LIBRO DEL MES

El Libro De Marco Polo - Tercera Parte

Marco Polo

 
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Capítulo trigésimo noveno

De la isla de Madaigaster

 

Después de partir de Scoiran se encuentra, a mil millas al mediodía, la isla de Madaigaster, que es de las mayores y más ricas islas del mundo. Abarca su circunferencia cuatro mil millas. Sus habitantes son sarracenos y observan la ley del miserable Mahoma. No tienen rey, sino que se ha confiado el gobierno de toda la isla a cuatro ancianos. En ella hay más elefantes que los que se pueda encontrar en cualquier otra región de la tierra; incluso en el mundo entero no hay tanto tráfico de colmillos de elefante como allí y en la isla de Zanzíbar. Sus habitantes no comen carne que no sea de camello, ya que descubrieron que era más sana que las demás; en efecto, hay tan incontable multitud de camellos que parecería increíble por el pasmo que causa su número inaudito al que no lo haya visto con sus propios ojos.

Abundan también los bosques de sándalos rojos, de los que crecen allí grandes árboles, con los que se hacen muchas negociaciones. Hay infinita cantidad de ámbar, ya que en el mar se pescan a menudo cachalotes y enormes cetáceos de los que se coge el ámbar. Hay leopardos, onzas y leones corpulentos a maravilla. Hay ciervos, gamos y cabras en gran número, y muchísima caza de animales y aves. Las aves de aquella región son muy diferentes de las nuestras. Hay también pájaros de muchas clases, que no tenemos en absoluto en nuestro país. A este lugar acuden muchas naves por la contratación. En cambio a las otras islas que están más allá, al mediodía, hay poca afluencia de navíos salvo a la isla de Zanzíbar, a causa de la corriente velocísima del agua de mar; en efecto, las naves arriban allí rápidamente, pero vuelven con terrible dificultad; pues el mismo bajel que va en XX días desde el reino de Moabar hasta la isla de Madaigastar apenas puede regresar de Madaigastar a Moabar en tres meses, porque aquella impetuosa corriente del mar siempre corre a mediodía y nunca su flujo se desvía en otra dirección ni en sentido contrario.

 

Capítulo cuadragésimo

De las aves enormes que se llaman ruch

 

En las islas aquellas, a las que las naves van muy a pesar suyo, según dije, por la rapidísima corriente de agua, aparece en determinada época del año una especie maravillosa de ave que se llama ruch. Se asemeja al águila en la forma de su cuerpo, pero es de enorme envergadura. Los que la han visto aseguran que las plumas de un ala miden XII pasos de longitud; la anchura de las plumas y de su cuerpo guarda la proporción debida a tan desmesurada longitud. Esta ave tiene tanta fortaleza y valor que una de ellas, sin auxilio de otra, apresa un elefante y lo eleva a lo alto del aire, desde donde lo suelta para que se desplome y reviente; después se posa sobre su cadáver y devora su carne. Yo, Marco, cuando oí contar esto por primera vez, pensé que aquellas aves eran grifos, de los que se dice que en parte tienen figura de pájaro y en parte de bestias; pero los que las han visto afirman sin vacilar que en ningún miembro se asemejan a bestia alguna, sino que tienen sólo dos patas como las aves. El Gran Kan Cublay envió mensajeros a aquellas islas para que se pusiera en libertad a un embajador que estaba allí preso; además les encomendó que se informaran, para referírselas a su regreso, de las cualidades y cosas maravillosas de la región. Estos, a su vuelta, trajeron al cautivo que habían ido a buscar y, entre otras cosas que contaron de estas islas, dijeron que había jabalíes del tamaño de búfalos, así como jirafas y asnos salvajes en gran número y otros muchos animales que nosotros no tenemos en nuestra tierra.

 

Capítulo cuadragésimo primero

De la isla de Zanzíbar

 

