LIBRO DEL MES

EL HOMBRE BICENTENARIO

Isaac Asimov

 
LIBRO DEL MES  ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 

 

13

No fue fácil, a pesar del renombre de Paul.

Pero al fin se logró. Harley Smythe-Robertson, que descendía del fundador de la empresa por línea materna y había adoptado ese guión en el apellido para indicarlo, parecía disgustado. Se aproximaba a la edad de jubilarse, y el tema de los derechos de los robots había acaparado su gestión como presidente. Llevaba el cabello gris aplastado y el rostro sin maquillaje. Miraba a Andrew con hostilidad.

-Hace un siglo -dijo Andrew-, un tal Merton Mansky, de esta empresa, me dijo que la matemática que tige la trama de las sendas positrónicas era tan compleja que sólo permitía soluciones complejas y, por lo tanto, mis aptitudes no eran del todo previsibles.

-Eso fue hace casi un siglo. -smythe-Robertson dudó un momento, luego añadió en tono frío-: Ya no es así. Nuestros robots están construidos y adiestrados con precisión para realizar sus tareas.

-Sí -dijo Paul, que estaba allí para cerciorarse de que la empresa actuara limpiamente-, con el resultado de que mi recepcionista necesita asesoramiento cada vez que se aparta de una trea convencional.

-Más se disgustaría usted si se pusiera a improvisar -replicó Smythe-Robertson.

-Entonces, ustedes ya no manufacturan robots como yo, flexibles y adaptables? -preguntó Andrew.

-No.

-La investigación que he realizado para preparar mi libro -prosiguió Andrew- indica que soy el robot más antiguo en activo.

-El más antiguo ahora y el más antiguo siempre. El más antiguo que habrá nunca. Ningún robot es útil después de veinticinco años. Los recuperaremos para reemplazarlos por modelos más nuevos.

-Ningún robots es útil después de veinticinco annos tal como se los fabrica ahora -señaló Paul-. Andrew es muy especial en ese sentido.

Andrew, ateniéndose al rumbo que se había trazado, dijo:

-Por ser el robot más antiguo y flexible del mundo, no soy tan excepcional como para merecer un tratamiento especial de la empresa?

-En absoluto -respondió Smythe-Robertson-. Ese carácter excepcional es un estorbo para la empresa. Si usted estuviera alquilado, en vez de haber sido vendido por una infortunada decisión, lo habríamos reeplazado hace muchísimo tiempo.

-Pero de eso de trata- se animó Andrew-. Soy un robot libre y soy duenno de mí mismo. Por lo tanto, acudo a usted a pedirle que me reeplace. Usted no puede hacerlo sin el consentimiento del dueño. En la actualidad, ese consentimiento se incluye obligatoriamente como condición para el alquiler, pero en mi época no era así.

Smythe-robertson estaba estupefacto y desconcertado, y guardó silencio. Andrew observó el holograma de la pared. Era una máscara mortuoria de Susan Calvin, santa patrona de la robótica. Había muerto dos siglos atrás, pero después de escribir el libro Andrew le conocía tan bien que tenía la sensación de haberla tratado personalmente.

-Cómo puedo reemplazarte? -replicó Smythe-robertson-. Si le reemplazo como robot, cómo puedo darle el nuevo robot a usted, el propietario, si en el momento del reemplazo usted deja de existir?

Sonrió de un modo siniestro.

-No es difícil -terció Paul-. La personalidad de Andrew está asentada en su cerebro positrónico, y esa parte no se puede reemplazar sin crear un nuevo robot. Por consiguiente, el cerebro positrónico es Andrew el propietario. Todas las demás piezas del cuerpo del robot se pueden reemplazar sin alterar la personalidad del robot, y esas piezas pertenecen al cerbro. Yo diría que Andrew desea proporcionarle a su cerebro un nuevo cuerpo robótico.

-En efecto -asintió Anfrew. Se volvió hacia Smythe-Robertson-. Ustedes han fabricado androides, verdad?, robots que tienen apariencia humana, incluida la textura de la piel.

