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Libro tercero
Capítulo primero
El
primer capítulo contiene la descripción de las naves
La
parte tercera de nuestro libro contiene la descripción de la India; pero
comencemos al principio por sus naves. Las naves con las que se surca el
mar de la India son del siguiente porte: por lo general, son de pino, y
tienen un sobrado, que entre nosotros se llama «cubierta», sobre el que
se asientan camarotes o celdas en número de XL, cada una de las cuales
aloja cómodamente a un mercader; tiene también la nave un amplustre o
gobernalle único, que en lengua vulgar se llama «timón»; asimismo está
provista de cuatro mástiles y cuatro velas, pero dos de los mástiles
susodichos están dispuestos de manera que se puedan poner y quitar sin
dificultad. Por otra parte, las tablas están clavadas y fijas dos a dos,
y así, al ajustarse una tabla sobre otra, se dobla el forro del barco en
todos sus costados. La nave se sujeta con clavos de hierro; también las
tablas de la nave están clavadas por dentro y por fuera según la común
usanza de nuestros marineros. Sin embargo, no están calafateadas con pez
porque en aquellas regiones carecen de ella; en cambio pican y
desmenuzan el cáñamo y lo mezclan con aceite de los árboles y con cal, y
con este engrudo brean los navíos; es esta untura muy tenaz y excelente
para este uso. Cualquier nao gruesa precisa de doscientos marineros poco
más o menos, pero transporta por lo general seis mil sacos de pimienta.
Tiene grandes remos y muchas veces va a boga; cualquiera de los remos
necesita a su vez cuatro marineros. Tiene además la nave dos barcas
grandes; unas son mayores que otras, pero cualquiera de ellas transporta
mil sacos de pimienta y para su manejo y gobernación se requieren XL
marineros, con lo que a menudo va la nave a remolque de las barcas, que
avanzan a vela o a remo según la ocasión. Asimismo cuenta la nao con
diez barcas pequeñas que llamamos bateles para la pesca, el anclaje y
otros muchos menesteres náuticos. Todas estas barcas van atadas a los
costados de la nave y se echan al agua cuando es preciso. A su vez, las
barcas tienen igualmente bateles. Cuando la nao gruesa realiza un largo
viaje por mar o navega durante un año completo necesita reparación, y
sobre cada tabla de la nave primitiva se pone una tercera tabla por
doquier, y se brea como se hizo al principio. Y esta operación se repite
también otras veces hasta que, al final, cubren la nave seis hiladas de
tablas.
Capítulo segundo
De
la isla de Ciampagu
Pasemos ahora a describir las regiones de la India; empezaremos por la
isla de Ciampagu, que es una isla al oriente en alta mar, que dista de
la costa de Mangi mil cuatrocientas millas. Es grande en extremo y sus
habitantes, blancos y de linda figura, son idólatras y tienen rey, pero
no son tributarios de nadie más. Allí hay oro en grandísima abundancia,
pero el monarca no permite fácilmente que se saque fuera de la isla, por
lo que pocos mercaderes van allí y rara vez arriban a sus puertos naves
de otras regiones. El rey de la isla tiene un gran palacio techado de
oro muy fino, como entre nosotros se recubren de plomo las iglesias. Las
ventanas de ese palacio están todas guarnecidas de oro, y el pavimento
de las salas y de muchos aposentos está cubierto de planchas de oro, las
cuales tienen dos dedos de grosor. Allí hay perlas en extrema
abundancia, redondas y gruesas y de color rojo, que en precio y valor
sobrepujan al aljófar blanco. También hay muchas piedras preciosas, por
lo que la isla de Ciampagu es rica a maravilla.
Capítulo tercero
De
cómo el Gran Kan envió su ejército a conquistar la isla de Ciampagu
El
Gran Kan Cublay, prestando oídos a los mercaderes que le narraban las
riquezas de Clampagu, envió allí a dos de sus barones con un imponente
ejército para someter la isla a su dominio. Uno de ellos se llamaba
Anatar, el otro Santhim. Zarpando del puerto de Quinsay con muchas naves
y gran copia de jinetes y peones arribaron allí, y descendiendo en
tierra infirieron grandes daos a las villas y aldeas que se encontraban
en la llanura. Sin embargo, surgió entre ellos desavenencia, porque el
uno se negaba a plegarse a la voluntad del otro. Por esta razón no los
acompañó el éxito como esperaban, pues no conquistaron ninguna ciudad a
excepción de una sola aldea en una refriega pequeña. Como los que se
encontraban en la aldea no quisieron rendirse, fueron todos descabezados
por orden de los barones, salvo ocho hombres que había entre ellos, cada
uno de los cuales tenía cosido en el brazo, entre la carne y la piel,
una piedra preciosa en la que nadie hubiese podido reparar; esta piedra
está embrujada con diabólicos ensalmos a este efecto, a saber, que nadie
que la lleve sobre sí pueda recibir herida o muerte por el hierro. Así,
pues, cuando eran golpeados con la espada no podían sufrir ningún daño.
