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- ¡Servicios Generales... miss Cormet al
habla...!
Se dirigió a la placa luminosa con la dosis justa
de afectuosa amistad hospitalaria e impersonal eficiencia. La pantalla centelleó
un momento, después apareció en ella la imagen estereotipada de una viuda gorda
y rolliza, exageradamente vestida y enjoyada.
-¡Oh, amiga mía - decía la imagen -, ¡estoy tan
desesperada! Me pregunto si podrá usted ayudarme...
- Estoy segura que sí - dijo miss Cormet,
valorando rápidamente el coste del traje y las joyas (si eran buenas, se dijo
haciendo una reserva mental) y decidió que era una clienta que podía dejar un
buen provecho. - Cuente usted sus cuitas. Su nombre primero, si me hace el
favor... - Apretó un botón sobre la mesa en forma de herradura que la envolvía,
sobre el que había marcado DEPARTAMENTO DE CREDITO.
- Todo esto es tan complicado... - insistía la
imagen. - A Peter se le ha ocurrido romperse la cadera.
- Miss Cormet apretó inmediatamente el botón
marcado SERVICIO MEDICO. - Ya le había dicho que el polo era peligroso. No
tiene usted idea, querida, de cómo sufre una madre. Y ahora, precisamente. Es
tan inoportuno...
-¿Quiere usted que nos ocupemos de él? ¿Dónde
está ahora?
-¿Ocuparse de él? ¡Qué tontería! El Hospital
Conmemorativo se encargará de ello. Bastante lo hemos dotado, me parece. Es mi
cena lo que me preocupa. La Princesa estará tan contrariada...
La luz de respuesta del Departamento de Crédito
centelleaba furiosamente. Miss Cormet prosiguió el diálogo.
- Comprendo. Se lo arreglaremos nosotros. Y ahora
deme su nombre, señora, y actual residencia.
- Pero ¿es que no sabe usted mi nombre?
- Podemos saberlo - miss Cormet eludió
diplomáticamente la respuesta -, pero los Servicios Generales respetan siempre
el incógnito de sus clientes.
-¡Ah, sí, claro! ¡Qué considerados! Soy mistress
Peter van Hogbeín Johnson. - Míss Cormet dominó su reacción. No había necesidad
de consultar con el Departamento de Crédito para esto. Pero su transparencia
lanzó en el acto destellos, marcando AAA... sin límite. - Pero no veo qué pueden
ustedes hacer - continuaba mistress Johnson -; no puedo estar en dos sitios a
la vez.
- A los Servicios Especiales les gustan las
misiones difíciles - le aseguró miss Cormet -. Y ahora, si me hace el favor de
darme detalles...
No sin dificultad consiguió que la buena señora
le contase una historia coherente. Su hijo, Peter III, una especie de Peter Pan
ya crecidito, cuyas facciones eran familiares a Grace Cormet a través de varios
años de estereograbado, ataviado con las más extravagantes indumentarias
requeridas para las diversiones de su ociosa existencia, había cometido la
imprudencia de elegir la víspera de la función social más importante de su madre
para pegarse un serio batacazo. Más aún, había sido tan imprevisor que lo había
hecho a medio continente de distancia de la autora de sus días.
Miss Cormet creyó comprender que la técnica de
mistress Johnson para conservar a su hijo a salvo bajo su tutela era correr al
lado de su cama en el acto y de paso seleccionar a sus enfermeras. Pero la cena
que daba aquella noche representaba la culminación de meses enteros de
cuidadosas maniobras. ¿Qué tenía que hacer?
