LIBRO DEL MES

EL ORIGINAL PECADO ORIGINAL
Pieza Para Teatro
Gerardo Cardona Velasco

 
LIBRO DEL MES  ***   TODOS LOS MESES UN LIBRO NUEVO   ***
 
 
     
 

ESCENA 1:

Eva descansa recostada en un árbol y entra la serpiente.

 

-Hola, Evis.

-Hola, Serpis, ¿cómo estás?.

-¿Qué haces? –preguntó la primera.

-Nada, mija, aquí luchando con este pelo. ¿No ves lo reseco que lo tengo?

-Ay, Evita, qué bobita eres. Se ve que no conoces las bondades de la sábila. Dile a tu marido que te haga un extracto; a lo mejor termina inventándose un buen champú o un rinse para el cabello.

-No sé de dónde sacas tantas palabras y cosas tan raras que nosotros no conocemos, Serpi.

-Eso es verdad, mija. A ustedes sí que les falta mundo y de pasito mucha sabiduría. ¿Y sabes por qué?

-No, dímelo tú –respondió Eva con expectativa.

-Por no saber alimentarse adecuadamente -dijo.

-¿Cómo así? Nosotros comemos de todo cuanto ha colocado el Señor en el paraíso.

-¿Estás segura que de todo? –preguntó con sorna la serpiente.

-Sí –respondió Eva algo extrañada.

-¿Y, entonces, por qué no han probado los frutos del árbol que está en el medio del huerto?

-Pues, porque de ese árbol el Señor sí nos prohibió que lo comiéramos –dijo Eva con seriedad.

-Pues, sabes, Evi, yo sí he comido de ese árbol y por eso día a día tengo más y más conocimiento.

-¿Sí? ¿De verdad lo has comido? –preguntó Eva con curiosidad y en tono bajo y reservado a la serpiente.

-¡Es delicioso! Hum..., con sólo recordar su sabor se me hace agua la boca –dijo relamiéndose con su filuda lengua.

-¿Y qué te ha dicho el Señor? –preguntó intrigada Eva.

-A mí nada. ¿Acaso me lo había prohibido? –dijo vanidosa.

-No puedo creerlo. Me parece que sólo lo dices por darte ínfulas y volverte engreída conmigo.

-Pues allá tú si me crees o no, Evita; pero, la verdad, gracias a ello comprendo muchas cosas del mundo que sé te gustaría mucho algún día conocer.

-¿Cómo qué cosas? –preguntó con obvia curiosidad Eva.

-¿Sabías que afuera del paraíso hay más hombres y mujeres como ustedes?

-¡¿Qué, qué?! –preguntó con sorpresa Eva, abriendo sus grandes ojos.

-Sí, mija, como lo oyes. Allá hay hombres guapísimos y mujeres tan lindas que parecen reinas o princesas.

-Eso sí que es una mentira tuya, Serpi. El Señor dijo que nosotros éramos los reyes de la creación, que habíamos sido creados a su imagen y semejanza y que nos enseñorearíamos sobre los peces del mar, las aves de los cielos y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra –explicó con seguridad  Eva.

-Sí, sí, mi niña, eso es historia sagrada para mí y ya lo hemos discutido antes; pero, no sé por qué –todavía lo desconozco- allá afuera hay gente que vive en otro paraíso distinto de éste, pero igualmente chévere.

-¿Cómo así chévere? ¿Qué significa chévere? –preguntó intrigada Eva.

-Pues, que allá la pasan de lo mejor. Por ejemplo: las mujeres se arreglan con vestidos bonitos, usan joyas, cremas para la piel, zapatos lindísimos para no caminar descalzas, se arreglan las uñas, van al estilista, se hacen masajes, liposucciones, mascarillas, etc. Y, después, hombres elegantes en modernos carros las invitan a fiestas, bailes, restaurantes; las llevan de paseo y les regalan perfumes, joyas...

-No puedo creer lo que oigo –dijo Eva, interrumpiéndola-. Eso es sólo imaginación tuya, y ¡vaya que imaginación tienes!, Serpi. Eso no puede ser posible. ¡Me moriría! –dijo Eva embelesada.    

