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Si es
cierto que el hombre vive siempre al borde de un abismo, entonces casi
todos los hombres deben experimentar momentos de algo que llamaríamos
nivel precognoscitivo, cuando las vastas e imperceptibles profundidades
que existen siempre bordeando el pequeño mundo del hombre se convierten
por un momento en tangibles, cuando el terrible pozo de conocimientos
sin frontera, que incluso las mentes más brillantes sólo han
vislumbrado, asume una apariencia borrosa capaz de llenar de terror al
corazón más duro. ¿Conoce algún ser viviente los verdaderos orígenes de
la humanidad? ¿O el lugar que al hombre le corresponde en el universo?
¿Sabe si el hombre está destinado al ignominioso final de un gusano?
Hay
terrores que caminan por los pasillos de los sueños cada noche, que
embrujan el mundo de los sueños, terrores que pueden relacionarse con
los aspectos más mundanos de la vida cotidiana. Cada vez estoy más
convencido de la existencia de un mundo fuera de éste en que estamos,
lindante con él pero quizá completamente alucinatorio. Sin embargo, no
ha sido siempre así. No fue así hasta que conocí a Amos Piper.
Mi nombre
es Nathaniel Corey. He practicado el psicoanálisis durante más de
cincuenta años. Soy autor de un libro y de varias monografías publicadas
en periódicos dedicados a ese tipo de conocimientos. Practiqué durante
muchos años en Boston, después de haber estudiado en Viena, y hace diez
años, en el semirretiro, me trasladé a la ciudad universitaria de Arkham,
en el mismo Estado. Me había ganado, con mi trabajo, una reputación de
persona seria e íntegra, que me temo ponga en duda este relato. Aunque
espero que ofrezca una conclusión bien distinta.
Es un
firme presentimiento el que me lleva por fin a dejar testimonio de lo
que ha sido quizá el problema más interesante y provocativo con que me
he encontrado en todos estos años de práctica. No acostumbro a hacer
observaciones públicas acerca de mis pacientes, pero me veo obligado a
ello dadas las circunstancias peculiares que se dieron en el caso de
Amos Piper: a través de ellas se plantean ciertos puntos que, a la luz
de otros, sin relación aparente, podrían adquirir más relieve de lo que
en principio presumí. Hay poderes de la mente que permanecen en las
tinieblas, y quizá también poderes de las tinieblas que van más allá de
la mente: no me refiero a brujas, a fantasmas o a duendes, ni a
cualquier otra invención creada por civilizaciones primitivas, sino a
poderes infinitamente más vastos y terribles que cualquier concepto
humano.
El nombre
de Amos Piper no será desconocido para mucha gente, especialmente para
aquellos que recuerden la publicación de investigaciones antropológicas
que llevan su nombre, hará cosa de unos diez años, más o menos. Le
conocí por primera vez cuando su hermana, Abigail, le trajo a mi
consulta un día de 1933. Era un hombre alto, que parecía haber sido
grueso: sobre su cuerpo huesudo colgaban las ropas como si hubiese
perdido mucho peso en un tiempo relativamente corto. Este parecía ser el
problema: al primer vistazo, Piper necesitaba más la ayuda de un médico
que de un psicoanalista, pero su hermana explicó que había acudido a los
mejores especialistas y todos le habían indicado que su problema era
esencialmente mental y se escapaba a sus facultades terapéuticas. A la
señorita Piper le había sido recomendado por varios colegas, y también
algunos compañeros de Piper en la facultad de la Universidad de
Miskatonic, habían insistido en esa recomendación emanada del consejo
médico que le había atendido. La suma de estas razones fue la que les
condujo a pedirme una cita.