Se encuentra después la isla de Zanzíbar, que abarca en su circunferencia dos mil millas. Allí hay rey y lengua particular. Todos los habitantes de la isla son idólatras. Son también gruesos de talle, pero la altura de su cuerpo no guarda la proporción debida a su gordura; en efecto, si se extendiesen en altura como requeriría su grosor, sin duda parecerían gigantes. No obstante, son muy fuertes, pues uno de ellos lleva tanto peso como puedan cargar cuatro hombres de otra región; también uno de ellos engulle comida por cinco de otra región. Son negros y andan desnudos, pero tapan sus vergüenzas.  Su cabello es tan apelmazado y crespo, que apenas puede desrizarse con agua. Tienen boca muy grande, nariz respingona hacia la frente, grandes orejas y ojos espantables. Sus mujeres son igualmente monstruosas: tienen boca grande, nariz chata, ojos saltones y las manos cuatro veces más gruesas que las mujeres de los demás pueblos. Se alimentan de carne, leche, arroz y dátiles. Carecen de viñas, pero hacen un brebaje excelente como bebida ordinaria de arroz, azúcar, dátiles y otras especias. Se hacen allí muy grandes tratos, sobre todo de ámbar y colmillos de elefante, pues hay muchos elefantes y en el mar de aquella isla se pescan grandes cetáceos. Los hombres de esta tierra son muy fuertes y belicosos y no parece que se recaten de la muerte. No tienen caballos, pero van a la guerra con elefantes y camellos. Sobre los elefantes ponen torretas de madera de tan gran tamaño, que sobre una de estas torretas caben XVI o XX hombres armados; los que van en semejantes castillos pelean con lanzas, espadas y piedras; las torretas aquellas están cubiertas con un entramado de vigas. Así, pues, cuando se disponen a marchar a la guerra, primero dan a los elefantes aquel estupendo brebaje que prepara para sí el pueblo de la tierra, para que con semejante bebida cobren mayor fiereza. En esta isla abundan los leones, que son muy diferentes de los de las demás regiones.  También hay leopardos y onzas en gran número. De la misma manera, todas las bestias de este lugar difieren de las bestias que existen en el resto del mundo. Hay carneros blancos que tienen la testuz negra, y así son cuantos se crían en la isla. Hay multitud de jirafas, que tienen el cuello de tres pasos de longitud; sus patas delanteras son largas, las traseras cortas; su cabeza es pequeña y su color manchado de blanco y rojo. Las susodichas son animales mansos y no hacen daño a nadie.

 

Capítulo cuadragésimo segundo

De la multitud de islas de la India

 

Aunque he escrito muchas cosas de la India, no me he referido, sin embargo, sino a las islas más principales; aquellas que he pasado por alto están sometidas a las descritas. Es tan grande la multitud de las islas de la India, que ningún hombre viviente podría relatar sus cualidades. Según aseguran los marineros y los pilotos de aquellas regiones y según se sabe por la carta de marcar y la observación de los compases del mar de la India, hay en este mar islas en número de MCCCLXXVIII, contando en total todas las que, según dicen, están habitadas. Descritas, pues, de manera sumaria las islas principales y las regiones de India la Grande, que se extiende desde la provincia de Moabar hasta el reino de Resmacoron, y también de India la Chica, cuyos términos van desde el reino de Cimbal hasta el reino de Murfil.

 

Capítulo cuadragésimo tercero

Hablaré ahora de las principales regiones de la India o de la India mediana, que por nombre especial llaman Abascia.

 

Abascia es una región muy grande que se divide en siete reinos, donde gobiernan siete reyes de los cuales, el que se descuella sobre los demás, es cristiano; los otros seis se reparten en dos clases, pues tres de ellos son cristianos y los otros tres sarracenos. Los cristianos de esta provincia tienen en la frente una señal dorada a manera de cruz, que se les hierra cuando se bautizan. Los sarracenos llevan una señal pareja en la frente hasta la mitad de la nariz. Hay en aquella comarca muchos judíos, que están marcados y herrados con hierro rusiente en ambos carrillos. El rey principal habita en el interior de la tierra; los sarracenos viven en los confines de la región, hacia la provincia de Adén. En la provincia de Adén predicó Santo Tomás apóstol, donde convirtió muchos pueblos a Cristo; después pasó al reino de Moabary tras la conversión de muchos fue coronado por el martirio; allí también descansa su cuerpo santísimo, como se ha dicho arriba. En esta región son buenos soldados, valientes y muy esforzados en las armas, y sostienen guerra continuada con el Sultán de Adén, con los de Nubia y con otros infinitos pueblos asentados en sus confines.

 

Capítulo cuadragésimo cuarto

De un obispo cristiano, a quien el Sultán de Adén hizo circuncidar en befa de la religión cristiana y del rey de Abascia, y de la terrible venganza de este último

 

En el año del Señor de MCCLXXXVIII el rey más principal de esta provincia de Abascia quiso ir a Jerusalén a visitar el Sepulcro de nuestro Señor Jesucristo.

