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7
El tribunal
también podía pensar que la libertad no tenía precio y decidir que un
robot no podía comprarla por mucho que pagase, por alto que fuese el
precio.
La declaración del
abogado regional, que representaba a quienes habían entablado un pleito
conjunto para oponerse a la libertad de Andrew, fue ésta: La palabra
<<libertad>> no significaba nada cuando se aplicaba a un robot, pues
sólo un ser humano podía ser libre.
Lo repitió varias
veces, siempre que le parecía apropiado; lentamente, moviendo las manos
al son de las palabras.
La Niña pidió
permiso para hablar en nombre de Andrew.
La llamaron por su
nombre completo, el cual Andrew nunca había oído antes:
-Amanda Laura
Martin Charney puede acercarse al estrado.
-Gracias, señoría.
No soy abogada y no sé hablar con propiedad, pero espero que todos
presten atención al significado e ignoren las palabras. Comprendamos qué
significa ser libre en el caso de Andrew. En alguos sentidos, ya lo es.
Lleva por lo menos veinte años sin que un mienbro de la familia Martin
le ordene hacer algo que él no hubiera hecho por propia voluntad. Pero
si lo deseamos, podemos ordenarle cualquier cosa y expresarlo con la
mayor rudeza posible, porque es una máquina y nos pertenece. Porqué ha
de seguir en esa situación, cuando nos ha servido durante tanto tiempo y
tan lealmente y ha ganado tanto dinero para nosotros? No nos debe nada
más; los deudores somos nosotros. Aunque
se nos prohibiera
legalmente someter a Andrew a una cervidumbre involuntaria, él nos
serviría voluntariamente. Concederle la libertad será sólo una
triquiñuela verbal, pero significaría muchísimo para él. Le daría todo y
nonos costaría nada.
Por un momento
pareció que el juez contenía una sonrisa.
-Entiendo su
argumentación, señora Charney. Lo cierto es que a este respecto no
existe una ley obligatoria ni un precedente. Sin embargo, existe el
supuesto tácito de que sólo el ser humano puede gozar de libertad. Puedo
establecer una nueva ley, o someterme a la decisión de un tribunal
superior; pero no puedo fallar en contra de ese supuesto. Permítame
interpelar al robot. ¡Andrew!
Sí, señoría.
Era la primera vez
que Andrew hablaba ante el tribunal y el juez se asombró de la
modulación humana de aquella voz.
-Porqué quiéres
ser libre, Andrew? En qué sentido es importante para ti?
-Desearía usted
ser esclavo, señoría?
-Pero no eres
esclavo. Eres un buen robot, un robot genial, por lo que me han dicho,
capaz de expresiones artísticas sin parangón. Qué más podrías hacer si
fueras libre?
-Quizá no pudiera
hacer más de lo que hago ahora, señoría, pero lo haría con mayor
alegría. Creo que sólo alguien que desea la libertad puede ser libre. Yo
deseo la libertad.
Y eso le
proporcionó al juez un fundamenteo. El argumento central de su sentencia
fue: <<No hay derecho a negar la libertad a ningún objeto que posea una
mente tan avanzada como para entender y desear ese estado.>>
Más adelante, el
Tribunal Mundial ratificó la sentencia.
8
El Señor seguía
disgustado y su áspero tono de voz hacía que Andrew se sintiera como si
tuviese un cortocircuito.
-No quiero tu
maldito dinero, Andrew. Lo tomaré sólo porque de lo contrario no te
sentirás libre. A partir de ahora, puedes elegir tus tareas y hacerlas
como te plazca. No te daré órdenes, excepto ésta: que hagas lo que se te
plazca. Pero sigo siendo responsable de ti. Esa forma parte de la
sentencia del juez. Espero que lo entiendas.
-No seas
irascible, papá -interrumpió la Niña-. La responsabilidad no es una gran
carga. Sabes que no tendrás que hacer nada. Las Tres Leyes siguieron
vigentes.
-Entonces, en qué
sentido es libre?
-Acaso los seres
humanos no están obligados por sus leyes, Señor?
-No voy a discutir
-dijo el Señor.
Se marchó, y a
partir de entonces Andrew lo vio con poca frecuencia.