-Sí, lo hemos hecho. Funcionaban perfectamente con su cutis y sus tendones fibrosintéticos. Prácticamente no había nada de metal, salvo en el cerebro, pero eran tan resistentes como los robots de metal. Más resistentes, en realidad.

Paul se interesó:

-No lo sabía. Cuántos hay en el mercado?

-Ninguno - contestó Smythe-Robertson-. Eran mucho más caros que los modelos de metal, y un estudio del mercado reveló que no serían aceptados. Parecían demasiado humanos.

-Pero la empresa conserva toda su destreza -afirmó Andrew-. Deseo, pues, ser reemplazado por un robot orgánico, por un androide.

-¡Santo cielo! - exclamó Paul.

Smythe-Robertson se puso rígido.

-¡Eso es imposible!

-Por qué imposible? -preguntó Andrew-. Pagaré lo que sea, dentro de lo razonable, por supuesto.

-No fabricamos androides.

-No quieren fabricar androides -dijo Paul-. Eso no es lo mismo que no poseer la capacidad para fabricarlos.

-De todos modos, fabricar androides va contra nuestra política pública.

-No hay ley que lo prohiba -señaló Paul.

-Aun así, no los fabricamos ni pensamos hacerlo.

Paul se aclaró la garganta.

-Señor Smythe-Roberson, Andrew es un robot libre y está amparado por la ley que garantiza los derechos de los robots. Entiendo que usted está al corriente de ello.

-Ya lo creo.

-Este robot, como robot, libre, opta por usar vestimenta. Por esta razón, a menudo es humillado por seres humanos desconsiderados, a pesar de la ley que prohíbe humillar a los robots. Es difícil tomar medidas contra infracciones vagas que no cuentan con la reprobación general de quienes deben decidir sobre la culpa y la inocencia.

-Nuestra empresa lo comprendió desde el principio. Lamentablemente, la firma de su padre no.

-Mi padre ha muerto, pero en este asunto veo una clara infracción, con una parte perjudicada.

-De qué habla? -gruñó Smythe-Roberson.

-Andrew Martin, que acaba de convertirse en mi cliente, es un robot libre capacitado para solicitar a Robot y Hombres Mecánicos el derecho de reemplazo, el cual la empresa otorga a quien posee un robot durante más de veinticinco años. Más aún, la empresa insiste en que haya reemplazos. -Paul sonrió con desenfado-. El cerebro positrónico de mi cliente es propietario del cuerpo de mi cliente, que, desde luego, tiene más de veinticinco años. El cerebro positrónico exige reemplazo del cuerpo y ofrece pagar un precio razonable por un cuerpo de androide, en calidad de dicho reemplazo. si usted rechaza el requerimiento, mi cliente sufrirá una humillación y presentaremos una querella. Además, aunque la opinión pública no respaldara la reclamación de un robot en este caso, le recuerdo que su empresa no goza de popularidad. Hasta quienes más utilizan los robots y se aprovechan de ellos recelan la empresa. Esto puede ser un vestigio de tiempos en que los robots eran muy temidos. Puede ser resentimiento contra el poderío y la riqueza de Robots y Hombres Mecánicos, que ostenta el monopolio mundial. Sea cual fuera la causa, el resentimiento existe y creo que usted preferirá no ir a juicio, teniendo en cuenta que mi cliente es rico y que vivirá muchos siglos, lo cual le permitirá prolongar la batalla eternamente.

Smythe-Robertson se había ruborizado.

-Usted intenta a obligarme a ...

-No le obligo a nada. Si desea rechazar la razonable solicitud de mi cliente, puede hacerlo y nos marcharemos sin decir más... Pero entablaremos un pleito, como es nuestro derecho, y a la larga usted perderá.

-Bien... -empezó Smythe-Robertson, y se calló.

