LIBRO DEL MES

...TAMBIEN PASEAMOS PERROS

Robert A. Heinlein

 
LIBRO DEL MES   ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 
 


Del conjunto de relatos del mismo autor
 THE GREEN HILLS OF EARTH, 1951

- ¡Servicios Generales... miss Cormet al habla...!

Se dirigió a la placa luminosa con la dosis justa de afectuosa amistad hospitalaria e impersonal eficiencia. La pantalla centelleó un momento, después apareció en ella la imagen estereotipada de una viuda gorda y rolliza, exageradamente vestida y enjoyada.

-¡Oh, amiga mía - decía la imagen -, ¡estoy tan desesperada! Me pregunto si podrá usted ayudarme...

- Estoy segura que sí - dijo miss Cormet, valo­rando rápidamente el coste del traje y las joyas (si eran buenas, se dijo haciendo una reserva mental) y decidió que era una clienta que podía dejar un buen provecho. - Cuente usted sus cuitas. Su nombre pri­mero, si me hace el favor... - Apretó un botón sobre la mesa en forma de herradura que la envolvía, sobre el que había marcado DEPARTAMENTO DE CRE­DITO.

- Todo esto es tan complicado... - insistía la ima­gen. - A Peter se le ha ocurrido romperse la cadera.

- Miss Cormet apretó inmediatamente el botón mar­cado SERVICIO MEDICO. - Ya le había dicho que el polo era peligroso. No tiene usted idea, querida, de cómo sufre una madre. Y ahora, precisamente. Es tan inoportuno...

-¿Quiere usted que nos ocupemos de él? ¿Dónde está ahora?

-¿Ocuparse de él? ¡Qué tontería! El Hospital Conmemorativo se encargará de ello. Bastante lo he­mos dotado, me parece. Es mi cena lo que me preocu­pa. La Princesa estará tan contrariada...

La luz de respuesta del Departamento de Crédito centelleaba furiosamente. Miss Cormet prosiguió el diálogo.

- Comprendo. Se lo arreglaremos nosotros. Y ahora deme su nombre, señora, y actual residencia.

- Pero ¿es que no sabe usted mi nombre?

- Podemos saberlo - miss Cormet eludió diplomá­ticamente la respuesta -, pero los Servicios Generales respetan siempre el incógnito de sus clientes.

-¡Ah, sí, claro! ¡Qué considerados! Soy mistress Peter van Hogbeín Johnson. - Míss Cormet dominó su reacción. No había necesidad de consultar con el Departamento de Crédito para esto. Pero su transpa­rencia lanzó en el acto destellos, marcando AAA... sin límite. - Pero no veo qué pueden ustedes hacer - con­tinuaba mistress Johnson -; no puedo estar en dos sitios a la vez.

- A los Servicios Especiales les gustan las misiones difíciles - le aseguró miss Cormet -. Y ahora, si me hace el favor de darme detalles...

No sin dificultad consiguió que la buena señora le contase una historia coherente. Su hijo, Peter III, una especie de Peter Pan ya crecidito, cuyas facciones eran familiares a Grace Cormet a través de varios años de estereograbado, ataviado con las más extravagantes indumentarias requeridas para las diversiones de su ociosa existencia, había cometido la imprudencia de elegir la víspera de la función social más importante de su madre para pegarse un serio batacazo. Más aún, había sido tan imprevisor que lo había hecho a medio continente de distancia de la autora de sus días.

Miss Cormet creyó comprender que la técnica de mistress Johnson para conservar a su hijo a salvo bajo su tutela era correr al lado de su cama en el acto y de paso seleccionar a sus enfermeras. Pero la cena que daba aquella noche representaba la culminación de meses enteros de cuidadosas maniobras. ¿Qué tenía que hacer?