La
señorita Piper me adelantó el problema de su hermano, mientras él
descansaba en una habitación contigua a la consulta. Expuso el fondo del
problema con admirable concisión... Piper parecía ser víctima de
terribles alucinaciones, visiones que se apoderaban de él cada vez que
cerraba los ojos o bajaba los párpados, mientras estaba despierto, y en
sueños, mientras dormía. No dormía, sin embargo, desde hacía tres
semanas. En ese tiempo había perdido tanto peso que a ambos les alarmaba
su estado. Como preámbulo, la señorita Piper señaló que su hermano había
sufrido un colapso nervioso tres años antes en un teatro; este colapso
había durado tanto que hasta este último mes Piper no había vuelto a ser
la misma persona. Su más reciente obsesión —si de una obsesión se
trataba— se había manifestado una semana después de volver a su estado
normal; según la señorita Piper, podía haber alguna relación lógica
entre el estado en que se encontraba después del colapso y estas nuevas
obsesiones, tras una corta etapa de normalidad. Las drogas habían
demostrado su eficacia para inducirle a dormir, pero aun así no habían
eliminado los sueños, que al parecer eran de una naturaleza espantosa,
tanto que el doctor Piper era reacio a hablar de ellos.
La
señorita Piper contestaba con franqueza a las preguntas que yo le hacía,
pero revelaba falta de conocimiento acerca de la verdadera situación de
su hermano. Me aseguró que en ningún momento había dado muestras de
espíritu agresivo, pero que andaba distraído con frecuencia y establecía
entre él y el mundo en que vivía una clara línea de separación, como si
viviese encerrado en un caparazón que le aislase de ese mundo.
La
señorita Piper se marchó, y yo me puse a examinar a mi paciente. Le vi
sentado junto a mi escritorio con los ojos muy abiertos a costa de un
gran esfuerzo, pues el globo del ojo estaba inyectado en sangre, y el
iris parecía estar nublado. Se le notaba agotado, y empezó a excusarse
en seguida por estar allí, explicando que su hermana había insistido y
tomado la determinación sin permitirle otra opción que ceder. Lo había
hecho para complacer a su hermana, ya que él era consciente de que su
caso no tenía remedio.
Le dije
que la señorita Abigail había hablado a grandes rasgos de su problema, e
intenté calmarle los ánimos. Le hablé en un tono consolador y en
términos generales. Piper escuchó con paciencia y respeto. Aparentemente
cedía ante mi modo natural, reconfortante, con que pretendía siempre
inspirar confianza, y cuando por fin le pregunté por qué no cerraba los
ojos, me contestó sin titubear, y con sinceridad, que tenía miedo a
hacerlo.
-
¿Por qué? ¿Puede decir por qué?
Recuerdo
su respuesta.
-
En cuanto cierro los ojos aparecen en mi retina extrañas
figuras geométricas y diseños, junto con tenues luces y formas de lo más
siniestras, parecidas a unas enormes criaturas inimaginables por un
hombre; y lo más terrible de ellas es que son criaturas inteligentes e
inconmensurablemente desconocidas.
Le pedí
que intentase describir a estos seres. Tropezaba con dificultades para
hacerlo. Sus descripciones eran vagas, pero asombraba lo que sugerían.
Ninguno de estos seres parecía estar claramente formado, excepto algunos
conos rugosos, que tanto podían ser de origen vegetal como animal.
Hablaba con una convicción rotunda, y me describía con esfuerzo aquellas
sorprendentes criaturas con las que soñaba tan intensamente. Me chocó la
intensidad de su imaginación. ¿Quizá existía un nexo entre esas visiones
y la larga enfermedad que había sufrido? Parecía poco dispuesto a hablar
de esto, pero al cabo de un rato lo hizo, algo inseguro, en un lenguaje
inconexo. Era a mí a quien correspondía unir las piezas de los
acontecimientos que me relataba.
La
historia comenzó cuando tenía cuarenta y nueve años. Fue entonces cuando
sobrevino su enfermedad. Estaba asistiendo a una representación de
La
carta
de
Maugham, cuando, a mitad del segundo acto, se desmayó. Le llevaron a la
oficina del empresario y se esforzaron por reanimarle. Fue inútil y al
fin le trasladaron a su casa en una ambulancia de la policía. De nuevo
los médicos estuvieron un buen rato intentando reanimarle. Fracasaron en
su intento y Piper fue hospitalizado. Estuvo en estado de coma durante
tres días, transcurridos los cuales recobró el conocimiento.
