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Capítulo décimo tercero
De
la isla que se llama Jana la Chica
A cien
millas al siroco más allá de Pentain se encuentra la isla que se llama
Jana la Chica, que tiene de boj dos mil millas. Hay allí ocho reinos,
cada uno con su rey, y también tienen lengua propia. Todos los
habitantes de esta isla son idólatras. Asimismo hay abundancia de toda
suerte de especias, de las que nunca se ha visto su par aquende el mar.
Esta región está situada tan al mediodía, que no se puede divisar desde
ella la estrella polar, es decir, la que se llama en romance
«tramontana». Yo, Marco, estuve en seis reinos de esta isla, a saber, en
el reino de Ferlech, Bosman, Samara, Dragoyam, Lambri y Farfut, pero no
estuve en los otros dos. Por tanto, hablaré en primer lugar del reino de
Ferlech.
Capítulo décimo cuarto
Del
reino de Ferlech
A
causa de los mercaderes sarracenos, de los que acude gran muchedumbre al
reino de Ferlech, los habitantes de aquel reino que pueblan la región
costera han recibido la ley del miserable Mahoma; en cambio, los que
moran en las montanas no tienen ley, sino que viven como bestias y
consideran como dios y adoran la primera cosa con la que tropiezan al
levantarse por la mañana. Comen la carne de todos los animales, puros e
impuros, y también la carne humana.
Capítulo décimo quinto
Del
reino de Bosman
El
reino de Bosman tiene lengua propia. Los hombres son muy bestiales;
dicen que están sometidos al Gran Kan, pero no le rinden tributo. Sin
embargo, alguna vez le envían joyas de animales salvajes. Hay allí
unicornios muy grandes, que son poco menores que elefantes. El unicornio
tiene pelo de búfalo, pata parecida a la del elefante y cabeza como el
jabalí, que siempre lleva inclinada hacia el suelo; hace su cubil con
preferencia en lodazales y es animal muy sucio. En medio de su frente
sobresale un único cuerno, muy grueso y negro; tiene la lengua espinosa,
erizada de grandes y gruesas púas, con las que causa muchas heridas a
hombres y animales. En este reino hay muchos monos de diversas clases:
unos son pequeños y tienen la cara parecida a la humana e incluso en el
resto de sus miembros se conforman mucho con el hombre. Los cazadores
los atrapan y les quitan los pelos, dejando sólo los del mentón y los de
otras partes a semejanza humana. Después, los depositan una vez muertos
en una pequeña caja y los conservan en especias para que no se pudran; a
continuación los secan y los venden a los mercaderes, que los llevan por
diversas partes del mundo y hacen creer a muchos que hay hombres así de
pequeños. También se hallan en este reino muchos azores negros como
cuervos, que cazan las aves a maravilla.
Capítulo décimo sexto
Del
reino de Samara
Después del reino de Bosman se encuentra en la misma isla el reino de
Samara. En ese reino yo, Marco, residí dos meses con mis compañeros,
porque no alcanzamos a tener tiempo favorable para la navegación. Así,
pues, descendimos en tierra y allí construimos una fortaleza de madera
con empalizada, en la que pasábamos la mayor parte del tiempo por temor
al pueblo bestial de aquella región, que come con sumo gusto carne
humana. En este reino no aparece la estrella polar que se llama en
romance «tramontana », ni tampoco se ven las estrellas de la Osa Mayor
que el vulgo llama «El Carro». Los habitantes de aquel reino son
idólatras y muy bestiales en sus costumbres y muy salvajes. Hay allí
peces muy sabrosos en grandísima cantidad. No crece el trigo, sino que
hacen el pan de arroz. No tienen viñas, pero hacen vino de la siguiente
manera: hay allí muchos árboles pequeños que se asemejan a las palmas,
cada uno de los cuales tiene cuatro ramas por lo general; en una
determinada época del año hacen una incisión en las ramas y atan a cada
corte una orza, en la que recogen el jugo que resuma el árbol como se
destila el aguardiente. Ese líquido fluye con tan gran abundancia, que
entre el día y la noche se llena la orza sujeta a la rama. Una vez
vaciadas, vuelven a poner las orzas en las ramas, y así se prolonga esta
vendimia muchos días. Después riegan con agua el pie del árbol, cuando
ya ha dejado de gotear, y a poco vuelve a manar de nuevo el jugo, aunque
no es de tanto valor como el primero. De este líquido hacen uso como
vino y cosechan gran cantidad; es de sabor muy agradable y tiene color
blanco y tinto, igual que el vino. En esta región hay en gran abundancia
nueces de la India, que son grandes y buenísimas. Los habitantes de esta
región se sirven como comida de todas las carnes sin distinción.