-Veo que va usted a aceptar. Puede que tenga dudas, pero al fin aceptará. Le haré otra aclaración. Si, al transferir el cerebro positrónico de mi cliente de su suerpo actual a un cuerpo orgánico se produce alguna lesión lesión, por leve que sea, no descansaré hasta haber arruinado a su empresa. De ser necesario, haré todo lo posible para movilizar a la opinión pública contra ustedes si una senda del cerebro de platino-iridio de mi cliente sufre algún daño. Estás de acuerdo, Andrew?

Andrew titubeó. Era como aprobar la mentira, el chantaje, elmal trato y la humillación de un ser humano. pero no hay daño físico, se dijo, no hay daño físico.

Finalmente logró pronunciar un tímido sí.

 

14

Era como estar reconstruido. Durante días, semanas y meses Andrew se sintió como otra persona, y los actos más sencillos lo hacían vacilar.

Paul estaba frenético.

-Te han dañado, Andrew. Tendremos que entablar un pleito.

-No lo hagas - dijo Andrew muy despacio-. Nunca podrás probar pr...

-Premeditación?

-Premeditación. Además, ya me encuentro más fuerte, mejor. es e; t...

-Temblor?

-Trauma. A fin de cuentas, nunca antes se practicó semejante oper... oper...

Andrew sentía el cerebro desde dentro, algo que nadie más podía hacer. Sabía que se encontraba bien y, durante los meses que le llevó aprender la plena coordinación y el pleno interjuego positrónico, se pasó horas ante el espejo.

¡No parecía humano! El rostro era rígido y los movimientos, demasiado deliberados. Carecía de la soltura del ser humano, pero quizá pudiera lograrlo con el tiempo. Al menos, podía ponerse ropa sin la ridícula anomalía de tener un rostro de metal.

-Volveré al trabajo.

Paul sonrió.

-Eso significa que ya estás bien. Qué piensas hacer? Escribirás otro libro?

-No -respondió muy serio-. Vivo demasiado tiempo como para dejarme seducir por una sola carrera. Hubo un tiempo en que era artista y aún puedo volver a esa ocupación. Y hubo un tiempo en que fui historiador y aún puedo volver a eso. Pero ahora deseo ser robobiólogo.

-Robopsicólogo, querrás decir.

-No. Eso implicaría el estudio de cerebros positrónicos, y en este momento no deseo hacerlo. Un robobiólogo sería alguien que estudia el funcionamiento del cuerpo que va con ese cerebro.

-Eso no se llamaría un robotista?

-Un robotista trabaja con un cuerpo de metal. Yo estudiaré un cuerpo humanoide orgánico, y el único especímen que existe es el mío.

-Un campo muy limitado- observó Paul-. Como artista, toda la inspiración te pertenecía; como historiador, estudiabas principalmente los robots; como robobiólogo, sólo te estudiarás a ti mismo.

Andrew asintió con la cabeza.

-Eso parece.

Andrew tuvo que comenzar desde el principio, pues no sabía nada de biología y casi nada de ciencias. Empezó a frecuentar bibliotecas, donde consultaba índices electrónicos durante horas, con su apariencia totalmente normal debido a la ropa. Los pocos que sabían que era un robot no se entrometían.

Construyó un laboratorio en una sala que añadió a su casa, y también se hizo una biblioteca.

Transcurrieron años. Un día, Paul fue a verlo.

-Es una lástima que ya no trabajaes en la historia de los robots. Tengo entendido que Robots y Hombres Mecánicos está adoptando una política radicalmente nueva.

Paul había envejecido, y unas células fotoópticas habían reemplazado sus deteriorados ojos. En ese aspecto estaba más cerca de Andrew.

-Qué han hecho? -preguntó Andrew.

-Están fabricando ordenadores centrales, cerebros positrónicos gigantescos que se comunican por microondas con miles de robots. Los robots no poseen cerebro. Son las extremidades del gigantesco cerebro, y los dos están separados físicamente.

-Es más eficiente?