La Niña iba a
verlo a menudo a la casita que le habían construido y entregado. No
disponía de cocina ni cuarto de baño. Sólo tenía dos habitaciones. Una
era una biblioteca y la otra servía de depósito y taller. Andrew aceptó
muchos encargos y como robot libre trabajó más que antes, hasta que pagó
el costo de la casa y el edificio se transfirió legalmente.
Un día, fue a
verlo el Señorito..., no, ¡George! El Señorito había insistido en eso
después de la sentencia del juez.
-Un robot libre no
llama Señorito a nadie -le había dicho George-. Yo te llamo Andrew. Tú
debes llamarme George.
El día en que
George fue a verlo a solas le informó de que el Señor estaba agonizando.
La Niña se encontraba juanto al lecho, pero el Señor también quería
estuviese Andrew.
El Señor habló con
voz potente, auqnue parecía incapaz de moverse. Se esforzó en levantar
la mano.
-Andrew -dijo-,
Andrew... No me ayudes, George. Me estoy muriendo, eso es todo, no estoy
impedido... Andrew, me alegra que seas. Sólo quería decirte eso.
Andrew no supo qué
decir. Nunca había estado frente a un moribundo, pero sabía que era el
modo humano de dejar de funcionar. Era como ser desmontado de una manera
involuntaria e irreversible, y Andrew no sabía qué era lo apropiado
decir en ese momento. Sólo pudo quedarse en pie, callado e inmóvil.
Cuando todo
terminó, la Niña le dijo:
-tal vez te haya
parecido huraño hacia el final , Andrew, pero estaba viejo y le dolió
que quisieras ser libre.
Y entonces Andrew
halló las palabras adecuadas:
-Nunca habría sido
libre sin él, Niña.
9
Andrew comenzó a
usar ropa después de la muerte del Señor. empezó por ponerse unos
pantalones viejos, unos que le había dado George.
George ya estaba
casado y era abogado. Se incorporó a la firma de Feingold. El viejo
Feingold había muerto tiempo atrás, pero su hija continuó con el bufete,
que con el tiempo pasó a llamarse Feingold y Martin. Conservó ese nombre
incluso cuando la hija se retiró y ningún Feingbold la sucedió. En la
época en que Andrew se puso ropa por primera vez, el apellido Martin
acababa de añadirse a la firma.
George se esforzó
en no sonreír al verle ponerse los pantalones por primera vez, pero
andrew le notó la sonrisa en los ojos.
George le enseñó a
cómo manipular la carga de estática para permitir que los pantalones se
abrieran, le cubrieran inferior del cuerpo y se cerraran. George le hizo
una demostración con sus propios pantalones, pero anrew comprendió que
él tardaría en imitar la soltura de ese movimiento.
-Y para qué
quieres llevar pantalones, Andrew? -dijo George-. Tu cuerpo resulta tan
bellamente funcional que es una pena cubrirlo; especialmente, cuando no
tienes que preocuparte por la temperatura ni por el pudor. Y además no
ce ciñen bien sobre el metal.
-Acaso los cuerpos
humanos no resultan bellamente duncionales, George? Sin embargo, os
cubrís. -Para abrigarnos, por limpieza, como protección, como adorno.
Nada de eso aplica en tu caso.
-Me siento desnudo
sin ropa. Me siento diferente, George.
-¡Diferente!
Andrew, hay millones de robots en la Tierra. En esta región, según el
último censo, hay xasi tantos robots como hombres.
-Lo sé, George.
Hay robots que realizan cualquier tipo de tarea concebible.
-Y ninguno de ello
usa ropa.
-Pero ninguno de
ellos es libre, George.
Poco a poco,
Andrew mejoró su guardaropa. Lo inhibían la sonrisa de George y la
mirada de las personas que le encargaban trabajos.
Aunque fuera
libre, el detallado programa con que había sido construido le imponía un
determinado comportamiento con la gente, y sólo se animaba a avenzar
poco a poco. La desaprobación directa lo contrariaba durante meses.
No todos aceptaban
la libertad de Andrew. El era incapaz de guardarles rencor, pero sus
procesos mentales se encontraban con dificultades al pensar en ello.
Sobre todo,
evitaba ponerse ropa cuando creía que la Niña iba a verlo. Era ya una
anciana que a menudo vivía lejos, en un clima más templado, pero en
cuanto regresaba iba a visitarlo.
