LIBRO DEL MES

El Libro De Marco Polo - Tercera Parte

Marco Polo

 
LIBRO DEL MES   ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 

 

Capítulo décimo tercero

De la isla que se llama Jana la Chica

 

A cien millas al siroco más allá de Pentain se encuentra la isla que se llama Jana la Chica, que tiene de boj dos mil millas. Hay allí ocho reinos, cada uno con su rey, y también tienen lengua propia. Todos los habitantes de esta isla son idólatras. Asimismo hay abundancia de toda suerte de especias, de las que nunca se ha visto su par aquende el mar. Esta región está situada tan al mediodía, que no se puede divisar desde ella la estrella polar, es decir, la que se llama en romance «tramontana». Yo, Marco, estuve en seis reinos de esta isla, a saber, en el reino de Ferlech, Bosman, Samara, Dragoyam, Lambri y Farfut, pero no estuve en los otros dos. Por tanto, hablaré en primer lugar del reino de Ferlech.

 

Capítulo décimo cuarto

Del reino de Ferlech

 

A causa de los mercaderes sarracenos, de los que acude gran muchedumbre al reino de Ferlech, los habitantes de aquel reino que pueblan la región costera han recibido la ley del miserable Mahoma; en cambio, los que moran en las montanas no tienen ley, sino que viven como bestias y consideran como dios y adoran la primera cosa con la que tropiezan al levantarse por la mañana. Comen la carne de todos los animales, puros e impuros, y también la carne humana.

 

Capítulo décimo quinto

Del reino de Bosman

 

El reino de Bosman tiene lengua propia. Los hombres son muy bestiales; dicen que están sometidos al Gran Kan, pero no le rinden tributo. Sin embargo, alguna vez le envían joyas de animales salvajes. Hay allí unicornios muy grandes, que son poco menores que elefantes. El unicornio tiene pelo de búfalo, pata parecida a la del elefante y cabeza como el jabalí, que siempre lleva inclinada hacia el suelo; hace su cubil con preferencia en lodazales y es animal muy sucio. En medio de su frente sobresale un único cuerno, muy grueso y negro; tiene la lengua espinosa, erizada de grandes y gruesas púas, con las que causa muchas heridas a hombres y animales. En este reino hay muchos monos de diversas clases: unos son pequeños y tienen la cara parecida a la humana e incluso en el resto de sus miembros se conforman mucho con el hombre. Los cazadores los atrapan y les quitan los pelos, dejando sólo los del mentón y los de otras partes a semejanza humana.  Después, los depositan una vez muertos en una pequeña caja y los conservan en especias para que no se pudran; a continuación los secan y los venden a los mercaderes, que los llevan por diversas partes del mundo y hacen creer a muchos que hay hombres así de pequeños. También se hallan en este reino muchos azores negros como cuervos, que cazan las aves a maravilla.

 

Capítulo décimo sexto

Del reino de Samara

 

Después del reino de Bosman se encuentra en la misma isla el reino de Samara. En ese reino yo, Marco, residí dos meses con mis compañeros, porque no alcanzamos a tener tiempo favorable para la navegación. Así, pues, descendimos en tierra y allí construimos una fortaleza de madera con empalizada, en la que pasábamos la mayor parte del tiempo por temor al pueblo bestial de aquella región, que come con sumo gusto carne humana.  En este reino no aparece la estrella polar que se llama en romance «tramontana », ni tampoco se ven las estrellas de la Osa Mayor que el vulgo llama «El Carro». Los habitantes de aquel reino son idólatras y muy bestiales en sus costumbres y muy salvajes. Hay allí peces muy sabrosos en grandísima cantidad. No crece el trigo, sino que hacen el pan de arroz. No tienen viñas, pero hacen vino de la siguiente manera: hay allí muchos árboles pequeños que se asemejan a las palmas, cada uno de los cuales tiene cuatro ramas por lo general; en una determinada época del año hacen una incisión en las ramas y atan a cada corte una orza, en la que recogen el jugo que resuma el árbol como se destila el aguardiente. Ese líquido fluye con tan gran abundancia, que entre el día y la noche se llena la orza sujeta a la rama. Una vez vaciadas, vuelven a poner las orzas en las ramas, y así se prolonga esta vendimia muchos días. Después riegan con agua el pie del árbol, cuando ya ha dejado de gotear, y a poco vuelve a manar de nuevo el jugo, aunque no es de tanto valor como el primero. De este líquido hacen uso como vino y cosechan gran cantidad; es de sabor muy agradable y tiene color blanco y tinto, igual que el vino. En esta región hay en gran abundancia nueces de la India, que son grandes y buenísimas. Los habitantes de esta región se sirven como comida de todas las carnes sin distinción.