Miss Cormet se dijo que la prosperidad de los Servicios Generales y sus propios y considerables in­gresos dependían en gran parte de la estupidez, falta de iniciativa y desidia de personas como aquel pará­sito y le explicó que los Servicios Generales se ocuparían de que su cena fuese un éxito social completo, disponiendo una pantalla estereoscópica en su salón a fin de que pudiese recibir a sus huéspedes y hacerles las explicaciones necesarias mientras corría al lado de su hijo. Miss Cormet se ocuparía también de que el más apto de los organizadores sociales se encargase de todo; se trataba de una persona cuya posición en la sociedad era irreprochable y cuya relación con los Servicios Generales era ignorada de todos. Con un poco de habilidad el desastre podía ser convertido en un triunfo social que elevaría la reputación de mis­tress Johnson como hospitalaria anfitriona y madre abnegada.

- Un vehículo aéreo estará a su disposición dentro de veinte minutos - añadió mientras conectaba con el servicio marcado TRANSPORTES - y la llevará al cohete-puerto. Uno de nuestros jóvenes colaboradores la acompañará para que le dé usted más amplios detalles en el camino hasta el puerto. Se le reservará un departamento para usted y una litera para su doncella en el cohete de las 16.45, para Newark. Y ahora descanse. Los Servicios Generales se ocuparán de todo.

-¡Oh, gracias, gracias amiga mía! ¡Ha sido usted tan útil!... No tiene usted idea de las responsabilida­des que tiene una persona como yo.

Miss Cormet sonrió con simpatía profesional, diciéndose que aquella buena mujer estaba madura para sacarle más cuartos.

- Parece usted extenuada, madame - dijo con so­licitud -. ¿Quiere usted una masajista para acompa­ñarla en el viaje? ¿Está usted delicada de salud? Qui­zá un médico sería todavía mejor...

-¡Cuán atenta es usted!

- Se los mandaré a los dos - decidió miss Cormet conectando, y con el vago pesar de no haberle pro­puesto un cohete fletado expresamente. El servicio especial, no incluido en las listas de tarifas fijas, era proporcionado con un fuerte recargo. A veces este «fuerte» se elevaba a la totalidad de lo que el tráfico podía soportar.

Conectó con EJECUTIVO y en la pantalla apareció un hombre joven de mirada viva.

- Tome nota, Steve - dijo ella -. Servicio Espe­cial Triple A. He empezado el servicio inmediata­mente.

-¿Triple A... bonificación? - dijo el muchacho arqueando las cejas.

- Indudablemente. Dele a la vieja las cifras... con cuidado. Y otra cosa el hijo de la clienta está en el hospital. Vigile las enfermeras. Si alguna de ellas tiene la más pequeña pizca de sex-appeal, despídala y póngale un esperpento.

- Entendido muchacha. Transcribo.

Limpió de nuevo la pantalla, el «hábil para el ser­vicio» luminoso de su cabina se volvió automática­mente verde, después, casi en seguida, se puso nuevamente rojo y una nueva figura se formó en la pantalla.

No se andaba por las ramas, aquél. Grace Cormet vio a un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, de cintura estrecha y ojos penetrantes, duros, pero corteses.

- Servicios Generales - dijo ella -. Miss Cormet al habla.

-¡Ah, miss Cormet! - empezó él -, quisiera ver a su jefe.

-¿Al jefe de distribuciones?

- No, quisiera ver al presidente de Servicios Generales.

- ¿Quiere usted decirme de qué se trata? Quizá yo pueda serle útil.

- Lo siento, pero no puedo dar explicaciones. Tengo que verlo en seguida.

Y Servicios Generales lo siente también. Míster Clare es un hombre muy ocupado, es imposible verlo sin estar citado y haber expuesto previamente el mo­tivo de la visita.

-¿Ha registrado usted?

- Ciertamente...

- Pues, por favor, deje de hacerlo.

Sobre la consola, a la vista del cliente cerró el registrador. Por debajo de su mesa volvió a conectarlo. A los Servicios Generales se les pedía algunas veces cometer actos ilegales y sus empleados confidenciales no querían correr riesgos. El hombre buscó algo entre los pliegues de su camisa y se lo tendió. El efecto estereoscópico hizo que diese la impresión de salir de la pantalla.