En uno de esos
regresos, George le comentó:
-Ella me ha
convencido Andrew. Me presentaré como candidato a la Legislatura el año
próximo. De tal abuelo, tal nieto, dice ella.
-De tal
abuelo...-Andrew se interrumpió, desconcentrado.
-Quiero decir que
yo, el nieto, seré como el Señor, el abuelo, que estuvo un tiempo en la
Legislatura. -Eso sería agradable, George. Si el Señor aún estuviera...
Se interrumpio de
nuevo, pues no quería decir <<en funcionamiento>>. No parecía adecuado.
-Vivo- Lo ayudó
George-. Sí, pienso en el viejo monstruo de cuando en cuando.
Andrew reflexionó
sobre esa conversación. Se daba cuenta de sus limitaciones de lenguaje
al hablar con George. El idioma había cambiado un poco desde que Andrew
se había convertido en un ser con vocabulario innato. Además, George
practicaba una lengua coloquial que el Señor y la Niña no utilizaban.
Porqué llamaba monstruo al Señor, cuando esa palabra no parecía la
apropiada?
Los libros no lo
ayudaban. Eran antiguos y la mayoría trataban de tallas en madera, de
arte o de diseño de muebles. No había ninguno sobre el idioma ni sobre
las costumbres de los seres humanos.
Pensó que debía
buscar los libros indicados y, como robot libre, supuso que sería mejor
no preguntarle a George. Iría a la ciudad y haría uso de la bilbioteca.
Fué una decisión triunfal y sintió que su electropotencial se elevaba
tanto que tuvo que activar una bobina de impedancia.
Se puso un atuendo
completo, incluida una cadena de madera en el hombro. Hubiera preferido
plástico brillante, pero George le había dicho que la madera resultaba
más elegante y que el cedro bruñido era mucho más valioso.
Llevaba recorridos
treinta metros cuando una creciente resistencia le hizo detenerse.
Desactivó la bobina de impedancia, pero no fue suficiente. Entonces,
regresó a la casa y anotó cuidadosamente en un papel. <<Estoy en la
biblioteca>> Lo dejó a la vista, sobre la mesa.
10
No llegó a la
biblioteca. Había estudiado el plano. Conocía el itinerario, pero no su
apariencia. Los monumentos al natural no se asemejaban a los símbolos
del plano y eso le hacía dudar. Finalmente pensó que debía de haberse
equivocado, pues todo parecía extraño.
Se cruzó con algún
que otro robot campesino, pero cuando se decidió a preguntar no había
nadie a la vista. Pasó un vehículo y no se detuvo. Andrew se quedó de
pié, indeciso, y entonces vio venir dos seres humanos por el campo.
Se volvió hacia
ellos, y ellos cambiaron de rumbo para salirse al encuentro. Un instante
antes iban hablando en voz alta, pero se habían callado. Tenían una
expresión que Andrew asociaba con la incertidumbre de los humanos y eran
jóvenes, aunque no mucho. Veinte años? Andrew nunca sabía determinar la
edad de los humanos.
-Señores, podrían
indicarme el camino hacia la biblioteca de la ciudad?
Uno de ellos, el
más alto de los dos, que llevaba un enorme sombrero, le dijo al otro:
-Es un robot.
El otro tenía
nariz prominente y párpados gruesos.
-Va vestido-
comentó.
El alto cascó los
dedos.
-Es el robot
libre. En casa de los Martin tienen un robot libre que no pertenece a
nadie. Porqué otra razón iba a usar ropa?
-Pregúntaselo.
-Eres el robot de
los Martin?
-Soy Andrew
Martin, señor.
-bien, pues
quítate esa ropa. Los robots no usan ropa. -Y le dijo al otro-:
Es repugnante.
Míralo.
Andrew titubeó.
Hacía tanto tiempo que no oía una orden en ese tono de voz que los
circuitos de la Segunda Ley se atascaron un instante.
-Quítate la ropa
-repitó el alto-. Te lo ordeno.
Andrew empezó a
desvestirse.
-Tíralas allí -le
ordenó el alto.
-Si no pertenece a
nadie -sugirió el de nariz prominente-, podría ser nuestro.
-De cualquier modo
-dijo el alto-. quién va a poner objeciones a lo que hagamos? No estamos
dañando ninguna propiedad...-Y le indicó a Andrew-: Apóyate sobre la
cabeza.
