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Caminan
desnudos entre mieses agostadas,
las cinturas abrazadas,
manos que acarician caderas a ritmo de vals,
entre sus mejillas no pasa el aire.
Los ojos,
al frente,
descubren un lago que les espera en calma.
Se internan en el prado azul
con el agua hasta la cadera
y los ojos, que se adivinaban,
ahora se encuentran, se hablan.
No salpican ni una gota en sus caricias,
suaves y acompasadas,
los labios florean buscándose en besos,
colmándose de ellos.
Pezones clavados
en lenguas suaves y ágiles
conectan sensaciones al vientre
mezclando fluidos con el agua,
atrayendo con su aroma más caricias,
caricias que se anclan.
Formando un remolino que los traga,
dulcemente, los lleva en su compás
a estallar en orgasmos,
los dos, tomados de las manos,
refrescados por el lago.
Mikel Merlo |
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