-La empresa afirma que sí. Smythe-Robertson marcó el nuevo rumbos antes de morir. Sin embargo, tengo la sospecha de que es una reaciión contra ti. No quieren fabricar

robots que les causen problemas como tú, y por eso han separado el cerebro del cuerpo. El cerebro no seseará un cerebro que desee nada. Es asombrosa la influencia que has ejercido en la historia de los robots. Tus facultades artísticas animaron a la empresa a fabricar robots más precisos y especializados; tu libertad derivó en la formulación del principio de los derechos robóticos; tu insistencia en tener un cuerpo de androide hizo que la empresa separase el cerebro del cuerpo.

-Supongo que al final la empresa fabricará un enorme cerebro que controlará miles de millones de cuerpos robóticos. Todos los huevos en un cesto. Peligroso. Muy desatinado.

-Me parece que tienes razón. Pero no creo que ocurra hasta dentro de un siglo y no viviré para verlo. Quizá ni siquiera viva para ver el año próximo.

-¡Paul! -exclamó Andrew, no somos como tú. No importa demasiado, pero si es importante aclararte algo. Soy el último humano de los Martin. Hay descendientes de mi tía abuela, pero ellos no cuentan. El dinero que controlo personalmente quedará en tu fondo a tu nombre y, en la medida en que uno puede prever el futuro, estarás económicamente a salvo.

-Eso es innecesario - rechazó Andrew con dificultad, pues a pesar de todo ese tiempo no lograba habituarse a la muerte de los Martin.

-No discutamos. Así serán las cosas. en qué estás trabajando?

-Diseño un sistema que permita que los androides, yo mismo, obtengan energía de la combustión de hidrocarburos, y no de las células atómicas.

Paul enarcó las cejas.

-De modo que puedan respirar y comer?

-Sí.

-Cuánto hace que investigas ese problema?

-Mucho tiempo, pero creo que he diseñado una cámara de combustión adecuada para una descomposición catalizada controlada.

-Pero por qué, Andrew La célula atómica es infinitamente mejor.

-En ciertos sentidos, quizá; pero la célula atómica es inhumana.

  

15

Le llevó tiempo, pero andrew tenía tiempo de sobra. Ante todo, no quiso hacer nada hasta que Paul muriese en paz.

Con la muerte del bisnieto del Señor, Andrew se sintió más expuesto a un mundo hostil, de modo que estaba aún más resuelto a seguir el rumbo que había escogido tiempo atrás.

Pero no estaba solo. Aunque un hombre había muerto, la firma Feingold y Martin seguía viva, pues una empresa no muere, así como no muere un robot. La firma tenía sus instrucciones y las cumplió al pie de la letra. A través del fondo fiduciario y la firma legal, Andrew conservó su fortuna y, a cambio de una suculenta comisión anual, Feingold y Martin se involucró en los aspectos legales de la nueva cámara de combustión.

Cuando llegó el momento de visitar Robots y Hombres Mecánicos S.A., lo hizo a solas. En una ocasión había ido con el Señor y en otra con Paul; esta vez era la tercera, estaba solo y parecía un hombre.

La empresa había cambiado. La planta de [roducción se había desplazado a una gran estación espacial, como ocurría con muchas industrias. Con ellas se habían ido muchos robots. La Tierra parecía cada vez más un parque, con una población similar a robots, de los cuales un treinta por cierto estaban dotados de un cerebro autónomo.

El director de investigaciones era Alvin Magdescu, de tez y cabellos oscuros y barab puntiaguda. Sobre la cintura sólo usaba la faja pectoral impuesta por la moda. Andrew vestía según la anticuada moda de varias décadas.

-Te conozco, desde luego -dijo Magdescu-, y me agrada verte. eres uno de nuestros productos más notables y es una lástima que el viejo Smythe-Robertson te tuviera inquina. Podríamos haber un gran trato contigo.

-Aun pueden.

-No, no creo. Ha pasado el momento. Hace más de un siglo que tenemos robots en la Tierra, pero eso está cambiando. Se irán al espacio y los que permanezcan aquí no tendrán cerebro.