Miss Cormet se dijo que la prosperidad de los
Servicios Generales y sus propios y considerables ingresos dependían en gran
parte de la estupidez, falta de iniciativa y desidia de personas como aquel
parásito y le explicó que los Servicios Generales se ocuparían de que su cena
fuese un éxito social completo, disponiendo una pantalla estereoscópica en su
salón a fin de que pudiese recibir a sus huéspedes y hacerles las explicaciones
necesarias mientras corría al lado de su hijo. Miss Cormet se ocuparía también
de que el más apto de los organizadores sociales se encargase de todo; se
trataba de una persona cuya posición en la sociedad era irreprochable y cuya
relación con los Servicios Generales era ignorada de todos. Con un poco de
habilidad el desastre podía ser convertido en un triunfo social que elevaría la
reputación de mistress Johnson como hospitalaria anfitriona y madre abnegada.
- Un vehículo aéreo estará a su disposición
dentro de veinte minutos - añadió mientras conectaba con el servicio marcado
TRANSPORTES - y la llevará al cohete-puerto. Uno de nuestros jóvenes
colaboradores la acompañará para que le dé usted más amplios detalles en el
camino hasta el puerto. Se le reservará un departamento para usted y una litera
para su doncella en el cohete de las 16.45, para Newark. Y ahora descanse. Los
Servicios Generales se ocuparán de todo.
-¡Oh, gracias, gracias amiga mía! ¡Ha sido usted
tan útil!... No tiene usted idea de las responsabilidades que tiene una persona
como yo.
Miss Cormet sonrió con simpatía profesional,
diciéndose que aquella buena mujer estaba madura para sacarle más cuartos.
- Parece usted extenuada, madame - dijo con
solicitud -. ¿Quiere usted una masajista para acompañarla en el viaje? ¿Está
usted delicada de salud? Quizá un médico sería todavía mejor...
-¡Cuán atenta es usted!
- Se los mandaré a los dos - decidió miss Cormet
conectando, y con el vago pesar de no haberle propuesto un cohete fletado
expresamente. El servicio especial, no incluido en las listas de tarifas fijas,
era proporcionado con un fuerte recargo. A veces este «fuerte» se elevaba a la
totalidad de lo que el tráfico podía soportar.
Conectó con EJECUTIVO y en la pantalla apareció
un hombre joven de mirada viva.
- Tome nota, Steve - dijo ella -. Servicio
Especial Triple A. He empezado el servicio inmediatamente.
-¿Triple A... bonificación? - dijo el muchacho
arqueando las cejas.
- Indudablemente. Dele a la vieja las cifras...
con cuidado. Y otra cosa el hijo de la clienta está en el hospital. Vigile las
enfermeras. Si alguna de ellas tiene la más pequeña pizca de sex-appeal,
despídala y póngale un esperpento.
- Entendido muchacha. Transcribo.
Limpió de nuevo la pantalla, el «hábil para el
servicio» luminoso de su cabina se volvió automáticamente verde, después, casi
en seguida, se puso nuevamente rojo y una nueva figura se formó en la pantalla.
No se andaba por las ramas, aquél. Grace Cormet
vio a un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, de cintura estrecha y ojos
penetrantes, duros, pero corteses.
- Servicios Generales - dijo ella -. Miss Cormet
al habla.
-¡Ah, miss Cormet! - empezó él -, quisiera ver a
su jefe.
-¿Al jefe de distribuciones?
- No, quisiera ver al presidente de Servicios
Generales.
- ¿Quiere usted decirme de qué se trata? Quizá yo
pueda serle útil.
- Lo siento, pero no puedo dar explicaciones.
Tengo que verlo en seguida.
Y Servicios Generales lo siente también. Míster
Clare es un hombre muy ocupado, es imposible verlo sin estar citado y haber
expuesto previamente el motivo de la visita.
-¿Ha registrado usted?
- Ciertamente...
- Pues, por favor, deje de hacerlo.
Sobre la consola, a la vista del cliente cerró el
registrador. Por debajo de su mesa volvió a conectarlo. A los Servicios
Generales se les pedía algunas veces cometer actos ilegales y sus empleados
confidenciales no querían correr riesgos. El hombre buscó algo entre los
pliegues de su camisa y se lo tendió. El efecto estereoscópico hizo que diese la
impresión de salir de la pantalla.