 

Capítulo décimo séptimo

Del reino de Dragoyam

 

El reino de Dragoyam, en el que se adoran ídolos, tiene rey propio y también lengua propia. Sus hombres son muy salvajes. Existe en él la costumbre siguiente: cuando alguien enferma de gravedad, sus parientes llevan ante él a magos y encantadores y les preguntan si podrá sanar; aquéllos responden sobre su salvación o su muerte según la contestación que reciban de los demonios. Si dicen que el paciente no puede convalecer, llaman a los que mejor y con más presteza saben matar a los enfermos, y tapan su boca de suerte que pierda la respiración. Una vez muerto, trocean su carne y la cuecen Y, reuniéndose todos sus parientes, la comen con toda su medula.  Dicen, en efecto, que si su carne se pudriese y se convirtiese en gusanos, ellos morirían de hambre y el alma del difunto sufriría por esta razón un gravísimo castigo. A los huesos los sepultan en las cavernas de los montes, para que no los puedan tocar ni los hombres ni las bestias. Cuando los habitantes de aquella región capturan a algún extranjero, si no pueden pagar rescate, lo matan y se lo comen.

 

Capítulo décimo octavo

Del reino de Lambri

 

Otro reino de la isla susodicha se llama Lambri, en el que hay muchas especias a maravilla. Allí crecen brasiles en grandísima abundancia. Cuando han crecido, los transplantan y por tres años los dejan en tierra, y después los arrancan con las raíces. Estos brasiles, yo, Marco, los llevé conmigo a Venecia y los hice plantar, pero no lograron brotar porque requieren una tierra muy caliente. Los habitantes de este reino son idólatras. En esta región hay una cosa muy de maravillar: existen muchos hombres que tienen cola como los perros, de un palmo de longitud; estos hombres con rabo no habitan en las ciudades, sino en los montes. Hay también muchos unicornios y otros muchos animales a maravilla.

 

Capítulo décimo noveno

Del reino de Farfur

 

El sexto reino de aquella isla se llama Farfur, donde nace el mejor alcanfor que se pueda encontrar en parte alguna; se trueca con oro al peso. Hacen pan de arroz y carecen de trigo. Abundan en leche de la que se alimentan por lo general. Tienen vino de los árboles, sobre el que se habló en el reino de Samara. En esta región crecen muchos árboles de gran grosor, que tienen corteza muy, fina; debajo de la corteza hay una harina buenísima en extremo, con la que preparan delicados manjares de los que yo, Marco, comí muchas veces. En los otros dos reinos de la isla no estuve, así que nada diré sobre ellos.

 

Capítulo vigésimo

De la isla de Recuran

 

Partiendo de la isla de Jana por la parte del reino de Lambri, se avanza por mar ciento cincuenta millas y se da con dos islas, Necuran y Angaman. El pueblo de la isla de Necuran no tiene rey. Viven muy bestialmente. Sus habitantes, hombres y mujeres, van desnudos y no se cubren ninguna parte del cuerpo y son idólatras. Hay allí bosques de árboles de sándalo rojo, de nueces de la India y de clavo, y tienen abundancia de brasiles y de diversas clases de especias.

 

Capítulo vigésimo primero

De la isla de Angaman

 

La otra isla se llama Angaman, y es grande. Su pueblo adora ídolos y vive muy bestialmente. Los hombres son salvajes y cruelísimos. Se alimentan de arroz, leche y carne. No hacen ascos a carne alguna, pues comen carne humana.  Sus hombres son muy monstruosos, pues hay unos que tienen cabeza de perro y ojos parecidos a los caninos. Allí se encuentra abundancia de todas las especias. Hay también diversos y variados frutos cerca de las partes marítimas, muy disparejos de los nuestros.

 

Capítulo vigésimo segundo

De la gran isla de Ceilán

 