-Pero quedo yo, y me quedo en la Tierra.

-Sí, pero tú no pareces robot. Qué nueva solicitud traes?

-Quiero ser menos robot. Como soy tan orgánico, deseo una fuente orgánica de energía. Aquí tengo los planos...

Magdescu los miró sin prisa. Los observaba con creciente interés.

-Es notablemente ingenioso. A quién se le ha ocurrido todo esto?

-A mí.

Magdescu lo miró fijamente.

-Supondría una reestructuración total del cuerpo y sería experimental. pues nunca se ha intentado. Te aconsejo que no lo hagas, que te quedes como estás.

El rostro de Andrew tenía una capacidad expresiva limitada, pero no ocultó su impaciencia.

-Profesor Magdescu, no lo entiende. Usted no tiene más opción que acceder a mi requerimiento. Si se pueden incorporar estos dispositivos a mi cuerpo, también se pueden incorporar a cuerpos humanos. La tendencia a prolongar la vida humana mediante prótesis se está afianzando. No hay dispositivos mejores que los que yo he diseñado. Controlo las patentes a través de Feingold y Martin. Somos capaces de montar una empresa para desarrollar prótesis que quizá terminen generando seres humanos con muchas de las propiedades de los robots. Su empresa se verá afectada. En cambio, si me opera ahora y accedea hacerlo en circunstancias similares en el futuro, percibirá una comisión por utilizar las patentes y controlar la tecnología robótica y potésica para seres humanos. El alquiler inicial se otorgará sólo cuando se haya realizado la primera operación, y cuando haya pasado tiempo suficiente para demostrar que tuvo éxito.

La Primera Ley no le creó ninguna inhibición ante las severas condiciones que le estaba imponiendo un ser humano. Había aprendido que lo que parecía crueldad podía resultar bondad a la larga.

Magdescu estaba estupefacto.

-No soy yo quien debe decidir en semejante asunto. Es una decisión de empresa y llevará tiempo.

-Puedo esperar un tiempo razonable -dijo Andrew-, pero sólo un tiempo razonable.

Y pensó con satisfacción que Paul mismo no lo habría hecho mejor.
 


16

Fue sólo un tiempo razonable, y la operación resultó todo un éxito.

-Yo me oponía a esta operación, Andrew -le dijo Magdescu-, pero no por lo que tú piensas. No estaba en contra del experimento, de haberse tratado de otro. Detestaba poner en peligro tu cerebro positrónico. Ahora que tienes sendas positrónicas que actúan recíprocamente con sendas nerviosas simuladas, podría resultar difícil rescatar el cerebro intacto si el cuerpo se deteriorase.

-Yo tenía confianza en la capacidad personal de la empresa. Y ahora puedo comer.

-Bueno, puedes sorber aceite de oliva. Eso significa que habrá que hacer de vez en cuando limpieza de la cámara de combustión, como ya te hemos explicado. Es un factor incómodo, diría yo.

-Quizá, si yo no pensara seguir adelante. La auto limpeza no es imposible. Estoy trabajando en un dispositivo que se encargará de los alimentos sólidos que incluyan parte no combustible; la materia indigerible, por así decirlo, que habrá que desechar.

-Entonces, necesitarás un ano.

-Su equivalente.

-Qué más, Andrew?

-Todo lo demás.

-También genitales?

-En la medida en que concuerden con mis planes. Mi cuerpo es un lienzo donde pienso dibujar...

magdescu aguardó a que concluyera la frase, pero como la pausa se prolongaba decidió redondearla él mismo:

-Un hombre?

-Ya veremos -se limitó a decir Andrew.

-Es una ambición contradictoria, Andrew. Tú eres mucho mejor que un hombre. Has ido cuesta abajo desde que optaste por ser orgánico.

-Mi cerebro no se ha dañado.

