LIBRO DEL MES

...TAMBIEN PASEAMOS PERROS

Robert A. Heinlein

 
LIBRO DEL MES   ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 


          Grace Cormet lo miró fríamente.

- Hay momentos, Sauce Francis, en que lamento haberme casado contigo.

- Dejen sus asuntos domésticos fuera de este des­pacho - les advirtió Clare -. ¿Por dónde empiezan?

- Vamos a averiguar quién entiende más en cues­tiones de gravitación - decidió Francis -. Grace, será mejor que llamemos al doctor Krathwohl a la pan­talla.

- Perfectamente - asintió ella, dirigiéndose a los controles de la estéreo -. Tiene cierta belleza este asunto. No hay necesidad de saber nada; basta con saber dónde averiguarlo.

El doctor Krathwohl formaba parte del personal permanente de los Servicios Generales. No tenía tra­bajo fijo. La compañía consideraba que valía la pena mantenerlo con todo lujo y comodidad suministrándole una cantidad ilimitada para los periódicos científicos y asistencia a las reuniones que los sabios daban de vez en cuando. El doctor Krathwohl carecía de la aptitud especializada del científico investigador; era un dilettante por naturaleza.

De vez en cuando le hacían alguna pregunta. En esto consistía su trabajo.

- ¡Oh, hola qué tal! - dijo la afable cara del doctor Krathwohl sonriendo en la pantalla -. Acabo de encontrarme con una cosa divertidísima en el úl­timo número de Nature. Arroja la luz más intere­sante sobre la teoría de...

- Un momento, doctor - lo interrumpió ella -. tengo un poco de prisa...

- Diga, querida...

- ¿Quién entiende más en gravitación?

-¿En qué sentido lo dice? ¿Quiere usted un astro­físico o desea usted tratar el tema bajo un punto de vista de mecánica teórica? En el primer caso, Far­quarson me parece que es su hombre.

- Quiero saber qué es lo que la crea.

- Teoría del campo gravitatorio, ¿verdad? En este caso no le conviene Farquarson. Es, ante todo, un ba­lístico descriptivo. La obra del doctor Julián sobre este tema es de peso, posiblemente definitiva.

-¿Cuándo podemos ponernos en contacto con él?

- ¡Es imposible! Murió el año pasado, el po­bre. Una gran pérdida...

Grace se abstuvo de decirle hasta qué punto era grande la pérdida y añadió:

-¿Y quién se ha calzado sus botas?

-¿Quién... qué? ¡Ah, está usted bromeando! Com­prendo. Desea usted el nombre de la primera persona­lidad actual en la teoría del campo magnético. Yo diría O'Neil.

-¿Dónde está?

- Tengo que averiguarlo. Lo conozco sólo super­ficialmente... es un hombre difícil.

- Hágalo, por favor. Entre tanto ¿con quién po­dríamos hablar para saber un poco de qué se trata?

- ¿Por qué no prueba usted al joven Carson, de su departamento de ingeniería? Se interesaba por estas cosas antes de aceptar un cargo con nosotros. Es un muchacho inteligente,  he tenido muchas conversacio­nes con él.

- Lo haré. Gracias, doctor. Llame al despacho del jefe en cuanto haya usted localizado a O'Neil.

Cortó.

 

Carson estuvo de acuerdo con la opinión de Krath­wohl, pero pareció perplejo.

- O'Neil es un hombre arrogante, que no coopera. He trabajado a sus órdenes. Indudablemente sabe más acerca de la teoría del campo magnético y la estruc­tura del espacio que ningún otro hombre viviente.

Carson había sido llamado al círculo interior, don­de se le puso al corriente del problema. Confesó que no veía solución.

- Quizá ponemos las cosas demasiado difíciles - indicó Clare -. Tengo algunas ideas. Interrúmpa­me si me equivoco Carson.

- Diga, jefe.

- Bien. El aumento de la gravedad se produce por la proximidad de una masa, ¿no es así? La gravedad normal de la Tierra es producida, piles, por la proxi­midad de la propia Tierra. Bien. ¿Cuál sería el efecto producido al situar una gran masa sobre un punto determinado de la superficie de la Tierra; no serviría esto para contrarrestar la atracción terrestre?

- Teóricamente, sí. Pero tendría que ser una masa de unas dimensiones monstruosas.

- No importa.