Sus entrenadas facciones acusaron la sorpresa. Era el sello de un oficial planetario, y el color de la cu­bierta era verde.

- Esto lo arregla todo.

- Muy bien - dijo él -. ¿Puede usted encontrar­me y hacerme entrar dentro de diez minutos? ¿En la sala de espera?

- Allí estaré, míster... míster... -. Pero él había cortado.

Grace Cormet conectó con el jefe de distribución y pidió relevo. Después, cortando su cuadro de ser­vicios, sacó la bobina que llevaba la grabación clan­destina de su conferencia, la miró como indecisa y al cabo de un momento la metió en un agujero de la tapa de su mesa, donde un fuerte campo magnético borró los surcos no fijados del metal blando.

Por la puerta de atrás entró una muchacha en la cabina. Era rubia decorativa, y parecía una muñeca. Pero no lo era.

- Bien, Grace - dijo -. ¿Algo que atender?

- No. Hoja limpia.

-¿Qué te pasa? ¿Enferma?

- No. - Sin más explicación Grace salió de su cabina, pasó por delante de las demás que albergaban operadoras que anotaban los servicios prestados y en­tró en un gran vestíbulo donde trabajaban centenares de redactores del catálogo. Estos no disponían de un equipo tan completo como la cabina que miss Grace acababa de abandonar. Un enorme volumen, ejemplar de la lista de precios corrientes en todos los servicios y un dispositivo normal de visión y oído permitían a un operador del catálogo informar al público de casi todo lo que un cliente ordinario pudiese desear. Si una llamada salía del alcance del catalogo, era transferida a los aristócratas de los recursos, como Grace.

Cortó por la sala de archivos, siguió un corredor por entre docenas de maquinas de taladrar tarjetas y entró en una habitación. Un ascensor neumático la llevó al piso donde se hallaba el despacho del presi­dente. La secretaria del presidente no le detuvo ni al parecer la anunció. Pero Grace observó que las manos de la muchacha manejaban las llaves de la caja de caudales.

Los operadores de distribución no entran en el des­pacho de un presidente de una corporación de un billón de activo. Pero los Servicios Generales estaban organizados como ningún otro negocio de este planeta. Era un negocio sui generis, en el cual un entrenamien­to especial era una comodidad digna de ser tenida en cuenta, de ser comprada y vendida, pero una ha­bilidad especial en los recursos y un ingenio vivo eran de suma importancia. En su jerarquía, Jay Clare, el presidente, tenía, en primer lugar, su mano derecha; Saunders Francis era el segundo y el grupo de doce operadores, de los cuales Grace era uno de ellos, que recibía llamadas en el cuadro de recepción ilimitado, venían inmediatamente después. Ellos y los operadores de campo magnético, que ejecutaban las tareas no clasificadas más difíciles, formaban un solo grupo, en realidad, porque los operadores de recepción ilimitada y los de campo magnético ilimitado alternaban en las plazas sin discriminación.

Después de ellos vienen centenares de miles de otros empleados diseminados por todo el planeta, des­de el jefe contable, el director del departamento jurí­dico, el jefe de los servicios de archivos, hasta los di­rectores locales, los redactores del catálogo y hasta el último de los empleados; taquígrafas dispuestas a to­mar al dictado donde y cuando se les ordenase, galanes profesionales dispuestos a ocupar un sitio vacante en una cena y el hombre que alquilaba armadillos o pulgas amaestradas.

Grace Cormet entró en el despacho de míster Clare. Era la única habitación del edificio no cerrada con mecanismo electromecánico y equipo de comunicación. No contenía más que la mesa (vacía), un par de sillas y una pantalla estereoscópica que, cuando no es­taba en uso, recordaba la famosa pintura de Krantz «El Buda llorando». El original estaba, en realidad, en el subterráneo, trescientos metros más abajo.

