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Grace Cormet lo miró fríamente.
- Hay momentos, Sauce Francis, en que lamento
haberme casado contigo.
- Dejen sus asuntos domésticos fuera de este
despacho - les advirtió Clare -. ¿Por dónde empiezan?
- Vamos a averiguar quién entiende más en
cuestiones de gravitación - decidió Francis -. Grace, será mejor que llamemos
al doctor Krathwohl a la pantalla.
- Perfectamente - asintió ella, dirigiéndose a
los controles de la estéreo -. Tiene cierta belleza este asunto. No hay
necesidad de saber nada; basta con saber dónde averiguarlo.
El doctor Krathwohl formaba parte del personal
permanente de los Servicios Generales. No tenía trabajo fijo. La compañía
consideraba que valía la pena mantenerlo con todo lujo y comodidad
suministrándole una cantidad ilimitada para los periódicos científicos y
asistencia a las reuniones que los sabios daban de vez en cuando. El doctor
Krathwohl carecía de la aptitud especializada del científico investigador; era
un dilettante por naturaleza.
De vez en cuando le hacían alguna pregunta. En
esto consistía su trabajo.
- ¡Oh, hola qué tal! - dijo la afable cara del
doctor Krathwohl sonriendo en la pantalla -. Acabo de encontrarme con una cosa
divertidísima en el último número de Nature. Arroja la luz más
interesante sobre la teoría de...
- Un momento, doctor - lo interrumpió ella -.
tengo un poco de prisa...
- Diga, querida...
- ¿Quién entiende más en gravitación?
-¿En qué sentido lo dice? ¿Quiere usted un
astrofísico o desea usted tratar el tema bajo un punto de vista de mecánica
teórica? En el primer caso, Farquarson me parece que es su hombre.
- Quiero saber qué es lo que la crea.
- Teoría del campo gravitatorio, ¿verdad? En este
caso no le conviene Farquarson. Es, ante todo, un balístico descriptivo. La
obra del doctor Julián sobre este tema es de peso, posiblemente definitiva.
-¿Cuándo podemos ponernos en contacto con él?
- ¡Es imposible! Murió el año pasado, el pobre.
Una gran pérdida...
Grace se abstuvo de decirle hasta qué punto era
grande la pérdida y añadió:
-¿Y
quién se ha
calzado sus botas?
-¿Quién... qué? ¡Ah, está usted bromeando!
Comprendo. Desea usted el nombre de la primera personalidad actual en la
teoría del campo magnético. Yo diría O'Neil.
-¿Dónde está?
- Tengo que averiguarlo. Lo conozco sólo
superficialmente... es un hombre difícil.
- Hágalo, por favor. Entre tanto ¿con quién
podríamos hablar para saber un poco de qué se trata?
- ¿Por qué no prueba usted al joven Carson, de su
departamento de ingeniería? Se interesaba por estas cosas antes de aceptar un
cargo con nosotros. Es un muchacho inteligente, he tenido muchas
conversaciones con él.
- Lo haré. Gracias, doctor. Llame al despacho del
jefe en cuanto haya usted localizado a O'Neil.
Cortó.
Carson estuvo de acuerdo con la opinión de
Krathwohl, pero pareció perplejo.
- O'Neil es un hombre arrogante, que no coopera.
He trabajado a sus órdenes. Indudablemente sabe más acerca de la teoría del
campo magnético y la estructura del espacio que ningún otro hombre viviente.
Carson había sido llamado al círculo interior,
donde se le puso al corriente del problema. Confesó que no veía solución.
- Quizá ponemos las cosas demasiado difíciles -
indicó Clare -. Tengo algunas ideas. Interrúmpame si me equivoco Carson.
- Diga, jefe.
- Bien. El aumento de la gravedad se produce por
la proximidad de una masa, ¿no es así? La gravedad normal de la Tierra es
producida, piles, por la proximidad de la propia Tierra. Bien. ¿Cuál sería el
efecto producido al situar una gran masa sobre un punto determinado de la
superficie de la Tierra; no serviría esto para contrarrestar la atracción
terrestre?
- Teóricamente, sí. Pero tendría que ser una masa
de unas dimensiones monstruosas.
- No importa.
- No lo entiende usted, jefe. La atracción
ejercida sobre un punto determinado de la Tierra requeriría otro planeta del
tamaño de ella en contacto con ella en aquel punto. Desde luego, puesto que no
quiere usted anular enteramente la atracción, sino sólo aminorarla, gana usted
cierta ventaja utilizando una masa menor que tendría su centro de gravedad más
cerca del punto en cuestión que el centro de gravedad de la Tierra. Pero esto no
bastaría, sin embargo. La atracción, al accionar inversamente al cuadrado de la
distancia, en este caso la mitad del diámetro, la masa y la subsiguiente
atracción equivale directamente al cubo del diámetro.
