LIBRO DEL MES

El Libro De Marco Polo - Segunda Parte

Marco Polo

 
LIBRO DEL MES   ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 

 

Capítulo quincuagésimo segundo

Del gran río de Caromoran y de las ciudades de Coiganguy y Cianguy

 

Al cabo de las XVI jornadas susodichas se topa con el gran río de Caromoran, que fluye de las tierras del llamado Preste Juan. Tiene de anchura un espacio de una milla; su profundidad es tan grande que pasan por él sin tropiezo naves gruesas con su cargazón. Se pescan allí peces en suma abundancia.  En este río junto al mar Océano están fondeadas a una jornada XV mil naves, que tiene el Gran Kan aprestadas para llevar, si fuere preciso, sus ejércitos a las islas del mar. Son tan grandes que cada una de ellas transporta XV caballos a una región remota con sus jinetes y los mantenimientos necesarios para los jinetes, sus monturas y la tripulación, que en cualquier nave es de XX hombres. Donde atracan las naves se levantan dos ciudades, una de las cuales, la que es grande, está situada a este lado del río; la otra se halla en la orilla de enfrente. Una se llama Coiganguy, la otra Caiguy. Nada más pasar el río susodicho se abre la entrada a la nobilísima provincia de Mangi; su maravillosa magnificencia será descrita en los capítulos siguientes.

 

Capítulo quincuagésimo tercero

De la nobilísima provincia de Mangi, y en primer lugar de la piedad y justicia de su rey

 

En la gran provincia de Mangi hubo un rey llamado Facfur, muy poderoso y rico; y no se encontraba en su tiempo otro príncipe mayor que él salvo el Gran Kan. Su reino era fortísimo y se consideraba inexpugnable, y nadie osaba atacarlo; en consecuencia, el monarca y su pueblo no hacía ejercicio de armas ni de guerra. Todas las ciudades estaban cercadas de profundas cárcavas llenas de agua, que tenían de anchura cuanto podía alcanzar un tiro de arco. Carecían de caballos, porque no sentían miedo de nadie. Por tanto, el monarca no se dedicaba a más que a vivir placenteramente. En su corte tenía cerca de mil pajes y doncellas. Vivía con honra y amaba la paz, la justicia y la misericordia. En todos sus dominios reinaba maravillosa paz, y nadie se atrevía a ofender a su prójimo, porque el soberano guardaba justicia para todos. A menudo las tiendas de los artesanos quedaban abiertas por la noche, y no había quien osara entrar en ellas ni inferirles daño alguno.  Los viandantes iban de noche y de día por todo el reino libremente, sin angustias ni sobresaltos. El rey era piadoso y misericorde con los pobres y cuantos sufrían necesidad y penuria. Todos los años hacía que se recogiesen los niños abandonados por sus madres, obra de XX mil, que mandaba criar de la mejor manera a su costa, pues en aquella región las mujeres pobres dejan a sus propios hijos para que los cojan otros, si no los pueden criar ellas mismas. Los niños que el rey hacía recoger los repartía entre los hombres ricos del reino que carecían de descendencia, para que los adoptasen, y cuando habían crecido, los casaba con doncellas recogidas y proveía a sus necesidades con holgura.

 

Capítulo quincuagésimo cuarto

De cómo Bayan, príncipe del ejército del Gran Kan Cublay, venció la provincia de Mangi y la sometió a su dominio

 

