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No fue una lucha
directa. Feingold y Martin aconsejó paciencia y andrew masculló que no
tenía una paciencia. Luego, Feingold y Martin inició una campaña para
delimitar la zona de combate.
Entabló un pleito
en el que se rechazaba la obligación de pagar deudas a un individuo con
un corazón protésico, alegando que la posesión de un órgano robótico lo
despojaba de humanidad y de sus derechos constitucionales.
Lucharon con
destreza y tenacidad; perdían en cada paso que daban, pero procurando
siempre que la sentencia resultante fuese lo más genérica posible, y
luego la presentaban mediante apelaciones ante el Tribunal Mundial.
Llevó años y
millones de dólares.
Cuando se dictó la
última sentencia, DeLong festejó la derrota como si fuera un portante
triunfo. Andrew estaba presente en las oficinas de la firma, por
supuesto.
-Hemos logrado dos
cosas, Andrew, y ambas son buenas. En primer lugar, hemos establecido
que ningún número de artefactos le quita la humanidad al cuerpo humano.
En segundo lugar, hemos involucrado a la opinión pública de tal modo que
estará a favor de una interpretación amplia de lo que significa
humanidad, pues no hay ser humano existente que no desee una prótesis si
eso puede mantenerlo con vida.
-Y crees que la
Legislatura me concederá el derecho a la humanidad?
DeLong parecía un
poco incómodo.
-En cuanto a eso,
no puedo ser optimista. Queda el único órgano que el Tribunal Mundial ha
utilizado como criterio de humanidad. Los seres humanos poseen un
cerebro celular orgánico y los robots tienen un cerebro positrónico de
platino e iridio... No Andrew, no pongas esa cara. Carecemos de
conocimientos para imitar el funcionamiento de un cerebro celular en
estructuras artificiales parecidas al cerebro orgánico, así que no se
puede incluir en la sentencia, ni siquiera tú podrías lograrlo.
-Qué haremos
entonces?
-Intentarlo, por
supuesto. La diputada Li-Hsing estará de nuestra parte y también una
cantidad creciente de diputados. El presidente sin duda seguirá la
opinión de la mayoría de la Legislatura en este asunto.
-Contamos con una
mayoría?
-No, al contrario.
Pero podríamos obtenerla si el público expresa su deseo de que se te
incluya en una interpretación amplia de lo que significa humanidad. Hay
pocas probabilidades, pero si no deseas abandonar debemos arriesgarnos.
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La diputada Li-Hsing
era mucho más vieja que cuando Andrew la conoció. Ya no llevaba aquellas
prendas transparentes, sino que tenía el cabello corto y vestía con ropa
tubular. En cambio, Andrew aún se atenía, dentro de los límites de lo
razonable, al modo de vestir que predominaba cuando él comenzó a usar
ropa un siglo atrás.
-Hemos llegado tan
lejos como podíamos, Andrew. Lo intentaremos nuevamente después del
receso, pero, con franqueza, la derrota es segura y tendremos que
desistir. Todos estos esfuerzos sólo me han valido una derrota segura en
la próxima campaña parlamentaria.
-Lo sé, y lo
lamento. Una vez dijiste que me abandonarías si se llegaba a ese
extremo; por qué no lo has hecho?
-Porqué cambié de
opinión. Abandonarte se convirtió en un precio mucho más alto
del que estaba
dispuesta a pagar por una nueva gestión. Hace más de un cuarto de siglo
que estoy en la Legislatura. Es suficiente.
-No hay modo de
hacerles cambiar de parecer, Chee?
-He convencido a
toda la gente razonable. El resto, la mayoría, no están dispuestos a
renunciar a su aversión emocional.
-La aversión
emocional no es una razón válida para votar a favor o en contra.
-Lo sé, Andrew,
pero la razón que alegan no es la aversión emocional.
-Todo se reduce al
tema del cerebro, pues. Pero es que todo ha de limitarse a una posición
entre células y positrones? No hay modo de imponer una definición
funcional? Debemos decir que un cerebro está hecho de esto o lo otro? No
podemos decir que el cerebro es algo capaz de alcanzar cierto nivel de
pensamiento?
-No dará
resultado. Tu cerebro fue fabricado por el hombre, el cerebro humano no.
Tu cerebro fue construido, el humano se desarrolló. Para cualquier ser
humano que se proponga mantener la barrera entre él y el robot, esas
diferencias constituyen una muralla de acero de un kilómetro de grosor y
un kilómetro de altura.
-Si pudiéramos
llegar a la raíz de su antipatía..., a la auténtica raíz de...
-Al cabo de tantos
años -comentó tristemente Li-Hsing-, sigues intentando razonar con los
seres humanos. Pobre Andrew, no te enfades, pero es tu personalidad
robótica la que te impulsa en esa dirección.
-No lo sé -dijo
Andrew-. Si pudiera someterme...
Si pudiera
someterse...
Sabía desde tiempo
atrás que podía llegar a ese extremo, y al fin decidió ver al cirujano.
Buscó uno con la habilidad suficiente para la tarea, lo cual significaba
un cirujano robot, pues no podía confiar en un cirujano humano, ni por
su destreza ni por sus intenciones.