-¿Y qué resultado nos da esto?
Carson sacó una regla de cálculo y la manejó
durante algunos segundos. Levantó la vista.
- Casi tengo miedo de contestar. Para conseguir
algún resultado, necesitarla usted un asteroide, de tamaño considerable y de
plomo.
- Los asteroides han sido ya desplazados otras
veces
- Sí, pero ¿y detenerlo? No, jefe; no hay fuente
concebible de energía ni medios de aplicarla que nos permitan situar un gran
planeta sobre un punto determinado de la Tierra y mantenerlo allí.
- En fin, la idea es buena mientras dura... -
dijo Clare, pensativo.
La lisa frente de Grace se había fruncido
mientras seguía la discusión. Entonces intervino ella.
- Yo
creo que
podrían ustedes utilizar una pequeña masa sumamente pesada con mayor eficacia.
Creo haber leído algo acerca de un material que pesa toneladas por centímetro
cúbico.
- El núcleo de las estrellas enanas - asintió
Carson -. Lo único que necesitaríamos para ello seria una astronave capaz de
recorrer algunos años de luz en pocos días para minar el interior de una
estrella, y una nueva teoría del espacio-tiempo.
- Muy bien, desarróllela.
- Un minuto - observó Francis -. ¿El magnetismo
es muy similar a la gravedad, no?
- Pues...
- ¿Habría alguna manera de magnetizar estos
miradores desde los pequeños planetas? Puede haber algo curioso en su química
corpórea.
- Excelente idea - asintió Carson -, pero aunque
su economía interna sea curiosa, no es esta forma de curiosidad. Siguen siendo
orgánicos.
- No lo creo. Si los cerdos tuviesen alas, serían
palomas.
El estéreo-anunciador funcionó. El doctor
Krathwohl anunció que O'Neil podía ser encontrado en su casa de campo de
Portage, Wisconsin. No lo había llamado y preferiría no hacerlo, a menos que el
jefe insistiese.
Clare le dio las gracias y se volvió hacia los
otros.
- Estamos perdiendo el tiempo - dijo -. Después
de llevar años en este asunto deberíamos hacer algo mejor que tratar de decidir
cuestiones técnicas. No soy físico ni me importa un comino en qué forma actúa
la gravitación. Esto es asunto de O'Neil. Y de Carson. Carson, váyase a
Wisconsin y que O'Neil se ponga al trabajo.
-¿Yo?
- Usted. Usted es un operador de este ramo, con
la paga adecuada, tendrá usted un cohete y una carta de crédito a su
disposición. Tiene usted que despegar dentro de siete u ocho minutos.
Carson parpadeó.
-¿Y mi trabajo aquí?
- El departamento de ingeniería será informado,
lo mismo que la contabilidad. En marcha.
Sin responder, Carson se dirigió hacia la puerta.
Al llegar a ella ya corría.
La marcha de Carson los dejó sin nada que hacer
hasta que, a su regreso, presentase su informe; sin nada que hacer, es decir,
como no fuese iniciar la acción en los cuantiosos detalles de reproducir las
particularidades físicas y culturales de otros tres planetas y cuatro satélites
mayores exclusivos por sus características de aceleración gravitacional de la
superficie normal. La tarea, aunque nueva, no ofrecía verdaderas dificultades
para los Servicios Generales. En alguna parte había personas que conocían la
solución a estas cuestiones. La vasta organización llamada Servicios Generales
estaba montada para encontrarlas, contratarías y ponerlas a trabajar.
Cualquiera de los colaboradores del catálogo o de los ilimitados empleados de
otras secciones eran capaces de asumir esta tarea y resolverla sin excitación ni
prisas.
Francis llamó a uno de los operadores ilimitados.
No se tomó siquiera la molestia de elegirlo, sino que llamó al primero que
encontró a mano en el cuadro de «disponibles». Todos ellos eran «capaces». Le
explicó en detalle lo que tenía que hacer y lo olvidó en el acto. Las máquinas
de taladrar fichas meterían un poco más de ruido, las pantallas estereoscópicas
lanzarían destellos y avispados muchachos de todas las regiones de la Tierra
abandonarían lo que estaban haciendo para encontrar a los especialistas que
ejecutarían el trabajo requerido. Se volvió hacia Clare, el cual le dijo:
- Me gustaría saber detrás de qué anda Beaumont.
