LIBRO DEL MES

El Libro De Marco Polo - Tercera Parte

Marco Polo

 
LIBRO DEL MES   ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 

 

Capítulo vigésimo sexto

De otras costumbres y novedades de aquella tierra

 

En este reino no se crían caballos. Por lo tanto, el rey de Var y los otros cuatro soberanos de la provincia de Moabar gastan todos los años gran suma de dineros en caballos, pues los cinco monarcas mencionados compran anualmente más de diez mil corceles. En las regiones de Curmes, Chisi, Dairfar, Ser y Deni hay caballos excelentes, y los mercaderes llevan de allí gran cantidad al reino de Moabar. Se enriquecen con este trato los comerciantes, ya que venden un caballo generalmente por un precio de quinientos sagios de plata, que valen cien marcos de plata. Sin embargo, en el año mueren casi todos los corceles, ya que allí no pueden vivir largo tiempo, por lo que se renuevan cada año. Tienen caballerizos o malos o pocos, y los merchantes, en la medida de lo posible, miran mucho a que no acudan de otras partes, pues los indios por sí solos no saben cuidar los caballos, y el temple del aire es muy contrario al ganado equino. Una buena yegua, montada allí por un buen semental, no pare sin embargo sino un potro pequeño y de ningún valor: todos salen patituertos, de suerte que no pueden ser apropiados en absoluto para la monta. En esta provincia se da a los caballos carne cocida con arroz y se les ponen muchos otros manjares cocidos. No nace grano alguno salvo arroz. Hace allí un calor intensísimo y van, por tanto, desnudos. No tienen lluvia jamás, salvo en los meses de junio, julio y agosto; y si durante esos tres meses susodichos no hubiese lluvia, que refresca el aire, nadie podría vivir por el sofoco del calor. En esta región todas las aves son diferentes con mucho de las nuestras, salvo las codornices, que son parecidas a las de acá. Hay azores negros como cuervos, mayores que los nuestros, que cazan las aves a maravilla, y murciélagos grandes como azores.

 

Capítulo vigésimo séptimo

De la ciudad donde descansa el cuerpo de Santo Tomás y de los milagros que allí se hacen por sus merecimientos

 

En la provincia de Moabar en India la Grande yace el cuerpo de Santo Tomás apóstol, que en esta región sufrió martirio por el Señor. Está su cuerpo tierra adentro en una ciudad pequeña, a la que acuden pocos mercaderes porque se encuentra en parale desviado del comercio. Hay allí muchos cristianos y también numerosos sarracenos, que vienen a menudo de aquellas regiones a visitar el santuario y sienten gran veneración por este apóstol, pues dicen que fue un gran profeta, y lo llaman amaria, es decir, «hombre santo». A su vez, los cristianos que visitan el templo del apóstol se llevan consigo con devoción un poco de tierra en la que fue martirizado Santo Tomás, que es roja. En efecto, hacen con ella muchos milagros: los enfermos la beben desleída en agua o en otro líquido y muchos por ello se libran de diversas y graves enfermedades. En el año del Señor de MCCLXXXVIII un gran príncipe de aquella tierra recogió en el tiempo de la cosecha gran cantidad de arroz, y como no disponía de lugar oportuno donde almacenarlo a su gusto, ocupó todas las casas de Santo Tomás apóstol, guardando en ellas su arroz contra la voluntad de los santeros, que humildemente le rogaban que no ocupase el hostal de los peregrinos que todos los días visitaban el templo del apóstol. Pero por la noche se le apareció Santo Tomás teniendo una horquilla de hierro en la mano, y poniéndosela sobre la garganta del dormido le dijo: «Si no desalojas en el acto mis casas, que ocupó afrentosamente tu temeridad, es obligado que mueras mala muerte». Al despertarse aquél cumplió al punto lo que el apóstol le había ordenado en sueños, y los cristianos dieron gracias a Dios y a Santo Tomás, reconfortados por la aparición del apóstol. Aquél contó en público su visión a todos. Muchos otros milagros suceden allí muy a menudo a invocación del apóstol Santo Tomás en loor de la fe cristiana.

