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No fue fácil, a
pesar del renombre de Paul.
Pero al fin se
logró. Harley Smythe-Robertson, que descendía del fundador de la empresa
por línea materna y había adoptado ese guión en el apellido para
indicarlo, parecía disgustado. Se aproximaba a la edad de jubilarse, y
el tema de los derechos de los robots había acaparado su gestión como
presidente. Llevaba el cabello gris aplastado y el rostro sin
maquillaje. Miraba a Andrew con hostilidad.
-Hace un siglo
-dijo Andrew-, un tal Merton Mansky, de esta empresa, me dijo que la
matemática que tige la trama de las sendas positrónicas era tan compleja
que sólo permitía soluciones complejas y, por lo tanto, mis aptitudes no
eran del todo previsibles.
-Eso fue hace casi
un siglo. -smythe-Robertson dudó un momento, luego añadió en tono frío-:
Ya no es así. Nuestros robots están construidos y adiestrados con
precisión para realizar sus tareas.
-Sí -dijo Paul,
que estaba allí para cerciorarse de que la empresa actuara limpiamente-,
con el resultado de que mi recepcionista necesita asesoramiento cada vez
que se aparta de una trea convencional.
-Más se
disgustaría usted si se pusiera a improvisar -replicó Smythe-Robertson.
-Entonces, ustedes
ya no manufacturan robots como yo, flexibles y adaptables? -preguntó
Andrew.
-No.
-La investigación
que he realizado para preparar mi libro -prosiguió Andrew- indica que
soy el robot más antiguo en activo.
-El más antiguo
ahora y el más antiguo siempre. El más antiguo que habrá nunca. Ningún
robot es útil después de veinticinco años. Los recuperaremos para
reemplazarlos por modelos más nuevos.
-Ningún robots es
útil después de veinticinco annos tal como se los fabrica ahora -señaló
Paul-. Andrew es muy especial en ese sentido.
Andrew,
ateniéndose al rumbo que se había trazado, dijo:
-Por ser el robot
más antiguo y flexible del mundo, no soy tan excepcional como para
merecer un tratamiento especial de la empresa?
-En absoluto
-respondió Smythe-Robertson-. Ese carácter excepcional es un estorbo
para la empresa. Si usted estuviera alquilado, en vez de haber sido
vendido por una infortunada decisión, lo habríamos reeplazado hace
muchísimo tiempo.
-Pero de eso de
trata- se animó Andrew-. Soy un robot libre y soy duenno de mí mismo.
Por lo tanto, acudo a usted a pedirle que me reeplace. Usted no puede
hacerlo sin el consentimiento del dueño. En la actualidad, ese
consentimiento se incluye obligatoriamente como condición para el
alquiler, pero en mi época no era así.
Smythe-robertson
estaba estupefacto y desconcertado, y guardó silencio. Andrew observó el
holograma de la pared. Era una máscara mortuoria de Susan Calvin, santa
patrona de la robótica. Había muerto dos siglos atrás, pero después de
escribir el libro Andrew le conocía tan bien que tenía la sensación de
haberla tratado personalmente.
-Cómo puedo
reemplazarte? -replicó Smythe-robertson-. Si le reemplazo como robot,
cómo puedo darle el nuevo robot a usted, el propietario, si en el
momento del reemplazo usted deja de existir?
Sonrió de un modo
siniestro.
-No es difícil
-terció Paul-. La personalidad de Andrew está asentada en su cerebro
positrónico, y esa parte no se puede reemplazar sin crear un nuevo
robot. Por consiguiente, el cerebro positrónico es Andrew el
propietario. Todas las demás piezas del cuerpo del robot se pueden
reemplazar sin alterar la personalidad del robot, y esas piezas
pertenecen al cerbro. Yo diría que Andrew desea proporcionarle a su
cerebro un nuevo cuerpo robótico.
-En efecto
-asintió Anfrew. Se volvió hacia Smythe-Robertson-. Ustedes han
fabricado androides, verdad?, robots que tienen apariencia humana,
incluida la textura de la piel.