Cuando anunció el propósito de su devoción a sus barones, todos le disuadieron de marchar allí él en persona, pues temían que le ocurriera en el camino alguna desgracia, dado que tenía que pasar por tierra de sarracenos infieles. Le aconsejaron, en consecuencia, que enviara a un venerable obispo de su reino al Santo Sepulcro, para llevar por medio de él las ofrendas de su devoción. Este, atendiendo a sus razones, dirigió allí al susodicho obispo con un solemne presente. Cuando a su retorno atravesaba la tierra del rey de Adén, cuyos habitantes son sarracenos y sienten odio exacerbado contra los cristianos, el soberano prendió al obispo, al oír que era cristiano y mensajero del rey de la provincia de Abascia. Al ser llevado el obispo a su presencia, profirió el monarca gravísimas amenazas contra él si no renegaba del nombre de Cristo y abrazaba la ley de Mahoma. El prelado, perseverando con firme ánimo en la fe del Señor, dijo que se ofrecía de grado a la muerte antes que abjurar de la fe y la caridad de Cristo. Entonces el Sultán de Adén ordenó circuncidarlo, en vilipendio de la fe cristiana y del monarca de Abascia, que era cristiano. Puesto en libertad el obispo, una vez retajado, llegó ante el rey de Abascia. Entonces el soberano, al saber cuanto le habían hecho, se hinchó de justa ira, y juntando gran copia de peones, jinetes y elefantes con torretas se dirigió en son de guerra contra las tierras del rey de Adén. El Sultán de Adén, que tenía en su compañía a dos reyes, salió a su encuentro con un gran ejército. Así entablaron combate, y después de morir muchos del ejército del rey de Adén quedó triunfador el monarca de Abascia, que tornó a proseguir su avance hacia el interior del reino de Adén. Los sarracenos, que intentaron en tres lugares cortarle el paso, fueron siempre derrotados por la hueste del rey de Abascia. Después de la victoria, el monarca de Abascia permaneció en las tierras del rey de Adén un mes talando sin pausa la región. Acto seguido volvió con gran honra a su tierra, tras haber tomado cumplida venganza de la cruel fechoría del Sultán de Adén.

 

Capítulo cuadragésimo quinto

De la diversidad de las bestias de la provincia de Abascia

 

El pueblo de Abascia se sustenta de carne, leche y arroz y usa aceite de ajonjolí. Hay allí muchas ciudades y villas. Se hacen innumerables tratos.  Hay sobre todo bocarán excelente y paños de algodón en grandísima abundancia.  Hay muchos elefantes, aunque no nacen allí, sino que los traen de otras regiones de la India. Se crían muchas jirafas, leones, leopardos y otros muchos animales, muy diferentes, sin embargo, de los nuestros. Hay allí asnos salvajes y aves de diversas especies, que no tenemos en nuestras tierras; hay gallinas muy hermosas; hay avestruces grandes como asnos; hay muchos y bellos papagayos o epymachi y monos de diversas maneras: gatos paulos y gatos maimones, que parecen totalmente tener figura humana.

 

Capítulo cuadragésimo sexto

De la provincia de Adén

 

La provincia de Adén tiene un rey que llaman Sultán. Los habitantes de esta región son todos sarracenos y abrigan odio extremado contra los cristianos.

Hay allí multitud de ciudades y aldeas. Hay un puerto excelente, al que arriban muchas naves de la India trayendo especias, y mercaderes, que compran las especias para llevarlas a Alejandría; durante una semana las transportan por el río; después las cargan en camellos y las llevan durante XXX jornadas en camellos, hasta que llegan al río de Alejandría donde, embarcándolas de nuevo en otras naves, las conducen hasta Alejandría. Este es el camino más fácil y más corto que pueden tomar los mercaderes que traen mercancías y especias desde la India a Alejandría, y por esa ruta los comerciantes llevan caballos a la India. El monarca de Adén lleva tan grandes derechos de las mercaderías que atraviesan su territorio que, a causa de sus rentas innumerables, es uno de los más ricos reyes que haya en el mundo.  Cuando el Sultán de Babilonia sitió Achon y la hostigaba en el año del Señor de MCCLXX, el Sultán de Adén le envió en su ayuda XXX mil jinetes y CCCC mil camellos; y no obró así porque tuviese tamaño afecto al Sultán de Babilonia, sino sólo porque aborrecía con odio vivísimo a los cristianos. A xl millas de pasar el puerto de Adén se encuentra en la misma región una ciudad enorme llamada Escier, que está situada al septentrión del reino, y tiene bajo su poder muchas ciudades y aldeas; está sometida al dominio del rey de Adén. Junto a esta ciudad se halla un puerto excelente. Todos los habitantes de la tierra son sarracenos. Desde este puerto llevan los comerciantes tan innumerable cantidad de caballos a la India, que apenas puede darse crédito a los que la cuentan. En esta comarca hay gran abundancia de incienso blanco y buenísimo, que destilan gota a gota pequeños árboles parecidos a abetos. Los habitantes de esta región hacen en ellos frecuentes cortes, y sajan la corteza del árbol, y de aquellas incisiones se escurren por la corteza gotas de incienso. Incluso sin semejantes cortes se obtiene igualmente mucho líquido de ellos a causa del tremendo calor de la tierra; después se endurece. Hay también muchas palmeras que dan en abundancia excelentes dátiles. No nace allí ningún grano sino arroz, y aun éste crece poco, por lo que es necesario que se traiga grano de otras regiones. Hay peces en gran número y muy sabrosos, que en romance llamamos «toninas».  Carecen de viñas, pero hacen un vino buenísimo de dátiles, arroz y azúcar.

