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- ¿De dónde han sacado ustedes esto? - dijo al
final.
- Eso no tiene importancia.
- Se lo compro, al precio que sea.
- No está en venta. Pero podría ser suyo... si
llegamos a un acuerdo...
- Es producto de un robo - dijo O'Neil,
mirándolos.
- Se equívoca usted. No encontrará usted a nadie
que se interese por tal acusación. Respecto a su trabajo...
O'Neil apartó la vista del cuenco.
- ¿Qué es lo que quieren ustedes que haga?
Clare le explicó el problema y una vez hubo
terminado O'Neil movió la cabeza.
- Es ridículo - dijo.
- Tenemos motivos para creer que es teóricamente
posible.
- ¡Oh, ciertamente! ¡También es teóricamente
posible vivir eternamente Pero hasta ahora nadie lo ha conseguido.
- Creemos que usted puede hacerlo.
- ¡Muchas gracias! ¡Oiga! - O'Neil fijó un dedo
sobre la pantalla. - Me han mandado ustedes al joven Carson, ese...
- Obraba bajo órdenes mías.
- Entonces no me gusta su manera de obrar.
- ¿Y qué hay del trabajo?... ¿Y de esto? - dijo,
señalando al cuenco.
O'Neil lo contemplaba, mordiéndose los bigotes.
- Supongamos... - dijo al final -, que hago una
honrada tentativa, dentro de mis limitadas facultades, para proporcionarles lo
que desean y... fracaso.
- Pagamos sólo los resultados - dijo Clare
moviendo negativamente la cabeza -. ¡Oh, su sueldo, sí, desde luego! Pero esto,
no. Esto es una gratificación extraordinaria de su trabajo, si triunfa
usted.
O'Neil parecía estar dispuesto a aceptar y
súbitamente, respondió:
- Pueden estar ustedes engatusándome con una
colorografía. Por la pantalla no puedo decirlo.
- Venga usted mismo a verlo - dijo Clare con
indiferencia.
- Iré. Voy. No se muevan de donde están. ¿Quién
es usted? ¡Maldita sea, hombre! ¿Cómo se llama usted?
Dos horas después llegaba como un huracán.
- ¡Me han estafado ustedes! ¡La «Flor» está
todavía en Inglaterra! ¡He hecho investigaciones!... ¡Les... les castigaré,
señores, con mis propias manos!
- Véalo usted mismo - respondió Clare;
apartándose de la mesa para no privar más la vista de O'Neil.
Lo dejaron que mirase. Respetaban su necesidad de
paz, sumido en su contemplación. Al cabo de largo rato se volvió hacia ellos,
pero no dijo nada.
- ¿Y bien? - preguntó Clare.
- Les construiré su maldito artefacto - dijo con
voz sombría -. Voy a calcular una aproximación al proyecto, aquí mismo.
Beaumont vino en persona a verlos el día anterior
a la primera sesión de la conferencia.
- Es una mera visita de cortesía, míster Clare -
declaró -. Quería únicamente expresarle mi reconocimiento por la obra que han
realizado ustedes. Y a entregar a ustedes esto.
«Esto» resultó ser un cheque sobre el Banco
Central por el importe convenido. Clare lo cogió, lo examinó, asintió y lo
metió en un cajón de la mesa.
- Debo deducir, por consiguiente - dijo -, que el
Gobierno está satisfecho de los servicios prestados.
- Eso es decirlo muy modestamente - le aseguró
Beaumont -. A ser perfectamente sincero, no creí que pudiesen ustedes hacer
tanto. Parece que hayan pensado ustedes en todo. La delegación Callistán está
fuera ahora, inspeccionando y viendo los puntos de vista en uno de los pequeños
tanques que nos han preparado. Son deliciosos. Confidencialmente, creo que
podemos depender de su voto en las próximas sesiones.
- ¿Los protectores de gravedad funcionan
perfectamente, no?