-Sí, lo hemos
hecho. Funcionaban perfectamente con su cutis y sus tendones
fibrosintéticos. Prácticamente no había nada de metal, salvo en el
cerebro, pero eran tan resistentes como los robots de metal. Más
resistentes, en realidad.
Paul se interesó:
-No lo sabía.
Cuántos hay en el mercado?
-Ninguno -
contestó Smythe-Robertson-. Eran mucho más caros que los modelos de
metal, y un estudio del mercado reveló que no serían aceptados. Parecían
demasiado humanos.
-Pero la empresa
conserva toda su destreza -afirmó Andrew-. Deseo, pues, ser reemplazado
por un robot orgánico, por un androide.
-¡Santo cielo! -
exclamó Paul.
Smythe-Robertson
se puso rígido.
-¡Eso es
imposible!
-Por qué
imposible? -preguntó Andrew-. Pagaré lo que sea, dentro de lo razonable,
por supuesto.
-No fabricamos
androides.
-No quieren
fabricar androides -dijo Paul-. Eso no es lo mismo que no poseer la
capacidad para fabricarlos.
-De todos modos,
fabricar androides va contra nuestra política pública.
-No hay ley que lo
prohiba -señaló Paul.
-Aun así, no los
fabricamos ni pensamos hacerlo.
Paul se aclaró la
garganta.
-Señor
Smythe-Roberson, Andrew es un robot libre y está amparado por la ley que
garantiza los derechos de los robots. Entiendo que usted está al
corriente de ello.
-Ya lo creo.
-Este robot, como
robot, libre, opta por usar vestimenta. Por esta razón, a menudo es
humillado por seres humanos desconsiderados, a pesar de la ley que
prohíbe humillar a los robots. Es difícil tomar medidas contra
infracciones vagas que no cuentan con la reprobación general de quienes
deben decidir sobre la culpa y la inocencia.
-Nuestra empresa
lo comprendió desde el principio. Lamentablemente, la firma de su padre
no.
-Mi padre ha
muerto, pero en este asunto veo una clara infracción, con una parte
perjudicada.
-De qué habla?
-gruñó Smythe-Roberson.
-Andrew Martin,
que acaba de convertirse en mi cliente, es un robot libre capacitado
para solicitar a Robot y Hombres Mecánicos el derecho de reemplazo, el
cual la empresa otorga a quien posee un robot durante más de veinticinco
años. Más aún, la empresa insiste en que haya reemplazos. -Paul sonrió
con desenfado-. El cerebro positrónico de mi cliente es propietario del
cuerpo de mi cliente, que, desde luego, tiene más de veinticinco años.
El cerebro positrónico exige reemplazo del cuerpo y ofrece pagar un
precio razonable por un cuerpo de androide, en calidad de dicho
reemplazo. si usted rechaza el requerimiento, mi cliente sufrirá una
humillación y presentaremos una querella. Además, aunque la opinión
pública no respaldara la reclamación de un robot en este caso, le
recuerdo que su empresa no goza de popularidad. Hasta quienes más
utilizan los robots y se aprovechan de ellos recelan la empresa. Esto
puede ser un vestigio de tiempos en que los robots eran muy temidos.
Puede ser resentimiento contra el poderío y la riqueza de Robots y
Hombres Mecánicos, que ostenta el monopolio mundial. Sea cual fuera la
causa, el resentimiento existe y creo que usted preferirá no ir a
juicio, teniendo en cuenta que mi cliente es rico y que vivirá muchos
siglos, lo cual le permitirá prolongar la batalla eternamente.
Smythe-Robertson
se había ruborizado.
-Usted intenta a
obligarme a ...
-No le obligo a
nada. Si desea rechazar la razonable solicitud de mi cliente, puede
hacerlo y nos marcharemos sin decir más... Pero entablaremos un pleito,
como es nuestro derecho, y a la larga usted perderá.
-Bien... -empezó
Smythe-Robertson, y se calló.
