|
 El
aire de marzo me envuelve en su aroma y trato, como hizo Proust con la taza de
té y la magdalena, de atrapar su esencia. Una esencia significativa y personal
que tiene mucho que ver conmigo, porque el aire de marzo sólo tiene ese aroma
para mí.
El aire de marzo me trae una mezcla de olores que aspiro, me invaden y se
instalan en un tiempo fijo y pasado.
Huelo el pan caliente que impregnó las mañanas de mi infancia, el cuero de la
valija escolar que reposa en la silla cercana y otra sucesión de recuerdos se
desgranan. Tiza, pizarrones, papel glacé. Recuerdo a la primera maestra, a la
escuela y a mis lágrimas pero no es un recuerdo triste, estoy feliz y no puedo
descifrar porqué. Es tan fuerte esa sensación que, como Proust trato de analizar
a fondo las causas de ese recuerdo
Y ahora quiero que ese aroma que intenta fugarse en el primer instante, no se
desvanezca, y me esfuerzo por atraparlo, pero a medida que los minutos pasan, el
momento y el aroma se diluyen.
Algo pasó dentro de mí, algo etéreo, invisible, acariciador y me dejó esa
sensación que todos los años el aire de marzo abre en mi alma.
Creo que ahora en este mismo instante acabo de descifrar su sentido. Llegó como
una saeta, desbordó mi mente, lo sentí en lo más profundo de mi ser, recordé la
tibiecita mano de mi madre secando mis lágrimas, tomando la mía y llevándome a
casa. |
|