Partiendo de la de Angaman se encuentra, a mil millas al garbino, la isla de Seilán, que es una de las mejores y mayores islas del mundo, y tiene dos mil cuarenta millas de perímetro. Sin embargo, fue mayor otrora, ya que, como es común fama en aquellas partes, su boj comprendía en tiempos tres mil seiscientas millas. Pero el viento que sopla reciamente desde la tramontana batió la isla a lo largo de muchos años con enorme ímpetu y tanta fuerza que, al derrumbarse buen número de los acantilados costeros, se sumió mucho territorio y el mar comió la mayor parte de la tierra. Esta isla tiene un rey riquísimo, que no es tributario de nadie. Sus habitantes son idólatras y todos van desnudos, hombres y mujeres, aunque cada cual tapa sus vergüenzas con un pañezuelo. No tienen grano alguno salvo arroz. Se alimentan de carne, arroz y leche. Tienen abundancia de semillas de ajonjolí, de las que hacen aceite. Tienen los brasiles mejores del mundo, que crecen allí. También tienen vino de los árboles de los que se dijo arriba en el reino de Samara. En esta isla se encuentran las piedras preciosas que se llaman rubíes, que no se hallan en otras partes. Hay asimismo muchos zafiros, topacios, amatistas y muchas otras piedras preciosas. Su rey posee el más bello rubí que jamás se haya visto en el mundo, pues es de un palmo de longitud y de anchura como el brazo de un hombre; es resplandeciente en extremo y carece de toda impureza, de suerte que semeja fuego ardiente.  El Gran Kan Cublay le envió mensajeros pidiéndole que le entregase la piedra susodicha, por la que él estaba dispuesto a darle el precio de una ciudad; él respondió que la piedra era de sus antepasados y que no la daría jamás a ningún hombre. Los habitantes de esta isla no son esforzados, sino muy medrosos. Cuando tienen guerra con alguien, llaman de otras partes a soldados mercenarios y sobre todo a sarracenos.

 

Capítulo vigésimo tercero

Del reino de Maabar

 

Más allá de la isla de Seilán se encuentra a XL millas Maabar, que se llama India la Grande. No es isla, sino tierra firme. En esta región hay cinco reyes. Es una comarca nobilísima y rica a maravilla. En la primera parte de esta provincia hay un monarca de nombre Seudeba, en cuyo reino hay perlas en abundancia extraordinaria; en efecto, en el mar de esta región se forma un brazo de mar o ensenada entre tierra firme y una isla, en el que la profundidad del agua no sobrepasa los diez o doce pasos y algunas veces los dos; allí se encuentran las perlas susodichas. Varios mercaderes hacen compañía entre sí y tienen naves grandes y pequeñas y contratan a hombres, que se sumergen en el fondo del agua y cogen los ostiones en los que están las perlas. Cuando estos pescadores no pueden aguantar más, suben a la superficie y otra vez descienden debajo del agua y así continúan todo el día. En aquel golfo hay peces tan grandes que podrían matar a los que bucean en el mar; pero los mercaderes se han precavido de este peligro de la siguiente manera: contratan los negociantes a unos magos llamados abrayanna, que con sus ensalmos y arte diabólica hechizan y aturden aquellos peces de suerte que no pueden dañar a nadie. Como esta pesca se realiza de día y no de noche, aquellos magos pronuncian los conjuros de día y por la tarde los deshacen para la noche; temen, en efecto, que alguien a hurtadillas sin permiso de los mercaderes se zambulla en el mar y coja las perlas. Los ladrones, a su vez, no se atreven a meterse en el agua por miedo, y no se encuentra a nadie más que sepa hacer sortilegios semejantes, salvo aquellos abrayanna que están tomados a sueldo por los negociantes.

Esta pesca tiene lugar a lo largo de todo el mes de abril hasta mediados de mayo; para entonces se ha recogido una inmensa cantidad de perlas, que después los mercaderes distribuyen por el mundo. Los negociantes que hacen esta pesca y la arriendan del rey le dan sólo la décima parte de todas las perlas; a los encantadores que embrujan los peces les dan la vigésima parte del total; también se provee de manera muy satisfactoria para los pescadores. Desde la mitad de mayo en adelante no se encuentran más allí, pero en otro lugar que dista de éste CCC millas hay perlas en el mar durante todo el mes de setiembre hasta mediados de octubre. El pueblo de esta provincia va desnudo en cualquier estación; sólo un pañezuelo cubre sus vergüenzas; incluso el rey de este reino anda en cueros como los demás, pero lleva al cuello un collar de oro engastado por doquier en zafiros, esmeraldas, rubíes y otras piedras preciosísimas, collar que es de valor sin ponderación. Igualmente cuelga de su pescuezo un hilo de seda en el cual hay ciento cuatro piedras preciosas, a saber, perlas muy gruesas y rubíes; es preciso, en efecto, que todos los días pronuncie en honor de sus dioses ciento cuatro oraciones por la mañana y otras tantas igualmente por la tarde. Trae también el soberano en cada brazo y en cada pie tres ajorcas que están todas ellas cubiertas de gemas; en los dedos de las manos y de los pies lleva el rey piedras preciosas. Esta pedrería que el soberano luce continuamente sobre sí vale una ciudad espléndida, pues de las perlas que allí se cogen el monarca elige para sí las mejores y más gruesas. Tiene además el susodicho rey d mujeres, y a uno de sus hermanos le quitó su esposa y aquél, por temor a su ira, disimuló la afrenta.