-Veo que va usted
a aceptar. Puede que tenga dudas, pero al fin aceptará. Le haré otra
aclaración. Si, al transferir el cerebro positrónico de mi cliente de su
suerpo actual a un cuerpo orgánico se produce alguna lesión lesión, por
leve que sea, no descansaré hasta haber arruinado a su empresa. De ser
necesario, haré todo lo posible para movilizar a la opinión pública
contra ustedes si una senda del cerebro de platino-iridio de mi cliente
sufre algún daño. Estás de acuerdo, Andrew?
Andrew titubeó.
Era como aprobar la mentira, el chantaje, elmal trato y la humillación
de un ser humano. pero no hay daño físico, se dijo, no hay daño físico.
Finalmente logró
pronunciar un tímido sí.
14
Era como estar
reconstruido. Durante días, semanas y meses Andrew se sintió como otra
persona, y los actos más sencillos lo hacían vacilar.
Paul estaba
frenético.
-Te han dañado,
Andrew. Tendremos que entablar un pleito.
-No lo hagas -
dijo Andrew muy despacio-. Nunca podrás probar pr...
-Premeditación?
-Premeditación.
Además, ya me encuentro más fuerte, mejor. es e; t...
-Temblor?
-Trauma. A fin de
cuentas, nunca antes se practicó semejante oper... oper...
Andrew sentía el
cerebro desde dentro, algo que nadie más podía hacer. Sabía que se
encontraba bien y, durante los meses que le llevó aprender la plena
coordinación y el pleno interjuego positrónico, se pasó horas ante el
espejo.
¡No parecía
humano! El rostro era rígido y los movimientos, demasiado deliberados.
Carecía de la soltura del ser humano, pero quizá pudiera lograrlo con el
tiempo. Al menos, podía ponerse ropa sin la ridícula anomalía de tener
un rostro de metal.
-Volveré al
trabajo.
Paul sonrió.
-Eso significa que
ya estás bien. Qué piensas hacer? Escribirás otro libro?
-No -respondió muy
serio-. Vivo demasiado tiempo como para dejarme seducir por una sola
carrera. Hubo un tiempo en que era artista y aún puedo volver a esa
ocupación. Y hubo un tiempo en que fui historiador y aún puedo volver a
eso. Pero ahora deseo ser robobiólogo.
-Robopsicólogo,
querrás decir.
-No. Eso
implicaría el estudio de cerebros positrónicos, y en este momento no
deseo hacerlo. Un robobiólogo sería alguien que estudia el
funcionamiento del cuerpo que va con ese cerebro.
-Eso no se
llamaría un robotista?
-Un robotista
trabaja con un cuerpo de metal. Yo estudiaré un cuerpo humanoide
orgánico, y el único especímen que existe es el mío.
-Un campo muy
limitado- observó Paul-. Como artista, toda la inspiración te
pertenecía; como historiador, estudiabas principalmente los robots; como
robobiólogo, sólo te estudiarás a ti mismo.
Andrew asintió con
la cabeza.
-Eso parece.
Andrew tuvo que
comenzar desde el principio, pues no sabía nada de biología y casi nada
de ciencias. Empezó a frecuentar bibliotecas, donde consultaba índices
electrónicos durante horas, con su apariencia totalmente normal debido a
la ropa. Los pocos que sabían que era un robot no se entrometían.
Construyó un
laboratorio en una sala que añadió a su casa, y también se hizo una
biblioteca.
Transcurrieron
años. Un día, Paul fue a verlo.
-Es una lástima
que ya no trabajaes en la historia de los robots. Tengo entendido que
Robots y Hombres Mecánicos está adoptando una política radicalmente
nueva.
Paul había
envejecido, y unas células fotoópticas habían reemplazado sus
deteriorados ojos. En ese aspecto estaba más cerca de Andrew.
-Qué han hecho?
-preguntó Andrew.
-Están fabricando
ordenadores centrales, cerebros positrónicos gigantescos que se
comunican por microondas con miles de robots. Los robots no poseen
cerebro. Son las extremidades del gigantesco cerebro, y los dos están
separados físicamente.
-Es más eficiente?
-La empresa afirma
que sí. Smythe-Robertson marcó el nuevo rumbos antes de morir. Sin
embargo, tengo la sospecha de que es una reaciión contra ti. No quieren
fabricar
robots que les
causen problemas como tú, y por eso han separado el cerebro del cuerpo.
