|
ESCENA
DIEZ:
Adán y Eva son castigados por Dios.
-¿Dónde
estás tú, Adán? –llamó con severidad Jehová Dios.
-Oí tu
voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí
entre los árboles del huerto –respondió Adán.
-¿Quién
te enseñó que estabas desnudo, muchacho desobediente? ¿Has comido del
árbol del que yo te mandé no comieras? –preguntó Dios.
-La mujer
que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí –respondió Adán
tratando de disculparse.
-¿Qué es
lo que has hecho, mujer? –preguntó Dios a Eva.
-La
serpiente me engañó, y yo comí –contestó Eva queriendo a su turno
inculpar a la serpiente-.
Y Jehová
Dios dijo con severidad a la serpiente:
-Por
cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos
los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos
los días de tu vida. La serpiente –al no encontrar ni a un ratoncito al
que echarle la culpa- optó por quedarse callada para siempre.
Luego el
Señor mirando a la mujer esto le dijo:
-Multiplicaré en gran manera los dolores de tus preñeces; con dolor
darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se
enseñoreará de ti.
A
continuación dijo Dios al hombre:
-Por
cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te
mandé no lo hicieras, maldita será la tierra por tu causa, con dolor
comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te
producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu frente
comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste
tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás –sentenció Jehová Dios, al
tiempo que les hacía una túnicas de pieles para vestirlos y arrojarlos
de inmediato del paraíso, el cual guardó colocando a la entrada del
Edén querubines con espadas encendidas que cuidarían el camino hacia el
árbol de la vida impidiéndoles que alguna vez regresaran. |