragésimo primero
De
la provincia de Ardandam
Cuando
se avanza desde la provincia de Carayam cinco ornadas, se topa con la
provincia de Ardandam, que esta sometida al Gran Kan. Su ciudad
principal se llama Ursian. En esta comarca se da oro al peso; en efecto,
una onza o sagio de oro se trueca por cinco onzas o sagios de plata,
pues en aquella región no se encuentra plata en un compás de muchas
jornadas; por esta razón acuden allí los comerciantes, que cambian con
ellos oro por plata y obtienen grandes ganancias; también pagan con
porcelana, que se trae de la India. Se nutren, por lo general, de arroz
y de carne. Hacen una bebida excelente de arroz y de especias finas. Los
hombres y las mujeres de la región llevan los dientes recubiertos de
laminillas de oro finísimas, dispuestas de manera que encajen a la
perfección en la dentadura. Todos los hombres son guerreros, dedicándose
únicamente a las armas, a la milicia y a la caza de animales y aves,
mientras que las mujeres se cuidan por completo de la hacienda y tienen
siervos comprados que están a sus órdenes. En esta región existe la
costumbre de que, cuando pare la mujer, se levante cuanto antes de la
cama y se haga cargo de la administración de la casa, mientras que su
marido pasa XL días en el lecho y vela por el recién nacido, a la madre
no le resta otra preocupación por el niño que la de darle de mamar;
entre tanto, los amigos y parientes visitan al varón en la cama. Dicen
que obran así porque la mujer ha sufrido largo tiempo y ha tenido harto
trabajo durante el embarazo y el parto, por lo que juzgan conveniente
que se desentienda durante XL días del cuidado del hijo; sin embargo,
ella le lleva a su marido la comida a la cama. En esta comarca no hay
ídolos, sino que cada familia adora a su progenitor ancestral, del que
proceden los demás miembros de la familia. Habitan en lugares muy
salvajes, donde se alzan enormes montañas y selvas muy grandes. A
aquellos montes no se acercan hombres de otras regiones, porque los
forasteros no pueden aproximarse allí por la extrema corrupción del
aire. Carecen de escritura, pero hacen sustratos con dos pedazos
partidos de madera, de los que uno conserva una mitad y el otro la otra;
después, cuando se juntan, coinciden en las muescas.
En
esta provincia y en las otras susodichas, es decir, Caindu y Carayam, no
hay médicos, sino que, cuando alguien enferma, llaman a los magos que
sirven a los ídolos; los pacientes les exponen sus dolencias y entonces
los hechiceros danzan en corro y tocan sus instrumentos y entonan
grandes cánticos en honor de sus dioses. Prosigue todo ello hasta que
uno de los que bailan cae presa de un demonio. Cesando entonces el baile
preguntan al endemoniado, que yace en el suelo, por qué causa está aquél
enfermo y qué hay que hacer para su salvación. El diablo responde por
boca del poseso diciendo que adoleció porque ofendió a tal o a cual
dios. Los magos suplican entonces al dios que, si se apiada, le
ofrecerá un sacrificio * * * de su propia sangre. Si el demonio juzga
por los síntomas de la enfermedad que la curación es imposible, replica:
«Fulano ha cometido tan grave afrenta contra el dios, que ningún
sacrificio puede apaciguarlo». Si, por el contrario, considera que puede
escapar, dice: «Es preciso que ofrezca tantos carneros de testuz negra a
tal dios, y que haga tales rogativas, y que convoque a tantos hechiceros
y hechiceras, para que ofrezcan por sus manos el sacrificio y aplaquen
así al dios». Entonces los parientes del enfermo cumplen todo lo que el
demonio ordenó que se hiciera, inmolan carneros y lanzan al cielo su
sangre. A su vez los magos, juntándose con las brujas, encienden grandes
fuegos e inciensan toda la casa y hacen sahumerios de lináloe y derraman
el caldo de la carne cocida y una parte también de las bebidas hechas
con especias. Y de nuevo danzan en corro y cantan en honor de aquel
ídolo. Después preguntan otra vez al endemoniado si con todo esto ha
quedado satisfecho el dios. Si el diablo ordena que se haga otra cosa,
se acata sin dilación su orden. Cuando los ensalmadores saben que le han
satisfecho, se sientan a la mesa y comen la carne inmolada con gran
regocijo y beben los brebajes consagrados al ídolo en la ceremonia.
Acabada la comida tornan a su casa. Si acontece por la providencia
divina que sane el doliente, atribuyen su curación al diablo al que han
ofrecido los sacrificios. De esta suerte los demonios se mofan de su
ceguera.