En el año del Señor de MCCLXVIII el Gran Kan Cublay subyugó a su poder la provincia de Mangi de la siguiente manera. Envió allí a uno de sus príncipes, llamado Bayan Chinsan, que quiere decir en nuestra lengua «el que tiene cien ojos», porque es lo mismo Bayan que «cien ojos». A éste le confió un gran ejército de jinetes y peones y multitud de naves, para conquistarla provincia de Mangi. Bayan, al llegar a la región susodicha, conminó antes que nada a los habitantes de la primera ciudad, llamada Coyanguy, a obedecer a su rey. Al rechazar éstos su requerimiento, no realizó ningún ataque, sino que avanzó hasta la segunda ciudad, que igualmente rehusó someterse. Entonces se dirigió a la tercera, después a la cuarta y luego a la quinta, recibiendo de todas ellas una respuesta similar; y no temía dejar atrás las ciudades enemigas y continuar su camino hasta otras, ya que su hueste era numerosa y muy aguerrida, tenía consigo a hombres que eran soldados muy arrojados, y el Gran Kan enviaba en pos suyo otro ejército grande y poderoso. A la sexta ciudad la atacó con gran denuedo y la rindió por la fuerza; prosiguiendo así su avance tomó en breve por asalto XII ciudades.  Entonces se estremecieron los corazones de los hombres de Mangi, y Bayan se acercó a la inmensa ciudad real de Quinsay y desplegó su ejército ante ella. El rey de Mangi, al oír las proezas y la valentía de los tártaros, quedó muy espantado, y embarcando en un bajel con una gran comitiva se trasladó a una isla inexpugnable, llevando consigo unas mil naves, y dejó la guardia de la ciudad de Quinsay a la reina con una gran hueste. La soberana, comportándose en todo con prudencia, atendía cuidadosamente a la defensa de la tierra con sus barones. Pero cuando se enteró de que el príncipe del ejército de los tártaros se llamaba Bayan Sinsay, es decir, «cien ojos», desfalleció del todo su valor, pues había oído decir a sus astrólogos que la ciudad de Quinsay no podría ser tomada por nadie sino por quien tuviera cien ojos; como parecía imposible que alguien tuviera cien ojos, no temía a ningún príncipe. Así, pues, la reina, conocido el significado de su sobrenombre, entregó la ciudad y su reino sin condiciones al tártaro Bayan.  Al oír esta nueva, todas las ciudades acataron las órdenes del Gran Kan salvo la ciudad de Sanfu, que se negó a rendirse durante tres años. La soberana se dirigió a la corte del Gran Kan, que la recibió con máximos honores.  El rey Facfur, que había huido a las islas, no quiso partir de allí en toda su vida y en ellas acabó sus días.

 

Capítulo quincuagésimo quinto

De la ciudad de Coigarguy

 

La primera ciudad con la que topan los que entran en la provincia se llama Coigarguy, que es grande, noble y de muchas riquezas. Hay allí un sinfín de naves, pues se encuentra a la orilla del río Caromora. Se hace allí sal en tan gran cantidad que abastece a XL ciudades; de ella el Gran Kan percibe grandes ganancias, así como de las mercancías de la ciudad y del puerto.

Todos los habitantes de la provincia y de esta ciudad de Mangi son idólatras, y queman los cadáveres de los muertos.

 

Capítulo quincuagésimo sexto

De las ciudades de Panthi y Cain

 

Al término de una jornada al siroco más allá de la ciudad de Coigarguy se encuentra la grande y noble ciudad de Panthi. Allí se hace muchísimo trato de mercaderías y hay abundancia suma de seda y vituallas. En toda aquella región se paga en moneda de la corte del Gran Kan. El camino que conduce de la ciudad de Coigarguy a esta ciudad está todo él empedrado de hermosas losas, y a su derecha e izquierda hay mucha agua. No existe otra vía de entrada o acceso a la provincia de Mangi salvo esta calzada. Al término de otra jornada está la noble ciudad de Cain, donde hay pescado en gran cantidad.  Hay allí también mucha caza de animales y aves. Abundan los faisanes de tal manera, que por el peso de la plata que tiene un veneciano se venden tres faisanes excelentes.

 

Capítulo quincuagésimo séptimo

De las ciudades de Tinguy y Yanguy

 

Después se marcha durante una jornada y por el camino se encuentran caseríos y muy buenas labranzas de la tierra; al final de la jornada está la ciudad de Tinguy, que no es grande, pero tiene suma abundancia de vituallas.

