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II
Hasta la
caída de la tarde no se despertó Gregor de su profundo sueño
similar a una pérdida de conocimiento. Seguramente no se hubiese
despertado mucho más tarde, aun sin ser molestado, porque se
sentía suficientemente repuesto y descansado; sin embargo, le
parecía como si le hubiesen despertado unos pasos fugaces y el
ruido de la puerta que daba al vestíbulo al ser cerrada con
cuidado.
El
resplandor de las farolas eléctricas de la calle se reflejaba
pálidamente aquí y allí, en el techo de la habitación y en las
partes altas de los muebles, pero abajo, donde se encontraba
Gregor, estaba oscuro.
Tanteando
todavía torpemente con sus antenas, que ahora aprendía a
valorar, se deslizó lentamente hacia la puerta para ver lo que
había ocurrido allí.
Su costado
izquierdo parecía una única y larga cicatriz que le daba
desagradables tirones y le obligaba realmente a cojear con sus
dos filas de patas. Por cierto, que una de las patitas había
resultado gravemente herida durante los incidentes de la mañana
– casi parecía un milagro que sólo una hubiese resultado herida
–, y se arrastraba sin vida.
Sólo cuando
ya había llegado a la puerta advirtió lo que le había atraído
hacia ella, había sido el olor a algo comestible, porque allí
había una escudilla llena de leche dulce en la que nadaban
trocitos de pan.
Estuvo a
punto de llorar de alegría porque ahora tenía aún más hambre que
por la mañana, e inmediatamente introdujo la cabeza dentro de la
leche casi hasta por encima de los ojos. Pero pronto volvió a
sacarla con desilusión, no sólo comer le resultaba difícil
debido a su delicado costado izquierdo – sólo podía comer si
todo su cuerpo cooperaba jadeando –, sino que, además, la leche,
que siempre había sido su bebida favorita, y que seguramente por
eso se la había traído la hermana, ya no le gustaba, es más, se
retiró casi con repugnancia de la escudilla y retrocedió a
rastras hacia el centro de la habitación.
En el
cuarto de estar, por lo que veía Gregor a través de la rendija
de la puerta, estaba encendido el gas, pero mientras que, como
era habitual a estas horas del día, el padre solía leer en voz
alta a la madre, y a veces también a la hermana, el periódico
vespertino, ahora no se oía ruido alguno. Bueno, quizá esta
costumbre de leer en voz alta, tal como le contaba y le escribía
siempre su hermana, se había perdido del todo en los últimos
tiempos.
Pero todo a su alrededor permanecía en silencio, a pesar de que,
sin duda, el piso no estaba vacío. «iQué vida tan apacible lleva
la familia!», se dijo Gregor, y, mientras miraba fijamente la
oscuridad que reinaba ante él, se sintió cansado; sin embargo, le
parecía como si le hubiesen despertado unos pasos fugaces y el
ruido de la puerta que daba al vestíbulo al ser cerrada con
cuidado.
Bueno,
quizá esta costumbre de leer en voz alta, tal como le contaba y
le escribía siempre su hermana, se había perdido del todo en los
últimos tiempos. Pero todo a su alrededor permanecía en
silencio, a pesar de que, sin duda, el piso no estaba vacío.
«iQué vida tan apacible lleva la familia!», se dijo Gregor, y,
mientras miraba fijamente la oscuridad que reinaba ante él, se
sintió muy orgulloso de haber podido proporcionar a sus padres y
a su hermana la vida que llevaban en una vivienda tan hermosa.
Pero ¿qué
ocurriría si toda la tranquilidad, todo el bienestar, toda la
satisfacción, llegase ahora a un terrible final? Para no
perderse en tales pensamientos, prefirió Gregor ponerse en
movimiento y arrastrarse de acá para allá por la habitación.
En una
ocasión, durante el largo anochecer, se abrió una pequeña
rendija una vez en una puerta lateral y otra vez en la otra, y
ambas se volvieron a cerrar rápidamente; probablemente alguien
tenía necesidad de entrar, pero, al mismo tiempo, sentía
demasiada vacilación.
Entonces
Gregor se paró justamente delante de la puerta del cuarto de
estar, decidido a hacer entrar de alguna manera al indeciso
visitante, o al menos, para saber de quién se trataba; pero la
puerta ya no se abrió más y Gregor esperó en vano.
Por la
mañana temprano, cuando todas las puertas estaban bajo llave,
todos querían entrar en su habitación, ahora que había abierto
una puerta, y las demás habían sido abiertas sin duda durante el
día, no venía nadie y, además, ahora las llaves estaban metidas
en las cerraduras desde fuera. Muy tarde, ya de noche, se apagó
la luz en el cuarto de estar y entonces fue fácil comprobar que
los padres y la hermana habían permanecido despiertos todo ese
tiempo, porque tal y como se podía oír perfectamente, se
retiraban de puntillas los tres juntos en este momento.