Capítulo cuadragésimo segundo
De
un gran combate que hubo entre los tártaros y un rey de Mien
A
causa del susodicho reino de Carayam y del reino de Uncian hubo un gran
combate en la región que acabamos de mencionar. En el año del Señor de
MCCLXII el Gran Kan envió a uno de sus príncipes, llamado Noscardin, que
era un varón prudente y arrojado; con él iban buenos soldados y
fortísimos guerreros. Pero los reyes de Mien y de Bengala, al oír su
llegada, se aterrorizaron, recelando que había venido a invadir sus
tierras, por lo que, juntando sus fuerzas, reunieron alrededor de LX mil
jinetes y peones y unos dos mil elefantes con torretas, en cada una de
las cuales iban XII, XV o XVI hombres. El rey de Mien con este ejército
llegó cerca de la ciudad de Unciam, donde se encontraba la susodicha
hueste de los tártaros, y acampó en la llanura a tres jornadas de Unciam.
Nastardin, al recibir esta nueva, sintió temor porque llevaba una
pequeña mesnada, pero simuló sin embargo no albergar ningún miedo, ya
que tenia consigo a hombres fuertes y esforzados guerreros, y fue a su
encuentro a la llanura de Buciam, y allí plantó su real junto a un gran
bosque donde crecían árboles enormes, porque sabía que los elefantes no
podían entrar de ninguna manera en la foresta. Así, pues, el rey de
Mien vino a atacar su ejército, pero los tártaros le salieron audazmente
al paso. Cuando los caballos de los tártaros vieron los elefantes con
torretas, colocados en primera fila, se espantaron con tal pánico, que
sus jinetes no pudieron lograr que se les aproximaran ni con fuerza ni
con maña. Entonces desmontaron todos, ataron los corceles a los árboles
y tornaron como peones a combatir a los elefantes, y comenzaron a
arrojar flechas sin pausa contra ellos. Los hombres que estaban en la
llanura con los elefantes peleaban contra ellos, pero los tártaros eran
más valientes y aguerridos; por consiguiente, causaron con sus saetas
muy crueles heridas a multitud de elefantes, los cuales, por miedo a las
flechas, emprendieron la huida y todos, en veloz carrera, se internaron
en el bosque próximo, ya que sus conductores no pudieron evitar la
entrada. En el bosque se desperdigaron acá y acullá y las ramas
quebraron todos los castillos de madera, pues la arboleda era grande y
espesa. Percatándose de ello, los tártaros corrieron a los caballos, y
montando en ellos y dispersos los elefantes, cargaron contra el ejército
del rey, en el que había cundido no pequeño temor al ver deshecha el haz
de elefantes. Con todo, el combate fue encarnizado en extremo. Cuando
uno y otro ejército agotó las flechas que tenía, todos echaron mano a
las espadas, con las que lucharon muy denodadamente, cayendo muchos por
ambas partes. Por fin el rey de Mien se dio a la fuga con los suyos; los
tártaros, lanzándose en su persecución, mataron a muchos de los que
huían. Habiendo dado muerte o puesto en fuga a sus adversarios,
regresaron al bosque para capturar los elefantes; pero no hubiesen
podido apresar ninguno, de no haberles prestado ayuda unos cautivos de
los enemigos, con cuyo concurso cogieron cerca de CC. Desde esta batalla
en adelante empezó el Gran Kan a tener elefantes para su ejército, con
los que antes no contaban para la guerra. A continuación conquistó el
Gran Kan las tierras del rey de Mien y las sometió a su señorío.
Capítulo cuadragésimo tercero
De
una región salvaje de la provincia de Mien
Al
salir de la provincia de Carayam se encuentra un desierto inmenso, por
el que se desciende sin parar durante dos jornadas y media. No hay allí
poblado ninguno, sino una vasta y anchurosa llanura a la que tres días
por semana bajan a ferias y mercados muchos habitantes de las grandes
cordilleras de aquella región; llevan oro que truecan por plata y dan
una onza de oro por cinco onzas de plata; así, pues, muchos mercaderes
de aquellas partes acuden con plata. A aquellas montañas asperísimas
donde viven ellos por su seguridad no se acerca ningún extranjero,
porque son parajes muy fragosos, y por eso los forasteros no saben dónde
está su poblado. Después se encuentra la provincia de Mien, que confina
con la India al mediodía, a través de la cual se va durante XV jornadas
por lugares salvajes y boscosos donde abundan los elefantes, unicornios
y otras fieras salvajes sin cuento; y no hay allí ningún poblado.