El cerebro no seseará un cerebro que desee nada. Es asombrosa la
influencia que has ejercido en la historia de los robots. Tus facultades
artísticas animaron a la empresa a fabricar robots más precisos y
especializados; tu libertad derivó en la formulación del principio de
los derechos robóticos; tu insistencia en tener un cuerpo de androide
hizo que la empresa separase el cerebro del cuerpo.
-Supongo que al
final la empresa fabricará un enorme cerebro que controlará miles de
millones de cuerpos robóticos. Todos los huevos en un cesto. Peligroso.
Muy desatinado.
-Me parece que
tienes razón. Pero no creo que ocurra hasta dentro de un siglo y no
viviré para verlo. Quizá ni siquiera viva para ver el año próximo.
-¡Paul! -exclamó
Andrew, no somos como tú. No importa demasiado, pero si es importante
aclararte algo. Soy el último humano de los Martin. Hay descendientes de
mi tía abuela, pero ellos no cuentan. El dinero que controlo
personalmente quedará en tu fondo a tu nombre y, en la medida en que uno
puede prever el futuro, estarás económicamente a salvo.
-Eso es
innecesario - rechazó Andrew con dificultad, pues a pesar de todo ese
tiempo no lograba habituarse a la muerte de los Martin.
-No discutamos.
Así serán las cosas. en qué estás trabajando?
-Diseño un sistema
que permita que los androides, yo mismo, obtengan energía de la
combustión de hidrocarburos, y no de las células atómicas.
Paul enarcó las
cejas.
-De modo que
puedan respirar y comer?
-Sí.
-Cuánto hace que
investigas ese problema?
-Mucho tiempo,
pero creo que he diseñado una cámara de combustión adecuada para una
descomposición catalizada controlada.
-Pero por qué,
Andrew La célula atómica es infinitamente mejor.
-En ciertos
sentidos, quizá; pero la célula atómica es inhumana.
15
Le llevó tiempo,
pero andrew tenía tiempo de sobra. Ante todo, no quiso hacer nada hasta
que Paul muriese en paz.
Con la muerte del
bisnieto del Señor, Andrew se sintió más expuesto a un mundo hostil, de
modo que estaba aún más resuelto a seguir el rumbo que había escogido
tiempo atrás.
Pero no estaba
solo. Aunque un hombre había muerto, la firma Feingold y Martin seguía
viva, pues una empresa no muere, así como no muere un robot. La firma
tenía sus instrucciones y las cumplió al pie de la letra. A través del
fondo fiduciario y la firma legal, Andrew conservó su fortuna y, a
cambio de una suculenta comisión anual, Feingold y Martin se involucró
en los aspectos legales de la nueva cámara de combustión.
Cuando llegó el
momento de visitar Robots y Hombres Mecánicos S.A., lo hizo a solas. En
una ocasión había ido con el Señor y en otra con Paul; esta vez era la
tercera, estaba solo y parecía un hombre.
La empresa había
cambiado. La planta de [roducción se había desplazado a una gran
estación espacial, como ocurría con muchas industrias. Con ellas se
habían ido muchos robots. La Tierra parecía cada vez más un parque, con
una población similar a robots, de los cuales un treinta por cierto
estaban dotados de un cerebro autónomo.
El director de
investigaciones era Alvin Magdescu, de tez y cabellos oscuros y barab
puntiaguda. Sobre la cintura sólo usaba la faja pectoral impuesta por la
moda. Andrew vestía según la anticuada moda de varias décadas.
-Te conozco, desde
luego -dijo Magdescu-, y me agrada verte. eres uno de nuestros productos
más notables y es una lástima que el viejo Smythe-Robertson te tuviera
inquina. Podríamos haber un gran trato contigo.
-Aun pueden.
-No, no creo. Ha
pasado el momento. Hace más de un siglo que tenemos robots en la Tierra,
pero eso está cambiando. Se irán al espacio y los que permanezcan aquí
no tendrán cerebro.
