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Al cabo de tres visitas, logré convencer
a Amos Piper para que me contase algún fragmento de sus extraños y
gráficos sueños, esas aventuras nocturnas de su subconsciente que le
torturaban. Se parecían mucho unos a otros en esencia: no existía una
fase de transición entre el momento de estar despierto y el momento de
estar dormido. Pero, a la luz de la enfermedad de Piper, eran
desafiadoramente significativos. El más común de ellos repetía un lugar;
esto, con algunas variaciones, ocurría repetidamente en la secuencia que
Piper me expuso. Reproduzco aquí su propio relato del sueño que se
repetía:
«Yo era un erudito que trabajaba en la
biblioteca de un edificio colosal. La habitación en la que estaba
sentado, y en la que transcribía algo de un libro escrito en un idioma
que no era el inglés, era tan grande que las mesas tenían la altura de
una habitación normal. Las paredes no eran de madera, sino de basalto, y
los estantes que cubrían las paredes eran de una clase de madera negra
que no conocía. Los libros no estaban impresos, sino totalmente
holografiados, algunos escritos en el mismo extraño idioma en que yo
escribía. Pero había algunos idiomas que podía reconocer —este
reconocimiento, sin embargo, se remontaba a ancestrales recuerdos—,
sánscrito, griego, latín, francés, incluso inglés, pero un inglés muy
mezclado, desde el inglés de Piers Plowman hasta el de hoy. Las mesas
aparecían iluminadas por grandes globos de cristal, unidos a extrañas
máquinas hechas de tubos de vidrio y barras de metal, sin cables que las
conectasen.
»Aparte de los libros en los estantes, el
lugar daba la impresión de un austero vacío. En la piedra se veían
extraños grabados, todos ellos dibujos matemáticos curvilíneos, junto
con inscripciones en la misma escritura jeroglífica estampada en los
libros. La mampostería era megalítica: en bloques convexos se encajaban
las hiladas cóncavas que descansaban en ellos; se elevaban de un suelo
compuesto por grandes losas octogonales de un basalto similar al de las
paredes. Nada había colgado en ellas, y nada decoraba los suelos. Las
estanterías iban desde el suelo hasta el techo, y entre las paredes
solamente había las mesas en las que trabajábamos de pie, pues no había
nada ante nuestra vista que se pareciese a una silla, ni tampoco sentía
necesidad de sentarme.
»Durante el día podía mirar afuera, a un
vasto bosque de árboles como helechos. Durante la noche podía mirar las
estrellas, pero no reconocía ninguna: ni una sola constelación de esos
cielos se parecía siquiera remotamente a las estrellas familiares, a las
acompañantes nocturnas de la tierra. Esto me llenaba de terror, pues
sabía que estaba en un lugar muy extraño, alejado de los lugares
terrestres que había conocido y que ahora aparecían como recuerdos de
una existencia increíblemente lejana. Tenía conciencia de que formaba
parte integral de aquel mundo y a la vez de que no tenía nada que ver
con él; era como si una parte de mí perteneciese a este medio y otra
parte no. Estaba muy aturdido, y en especial me confundía darme cuenta
de que estaba escribiendo una historia de la tierra de un tiempo que me
parecía haber vivido, es decir, del siglo XX. Estaba transcribiéndolo en
sus detalles más nimios, como si fuese para estudiarla, pero no sabía
con qué propósito. Quizá para añadir una opresora acumulación de saber a
todo el saber que se concentraba en los innumerables libros de la
habitación en que estaba, y en las habitaciones que la rodeaban, ya que
el edificio entero al que pertenecía esta habitación era un gran almacén
del saber. Tampoco era el único: por las conversaciones oídas en torno a
mí, sabía que había otros más lejanos, y que en ellos había otros
escribanos como nosotros, con tareas similares, y que el trabajo que
realizábamos era vital para el retorno de la Gran Raza —raza a la que
pertenecíamos— a los lugares de los universos donde una vez, hacía
mucho, estuvo nuestro hogar, hasta que la guerra con los Primordiales
nos obligó a huir.