El cirujano no
podría haber realizado la operación en un ser humano, así que Andrew,
después de postergar el momento de la decisión con un triste
interrogatorio que reflejaba su torbellino interior, dejó de lado la
Primera Ley diciendo:
-Yo también soy un
robot. -Y añadió, con la firmeza con que había aprendido a dar órdenes
en las últimas décadas, incluso a seres humano-: Le ordenó que realice
esta operación.
En ausencia de la
Primera Ley, una orden tan firme, impartida por alguien que se parecía
tanto a un ser humano, activó la Segunda Ley, imponiendo la obediencia.
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Andrew estaba
seguro de que el malestar que sentía era imaginario. Se había recuperado
de la operación. No obstante, se apoyó disimuladamente contra la pared.
Sentarse sería demasiado revelador.
-La votación
definitiva se hará esta semana, Andrew -dijo Li Hsing-. No he podido
retrasarla más, y perderemos... Ahí terminará todo, Andrew.
-Te agradezco tu
habilidad para la demora. Me ha proporcionado el tiempo que necesitaba y
he corrido el riesgo que debía correr.
-De qué riesgo
hablas? -preguntó Li-Hsing, con manifiesta preocupación.
-No podía
contártelo a ti ni a la gente de Feingold y Martin, pues sabía que me
detendrías. Mira, si el problema es el cerebro, acaso la mayor
diferencia no resiste en la imortalidad? A quién le importa la
apariencia, la constitución ni la evolución del cerebro? Lo que importa
es que las células cerebrales mueren, que deben morir. Aunque se
mantengan o se reemplacen los demás órganos, las células cerebrales, que
no se pueden reemplazar sin alterar y matar la personalidad, deben morir
con el tiempo. Mis sendas positrónicas, han durado casi dos siglos sin
cambios y pueden durar varios siglos más. No es ésa la barrera
fundamental? Los seres humanos pueden tolerar que un robot sea inmortal,
pues no importa cuánto dure una máquina; pero no pueden tolerar a un ser
humano inmortal, pues su propia mortalidad sólo es tolerable siempre y
cuando sea universal. Por eso no quieren considerarme humano.
-A dónde quieres
llegar, Andrew?
-He eliminado ese
problema. Hace décadas, mi cerebro positrónico fue conectado a nercios
orgánicos. Ahora una última operación ha reorganizado esas conexiones de
tal modo que lentamente mis sendas pierdan potencial.
La azorada Li-Hsing
calló un instante. Luego, apretó los labios.
-Quieres decir que
has planeado morirte, Andrew? Es imposible. Eso viola la Tercera Ley.
-No. He escogido
entre la muerte de mi cuerpo y la muerte de mis aspiraciones y deseos.
Habría violado la Tercera Ley si hubiese permitido que mi cuerpo viviera
a costa de una muerte mayor.
-Li-Hsing le
agarró el brazo como si fuera a sacudirle. Se contuvo.
-Andrew, no dará
resultado. vuelve a tu estado anterior.
-Imposible. Se han
causado muchos daños. Me queda un año de vida. Duraré hasta el segundo
centenario de mi construcción. Me permití esa debilidad.
-Vale la pena?
Andrew, eres un necio.
-Si consigo la
humanidad, habrá valido la pena. De lo contrario, mi lucha terminará, y
eso tmbién habrá valido la pena.
Li-Hsing hizo algo
que la asombró. Rompió a llorar en silencio.
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Fue extraño el
modo en que ese último acto capturó la imaginación del mundo. Andrew no
había logrado conmover a la gente con todos sus esfuerzos, pero había
aceptado la muerte para ser humano, y ese sacrificio fue demasiado
grande para que lo recharan.
La ceremonia final
se programó deliberadamente para el segundo centenario. El presidente
mundial debía firmar el acta y darle carácter de ley, y la ceremonia se
transmitiría por una red mundial de emisoras y se vería en el Estado de
la Luna e incluso en la colonia marciana. Andrew iba en una silla de
ruedas. Aún podía caminar, pero con gran esfuerzo.
Ante los ojos de
la humanidad, el presidente mundial dijo:
-Hace cincuenta
años, Andrew fue declarado el robot sesquicentenario. -hizo una pausa y
añadió solemnemente-: Hoy, el Señor Martin es declarado el hombre
bicentenario.
Y Andrew,
sonriendo, extendió la mano para estrechar la del presidente.
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Andrew yacía en el
lecho. sus pensamientos se disipaban. Intentaba agarrarse a ellos con
desesperación. ¡Un hombre! ¡Era un hombre! Quería serlo hasta su último
pensamiento. Quería disolverse, morir siendo hombre.
Abrió los ojos y
reconoció a Li-Hsing que aguardaba solemnemente. Había otras personas,
pero sólo eran sombras irreconocibles. Unicamente Li-Hsing se recortaba
contra ese fondo cada vez más borroso. Andrew tendió la mano y sintió
vagamente el apretón.
Ella se esfumaba
ante sus ojos mientras sus últimos pensamientos se disipaban.
Pero, antes de que
la imagen de Li-Hsing se desvaneciera del todo, un último pensamiento
cruzó la mente de Andrew por un instante fugaz.
-Niña - susurró,
en voz tan queda que nadie le oyó. |