-La cabeza no es
para... -balbuceó él.
-Es una orden. si
no sabes cómo hacerlo, inténtalo.
Andrew volvió a
dudar y luego paoyó la cabeza en el suelo. intentó levantar las piernas
y cayó pesadamente.
-Quédate quieto
-le ordenó el alto. y le dijo al otro-: Podemos desmontarlo. Alguna vez
has desmontado un robot?
-Nos dejará
hacerlo?
-Cómo podría
impedirlo?
Andrew no tenía
modo de impedirlo si le ordenaban no resistirse. La Segunda Ley, la de
obediencia, tenía prioridad sobre la Tercera ley, la de supervivencia.
en cualquier caso, no podía defenderse sin hacerles daño, y eso
significaría violar la Primera Ley. Ante ese pensamiento, sus unidades
motrices se contrajeron ligeramente y andrew se quedó allí tiritando.
El alto lo empujó
con el pie.
-Es pesado. Creo
que vamos a necesitar herramientas para este trabajo.
-Podríamos
ordenarle que se desmonte el mismo. Sería divertido verle intentarlo.
-Si - asintió el
alto, pensativamente-, pero apartémoslo del camino. Si viene alguien...
Era demasiado
tarde. Alguien venía, y era George. andrew le vio cruzar una loma a lo
lejos. Le hubiera gustado hacerle señas, pero la última orden había sido
que se quedara quieto. George echó a correr y llegó con el aliento
entrecortado. Los dos jóvenes retrocedieron unos pasos.
-Andrew ha pasado
algo?
-Estoy bien
George.
-Entonces ponte de
pie...Qué pasa con tu ropa?
-Es tu robot
amigo? -preguntó el alto.
-No es el robot de
nadie. qué ha ocurrido aquí?
-Le pedimos
cortésmente que se quitara la ropa. Porqué te molesta, si no es tuyo?
-Qué hacían andrew?
-Tenían la
intención de desmebrarme. estaban a punto de trasladarme a un lugar
tranquilo para ordenarme que me desmontara yo mismo.
George se volvió
hacia ellos. Le temblaba la barbilla. Los dos jóvenes no retrocedieron
más. Sonreían.
-Qué piensas hacer
gordinflón? -dijo el alto, con tono burlón-. Atacarnos?
-No. No es
necesario. Este robot ha vivido con mi familia durante más de setenta
años. Nos conoce y nos estima más que a nadie. Le diré que vosotros dos
me estáis atacando amenazando y queréis matarme. Le pediré que me
defienda. entre vosotros y yo, optará por mí. Sabéis qué os ocurrirá
cuando os ataque? - Los dos jóvenes recularon atemorizados-. Andrew,
corro peligro porque estos dos quieren hacerme daño. ¡Vé hacia ellos!
Andrew obedeció, y
los dos jóvenes no esperaron. Pusieron los pies en polvorosa.
-De acuerdo,
Andrew, cálmate -dijo George, un poco demudado, pues ya no estaba en
edad para enzarzarse con un joven y menos con dos.
-No podría
haberlos lastimado, George. Vi que no te estaban atacando.
-No te ordené que
los atacaras, sólo que fueras hacia ellos. su miedo hizo lo demás.
-Cómo pueden temer
a los robots?
-Es una enfermedad
humana, de la que aún no nos hemos curado. Pero eso no importa. qué
demonios haces aquí, andrew? Estaba a punto de regresar y contratar un
helicóptero cuando te encontré. Cómo se te ocurrió ir a la biblioteca?
Yo te hubiera traído los libros que necesitaras.
-Soy un...
-Robot libre. Si,
vale. Qué querías de la biblioteca?
-Quiero saber más
acerca de los robots, George. Quiero escribir una historia de los
robots.
-Bien, vayamos a
casa...Y recoge tus ropas, Andrew. Hay un millón de libros sobre
robótica y todos ellos incluyen historias de la ciencia. El mundo no
sólo se está saturando de robots, sino de información sobre ellos.
Andrew meneó la
cabeza; con un gesto humano que había adquirido recientemente.
-No me refiero a
una historia de la robótica, George, sino a una historia de los robots,
escrita por un robot. Quiero explicar lo que sienten los robots acerca
de lo que ha ocurrido desde que se les permitó trabajar y vivir en la
Tierra.