- No lo entiende usted, jefe. La atracción ejercida sobre un punto determinado de la Tierra requeriría otro planeta del tamaño de ella en contacto con ella en aquel punto. Desde luego, puesto que no quiere us­ted anular enteramente la atracción, sino sólo amino­rarla, gana usted cierta ventaja utilizando una masa menor que tendría su centro de gravedad más cerca del punto en cuestión que el centro de gravedad de la Tierra. Pero esto no bastaría, sin embargo. La atracción, al accionar inversamente al cuadrado de la distancia, en este caso la mitad del diámetro, la masa y la subsiguiente atracción equivale directamente al cubo del diámetro.

-¿Y qué resultado nos da esto?

Carson sacó una regla de cálculo y la manejó du­rante algunos segundos. Levantó la vista.

- Casi tengo miedo de contestar. Para conseguir algún resultado, necesitarla usted un asteroide, de ta­maño considerable y de plomo.

- Los asteroides han sido ya desplazados otras veces

- Sí, pero ¿y detenerlo? No, jefe; no hay fuente concebible de energía ni medios de aplicarla que nos permitan situar un gran planeta sobre un punto deter­minado de la Tierra y mantenerlo allí.

- En fin, la idea es buena mientras dura... - dijo Clare, pensativo.

La lisa frente de Grace se había fruncido mientras seguía la discusión. Entonces intervino ella.

- Yo creo que podrían ustedes utilizar una peque­ña masa sumamente pesada con mayor eficacia. Creo haber leído algo acerca de un material que pesa toneladas por centímetro cúbico.

- El núcleo de las estrellas enanas - asintió Car­son -. Lo único que necesitaríamos para ello seria una astronave capaz de recorrer algunos años de luz en pocos días para minar el interior de una estrella, y una nueva teoría del espacio-tiempo.

- Muy bien, desarróllela.

- Un minuto - observó Francis -. ¿El magnetis­mo es muy similar a la gravedad, no?

- Pues...

- ¿Habría alguna manera de magnetizar estos mi­radores desde los pequeños planetas? Puede haber algo curioso en su química corpórea.

- Excelente idea - asintió Carson -, pero aun­que su economía interna sea curiosa, no es esta forma de curiosidad. Siguen siendo orgánicos.

- No lo creo. Si los cerdos tuviesen alas, serían palomas.

El estéreo-anunciador funcionó. El doctor Krath­wohl anunció que O'Neil podía ser encontrado en su casa de campo de Portage, Wisconsin. No lo había llamado y preferiría no hacerlo, a menos que el jefe insistiese.

Clare le dio las gracias y se volvió hacia los otros.

- Estamos perdiendo el tiempo - dijo -. Después de llevar años en este asunto deberíamos hacer algo mejor que tratar de decidir cuestiones técnicas. No soy físico ni me importa un comino en qué forma ac­túa la gravitación. Esto es asunto de O'Neil. Y de Carson. Carson, váyase a Wisconsin y que O'Neil se ponga al trabajo.

-¿Yo?

- Usted. Usted es un operador de este ramo, con la paga adecuada, tendrá usted un cohete y una carta de crédito a su disposición. Tiene usted que despegar den­tro de siete u ocho minutos.

Carson parpadeó.

-¿Y mi trabajo aquí?

- El departamento de ingeniería será informado, lo mismo que la contabilidad. En marcha.

Sin responder, Carson se dirigió hacia la puerta. Al llegar a ella ya corría.

 

La marcha de Carson los dejó sin nada que hacer hasta que, a su regreso, presentase su informe; sin nada que hacer, es decir, como no fuese iniciar la acción en los cuantiosos detalles de reproducir las particularidades físicas y culturales de otros tres planetas y cuatro satélites mayores exclusivos por sus caracte­rísticas de aceleración gravitacional de la superficie normal. La tarea, aunque nueva, no ofrecía verdaderas dificultades para los Servicios Generales. En alguna parte había personas que conocían la solución a estas cuestiones. La vasta organización llamada Servicios Generales estaba montada para encontrarlas, contra­tarías y ponerlas a trabajar. Cualquiera de los colabo­radores del catálogo o de los ilimitados empleados de otras secciones eran capaces de asumir esta tarea y resolverla sin excitación ni prisas.

Francis llamó a uno de los operadores ilimitados. No se tomó siquiera la molestia de elegirlo, sino que llamó al primero que encontró a mano en el cuadro de «disponibles». Todos ellos eran «capaces». Le ex­plicó en detalle lo que tenía que hacer y lo olvidó en el acto. Las máquinas de taladrar fichas meterían un poco más de ruido, las pantallas estereoscópicas lanza­rían destellos y avispados muchachos de todas las re­giones de la Tierra abandonarían lo que estaban ha­ciendo para encontrar a los especialistas que ejecuta­rían el trabajo requerido. Se volvió hacia Clare, el cual le dijo:

- Me gustaría saber detrás de qué anda Beaumont. ¿Conferencia de científicos?... ¡Puah!

