LIBRO DEL MES

EL HOMBRE BICENTENARIO

Isaac Asimov

 
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No fue una lucha directa. Feingold y Martin aconsejó paciencia y andrew masculló que no tenía una paciencia. Luego, Feingold y Martin inició una campaña para delimitar la zona de combate.

Entabló un pleito en el que se rechazaba la obligación de pagar deudas a un individuo con un corazón protésico, alegando que la posesión de un órgano robótico lo despojaba de humanidad y de sus derechos constitucionales.

Lucharon con destreza y tenacidad; perdían en cada paso que daban, pero procurando siempre que la sentencia resultante fuese lo más genérica posible, y luego la presentaban mediante apelaciones ante el Tribunal Mundial.

Llevó años y millones de dólares.

Cuando se dictó la última sentencia, DeLong festejó la derrota como si fuera un portante triunfo. Andrew estaba presente en las oficinas de la firma, por supuesto.

-Hemos logrado dos cosas, Andrew, y ambas son buenas. En primer lugar, hemos establecido que ningún número de artefactos le quita la humanidad al cuerpo humano. En segundo lugar, hemos involucrado a la opinión pública de tal modo que estará a favor de una interpretación amplia de lo que significa humanidad, pues no hay ser humano existente que no desee una prótesis si eso puede mantenerlo con vida.

-Y crees que la Legislatura me concederá el derecho a la humanidad?

DeLong parecía un poco incómodo.

-En cuanto a eso, no puedo ser optimista. Queda el único órgano que el Tribunal Mundial ha utilizado como criterio de humanidad. Los seres humanos poseen un cerebro celular orgánico y los robots tienen un cerebro positrónico de platino e iridio... No Andrew, no pongas esa cara. Carecemos de conocimientos para imitar el funcionamiento de un cerebro celular en estructuras artificiales parecidas al cerebro orgánico, así que no se puede incluir en la sentencia, ni siquiera tú podrías lograrlo.

-Qué haremos entonces?

-Intentarlo, por supuesto. La diputada Li-Hsing estará de nuestra parte y también una cantidad creciente de diputados. El presidente sin duda seguirá la opinión de la mayoría de la Legislatura en este asunto.

-Contamos con una mayoría?

-No, al contrario. Pero podríamos obtenerla si el público expresa su deseo de que se te incluya en una interpretación amplia de lo que significa humanidad. Hay pocas probabilidades, pero si no deseas abandonar debemos arriesgarnos.

 

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La diputada Li-Hsing era mucho más vieja que cuando Andrew la conoció. Ya no llevaba aquellas prendas transparentes, sino que tenía el cabello corto y vestía con ropa tubular. En cambio, Andrew aún se atenía, dentro de los límites de lo razonable, al modo de vestir que predominaba cuando él comenzó a usar ropa un siglo atrás.

-Hemos llegado tan lejos como podíamos, Andrew. Lo intentaremos nuevamente después del receso, pero, con franqueza, la derrota es segura y tendremos que desistir. Todos estos esfuerzos sólo me han valido una derrota segura en la próxima campaña parlamentaria.

-Lo sé, y lo lamento. Una vez dijiste que me abandonarías si se llegaba a ese extremo; por qué no lo has hecho?

-Porqué cambié de opinión. Abandonarte se convirtió en un precio mucho más alto

del que estaba dispuesta a pagar por una nueva gestión. Hace más de un cuarto de siglo que estoy en la Legislatura. Es suficiente.

-No hay modo de hacerles cambiar de parecer, Chee?

-He convencido a toda la gente razonable. El resto, la mayoría, no están dispuestos a renunciar a su aversión emocional.

-La aversión emocional no es una razón válida para votar a favor o en contra.

-Lo sé, Andrew, pero la razón que alegan no es la aversión emocional.

-Todo se reduce al tema del cerebro, pues. Pero es que todo ha de limitarse a una posición entre células y positrones? No hay modo de imponer una definición funcional? Debemos decir que un cerebro está hecho de esto o lo otro? No podemos decir que el cerebro es algo capaz de alcanzar cierto nivel de pensamiento?

-No dará resultado. Tu cerebro fue fabricado por el hombre, el cerebro humano no. Tu cerebro fue construido, el humano se desarrolló. Para cualquier ser humano que se proponga mantener la barrera entre él y el robot, esas diferencias constituyen una muralla de acero de un kilómetro de grosor y un kilómetro de altura.

-Si pudiéramos llegar a la raíz de su antipatía..., a la auténtica raíz de...

-Al cabo de tantos años -comentó tristemente Li-Hsing-, sigues intentando razonar con los seres humanos. Pobre Andrew, no te enfades, pero es tu personalidad robótica la que te impulsa en esa dirección.

-No lo sé -dijo Andrew-. Si pudiera someterme...

Si pudiera someterse...

Sabía desde tiempo atrás que podía llegar a ese extremo, y al fin decidió ver al cirujano. Buscó uno con la habilidad suficiente para la tarea, lo cual significaba un cirujano robot, pues no podía confiar en un cirujano humano, ni por su destreza ni por sus intenciones.