Así pues,
seguramente hasta la mañana siguiente no entraría nadie más en
la habitación de Gregor; disponía de mucho tiempo para pensar,
sin que nadie le molestase, sobre cómo debía organizar de nuevo
su vida.
Pero la
habitación de techos altos y que daba la impresión de estar
vacía, en la cual estaba obligado a permanecer tumbado en el
suelo, le asustaba sin que pudiera descubrir cuál era la causa,
puesto que era la habitación que ocupaba desde hacía cinco años,
y con un giro medio inconciente y no sin una cierta vergüenza,
se apresuró a meterse bajo el canapé, en donde, a pesar de que
su caparazón era algo estrujado y a pesar de que ya no podía
levantar la cabeza, se sintió pronto muy cómodo y solamente
lamentó que su cuerpo fuese demasiado ancho para poder
desaparecer por completo debajo del canapé.
Allí
permaneció durante toda la noche, que pasó, en parte inmerso en
un semi sueño, del que una y otra vez le despertaba el hambre con
un sobresalto, y, en parte, entre preocupaciones y confusas
esperanzas, que le llevaban a la consecuencia de que, de
momento, debía comportarse con calma y, con la ayuda de una gran
paciencia y de una gran consideración por parte de la familia,
tendría que hacer soportables las molestias que Gregor, en su
estado actual, no podía evitar producirles.
Ya muy de
mañana, era todavía casi de noche, tuvo Gregor la oportunidad de
poner a prueba las decisiones que acababa de tomar, porque la
hermana, casi vestida del todo, abrió la puerta desde el
vestíbulo y miró con expectación hacia dentro. No le encontró
enseguida, pero cuando le descubrió debajo del canapé – ¡Dios
mío, tenía que estar en alguna parte, no podía haber volado! –
se asustó tanto que, sin poder dominarse, volvió a cerrar la
puerta desde fuera.
Pero como
si se arrepintiese de su comportamiento, inmediatamente la abrió
de nuevo y entró de puntillas, como si se tratase de un enfermo
grave o de un extraño. Gregor había adelantado la cabeza casi
hasta el borde del canapé y la observaba.
¿Se daría
cuenta de que se había dejado la leche, y no por falta de
hambre, y le traería otra comida más adecuada? Si no caía en la
cuenta por sí misma, Gregor preferiría morir de hambre antes que
llamarle la atención sobre esto, a pesar de que sentía unos
enormes deseos de salir de debajo del canapé, arrojarse a los
pies de la hermana y rogarle que le trajese algo bueno de comer.
Pero la
hermana reparó con sorpresa en la escudilla llena, a cuyo
alrededor se había vertido un poco de leche, y la levantó del
suelo, cierto que no lo hizo directamente con las manos, sino
con un trapo, y se la llevó.
Gregor
tenía mucha curiosidad por saber lo que le traería en su lugar,
e hizo al respecto las más diversas conjeturas. Pero nunca
hubiese podido adivinar lo que la bondad de la hermana iba
realmente a hacer.
Para poner
a prueba su gusto, le trajo muchas cosas donde elegir, todas
ellas extendidas sobre un viejo periódico. Había verduras
pasadas medio podridas, huesos de la cena, rodeados de una salsa
blanca que se había ya endurecido, algunas uvas pasas y
almendras”, un queso que, hacía dos días, Gregor había
calificado de incomible, un trozo de pan, otro trozo de pan
untado con mantequilla y otro trozo de pan untado con
mantequilla y sal.
Además
añadió a todo esto la escudilla, que, a partir de ahora,
probablemente estaba destinada a Gregor, en la cual había echado
agua.
Y por
delicadeza, como sabía que Gregor nunca comería delante de ella,
se retiró rápidamente e incluso echó la llave, para que Gregor
se diese cuenta de que podía ponerse todo lo cómodo que desease.
Las patitas
de Gregor zumbaban cuando se acercaba el momento de comer. Por
cierto, que sus heridas ya debían estar curadas del todo, ya no
notaba molestia alguna, se asombró y pensó en cómo, hacía más de
un mes, se había cortado un poco un dedo y esa herida, todavía
anteayer, le dolía bastante. ¿Tendré ahora menos sensibilidad?,
pensó, y ya chupaba con voracidad el queso, que fue lo que más
fuertemente y de inmediato le atrajo de todo.
Sucesivamente, a toda velocidad, y con los ojos llenos de
lágrimas de alegría, devoró el queso, las verduras y la salsa;
los alimentos frescos, por el contrario, no le gustaban, ni
siquiera podía soportar su olor, e incluso alejó un poco las
cosas que quería comer.
