LIBRO DEL MES

...TAMBIEN PASEAMOS PERROS

Robert A. Heinlein

 
LIBRO DEL MES   ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 

- ¿De dónde han sacado ustedes esto? - dijo al final.

- Eso no tiene importancia.

- Se lo compro, al precio que sea.

- No está en venta. Pero podría ser suyo... si lle­gamos a un acuerdo...

- Es producto de un robo - dijo O'Neil, mirándolos.

- Se equívoca usted. No encontrará usted a nadie que se interese por tal acusación. Respecto a su tra­bajo...

O'Neil apartó la vista del cuenco.

- ¿Qué es lo que quieren ustedes que haga?

Clare le explicó el problema y una vez hubo terminado O'Neil movió la cabeza.

- Es ridículo - dijo.

- Tenemos motivos para creer que es teóricamen­te posible.

- ¡Oh, ciertamente! ¡También es teóricamente po­sible vivir eternamente Pero hasta ahora nadie lo ha conseguido.

- Creemos que usted puede hacerlo.

- ¡Muchas gracias! ¡Oiga! - O'Neil fijó un dedo sobre la pantalla. - Me han mandado ustedes al jo­ven Carson, ese...

- Obraba bajo órdenes mías.

- Entonces no me gusta su manera de obrar.

- ¿Y qué hay del trabajo?... ¿Y de esto? - dijo, señalando al cuenco.

O'Neil lo contemplaba, mordiéndose los bigotes.

- Supongamos... - dijo al final -, que hago una honrada tentativa, dentro de mis limitadas faculta­des, para proporcionarles lo que desean y... fracaso.

- Pagamos sólo los resultados - dijo Clare moviendo negativamente la cabeza -. ¡Oh, su sueldo, sí, desde luego! Pero esto, no. Esto es una gratificación extraordinaria de su trabajo, si triunfa usted.

O'Neil parecía estar dispuesto a aceptar y súbitamente, respondió:

- Pueden estar ustedes engatusándome con una co­lorografía. Por la pantalla no puedo decirlo.

- Venga usted mismo a verlo - dijo Clare con indiferencia.

- Iré. Voy. No se muevan de donde están. ¿Quién es usted? ¡Maldita sea, hombre! ¿Cómo se llama usted?

Dos horas después llegaba como un huracán.

- ¡Me han estafado ustedes! ¡La «Flor» está toda­vía en Inglaterra! ¡He hecho investigaciones!... ¡Les... les castigaré, señores, con mis propias manos!

- Véalo usted mismo - respondió Clare; apartán­dose de la mesa para no privar más la vista de O'Neil.

Lo dejaron que mirase. Respetaban su necesidad de paz, sumido en su contemplación. Al cabo de largo rato se volvió hacia ellos, pero no dijo nada.

- ¿Y bien? - preguntó Clare.

- Les construiré su maldito artefacto - dijo con voz sombría -. Voy a calcular una aproximación al proyecto, aquí mismo.

 

Beaumont vino en persona a verlos el día anterior a la primera sesión de la conferencia.

- Es una mera visita de cortesía, míster Clare - declaró -. Quería únicamente expresarle mi recono­cimiento por la obra que han realizado ustedes. Y a entregar a ustedes esto.

«Esto» resultó ser un cheque sobre el Banco Cen­tral por el importe convenido. Clare lo cogió, lo exa­minó, asintió y lo metió en un cajón de la mesa.

- Debo deducir, por consiguiente - dijo -, que el Gobierno está satisfecho de los servicios prestados.

- Eso es decirlo muy modestamente - le aseguró Beaumont -. A ser perfectamente sincero, no creí que pudiesen ustedes hacer tanto. Parece que hayan pensado ustedes en todo. La delegación Callistán está fuera ahora, inspeccionando y viendo los puntos de vista en uno de los pequeños tanques que nos han preparado. Son deliciosos. Confidencialmente, creo que podemos depender de su voto en las próximas se­siones.