Se
observó de inmediato que ya no era «el mismo». Su personalidad había
sufrido un profundo desequilibrio. Se creyó al principio que había sido
víctima de un ataque de algún tipo, pero al no apreciarse síntomas que
lo corroboraran, esta tesis hubo de ser abandonada. Tan profundo era el
achaque que incluso algunas elementales actividades del ser humano las
realizaba él con extrema dificultad. Por ejemplo, en seguida se apreció
que tenía dificultad para coger objetos; sin embargo, físicamente no
tenía ningún defecto y sus articulaciones funcionaban normalmente. Sus
intentos de agarrar algún objeto hacían pensar en la maniobra ejecutada
por una criatura sin dedos; o sea, que apartaba los dedos y el pulgar
como si formaran una pinza rígida, en un movimiento que hacía pensar más
en las garras de un animal que en el movimiento de una mano humana. No
era este el único aspecto sorprendente de su «recuperación». Tuvo que
aprender a caminar otra vez, pues parecía avanzar como si careciera de
capacidad motriz. Le fue también extraordinariamente difícil aprender a
hablar: sus primeros intentos los hizo con las manos, como si fuesen
garras que intentasen coger objetos; al mismo tiempo emitía curiosos
sonidos, como silbidos, cuya falta de significado le irritaba. Pero su
inteligencia no parecía haber sufrido ningún daño, pues en menos de una
semana dominaba todos los actos vulgares que componen la vida cotidiana
de un hombre.
Pero si
bien su inteligencia no se había visto afectada, se había borrado cuanto
componía el pasado de su propia vida. No había reconocido a su hermana,
ni a ninguno de sus compañeros de Facultad y miembros del cuerpo docente
de la Universidad de Miskatonic. Decía no saber nada de Arkham,
Massachusetts, y poca cosa de los Estados Unidos. Fue necesario
enseñarle todo esto otra vez. Necesitó poco tiempo —menos de un mes—
para asimilar cuanto se le puso delante. Redescubrió el conocimiento
humano en un tiempo sorprendentemente corto, y demostró una memoria
excepcional, pues asimiló con exactitud todo lo que se le dijo y todo lo
que leyó. Con el cambio —una vez completado el adoctrinamiento— se puso
de manifiesto durante su enfermedad que la parte de su cerebro que
alojaba la memoria era infinitamente más valiosa que antes.
Fue
después de hacer todos estos ajustes a su nueva situación cuando Piper
comenzó a actuar de una forma que él mismo denomina «inexplicable».
Obtuvo una excedencia por tiempo indefinido de la Universidad de
Miskatonic, y comenzó a viajar extensamente. Pero no le quedaba ningún
recuerdo directo o personal de estos viajes cuando me visitó en la
consulta, o de ningún momento tras su «recuperación», durante la
enfermedad que había sufrido durante tres años. No había nada en su
relato de estos viajes que se pareciese a un recuerdo; y tampoco era
capaz de decir lo que había hecho durante los mismos: esto era algo
extraordinario, si se pensaba en la fabulosa memoria que demostró
durante su enfermedad. Le habían dicho cuando se «recuperó» que había
ido a extraños y lejanos lugares del mundo —el Desierto Arábigo, las
extensiones de Mongolia, el Círculo Ártico, las Islas de Polinesia, las
Marquesas y el antiguo país Inca del Perú. No recordaba en absoluto lo
que había hecho allí, ni tampoco había nada en su equipaje que probase
sus recorridos, excepto uno o dos curiosos trozos de piedra cubiertos de
lo que podría ser escritura jeroglífica antigua, adecuados para formar
parte de la colección de un turista.