-Pero quedo yo, y
me quedo en la Tierra.
-Sí, pero tú no
pareces robot. Qué nueva solicitud traes?
-Quiero ser menos
robot. Como soy tan orgánico, deseo una fuente orgánica de energía. Aquí
tengo los planos...
Magdescu los miró
sin prisa. Los observaba con creciente interés.
-Es notablemente
ingenioso. A quién se le ha ocurrido todo esto?
-A mí.
Magdescu lo miró
fijamente.
-Supondría una
reestructuración total del cuerpo y sería experimental. pues nunca se ha
intentado. Te aconsejo que no lo hagas, que te quedes como estás.
El rostro de
Andrew tenía una capacidad expresiva limitada, pero no ocultó su
impaciencia.
-Profesor Magdescu,
no lo entiende. Usted no tiene más opción que acceder a mi
requerimiento. Si se pueden incorporar estos dispositivos a mi cuerpo,
también se pueden incorporar a cuerpos humanos. La tendencia a prolongar
la vida humana mediante prótesis se está afianzando. No hay dispositivos
mejores que los que yo he diseñado. Controlo las patentes a través de
Feingold y Martin. Somos capaces de montar una empresa para desarrollar
prótesis que quizá terminen generando seres humanos con muchas de las
propiedades de los robots. Su empresa se verá afectada. En cambio, si me
opera ahora y accedea hacerlo en circunstancias similares en el futuro,
percibirá una comisión por utilizar las patentes y controlar la
tecnología robótica y potésica para seres humanos. El alquiler inicial
se otorgará sólo cuando se haya realizado la primera operación, y cuando
haya pasado tiempo suficiente para demostrar que tuvo éxito.
La Primera Ley no
le creó ninguna inhibición ante las severas condiciones que le estaba
imponiendo un ser humano. Había aprendido que lo que parecía crueldad
podía resultar bondad a la larga.
Magdescu estaba
estupefacto.
-No soy yo quien
debe decidir en semejante asunto. Es una decisión de empresa y llevará
tiempo.
-Puedo esperar un
tiempo razonable -dijo Andrew-, pero sólo un tiempo razonable.
Y pensó con
satisfacción que Paul mismo no lo habría hecho mejor.
16
Fue sólo un tiempo
razonable, y la operación resultó todo un éxito.
-Yo me oponía a
esta operación, Andrew -le dijo Magdescu-, pero no por lo que tú
piensas. No estaba en contra del experimento, de haberse tratado de
otro. Detestaba poner en peligro tu cerebro positrónico. Ahora que
tienes sendas positrónicas que actúan recíprocamente con sendas
nerviosas simuladas, podría resultar difícil rescatar el cerebro intacto
si el cuerpo se deteriorase.
-Yo tenía
confianza en la capacidad personal de la empresa. Y ahora puedo comer.
-Bueno, puedes
sorber aceite de oliva. Eso significa que habrá que hacer de vez en
cuando limpieza de la cámara de combustión, como ya te hemos explicado.
Es un factor incómodo, diría yo.
-Quizá, si yo no
pensara seguir adelante. La auto limpeza no es imposible. Estoy
trabajando en un dispositivo que se encargará de los alimentos sólidos
que incluyan parte no combustible; la materia indigerible, por así
decirlo, que habrá que desechar.
-Entonces,
necesitarás un ano.
-Su equivalente.
-Qué más, Andrew?
-Todo lo demás.
-También
genitales?
-En la medida en
que concuerden con mis planes. Mi cuerpo es un lienzo donde pienso
dibujar...
magdescu aguardó a
que concluyera la frase, pero como la pausa se prolongaba decidió
redondearla él mismo:
-Un hombre?
-Ya veremos -se
limitó a decir Andrew.
-Es una ambición
contradictoria, Andrew. Tú eres mucho mejor que un hombre. Has ido
cuesta abajo desde que optaste por ser orgánico.
-Mi cerebro no se
ha dañado.
-No, claro que no.
Pero, Andrew, los nuevos hallazgos protésicos que han posibilitado tus
patentes se comercializan bajo tu nombre. Eres reconocido como el gran
inventor y se te honra por ello... tal como eres. Por qué quieres
arriesgar más tu cuerpo?