Capítulo cuadragésimo cuarto
De
la ciudad de Mien y el muy hermoso sepulcro de su rey
Al
cabo de aquellas XV jornadas se halla la ciudad que se llama Mien,
grande y famosa, que es la capital del reino y está sometida al Gran Kan.
Sus
habitantes tienen lengua propia y son idólatras. En esta ciudad hubo un
rey riquísimo que, al morir, mandó que se le hiciera un sepulcro de esta
guisa. En todas las esquinas del monumento ordenó que se levantase una
torre de mármol de diez pasos de altura, cuyo grosor tenía la proporción
que requería la altura, y que en su capitel era redonda. Una de estas
torres estaba recubierta de oro; el grosor del oro medía un dedo de
anchura. Sobre la cúspide de la torre había muchas campanas pequeñas de
oro que, al soplar el viento, tañían. Otra torre estaba cubierta en la
misma manera y forma de plata, también provista de campanillas de plata.
Mandó el soberano que se labrase este sepulcro en honor de su alma y
para que no pereciese su memoria. Un día se reunieron en la corte del
Gran Kan juglares en gran número. El monarca, llamándolos a su
presencia, les dijo: «Id con el general que os daré y con el ejército
que juntaré a vosotros y conquistad la provincia de Mien». Ellos,
ofreciéndose de grado a cumplir la orden del rey, marcharon como les
mandó y venciendo la provincia de Mien la sometieron a su dominio.
Cuando llegaron al sepulcro de mármol no se atrevieron a derrocarlo sin
haber antes requerido el consentimiento del gran rey. Este, al oír que
el soberano lo había construido en honor de su alma, ordenó que de
ningún modo se violase la tumba; en efecto, es costumbre de los tártaros
no saquear lo que pertenece a los difuntos. En esta comarca hay muchos
elefantes y también grandes y hermosos bueyes salvajes, ciervos y gamos
y animales salvajes de otras y diversas especies en grandísimo número.
Capítulo cuadragésimo quinto
De
la provincia de Bangala
Bangala se encuentra al mediodía en la frontera de la India y no la
había sojuzgado todavía el Gran Kan cuando yo, Marco, estuve en su
corte, si bien había enviado sus ejércitos a conquistarla. Tienen rey
por sí y hablan lengua propia. Todos los habitantes de esta región son
idólatras. Se alimentan de carne, arroz y leche. Hay allí grandísima
abundancia de algodón, del que hacen muchos tratos. Abunda también en
espique, galanga, jengibre, azúcar y otras muchas especias aromáticas.
Los bueyes igualan en tamaño a los elefantes. En esta provincia se
venden a mercaderes muchos esclavos, la mayoría de los cuales se
convierten en eunucos, que después son llevados a los barones por
diversas provincias.
Capítulo cuadragésimo sexto
De
la provincia de Canziga
Después se halla Canziga al oriente, que tiene igualmente rey propio. El
pueblo es idólatra. En esta comarca se encuentra oro en grandísima
abundancia y muchas especias, pero se hace de ellas poco trato porque la
región está muy apartada del mar. Hay allí muchos elefantes y muy
abundante caza de alimañas. Los habitantes de la tierra se sustentan de
carne, leche y arroz. Carecen de vides, pero preparan bebidas con arroz,
aromas y especias finas. Hombres y mujeres se punzan con agujas la cara,
cuello, manos, vientre y piernas, y dibujan allí figuras de leones,
dragones y aves de manera muy habilidosa, que se fijan en la piel de
suerte que nunca desaparecen. Quien tiene más pinturas es considerado
más hermoso.
Capítulo cuadragésimo séptimo
De
la provincia de Amu
La
provincia de Amu se encuentra al oriente; está sometida al Gran Kan.
Sus hombres son idólatras. Tienen lengua propia y grandes rebaños de
animales y abundancia de alimentos. Poseen muchos y excelentes caballos,
que los mercaderes llevan a la India. Hay allí muchos búfalos y bueyes y
vacas en gran cantidad. Los hombres y las mujeres llevan en sus brazos
collares o ajorcas de oro y de plata de gran valor.
Capítulo cuadragésimo octavo
De
la provincia de Tholoman
Después de Amu se encuentra a ocho jornadas al oriente la provincia de
Tholoman, que está sometida al dominio del Gran Kan. Los habitantes
tienen su propia lengua y adoran ídolos. Son allí hermosos los hombres y
las mujeres, pero de color moreno. Tiene numerosas ciudades y muchas
aldeas, y grandes y ásperas montañas. Sus habitantes son aguerridos en
las armas y valerosos. Queman los cadáveres de sus muertos y colocan sus
huesos en una caja de madera y los esconden en las cavernas de los
montes, para que no los puedan tocar ni hombres ni alimañas. Hay allí
oro en gran abundancia, y pagan en vez de moneda con porcelana de la
India, de la que se ha dicho más arriba.