Sus entrenadas facciones acusaron la sorpresa.
Era el sello de un oficial planetario, y el color de la cubierta era verde.
- Esto lo arregla todo.
- Muy bien - dijo él -. ¿Puede usted encontrarme
y hacerme entrar dentro de diez minutos? ¿En la sala de espera?
- Allí estaré, míster... míster... -. Pero él
había cortado.
Grace Cormet conectó con el jefe de distribución
y pidió relevo. Después, cortando su cuadro de servicios, sacó la bobina que
llevaba la grabación clandestina de su conferencia, la miró como indecisa y al
cabo de un momento la metió en un agujero de la tapa de su mesa, donde un fuerte
campo magnético borró los surcos no fijados del metal blando.
Por la puerta de atrás entró una muchacha en la
cabina. Era rubia decorativa, y parecía una muñeca. Pero no lo era.
- Bien, Grace - dijo -. ¿Algo que atender?
- No. Hoja limpia.
-¿Qué te pasa? ¿Enferma?
- No. - Sin más explicación Grace salió de su
cabina, pasó por delante de las demás que albergaban operadoras que anotaban los
servicios prestados y entró en un gran vestíbulo donde trabajaban centenares de
redactores del catálogo. Estos no disponían de un equipo tan completo como la
cabina que miss Grace acababa de abandonar. Un enorme volumen, ejemplar de la
lista de precios corrientes en todos los servicios y un dispositivo normal de
visión y oído permitían a un operador del catálogo informar al público de casi
todo lo que un cliente ordinario pudiese desear. Si una llamada salía del
alcance del catalogo, era transferida a los aristócratas de los recursos, como
Grace.
Cortó por la sala de archivos, siguió un corredor
por entre docenas de maquinas de taladrar tarjetas y entró en una habitación. Un
ascensor neumático la llevó al piso donde se hallaba el despacho del
presidente. La secretaria del presidente no le detuvo ni al parecer la anunció.
Pero Grace observó que las manos de la muchacha manejaban las llaves de la caja
de caudales.
Los operadores de distribución no entran en el
despacho de un presidente de una corporación de un billón de activo. Pero los
Servicios Generales estaban organizados como ningún otro negocio de este
planeta. Era un negocio sui generis, en el cual un entrenamiento
especial era una comodidad digna de ser tenida en cuenta, de ser comprada y
vendida, pero una habilidad especial en los recursos y un ingenio vivo eran de
suma importancia. En su jerarquía, Jay Clare, el presidente, tenía, en primer
lugar, su mano derecha; Saunders Francis era el segundo y el grupo de doce
operadores, de los cuales Grace era uno de ellos, que recibía llamadas en el
cuadro de recepción ilimitado, venían inmediatamente después. Ellos y los
operadores de campo magnético, que ejecutaban las tareas no clasificadas más
difíciles, formaban un solo grupo, en realidad, porque los operadores de
recepción ilimitada y los de campo magnético ilimitado alternaban en las plazas
sin discriminación.
Después de ellos vienen centenares de miles de
otros empleados diseminados por todo el planeta, desde el jefe contable, el
director del departamento jurídico, el jefe de los servicios de archivos, hasta
los directores locales, los redactores del catálogo y hasta el último de los
empleados; taquígrafas dispuestas a tomar al dictado donde y cuando se les
ordenase, galanes profesionales dispuestos a ocupar un sitio vacante en una cena
y el hombre que alquilaba armadillos o pulgas amaestradas.
Grace Cormet entró en el despacho de míster
Clare. Era la única habitación del edificio no cerrada con mecanismo
electromecánico y equipo de comunicación. No contenía más que la mesa (vacía),
un par de sillas y una pantalla estereoscópica que, cuando no estaba en uso,
recordaba la famosa pintura de Krantz «El Buda llorando». El original estaba, en
realidad, en el subterráneo, trescientos metros más abajo.