-Pues cuando quieras te llevo para que lo compruebes por ti misma, amiga. Tú decides –dijo la Serpiente con aire de suficiencia y dejando el anzuelo servido-. Y ahora me voy, mija. Esta noche en el mundo de afuera es la premiación de los Oscares y no me la puedo perder por nada en la vida. Chao, Evis, nos vemos. Me voy a arreglar un poco, estoy hecha un desastre... –dijo la serpiente mientras se alejaba contoneándose de manera coqueta y vanidosa, y llamativamente hacía sonar sus cascabeles.

 
     
 
 
     

 

ESCENA DOS:

Eva que había quedado sobrecogida y perpleja por lo revelado por la serpiente es visitada sorpresivamente por Dios.

 

-Buenos días, Eva –dijo Dios apareciendo como una luz resplandeciente.

-Buenos días, Señor –contestó Eva algo turbada.

-¿Cómo amanece la flor más exquisita del paraíso? –dijo Dios con cariño.

-A Dios gracias bien, Señor –respondió Eva ruborizándose.

-Te he visto últimamente muy conversadora con la serpiente –dijo Dios con tono casual e indiferente.

-Sí, Señor, ella es buena amiga y tenemos siempre varias cosas de qué hablar. Además, como Adán se la pasa tan ocupado en la huerta, no tengo con quien charlar, y ella viene y me hace compañía.

-Ten cuidado, Eva, la serpiente es muy astuta y podría llenarte la cabeza de cucarachas y llevarte a tener malos pensamientos que después dañen tu corazón –dijo Dios en tono paternal.

-No, Señor, no se preocupe Usted –dijo Eva tratando de explicarse-. Nosotras solo hablamos de cosas de mujeres y hasta ahora nos hemos entendido bien. Ella conoce perfectamente este lugar y me cuenta de todo lo que ve, nada más –explicó Eva.

-Bueno, mijita, gracias por confiar en mí y contarme tus asuntos personales; pero, ahora te dejo, pues voy a echarle un vistazo a Adán; a lo mejor necesita mi ayuda celestial. Cuídate mucho, tesoro –dijo con ternura Dios y se despidió como si ignorara lo acontecido. Acto seguido, y tal como llegó, se esfumó.

 

     
 
 
     
 

ESCENA TRES:

Adán es visitado por Dios en la huerta.

 

-Buenas tardes, Adán –saludó con gentileza Dios.

-Buenas tardes, mi Señor –respondió Adán con respeto.

¿Cómo van las cosas, muchacho? ¿Necesitas que te colabore en algo? –preguntó Dios con espíritu cooperador.

-Muchas gracias, mi Señor, pero por ahora me defiendo bien con todo; aunque, la verdad –enfatizó Adán-, me gustaría realizar mi trabajo más rápido, pues quiero agradarlo a Usted cada día más.

-Eso está bien, mijo –dijo Dios complacido-. ¿Y qué tanto te ayuda tu mujer? –le preguntó luego Dios-. Recuerda que ella debe ser compañera idónea en todo para ti –agregó Dios con seriedad.

-Pues, para serle sincero, Señor,  ella es buena y me colabora en lo que puede; pero, no cuenta con suficiente fuerza y resistencia para estas faenas. A cambio, suele darme algunos consejos y hasta muy buenas ideas. Mire, por ejemplo, Señor –se explicó Adán-, esta mañana me pidió que le hiciera un champú de sábila...

-¡¿Un champú?! –Interrumpió sorprendido Dios-. ¿Qué cosa es eso, Adán? Jamás en toda mi eterna existencia había escuchado tal palabra.

-No se sorprenda, Señor –dijo Adán sonriendo-, es apenas un producto natural para el cabello, que le dará brillo, volumen y sedosidad a éste, ya que se le está resecando y hasta saliendo horquilla. Una de esas pequeñas tonterías que de cuando en vez le da y que no me cuesta realizar para hacerla feliz –complementó Adán muy orgulloso. 

-Hum, entiendo –dijo el Señor con recelo-. Mejor te dejo porque me voy para reunión de Consejo con la Santísima Trinidad. Que tengas buena tarde, muchacho –y salió Dios con inusitada prisa.

-Adiós, Señor, que mi Dios lo acompañe –dijo Adán levantando su mano en señal de cordial despedida, pero Dios había desaparecido como un rayo.

 
     
 

 
     
 

 
     

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