- ¿Los protectores de gravedad funcionan perfec­tamente, no?

- Perfectamente. He entrado en un tanque de vi­sión antes de entregárselo. Era tan ligero como la proverbial pluma. Demasiado ligero, sentí casi el ma­reo del espacio. - Sonrió medio irónicamente. - He entrado en los departamentos jupiterianos también. Esto ya era otra cosa.

- Sí, desde luego - asintió Clare -. Dos veces y medio el peso normal es opresivo, por no decir nada más.

- Es un bello final a una tarea difícil. Tiene que seguir adelante. ¡Ah, sí, otro pequeño detalle! He hablado con el doctor O'Neil de la posibilidad de que la Administración se interesase en otros usos para su nuevo desarrollo. A fin de simplificar las cosas sería conveniente que me diese usted el finiquito de la ac­tuación de O'Neil cerca de los Servicios Generales.

Clare lo miró meditabundo, como el «Buda llo­rando», y se mordió el pulgar;

- No - dijo lentamente -, temo que esto sea di­fícil.

- ¿Por qué no? - preguntó Beaumont -. Esto evitaría la necesidad de adjudicación y la pérdida de tiempo consiguiente. Estamos dispuestos a reconocer sus servicios y a recompensarlos.

- ¡Hem!... Me parece que no se hace usted pleno cargo de la situación, míster Beaumont. Entre nues­tro contrato con el Doctor O'Neil y su contrato con nosotros hay una cierta cantidad de espacio libre. Us­ted nos pidió ciertos servicios y ciertos utensilios con los cuales conseguir estos servicios. Nosotros se los procuramos... por un precio. Listos. Pero nuestro con­trato con el doctor O'Neil lo convertía en un emplea­do permanente durante todo el tiempo de su actua­ción. Los resultados de sus investigaciones y las pa­tentes que las afectan son propiedad de los Servicios Generales.

- ¿De veras? - dijo Beaumont -. El doctor tiene otra impresión.

- El doctor O'Neil se equívoca. En serio, míster Beaumont, nos pidió usted que le proyectásemos un cañón de asedio, hablando en metáfora para matar un mosquito. ¿Esperaba usted de nosotros, como hom­bres de negocios, que tirásemos el cañón después de un solo disparo?

- No, supongo que no. ¿Y qué piensan ustedes hacer?

- Esperamos explotar comercialmente el modula­dor de gravedades. Imagino que podríamos obtener un buen precio por ciertas adaptaciones del mismo en Marte.

- Sí, supongo que sí. Pero para ser brutalmente claro, míster Clare, temo que sea imposible. Es una cuestión de política publica imperativa que este desarrollo se limite a los terrestres. En realidad, la administración considerará necesario intervenir y hacer de él un monopolio del Gobierno.

- ¿Ha pensado en como mantener a míster O'Neil en su sitio?

- En vistas a un cambio de circunstancia, no. ¿Cuál es su idea?

- Una sociedad, en la cual él sería tenedor de un bloque de acciones y presidente. Uno de nuestros bri­llantes cerebros mas jóvenes ocuparía la presidencia del Consejo de Administración. - Clare pensaba en Carson. - habría acciones suficientes para seguir adelante - añadió, observando el rostro de Beaumont.

- Supongo que esta sociedad estaría bajo contrato con el gobierno... ¿su único cliente? - respondió Beaumont, haciendo como que no oía la pulla.

- Esa es la idea.

- ¡Hein!... sí, parece factible. Quizá será mejor que hable con el doctor O'neil.

- Como usted quiera.

Beaumont convoco a O'Neil en la pantalla y ha­bló con el a media voz. O mejor dicho, Beaumont hablaba a medía voz. O'neil demostró una tendencia a hacer añicos el micrófono. Clare mandó buscar a Francis y Grace y les explicó lo ocurrido. Beaumont se aparto de la pantalla.

- El doctor desea hablar con usted, míster Clare.

- O'Neil lo miró con maldad.