Hay allí también muy muchas naves: asimismo se encuentra cerca del mar Océano, a tres jornadas, y en aquel trecho hay muchas salinas. En ese territorio de salinas hay una gran ciudad que se llama Tinguy. Después de salir de la ciudad de Tinguy al cierzo se camina durante una jornada por una región bellísima; al cabo de la jornada se encuentra la noble ciudad de Yanguy, bajo cuya jurisdicción se encuentran XXVII ciudades de grandes mercaderías. Yo, Marco, por orden del Gran Kan tuve durante tres años en aquella ciudad el cargo de gobernador.

 

Capítulo quincuagésimo octavo

De cómo se tomó con máquinas de guerra la ciudad de Sianfu

 

Al occidente se encuentra en la provincia de Mangi una región que se llama Nainguy, muy opulenta y hermosa. Allí se hacen muchos paños de oro y seda. Hay también abundancia de grano y de toda suerte de vituallas. Allí se encuentra la ciudad de Sianfu, que tiene bajo su jurisdicción XII ciudades.  Esta ciudad se mantuvo tres años en rebeldía, y durante ese término no pudo ser tomada por las tropas de los tártaros cuando conquistaron la provincia de Mangi. El ejército, en efecto, no podía colocarse sino en la parte del aquilón, pues por todos los demás flancos se extendían lagos profundos por los que podían entrar y salir naves en la ciudad, de modo que no podía padecer falta de alimentos. Al oír esta nueva se enojó sobremanera el rey Kan; y aconteció que entonces estaba en su corte micer Nicolás, mi padre, micer Mateo, su hermano, y Yo, Marco, con ellos. Presentándonos, pues, todos a una ante el rey nos ofrecimos a construir máquinas muy buenas con las que tomaría sin remisión la ciudad, ya que no se usaban máquinas en aquellas regiones. Teníamos con nosotros a carpinteros cristianos, que fabricaron tres catapultas excelentes, cada una de las cuales lanzaba piedras de CCC libras; el rey, cargándolas en naves, las envió a su ejército.  Cuando fueron asentadas delante de la ciudad de Sianfu, la primera piedra que arrojó la máquina sobre la plaza cayó sobre una casa y destrozó gran parte de la misma. Los tártaros que estaban en el ejército, al verlo, quedaron estupefactos, y los sitiados fueron presa de gran pánico; temerosos de ver destruida tan gran ciudad por las máquinas y de morir ellos mismos a manos de los tártaros o perecer bajo los derrumbamientos de las casas, rindieron de inmediato pleitesía al Gran Kan.

 

Capítulo quincuagésimo noveno

De la ciudad de Cinguy, no muy grande, y del gran río de Quian

 

Después de salir de la ciudad de Sianfu se encuentra a XV millas al siroco la ciudad de Singuy, no muy grande, aunque cuenta con un sinfín de naves, pues está situada a la orilla del río mayor que existe en el mundo, que se llama Quian, que tiene de anchura unas veces diez millas, otras, ocho, otras seis, y más de cien jornadas de longitud. En este río hay más naves que en todo el mar y en todos los ríos aquende el mar, y bajan por él más mercaderías que por todas las tierras en todos los lugares aquende el mar. Yo, Marco, vi en el puerto de esta ciudad de Cinguy alrededor de cinco mil, que navegaban por el curso del río. Las naves gruesas de aquella región están cubiertas de un sobrado y no tienen sino un mástil para el velamen. La carga de cada una asciende por lo general al número y peso de cuatro mil cántaras; algunas, no obstante, transportan XII mil cántaras, entendiendo cántaras a la manera de las naves de Venecia. Por tanto, la carga de las naves oscila entre las cuatro y las XII mil cántaras, subiendo o bajando de estas cantidades según el calado. No se sirven de maromas de cáñamo salvo para el mástil de la nave y la vela, pero fabrican cuerdas con las grandes cañas de que se ha hecho mención arriba, que tienen XV pasos de longitud, con las que traen a veces la nave a la sirga por el río. En efecto, parten las cañas y, atando unos con otros los cabos cortados, hacen sogas muy largas, pues algunas alcanzan CCC pasos de longitud, y son más fuertes que las maromas de cáñamo.