Ya hacía
tiempo que había terminado y permanecía tumbado perezosamente en
el mismo sitio, cuando la hermana, como señal de que debía
retirarse, giró lentamente la llave.
Esto le
asustó, a pesar de que ya dormitaba, y se apresuró a esconderse
bajo el canapé, pero le costó una gran fuerza de voluntad
permanecer debajo del canapé aún el breve tiempo en el que la
hermana estuvo en la habitación, porque, a causa de la abundante
comida, el vientre se había redondeado un poco y apenas podía
respirar en el reducido espacio.
Entre
pequeños ataques de asfixia, veía con ojos un poco saltones,
cómo la hermana, que nada imaginaba de esto, no solamente barría
con su escoba los restos, sino también los alimentos que Gregor
ni siquiera había tocado, como si éstos ya no se pudiesen
utilizar, y cómo lo tiraba todo precipitadamente a un cubo, que
cerró con una tapa de madera, después de lo cual se lo llevó
todo.
Apenas se
había dado la vuelta, cuando Gregor salía ya de debajo del
canapé, se estiraba y se inflaba. De esta forma recibía Gregor
su comida diaria una vez por la mañana, cuando los padres y la
criada todavía dormían, y la segunda vez después de la comida
del mediodía, porque entonces los padres dormían un ratito y la
hermana mandaba a la criada a algún recado.
Sin duda
los padres no querían que Gregor se muriese de hambre, pero
quizá no hubieran podido soportar enterarse de sus costumbres
alimenticias, más de lo que de ellas les dijese la hermana;
quizá la hermana quería ahorrarles una pequeña pena porque, de
hecho, ya sufrían bastante.
Gregor no
pudo enterarse de las excusas con las que el médico y el
cerrajero habían sido despedidos de la casa en aquella primera
mañana, puesto que, como no podían entenderle, nadie, ni
siquiera la hermana, pensaba que él pudiera entender a los
demás, y, así, cuando la hermana estaba en su habitación, tenía
que conformarse con escuchar de vez en cuando sus suspiros y sus
invocaciones a los santos.
Sólo más
tarde, cuando ya se había acostumbrado un poco a todo –
naturalmente nunca podría pensarse en que se acostumbrase del
todo –, cazaba Gregor a veces una observación hecha amablemente
o que así podía interpretarse: «Hoy sí que le ha gustado»,
decía, cuando Gregor había comido con abundancia, mientras que,
en el caso contrario, que poco a poco se repetía con más
frecuencia, solía decir casi con tristeza: «Hoy ha sobrado
todo.» Mientras que Gregor no se enteraba de novedad alguna de
forma directa, escuchaba algunas cosas procedentes de las
habitaciones contiguas, y allí donde escuchaba voces una sola
vez, corría enseguida hacia la puerta correspondiente y se
estrujaba con todo su cuerpo contra ella.
Especialmente en los primeros tiempos no había ninguna
conversación que de alguna manera, si bien sólo en secreto, no
tratase de él.
A lo largo
de dos días se escucharon durante las comidas discusiones sobre
cómo se debían comportar ahora; pero también entre las comidas
se hablaba del mismo tema, porque siempre había en casa al menos
dos miembros de la familia, ya que seguramente nadie quería
quedarse solo en casa, y tampoco podían dejar de ningún modo la
casa sola.
Incluso ya
el primer día la criada (no estaba del todo claro qué y cuánto
sabía de lo ocurrido) había pedido de rodillas a la madre que la
despidiese inmediatamente, y cuando, cuarto de hora después, se
marchaba con lágrimas en los ojos, daba gracias por el despido
como por el favor más grande que pudiese hacérsele, y sin que
nadie se lo pidiese hizo un solemne juramento de no decir nada a
nadie.
Ahora la
hermana, junto con la madre, tenía que cocinar, si bien esto no
ocasionaba demasiado trabajo porque apenas se comía nada. Una y
otra vez escuchaba Gregor cómo uno animaba en vano al otro a que
comiese y no recibía más contestación que: «¡Gracias, tengo
suficiente!», o algo parecido.
Quizá
tampoco se bebía nada. A veces la hermana preguntaba al padre si
quería tomar una cerveza, y se ofrecía amablemente a ir ella
misma a buscarla, y como el padre permanecía en silencio,
añadía, para que él no tuviese reparos, que también podía mandar
a la portera, pero entonces el padre respondía, por fin, con un
poderoso «no», y ya no se hablaba más del asunto.
Ya en el
transcurso del primer día el padre explicó tanto a la madre como
a la hermana toda la situación económica y las perspectivas. De
vez en cuando se levantaba de la mesa y recogía de la pequeña
caja marca Wertheim*, que había salvado de la quiebra de su
negocio ocurrida hacía cinco años, algún documento o libro de
anotaciones. Se oía cómo abría el complicado cerrojo y lo volvía
a cerrar después de sacar lo que buscaba.