 

Capítulo vigésimo octavo

De la idolatría de los paganos de aquel reino

 

En la provincia de Moabar todos los habitantes, hombres y mujeres, son negros. Sin embargo, no nacen así del todo, sino que artificiosamente se añaden una gran negrura por gala; en efecto, untan a los niños tres veces por semana con aceite de ajonjolí y así salen negrísimos en extremo, pues juzgan que es más bello el más negro. Los idólatras que hay entre ellos hacen negrísimas las imágenes de sus dioses, diciendo que los dioses y todos los santos son negros; por el contrario, pintan al diablo de blanco, afirmando que los diablos son blancos. Cuando los que adoran el buey marchan a la guerra, cada uno de ellos lleva consigo un pelo de buey salvaje; los jinetes los atan a la crin de su caballo y los infantes a sus cabellos o a sus piernas. Piensan, en efecto, que el buey salvaje tiene tanto poder y santidad que todo el que tenga sobre sí un pelo suyo, estará a salvo en cualquier peligro. Por esta causa las cerdas del buey salvaje alcanzan entre ellos gran precio.

 

Capítulo vigésimo nono

Del reino de Murfili y de cómo se encuentran en él diamantes

 

Yendo más allá del reino de Moabar al viento que se dice «tramontana» se encuentra a mil millas el reino de Murfili, que no es tributarlo de nadie. Sus habitantes se nutren de carne, leche y arroz. Son idólatras. En algunos montes de este reino se encuentran diamantes. En efecto, después de la lluvia van los hombres a las torrenteras por las que baja el agua de las sierras, y cuando el agua se pierde en regatos escarban la arena y hallan muchos diamantes. También en verano durante los mayores calores los consiguen de la siguiente manera: suben a aquellos grandes montes no sin enormes penalidades, a causa del asfixiante calor que allí reina; es también muy peligrosa la ascensión debido a las grandes serpientes, de las que hay en aquel lugar cantidad infinita. Se extienden entre las montañas unos valles circundados por doquier de riscos intransitables, así que los hombres no tienen acceso a ellos. En aquellos valles abundan los diamantes. Asimismo menudean en las montañas las águilas blancas que anidan en las sierras y que se alimentan de las serpientes susodichas. Por tanto, los que quieren cobrar diamantes de aquellos valles arrojan desde los riscos al fondo muchos trozos de carne, que por lo general caen sobre las piedras preciosas.  Las águilas, viendo carne en los valles, se posan sobre ella y la picotean allí o la llevan a comer a los picachos. Por su parte, los que vigilan las águilas, si ven que vuelan a los montes, corren allá si el lugar es accesible, y ahuyentando las rapaces cogen las piltrafas, en las que encuentran con frecuencia los diamantes que quedaron adheridos a ellas; si las águilas, por el contrario, comen los despojos en los valles, van los hombres después al lugar donde las aves duermen de noche; y como las águilas al engullir la carroña suelen tragar las piedras pegadas a ella, los buscadores las hallan en sus excrementos; y de este modo encuentran diamantes en aquellos montes en abundancia extraordinaria. En el mundo entero no se pueden encontrar en otra parte. Los reyes y barones de la región aquella compran para sí los mejores y más hermosos, mientras que los demás son distribuidos por el orbe gracias a los mercaderes. En esta región se hace el bocarán más fino y hermoso que haya en el mundo. En esta provincia se crían los carneros mayores de la tierra. De todos los alimentos hay allí grandísima abundancia.