 

Capítulo sexagésimo

De la ciudad de Tanguy

 

Tanguy es una pequeña ciudad a la orilla del mencionado río al cierzo. Todos los años se recoge allí una inmensa cosecha de grano y de arroz, que después es llevada a la corte del Gran Kan a la ciudad de Cambalú; la trasladan desde ese lugar a Cathay por ríos y lagos. El Gran Kan ha mandado hacer muchos y grandes canales en buen número de parajes, para que las naves puedan pasar de un río a otro y llegar a la provincia de Cathay.

También puede irse por tierra desde Mangi a Cathay. La corte del Gran Kan se abastece de trigo gracias sobre todo al que se almacena en el puerto de esta ciudad de Calguy. Frontera a la ciudad de Calguy hay una isla en medio del río; se alza allí un monasterio de monjes gentílicos que tiene muchos ídolos. Residen en él CC o más monjes idólatras; es cabeza y regla de numerosos conventos que sirven a ídolos.

 

Capítulo sexagésimo primero

De la ciudad de Cigianfu

 

Cigianfu es una ciudad en Mangi donde se hacen muchos trabajos en oro y en seda. Hay allí dos iglesias de cristianos nestorianos, que construyó el nestoriano Masarchis, que obtuvo del Gran Kan el obispado de esa ciudad el año del Señor de MCCLXVIII.

 

Capítulo sexagésimo segundo

De la ciudad de Thinghinguy y de cómo sus moradores fueron matados por haber dado muerte aun ejército de tártaros

 

Saliendo de la ciudad se va durante tres jornadas al siroco y durante el camino se encuentran ciudades y villas de grandes mercaderías y oficios mecánicos. Más allá, a tres jornadas, se halla la ciudad de Thinginguy, muy gran de y famosa. Hay allí gran abundancia de toda suerte de alimentos.

Cuando Bayan, príncipe del ejército del Gran Kan, envió sus huestes a conquistar y sojuzgar las ciudades de Mangi, mandó contra Thinginguy a muchos cristianos que se llaman alanos. Como éstos atacaron con enorme coraje la ciudad, los cercados, vencidos por la valentía de los sitiadores, le sabrieron sin condiciones sus puertas. Así, pues, todo el ejército entró pacíficamente en el recinto, sin hacer daño a nadie desde el punto y hora en que decidieron someterse a los mandatos del Gran Kan. Los susodichos alanos que habían conquistado la plaza encontraron en ella vino excelente en abundancia, del que bebieron en tanta cantidad que todos se embeodaron.  A la noche, apesantados por el vino, cayeron en tan gran modorra que se durmieron todos hasta el último y no hicieron ninguna vela. Los ciudadanos que los habían recibido de paz, al ver esto, los atacaron mientras dormían y los mataron a todos, de manera que no escapó ninguno. Bayan, al recibir la nueva, envió contra ellos un gran ejército y, después de tomar la ciudad por la fuerza, ordenó que todos sus habitantes fueran pasados a cuchillo en castigo de tamaña traición y perfidia. Y se hizo tal como mandó.