Andrew no
respondió.
Los honores
llegaron. Aceptó el nombramiento en varias instituciones culturales,
entre ellas una consagrada a la nueva ciencia que él había creado; la
que el llamó robobiología, pero que se denominaba protetología.
En el ciento
cincuenta aniversario de su fabricación, se celebró una cena de homenaje
en Robots y Hombres Mecánicos. Si Andrew vio en ello alguna ironía, no
lo mencionó.
Alvin Magdescu, ya
jubilado, presidió la cena. Tenía noventa y cuatro años y aún vivía
porque tenía prótesis que, entre otras cosas, cumplían las funciones del
hígado y de los riñones. La cena alcanzó su momento culminante cuando
Magdescu, al cabo de un discurso breve y emotivo, alzó la copa para
brindar por “el robot sesquicentenario”.
Andrew se había
hecho remodelar los tendones del rostro hasta el punto de que podía
expresar una gama de emociones, pero se comportó de un modo pasivo
durante toda la ceremonia. No le agradaba ser un robot sesquicentenario.
17
La protetología le
permitió a Andrew abandonar la Tierra. en las décadas que siguieron a la
celebración del sesquicentenario, la Luna se convirtió en un mundo más
terrícola que la Tierra en todos los aspectos menos en el de la
gravedad, un mundo que albergaba una densa población en sus ciudades
subterráneas.
Allí, las prótesis
debían tener en cuenta la menor gravedad, y Andrew pasó cinco annos en
la Luna trabajando con especialistas locales para introducir las
necesarias adaptaciones. Cuando no se encontraba trabajando, deambulaba
entre los robots, que lo trataban con cortesía robótica debida a un
hombre.
Regresó a la
Tierra, que era monótona y apacible en comparación, y fue a las oficinas
de Feingold y Martin para anunciar su vuelta.
El entonces
director de la firma, Simon Delong, se quedó sorprendido.
-Nos habían
anunciado que regresabas, Andrew -dijo, aunque estuvo a punto de
llamarlo <<señor Martin>>-, pero no te esperábamos hasta la semana
entrante.
-Me impacienté -
contestó bruscamente Andrew, que ansiaba ir al grano-. En la Luna,
simon, estuve al mando de un equipo de investigación de veinte
científicos humanos. Les daba órdenes que nadie cuestionaba. Los robots
lunares me trataban como a un ser humano. Entonces por qué no soy un ser
humano?
DeLong adoptó una
expresión cautelosa.
-querido Andrew,
como acabas de explicar, tanto los robots como los humanos te tratan
como si fueras un ser humano. Por consiguiente, eres un ser humano de
facto.
-No me basta con
ser un ser humano de facto. Quiero que no sólo me traten como
tal, sino que me identifiquen legalmente como tal. Quiero ser un ser
humano de jure.
-eso es distinto.
ahí tropezaríamos con los prejuicios humanos y con el hecho indudable de
que, por mucho que parezcas un ser humano, no lo eres.
-En qué sentido?
Tengo la forma de un ser humano y órganos equivalentes a los de los
humanos. Mis órganos son idénticos a los que tiene un ser humano con
prótesis. He realizado aportaciones artísticas, literarias y científicas
a la cultura humana, tanto como cualquier ser humano vivo. Qué más se
puede pedir?
-Yo no pediría
nada. El problema es que se necesitaría una Ley de la Legislatura
Mundial para definirte como ser humano. Francamente, no creo que sea
posible.
-Con quién debo
hablar en la Legislatura?
-Con la
presidencia de la Comisión para la Ciencia y la Tecnología, tal vez.
-Puedes pedir una
reunión?
-Pero no necesitas
un intermediario. Con tu prestigio...
-No. Encárgate tú.
-Andrew ni siquiera pensó que estaba dándole una orden a un ser humano.
En la Luna se habían acostumbrado a ello-. Quiero que sepan que Feingold
y Martin me apoya plenamente en esto.
-Pues bien...