George enarcó las
cejas, pero no dijo nada.
11
La Niña ya tenía
más de ochenta y tres años, pero no había perdido energía ni
determinación. Usaba el bastón más para gesticular que para apoyarse.
Escuchó la
historia hecha una furia.
-es espantoso,
George Quiénes eran esos rufianes?
-No lo sé Qué
importa? Al final no causaron daño.
-Pero pudieron
causarlo. Tu eres abogado, George, y si disfrutas de una buena posición
se debe al talento de Andrew. El dinero que él ganó es el cimiento de
todo lo que tenemos aquí. El da continuidad a esta familia y no
permitiré que lo traten como a un juguete de cuerda.
-Qué quieres que
haga, madre?
-He dicho que eres
abogado, es que no me escuchas? Prepara una acción constitutiva, obliga
a los tribunales regionales a declarar los derechos de los robots, logra
que la Legislatura apruebe leyes necesarias y lleva el asunto al
Tribunal Mundial si es preciso. Estaré vigilando, George, y no toleraré
vacilaciones.
Hablaba en serio,
y lo que comenzó como un modo de aplacar a esa formidable anciana se
transformó en un asunto complejo, tan enmarañado que resultaba
interesante. Como socio más antiguo de Feingold y Martin, George planeó
la estrategia, pero dejó el trabajo a sus colegas más jóvenes, entre
ellos a su hijo Paul, que también trabajaba en la firma y casi todos los
días le presentaba un informe a la abuela. Ella, a su vez, deliberaba
todos los días con Andrew.
Andrew estaba
profundamente involucreado. Postergó nuevamente su trabajo en el libro
sobre los robots mientras cavilaba sobre las argumentaciones judiciales,
y en ocasiones hacía útiles sugerencias.
-George me dijo
que los seres humanos siempre han temido a los robots -dijo una vez-.
Mientras sea así, los tribunales y las legislaturas no trabajarán a
favor de ellos. No tendría que hacerse algo con la opinión pública?
Así que, mientras
Paul permanecía con el juzgado, George optó por la tribuna pública. Eso
le permitía ser informal y llegaba al extremo de usar esa ropa nueva y
floja que llamaban <<harapos>>.
-Pero no te la
pises en el estrado, papá -le advirtió Paul.
Interpeló a la
convención anual de holonoticias en una ocasión, diciendo:
-Si en virtud de
la Segunda Ley podemos exigir a cualquier robot obediencia ilimitada en
todos los aspectos que entrañan daño para un ser humano, entonces
cualquier ser humano tiene un temible poder sobre cualquier robot. Como
la Segunda Ley tiene prioridad sobre la Tercera, cualquier ser humano
puede hacer uso de la ley de obediencia para anular la ley de
autoprotección. Puede ordenarle a cualquier robot que se haga daño a sí
mismo o que se autodestruya, sólo por capricho.
>>Es eso justo?
Trataríamos así a un animal? Hasta un objeto inanimado que nos ha
prestado un buen servicio se gana nuestra consideración. Y un robot no
es insensible. No es un animal. Puede pensar, hablar, razonar, bromear.
Podemos tratarlos como amigos, podemos trabajar con ellos y no
brindarles el fruto de esa amistad, el beneficio de la colaboración
mutua?
>>si un ser humano
tiene el derecho de darle a un robot cualquier orden que no suponga
danno para un ser humano, debería tener la decencia de no darle a un
robot ninguna orden que suponga daño para un robot, a menos que lo
requiera la seguridad humana. Un gran poder supone una gran
responsabilidad, y si los robots tienen tres leyes para proteger a los
hombres es mucho pedir que los hombres tengan un par de leyes para
proteger a los robots?
Andrew tenía
razón. La batalla por ganarse la opnión pública fue la clave en los
tribunales y en la Legislatura, y al final se aprobó una ley que imponía
unas condiciones, según las cuales se prohibían las órdenes lesivas para
los robots. Tenía muchos vericuetos y los castigos por violar la ley
eran insuficientes, pero el principio quedó establecido. La Legislatura
Mundial la aprobó el día de la muerte de la Niña.
No fue
coincidencia que la Niña se aferrara a la vida tan desesperadamente
durante el último debate y sólo cejara cuando le comunicaron la
victoria. Su última sonrisa fue para Andrew. Sus últimas palabras
fueron:
-Fuiste bueno con
nosotros, Andrew.