 

Capítulo sexagésimo tercero

De la ciudad de Singuy

 

Singuy es una ciudad noble, cuya circunferencia abarca LX millas. La habita una muchedumbre sin cuento. La provincia de Mangi es tan populosa que, si el pueblo de la tierra fuera aguerrido en las armas, hubiese debido conquistar y vencer todo el resto del mundo; pero viven allí muchos mercaderes y artesanos y entre ellos muchos médicos y filósofos. En esta ciudad hay vi mil puentes de piedra de tan gran altura, que bajo todos ellos puede pasar con holgura una galera, y bajo muchos pueden pasar al tiempo dos galeras. En los montes de aquella ciudad crece ruibarbo y también jengibre en tanta cantidad, que por un veneciano de plata se pueden comprar ochenta libras de jengibre fresco y buenísimo. Esta ciudad tiene bajo su jurisdicción XVI ciudades de grandes mercaderías y muchos oficios mecánicos, y se hacen por tanto allí muchos paños de seda. Se llama Singuy, es decir «ciudad de la tierra», y otra gran ciudad se llama Quinsay, es decir, «ciudad del cielo». Recibieron este nombre aquellas ciudades porque son las más famosas en las partes de Oriente.

 

Capítulo sexagésimo cuarto

De la ciudad nobilísima de Quinsay

 

Saliendo de la ciudad de Singuy se marcha durante cinco jornadas y se encuentran en el camino muchas ciudades importantes, donde se hacen muy grandes contrataciones. Después se llega a la nobilísima ciudad de Quinsay, que en nuestra lengua quiere decir «ciudad del cielo», que es la ciudad mayor del mundo y la principal en la provincia de Mangi. Yo, Marco, estuve en ella y observé con atención sus cualidades, que referiré de manera sucinta y breve tal y como las vi. Su perímetro abarca en cerco cien millas más o menos. Tiene XII mil puentes de piedra de tanta altura, que las naves por lo general pueden pasar por debajo de ellos. La ciudad está en una laguna, como Venecia, y si careciese de puentes, no habría paso por tierra de un barrio a otro; por esta razón se requiere que haya tantos millares de puentes. Existen en ella XII principales oficios mecánicos, y cada uno cuenta con XII mil tiendas, en las que trabajan los artesanos correspondientes.  Cada tienda alberga entre aprendices y maestros a x, XV o XX artesanos, y algunas veces llegan a XL. Es tan grande el número de artesanos y mercaderías, que parece cosa increíble a quien no lo haya visto. Los vecinos de la ciudad llevan una vida muy regalada,  y ni ellos ni sus esposas trabajan con sus manos, sino que hacen trabajar a otros criados. En efecto, por una constitución antigua es allí costumbre que cada uno tenga en su propia casa la tienda y el oficio que tuvo su padre; y si es rico, no está obligado al trabajo manual. Las de Quinsay son mujeres muy bellas, criadas por lo general en suma molicie. Al mediodía de la ciudad se extiende un gran lago que ciudad mayor del mundo abarca en cerco XX millas. A las orillas del lago en todo su entorno se levantan numerosos palacios y muchas grandes mansiones de los nobles, de maravillosa factura tanto en su interior como en su fachada. Se encuentran también allí iglesias de ídolos. En el centro del lago hay dos islotes, en cada uno de los cuales se eleva un palacio noble y hermoso en extremo, donde se encuentran los aprestos y la vajilla necesaria para las bodas y los banquetes de gala. Si alguien quiere celebrar un festín en un lugar solemne, se dirige allí, donde puede festejar con boato una comida o una boda. Tiene Quinsay muchas y bellísimas casas. Cuenta asimismo cada barrio con pequeñas torres de piedra construidas para el uso comunal, a fin de que, cuando se produce un incendio fortuito, los convecinos puedan llevar allí sus enseres para que no ardan; en efecto, como muchas casas son de madera, con frecuencia prende el fuego en la ciudad.