 

Capítulo vigésimo cuarto

Del reino de Far y sus costumbres y de la idolatría de sus habitantes

 

Los habitantes del reino de Far son todos idólatras y muchos de ellos adoran el buey, diciendo que el buey es algo santísimo; y no lo matan ni comen su carne por devoción. Cuando se mueren los bueyes, recogen su manteca y con ella untan sus casas. Entre estos idólatras hay unos de otra secta que se llaman gony, que no matan bueyes; pero si perecen de muerte natural o son matados por otros, entonces comen muy a gusto su carne. Dicen en aquella región que éstos son de la casta de los que mataron a Santo Tomás apóstol, y ninguno de ellos puede entrar en la iglesia donde yace su cuerpo, pues ni diez hombres podrían meter a uno de ellos en aquel santuario.

En esta provincia hay muchos magos que entienden de agüeros, ensalmos y adivinaciones. En la comarca existen numerosos monasterios, en los que hay cantidad de ídolos. Muchos hombres ofrecen a sus hijas a los dioses por los que sienten mayor devoción, aunque las doncellas habitan encasa de sus padres. Cuando los monjes quieren celebrar una fiesta solemne, convocan a las muchachas consagradas a los dioses; ellas acuden y ante los ídolos hacen bailes y grandes cánticos. A menudo las susodichas jóvenes llevan consigo manjares y ponen una mesa delante del ídolo y la dejan allí el tiempo que podría tardar en comer con sosiego un gran príncipe; mientras tanto, cantan y danzan en su presencia y creen que entonces el dios degusta el jugo de la carne; después, comen en la mesa preparada con gran devoción. Terminada la ceremonia vuelven todas a sus hogares. Guardan este ritual las doncellas consagradas a los ídolos hasta que se casan. Cuando muere un rey en esta región, ha de ser quemado según la costumbre su cadáver, y los soldados que le servían de continuo y los que cabalgaban con él se lanzan todos en vida a la pira y arden con el cuerpo del monarca, pensando que por ello en el más allá serán sus compañeros y que nunca jamás podrán separarse de su lado. También cuando fallecen otros hombres, muchas mujeres se arrojan de grado a la hoguera para arder con ellos al tiempo que se incineran sus cadáveres, a fin de ser en la otra vida sus esposas; las que obran así reciben grandes alabanzas del pueblo. En esta región existe la siguiente costumbre: cuando, por exigencia de la justicia, debe ejecutarse a alguien por sentencia del rey, le pide el reo como gracia que le deje darse muerte en honor de algún ídolo; obtenida la venia se reúnen ante él todos sus parientes y le ponen al cuello diez o doce puñales puntiagudos, y sentado en una silla lo pasean por toda la ciudad pregonando a gritos:

«Este hombre, Fulano, quiere darse muerte a sí mismo en honor de aquel ídolo». Cuando se llega al lugar donde se hace pública justicia, aquél, cogiendo una daga, exclama a voz en cuello: «Yo me mato a mí mismo por amor a tal dios». Dicho esto, se hiere gravemente; y tomando otra gumía se asesta otra cruel puñalada; y así multiplica sus golpes cambiando en cada uno de cuchillo, hasta que muere de resultas de las heridas. Sus parientes queman su cuerpo con gran alborozo. Los hombres de esta comarca no consideran pecado ningún tipo de lujuria.

 

Capítulo vigésimo quinto

De diversas costumbres de esta región

 

El rey de esta región y todos los demás, mayores y pequeños, se sientan en el suelo. Y si algún extranjero les pregunta por qué se sientan de esa manera, le responden así: «De la tierra hemos nacido para volver a ella, y por tanto queremos honrar la tierra: nadie la debe despreciar». Con las armas valen poco o nada. Cuando es fuerza marchar a la guerra, no se sirven de armas o corazas, sino que llevan consigo sólo escudos y lanzas. No matan ningún animal. Si alguna vez quieren comer carne, hacen que una persona de otra región mate los animales. Todos los hombres y mujeres lavan su cuerpo dos veces al día. Quien deja de cumplir esta norma es considerado entre ellos como hereje. En este reino se hace mucha justicia de homicidios y hurtos. No se atreven a beber vino, y quien fuere sorprendido bebiendo vino, sería tenido por loco y en un juicio cualquiera sería rechazado como testigo. Tampoco admiten el dicho de los que se confían al mar en navíos, pues afirman que los tales son hombres desesperados.

 





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