-¡Hola, Grace! - la saludó el presidente ten­diéndole una hoja de papel -. Dígame usted qué piensa de esto. Sauce dice que no le gusta.

Saunder Francis volvió sus ojos abultados de su jefe a Grace Cormet, pero no confirmó ni negó la de­claración.

Miss Cormet leyó:

 

«¿PUEDE USTED SOPORTARLO?

 

¿Puede usted soportar los SERVICIOS GENERA­LES?

¿¿¿Puede usted soportar el no utilizar los SERVI­CIOS GENERALES???

En esta era de aviones a chorro ¿Puede usted so­portar perder el tiempo haciendo sus compras, pagando personalmente sus facturas, ocupándose de su de­partamento?

Nosotros distraeremos al niño y daremos de comer al gato.

Nosotros le alquilaremos un piso y compraremos sus zapatos.

Nosotros escribiremos a su madre política y suma­remos las matrices de sus cheques.

No hay trabajo demasiado grande para nosotros No hay trabajo demasiado pequeño... y todo asom­brosamente barato!

SERVICIOS GENERALES

Marque D-E-S-E-P-R-I-S-A

P.         S. TAMBIEN PASEAMOS PERROS.»

 

-¿Qué le parece?

- Sauce tiene razón. A mí tampoco me gusta.

-¿Por qué?

- Demasiado obvio. Demasiada verborrea. No va al fondo del asunto.

-¿Cuál es su idea para conquistar el mercado marginal?

Grace reflexionó un momento, después cogió una estilográfica y escribió:

 

¿QUIERE USTED VER ASESINADO A ALGUIEN?

(Entonces no llame a SERVICIOS GENERALES)

Pero para cualquier otro servicio, marque

D-E-S-E-P-R-I-S-A.       Vale la pena.

P.         S. También paseamos perros.

 

-¡Hem!... Quizá esté bien - dijo míster Clare cautelosamente -. Lo probaremos. Sauce imprímalo en tipo B, dos semanas América del Norte, y dígame cómo sale. - Francis metió el papel en su cartera, siempre sin cambiar su impasible expresión. - Pues como iba diciendo...

- Jefe - interrumpió miss Grace -, le he fijado una entrevista. - Miró su reloj sortija. - Hace exac­tamente dos minutos cuarenta segundos. Enviado del Gobierno.

- Recíbalo bien y despídalo. Estoy ocupado.

- Consigna verde.

Clare levantó rápidamente la vista. Incluso Francis parecía interesado.

-¿Sí? - preguntó Clare -. ¿Ha grabado usted su conversación con él?

- La he borrado.

-¿Lo ha...? En fin, usted sabrá por qué. Me gustan sus intuiciones. Hágalo entrar.

Gloria asintió con la cabeza y salió.

Encontró a su hombre, que acababa de llegar, en la sala de espera y lo llevó a través de doce habitacio­nes cuyos conserjes, de haber ido solo le hubieran preguntado su identidad y el motivo de su visita. Una vez estuvo sentado en el despacho de míster Clare, dirigió una mirada circular a la habitación.

-¿Puedo hablar con usted en particular, míster Clare?

- Míster Francis es mi mano derecha. Ha hablado usted ya con miss Cormet.

- Muy bien. - Sacó una insignia verde y se la tendió. - De momento no hay necesidad de pronun­ciar nombres. Estoy seguro de su discreción.

El presidente de Servicios Generales se incorporó con impaciencia.

- Vamos al asunto. Es usted Pierre Beaumont. Jefe de Protocolo. ¿Es que la Administración quiere encargarnos algún trabajo?

Beaumont permaneció impasible ante el cambio de actitud.

- Me conoce usted. Muy bien. Vamos, pues, al asunto. El Gobierno puede quizá querer algún tra­bajo. En todo caso nuestra conversación no debe en modo alguno salir de aquí...