 

Capítulo trigésimo

Del reino de Lach

 

Cuando se parte de nuevo de la provincia de Moabar desde el lugar donde yace el cuerpo de Santo Tomás apóstol y se va al occidente, se encuentra la provincia que se llama Lach. Allí habitan los abrayamin, que abominan sobremanera de la mentira; de hecho, por nada del mundo dirían una falsedad.  Son también muy castos, pues cada uno de ellos se contenta con su mujer y temen y se guardan de coger o robar lo ajeno. No se sirven de vino ni de carne; no matan ningún animal. Son idólatras y observan los agüeros.  Cuando quieren comprar algo, miden primero su propia sombra al sol y según las reglas de su superstición así proceden en el trato. Son muy parcos al comer y hacen grandes ayunos. Son sanos sobremanera, pues usan a menudo como alimento una hierba que los ayuda a maravilla a la digestión.

Nunca menguan su sangre con sangrías. Hay entre ellos unos religiosos que observan una vida durísima por devoción a los ídolos. Van totalmente desnudos y no se cubren en parte alguna de su cuerpo, diciendo que no les son-roja ir en cueros porque carecen de todo pecado. Adoran el buey. Cada uno de ellos lleva ceñido a la frente un pequeño buey de cobre, y todos con muchísima reverencia se dan un unto hecho de cenizas de hueso de buey.  No usan escudillas ni tajadores al comer, sino que ponen su alimento en hojas secas, que son de los manzanos llamados del Paraíso, o sobre otras grandes hojas secas; no comen sobre hojas verdes ni tampoco se sustentan de frutos verdes o de hierbas verdes o de raíces verdes, ya que todo lo que es verde dicen que está animado, por lo que no quieren comerlo, por temor a cometer un gran sacrilegio al matarlo. Tampoco y por la misma razón se atreven a dar muerte a ningún animal grande o pequeño; de ninguna manera cometen pecados contra su ley; duermen sobre el suelo desnudo y queman los cadáveres de los muertos.

 

Capítulo trigésimo primero

Del reino de Coilum

 

Al salir del reino de Moabar por otra región al garbino, se encuentra a d millas el reino de Coilum, donde viven muchos cristianos, judíos e idólatras. Hay allí lengua propia. El rey de Coilum no es tributarlo de nadie.  En este reino crecen brasiles grandes como limones, muy buenos.  También hay allí pimienta en extrema abundancia, pues los bosques y las campiñas rebosan de pimienta; sin embargo, el arbusto del que nace es doméstico; se coge sólo en junio y julio. Hay allí en gran cantidad índigo, del que se sirven los tintoreros; se hace de una hierba, y esa hierba la hacinan en grandes calderos, la ponen a remojo y la dejan allí así hasta que quede bien marchita; después la secan al sol, que en aquella región calienta con grandes ardores, y a causa de la altísima temperatura hierve la hierba y se cuaja; a continuación parten aquella materia en pedazos pequeños y así es traída a nuestra patria. En aquella región resulta penoso vivir por el excesivo calor que hace: en efecto, si se pone un huevo en el río, al poco tiempo se cuece perfectamente. Acuden por las mercaderías a esta comarca muchos negociantes de diversas naciones, dada la grandísima granjería que allí se obtiene. En esta tierra hay muchos animales diferentes de los de las demás partes. En efecto, los leones son negros por completo, sin otro color.

Hay papagayos o epymachi blancos sin mancha como la nieve, aunque tienen rojas las patas y el pico. Hay también papagayos de diversas clases, más hermosos que los que nos traen aquende el mar. Hay gallinas diferentes en todo de las nuestras. Todo lo cría la región aquella diversa de lo que dan las demás regiones, las aves, los animales y las especias, y ello se debe a que es caliente sobremanera. No tienen grano alguno salvo arroz. Hacen vino de azúcar. De los demás alimentos hay abundancia infinita. Hay allí muchos astrólogos y médicos. Andan todos desnudos, hombres y mujeres, y son negros; no obstante, cubren y tapan sus vergüenzas con un hermoso paño. Sin embargo, son por lo general lujuriosos. Toman como esposas a parientes en tercer grado, y esta norma se observa en toda la India.