»Trabajaba siempre con mucho miedo. Todo
me inspiraba terror. Tenía miedo de mirarme a mí mismo. Tenía
omnipresentemente un miedo terrorífico a un extraño descubrimiento
intrínseco en la más fugaz ojeada a mi cuerpo, derivado de la convicción
de que me había mirado con anterioridad y me había asustado
profundamente al verme. Quizá tenía miedo de ser como los demás, puesto
que mis compañeros, que me rodeaban, eran todos iguales. Aparentaban
grandes conos de un material rugoso, como la estructura de un vegetal;
medían más de diez pies de alto; su cabeza, así como sus manos, en forma
de garras, estaban unidas a unas anchas extremidades que salían del
vértice del cono. Caminaban merced a la expansión y contracción de la
capa viscosa que formaba su base, y aunque no hablaban un lenguaje
reconocible, podía entender los sonidos que emitían, pues, en mi sueño,
me sabía instruido en ese idioma desde el momento en que llegué a aquel
lugar. No hablaban con algo parecido a una voz humana, ni yo tampoco,
sino con una extraña combinación de silbidos y golpes y rasguños de las
grandes garras con que finalizaban sus cuatro extremidades enraizadas en
lo que supuestamente podían ser sus cuellos, aunque esa parte de sus
cuerpos no se veía.
»Parte de mi miedo sobrevino al entender
ligeramente que era un prisionero dentro de un prisionero, que aun
cuando estaba preso dentro de un cuerpo similar a los que me rodeaban,
este cuerpo estaba, a su vez, preso dentro de la gran biblioteca.
Buscaba en vano cosas que me fueran familiares. Nada de lo que allí
había me recordaba a la Tierra que había conocido desde la niñez, y todo
indicaba que nos encontrábamos en un punto lejano del espacio.
Comprendía que todos mis compañeros eran también cautivos de alguna
forma, aunque algunos hacían el oficio de guardianes. Muy similares a
los otros en forma, tenían un cierto aire de autoridad, y caminaban
entre nosotros muchas veces para ayudarnos. Estos guardianes no
amenazaban, sino que se comportaban de un modo cortés y a la vez firme.
»Aunque nuestros guardianes no tenían por
qué hablarnos, uno de ellos actuaba sin ningún género de restricciones.
Era evidentemente el instructor; se movía entre nosotros con más soltura
que los demás y me di cuenta que incluso los otros guardianes eran
diferentes a él. Esto no se debía exclusivamente al hecho de que fuera
instructor, sino también a que le sabían condenado a muerte, porque la
Gran Raza no estaba aún preparada para moverse y el cuerpo en que
habitaba estaba destinado a morir antes de que tuviese lugar la
migración. Había conocido a otros hombres, y tenía la costumbre de
detenerse ante mi mesa: al principio sólo me decía unas palabras para
darme ánimo, y más tarde hablaba durante largos ratos.
»Por él supe que la Gran Raza había
existido en la Tierra y en otros planetas de nuestro universo, así como
de otros universos, billones de años antes de que se escribiese la
historia. Los conos rugosos que les daban la apariencia actual los
habían ocupado hacía sólo algunos siglos, y estaban lejos de ser su
propia forma, que se asemejaba más a un rayo de luz, pues eran una raza
de mentes libres, capaces de invadir cualquier cuerpo y de desplazar la
mente que lo habitaba anteriormente. Habían habitado la Tierra hasta que
se vieron envueltos en la titánica batalla entre los Dioses Arquetípicos
y los Primordiales por la dominación del cosmos. De aquella batalla,
según me dijo, se derivaba la explicación del Mito Cristiano para la
humanidad, pues las mentes simples de los hombres primitivos habían
concebido sus recuerdos ancestrales como una batalla entre el Bien y el
Mal. Desde la Tierra, la Gran Raza escapó al espacio, en un principio al
planeta Júpiter, y luego más lejos, a esa estrella en la que ahora se
encontraban, una estrella oscura de Tauro, donde se quedaron a esperar
la siempre pendiente invasión de la región del Lago de Hali, que era el
lugar del destierro de Hastur —uno de los Primordiales— después de la
derrota de los Primordiales por los Dioses Arquetípicos. Pero ahora su
estrella agonizaba, y se estaban preparando para una migración masiva a
otra estrella, ya fuese hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, y
para ocupar los cuerpos de otras criaturas de vida mas larga que los
conos rugosos donde ahora se alojaban.