Capítulo cuadragésimo nono
De
la provincia de Cinguy
Después de salir de la provincia de Tholoman se encuentra la provincia
de Cinguy al oriente, y se camina a la vera de un río durante XII
jornadas. Hay allí ciudades y muchas aldeas. Después se encuentra la
grande y noble ciudad de Sinulgu. Esta región está sometida al Gran Kan.
Sus habitantes son idólatras. En esta comarca se hacen muy bellos paños
de corteza de árbol, con los que se visten en verano. Son hombres muy
arrojados y aguerridos.
En
esta región hay tan gran número de leones que nadie se atreve a dormir
de noche fuera de casa, porque los leones comen a todos con los que
topan; hasta las naves que van por el río no atracan en la orilla por
miedo a los felinos, sino que lo hacen en la mitad de la corriente, ya
que los leones se introducen de noche en los barcos fondeados en la
ribera y devoran a cuantos encuentran. Aunque los leones de esta región
son muy grandes y feroces, sin embargo, los perros son allí tan
valientes y tan fuertes que se atreven a atacar a los felinos, pero es
menester que vayan dos perros junto con un hombre; en efecto, cuando un
varón arrojado atraviesa a caballo la llanura, suele dar muerte a un
león si lleva consigo un par de mastines. Cuando la fiera se acerca,
inmediatamente los perros con grandes ladridos corren en su alcance, si
el hombre los sigue a caballo. Los perros muerden al león en sus cuartos
traseros o en la cola, El felino se revuelve al punto contra ellos, pero
los perros saben apartarse de él, de modo que no les puede causar daño.
Entonces el león reanuda su camino, y de nuevo los perros lo acosan
ladrando y mordiéndolo. El ladrido de los canes hace temer al león que
acudan otros perros y más hombres, y por ello vaga sin rumbo; y cuando
ve un árbol grueso, apoya sus cuartos traseros en el tronco, para que no
lo muerdan los perros, y les planta cara. El hombre que va a caballo no
cesa de disparar flechas con su arco, de suerte que a menudo sucede que
la fiera recibe graves heridas; en efecto, presta tanta atención a los
perros que el hombre puede asaetearlo a placer. De esta suerte es
posible dar muerte al león. Esta provincia abunda en seda y por el río
susodicho se transportan muy grandes mercaderías.
Capítulo quincuagésimo
De
las ciudades de Cantafu, Cianglu y Cianoli
Después de salir de la provincia de Cinguy se encuentran en cuatro
jornadas bastantes ciudades y muchas aldeas. Tras esas cuatro jornadas
está la ciudad de Cantafu, que pertenece a la provincia de Cathay y se
encuentra al mediodía; abunda en seda y se hacen allí muchos paños de
oro y de seda y lienzos en grandísima abundancia. Desde esta ciudad se
marcha al mediodía durante tres jornadas y se da con la ciudad de
Cianglu, muy grande, que también forma parte de la provincia de Cathay,
donde se hace sal en cantidad infinita; en efecto, la tierra es allí muy
salina, y de ella hacen rimeros sobre los cuales arrojan agua; después
recogen el agua que escurre al pie del montículo y, poniéndola en un
gran caldero, la hacen hervir al fuego largo tiempo; después cuaja en
sal bella y blanca. Más allá de la ciudad de Cianglu se encuentra a
cinco jornadas la ciudad de Cianoli, por medio de la cual pasa un gran
río por el que bajan numerosas naves con muchas mercaderías.
Capítulo quincuagésimo primero
De
la ciudad de Candifu y Singuimatu
Más
allá de la ciudad de Cianglu se encuentra a seis jornadas al mediodía la
gran ciudad de Candifu, que solía tener rey hasta que fue sometida al
Gran Kan. Tiene bajo su dominio XII ciudades, en todas las cuales hay
huertos y abundan los frutos y la seda. Marchando de nuevo al mediodía
está a tres jornadas la noble ciudad de Singuimatu, a la que baña al
mediodía un gran río que han partido los habitantes en dos brazos, uno
de los cuales se dirige al oriente hacia Mangi, otro al occidente hacia
Cathay; por estos ríos pasan naves medianas sin cuento con mercancías
infinitas. Avanzando desde Singuimatu al mediodía se encuentran en XVI
jornadas ciudades y villas, en las que se hace grandísimo trato de
mercaderías. Todos los habitantes de la región son idólatras y la tierra
entera está bajo el poder del Gran Kan.
|