-No, claro que no. Pero, Andrew, los nuevos hallazgos protésicos que han posibilitado tus patentes se comercializan bajo tu nombre. Eres reconocido como el gran inventor y se te honra por ello... tal como eres. Por qué quieres arriesgar más tu cuerpo?

Andrew no respondió.

Los honores llegaron. Aceptó el nombramiento en varias instituciones culturales, entre ellas una consagrada a la nueva ciencia que él había creado; la que el llamó robobiología, pero que se denominaba protetología.

En el ciento cincuenta aniversario de su fabricación, se celebró una cena de homenaje en Robots y Hombres Mecánicos. Si Andrew vio en ello alguna ironía, no lo mencionó.

Alvin Magdescu, ya jubilado, presidió la cena. Tenía noventa y cuatro años y aún vivía porque tenía prótesis que, entre otras cosas, cumplían las funciones del hígado y de los riñones. La cena alcanzó su momento culminante cuando Magdescu, al cabo de un discurso breve y emotivo, alzó la copa para brindar por “el robot sesquicentenario”.

Andrew se había hecho remodelar los tendones del rostro hasta el punto de que podía expresar una gama de emociones, pero se comportó de un modo pasivo durante toda la ceremonia. No le agradaba ser un robot sesquicentenario.

  

17

La protetología le permitió a Andrew abandonar la Tierra. en las décadas que siguieron a la celebración del sesquicentenario, la Luna se convirtió en un mundo más terrícola que la Tierra en todos los aspectos menos en el de la gravedad, un mundo que albergaba una densa población en sus ciudades subterráneas.

Allí, las prótesis debían tener en cuenta la menor gravedad, y Andrew pasó cinco annos en la Luna trabajando con especialistas locales para introducir las necesarias adaptaciones. Cuando no se encontraba trabajando, deambulaba entre los robots, que lo trataban con cortesía robótica debida a un hombre.

Regresó a la Tierra, que era monótona y apacible en comparación, y fue a las oficinas de Feingold y Martin para anunciar su vuelta.

El entonces director de la firma, Simon Delong, se quedó sorprendido.

-Nos habían anunciado que regresabas, Andrew -dijo, aunque estuvo a punto de llamarlo <<señor Martin>>-, pero no te esperábamos hasta la semana entrante.

-Me impacienté - contestó bruscamente Andrew, que ansiaba ir al grano-. En la Luna, simon, estuve al mando de un equipo de investigación de veinte científicos humanos. Les daba órdenes que nadie cuestionaba. Los robots lunares me trataban como a un ser humano. Entonces por qué no soy un ser humano?

DeLong adoptó una expresión cautelosa.

-querido Andrew, como acabas de explicar, tanto los robots como los humanos te tratan como si fueras un ser humano. Por consiguiente, eres un ser humano de facto.

-No me basta con ser un ser humano de facto. Quiero que no sólo me traten como tal, sino que me identifiquen legalmente como tal. Quiero ser un ser humano de jure.

-eso es distinto. ahí tropezaríamos con los prejuicios humanos y con el hecho indudable de que, por mucho que parezcas un ser humano, no lo eres.

-En qué sentido? Tengo la forma de un ser humano y órganos equivalentes a los de los humanos. Mis órganos son idénticos a los que tiene un ser humano con prótesis. He realizado aportaciones artísticas, literarias y científicas a la cultura humana, tanto como cualquier ser humano vivo. Qué más se puede pedir?

-Yo no pediría nada. El problema es que se necesitaría una Ley de la Legislatura Mundial para definirte como ser humano. Francamente, no creo que sea posible.

-Con quién debo hablar en la Legislatura?

-Con la presidencia de la Comisión para la Ciencia y la Tecnología, tal vez.

-Puedes pedir una reunión?

-Pero no necesitas un intermediario. Con tu prestigio...

-No. Encárgate tú. -Andrew ni siquiera pensó que estaba dándole una orden a un ser humano. En la Luna se habían acostumbrado a ello-. Quiero que sepan que Feingold y Martin me apoya plenamente en esto.

-Pues bien...