¿Conferencia de científicos?... ¡Puah!
- Creí que no le interesaba a usted la política,
Jay.
- Y así es. Me tiene sin cuidado la política, sea
interplanetaria o no, salvo cuando afecta mi negocio. Pero si supiéramos lo que
se trama, quizá hubiéramos podido estrujarlo un poco más.
- Bien - intervino Grace -. Me parece que puede
usted dar por sentado que los verdaderos pesos pesados de todos los planetas
van a encontrarse y dividir la Galia en «partes tres».
- Sí, pero ¿quién queda al margen?
- Marte, supongo.
- Parece probable. Y a los venusianos les echarán
un hueso. En este caso, podemos especular un poco con la Corporación Comercial
Pan-Jupiteriana.
- Despacio, amigo, despacio - avisó Francis -.
Haga esto y puede usted tener gente interesada. Este es un trabajo muy
delicado...
- Me parece que tiene razón. Sin embargo, abra
bien los ojos. Debe de haber alguna manera de cortar una tajada del pastel antes
de que todo esté listo.
El teléfono de Grace Cormet llamó. Lo sacó de su
bolsillo y dijo:
- ¿Diga...?
- Mistress Hogbein Jonhson quiere hablar con
usted.
- Atiéndala usted. Estoy fuera.
- No quiere hablar con nadie más que con usted
- Bien. Póngala en el estéreo del jefe, pero
conserve el paralelo. Se entenderá usted con ella cuando haya terminado yo.
La pantalla cobró vida, mostrando la carnosa cara
de mistress Johnson enmarcada en el centro del recuadro.
- ¡Oh, miss Cormet! - se lamentó -, ha habido
algún error espantoso. En esta nave no hay estéreo.
Se instalará en Cincinatti. Dentro de veinte
minutos.
- ¿Está usted segura?
- Completamente segura.
- ¡Oh, gracias! ¡Es tan consolador hablar con
usted! ¿Sabe usted? Estoy pensando en nombrarla mi secretaria social
- Gracias - respondió Grace sin entonación -,
pero estoy ligada por un contrato.
- ¡Pero qué tontería! ¡Puede usted romperlo!
- No, lo siento, mistress Johnson. Usted lo pase
bien. - Colgó la pantalla y habló nuevamente por el teléfono. - Diga a
Contabilidad que doblen su tarifa. Y no quiero volver a hablar con ella. - De
nuevo cortó y, furiosa, se metió el aparato en el bolsillo.
- ¡Secretaria social!
Después de cenar, Clare se había retirado a sus
habitaciones antes de que Carson lo llamase de nuevo. Francis recibió la llamada
desde su despacho.
- ¿Ha habido suerte? - preguntó, una vez hubo
aparecido su imagen en la pantalla
- Bastante. He visto a O'Neil.
- Bien. ¿Va a hacerlo?
- Quiere usted decir, puede hacerlo,
¿verdad?
- Bien... ¿puede?
- Esto es lo curioso. Yo no creía que fuese
teóricamente posible. Pero después de hablar con él, estoy convencido de que lo
es. O'Neil tiene un nuevo concepto de la teoría del campo magnético... algo que
no ha sido nunca publicado. Este hombre es un genio.
- No me importa - dijo Francis - que sea un genio
o un idiota mongoloide. ¿Puede construir alguna especie de gravedad exterior?
- Creo que sí. Realmente, me parece que puede.
- Perfectamente. ¿Lo ha contratado usted?
- No. Este es el punto malo. Por esto lo llamo.
La cosa es así. Lo encontré casualmente de buen humor, y como habíamos
trabajado juntos y no había suscitado sus iras con tanta frecuencia como sus
otros ayudantes, me invitó a cenar. Hablamos de una serie de cosas (no hay que
darle prisa) y le expuse la proposición. Le interesó medianamente... me refiero
a la idea, y discutió la teoría conmigo o mejor dicho, contra mí. Pero no
quiere intervenir en ella.
-¿Por qué no? No le ofrecería usted bastante
dinero. Me parece que será mejor que hable yo con él.
- No, míster Francis, no. No me entiende usted.
El dinero no le interesa. Tiene fortuna personal suficiente para sus
investigaciones y todo lo que desee. Pero en estos momentos se ocupa de la
teoría de la mecánica ondulatoria y no quiere que le molesten con nada más.
- ¿No le ha hecho usted comprender lo importante
que era?
- Sí y no. Principalmente, no. Lo he intentado,
pero para él lo único importante es lo que él quiere. Es una especie de
esnobismo intelectual. Las demás gentes no cuentan, simplemente.