Capítulo décimo séptimo
Del
reino de Dragoyam
El
reino de Dragoyam, en el que se adoran ídolos, tiene rey propio y
también lengua propia. Sus hombres son muy salvajes. Existe en él la
costumbre siguiente: cuando alguien enferma de gravedad, sus parientes
llevan ante él a magos y encantadores y les preguntan si podrá sanar;
aquéllos responden sobre su salvación o su muerte según la contestación
que reciban de los demonios. Si dicen que el paciente no puede
convalecer, llaman a los que mejor y con más presteza saben matar a los
enfermos, y tapan su boca de suerte que pierda la respiración. Una vez
muerto, trocean su carne y la cuecen Y, reuniéndose todos sus parientes,
la comen con toda su medula. Dicen, en efecto, que si su carne se
pudriese y se convirtiese en gusanos, ellos morirían de hambre y el alma
del difunto sufriría por esta razón un gravísimo castigo. A los huesos
los sepultan en las cavernas de los montes, para que no los puedan tocar
ni los hombres ni las bestias. Cuando los habitantes de aquella región
capturan a algún extranjero, si no pueden pagar rescate, lo matan y se
lo comen.
Capítulo décimo octavo
Del
reino de Lambri
Otro
reino de la isla susodicha se llama Lambri, en el que hay muchas
especias a maravilla. Allí crecen brasiles en grandísima abundancia.
Cuando han crecido, los transplantan y por tres años los dejan en
tierra, y después los arrancan con las raíces. Estos brasiles, yo,
Marco, los llevé conmigo a Venecia y los hice plantar, pero no lograron
brotar porque requieren una tierra muy caliente. Los habitantes de este
reino son idólatras. En esta región hay una cosa muy de maravillar:
existen muchos hombres que tienen cola como los perros, de un palmo de
longitud; estos hombres con rabo no habitan en las ciudades, sino en los
montes. Hay también muchos unicornios y otros muchos animales a
maravilla.
Capítulo décimo noveno
Del
reino de Farfur
El
sexto reino de aquella isla se llama Farfur, donde nace el mejor
alcanfor que se pueda encontrar en parte alguna; se trueca con oro al
peso. Hacen pan de arroz y carecen de trigo. Abundan en leche de la que
se alimentan por lo general. Tienen vino de los árboles, sobre el que se
habló en el reino de Samara. En esta región crecen muchos árboles de
gran grosor, que tienen corteza muy, fina; debajo de la corteza hay una
harina buenísima en extremo, con la que preparan delicados manjares de
los que yo, Marco, comí muchas veces. En los otros dos reinos de la isla
no estuve, así que nada diré sobre ellos.
Capítulo vigésimo
De
la isla de Recuran
Partiendo de la isla de Jana por la parte del reino de Lambri, se avanza
por mar ciento cincuenta millas y se da con dos islas, Necuran y
Angaman. El pueblo de la isla de Necuran no tiene rey. Viven muy
bestialmente. Sus habitantes, hombres y mujeres, van desnudos y no se
cubren ninguna parte del cuerpo y son idólatras. Hay allí bosques de
árboles de sándalo rojo, de nueces de la India y de clavo, y tienen
abundancia de brasiles y de diversas clases de especias.
Capítulo vigésimo primero
De
la isla de Angaman
La
otra isla se llama Angaman, y es grande. Su pueblo adora ídolos y vive
muy bestialmente. Los hombres son salvajes y cruelísimos. Se alimentan
de arroz, leche y carne. No hacen ascos a carne alguna, pues comen carne
humana. Sus hombres son muy monstruosos, pues hay unos que tienen
cabeza de perro y ojos parecidos a los caninos. Allí se encuentra
abundancia de todas las especias. Hay también diversos y variados frutos
cerca de las partes marítimas, muy disparejos de los nuestros.
Capítulo vigésimo segundo
De
la gran isla de Ceilán
Partiendo de la de Angaman se encuentra, a mil millas al garbino, la
isla de Seilán, que es una de las mejores y mayores islas del mundo, y
tiene dos mil cuarenta millas de perímetro. Sin embargo, fue mayor
otrora, ya que, como es común fama en aquellas partes, su boj comprendía
en tiempos tres mil seiscientas millas. Pero el viento que sopla
reciamente desde la tramontana batió la isla a lo largo de muchos años
con enorme ímpetu y tanta fuerza que, al derrumbarse buen número de los
acantilados costeros, se sumió mucho territorio y el mar comió la mayor
parte de la tierra. Esta isla tiene un rey riquísimo, que no es
tributario de nadie. Sus habitantes son idólatras y todos van desnudos,
hombres y mujeres, aunque cada cual tapa sus vergüenzas con un
pañezuelo. No tienen grano alguno salvo arroz. Se alimentan de carne,
arroz y leche. Tienen abundancia de semillas de ajonjolí, de las que
hacen aceite. Tienen los brasiles mejores del mundo, que crecen allí.