Al conocerse la causa, ordenaron que se les diese muerte con un garrote
de madera. Y así murieron de inmediato y los barones cogieron las
piedras susodichas.
Capítulo cuarto
De
cómo naufragaron las naves del ejército de los tártaros y cómo muchos
del ejército escaparon
Acaeció un día que se levantó en el mar una borrasca y las naves de los
tártaros fueron batidas por la fuerza del viento sobre la costa. Al
aconsejarlos marinos que se alejasen los navíos de tierra, se embarcó
todo el ejército. Sin embargo, como la tempestad arreció, naufragaron
muchas naos, y los que iban en ellas llegaron a otra isla situada a unas
cuatro millas de Ciampagua siéndose a tablas de madera o nadando; a su
vez, el grueso del ejército, que pudo escapar en las naves, retornó a su
patria. Los que arribaron a la isla eran al pie de treinta mil; pero
como habían perdido las naves y multitud de compañeros y estaban cerca
de la isla de Ciampagu, se juzgaban próximos a la muerte por estar
desprovistos de ayuda humana; en la isla a la que habían llegado no
había poblado alguno.
Capítulo quinto
De
cómo los tártaros regresaron astutamente y tomaron la ciudad principal
Al
amainar la tempestad del mar, los hombres de la gran isla de Ciampagu
marcharon contra ellos con muchas naves y un gran ejército con intención
de matarlos, ya que los veían privados de armas y de ayuda. Cuando
abandonando las naves descendieron en tierra, los tártaros, entonces,
los alejaron hábilmente del litoral y desviándose por otro camino
volvieron de repente a la costa y se embarcaron todos en las naos,
dejando al adversario en tierra sin barcos. Así fueron a la isla de
Ciampagu y, tomando las banderas enemigas que encontraron en las naves,
se dirigieron a la ciudad que era más principal en la isla. Los que
habían quedado en ella, cuando vieron las enseñas de su pueblo, salieron
a su encuentro pensando que los suyos tornaban victoriosos. Ellos
entraron inmediatamente en la plaza y, reteniendo a las mujeres,
expulsaron a los demás que habían quedado en la ciudad.
Capítulo sexto
De
cómo los tártaros fueron cercados y devolvieron la ciudad que habían
tomado
Al oír
esta nueva el rey de Ciampagu, aprestando naves de otros lugares de la
isla, navegó hacia Ciampagu con su ejército, y sitió la ciudad que
habían conquistado los tártaros; y con tan gran diligencia hizo guardar
todas sus entradas y salidas, que nadie podía entrar en ella desde el
exterior ni salir del interior fuera del recinto. Así fueron asediados y
cercados durante siete meses por un gran ejército, de suerte que no
pudieron dar aviso al Gran Kan por algún mensajero viendo, en
consecuencia, que no podían obtener ayuda de los suyos, entregaron sin
condiciones la ciudad a aquel rey de Ciampagu a trueque de sus vidas, y
después regresaron a su patria. Esto ocurrió en el año del Señor
milésimo ducentésimo sexagésimo nono.
Capítulo séptimo
De
la idolatría y la crueldad de sus hombres
En
esta isla de Ciampagu y en aquellas regiones hay muchos ídolos que
tienen unos, cabeza de buey, otros de cerdo y otros de carnero, perro u
otros diversos animales. También hay algunos ídolos que tienen cuatro
caras en una sola cabeza; asimismo hay otros que tienen tres cabezas,
una sobre el cuello y otras dos a cada lado de los hombros; algunos, en
fin, tienen cuatro manos, otros diez, otros cien: el ídolo que más manos
tiene se considera que posee más poder. Cuando se les pregunta a los
habitantes de Ciampagu la razón de todo ello, por lo general no saben
dar otra respuesta sino que así lo creyeron sus mayores y tal fe han
recibido de ellos, y que quieren practicar y creer lo que siguieron sus
antepasados. Cuando los habitantes de la isla de Ciampagu apresan a un
extranjero, si el cautivo puede lograr su redención por dineros, lo
dejan ir a cambio de un rescate; mas si carece de bienes para alcanzar
su libertad, lo matan y se lo comen cocido e invitan a semejante
banquete a sus parientes y amigos, ya que comen con gran gula aquella
carne, afirmando que la carne humana es mejor que ninguna otra.