En esta región se crían carneros de corta estatura que carecen de orejas en absoluto ni muestran forma alguna en su lugar, sino que, donde los demás animales tienen orejas, allí tienen ellos dos cuernos pequeños. Los animales

de la región, es decir, los caballos, ovejas, bueyes y camellos están acostumbrados a sustentarse de pescado, y ése es su alimento común y cotidiano; en efecto, como la tierra aquella es árida sobremanera a causa del calor, no germina hierbas ni grano, por lo que dan a los animales pescado como pienso. Durante tres meses se hace maravillosa pesquería: en marzo, abril y mayo, de suerte que causa grandísimo pasmo la captura de ese sinfín de peces, que secan y conservan durante todo el año y los dan a los animales; éstos comen tanto el pescado fresco como el seco, aunque están más habituados al seco. Los habitantes de esta región hacen bizcocho de pescado, pues despiezan los peces grandes y los pedazos menudos los humedecen, mezclan y amasan, tal como se hace con la harina cuando se elabora pan de la pasta del grano; después secan al sol aquella mojama, que se conserva muy bien durante el año.

 

Capítulo cuadragésimo séptimo

De otra región en la que habitan los tártaros en la zona del aquilón

Terminado cuanto decidí narrar acerca de la India y algunas comarcas de Etiopía, ahora, antes de poner fin a este libro, volvamos a unas regiones excelentes que se extienden en las partes extremas del aquilón, de las que había dejado de hablar en su momento en los libros anteriores por mor de brevedad. En unas tierras situadas en los confines del aquilón, más allá del polo ártico, habitan muchos tártaros sometidos a un soberano que desciende del linaje del Gran Kan. Estos conservan las ceremonias y costumbres de sus antiguos antepasados, que son los verdaderos y auténticos tártaros. Todos son idólatras y adoran a un único dios, que se llama Nezangaim y que piensan que tiene poder sobre la tierra y todas las cosas que nacen en ella; y por eso lo denominan dios de la tierra. A este falso dios le hacen ídolos e imágenes de fieltro, como se ha dicho arriba de los otros tártaros. Este pueblo no habita ni en aldeas ni en villas ni en ciudades, sino en los montes y en las campiñas de la región. De estos tártaros existe una inmensa muchedumbre. No tienen grano en absoluto, sino que se nutren de carne y de leche. Viven en grandísima paz, ya que su rey, a quien todos obedecen, los mantiene en calma. Poseen gran número de camellos, caballos, bueyes, ovejas y otros diversos animales. Hay allí osos blancos y negros por completo, de muy gran longitud, por lo general de XX: palmos. Hay zorras, negras y muy grandes. Hay asnos salvajes en gran cantidad. Hay también animales pequeños de nombre rondes, que tienen una piel suavísima en extremo; estas pieles se llaman cibelinas, sobre las que se ha dicho arriba en el capítulo XX del libro segundo. Hay asimismo veros en grandísima abundancia, cuyas pieles son finas en grado sumo. Hay otros animales muy grandes para su especie que se llaman «ratas del Faraón», que capturan en el tiempo del verano en tan gran cantidad, que apenas se sirven de otra carne como comida en aquella estación. Hay, en fin, gran abundancia de toda suerte de alimañas salvajes, ya que aquella región es sobremanera bravía.

 

Capítulo cuadragésimo octavo

De otra región a la que es difícil el paso y acceso a causa del barro y la nieve

 

En las regiones de la tierra susodicha bajo el dominio del rey antes mencionado se extiende otra zona montañosa, habitada por hombres que cazan animales pequeños que tienen pieles muy finas, como los rondes de los que se ha hablado arriba. Hay allí en cantidad innumerable armiños, ardillas, veros, zorras negras y otros animales semejantes, de todos los cuales se ha dicho antes. Los moradores de las susodichas montañas saben cazar los con tanta maña e ingenio, que pocos son los que logran escapar de sus manos.