Sus habitantes adoran ídolos, comen carne de caballo, perro y cualquier animal y pagan en moneda del Gran Kan. En Quinsay se monta mucha guardia por orden del Gran Kan, tanto para que sus moradores no se atrevan a rebelarse como para que no tengan lugar robos y homicidios; en cada puente de la ciudad vigilan diez centinelas noche y día. En su recinto hay un monte sobre el que se eleva una torre; sobre la torre hay tablas de madera; así, cuando se declara un fuego en la ciudad, si alcanzan a verlo los guardianes de la torre, golpean las tablas con porras de palo, para que se oiga de lejos el son a la redonda y acudan todos a prestar auxilio; lo mismo se hace si por alguna razón estalla en la ciudad una reyerta o un disturbio.  Todas las calles son calzadas de piedra. Hay en Quinsay alrededor de tres mil tinas muy grandes y bellas en las que se bañan con frecuencia los vecinos, que se cuidan muy mucho del aseo corporal. A XXV millas al oriente más allá de Quinsay está el mar Océano, y a la vera del mar la ciudad de Ganfu, donde hay un puerto excelente al que afluyen naves sin cuento desde la India y otras regiones. Desde la ciudad hasta el mar corre un río por el que llegan a ella las naves, río que atraviesa también muchas otras comarcas. Esta provincia la dividió el Gran Kan en nueve reinos, dando rey propio a cada uno según le plugo. Todos estos soberanos son muy poderosos y están sometidos al Gran Kan; es preciso que cada año rindan cuenta a los oficiales del Gran Kan de todos los ingresos y gastos de su reino, así como de su gobierno. Uno de aquellos monarcas reside continuamente en la ciudad de Quinsay, y tiene bajo su señorío cx1 ciudades.

La provincia de Mangi tiene en total MCCC ciudades, y en cada una de ellas está puesta una guarnición del Gran Kan, para que no se atrevan a rebelarse, El número de guardianes es maravilloso e incontable; sin embargo, no son todos tártaros, sino que son de tropas diversas y mercenarios del Gran Kan. En Quinsay y en toda la provincia de Mangi existe la costumbre de que, cuando nace un niño, inmediatamente sus padres hacen anotar el día y la hora de su nacimiento y bajo qué planeta ha nacido, pues en todos sus viajes y sus acciones se guían por el juicio de los astrólogos; por eso precisan saber el día y la hora de su nacimiento. Cuando alguien fallece, sus parientes se visten de jerga de cáñamo y queman con grandes cánticos el cadáver del muerto, así como imágenes de sus servidores y criadas y caballos y dineros, todo lo cual se hace de papel; y creen que el difunto alcanzará en la otra vida tantas cosas como han ardido en imagen. Después tañen con gran regocijo música en sus laúdes, diciendo que los dioses lo reciben con la misma pompa con la que incineran su cuerpo. En Quinsay hay un palacio maravilloso, en el que Facfur, otrora rey de Mangi, tenía su corte; es un gran espacio cercado en cuadro por un muro de gran altura, que abarca en su ámbito x millas. Dentro de esos muros hay vergeles muy hermosos con frutos finos y también fuentes y estanques en los que se crían100 muchos y sabrosísimos peces. En el centro del recinto se alza un palacio hermosísimo y el mayor que existe en el mundo, pues tiene XX salas todas del mismo tamaño, en cada una de las cuales podrían comer al tiempo diez mil hombres, estando colocados todos los comensales con todo desahogo y como manda el protocolo. Hay también salas pintadas y decoradas con trabajo exquisito, así como alrededor de mil aposentos. En Quinsay hay CC «hogares», por usar la expresión italiana vulgar, es decir, tantas familias, que montan CLX romani en un cálculo somero; cada romani comprende x mil hombres. Por tanto, hay tantas familias en total que su número alcanza la suma de un millón y LX mil. En toda la ciudad hay muchos y muy hermosos palacios, pero sólo hay una iglesia de cristianos nestorianos. En Quinsay y en todo su distrito es preciso que cada cabeza de familia escriba sobre la puesta de la casa su nombre, el de su mujer y los de todos los miembros de su casa y su servidumbre, incluso el número de sus caballos. Cuando muere alguien de la familia o cambia de domicilio, es menester que se borre el nombre del difunto o del que se ha ido, y que asimismo se anote el nombre del recién nacido o de quien se ha añadido a la familia. De esta manera se puede saber fácilmente el número de habitantes que tiene la ciudad.  También los mesoneros y los que reciben huéspedes registran en sus cuadernos los nombres de todos los viajeros que se acogen en sus hostales y en qué mes y en qué día han entrado en su posada.