-Plenamente, Simon.
En ciento setenta y tres años he aportado muchísimo a esta firma. En el
pasado estuve obligado para con otros miembros de esta firma. Ahora no.
Es a la inversa, y
estoy reclamando mi deuda.
-Veré qué puedo
hacer -dijo DeLong.
18
La presidencia de
la Comisión para Ciencia y la Tecnología era una asiática llamada Chee
Li-Hsing. Con sus prendas transparentes (que ocultaban lo que ella
quería ocultar mediante un resplandor), parecía envuelta en plástico.
-Simpatizo con su
afán de obtener derechos humanos plenos -le dijo-. En otros tiempos de
la historia hubo integrantes de la población humana que lucharon por
obtener derechos plenos. Pero qué derechos puede desear que ya no tenga?
-Algo muy simple:
el derecho a la vida. Un robot puede ser desmontado en cualquier
momento.
-Y un ser humano
puede ser ejecutado en cualquier momento.
-La ejecución sólo
puede realizarse dentro del marco de la Ley. Para desmontarme a mí no se
requiere un juicio; sólo se necesita la palabra de un ser humano que
tenga autorización para poner fin a mi vida. Además..., además... -Andrew
procuró reprimir su tono implorante, pero su expresión y su voz
humanizadas lo traicionaban-. Lo siento es que deseo ser hombre. Lo he
deseado durante seis generaciones de seres humanos.
Li-Hsing lo miró
con sus ojos oscuros.
-La Legislatura
puede aprobar una ley declarándolo humano; llegado el caso, podría
aprobar una ley declarando humana a una estatua de piedra. Sin embargo,
creo que en el primer caso serviría tan poco como para el segundo. Los
diputados son tan humanos como el resto de la población, y siempre
existe un recelo contra los robots.
-Incluso
actualmente?
-Incluso
actualmente. Todos admitiríamos que usted se ha ganado a pulso el premio
de ser humano, pero persistíria el temor de sentar un precedente
indeseable.
-Qué precendente?
Soy el único robot libre, el único de mi tipo, y nunca se fabricará
otro. Pueden preguntárselo a Robots y Hombres Mecánicos.
-<<Nunca>> es
mucho tiempo, Andrew, o, si lo prefiere, señor Martin, pues
personalmente le considero humano. La mayoría de los diputados se
mostrarán reacios a sentar ese precedente, por insignificante que
parezca. Señor Martin, cuenta usted con mi respaldo, pero no le aconsejo
que abrigue esperanzas. En realidad...
-Se reclinó en el
asiento y arrugó la frente-. En realidad, si la discusión se vuelve
acalorada, surgirá cierta tendencia, tanto dentro como fuera de la
Legislatura, a favorecer esa postura, que antes mencionó usted, la que
quieran desmontarle. Librarse de usted podría ser el modo más fácil de
resolver el dilema. Piénselo antes de insistir.
-Nadie recordará
la técnica de la protetología, algo que me pertenece casi por completo?
-Parecerá cruel,
pero no la recordarán. O, en todo caso, la recordarán desfavorablemente.
Dirán que usted lo hizo con fines egoístas, que fue parte de una campaña
para robotizar a los seres humano o para humanizar a los robots; y en
cualquiera de ambos casos sería pérfido y maligno. Usted nunca ha sido
víctima de una campaña política de desprestigio, y le aseguro que se
convertiría en el blanco de unas calumnas que ni usted ni yo creeríamos,
pero sí habría gente que las creería. Señor Martin, viva su vida en paz.
Se levantó. Al
lado de Andrew, que estaba sentado, parecía menuda, casi una niña.
-Si decido luchar
por mi humanidad -dijo Andrew-, usted estará de mi lado?
Ella reflexionó y
contestó:
-sí, en la medida
de lo posbile. Si en algún momento esa postura amenaza mi futuro
político, tendré que abandonarle, pues para mí no es una cuestión
fundamental. Procuro ser franca.
-Gracias. No le
pediré otra cosa. Me propongo continuar esta lucha al margen de las
consecuencias, y le pediré ayuda mientras usted pueda brindármela. |