- Creí que no le interesaba a usted la política, Jay.

- Y así es. Me tiene sin cuidado la política, sea in­terplanetaria o no, salvo cuando afecta mi negocio. Pero si supiéramos lo que se trama, quizá hubiéramos podido estrujarlo un poco más.

- Bien - intervino Grace -. Me parece que puede usted dar por sentado que los verdaderos pesos pe­sados de todos los planetas van a encontrarse y dividir la Galia en «partes tres».

- Sí, pero ¿quién queda al margen?

- Marte, supongo.

- Parece probable. Y a los venusianos les echarán un hueso. En este caso, podemos especular un poco con la Corporación Comercial Pan-Jupiteriana.

- Despacio, amigo, despacio - avisó Francis -. Haga esto y puede usted tener gente interesada. Este es un trabajo muy delicado...

- Me parece que tiene razón. Sin embargo, abra bien los ojos. Debe de haber alguna manera de cortar una tajada del pastel antes de que todo esté listo.

El teléfono de Grace Cormet llamó. Lo sacó de su bolsillo y dijo:

- ¿Diga...?

- Mistress Hogbein Jonhson quiere hablar con usted.

- Atiéndala usted. Estoy fuera.

- No quiere hablar con nadie más que con usted

- Bien. Póngala en el estéreo del jefe, pero conser­ve el paralelo. Se entenderá usted con ella cuando haya terminado yo.

La pantalla cobró vida, mostrando la carnosa cara de mistress Johnson enmarcada en el centro del re­cuadro.

- ¡Oh, miss Cormet! - se lamentó -, ha habido algún error espantoso. En esta nave no hay estéreo.

Se instalará en Cincinatti. Dentro de veinte mi­nutos.

- ¿Está usted segura?

- Completamente segura.

- ¡Oh, gracias! ¡Es tan consolador hablar con us­ted! ¿Sabe usted? Estoy pensando en nombrarla mi secretaria social

- Gracias - respondió Grace sin entonación -, pero estoy ligada por un contrato.

- ¡Pero qué tontería! ¡Puede usted romperlo!

- No, lo siento, mistress Johnson. Usted lo pase bien. - Colgó la pantalla y habló nuevamente por el teléfono. - Diga a Contabilidad que doblen su ta­rifa. Y no quiero volver a hablar con ella. - De nuevo cortó y, furiosa, se metió el aparato en el bolsillo.

- ¡Secretaria social!

Después de cenar, Clare se había retirado a sus habitaciones antes de que Carson lo llamase de nuevo. Francis recibió la llamada desde su despacho.

- ¿Ha habido suerte? - preguntó, una vez hubo aparecido su imagen en la pantalla

- Bastante. He visto a O'Neil.

- Bien. ¿Va a hacerlo?

- Quiere usted decir, puede hacerlo, ¿verdad?

- Bien... ¿puede?

- Esto es lo curioso. Yo no creía que fuese teóri­camente posible. Pero después de hablar con él, estoy convencido de que lo es. O'Neil tiene un nuevo con­cepto de la teoría del campo magnético... algo que no ha sido nunca publicado. Este hombre es un genio.

- No me importa - dijo Francis - que sea un genio o un idiota mongoloide. ¿Puede construir algu­na especie de gravedad exterior?

- Creo que sí. Realmente, me parece que puede.

- Perfectamente. ¿Lo ha contratado usted?

- No. Este es el punto malo. Por esto lo llamo. La cosa es así. Lo encontré casualmente de buen hu­mor, y como habíamos trabajado juntos y no había suscitado sus iras con tanta frecuencia como sus otros ayudantes, me invitó a cenar. Hablamos de una serie de cosas (no hay que darle prisa) y le expuse la pro­posición. Le interesó medianamente... me refiero a la idea, y discutió la teoría conmigo o mejor dicho, con­tra mí. Pero no quiere intervenir en ella.

-¿Por qué no? No le ofrecería usted bastante di­nero. Me parece que será mejor que hable yo con él.

- No, míster Francis, no. No me entiende usted. El dinero no le interesa. Tiene fortuna personal sufi­ciente para sus investigaciones y todo lo que desee. Pero en estos momentos se ocupa de la teoría de la mecánica ondulatoria y no quiere que le molesten con nada más.

- ¿No le ha hecho usted comprender lo importante que era?