El cirujano no podría haber realizado la operación en un ser humano, así que Andrew, después de postergar el momento de la decisión con un triste interrogatorio que reflejaba su torbellino interior, dejó de lado la Primera Ley diciendo:

-Yo también soy un robot. -Y añadió, con la firmeza con que había aprendido a dar órdenes en las últimas décadas, incluso a seres humano-: Le ordenó que realice esta operación.

En ausencia de la Primera Ley, una orden tan firme, impartida por alguien que se parecía tanto a un ser humano, activó la Segunda Ley, imponiendo la obediencia.
 

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 Andrew estaba seguro de que el malestar que sentía era imaginario. Se había recuperado de la operación. No obstante, se apoyó disimuladamente contra la pared. Sentarse sería demasiado revelador.

-La votación definitiva se hará esta semana, Andrew -dijo Li Hsing-. No he podido retrasarla más, y perderemos... Ahí terminará todo, Andrew.

-Te agradezco tu habilidad para la demora. Me ha proporcionado el tiempo que necesitaba y he corrido el riesgo que debía correr.

-De qué riesgo hablas? -preguntó Li-Hsing, con manifiesta preocupación.

-No podía contártelo a ti ni a la gente de Feingold y Martin, pues sabía que me detendrías. Mira, si el problema es el cerebro, acaso la mayor diferencia no resiste en la imortalidad? A quién le importa la apariencia, la constitución ni la evolución del cerebro? Lo que importa es que las células cerebrales mueren, que deben morir. Aunque se mantengan o se reemplacen los demás órganos, las células cerebrales, que no se pueden reemplazar sin alterar y matar la personalidad, deben morir con el tiempo. Mis sendas positrónicas, han durado casi dos siglos sin cambios y pueden durar varios siglos más. No es ésa la barrera fundamental? Los seres humanos pueden tolerar que un robot sea inmortal, pues no importa cuánto dure una máquina; pero no pueden tolerar a un ser humano inmortal, pues su propia mortalidad sólo es tolerable siempre y cuando sea universal. Por eso no quieren considerarme humano.

-A dónde quieres llegar, Andrew?

-He eliminado ese problema. Hace décadas, mi cerebro positrónico fue conectado a nercios orgánicos. Ahora una última operación ha reorganizado esas conexiones de tal modo que lentamente mis sendas pierdan potencial.

La azorada Li-Hsing calló un instante. Luego, apretó los labios.

-Quieres decir que has planeado morirte, Andrew? Es imposible. Eso viola la Tercera Ley.

-No. He escogido entre la muerte de mi cuerpo y la muerte de mis aspiraciones y deseos. Habría violado la Tercera Ley si hubiese permitido que mi cuerpo viviera a costa de una muerte mayor.

-Li-Hsing le agarró el brazo como si fuera a sacudirle. Se contuvo.

-Andrew, no dará resultado. vuelve a tu estado anterior.

-Imposible. Se han causado muchos daños. Me queda un año de vida. Duraré hasta el segundo centenario de mi construcción. Me permití esa debilidad.

-Vale la pena? Andrew, eres un necio.

-Si consigo la humanidad, habrá valido la pena. De lo contrario, mi lucha terminará, y eso tmbién habrá valido la pena.

Li-Hsing hizo algo que la asombró. Rompió a llorar en silencio.

 

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 Fue extraño el modo en que ese último acto capturó la imaginación del mundo. Andrew no había logrado conmover a la gente con todos sus esfuerzos, pero había aceptado la muerte para ser humano, y ese sacrificio fue demasiado grande para que lo recharan.

La ceremonia final se programó deliberadamente para el segundo centenario. El presidente mundial debía firmar el acta y darle carácter de ley, y la ceremonia se transmitiría por una red mundial de emisoras y se vería en el Estado de la Luna e incluso en la colonia marciana. Andrew iba en una silla de ruedas. Aún podía caminar, pero con gran esfuerzo.

Ante los ojos de la humanidad, el presidente mundial dijo:

-Hace cincuenta años, Andrew fue declarado el robot sesquicentenario. -hizo una pausa y añadió solemnemente-: Hoy, el Señor Martin es declarado el hombre bicentenario.

Y Andrew, sonriendo, extendió la mano para estrechar la del presidente.

  

23

Andrew yacía en el lecho. sus pensamientos se disipaban. Intentaba agarrarse a ellos con desesperación. ¡Un hombre! ¡Era un hombre! Quería serlo hasta su último pensamiento. Quería disolverse, morir siendo hombre.

Abrió los ojos y reconoció a Li-Hsing que aguardaba solemnemente. Había otras personas, pero sólo eran sombras irreconocibles. Unicamente Li-Hsing se recortaba contra ese fondo cada vez más borroso. Andrew tendió la mano y sintió vagamente el apretón.

Ella se esfumaba ante sus ojos mientras sus últimos pensamientos se disipaban.

Pero, antes de que la imagen de Li-Hsing se desvaneciera del todo, un último pensamiento cruzó la mente de Andrew por un instante fugaz.

-Niña - susurró, en voz tan queda que nadie le oyó.

 
 

 
     
 

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