 

Capítulo trigésimo segundo

De la provincia de Comari

 

Coman es una región de la India donde se puede ver la estrella polar, es decir, la llamada tramontana, pues desde la isla de Jana hasta este paraje no se puede divisar en absoluto. Por el contrario, si alguien entra en el mar junto a Comari, a treinta millas de allí verá la polar antedicha, y parece que se alza por encima del horizonte la medida de un codo. Esta región es muy salvaje y tienen muchos animales y muy diferentes de los demás, y en particular simios. Hay allí muchos monos que tienen rostro de hombre. Hay gatos que se llaman paulos, muy distintos de los demás; hay leones, onzas y leopardos sin cuento.

 

Capítulo trigésimo tercero

Del reino de Beli

 

Partiendo de Comari a CCC millas al occidente se encuentra el reino de Beli, que tiene rey propio y propia lengua. Los habitantes de aquella región veneran imágenes. El monarca es riquísimo y tiene grandes tesoros, aunque no es poderoso por la multitud o el valor de su pueblo, mas la tierra es tan bravía que no puede ser invadida por el enemigo. En esta región hay gran abundancia de pimienta, jengibre y otras especias nobles. Si alguna nave, al pasar por allí, se desvía a un puerto de esta comarca para capear alguna tempestad o por cualquier otra causa, si aporta a ellos por azar y no de propia voluntad, los hombres de la tierra toman a la fuerza todo lo que encuentran en el navío y dicen: «Vosotros queríais ir a otra región o lugar con vuestras mercaderías, pero nuestro dios y nuestra buena ventura os han traído muy a vuestro pesar a nuestra tierra. Por tanto cogemos de vosotros lo que nuestro dios y nuestra fortuna nos han deparado». Tal bellaquería se comete en toda la comarca. En esta región hay muchos y feroces leones.

 

Capítulo trigésimo cuarto

Del reino de Melibar

 

Después se llega al reino de Melibar, que está al occidente de India la Grande. Tiene rey e idioma propio. El monarca no es tributarlo de nadie. El pueblo del reino adora ídolos. En esta tierra se ve la polar, es decir, la tramontana, y parece que se alza como dos brazas sobre el horizonte. En este reino, e igualmente en el de Gozurath, que está al lado, hay muchos piratas.

Cada año se hacen a la vela de aquellos reinos más de cien bajeles corsarios, y pillan y saquean todas las naves de los mercaderes que pasan. Llevan a bordo consigo a sus mujeres e hijos, grandes y pequeños, y permanecen embarcados durante todo el verano. Establecen en el mar vigías, para que las naves en tránsito no puedan escapar de las suyas. Las vigías se efectúan de la manera siguiente: a través del mar de aquella región se aposta cada nao pirata a cinco millas una de otra, de modo que veinte navíos abarcan un compás de cien millas. Cuando los corsarios ven pasar un barco, lo anuncian con fuego y humo a sus compañeros de al lado, y aquéllos a su vez lo avisan a sus laterales, y así acuden cuantos son menester y saquean cuanto encuentran en las naves. De esta manera nadie puede escapar de sus manos. A los hombres que aprisionan no les infieren daño en sus personas, pero les quitan sus naves y todos sus bienes y los dejan desnudos en el litoral diciéndoles: «Marchaos y procurad enriqueceros de nuevo. Quizá paséis por nosotros con otras mercancías, y otra vez nos traeréis lo que donde hay muchos piratas hayáis vuelto a ganar». En esta región hay maravillosa abundancia de pimienta, jengibre y calabazas de nueces de la India. Se hace un bocarán excelente y hermoso sobremanera. De las ciudades de estos reinos no escribo, porque nuestro libro se extendería en exceso.