 

Capítulo sexagésimo quinto

De las rentas que recibe el Gran Kan en Quinsay y en la provincia de Mangi

 

Voy a hablar ahora de los ingresos y rentas que percibe el Gran Kan de la ciudad de Quinsay y de toda la provincia de Mangi. Anualmente ingresa el Gran Kan de la sal que se hace en Quinsay y en sus tierras LXXX romanos de oro; cada romano vale ochenta mil sagios de oro, y cada sagio de oro tiene más peso que el florín. De las otras cosas y mercaderías fuera de la sal recibe tributos inmensos e incalculables. En esta provincia hay más azúcar que en las restantes regiones de todo el mundo. Hay también grandísima abundancia de droguería y especia semejantes, y de cada droga recibe el Gran Kan el tres y medio por ciento. Percibe bien grandes ingresos del vinoque se hace de arroz y diversas especias, así como de la carne. De los XII oficios que se realizan en Quinsay y en su distrito obtiene grandes rentas.  De la seda, de la que hay en Mangi inmensa abundancia, recibe el diez por ciento cuando se vende; también se le da el diez por ciento en otros muchos géneros. Yo, Marco, oí contar las rentas que percibe el Gran Kan del reino de Quinsay, que es la novena parte de la provincia de Mangi, y montaban anualmente las rentas, sin incluir la sal, quince millones y seiscientos mil sagios de oro.

 

Capítulo sexagésimo sexto

De la ciudad de Tampiguy y otras muchas ciudades

 

Avanzando más allá de la ciudad de Quinsay al siroco se encuentran sin cesar durante una jornada muchos huertos y excelentes labrantíos. Después de esa jornada se avista la ciudad de Tampiguy, que es grande, noble y muy hermosa. Más allá de la ciudad de Tampiguy se halla a tres jornadas la ciudad de Ungi. Durante dos jornadas al siroco se pasa por ciudades y aldeas que están tan próximas y contiguas, que le parece al viajero atravesar una única ciudad. Hay allí infinita abundancia de todos los alimentos, y asimismo cañas mas gruesas que en todo el resto de la región, pues tienen cuatro palmos de anchura y XV pasos de longitud. A dos jornadas de allí está la ciudad de Ghenghuy, grande y bella. Después se camina durante dos jornadas al siroco y se hallan a cada paso ciudades y aldeas. En esta región hay muchos leones feroces y enormes. Esta comarca, así como las demás de Mangi, carece de carneros, pero tiene bueyes, cabras, machos cabríos y cerdos en suma cantidad. Después de otras cuatro jornadas está la ciudad de Ciangian, muy grande, que está emplazada en un monte que parte un río en dos brazos, que después corren en direcciones opuestas. A continuación se camina durante tres jornadas y se encuentra la ciudad de Cinguy, que es la última en el señorío de Quinsay.

 

Capítulo sexagésimo séptimo

Del reino de Suguy

 

Al salir de la ciudad de Tinguy se entra inmediatamente en el reino de Suguy, y sigue el camino al siroco durante seis jornadas por montes y valles, en el que se encuentran ciudades y castillos; hay allí plenitud de víveres, así como muchísima caza de animales y aves; hay gran número de leones. Crece el jengibre en abundancia infinita, pues por el valor de un grueso veneciano se dan LXXX libras de jengibre. Hay también una flor que se asemeja al azafrán; sin embargo, es de otra especie, pero de igual valor que el azafrán. Los habitantes de esta región comen muy gustosos carne humana, con tal que los hombres no hayan fallecido de muerte natural, y piensan que ésta es la mejor carne. Cuando marchan a la guerra, todos se marcan en la frente una señal con hierro al rojo. Ninguno de ellos va a caballo salvo el jefe del ejército. Se sirven de lanzas y espadas. Son hombres cruelísimos sobremanera. Cuando matan en combate a un enemigo, beben su sangre y comen su carne.