Capítulo octavo
De
la multitud de las islas de aquella región y sus frutos
El mar
donde está la isla de Ciampagu es Océano y se llama mar de Cim, es
decir, «mar de Mangi», ya que la provincia de Mangi está en su costa. En
el mar donde está Ciampagu hay otras muchísimas islas, que contadas con
cuidado por los marineros y pilotos de aquella región se ha hallado que
son siete mil CCCLXXVIII, la mayor parte de las cuales está poblada por
hombres. En todas las islas susodichas los árboles son de especias,
pues allí no crece ningún arbusto que no sea muy aromático y provechoso.
Allí hay especias infinitas; hay pimienta blanquísima como la nieve;
también hay suma abundancia de la negra. Con todo, los mercaderes de
otras partes rara vez aportan por allí, pues pasan un año completo en el
mar, ya que van en invierno y vuelven en verano. Sólo dos vientos reinan
en aquel mar, uno en invierno y otro en verano. También está esta región
muy distante de las costas de la India. Sobre esta comarca, como no
estuve allí, concluyo mi narración. Volvamos, pues, al puerto de Zaizen,
para seguir con las demás tierras.
Capítulo noveno
De
la provincia de Ziamba
Después de partir del puerto de Zaizen y navegando al garbino mil
quinientas millas se llega a la provincia de Ziamba, que es grande en
extremo y de muchas riquezas. Esta región tiene su propia lengua y su
propio rey y sigue la idolatría. En el año del Señor de MCCLXVIII el
Gran Kan Cublay envió a uno de sus príncipes, llamado Sagata, con un
gran ejército, para someter a su dominio aquella comarca; pero encontró
ciudades tan fuertes y castillos tan guarnecidos que no pudo tomar ni
ciudades ni castillos. No obstante, como talaba las mieses de la tierra,
el rey de Ziamba prometió pagar un tributo anual al Gran Kan si se
avenía a dejarlo en paz. Alcanzado un acuerdo, se retiró el ejército, y
aquel monarca envía todos los años XX elefantes muy hermosos al Gran
Kan. Yo, Marco, estuve en esta provincia, en la que encontré a un rey
anciano con un sinfín de mujeres, de las que tenía CCCXXXVI hijos
varones y hembras; de ellos l ya podían llevar armas. En esta región hay
muchos elefantes y lináloe en grandísima abundancia; hay también bosques
de madera de ébano.
Capítulo décimo
De
la isla de Jana la Grande
Dejando atrás la provincia de Ziamba se navega entre el mediodía y el
siroco d millas y se llega a Jana la Grande, que tiene de circunferencia
tres mil millas. En esta isla hay un rey que no es tributarlo de nadie.
Allí hay extraordinaria abundancia de pimienta, nuez moscada, espique,
galanga, cubeba, clavo y otras especias. Acuden a ella muchos
mercaderes, ya que obtienen grandes ganancias. Todos los habitantes de
la isla son idólatras. El Gran Kan no ha podido todavía sojuzgarla.
Capítulo undécimo
Sobre la provincia de Laach
Dejando atrás la isla de Jana se navega entre el mediodía y el garbino
siete millas y se arriba a dos islas, que se llaman Sandur y Candur. DC
millas más allá se encuentra la provincia de Laach, que es grande y rica
a maravilla. Tiene rey propio y lengua propia, sin pagar tributo a
nadie salvo a su soberano, ya que es muy áspera y no puede ser invadida
por nadie. Los habitantes de la región son idólatras. En esta comarca
crecen brasiles domésticos y grandes como limones, que son muy buenos.
También hay muchos elefantes. Asimismo hay porcelana que se utiliza como
moneda, de la cual se ha dicho arriba. A esta provincia acuden pocos de
otras partes, porque la región dista de ser pacífica.
Capítulo duodécimo
De
la isla de Pentain
Después de partir de Laach se navega quinientas millas al mediodía, y se
encuentra la isla de Pentain, que es también una región muy salvaje; hay
allí bosques de árboles de gran aroma y mucho provecho. Entre la
provincia de Laach y Pentain en un compás de XL millas no se encuentra
más profundidad en el mar que cuatro pasos, por lo que es preciso que
los navegantes alcen el gobernalle o timón. Después se llega al reino de
Malciur, donde hay muchas especias en grandísima abundancia. Hay allí
también lengua propia.
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