»La preparación consistía en el
desplazamiento de mentes a criaturas que existían en varias épocas y en
muchos lugares del universo. Había entre mis compañeros, afirmó, no sólo
hombres-árboles de Venus, sino también miembros de la raza medio vegetal
de la Antártica paleógena; no sólo representantes de la gran raza Inca
del Perú, sino también miembros de la raza de hombres que vivirían la
era post-atómica de la Tierra, horriblemente alterados por las
mutaciones causadas por el desprendimiento de materiales radioactivos de
las bombas de hidrógeno y cobalto de las guerras atómicas; no sólo seres
como hormigas de Marte, sino también hombres de la antigua Roma, y
hombres de un mundo de cincuenta mil años después. Había muchos más, de
todas las razas, de todos los tipos de vida, de mundos que conocía y de
mundos separados de mi tiempo por miles y miles de años. Era así porque
la Gran Raza podía viajar cuando lo deseaba en el tiempo y en el
espacio. Los conos rugosos que ahora constituían su cuerpo no eran sino
un hábitat temporal, más breve que la mayoría de los que habían ocupado.
Y el lugar en el cual desarrollaban ahora sus investigaciones, llenando
sus archivos con la historia de la vida en todos los tiempos y en todos
los lugares, era para ellos una esporádica residencia hasta emprender
una existencia nueva y más duradera en otro lugar, en otra forma, en
algún otro mundo.
»Todos los que trabajábamos en la gran
biblioteca les ayudábamos a recopilar datos, puesto que cada uno de
nosotros escribía la historia de su propio tiempo. Con el envío de sus
miembros al vacío sideral, la Gran Raza podía ver por sí misma cómo era
la vida en otros tiempos y lugares, y conocerla a través de los seres
que en ese determinado momento vivían allí, porque de éstos eran las
mentes que habían sido enviadas para ocupar el lugar de los miembros
ausentes de la Gran Raza, hasta el momento en que se hallasen preparados
para volver. La Gran Raza había construido una máquina para ayudarles en
sus vuelos a través del tiempo y del espacio, pero no una de esas
máquinas que puede imaginarse la humanidad, sino una que funcionaba en
un cuerpo para separar y proyectar la mente; y cada vez que intentaba un
viaje hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, el viajero se sometía a
la máquina y el viaje proyectado se realizaba. Así se trasladaban, sin
traba alguna, a dondequiera que dirigieran sus migraciones en masa; todo
lo accesorio, los aviones, los inventos, incluso la gran biblioteca, se
dejaría atrás; la Gran Raza empezaría a construir su civilización,
siempre esperando escapar de la destrucción que vendría cuando los
Primordiales —el Gran Hastur, el Inefable, y Cthulhu que yace en las
profundidades del agua, y Nyarlathotep el Mensajero, y Azathoth y Yog-Sothoth
y toda su terrible progenie— escapasen a sus ataduras y se enzarzasen
otra vez en una titánica batalla con los Dioses Arquetípicos en sus
remotas fortalezas entre las estrellas distantes.»
Este era el sueño más corriente de Piper.
De hecho, era probable que no se tratase de un sueño seguido, en el
sentido de que se desarrollase en la misma ocasión, sino de uno que se
repetía con detalles añadidos, hasta llegar a la versión final que había
expuesto y que a él le parecía un mismo sueño repetido, cuando en
realidad había sido una acumulación de diversas situaciones. Su forma de
actuar en su breve período de «normalidad» en relación con su sueño era
clara, pues representaba el reverso de la realidad: en la vida él
imitaba las acciones de lo que posteriormente describió como conos
rugosos, que habitaban sueños que luego se convertían en realidad. El
orden tenía que ser, normalmente, el contrario; si sus acciones —sus
intentos de agarrar objetos como si tuviese garras, y de hablar con las
manos, y demás— hubiesen tenido lugar después de estos intensos sueños,
la progresión normal habría podido ser observada. Era significativo que
no hubiese ocurrido de esta forma.
