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ESCENA OCHO:
Eva seduce a Adán, pero Adán cree que
fue él quien la sedujo.
-Hola,
amorcito, ya llegué ¿Dónde andas? –gritó Adán desde la entrada de la
cueva con tono alegre y más cariñoso de lo habitual.
-Por aquí,
mi vida, contestó Eva desde el fondo semi-oscuro de la cueva. En un
momento salgo. Te tengo una sorpresa –le dijo.
-¿Qué
sucede, chiquita, tú nunca actúas así? ¿Además este olor tan fragante y
especial..., hum...? ¿De dónde lo has traído? Me parece agradable –dijo
Adán mientras se sentaba en el sillón de madera que había construido ese
día para su esposa.
-Mi vida,
cierra los ojos –le dijo Eva-. No los abras sino hasta cuando yo te lo
pida. ¿Me lo prometes?
-Bueno,
está bien. Pero no sé qué te propones, mujer. Jamás te habías comportado
así. Siento que eres otra.
-Sí,
exacto. Soy otra, y a esa otra la vas a querer mucho más -respondió Eva
con voz sugerente y melosa, al tiempo que se acercaba al sumiso Adán que
esperaba ansioso su cercanía.
-¿Tú me
amas, Adán? –preguntó Eva susurrándole al oído.
-Por
supuesto, mujer –dijo Adán tratando de tocarla con sus manos, pues éste
no abría todavía los ojos a la espera de la orden de su mujer.
-¿Y si me
fuera de aquí, me extrañarías mucho? –preguntó Eva más coqueta que
nunca.
-Ahora sí
no te comprendo –dijo Adán abriendo sus ojos y viendo a su mujer
ataviada con flores y ramas en el cuerpo. ¿Qué es ese atuendo tan
extraño? ¿Por qué te cubres? Si así, natural como eres, me gustas
muchísimo –dijo incrédulo Adán ante lo que sus ojos veían.
-Es que
estoy aburrida con ver todo igual, amor. Quería sorprenderte con algo
distinto que nos sacara de la rutina –dijo Eva con voz de niña
consentida y enrollándosele a Adán en el cuerpo-. ¿O es que no te gusta
que sea cariñosa y atenta contigo, ah..., dime..., cosita rica...?
-Un
momento, compañera. Espera. Vamos por partes –dijo Adán deteniendo los
avances seductores de su mujer-. ¿Qué fue eso de irte de aquí? ¿Para
dónde? ¿Por qué? –preguntó precipitadamente Adán, separándose de su
mujer.
-Pues,
estoy decidida a marcharme con la serpiente para el mundo paralelo. Tú
verás si me acompañas o te quedas solo –contestó Eva apartándose un paso
más y dándole la espalda a Adán.
-Amor,
¿qué es esa tontería del mundo paralelo? Ya veo que la serpiente te ha
lavado el cerebro –dijo Adán acercándose de nuevo a ella y abrazándola
con cariño.
-Mi vida
–contestó Eva mirándolo a los ojos-. ¿Qué nos cuesta intentarlo? De
seguro que si es mentira no veremos nada y cuento acabado. ¿Ves, cielo?
Sólo satisfacemos la curiosidad y punto. Todo quedará entre nosotros,
amor. Hasta yo misma, de no ser cierto, buscaré que echen del paraíso a
esa serpiente por mentirosa y chismosa. Te lo prometo, cielito. Anda,
dime que sí –dijo Eva besando con dulzura a Adán que no supo en ese
momento qué contestar.
-Hablemos
de eso después, negrita. Más bien por qué no probamos este cómodo sillón
que diseñé para ti. Hace rato que no nos consentimos uno al otro... –le
respondió Adán con la mirada llena de deseo contenido por su joven y
bella esposa.
-Pues si
no me acompaña en esto tendrá que de ahora en adelante calentarse solo.
Y vaya de una vez probando su sillón, porque lo que es en lo sucesivo
voy a dormir sola –dijo Eva al tiempo que corría hacia el fondo de la
cueva gimoteando y llorando desilusionada.
-Mujer,
mujer, no seas así. Mira que eso que pides es muy peligroso y no quiero
que le fallemos al Señor –dijo Adán siguiendo a su mujer hacia la
alcoba.
-¡No me
toque, Adán! –dijo Eva enfática-. A usted le falta más hombría para
tomar sus propias decisiones. Déjeme sola... –dijo hiriendo el orgullo
de Adán y cerrando la puerta del dormitorio.
-Evita,
cielito mío –le dijo Adán al cabo de un rato de estar afuera pensando-.
En parte yo también he tenido curiosidad, sólo que me cuesta aceptarlo;
pues he querido ser fuerte ante esa tentación. Sin embargo, creo que
podemos intentarlo y si no hay nada, como tú dices, asunto concluido y
que no se vuelva nunca más a hablar de ello, ¿está bien, morochita?
–dijo Adán en tono conciliador y condescendiente.
-Gracias,
mi vida –contestó Eva, abriendo súbitamente la puerta-. Eres un sol, un
bizcochito, un turroncito de azúcar, un papazote... –le contestó Eva
rodeándolo con sus largos brazos y besándolo apasionadamente... |