Cuando no
estaba ocupado en estos viajes extraños, pasaba su tiempo leyendo, con
inconcebible rapidez, en las grandes bibliotecas del mundo. Su recorrido
le había llevado desde la biblioteca de la Universidad de Miskatonic en
Arkham —muy conocida por sus manuscritos y libros prohibidos, acumulados
a lo largo de siglos, a partir de los tiempos coloniales—, hasta El
Cairo. Pero la mayor parte del tiempo lo había pasado en el Museo
Británico de Londres y en la Biblioteca Nacional de París. Había
consultado innumerables bibliotecas privadas, cuando se lo permitían sus
dueños.
De todas
formas, los datos que había comprobado durante su breve semana de
«normalidad» —usando de todos los medios disponibles: cables, telegrama,
radio, a causa de la urgencia, decía— demostraban que había leído,
devorado, mejor dicho, ciertos libros muy antiguos que antes de caer
enfermo desconocía por completo o conocía únicamente a través de las más
vagas referencias. Estos libros, relacionados con remotas sabidurías,
eran
Los
Manuscritos Pnakóticos,
el
Necronomicon
del árabe loco Abdul Alhazred, los
Unaussprechlichen Kulten
de von
Juntz, los
Cultes
des Goules
del conde d’Erlette,
De
Vermis Mysteriis
de Ludvig Prinn, el
Texto
de R’lyeh,
los
Siete
libros Crípticos de Hsan,
los
Cánticos de Dhol;
el
Liber
Ivonis;
los
Fragmentos de Celaeno
y muchos
otros similares, alguno de los cuales existían sólo en forma
fragmentaria, esparcidos por toda la superficie de la tierra. Por
supuesto, había también otros de historia, pero de acuerdo con las
fichas de retirada, las lecturas de Piper habían comenzado siempre con
libros de leyendas o que trataban de cuestiones sobrenaturales. A partir
de ahí seguía sus estudios de historia y antropología, en progresión
directa, como si Piper asumiese que la historia de la humanidad había
empezado, no en los tiempos antiguos, sino en un mundo increíblemente
viejo, que ya existía antes de que el hombre midiese el tiempo según lo
conocen los historiadores, y del que se habla en algunos temibles libros
de ciencias ocultas.
También
se sabía que había tenido contactos con otras personas a las que no
conocía previamente, pero que al encontrarse, en el lugar que fuese,
parecían tenerlo todo preparado; personas unidas por los mismos
propósitos, relacionadas con investigaciones macabras, o miembros del
cuerpo profesoral de alguna Universidad o escuela. Siempre existían
puntos comunes entre ellos, según dedujo Piper en sus averiguaciones
telefónicas intercontinentales, tras haber encontrado entre sus papeles,
cuando volvió a la normalidad, algunos mensajes. Todos y cada uno habían
sufrido un idéntico o muy similar estado de postración al que había
pasado Piper a partir de la noche del teatro.
Aunque
esta forma de actuar no tenía nada que ver con la vida de Piper antes de
su enfermedad, una vez adoptada se mantuvo bastante consistente durante
todo el tiempo en que estuvo enfermo. Los extraños e inexplicables
viajes que había hecho poco después de haberse acostumbrado de nuevo,
tras su «recuperación», a vivir entre sus colegas y familiares, habían
continuado durante los tres años en que no había sido «el mismo». Dos
meses en Ponapé, un mes en Angkor-Vat, tres meses en las tierras
antárticas, una conferencia con un colega experimentado en París, y
cortos períodos en Arkham entre un viaje y otro. Este era el patrón de
su vida; de esta forma pasó los tres años anteriores a su completo
restablecimiento. Este período había sido seguido por otro de profundo
desequilibrio, que no permitía a Amos Piper conservar la memoria de lo
que había hecho en esos tres años, y le esclavizaba el terror de no
cerrar los ojos para no ver aquello que sugería a su mente subconsciente
algo espantoso y aterrador, ligado estrechamente a sus sueños. |