- Muy bien - dijo Francis -. Hasta ahora ha
trabajado usted bien. Va usted a hacer lo siguiente. En cuanto yo corte llamará
usted a EJECUTIVA y dictará una transcripción de todo lo que pueda recordar de
lo que ha dicho acerca de la teoría de la gravitación. Buscaremos al más ducho
en materia después de él, se lo transmitiremos y veremos si le da algunas ideas
sobre las cuales trabajar. Entre tanto, pondré un equipo al trabajo sobre el
fondo de lo que haya dicho O'Neil. Debe de haber un punto débil en alguna parte;
es mera cuestión de encontrar dónde. Quizá hay una mujer de por medio...
- Ya hace tiempo que le ha pasado esto.
-...o quizá lleva otra idea en la cabeza. Ya lo
veremos. Quisiera que se quedase usted aquí. Puesto que no puede contratarlo,
quizá pueda usted convencerlo de que lo contrate a usted. Es usted nuestro
oleoducto, quiero conservarlo abierto. Tenemos que averiguar qué es lo que
quiere o qué es lo que teme.
- No teme nada; en esto soy categórico.
- Entonces, quiere algo. Si no es dinero, ni
mujeres, es algo más. Es la ley de la naturaleza.
- Lo dudo - respondió Carson lentamente -. ¡Oiga!
¿Le he hablado a usted de su manía?
- No. ¿Cuál es?
- La porcelana. En particular, la porcelana Ming.
Tiene la mejor colección del mundo, creo. ¡Pues sí sé lo que quiere!
- ¡Venga, pues, suéltelo, hombre, suéltelo!
- Un pequeño cuenco de porcelana, de unos diez
centímetros de diámetro. Tiene un nombre chino que quiere decir «Flor del
Olvido».
- ¡Hem!... no me parece muy significativo. ¿Cree
usted que tiene gran empeño en él?
- Me consta. Tiene una litografía en colores en
su estudio, donde puede mirarla constantemente. Pero le duele hablar de él.
- Averigüe usted dónde está y de quién es.
- Lo sé. En el British Museum. Por esto no puede
comprarlo.
- Ya... - dijo Carson, pensativo -. Bien, pues,
olvídela. Adelante.
Clare bajó al despacho de Francis y los tres
hablaron de lo mismo.
- Yo creo que tenemos que hacer intervenir a
Beaumont - comentó una vez estuvo al corriente de la situación -. Será necesario
que el Gobierno se desprenda de algo, del British Museum. ¿Y bien? - añadió al
ver a Francis cariacontecido -. ¿Qué le pasa? ¿Qué hay de mal en ello?
- Yo lo sé - intervino Grace -. ¿Recuerda usted
el tratado por el cual la Gran Bretaña entró en la Confederación planetaria?
- No he estado nunca muy fuerte en historia.
- La cosa es así. Dudo de que el Gobierno
planetario pueda disponer de nada perteneciente al museo sin permiso del
Parlamento británico.
- ¿Por qué no? Con tratado o sin tratado el
Gobierno planetario es soberano. La cosa quedó bien establecida en el
Incidente Brasileño.
- Sí, desde luego. Pero podría ocasionar
preguntas en la Cámara de los Comunes y esto llevaría a una cosa que Beaumont
quiere evitar a toda costa, la publicidad.
- O. K. ¿Y qué propone usted?
- Yo propondría que Sance y yo demos un salto
hasta Inglaterra y averigüemos si tienen muy bien clavada la «Flor del Olvido»,
quién la custodia y qué debilidad tiene...
Los ojos de Clare pasaron de Grace a Francis, el
cual estaba pálido, síntoma en él que indicaba asentimiento para sus íntimos.
- O. K. - asintió Clare - buena idea. ¿Toman un
especial?
- No, tenemos tiempo de tomar el de medianoche de
Nueva York. ¡Adiós!...
- Adiós. Llámeme mañana.
Cuando al día siguiente Grace apareció en la
pantalla de su jefe, éste la miró y lanzó una exclamación.
- ¡Válgame Dios, muchacha! ¿Pero qué le ha
pasado a su cabello?
- Hemos localizado al sujeto - explicó ella
sucintamente -. Su debilidad son las rubias.
- Pero tiene usted la piel más pálida también...
- Desde luego. ¿Qué le parece?
- ¡Estupendo! Pero la prefería a usted como era.
¿Y qué dice Sance de todo esto?