Murió cogiéndole
la mano, mientras George, con su esposa y sus hijos, permanecía a
respetuosa distancia de ambos.
12
Andrew aguardó
pacientemente mientras el recepcionista entraba al despacho. El robot
podría haber usado el interfono holográfico, pero sin duda era presa de
cierto nerviosismo por tener que tratar con otro robot y no con un ser
humano.
Andrew se detuvo
cavilando sobre esa cuestión. <<,Nerviosismo>> era la palabra adecuada
para una criatura que en vez de nervios tenía sendas positrónicas? Podía
usarse como un término analógico?
Esos problemas
seguían con frecuencia mientras trabajaba en su libro sobre los robots.
El esfuerzo de pensar frases para expresar todas las complejidades le
había mejorado el vocabulario.
algunas personas
lo miraban al pasar, y él no eludía sus miradas. Las oafrontaba con
calma y la gente se alejaba.
Salió Paul Martin.
Parecía sorprendido, aunque Andrew tuvo dificultades para verle la
expresión, pues Paul usaba ese grueso maquillaje que la moda imponía
para ambos sexos y, aunque le confería más vigor a su blando rostro,
Andrew lo desaprobaba. Había notado que desaprobar a los seres humanos
no le inquietaba demasiado mientras no lo manifestara verbalmente.
Incluso podía expresarlo por escrito. Estaba seguro de que no siempre
había sido así.
-Entra, Andrew.
Lamento haberte hecho esperar, pero tenía que concluir una tarea. Entra.
Me dijiste que querías hablar conmigo, pero no sabía que querías
hablarme aquí.
-Si estás ocupado,
Paul, estoy dispuesto a esperar. Paul miró el juego de sombras
cambiantes en el cuadrante de la pared que servía como reloj.
-Dispongo de un
rato. Has venido solo?
-Alquilé un
automóvil.
-Algún problema?
-preguntó Paul, con cierta ansiedad.
-No esperaba
ninguno. Mis derechos están protegidos.
La ansiedad de
Paul se agudizó.
-Andrew, te he
explicado que la ley no es de ejecución obligatoria salvo en situaciones
excepcionales... Y si insistes en usar ropa acabarás teniendo problemas,
como aquella primera vez.
-La única. Paul.
Lamento que estés disgustado.
-Bien, míralo de
este modo: eres prácticamente una leyenda viviente, Andrew, y eres
demasiado valioso para arrogarte el derecho de ponerte en peligro...
Cómo anda el libro?
-Me estoy
acercando al final, Paul. El editor está muy contento.
-¡Bien!
-no sé si se
encuentra contento exactamente con el libro en cuanto tal. Creo que
piensa vender muchos ejemplares porque está escrito por un robot, y eso
le hace estar contento.
-Me temo que es
muy humano.
-No estoy
disgustado. Que se venda, sea cual sea la razón, porque eso significará
dinero y me vendrá bien.
-La abuela te
dejó...
-La Niña era
generosa y sé que puedo contar con la ayuda de la familia. Pero espero
que los derechos del libro me ayuden en el próximo paso.
-De qué hablas?
-Quiero ver al
presidente de Robots y Hombres Mecánicos S.A. He intentado concentrar
una cita, pero hasta ahora no pude dar con él. La empresa no colaboró
conmigo en la preparación del libro, así que no me sorprende.
Paul estaba
divirtiéndose.
-Colaboración es
lo último que puedes esperar. La empresa no colaboró con nosotros en
nuestra gran lucha por los derechos de los robots. Todo lo contrario, ya
entiendes por qué: si les otorgas derechos a los robots, quizá la gente
no quiera comprarlos.
-Pero si llamas
tú, podrás conseguirme una entrevista.
-Me tienen poca
simpatía como a ti, Andrew.
-Quizá puedas
insinuar que la firma Feingold y Martin está dispuesta a iniciar una
campaña para reforzar aún más los derechos de los robots.
-No sería una
mentira, Andrew?
-Sí, Paul, y yo no
puedo mentir. Por eso debes llamar tú.
-Ah, no puedes
mentir, pero puedes instigarme a mentir, verdad? Eres cada vez más
humano Andrew.
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