-¡Hola, Grace! - la saludó el presidente
tendiéndole una hoja de papel -. Dígame usted qué piensa de esto. Sauce dice
que no le gusta.
Saunder Francis volvió sus ojos abultados de su
jefe a Grace Cormet, pero no confirmó ni negó la declaración.
Miss Cormet leyó:
«¿PUEDE USTED SOPORTARLO?
¿Puede usted soportar los SERVICIOS GENERALES?
¿¿¿Puede usted soportar el no utilizar los
SERVICIOS GENERALES???
En esta era de aviones a chorro ¿Puede usted
soportar perder el tiempo haciendo sus compras, pagando personalmente sus
facturas, ocupándose de su departamento?
Nosotros distraeremos al niño y daremos de comer
al gato.
Nosotros le alquilaremos un piso y compraremos
sus zapatos.
Nosotros escribiremos a su madre política y
sumaremos las matrices de sus cheques.
No hay trabajo demasiado grande para nosotros No
hay trabajo demasiado pequeño... y todo asombrosamente barato!
SERVICIOS GENERALES
Marque D-E-S-E-P-R-I-S-A
P. S. TAMBIEN PASEAMOS PERROS.»
-¿Qué le parece?
- Sauce tiene razón. A mí tampoco me gusta.
-¿Por qué?
- Demasiado obvio. Demasiada verborrea. No va al
fondo del asunto.
-¿Cuál es su idea para conquistar el mercado
marginal?
Grace reflexionó un momento, después cogió una
estilográfica y escribió:
¿QUIERE USTED VER ASESINADO A ALGUIEN?
(Entonces no llame a SERVICIOS GENERALES)
Pero para cualquier otro servicio, marque
D-E-S-E-P-R-I-S-A.
Vale la pena.
P. S. También paseamos perros.
-¡Hem!... Quizá esté bien - dijo míster Clare
cautelosamente -. Lo probaremos. Sauce imprímalo en tipo B, dos semanas América
del Norte, y dígame cómo sale. - Francis metió el papel en su cartera, siempre
sin cambiar su impasible expresión. - Pues como iba diciendo...
- Jefe - interrumpió miss Grace -, le he fijado
una entrevista. - Miró su reloj sortija. - Hace exactamente dos minutos
cuarenta segundos. Enviado del Gobierno.
- Recíbalo bien y despídalo. Estoy ocupado.
- Consigna verde.
Clare levantó rápidamente la vista. Incluso
Francis parecía interesado.
-¿Sí? - preguntó Clare -. ¿Ha grabado usted su
conversación con él?
- La he borrado.
-¿Lo ha...? En fin, usted sabrá por qué. Me
gustan sus intuiciones. Hágalo entrar.
Gloria asintió con la cabeza y salió.
Encontró a su hombre, que acababa de llegar, en
la sala de espera y lo llevó a través de doce habitaciones cuyos conserjes, de
haber ido solo le hubieran preguntado su identidad y el motivo de su visita. Una
vez estuvo sentado en el despacho de míster Clare, dirigió una mirada circular a
la habitación.
-¿Puedo hablar con usted en particular, míster
Clare?
- Míster Francis es mi mano derecha. Ha hablado
usted ya con miss Cormet.
- Muy bien. - Sacó una insignia verde y se la
tendió. - De momento no hay necesidad de pronunciar nombres. Estoy seguro de su
discreción.
El presidente de Servicios Generales se incorporó
con impaciencia.
- Vamos al asunto. Es usted Pierre Beaumont. Jefe
de Protocolo. ¿Es que la Administración quiere encargarnos algún trabajo?
Beaumont permaneció impasible ante el cambio de
actitud.
- Me conoce usted. Muy bien. Vamos, pues, al
asunto. El Gobierno puede quizá querer algún trabajo. En todo caso nuestra
conversación no debe en modo alguno salir de aquí...