-Plenamente, Simon. En ciento setenta y tres años he aportado muchísimo a esta firma. En el pasado estuve obligado para con otros miembros de esta firma. Ahora no.

Es a la inversa, y estoy reclamando mi deuda.

-Veré qué puedo hacer -dijo DeLong.

 

18

La presidencia de la Comisión para Ciencia y la Tecnología era una asiática llamada Chee Li-Hsing. Con sus prendas transparentes (que ocultaban lo que ella quería ocultar mediante un resplandor), parecía envuelta en plástico.

-Simpatizo con su afán de obtener derechos humanos plenos -le dijo-. En otros tiempos de la historia hubo integrantes de la población humana que lucharon por obtener derechos plenos. Pero qué derechos puede desear que ya no tenga?

-Algo muy simple: el derecho a la vida. Un robot puede ser desmontado en cualquier momento.

-Y un ser humano puede ser ejecutado en cualquier momento.

-La ejecución sólo puede realizarse dentro del marco de la Ley. Para desmontarme a mí no se requiere un juicio; sólo se necesita la palabra de un ser humano que tenga autorización para poner fin a mi vida. Además..., además... -Andrew procuró reprimir su tono implorante, pero su expresión y su voz humanizadas lo traicionaban-. Lo siento es que deseo ser hombre. Lo he deseado durante seis generaciones de seres humanos.

Li-Hsing lo miró con sus ojos oscuros.

-La Legislatura puede aprobar una ley declarándolo humano; llegado el caso, podría aprobar una ley declarando humana a una estatua de piedra. Sin embargo, creo que en el primer caso serviría tan poco como para el segundo. Los diputados son tan humanos como el resto de la población, y siempre existe un recelo contra los robots.

-Incluso actualmente?

-Incluso actualmente. Todos admitiríamos que usted se ha ganado a pulso el premio de ser humano, pero persistíria el temor de sentar un precedente indeseable.

-Qué precendente? Soy el único robot libre, el único de mi tipo, y nunca se fabricará otro. Pueden preguntárselo a Robots y Hombres Mecánicos.

-<<Nunca>> es mucho tiempo, Andrew, o, si lo prefiere, señor Martin, pues personalmente le considero humano. La mayoría de los diputados se mostrarán reacios a sentar ese precedente, por insignificante que parezca. Señor Martin, cuenta usted con mi respaldo, pero no le aconsejo que abrigue esperanzas. En realidad...

-Se reclinó en el asiento y arrugó la frente-. En realidad, si la discusión se vuelve acalorada, surgirá cierta tendencia, tanto dentro como fuera de la Legislatura, a favorecer esa postura, que antes mencionó usted, la que quieran desmontarle. Librarse de usted podría ser el modo más fácil de resolver el dilema. Piénselo antes de insistir.

-Nadie recordará la técnica de la protetología, algo que me pertenece casi por completo?

-Parecerá cruel, pero no la recordarán. O, en todo caso, la recordarán desfavorablemente. Dirán que usted lo hizo con fines egoístas, que fue parte de una campaña para robotizar a los seres humano o para humanizar a los robots; y en cualquiera de ambos casos sería pérfido y maligno. Usted nunca ha sido víctima de una campaña política de desprestigio, y le aseguro que se convertiría en el blanco de unas calumnas que ni usted ni yo creeríamos, pero sí habría gente que las creería. Señor Martin, viva su vida en paz.

Se levantó. Al lado de Andrew, que estaba sentado, parecía menuda, casi una niña.

-Si decido luchar por mi humanidad -dijo Andrew-, usted estará de mi lado?

Ella reflexionó y contestó:

-sí, en la medida de lo posbile. Si en algún momento esa postura amenaza mi futuro político, tendré que abandonarle, pues para mí no es una cuestión fundamental. Procuro ser franca.

-Gracias. No le pediré otra cosa. Me propongo continuar esta lucha al margen de las consecuencias, y le pediré ayuda mientras usted pueda brindármela.

 
 

 
     
 

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