- Sí y no. Principalmente, no. Lo he intentado, pero para él lo único importante es lo que él quiere. Es una especie de esnobismo intelectual. Las demás gentes no cuentan, simplemente.

- Muy bien - dijo Francis -. Hasta ahora ha tra­bajado usted bien. Va usted a hacer lo siguiente. En cuanto yo corte llamará usted a EJECUTIVA y dicta­rá una transcripción de todo lo que pueda recordar de lo que ha dicho acerca de la teoría de la gravitación. Buscaremos al más ducho en materia después de él, se lo transmitiremos y veremos si le da algunas ideas sobre las cuales trabajar. Entre tanto, pondré un equipo al trabajo sobre el fondo de lo que haya dicho O'Neil. Debe de haber un punto débil en alguna parte; es mera cuestión de encontrar dónde. Quizá hay una mujer de por medio...

- Ya hace tiempo que le ha pasado esto.

-...o quizá lleva otra idea en la cabeza. Ya lo ve­remos. Quisiera que se quedase usted aquí. Puesto que no puede contratarlo, quizá pueda usted convencerlo de que lo contrate a usted. Es usted nuestro oleoducto, quiero conservarlo abierto. Tenemos que averiguar qué es lo que quiere o qué es lo que teme.

- No teme nada; en esto soy categórico.

- Entonces, quiere algo. Si no es dinero, ni muje­res, es algo más. Es la ley de la naturaleza.

- Lo dudo - respondió Carson lentamente -. ¡Oiga! ¿Le he hablado a usted de su manía?

- No. ¿Cuál es?

- La porcelana. En particular, la porcelana Ming. Tiene la mejor colección del mundo, creo. ¡Pues sí sé lo que quiere!

- ¡Venga, pues, suéltelo, hombre, suéltelo!

- Un pequeño cuenco de porcelana, de unos diez centímetros de diámetro. Tiene un nombre chino que quiere decir «Flor del Olvido».

- ¡Hem!... no me parece muy significativo. ¿Cree usted que tiene gran empeño en él?

- Me consta. Tiene una litografía en colores en su estudio, donde puede mirarla constantemente. Pero le duele hablar de él.

- Averigüe usted dónde está y de quién es.

- Lo sé. En el British Museum. Por esto no puede comprarlo.

- Ya... - dijo Carson, pensativo -. Bien, pues, olvídela. Adelante.

Clare bajó al despacho de Francis y los tres habla­ron de lo mismo.

- Yo creo que tenemos que hacer intervenir a Beaumont - comentó una vez estuvo al corriente de la situación -. Será necesario que el Gobierno se des­prenda de algo, del British Museum. ¿Y bien? - aña­dió al ver a Francis cariacontecido -. ¿Qué le pasa? ¿Qué hay de mal en ello?

- Yo lo sé - intervino Grace -. ¿Recuerda usted el tratado por el cual la Gran Bretaña entró en la Confederación planetaria?

- No he estado nunca muy fuerte en historia.

- La cosa es así. Dudo de que el Gobierno plane­tario pueda disponer de nada perteneciente al museo sin permiso del Parlamento británico.

- ¿Por qué no? Con tratado o sin tratado el Go­bierno planetario es soberano. La cosa quedó bien es­tablecida en el Incidente Brasileño.

- Sí, desde luego. Pero podría ocasionar pregun­tas en la Cámara de los Comunes y esto llevaría a una cosa que Beaumont quiere evitar a toda costa, la publicidad.

- O. K. ¿Y qué propone usted?

- Yo propondría que Sance y yo demos un salto hasta Inglaterra y averigüemos si tienen muy bien clavada la «Flor del Olvido», quién la custodia y qué debilidad tiene...

Los ojos de Clare pasaron de Grace a Francis, el cual estaba pálido, síntoma en él que indicaba asen­timiento para sus íntimos.

- O. K. - asintió Clare - buena idea. ¿Toman un especial?

- No, tenemos tiempo de tomar el de medianoche de Nueva York. ¡Adiós!...

- Adiós. Llámeme mañana.

Cuando al día siguiente Grace apareció en la pantalla de su jefe, éste la miró y lanzó una exclamación.

- ¡Válgame Dios, muchacha! ¿Pero qué le ha pa­sado a su cabello?

- Hemos localizado al sujeto - explicó ella su­cintamente -. Su debilidad son las rubias.

- Pero tiene usted la piel más pálida también...

- Desde luego. ¿Qué le parece?

- ¡Estupendo! Pero la prefería a usted como era. ¿Y qué dice Sance de todo esto?