También tienen vino de los árboles de los que se dijo arriba en el reino
de Samara. En esta isla se encuentran las piedras preciosas que se
llaman rubíes, que no se hallan en otras partes. Hay asimismo muchos
zafiros, topacios, amatistas y muchas otras piedras preciosas. Su rey
posee el más bello rubí que jamás se haya visto en el mundo, pues es de
un palmo de longitud y de anchura como el brazo de un hombre; es
resplandeciente en extremo y carece de toda impureza, de suerte que
semeja fuego ardiente. El Gran Kan Cublay le envió mensajeros
pidiéndole que le entregase la piedra susodicha, por la que él estaba
dispuesto a darle el precio de una ciudad; él respondió que la piedra
era de sus antepasados y que no la daría jamás a ningún hombre. Los
habitantes de esta isla no son esforzados, sino muy medrosos. Cuando
tienen guerra con alguien, llaman de otras partes a soldados mercenarios
y sobre todo a sarracenos.
Capítulo vigésimo tercero
Del
reino de Maabar
Más
allá de la isla de Seilán se encuentra a XL millas Maabar, que se llama
India la Grande. No es isla, sino tierra firme. En esta región hay cinco
reyes. Es una comarca nobilísima y rica a maravilla. En la primera parte
de esta provincia hay un monarca de nombre Seudeba, en cuyo reino hay
perlas en abundancia extraordinaria; en efecto, en el mar de esta región
se forma un brazo de mar o ensenada entre tierra firme y una isla, en el
que la profundidad del agua no sobrepasa los diez o doce pasos y algunas
veces los dos; allí se encuentran las perlas susodichas. Varios
mercaderes hacen compañía entre sí y tienen naves grandes y pequeñas y
contratan a hombres, que se sumergen en el fondo del agua y cogen los
ostiones en los que están las perlas. Cuando estos pescadores no pueden
aguantar más, suben a la superficie y otra vez descienden debajo del
agua y así continúan todo el día. En aquel golfo hay peces tan grandes
que podrían matar a los que bucean en el mar; pero los mercaderes se han
precavido de este peligro de la siguiente manera: contratan los
negociantes a unos magos llamados abrayanna, que con sus ensalmos y arte
diabólica hechizan y aturden aquellos peces de suerte que no pueden
dañar a nadie. Como esta pesca se realiza de día y no de noche, aquellos
magos pronuncian los conjuros de día y por la tarde los deshacen para la
noche; temen, en efecto, que alguien a hurtadillas sin permiso de los
mercaderes se zambulla en el mar y coja las perlas. Los ladrones, a su
vez, no se atreven a meterse en el agua por miedo, y no se encuentra a
nadie más que sepa hacer sortilegios semejantes, salvo aquellos
abrayanna que están tomados a sueldo por los negociantes.
Esta
pesca tiene lugar a lo largo de todo el mes de abril hasta mediados de
mayo; para entonces se ha recogido una inmensa cantidad de perlas, que
después los mercaderes distribuyen por el mundo. Los negociantes que
hacen esta pesca y la arriendan del rey le dan sólo la décima parte de
todas las perlas; a los encantadores que embrujan los peces les dan la
vigésima parte del total; también se provee de manera muy satisfactoria
para los pescadores. Desde la mitad de mayo en adelante no se encuentran
más allí, pero en otro lugar que dista de éste CCC millas hay perlas en
el mar durante todo el mes de setiembre hasta mediados de octubre. El
pueblo de esta provincia va desnudo en cualquier estación; sólo un
pañezuelo cubre sus vergüenzas; incluso el rey de este reino anda en
cueros como los demás, pero lleva al cuello un collar de oro engastado
por doquier en zafiros, esmeraldas, rubíes y otras piedras
preciosísimas, collar que es de valor sin ponderación. Igualmente cuelga
de su pescuezo un hilo de seda en el cual hay ciento cuatro piedras
preciosas, a saber, perlas muy gruesas y rubíes; es preciso, en efecto,
que todos los días pronuncie en honor de sus dioses ciento cuatro
oraciones por la mañana y otras tantas igualmente por la tarde. Trae
también el soberano en cada brazo y en cada pie tres ajorcas que están
todas ellas cubiertas de gemas; en los dedos de las manos y de los pies
lleva el rey piedras preciosas. Esta pedrería que el soberano luce
continuamente sobre sí vale una ciudad espléndida, pues de las perlas
que allí se cogen el monarca elige para sí las mejores y más gruesas.