Estas
explicaciones del padre eran, en parte, la primera cosa grata
que Gregor oía desde su encierro. Gregor había creído que al
padre no le había quedado nada de aquel negocio, .al menos el
padre no le había dicho nada en sentido contrario y, por otra
parte, tampoco Gregor le había preguntado.
En aquel
entonces la preocupación de Gregor había sido hacer todo lo
posible para que la familia olvidase rápidamente el desastre
comercial que les había sumido a todos en la más completa
desesperación, y así había empezado entonces a trabajar con un
ardor muy especial y, casi de la noche a la mañana, había pasado
a ser de un simple dependiente a un viajante que, naturalmente,
tenía otras muchas posibilidades de ganar dinero, y cuyos éxitos
profesionales, en forma de comisiones, se convierten
inmediatamente en dinero contante y sonante, que se podían poner
sobre la mesa en casa ante la familia asombrada y feliz.
Habían sido
buenos tiempos y después nunca se habían repetido, al menos con
ese esplendor, a pesar de que Gregor, después, ganaba tanto
dinero, que estaba en situación de cargar con todos los gastos
de la familia y así lo hacía. Se habían acostumbrado a esto
tanto la familia como Gregor, se aceptaba el dinero con
agradecimiento, él lo entregaba con gusto, pero ya no emanaba de
ello un calor especial.
Solamente
la hermana había permanecido unida a Gregor, y su intención
secreta consistía en mandarla el año próximo al conservatorio
sin tener en cuenta los grandes gastos que ello traería consigo
y que se compensarían de alguna otra forma, porque ella, al
contrario que Gregor, sentía un gran amor por la música y tocaba
el violín de una forma conmovedora.
Con
frecuencia, durante las breves estancias de Gregor en la ciudad,
se mencionaba el conservatorio en las conversaciones con la
hermana, pero sólo como un hermoso sueño en cuya realización no
podía ni pensarse, y a los padres ni siquiera les gustaba
escuchar estas inocentes alusiones; pero Gregor pensaba
decididamente en ello y tenía la intención de darlo a conocer
solemnemente en Nochebuena.
Este tipo
de pensamientos, completamente inútiles en su estado actual,
eran los que se le pasaban por la cabeza mientras permanecía
allí pegado a la puerta y escuchaba.
A veces ya
no podía escuchar más de puro cansancio y, en un descuido, se
golpeaba la cabeza contra la puerta, pero inmediatamente volvía
a levantarla, porque incluso el pequeño ruido que había
producido con ello, había sido escuchado al lado y había hecho
enmudecer a todos.
¿Qué es lo
que hará? – decía el padre pasados unos momentos y dirigiéndose
a todas luces hacia la puerta; después se reanudaba poco a poco
la conversación que había sido interrumpida.
De esta
forma Gregor se enteró muy bien – el padre solía repetir con
frecuencia sus explicaciones, en parte porque él mismo ya hacía
tiempo que no se ocupaba de estas cosas, y, en parte también,
porque la madre no entendía todo a la primera – de que, a pesar
de la desgracia, todavía quedaba una pequeña fortuna, que los
intereses, aún intactos, habían hecho aumentar un poco más
durante todo este tiempo.
Además, el
dormía ni un momento, y se restregaba durante horas sobre el
cuero.
O bien no retrocedía ante el gran esfuerzo de empujar una silla
hasta la ventana, trepar a continuación hasta el antepecho y,
subido en la silla, apoyarse en la ventana y mirar a través de
la misma, sin duda como recuerdo de lo libre que se había
sentido siempre que anteriormente había estado apoyado aquí.
Porque,
efectivamente, de día en día, veía cada vez con menos claridad
las cosas que ni siquiera estaban muy alejadas: ya no podía ver
el hospital de enfrente, cuya visión constante había antes
maldecido, y si no hubiese sabido muy bien que vivía en la
tranquila pero central Charlottenstrasse, podría haber creído
que veía desde su ventana un desierto en el que el cielo gris y
la gris tierra se unían sin poder distinguirse uno de otra.
Sólo dos
veces había sido necesario que su atenta hermana viese que la
silla estaba bajo la ventana para que, a partir de entonces,
después de haber recogido la habitación, la colocase siempre
bajo aquélla, e incluso dejase abierta la contraventana
interior.
Si Gregor
hubiese podido hablar con la hermana y darle las gracias por
todo lo que tenía que hacer por él, hubiese soportado mejor sus
servicios, pero de esta forma sufría con ellos. Ciertamente, la
hermana intentaba hacer más llevadero lo desagradable de la
situación, y, naturalmente, cuanto más tiempo pasaba, tanto más
fácil le resultaba conseguirlo, pero también Gregor adquirió con
el tiempo una visión de conjunto más exacta.