Un segundo sueño parecía ser una simple
continuación del primero. De nuevo Piper se encontraba trabajando en la
alta mesa de la gran biblioteca, sin poder sentarse, ya que no había
sillas, y además la forma de cono rugoso no permitía estar sentado. De
nuevo el instructor que iba a morir se había parado a hablar con él, y
Piper le había preguntado acerca de la vida de la Gran Raza.
«Le pregunté que cómo podía esperar la
Gran Raza mantener sus planes en secreto, si reemplazaba a las mentes
que se habían desplazado a otro lugar. Dijo que se conseguiría de dos
formas. Primero, todo rastro de recuerdo de este sitio sería
cuidadosamente borrado antes de que cualquiera de las mentes desplazadas
regresase, bien fuese enviada hacia atrás o hacia adelante en el espacio
y en el tiempo. Segundo, si quedase alguna señal, resultaría ser tan
difusa e inconexa que carecería de sentido. Cualquier reconstrucción
sería tan increíble para los demás, que la considerarían un invento de
la imaginación, o incluso una enfermedad.
»Continuó diciéndome que a las mentes de
la Gran Raza se les autorizaba para que eligiesen su hábitat. No se les
enviaba fortuitamente a ocupar la primera «vivienda» con la que
tropezaban, sino que tenían el poder de elegir entre las criaturas que
divisaban aquella que deseaban ocupar. La mente desplazada era
trasladada al lugar actual de residencia de la Gran Raza, mientras que
el miembro de la raza se adaptaba a la vida de la civilización a la que
había ido hasta encontrar los rastros de la vieja cultura que había
culminado en el gran levantamiento entre los Dioses Arquetípicos y los
Primordiales. Incluso tras el regreso, cuando la Gran Raza había
aprendido cuanto deseaba acerca de la forma de vida y los puntos de
contacto con los Primordiales —particularmente con sus servidores, que
podrían oponerse a la Gran Raza, amante de la paz y de la soledad, y más
allegada a los Dioses Arquetípicos que a los Primordiales—, en ocasiones
se enviaban mentes para asegurarse de que las mentes desplazadas habían
quedado limpias de todo recuerdo, o para emprender un nuevo
desplazamiento, caso de que no hubiera sido así.
»Me llevó a las habitaciones subterráneas
de la gran biblioteca. Había libros por todas partes, todos
holografiados. Grupos de ellos estaban empaquetados en cámaras
rectangulares alineadas, labradas en un desconocido metal brillante. Los
archivos se ordenaban según las formas de vida, y tomé nota del hecho de
que los conos rugosos de la estrella negra estaban considerados como
superiores al hombre, puesto que el hombre no aparecía muy separado de
los reptiles, que inmediatamente le precedían en la tierra. Cuando le
interrogué acerca de esto, el instructor respondió que estaba en lo
cierto. Explicó que el contacto con la Tierra sólo se mantenía porque en
su día había sido el centro de las batallas entre los Dioses
Arquetípicos y los Primordiales, y los servidores de estos últimos
vivían allí, desconocidos para la mayoría de los hombres: los Profundos
en las profundidades del océano, los batracios de Polinesia y área de
Innsmouth en Massachusetts, el temible Pueblo Tcho-Tcho del Tíbet, los
Shantaks de Kadath en el Desierto de Hielo, y muchos otros, y quién sabe
si ahora resultaría necesario para la Gran Raza regresar otra vez al
planeta verde que había sido su primer hogar. Me dijo que ayer mismo —un
tiempo que parecía infinitamente largo, pues la duración de los días y
las noches allí era equivalente a una semana en la Tierra— había
regresado una de las mentes de Marte y comunicado que el planeta estaba
tan cerca de la muerte, o más, que su propia estrella, y que se había
perdido, por tanto, otra de las alternativas.