- No le importa, es el negocio. Pero volviendo al asunto, no tengo gran cosa que comunicarle. Va a ser cosa de mucha mano izquierda. Por el procedi­miento ordinario se necesitaría un temblor de tierra para sacar algo de aquella tumba.

- No hagan nada que no sea efectivo.

- Ya me conoce usted, jefe. No lo pondré a usted en un compromiso. Pero será caro.

- Desde luego.

- Eso es todo, por ahora. Llamaré mañana.

Al día siguiente volvía a ser morena.

- ¿Qué es esto? ¿Un baile de máscaras? - pre­guntó Clare.

- Parece que no era el tipo de rubia que le gusta - explicó Grace -. Pero he encontrado el que le interesa.

- ¿Y ha surtido efecto?

- Creo que surtirá. Sance se está procurando un facsímil integral. Con suerte, nos veremos mañana.

 

Aparecieron al día siguiente, al parecer con las manos vacías.

- ¿Y bien? - dijo Clare -. ¿Qué hay?

- Aísle la habitación, Jay - propuso Francis -. Hablaremos.

Clare hizo funcionar un interruptor que aislaba toda interferencia, haciendo la habitación más hermé­tica que un féretro.

- ¿Qué hay de aquello? ¿Lo han conseguido?

- Enséñaselo, Grace.

Grace le volvió la espalda, buscó por entre sus ro­pas durante un momento, se volvió de nuevo y colocó suavemente el objeto sobre la mesa.

No era bello, era la belleza misma. Sus suaves curvas no tenían ornamentación alguna, un decorado lo hubiera mancillado. En su presencia se hablaba en voz baja por temor a que un súbito estallido lo que­brase.

Clare avanzó la mano para tocarlo, pero cambió de parecer y volvió a retirarla. Pero inclinó la cabe­za y se quedó mirando el objeto. El fondo de la ta­cita era sumamente difícil de enfocar, de mirar; daba la sensación de que al fijar la vista en él iba hun­diéndose más y más, como ahogándose en un océano de luz. Echó la cabeza hacia atrás y pestañeó:

- ¡Dios!... - dijo -. ¡Dios mío! ¡No creí que es­tas cosas existiesen....!

Miró a Grace y después a Francis. Le pareció que éste tenía lágrimas en los ojos, a menos que fuese en los suyos propios.

- Oiga, jefe - dijo Francis -, ¿no podríamos quedarnos con el objeto y abandonar el asunto éste?

- Es inútil hablar más de ello - dijo Francis, desalentado.-. No podemos guardarlo, jefe. No hu­biera debido proponérselo y usted no hubiera debido escucharme. Vamos a llamar a O'Neil.

- Podríamos esperar un día más antes de hacer nada - aventuró Clare, sin poder separar sus ojos de la «Flor del Olvido».

Grace movió la cabeza.

- Es inútil. Sería más difícil todavía, lo sé.

Se dirigió deliberadamente al estéreo y manejó los controles.

O'Neil estaba contrariado de que lo hubiesen mo­lestado y doblemente molesto de que hubiesen utilizado la señal de urgencia en su pantalla desconectada.

- ¿Qué pasa? - preguntó -. ¿Qué pretenden us­tedes al molestar a un ciudadano particular mientras está desconectado? Hablen, y les deseo que valga la pena, de lo contrario los mando a los tribunales.

- Quisiéramos que hiciese usted un pequeño tra­bajo para nosotros doctor - comenzó Clare.

- ¿Cómo? - O'Neil parecía casi demasiado sorprendido para estar colérico. - ¿Pretenden ustedes no moverse de aquí y decirme que han invadido ustedes la intimidad de mí hogar para pedirme que trabaje para ustedes?

- Lo paga será satisfactoria.

O'Neil pareció contar hasta diez antes de con­testar.

- Oiga - dijo pausadamente -, hay hombres en el mundo que se imaginan que pueden comprarlo todo a todo el mundo. Le concedo que tienen cierto fundamento en su creencia. Pero yo no estoy en ven­ta. En vista de que parece usted ser una de estas per­sonas haré cuanto pueda porque esta conferencia le cueste caro. Recibirá usted noticias de mi abogado. ¡Buenas noches!

- ¡Un momento! - suplicó Clare -. Creo que le interesan a usted las porcelanas...

- ¿Y qué importancia tiene eso?

- ¡Enséñeselo, Grace!

Grace acercó la «Flor del Olvido» a la pantalla manejándola cuidadosamente, reverentemente.

O'Neil no decía nada. Se inclinó hacia adelante y miró. Daba la impresión de que iba a salir de la pantalla.

 
 

 
     
 

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