Ya el solo
hecho de que la hermana entrase le parecía terrible. Apenas
había entrado, sin tomarse el tiempo necesario para cerrar la
puerta, y eso que siempre ponía mucha atención en ahorrar a
todos el espectáculo que ofrecía la habitación de Gregor, corría
derecha hacia la ventana y la abría de par en par, con manos
presurosas, como si se asfixiase y, aunque hiciese mucho frío,
permanecía durante algunos momentos ante ella y respiraba
profundamente.
Estas
carreras y ruidos asustaban a Gregor dos veces al día; durante
todo ese tiempo temblaba bajo el canapé y sabía muy bien que
ella le hubiese evitado con gusto todo esto, si es que le
hubiese sido posible permanecer con la ventana cerrada en la
habitación en la que se encontraba Gregor.
Una vez,
hacía aproximadamente un mes de la transformación de Gregor, y
el aspecto de éste ya no era para la hermana motivo especial de
asombro, llegó un poco antes de lo previsto y encontró a Gregor
cuando miraba por la ventana, inmóvil y realmente colocado para
asustar.
Para Gregor
no hubiese sido inesperado si ella no hubiese entrado, ya que
él, con su posición, impedía que ella pudiese abrir de inmediato
la ventana, pero ella no solamente no entró, sino que retrocedió
y cerró la puerta; un extraño habría podido pensar que Gregor la
había acechado y había querido morderla. Gregor, naturalmente,
se escondió enseguida bajo el canapé, pero tuvo que esperar
hasta mediodía antes de que la hermana volviese de nuevo, y
además parecía mucho más intranquila que de costumbre.
Gregor sacó
la conclusión de que su aspecto todavía le resultaba
insoportable y continuaría pareciéndoselo, y que ella tenía que
dominarse a sí misma para no salir corriendo al ver incluso la
pequeña parte de su cuerpo que sobresalía del canapé.
Para
ahorrarle también ese espectáculo, transportó un día sobre la
espalda – para ello necesitó cuatro horas – la sábana encima del
canapé, y la colocó de tal forma que él quedaba tapado del todo,
y la hermana, incluso si se agachaba, no podía verlo.
Si, en
opinión de la hermana, esa sábana no hubiese sido necesaria,
podría haberla retirado, porque estaba suficientemente claro que
Gregor no se aislaba por gusto, pero dejó la sábana tal como
estaba, e incluso Gregor creyó adivinar una mirada de gratitud
cuando, con cuidado, levantó la cabeza un poco para ver cómo
acogía la hermana la nueva disposición. Durante los primeros
catorce días, los padres no consiguieron decidirse a entrar en
su habitación, y Gregor escuchaba con frecuencia cómo ahora
reconocían el trabajo de la hermana, a pesar de que
anteriormente se habían enfadado muchas veces con ella, porque
les parecía una chica un poco inútil.
Pero ahora,
a veces, ambos, el padre y la madre, esperaban ante la
habitación de Gregor mientras la hermana la recogía y, apenas
había salido, tenía que contar con todo detalle qué aspecto
tenía la habitación, lo que había comido Gregor, cómo se había
comportado esta vez y si, quizá, se advertía una pequeña
mejoría.
Por cierto,
que la madre quiso entrar a ver a Gregor relativamente pronto,
pero el padre y la hermana se lo impidieron, al principio con
argumentos racionales, que Gregor escuchaba con mucha atención,
y con los que estaba muy de acuerdo, pero más tarde hubo que
impedírselo por la fuerza, y si entonces gritaba.
«¡Dejadme
entrar a ver a Gregor, pobre hijo mío! ¿Es que no comprendéis
que tengo que entrar a verle?» Entonces Gregor pensaba que quizá
sería bueno que la madre entrase, naturalmente no todos los
días, pero sí una vez a la semana; ella comprendía todo mucho
mejor que la hermana, que, a pesar de todo su valor, no era más
que una niña, y, en última instancia, quizá sólo se había hecho
cargo de una tarea tan difícil por irreflexión infantil. El
deseo de Gregor de ver a la madre pronto se convirtió en
realidad.
Durante el
día Gregor no quería mostrarse por la ventana, por consideración
a sus padres, pero tampoco podía arrastrarse demasiado por los
pocos metros cuadrados del suelo; ya soportaba con dificultad
estar tumbado tranquilamente durante la noche, pronto ya ni
siquiera la comida le producía alegría alguna y así, para
distraerse, adoptó la costumbre de arrastrarse en todas
direcciones por las paredes y el techo.