- Todas las relaciones de Servicios Generales son
confidenciales.
Hizo una pausa.
- Esto no es confidencial; es un secreto.
- Le entiendo - dijo Clare -. Siga.
- Tiene usted una Organización muy interesante,
míster Clare. Tengo entendido que se encarga usted de cualquier cosa que se le
encargue... según el precio.
- Siempre que sea legal.
-¡Oh, sí, desde luego! Pero legal es una palabra
susceptible de interpretación. Admiré la forma como su compañía trató el asunto
de la Segunda Expedición Plutoniana. Algunos de sus métodos eran... sí,
ingeniosos.
- Si tiene usted alguna critica que dirigir a
nuestras acciones será mejor que se dirija a nuestros departamentos jurídicos
por las vías normales acostumbradas.
Beaumont levantó la palma de la mano frente a él.
-¡Oh, no, míster Clare, por favor! No me ha
entendido usted. No era ninguna crítica, era admiración. ¡Qué recursos! ¡Qué
gran diplomático hubiera sido usted!
- No hagamos más esgrima. ¿Qué quiere usted?
Míster Beaumont avanzó los labios.
- Vamos a suponer que tiene usted que mantener
una docena de representantes de cada raza inteligente de este sistema planetario
y quiere usted que sean completamente felices. ¿Podría usted hacerlo?
- Presión de aire, humedad... - dijo Clare como
pensando en voz alta -, densidad de radiación, química atmosférica,
temperaturas, condiciones culturales... todo esto es muy sencillo. Pero ¿y la
gravedad? Podríamos utilizar un centrífugo para los jupiterianos, pero los
marcianos y los titanes ya es otro asunto. No hay manera de reducir la gravedad
normal de la Tierra. No; seria necesario mantenerlos en el espacio o en la Luna.
Esto no entra dentro de nuestro ramo, no ofrecemos servicios más allá de la
estratosfera.
- No seria más allá de la estratosfera - dijo
Beaumont, moviendo negativamente la cabeza -. Puede usted considerar como
condición indispensable que tendría que realizarlo todo sobre la superficie de
la Tierra.
-¿Por qué?
-¿Es costumbre de los Servicios Generales
informarse de la razón por la cual un cliente quiere un servicio determinado?
- No, perdone.
- Perfectamente. Pero necesita usted más
informaciones a fin de que pueda comprender lo que debe ser llevado a cabo y el
porqué tiene que ser secreto. Va a celebrarse una conferencia en este planeta,
en un próximo futuro, a noventa días todo lo más. Hasta que la conferencia esté
convocada, no debe transpirar la sospecha de que tiene que celebrarse. Si estos
planes fuesen anticipados en ciertos lugares no valdría la pena celebrarla. Le
propongo que considere usted esta conferencia como una reunión de la mesa
redonda de científicos eminentes de nuestro Sistema, aproximadamente de la
misma importancia y forma de la sesión de la Academia, celebrada en Marte la
primavera pasada. Debe usted hacer todos los preparativos para el mantenimiento
de los delegados, pero debe usted ocultar estos preparativos a las
ramificaciones de su organización hasta que se las necesite. En cuanto a los
detalles...
Pero Clare le interrumpió.
- Parece que usted supone que hemos aceptado este
trabajo. Tal como lo ha explicado usted; nos llevaría a un ridículo fracaso. A
Servicios Generales no le gustan los fracasos. Ya sabe usted, como sé yo
también, que la gente de baja gravedad no puede pasar más que algunas horas a
alta gravedad sin poner gravemente en peligro su salud. Las expediciones
interplanetarias son siempre realizadas a planetas de baja gravedad y lo serán
siempre.
- Si contestó Beaumont pacientemente -, siempre
ha sido así. ¿Se da usted cuenta del tremendo handicap diplomático con que
trabajarían Venus y la Tierra como consecuencia?
- No le entiendo.