 

Capítulo trigésimo quinto

Del reino de Gozurath

 

Otro reino vecino al de Melbar se llama Gozurath. Allí hay rey e idioma propio. Se encuentra al occidente de India la Grande. En este reino se alza la polar sobre el horizonte en altura de seis brazas. Allí se encuentran los mayores piratas que existen en el mundo. Cuando apresan en el mar a mercaderes, les dan de beber tamarindo con agua de mar, de resultas de lo cual los negociantes sufren diarrea de inmediato. Hacen esto porque los mercaderes, viendo venir de lejos a los piratas, acostumbran a tragarse las piedras preciosas y las perlas. De esta manera, pues, los piratas cobran todo y no se les puede ocultar nada en absoluto. En esta región hay abundancia de índigo, pimienta y jengibre. Hay también árboles de los que se coge algodón en gran cantidad. El árbol que produce algodón crece por lo general hasta una altura de seis pasos y da fruto durante XX años, y después de XX años nada. El algodón que da el árbol vale hasta los XII años para tejer; por encima de los XII años sirve para colchones, tabardos y cosas de este jaez.  En este reino hay suma abundancia de un cuero buenísimo, que se curte y prepara de manera excelente.

 

Capítulo trigésimo sexto

De los reinos de Chana, Cambaeth, Semenach y Resmacoron

 

Después se llega por mar al occidente a Chana, Cambaeth, Semenach y Resmacoron. Los nombres susodichos corresponden a reinos en los que se hacen grandísimos tratos. Cada uno tiene rey y lengua propia. En India la Grande no hay más cosas que considere que haya de describir en mi libro.  De ella no referí sino las tierras y reinos comarcanos al mar y algunas islas que se encuentran en aquel mar. Si no, sería muy trabajoso y añadiría gran prolijidad a nuestro libro.

 

Capítulo trigésimo séptimo

Sobre dos islas, en una de las cuales habitan hombres sin mujeres y en la otra mujeres sin hombres

 

Más allá del reino de Resmacoron, a cincuenta millas en alta mar, se encuentran al mediodía dos islas, distantes entre sí unas XXX millas. En una moran hombres sin mujeres, y se llama en su lengua la isla Macho; en la otra, por el contrario, habitan mujeres sin hombres, y se denomina aquella isla Hembra. Los que residen en estas islas forman una comunidad y son cristianos. Las mujeres no van nunca a la isla de los hombres, pero los hombres van a la isla de las mujeres y viven con ellas durante tres meses seguidos. Habita cada uno en su casa con su esposa, y después retorna a la isla Macho, donde permanece el resto del año. Las mujeres tienen a sus hijos varones consigo hasta los XIV años, y después los envían a sus padres.  Las hembras dan de comer a la prole y tienen cuidado de algunos frutos de la isla, mientras que los hombres se proveen de alimento a sí mismos, a sus hijos y a sus mujeres. Son excelentes pescadores y cogen infinitos peces, que venden frescos y secos a los negociantes; y obtienen grandes ganancias del pescado, y eso que reservan gran cantidad para sí. Se sustentan de leche, carne, pescado y arroz. En este mar hay gran abundancia de ámbar y se pescan en sus aguas muchos y grandes cetáceos. Los hombres de aquella isla no tienen rey, sino que reconocen como señor a su obispo, pues están sometidos al obispo de Scoiram, y tienen idioma propio.

 

Capítulo trigésimo octavo

De la isla de Scoiran

 

La isla de Scoiran se encuentra al mediodía, a cincuenta millas de navegación de las dos islas susodichas. Sus habitantes son cristianos y tienen arzobispo.  En esta isla hay gran abundancia de ámbar y se confeccionan buenísimos y muy bellos paños de algodón. Se hacen allí muchos tratos y sobre todo de pescado. Se alimentan de carne, pescado, leche y arroz. Sus habitantes no tienen grano salvo arroz. Todos andan desnudos. A esta isla llevan muchos piratas lo que roban en el mar y lo venden todo allí; aquéllos compran de grado el botín, ya que ha sido arrebatado a idólatras y sarracenos y no a cristianos. En este lugar hay muchos encantadores entre los cristianos: si zarpa de la isla de Scoiram alguna nave que quieren hacer volver los nigromantes, aunque navegue a todo trapo y con viento favorable, hacen con su arte diabólica y con sus conjuros que se levante un viento contrario a la nao, de suerte que le es forzoso tornar atrás.

 





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