Le gustaba
especialmente permanecer colgado del techo; era algo muy
distinto a estar tumbado en el suelo; se respiraba con más
libertad; un ligero balanceo atravesaba el cuerpo; y sumido en
la casi feliz distracción en la que se encontraba allí arriba,
podía ocurrir que, para su sorpresa, se dejase caer y se
golpease contra el suelo.
Pero ahora,
naturalmente, dominaba su cuerpo de una forma muy distinta a
como lo había hecho antes y no se hacía daño, incluso después de
semejante caída.
La hermana
se dio cuenta inmediatamente de la nueva diversión que Gregor
había descubierto – dejaba tras de sí al arrastrarse por todas
partes huellas de su sustancia pegajosa – y entonces se le metió
en la cabeza proporcionar a Gregor la posibilidad de arrastrarse
a gran escala y sacar de allí los muebles que lo impedían, es
decir, sobre todo el armario y el escritorio, ella no era capaz
de hacerlo todo sola; tampoco se atrevía a pedir ayuda al padre;
la criada no la hubiese ayudado seguramente, porque esa chica,
de unos dieciséis años, resistía ciertamente con valor desde que
se despidió la cocinera anterior, pero había pedido el favor de
poder mantener la cocina constantemente cerrada y abrirla
solamente a una señal determinada, Así pues, el
que sólo Gregor era dueño y señor de las paredes vacías, no se
atrevería a entrar ninguna otra persona más que Grete.
Así pues,
no se dejó disuadir de sus propósitos por la madre, que también,
de pura inquietud, parecía sentirse insegura en esta habitación;
pronto enmudeció y ayudó a la hermana con todas sus fuerzas a
sacar el armario.
Bueno, en
caso de necesidad, Gregor podía prescindir del armario, pero el
escritorio tenía que quedarse; y apenas habían abandonado las
mujeres la habitación con el armario, en el cual se apoyaban
gimiendo, cuando Gregor sacó la cabeza de debajo del canapé para
ver cómo podía tomar cartas en el asunto lo más prudente y
discretamente posible.
Pero, por
desgracia, fue precisamente la madre quien regresó primero,
mientras Grete, en la habitación contigua, sujetaba el armario
rodeándolo con los brazos y lo empujaba sola de acá para allá,
naturalmente, sin moverlo un ápice de su sitio.
Pero la
madre no estaba acostumbrada a ver a Gregor, podría haberse
puesto enferma por su culpa, y así Gregor, andando hacia atrás,
se alejó asustado hasta el otro extremo del canapé, pero no pudo
evitar que la sábana se moviese un poco por la parte de delante.
Esto fue suficiente para llamar la atención de la madre.
Ésta se
detuvo, permaneció allí un momento en silencio y luego volvió
con Grete. A pesar de que Gregor se repetía una y otra vez que
no ocurría nada fuera de lo común, sino que sólo se cambiaban de
sitio algunos muebles, sin embargo, como pronto habría de
confesarse a sí mismo, este ir y venir de las mujeres, sus
breves gritos, el arrastrar de los muebles sobre el suelo, le
producían la impresión de un gran barullo, que crecía procedente
de todas las direcciones y, por mucho que encogía la cabeza y
las patas sobre sí mismo y apretaba el cuerpo contra el suelo,
tuvo que confesarse irremisiblemente que no soportaría todo esto
mucho tiempo.
Ellas le
vaciaban su habitación, le quitaban todo aquello a lo que tenía
cariño, el armario en el que guardaba la sierra y otras
herramientas ya lo habían sacado; ahora ya aflojaban el
escritorio, que estaba fijo al suelo, en el cual había hecho sus
deberes cuando era estudiante de comercio, alumno del instituto
e incluso alumno de la escuela primaria – ante esto no le
quedaba ni un momento para comprobar las buenas intenciones que
tenían las dos mujeres, y cuya existencia, por cierto, casi
había olvidado, porque de puro agotamiento trabajaban en
silencio y solamente se oían las sordas pisadas de sus pies.
Y así salió
de repente – las mujeres estaban en ese momento en la habitación
contigua, apoyadas en el escritorio para tomar aliento –, cambió
cuatro veces la dirección de su marcha, no sabía a ciencia
cierta qué era lo que debía salvar primero, cuando vio en la
pared ya vacía, llamándole la atención, el cuadro de la mujer
envuelta en pieles, se arrastró apresuradamente hacia arriba y
se apretó contra el cuadro, cuyo cristal le sujetaba y le
aliviaba el ardor de su vientre.
Al menos
este cuadro, que Gregor tapaba ahora por completo, seguro que no
se lo llevaba nadie. Volvió la cabeza hacia la puerta del cuarto
de estar para observar a las mujeres cuando volviesen.
No se
habían permitido una larga tregua y ya volvían; Grete había
rodeado a su madre con el brazo y casi la llevaba en volandas.