- No le importa, es el negocio. Pero volviendo al
asunto, no tengo gran cosa que comunicarle. Va a ser cosa de mucha mano
izquierda. Por el procedimiento ordinario se necesitaría un temblor de tierra
para sacar algo de aquella tumba.
- No hagan nada que no sea efectivo.
- Ya me conoce usted, jefe. No lo pondré a usted
en un compromiso. Pero será caro.
- Desde luego.
- Eso es todo, por ahora. Llamaré mañana.
Al día siguiente volvía a ser morena.
- ¿Qué es esto? ¿Un baile de máscaras? -
preguntó Clare.
- Parece que no era el tipo de rubia que le gusta
- explicó Grace -. Pero he encontrado el que le interesa.
- ¿Y ha surtido efecto?
- Creo que surtirá. Sance se está procurando un
facsímil integral. Con suerte, nos veremos mañana.
Aparecieron al día siguiente, al parecer con las
manos vacías.
- ¿Y bien? - dijo Clare -. ¿Qué hay?
- Aísle la habitación, Jay - propuso Francis -.
Hablaremos.
Clare hizo funcionar un interruptor que aislaba
toda interferencia, haciendo la habitación más hermética que un féretro.
- ¿Qué hay de aquello? ¿Lo han conseguido?
- Enséñaselo, Grace.
Grace le volvió la espalda, buscó por entre sus
ropas durante un momento, se volvió de nuevo y colocó suavemente el objeto
sobre la mesa.
No era bello, era la belleza misma. Sus
suaves curvas no tenían ornamentación alguna, un decorado lo hubiera mancillado.
En su presencia se hablaba en voz baja por temor a que un súbito estallido lo
quebrase.
Clare avanzó la mano para tocarlo, pero cambió de
parecer y volvió a retirarla. Pero inclinó la cabeza y se quedó mirando el
objeto. El fondo de la tacita era sumamente difícil de enfocar, de mirar; daba
la sensación de que al fijar la vista en él iba hundiéndose más y más, como
ahogándose en un océano de luz. Echó la cabeza hacia atrás y pestañeó:
- ¡Dios!... - dijo -. ¡Dios mío! ¡No creí que
estas cosas existiesen....!
Miró a Grace y después a Francis. Le pareció que
éste tenía lágrimas en los ojos, a menos que fuese en los suyos propios.
- Oiga, jefe - dijo Francis -, ¿no podríamos
quedarnos con el objeto y abandonar el asunto éste?
- Es inútil hablar más de ello - dijo Francis,
desalentado.-. No podemos guardarlo, jefe. No hubiera debido proponérselo y
usted no hubiera debido escucharme. Vamos a llamar a O'Neil.
- Podríamos esperar un día más antes de hacer
nada - aventuró Clare, sin poder separar sus ojos de la «Flor del Olvido».
Grace movió la cabeza.
- Es inútil. Sería más difícil todavía, lo
sé.
Se dirigió deliberadamente al estéreo y manejó
los controles.
O'Neil estaba contrariado de que lo hubiesen
molestado y doblemente molesto de que hubiesen utilizado la señal de urgencia
en su pantalla desconectada.
- ¿Qué pasa? - preguntó -. ¿Qué pretenden
ustedes al molestar a un ciudadano particular mientras está desconectado?
Hablen, y les deseo que valga la pena, de lo contrario los mando a los
tribunales.
- Quisiéramos que hiciese usted un pequeño
trabajo para nosotros doctor - comenzó Clare.
- ¿Cómo? - O'Neil parecía casi demasiado sorprendido para estar
colérico. - ¿Pretenden ustedes no moverse de aquí y decirme que han invadido
ustedes la intimidad de mí hogar para pedirme que trabaje para
ustedes?
- Lo paga será satisfactoria.
O'Neil pareció contar hasta diez antes de
contestar.
- Oiga - dijo pausadamente -, hay hombres en el
mundo que se imaginan que pueden comprarlo todo a todo el mundo. Le concedo que
tienen cierto fundamento en su creencia. Pero yo no estoy en venta. En vista de
que parece usted ser una de estas personas haré cuanto pueda porque esta
conferencia le cueste caro. Recibirá usted noticias de mi abogado. ¡Buenas
noches!
- ¡Un momento! - suplicó Clare -. Creo que le
interesan a usted las porcelanas...
- ¿Y qué importancia tiene eso?
- ¡Enséñeselo, Grace!
Grace acercó la «Flor del Olvido» a la pantalla
manejándola cuidadosamente, reverentemente.
O'Neil no decía nada. Se inclinó hacia adelante y
miró. Daba la impresión de que iba a salir de la pantalla.
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