 

Capítulo sexagésimo octavo

De las ciudades de Quelinfu y Unquen

 

En el medio de las seis jornadas susodichas está la ciudad de Quelinfu, muy grande y noble; tiene sobre el río tres puentes de piedra adornados en el pretil con columnas de mármol. Miden los puentes ocho pasos de anchura y una milla de longitud. Hay allí seda, jengibre y galanga en grandísima abundancia. Los hombres y las mujeres son muy hermosos. Hay gallinas que carecen de alas, pero tienen pelo como los gatos y son todas de color negro; ponen huevos excelentes, parecidos a los de nuestras gallinas. Por la multitud de leones es peligroso en extremo pasar por allí. Transcurridas las seis jornadas susodichas está a XV millas la ciudad de Unquen. Hay en ella azúcar en cantidad infinita y se lleva de allí a la ciudad de Cambalú.

 

Capítulo sexagésimo noveno

De la ciudad de Fuguy

 

Avanzando por el camino se encuentra a XV millas la ciudad de Fuguy, que es la capital del reino de Conchay, uno de los nueve reinos de Mangi. En esta ciudad acampa el ejército del Gran Kan para custodia de la región, listo a acudir inmediatamente a la ciudad que se atreva a rebelarse. Por medio de la ciudad pasa un río que tiene una milla de anchura. En ella se construyen muchas naves que navegan por el río. Hay allí jengibre en abundancia extraordinaria. Se hacen también tratos grandísimos de perlas y de piedras preciosas, que se traen de la India, pues está cercana al mar Océano.  Tiene asimismo abundancia de vituallas.

 

Capítulo septuagésimo

De la ciudad de Zaizen y su famosísimo puerto y de la ciudad de Tinguy

 

Después de franquear el río susodicho se va durante cinco jornadas al siroco y se encuentran en el camino buenísimas ciudades y muchas aldeas y caseríos y bosques, en los que se hallan muchos árboles de los que se extrae el alcanfor. Al cabo de esas cinco jornadas se encuentra la ciudad de Zaizen, que es inmensa y tiene un puerto famosísimo al que acuden en cantidad infinita las naves de la India con sus mercancías, pues por una que vaya con pimienta a Alejandría para llevarla de allí a tierra de los cristianos, vienen cien navíos a este puerto. En efecto, es uno de los mayores y mejores del mundo por la cantidad y el volumen de las mercancías que entran en él.  El Gran Kan obtiene enormes rentas de este puerto, pues cada nave le paga de todas sus mercancías el diez por ciento. La nave recibe de los mercaderes el XXX por ciento por el flete de las mercancías finas; por el de las demás mercancías bastas, lináloe y sándalo recibe el XL por ciento, de suerte que los mercaderes pagan en total, contando el tributo real y el flete, la mitad de todas las mercancías que llevan al puerto susodicho. En la ciudad hay gran abundancia de víveres. En esta región está la ciudad de Tinguy, donde se hacen bellísimas escudillas de una tierra que se llama porcelana, en una comarca que es una de las nueve regiones de Mangi; tienen éstos lengua propia. De este reino obtiene el Gran Kan tan grandes o mayores rentas que del reino de Quinsay. Dejo de escribir de los otros reinos de Mangi por mor de brevedad; en caso de describir cada uno, sería excesiva la prolijidad de este libro. Es preciso que pase a la India, donde yo, Marco, residí largo tiempo, y de la que hay que contar grandes e innumerables cosas.

 





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