Los caballos, bueyes, asnos y demás animales pesados no pueden ir a esos lugares porque la región tiene en la planicie lagos y fuentes y a causa del enorme frío de la zona los lagos están siempre revestidos de hielo, de suerte que no pueden pasar allí las naves; tampoco ese hielo tiene tanta consistencia como para poder soportar carros pesados o animales de peso. Toda la planicie no cubierta por las lagunas está tan embarrada, a causa del agua que brota de un sinfín de manantiales, que no tienen por allí paso ni los carros ni los animales pesados. Se extiende esta comarca a lo largo de trece jornadas. Como hay en ella tan gran abundancia de pieles preciosas, de lasque se obtienen muy pingües ganancias, los hombres de aquella región han encontrado el siguiente medio para que los mercaderes de otras partes puedan tener acceso hasta ellos. En el comienzo de cada una de las XIII jornadas a lo largo de las que, como se ha dicho, se extiende la región, hay una pequeña aldea con varias casas en las que habitan unos hombres que acompañan y acogen a los mercaderes. En cada aldea se guardan perros grandes como asnos en un número de cuarenta. Estos canes están acostumbrados y adiestrados a arrastrar trineos, que en romance se llaman en Italia «tragie». Es el trineo un vehículo sin ruedas del que se sirven entre nosotros los habitantes de las montañas. A un trineo atan seis perros en el orden conveniente. Sobre su superficie se tienden pieles de oso, en las que se sientan los dos en trato, el que va por pieles y el conductor que guía los perros y conoce el camino al dedillo. Como aquel vehículo es de una madera muy liviana y por debajo está plano y pulido y dado que los perros son fuertes y hechos a estos menesteres y que tampoco se cargan grandes pesos en el vehículo, los perros aquellos lo arrastran por el barro con toda facilidad y el trineo no se hunde mucho en el fango durante el trayecto. Cuando se llega a la aldea que está al cabo de la jornada, los mercaderes toman entonces otro conductor para el día siguiente, ya que los perros no podrían aguantar aquel esfuerzo durante XIII jornadas seguidas. Por tanto, el primer guía regresa con su traílla a su morada, mientras que el comerciante cambia en todas las jornadas de perros, de vehículo y de conductor. Así, pues, llega a las montañas para comprar las pieles, y del modo susodicho regresa a su patria a través de la llanura. En aquellas regiones se obtienen muy grandes ganancias de aquellas pieles.

 

Capítulo cuadragésimo nono

De la región de las Tinieblas

 

En la tierra limítrofe al reino de los tártaros, del que acabamos de hacer mención, hay otra región en las últimas poblaciones del septentrión, que se llama Oscuridad, ya que, al no brillar allí el sol durante la mayor parte del año, el aire es oscuro a manera de crepúsculo. Los habitantes de aquella región son hermosos, grandes y corpulentos, pero muy pálidos. No tienen ni rey ni príncipe a cuyo dominio estén sometidos, sino que son hombres de costumbres salvajes, que viven bestialmente. Los tártaros comarcanos a ellos a menudo invaden la región y saquean sus animales y sus bienes, infiriéndoles muchos daños. Y ya que, a causa de la lobregura del aire, no sabrían después regresar a su morada, cabalgan en yeguas que tienen potros y hacen que unos yegüerizos retengan los potros a la entrada de la comarca; y cuando, cogido el botín en las tinieblas, quieren volver a la región de la luz, sueltan las riendas a las yeguas y les dejan ir libremente adonde quieran; las yeguas, ansiando ver sus crías, retornan al paraje donde las habían dejado, trayendo de vuelta a sus jinetes al lugar adonde ellos no hubieran sabido regresar. Los habitantes de esta región cazan en gran abundancia armiños, veros, ardillas y otros animales semejantes, que tienen pieles finas, y llevan las pieles a las tierras de la luz limítrofes, donde obtienen con ellas grandes ganancias.

 

Capítulo quincuagésimo

De la provincia de los Rutenos

 

La enorme provincia de los Rutenos está situada hacia el polo ártico. Los pueblos de esta tierra son cristianos y observan en los oficios eclesiásticos el rito griego. Todos son blancos y hermosos, con cabellos muy rubios. Son tributarios del rey de los tártaros, con los que lindan al oriente. Hay allí infinita abundancia de pieles de armiño, martas cibelinas, zorras, ardillas y veros. Hay muchas minas de plata, pero la comarca es fría sobremanera; se extiende hasta el mar Océano. En aquel mar hay algunas islas en las que nacen y se capturan gerifaltes y herodii o halcones peregrinos en gran cantidad, que son llevados después a diversas regiones y provincias. 

 

Acaba el libro de micer Marco de Venecia. A Dios gracias.

 





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