- ¿Qué encerrona es esta que tengo que escuchar? ¿Qué cuento es éste de que los efectos de O'neil sean de su propiedad?

- Estaba en su contrato, doctor, ¿no se acuerda usted?.

- ¡El contrato! ¡Jamás he leído esta tontería! Pero les diré a ustedes; los voy a llevar a los tribunales. Los ataré con gruesos nudos antes de permitirles bur­larse de mí de esta manera.

- ¡Un momento, doctor, se lo ruego! - dijo Clare, conciliador -. No tenemos el menor deseo de sa­car ventajas de un mero punto técnico legal y nadie le discute su interés. Permítame que le esboce cuál es mi plan.

Se inclinó rápidamente sobre los diseños. O'Neil escuchaba, pero su expresión seguía sin haberse sua­vizado cuando termino.

- No me interesa - dijo bruscamente -. En cuanto a mí hace referencia, el Gobierno puede que­darse con todo. Y ya me ocuparé de que así sea.

- No he mencionado todavía la otra condición - añadió Clare.

- No se moleste.

- Tengo que hacerlo. Será puramente una cues­tión de acuerdo entre caballeros, pero es esencial. Tie­ne usted en custodia la «Flor del Olvido»

O'Neil se puso en el acto en guardia.

- ¿Qué quiere usted decir, «en custodia»? Es mía. Entiéndame bien, mía.

- Es suya - repitió Clare -. Sin embargo, a cam­bio de las concesiones que le hacemos referentes a nuestro contrato, queremos algo.

- ¿Qué? - preguntó O'Neil. La mención del cuen­co le inquietó.

- Es suyo y conserva usted su posesión. Pero quie­ro su palabra de que yo, o míster Francis, o miss Cor­met, podremos ir a verla de vez en cuando... frecuen­temente.

- ¿Quiere usted decir que quieren meramente venir a verla? - dijo O'Neil, al parecer incrédulo.

- Meramente.

- ¿Para gozar de ella?

- Exacto.

O'Neil lo miró con una nueva expresión de respeto.

- No le había entendido a usted al principio, míster Clare, le pido excusas. En cuanto a la tontería esa de la sociedad, haga lo que quiera, me tiene sin cuidado. Miss Cormet, míster Francis y usted pueden venir a ver la «Flor del Olvido» siempre que quieran. Les doy mi palabra.

- Gracias, doctor O'Neil, en nombre de todos.

Cerró el interruptor en cuanto la más elemental cortesía se lo permitió.

Beaumont también miraba a Clare con redoblado respeto.

- Me parece - dijo -, que la próxima vez no intervendré en su organización de detalles. Tomaré unas vacaciones. Adieu, caballeros... y miss Cormet.

Una vez la puerta se hubo bajado tras él, Grace observó:

- Me parece que lo hemos quitado de en medio.

- Sí - dijo Clare -. Le hemos «paseado el perro»; O'Neil ha tenido lo que quería; Beaumont también... y más aún.

- ¿Detrás de qué anda exactamente?

- No lo sé, pero me parece que le gustaría ser el primer presidente de la Federación del Sistema So­lar, cuando exista una cosa semejante. Con los ases que le hemos puesto en su juego, puede conseguirlo. ¿Se da usted cuenta de las potencialidades del efecto de O'Neil?

- Vagamente - dijo Francis.

- ¿Ha imaginado usted su importancia en la na­vegación del espacio? ¿O las posibilidades que añade como medio de colonización? ¿O su empleo recreati­vo? En esto sólo hay una fortuna.

- ¿Y qué sacaremos de ello?

- ¿Qué sacaremos de ello? Dinero, muchacho. Sa­cos y sacos de dinero. El dinero siempre procura sa­tisfacer los caprichos de la gente.

Miró hacia la marca registrada del perro Scotch.

- Dinero - repitió Francis -. Sí, supongo que sí...

- En todo caso - añadió Grace - siempre po­demos ir a ver la «Flor».

 

FIN

 
 

 
     
 

 

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