- Todas las relaciones de Servicios Generales son confidenciales.

Hizo una pausa.

- Esto no es confidencial; es un secreto.

- Le entiendo - dijo Clare -. Siga.

- Tiene usted una Organización muy interesante, míster Clare. Tengo entendido que se encarga usted de cualquier cosa que se le encargue... según el precio.

- Siempre que sea legal.

-¡Oh, sí, desde luego! Pero legal es una palabra susceptible de interpretación. Admiré la forma como su compañía trató el asunto de la Segunda Expedición Plutoniana. Algunos de sus métodos eran... sí, inge­niosos.

- Si tiene usted alguna critica que dirigir a nues­tras acciones será mejor que se dirija a nuestros departamentos jurídicos por las vías normales acostum­bradas.

Beaumont levantó la palma de la mano frente a él.

-¡Oh, no, míster Clare, por favor! No me ha en­tendido usted. No era ninguna crítica, era admira­ción. ¡Qué recursos! ¡Qué gran diplomático hubiera sido usted!

- No hagamos más esgrima. ¿Qué quiere usted?

Míster Beaumont avanzó los labios.

- Vamos a suponer que tiene usted que mantener una docena de representantes de cada raza inteligente de este sistema planetario y quiere usted que sean completamente felices. ¿Podría usted hacerlo?

- Presión de aire, humedad... - dijo Clare como pensando en voz alta -, densidad de radiación, quí­mica atmosférica, temperaturas, condiciones cultura­les... todo esto es muy sencillo. Pero ¿y la gravedad? Podríamos utilizar un centrífugo para los jupiterianos, pero los marcianos y los titanes ya es otro asunto. No hay manera de reducir la gravedad normal de la Tierra. No; seria necesario mantenerlos en el espacio o en la Luna. Esto no entra dentro de nuestro ramo, no ofrecemos servicios más allá de la estratosfera.

- No seria más allá de la estratosfera - dijo Beau­mont, moviendo negativamente la cabeza -. Puede usted considerar como condición indispensable que tendría que realizarlo todo sobre la superficie de la Tierra.

-¿Por qué?

-¿Es costumbre de los Servicios Generales infor­marse de la razón por la cual un cliente quiere un servicio determinado?

- No, perdone.

- Perfectamente. Pero necesita usted más informa­ciones a fin de que pueda comprender lo que debe ser llevado a cabo y el porqué tiene que ser secreto. Va a celebrarse una conferencia en este planeta, en un próximo futuro, a noventa días todo lo más. Hasta que la conferencia esté convocada, no debe transpirar la sospecha de que tiene que celebrarse. Si estos planes fuesen anticipados en ciertos lugares no valdría la pena celebrarla. Le propongo que considere usted esta conferencia como una reunión de la mesa redon­da de científicos eminentes de nuestro Sistema, apro­ximadamente de la misma importancia y forma de la sesión de la Academia, celebrada en Marte la prima­vera pasada. Debe usted hacer todos los preparativos para el mantenimiento de los delegados, pero debe usted ocultar estos preparativos a las ramificaciones de su organización hasta que se las necesite. En cuan­to a los detalles...

Pero Clare le interrumpió.

- Parece que usted supone que hemos aceptado este trabajo. Tal como lo ha explicado usted; nos llevaría a un ridículo fracaso. A Servicios Generales no le gustan los fracasos. Ya sabe usted, como sé yo tam­bién, que la gente de baja gravedad no puede pasar más que algunas horas a alta gravedad sin poner gravemente en peligro su salud. Las expediciones interplanetarias son siempre realizadas a planetas de baja gravedad y lo serán siempre.

- Si contestó Beaumont pacientemente -, siem­pre ha sido así. ¿Se da usted cuenta del tremendo handicap diplomático con que trabajarían Venus y la Tierra como consecuencia?

- No le entiendo.

- No es necesario. Lo psicología política no es su ramo. Dé usted por descontado que es así y que la Administración está decidida a que esta conferencia tenga lugar en la Tierra.