- Perfectamente. He entrado en un tanque de
visión antes de entregárselo. Era tan ligero como la proverbial pluma.
Demasiado ligero, sentí casi el mareo del espacio. - Sonrió medio irónicamente.
- He entrado en los departamentos jupiterianos también. Esto ya era otra cosa.
- Sí, desde luego - asintió Clare -. Dos veces y
medio el peso normal es opresivo, por no decir nada más.
- Es un bello final a una tarea difícil. Tiene
que seguir adelante. ¡Ah, sí, otro pequeño detalle! He hablado con el doctor
O'Neil de la posibilidad de que la Administración se interesase en otros usos
para su nuevo desarrollo. A fin de simplificar las cosas sería conveniente que
me diese usted el finiquito de la actuación de O'Neil cerca de los Servicios
Generales.
Clare lo miró meditabundo, como el «Buda
llorando», y se mordió el pulgar;
- No - dijo lentamente -, temo que esto sea
difícil.
- ¿Por qué no? - preguntó Beaumont -. Esto
evitaría la necesidad de adjudicación y la pérdida de tiempo consiguiente.
Estamos dispuestos a reconocer sus servicios y a recompensarlos.
- ¡Hem!... Me parece que no se hace usted pleno
cargo de la situación, míster Beaumont. Entre nuestro contrato con el Doctor
O'Neil y su contrato con nosotros hay una cierta cantidad de espacio libre.
Usted nos pidió ciertos servicios y ciertos utensilios con los cuales conseguir
estos servicios. Nosotros se los procuramos... por un precio. Listos. Pero
nuestro contrato con el doctor O'Neil lo convertía en un empleado permanente
durante todo el tiempo de su actuación. Los resultados de sus investigaciones y
las patentes que las afectan son propiedad de los Servicios Generales.
- ¿De veras? - dijo Beaumont -. El doctor tiene
otra impresión.
- El doctor O'Neil se equívoca. En serio, míster
Beaumont, nos pidió usted que le proyectásemos un cañón de asedio, hablando en
metáfora para matar un mosquito. ¿Esperaba usted de nosotros, como hombres de
negocios, que tirásemos el cañón después de un solo disparo?
- No, supongo que no. ¿Y qué piensan ustedes
hacer?
- Esperamos explotar comercialmente el modulador
de gravedades. Imagino que podríamos obtener un buen precio por ciertas
adaptaciones del mismo en Marte.
- Sí, supongo que sí. Pero para ser brutalmente
claro, míster Clare, temo que sea imposible. Es una cuestión de política publica
imperativa que este desarrollo se limite a los terrestres. En realidad, la
administración considerará necesario intervenir y hacer de él un monopolio del
Gobierno.
- ¿Ha pensado en como mantener a míster O'Neil en
su sitio?
- En vistas a un cambio de circunstancia, no.
¿Cuál es su idea?
- Una sociedad, en la cual él sería tenedor de un
bloque de acciones y presidente. Uno de nuestros brillantes cerebros mas
jóvenes ocuparía la presidencia del Consejo de Administración. - Clare pensaba
en Carson. - habría acciones suficientes para seguir adelante - añadió,
observando el rostro de Beaumont.
- Supongo que esta sociedad estaría bajo contrato
con el gobierno... ¿su único cliente? - respondió Beaumont, haciendo como que no
oía la pulla.
- Esa es la idea.
- ¡Hein!... sí, parece factible. Quizá será mejor
que hable con el doctor O'neil.
- Como usted quiera.
Beaumont convoco a O'Neil en la pantalla y habló
con el a media voz. O mejor dicho, Beaumont hablaba a medía voz. O'neil demostró
una tendencia a hacer añicos el micrófono. Clare mandó buscar a Francis y Grace
y les explicó lo ocurrido. Beaumont se aparto de la pantalla.
- El doctor desea hablar con usted, míster Clare.
- O'Neil lo miró con maldad.
- ¿Qué encerrona es esta que tengo que escuchar?