¿Qué nos llevamos ahora? – dijo Grete, y miró a su alrededor.
Entonces sus miradas se cruzaron con las de Gregor, que estaba
en la pared.
Seguramente
sólo a causa de la presencia de la madre conservó su serenidad,
inclinó su rostro hacia la madre, para impedir que ella mirase a
su alrededor, y dijo temblando y aturdida: – Ven, ¿nos volvemos
un momento al cuarto de estar? Gregor veía claramente la
intención de Grete, quería llevar a la madre a un lugar seguro y
luego echarle de la pared. Bueno, ¡que lo intentase! Él
permanecería sobre su cuadro y no renunciaría a él. Prefería
saltarle a Grete a la cara.
Pero
justamente las palabras de Grete inquietaron a la madre, se echó
a un lado, vio la gigantesca mancha pardusca sobre el papel
pintado de flores y, antes de darse realmente cuenta de que
aquello que veía era Gregor, gritó con voz ronca y estridente:
–
¡Ay Dios mío, ay Dios mío! – y con los brazos extendidos cayó
sobre el canapé, como si renunciase a todo, y se quedó allí
inmóvil.
–¡Cuidado
Gregor! – gritó la hermana levantando el puño y con una mirada
penetrante.
Desde la transformación eran estas las primeras palabras que le
dirigía directamente. Corrió a la habitación contigua para
buscar alguna esencia con la que pudiese despertar a su madre de
su inconsciencia; Gregor también quería ayudar – había tiempo
más que suficiente para salvar el cuadro –, pero estaba pegado
al cristal y tuvo que des prenderse con fuerza, luego corrió
también a la habitación de al lado como si pudiera dar a la
hermana algún consejo, como en otros tiempos, pero tuvo que
quedarse detrás de ella sin hacer nada; mientras que Grete
revolvía entre diversos frascos, se asustó al darse la vuelta,
un frasco se cayó al suelo y se rompió y un trozo de cristal
hirió a Gregor en la cara; una medicina corrosiva se derramó
sobre él. Sin detenerse más tiempo, Grete cogió todos los
frascos que podía llevar y corrió con ellos hacia donde estaba
la madre; cerró la puerta con el pie.
Gregor
estaba ahora aislado de la madre, que quizá estaba a punto de
morir por su culpa; no debía abrir la habitación, no quería
echar a la hermana que tenía que permanecer con la madre; ahora
no tenía otra cosa que hacer que esperar; y, afligido por los
remordimientos y la preocupación, comenzó a arrastrarse, se
arrastró por todas partes: paredes, muebles y techos, y
finalmente, en su desesperación, cuando ya la habitación
empezaba a dar vueltas a su alrededor, se desplomó en medio de
la gran mesa. Pasó un momento, Gregor yacía allí extenuado, a su
alrededor todo estaba tranquilo, quizá esto era una buena señal.
Entonces sonó el timbre.
La chica
estaba, naturalmente, encerrada en su cocina y Grete tenía que
ir a abrir. El padre había llegado. ¿Qué ha ocurrido? – fueron
sus primeras palabras.
El aspecto
de Grete lo revelaba todo. Grete contestó con voz ahogada, sin
duda apretaba su rostro contra el pecho del padre: – La madre se
quedó inconsciente, pero ya está mejor. Gregor se ha escapado. –
Ya me lo esperaba – dijo el padre –, os lo he dicho una y otra
vez, pero vosotras, las mujeres, nunca hacéis caso. Gregor se
dio cuenta de que el padre había interpretado mal la escueta
información de Grete y sospechaba que Gregor había hecho uso de
algún acto violento.
Por eso
ahora tenía que intentar apaciguar al padre, porque para darle
explicaciones no tenía ni el tiempo ni la posibilidad. Así pues,
Gregor se precipitó hacia la puerta de su habitación y se apretó
contra ella para que el padre, ya desde el momento en que
entrase en el vestíbulo, viese que Gregor tenía la más sana
intención de regresar inmediatamente a su habitación, y que no
era necesario hacerle retroceder, sino que sólo hacía falta
abrir la puerta e inmediatamente desaparecería.
Pero el
padre no estaba en situación de advertir tales sutilezas.
– ¡Ah! –
gritó al entrar, en un tono como si al mismo tiempo estuviese
furioso y contento. Gregor retiró la cabeza de la puerta y la
levantó hacia el padre.
Nunca se
hubiese imaginado así al padre, tal y como estaba allí; bien es
verdad que en los últimos tiempos, puesta su atención en
arrastrarse por todas partes, había perdido la ocasión de
preocuparse como antes de los asuntos que ocurrían en el resto
de la casa, y tenía realmente que haber estado preparado para
encontrar las circunstancias cambiadas.
Aun así, aun así.