-¿Por qué no en la Luna?

- No es lo mismo en absoluto - dijo Beaumont negando -. Aun cuando la administremos, Luna City es un puerto del tratado. No es lo mismo psicológi­camente.

- Míster Beaumont - dijo Clare moviendo la ca­beza -, creo que no comprende usted la naturaleza de los Servicios Generales, aunque no consigo apre­ciar las sutiles exigencias de la diplomacia. Ni hace­mos milagros ni prometemos hacerlos. Somos tan sólo los hombres útiles del último siglo, aumentando velo­cidad y asociados. Somos el equivalente del último día de la vieja clase sirviente, pero no somos el genio de Aladino. No mantenemos siquiera investigaciones de laboratorio en el sentido científico. Nos limitamos a hacer el mejor uso posible de los adelantos moder­nos en comunicación y organización, para hacer lo que puede hacerse. - Levantó una mano en dirección al muro de enfrente sobre el cual se encontraba en bajo relieve la marca insignia de la organización; un poste. - Aquí tiene usted el espíritu de la clase de perro Scotch tirando de la correa y husmeando un trabajo que hacemos. Paseamos perros, por ejemplo, de gente que está demasiado ocupada para poderlos pa­sear. Mi abuelo se abrió camino desde el colegio paseando perros. Yo sigo paseándolos todavía. No pro­meto milagros ni hago juegos malabares con la po­lítica.

Beaumont juntó cuidadosamente las puntas de sus dedos.

- Ustedes pasean perros a cambio de una tarifa. Pero, desde luego, lo hacen ustedes... paseen ustedes el mío. Cinco créditos mínimos parece realmente ba­rato.

- Lo es. Pero cien mil perros, dos veces al día, pronto Se elevan a una cifra importante.

- La «cifra» para pasear este «perro» sería consi­derable.

-¿Cuánto? - preguntó Francis, dando su primer signo de interés

Beaumont fijó su mirada en él.

- Señor mío, el resultado de esta... Mesa Redonda representaría una diferencia de literalmente centena­res de billones de créditos para este planeta. No sella­remos la boca de la vaca que nos trilla el trigo, si me permite la forma de expresarme.

-¿Cuánto?

-¿Sería razonable un treinta por ciento del coste?

- Podría no representar gran cosa - dijo Francis moviendo la cabeza.

- Bien, desde luego, no regatearé. Supongamos que dejásemos en sus manos, caballeros... perdón miss Cormet... decidir lo que vale el servicio. Creo poder confiar en su patriotismo racial y planetario para lle­gar a una valoración adecuada.

Francis se sentó; no dijo nada, pero parecía con­tento.

- Un momento - respondió Clare -. No hemos aceptado esta misión.

- Hemos discutido el precio - observó Beaumont.

Clare miró de Francis a Grace Cormet y después examinó sus uñas.

- Deme veinticuatro horas para ver si es posible o no - dijo finalmente -, y le diré si pasearé o no a su perro.

- Estoy seguro de que lo paseará  - dijo Beau­mont.

Y poniéndose el abrigo, se marchó.

 

- Okay, cerebros privilegiados - dijo Clare amar­gamente -, ustedes lo han querido.

- Yo estaba deseando estar fuera de aquí - dijo Grace.

- Ponga un equipo en todo esto menos en el pro­blema de la gravedad - propuso Francis -. Es la Única pega. Lo demás es rutina.

- Ciertamente - asintió Clare -, pero hará me­jor en encargarlo a alguien. Si no puede usted, nos encontraremos con ciertos preparativos Onerosos de los cuales no nos reembolsaremos nunca. ¿A quién quie­re usted? ¿A Grace?

- Así lo supongo - respondió Francis -. Sabe contar hasta diez.

 

 

  ¿DESEA COLABORAR?  
 

VOLVER

 
la-arania.com - Todos los derechos reservados