- No es necesario. Lo psicología política no es
su ramo. Dé usted por descontado que es así y que la Administración está
decidida a que esta conferencia tenga lugar en la Tierra.
-¿Por qué no en la Luna?
- No es lo mismo en absoluto - dijo Beaumont
negando -. Aun cuando la administremos, Luna City es un puerto del tratado. No
es lo mismo psicológicamente.
- Míster Beaumont - dijo Clare moviendo la
cabeza -, creo que no comprende usted la naturaleza de los Servicios Generales,
aunque no consigo apreciar las sutiles exigencias de la diplomacia. Ni hacemos
milagros ni prometemos hacerlos. Somos tan sólo los hombres útiles del último
siglo, aumentando velocidad y asociados. Somos el equivalente del último día de
la vieja clase sirviente, pero no somos el genio de Aladino. No mantenemos
siquiera investigaciones de laboratorio en el sentido científico. Nos limitamos
a hacer el mejor uso posible de los adelantos modernos en comunicación y
organización, para hacer lo que puede hacerse. - Levantó una mano en dirección
al muro de enfrente sobre el cual se encontraba en bajo relieve la marca
insignia de la organización; un poste. - Aquí tiene usted el espíritu de la
clase de perro Scotch tirando de la correa y husmeando un trabajo que hacemos.
Paseamos perros, por ejemplo, de gente que está demasiado ocupada para poderlos
pasear. Mi abuelo se abrió camino desde el colegio paseando perros. Yo sigo
paseándolos todavía. No prometo milagros ni hago juegos malabares con la
política.
Beaumont juntó cuidadosamente las puntas de sus
dedos.
- Ustedes pasean perros a cambio de una tarifa.
Pero, desde luego, lo hacen ustedes... paseen ustedes el mío. Cinco créditos
mínimos parece realmente barato.
- Lo es. Pero cien mil perros, dos veces al día,
pronto Se elevan a una cifra importante.
- La «cifra» para pasear este «perro» sería
considerable.
-¿Cuánto? - preguntó Francis, dando su primer
signo de interés
Beaumont fijó su mirada en él.
- Señor mío, el resultado de esta... Mesa Redonda
representaría una diferencia de literalmente centenares de billones de créditos
para este planeta. No sellaremos la boca de la vaca que nos trilla el trigo, si
me permite la forma de expresarme.
-¿Cuánto?
-¿Sería razonable un treinta por ciento del
coste?
- Podría no representar gran cosa - dijo Francis
moviendo la cabeza.
- Bien, desde luego, no regatearé. Supongamos que
dejásemos en sus manos, caballeros... perdón miss Cormet... decidir lo que vale
el servicio. Creo poder confiar en su patriotismo racial y planetario para
llegar a una valoración adecuada.
Francis se sentó; no dijo nada, pero parecía
contento.
- Un momento - respondió Clare -. No hemos
aceptado esta misión.
- Hemos discutido el precio - observó Beaumont.
Clare miró de Francis a Grace Cormet y después
examinó sus uñas.
- Deme veinticuatro horas para ver si es posible
o no - dijo finalmente -, y le diré si pasearé o no a su perro.
- Estoy seguro de que lo paseará - dijo Beaumont.
Y
poniéndose el
abrigo, se marchó.
- Okay,
cerebros
privilegiados - dijo Clare amargamente -, ustedes lo han querido.
- Yo estaba deseando estar fuera de aquí - dijo
Grace.
- Ponga un equipo en todo esto menos en el
problema de la gravedad - propuso Francis -. Es la Única pega. Lo demás es
rutina.
- Ciertamente - asintió Clare -, pero hará mejor
en encargarlo a alguien. Si no puede usted, nos encontraremos con ciertos
preparativos Onerosos de los cuales no nos reembolsaremos nunca. ¿A quién
quiere usted? ¿A Grace?
- Así lo supongo - respondió Francis -. Sabe
contar hasta diez.
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