¿Qué cuento es éste de que los efectos de O'neil sean de su propiedad?
- Estaba en su contrato, doctor, ¿no se acuerda
usted?.
- ¡El contrato! ¡Jamás he leído esta tontería!
Pero les diré a ustedes; los voy a llevar a los tribunales. Los ataré con
gruesos nudos antes de permitirles burlarse de mí de esta manera.
- ¡Un momento, doctor, se lo ruego! - dijo Clare,
conciliador -. No tenemos el menor deseo de sacar ventajas de un mero
punto técnico legal y nadie le discute su interés. Permítame que le esboce cuál
es mi plan.
Se inclinó rápidamente sobre los diseños. O'Neil
escuchaba, pero su expresión seguía sin haberse suavizado cuando termino.
- No me interesa - dijo bruscamente -. En cuanto
a mí hace referencia, el Gobierno puede quedarse con todo. Y ya me ocuparé de
que así sea.
- No he mencionado todavía la otra condición -
añadió Clare.
- No se moleste.
- Tengo que hacerlo. Será puramente una cuestión
de acuerdo entre caballeros, pero es esencial. Tiene usted en custodia la «Flor
del Olvido»
O'Neil se puso en el acto en guardia.
- ¿Qué quiere usted decir, «en custodia»? Es mía. Entiéndame
bien, mía.
- Es suya - repitió Clare -. Sin embargo, a
cambio de las concesiones que le hacemos referentes a nuestro contrato,
queremos algo.
- ¿Qué? - preguntó O'Neil. La mención del cuenco
le inquietó.
- Es suyo y conserva usted su posesión. Pero
quiero su palabra de que yo, o míster Francis, o miss Cormet, podremos ir a
verla de vez en cuando... frecuentemente.
- ¿Quiere usted decir que quieren meramente venir
a verla? - dijo O'Neil, al parecer incrédulo.
- Meramente.
- ¿Para gozar de ella?
- Exacto.
O'Neil lo miró con una nueva expresión de
respeto.
- No le había entendido a usted al principio,
míster Clare, le pido excusas. En cuanto a la tontería esa de la sociedad, haga
lo que quiera, me tiene sin cuidado. Miss Cormet, míster Francis y usted pueden
venir a ver la «Flor del Olvido» siempre que quieran. Les doy mi palabra.
- Gracias, doctor O'Neil, en nombre de todos.
Cerró el interruptor en cuanto la más elemental
cortesía se lo permitió.
Beaumont también miraba a Clare con redoblado
respeto.
- Me parece - dijo -, que la próxima vez no
intervendré en su organización de detalles. Tomaré unas vacaciones. Adieu,
caballeros... y miss Cormet.
Una vez la puerta se hubo bajado tras él, Grace
observó:
- Me parece que lo hemos quitado de en medio.
- Sí - dijo Clare -. Le hemos «paseado el perro»;
O'Neil ha tenido lo que quería; Beaumont también... y más aún.
- ¿Detrás de qué anda exactamente?
- No lo sé, pero me parece que le gustaría ser el
primer presidente de la Federación del Sistema Solar, cuando exista una cosa
semejante. Con los ases que le hemos puesto en su juego, puede conseguirlo. ¿Se
da usted cuenta de las potencialidades del efecto de O'Neil?
- Vagamente - dijo Francis.
- ¿Ha imaginado usted su importancia en la
navegación del espacio? ¿O las posibilidades que añade como medio de
colonización? ¿O su empleo recreativo? En esto sólo hay una fortuna.
- ¿Y qué sacaremos de ello?
- ¿Qué sacaremos de ello? Dinero, muchacho.
Sacos y sacos de dinero. El dinero siempre procura satisfacer los caprichos de
la gente.
Miró hacia la marca registrada del perro Scotch.
- Dinero - repitió Francis -. Sí, supongo que
sí...
- En todo caso - añadió Grace - siempre podemos
ir a ver la «Flor».
FIN |