»De este subterráneo me llevó a la parte
de arriba del edificio. Era una gran torre con una cúpula de una
sustancia como el cristal, a través de la cual podía mirar el paisaje
exterior. El bosque de helechos que había visto era de hojas verdes
secas, no frescas, y lejos del borde del bosque se extendía un gran
desierto interminable que descendía a un oscuro golfo: la cuenca ya seca
de un gran océano, según explicó mi guía. La estrella negra había
entrado en la órbita mas alejada de una nova y ahora moría lenta e
implacablemente. ¡Qué extraño parecía el paisaje! Los árboles se veían
enanos en comparación con los grandes edificios de piedras megalíticas
desde donde los contemplábamos; ningún pájaro volaba por el cielo gris;
no había ninguna nube, ni niebla en el abismo; y la luz del lejano sol
que iluminaba la estrella negra venía indirectamente del espacio, de
modo que el paisaje estaba siempre bañado en una irrealidad gris.
»Me estremecí al mirar.»
Los sueños de Piper aparecían cada vez
más inmersos en el terror. Este miedo se materializaba en dos planos:
uno que le ataba a la Tierra, y otro a la estrella negra. Había pocas
variaciones. Un segundo tema, que se produjo dos o tres veces en una
misma secuencia, era que se le permitía acompañar al guardián instructor
a un curioso cuarto circular, que debía estar en la parte baja de la
colosal torre. En cada uno de esos casos, uno de los conos rugosos se
hallaba tendido en una mesa entre cúpulas de resplandeciente cristal de
una máquina que emitía una luz intermitente, como si se tratase de una
especie de electricidad, aunque, al igual que las lámparas de las mesas
de trabajo, no había cables que fuesen hacia ellas o saliesen de ellas.
A medida que aumentaban las vibraciones
de la luz y la intensidad de su brillo, el cono rugoso que estaba en la
mesa entraba en estado de coma, y permanecía así por un tiempo, hasta
que la luz oscilaba y el zumbido de la máquina se detenía. Entonces el
cono volvía a la vida otra vez, e inmediatamente empezaba a emitir un
torrente de silbidos y sonidos. La escena no variaba. Piper comprendía
lo que decían, y creía que lo que presenciaba cada vez era el regreso de
una mente perteneciente a la Gran Raza, y el envío de la mente
desplazada que había ocupado el cono rugoso en su ausencia. La sustancia
de la rápida charla del cono revivido era siempre muy similar: venía a
ser un resumen de la estancia de la gran mente lejos de la estrella
negra. En una ocasión la gran mente había venido de Inglaterra después
de una estancia de cinco años como antropólogo inglés, y pretendía haber
visto los lugares en que los sicarios de los Primordiales aguardaban.
Algunos habían sido parcialmente destruidos —como, por ejemplo, cierta
isla no lejos de Ponapé, en el Pacífico, y el Arrecife del Diablo, cerca
de Innsmouth, y una montaña de cavernas y un lago cerca de Machu Pichu.
Otros servidores estaban dispersos, sin ninguna organización, y los
Primordiales que permanecían en la Tierra estaban prisioneros bajo la
estrella de cinco puntas que era el sello de los Dioses Arquetípicos. De
los lugares que se nombraron como lugares potenciales para un futuro de
la Gran Raza, la Tierra era siempre el que figuraba en cabeza, a pesar
de los peligros de una guerra atómica.
Estaba claro, a medida que Piper
progresaba en el relato de sus sueños, y a pesar de su confusión, que la
Gran Raza pretendía volar a otro planeta o estrella muy distante de la
estrella moribunda que ahora ocupaba, y las extensas regiones del
planeta verde donde vivían pocos hombres —lugares cubiertos de hielo,
regiones arenosas en los países cálidos— se presentaban como un paraíso
para la Gran Raza. Básicamente los sueños de Piper eran todos muy
similares. Existía siempre la enorme estructura de bloques megalíticos
de basalto, siempre el interminable trabajo de esos seres extraños que
no necesitaban dormir invariablemente la sensación de estar preso y, en
la vida real, concomitante, el miedo siempre presente del que Piper no
podía liberarse.
Llegué a la conclusión de que Piper,
incapaz de relacionar los sueños con la realidad, era, víctima de una
profunda confusión, uno de esos hombres desdichados que han perdido la
capacidad de distinguir si el mundo real es el de los sueños o aquel en
que habla y se mueve durante el día. Pero esta conclusión no me
satisfacía del todo. Pronto supe que acertaba al poner en duda la
veracidad de mi juicio.
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