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ESCENA 1:
Eva descansa
recostada en un árbol y entra la serpiente.
-Hola, Evis.
-Hola, Serpis, ¿cómo estás?.
-¿Qué haces? –preguntó la
primera.
-Nada, mija, aquí luchando con
este pelo. ¿No ves lo reseco que lo tengo?
-Ay, Evita, qué bobita eres.
Se ve que no conoces las bondades de la sábila. Dile a tu marido que te haga un
extracto; a lo mejor termina inventándose un buen champú o un rinse para el
cabello.
-No sé de dónde sacas tantas
palabras y cosas tan raras que nosotros no conocemos, Serpi.
-Eso es verdad, mija. A
ustedes sí que les falta mundo y de pasito mucha sabiduría. ¿Y sabes por qué?
-No, dímelo tú –respondió Eva
con expectativa.
-Por no saber alimentarse
adecuadamente -dijo.
-¿Cómo así? Nosotros comemos
de todo cuanto ha colocado el Señor en el paraíso.
-¿Estás segura que de todo?
–preguntó con sorna la serpiente.
-Sí –respondió Eva algo
extrañada.
-¿Y, entonces, por qué no han
probado los frutos del árbol que está en el medio del huerto?
-Pues, porque de ese árbol el
Señor sí nos prohibió que lo comiéramos –dijo Eva con seriedad.
-Pues, sabes, Evi, yo sí he
comido de ese árbol y por eso día a día tengo más y más conocimiento.
-¿Sí? ¿De verdad lo has
comido? –preguntó Eva con curiosidad y en tono bajo y reservado a la serpiente.
-¡Es delicioso! Hum..., con
sólo recordar su sabor se me hace agua la boca –dijo relamiéndose con su filuda
lengua.
-¿Y qué te ha dicho el Señor?
–preguntó intrigada Eva.
-A mí nada. ¿Acaso me lo había
prohibido? –dijo vanidosa.
-No puedo creerlo. Me parece
que sólo lo dices por darte ínfulas y volverte engreída conmigo.
-Pues allá tú si me crees o
no, Evita; pero, la verdad, gracias a ello comprendo muchas cosas del mundo que
sé te gustaría mucho algún día conocer.
-¿Cómo qué cosas? –preguntó
con obvia curiosidad Eva.
-¿Sabías que afuera del
paraíso hay más hombres y mujeres como ustedes?
-¡¿Qué, qué?! –preguntó con
sorpresa Eva, abriendo sus grandes ojos.
-Sí, mija, como lo oyes. Allá
hay hombres guapísimos y mujeres tan lindas que parecen reinas o princesas.
-Eso sí que es una mentira
tuya, Serpi. El Señor dijo que nosotros éramos los reyes de la creación, que
habíamos sido creados a su imagen y semejanza y que nos enseñorearíamos sobre
los peces del mar, las aves de los cielos y en todas las bestias que se mueven
sobre la tierra –explicó con seguridad Eva.
-Sí, sí, mi niña, eso es
historia sagrada para mí y ya lo hemos discutido antes; pero, no sé por qué
–todavía lo desconozco- allá afuera hay gente que vive en otro paraíso distinto
de éste, pero igualmente chévere.
-¿Cómo así chévere? ¿Qué
significa chévere? –preguntó intrigada Eva.
-Pues, que allá la pasan de lo
mejor. Por ejemplo: las mujeres se arreglan con vestidos bonitos, usan joyas,
cremas para la piel, zapatos lindísimos para no caminar descalzas, se arreglan
las uñas, van al estilista, se hacen masajes, liposucciones, mascarillas, etc.
Y, después, hombres elegantes en modernos carros las invitan a fiestas, bailes,
restaurantes; las llevan de paseo y les regalan perfumes, joyas...
-No puedo creer lo que oigo
–dijo Eva, interrumpiéndola-. Eso es sólo imaginación tuya, y ¡vaya que
imaginación tienes!, Serpi. Eso no puede ser posible. ¡Me moriría! –dijo Eva
embelesada.
-Pues cuando quieras te llevo
para que lo compruebes por ti misma, amiga. Tú decides –dijo la Serpiente con
aire de suficiencia y dejando el anzuelo servido-. Y ahora me voy, mija. Esta
noche en el mundo de afuera es la premiación de los Oscares y no me la puedo
perder por nada en la vida. Chao, Evis, nos vemos. Me voy a arreglar un poco,
estoy hecha un desastre... –dijo la serpiente mientras se alejaba contoneándose
de manera coqueta y vanidosa, y llamativamente hacía sonar sus cascabeles.
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