Tiene además el susodicho rey d mujeres, y a uno de sus hermanos le
quitó su esposa y aquél, por temor a su ira, disimuló la afrenta.
Capítulo vigésimo cuarto
Del
reino de Far y sus costumbres y de la idolatría de sus habitantes
Los
habitantes del reino de Far son todos idólatras y muchos de ellos adoran
el buey, diciendo que el buey es algo santísimo; y no lo matan ni comen
su carne por devoción. Cuando se mueren los bueyes, recogen su manteca y
con ella untan sus casas. Entre estos idólatras hay unos de otra secta
que se llaman gony, que no matan bueyes; pero si perecen de muerte
natural o son matados por otros, entonces comen muy a gusto su carne.
Dicen en aquella región que éstos son de la casta de los que mataron a
Santo Tomás apóstol, y ninguno de ellos puede entrar en la iglesia donde
yace su cuerpo, pues ni diez hombres podrían meter a uno de ellos en
aquel santuario.
En
esta provincia hay muchos magos que entienden de agüeros, ensalmos y
adivinaciones. En la comarca existen numerosos monasterios, en los que
hay cantidad de ídolos. Muchos hombres ofrecen a sus hijas a los dioses
por los que sienten mayor devoción, aunque las doncellas habitan encasa
de sus padres. Cuando los monjes quieren celebrar una fiesta solemne,
convocan a las muchachas consagradas a los dioses; ellas acuden y ante
los ídolos hacen bailes y grandes cánticos. A menudo las susodichas
jóvenes llevan consigo manjares y ponen una mesa delante del ídolo y la
dejan allí el tiempo que podría tardar en comer con sosiego un gran
príncipe; mientras tanto, cantan y danzan en su presencia y creen que
entonces el dios degusta el jugo de la carne; después, comen en la mesa
preparada con gran devoción. Terminada la ceremonia vuelven todas a sus
hogares. Guardan este ritual las doncellas consagradas a los ídolos
hasta que se casan. Cuando muere un rey en esta región, ha de ser
quemado según la costumbre su cadáver, y los soldados que le servían de
continuo y los que cabalgaban con él se lanzan todos en vida a la pira y
arden con el cuerpo del monarca, pensando que por ello en el más allá
serán sus compañeros y que nunca jamás podrán separarse de su lado.
También cuando fallecen otros hombres, muchas mujeres se arrojan de
grado a la hoguera para arder con ellos al tiempo que se incineran sus
cadáveres, a fin de ser en la otra vida sus esposas; las que obran así
reciben grandes alabanzas del pueblo. En esta región existe la siguiente
costumbre: cuando, por exigencia de la justicia, debe ejecutarse a
alguien por sentencia del rey, le pide el reo como gracia que le deje
darse muerte en honor de algún ídolo; obtenida la venia se reúnen ante
él todos sus parientes y le ponen al cuello diez o doce puñales
puntiagudos, y sentado en una silla lo pasean por toda la ciudad
pregonando a gritos:
«Este
hombre, Fulano, quiere darse muerte a sí mismo en honor de aquel ídolo».
Cuando se llega al lugar donde se hace pública justicia, aquél, cogiendo
una daga, exclama a voz en cuello: «Yo me mato a mí mismo por amor a tal
dios». Dicho esto, se hiere gravemente; y tomando otra gumía se asesta
otra cruel puñalada; y así multiplica sus golpes cambiando en cada uno
de cuchillo, hasta que muere de resultas de las heridas. Sus parientes
queman su cuerpo con gran alborozo. Los hombres de esta comarca no
consideran pecado ningún tipo de lujuria.
Capítulo vigésimo quinto
De
diversas costumbres de esta región
El rey
de esta región y todos los demás, mayores y pequeños, se sientan en el
suelo. Y si algún extranjero les pregunta por qué se sientan de esa
manera, le responden así: «De la tierra hemos nacido para volver a ella,
y por tanto queremos honrar la tierra: nadie la debe despreciar». Con
las armas valen poco o nada. Cuando es fuerza marchar a la guerra, no se
sirven de armas o corazas, sino que llevan consigo sólo escudos y
lanzas. No matan ningún animal. Si alguna vez quieren comer carne, hacen
que una persona de otra región mate los animales. Todos los hombres y
mujeres lavan su cuerpo dos veces al día. Quien deja de cumplir esta
norma es considerado entre ellos como hereje. En este reino se hace
mucha justicia de homicidios y hurtos. No se atreven a beber vino, y
quien fuere sorprendido bebiendo vino, sería tenido por loco y en un
juicio cualquiera sería rechazado como testigo. Tampoco admiten el dicho
de los que se confían al mar en navíos, pues afirman que los tales son
hombres desesperados.
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