¿Era este
todavía el padre? El mismo hombre que yacía sepultado en la
cama, cuando, en otros tiempos, Gregor salía en viaje de
negocios? ¿El mismo hombre que, la tarde en que volvía, le
recibía en bata sentado en su sillón, y que no estaba en
condiciones de levantarse, sino que, como señal de alegría, sólo
levantaba los brazos hacia él? ¿El mismo hombre que, durante los
poco frecuentes paseos en común, un par de domingos al año o en
las festividades más importantes, se abría paso hacia delante
entre Gregor y la madre, que ya de por sí andaban despacio, aún
más despacio que ellos, envuelto en su viejo abrigo, siempre
apoyando con cuidado el bastón, y que, cuando quería decir algo,
casi siempre se quedaba parado y congregaba a sus acompañantes a
su alrededor? Pero ahora estaba muy derecho, vestido con un
rígido uniforme azul con botones, como los que llevan los
ordenanzas de los bancos; por encima del cuello alto y tieso de
la chaqueta sobresalía su gran papada; por debajo de las
pobladas cejas se abría paso la mirada, despierta y atenta, de
unos ojos negros.
El cabello
blanco, en otro tiempo desgreñado, estaba ahora ordenado en un
peinado a raya brillante y exacto.
Arrojó su
gorra, en la que había bordado un monograma dorado,
probablemente el de un banco, sobre el canapé a través de la
habitación formando un arco, y se dirigió hacia Gregor con el
rostro enconado, las puntas de la larga chaqueta del uniforme
echadas hacia atrás, y las manos en los bolsillos del pantalón.
Probablemente ni él mismo sabía lo que iba a hacer, sin embargo
levantaba los pies a una altura desusada y Gregor se asombró del
tamaño enorme de las suelas de sus botas.
Pero Gregor
no permanecía parado, ya sabía desde el primer día de su nueva
vida que el padre, con respecto a él, sólo consideraba oportuna
la mayor rigidez.
Y así
corría delante del padre, se paraba si el padre se paraba, y se
apresuraba a seguir hacia delante con sólo que el padre se
moviese. Así recorrieron varias veces la habitación sin que
ocurriese nada decisivo y sin que ello hubiese tenido el aspecto
de una persecución, como consecuencia de la lentitud de su
recorrido.
Por eso
Gregor permaneció de momento sobre el suelo, especialmente
porque temía que el padre considerase una especial maldad por su
parte la huida a las paredes o al techo. Por otra parte, Gregor
tuvo que confesarse a sí mismo que no soportaría por mucho
tiempo estas carreras, porque mientras el padre daba un paso, él
tenía que realizar un sinnúmero de movimientos.
Ya
comenzaba a sentir ahogos, bien es verdad que tampoco
anteriormente había tenido unos pulmones dignos de confianza.
Mientras se tambaleaba con la intención de reunir todas sus
fuerzas para la carrera, apenas tenía los ojos abiertos; en su
embotamiento no pensaba en otra posibilidad de salvación que la
de correr; y ya casi había olvidado que las paredes estaban a su
disposición, bien es verdad que éstas estaban obstruidas por
muebles llenos de esquinas y picos.
En ese
momento algo, lanzado sin fuerza, cayó junto a él, y echó a
rodar por delante de él. Era una manzana; inmediatamente siguió
otra; Gregor se quedó inmóvil del susto; seguir corriendo era
inútil, porque el padre había decidido bombardearle.
Con la
fruta procedente del frutero que estaba sobre el aparador se
había llenado los bolsillos y lanzaba manzana tras manzana sin
apuntar con exactitud, de momento. Estas pequeñas manzanas rojas
rodaban por el sueño como electrificadas y chocaban unas con
otras. Una manzana lanzada sin fuerza rozó la espalda de Gregor,
pero resbaló sin causarle daños.
Sin
embargo, otra que la siguió inmediatamente, se incrustó en la
espalda de Gregor; éste quería continuar arrastrándose, como si
el increíble y sorprendente dolor pudiese aliviarse al cambiar
de sitio; pero estaba como clavado y se estiraba, totalmente
desconcertado.
Sólo al
mirar por última vez alcanzó a ver cómo la puerta de su
habitación se abría de par en par y por delante de la hermana,
que chillaba, salía corriendo la madre en enaguas, puesto que la
hermana la había desnudado para proporcionarle aire mientras
permanecía inconsciente; vio también cómo, a continuación, la
madre corría hacia el padre y, en el camino, perdía una tras
otra sus enaguas desatadas, y cómo, tropezando con ellas, caía
sobre el padre, y abrazándole, unida estrechamente a él – ya
empezaba a fallarle la vista a Gregor –, le suplicaba, cruzando
las manos por detrás de su nuca, que perdonase la vida de
Gregor. |
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